Los Raros Obras Completas Vol. VI

Part 9

Chapter 94,090 wordsPublic domain

Fueron ágapes a que asistió gran parte del París literario--viejos románticos, parnasianos y escuelas nuevas, y de las que brotó, maldita flor de discordia--a pistola, treinta pasos, sin resultado--un duelo entre Catulle Mendés y Jules Bois, quienes no hace mucho tiempo eran excelentes amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una ceremonia cumplida con el dios, y la cual, con gran pompa, y por contribución internacional, debería realizarse anualmente. Esta es una idea poético-gastronómica que dejo a la disposición de los hugólatras.

En la mesa, cuando el espíritu lírico y el champaña hacían sentir en el ambiente un perfume de real mirra y de glorioso incienso, en medio de los vibrantes y ardientes discursos en honor de aquél que ya no está, corporalmente, entre los poetas, después de los brindis de los maestros, y de los versos leídos por Carrere y Mendés, se pronunció por allí el nombre de George D’Esparbés. D’Esparbés no estaba en el banquete, él, que ama la gloria del Padre, y que como él ha cantado, en una prosa llena de soberbia y de harmonía, los hechos del «cabito», la epopeya de Napoleón. Jean Carrere, el soberbio rimador, se levanta y ausenta por unos segundos. Luego, vuelve triunfante, mostrando en sus manos un despacho telegráfico que acababa de recibir, un despacho firmado D’Esparbés.

¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está en Atenas, dice Carrere. Y lee el telegrama, una corona de flores griegas que desde el Acrópolis envía el fervoroso escritor a la mesa en que se celebra el triunfo eterno de Hugo. Pocas palabras, que son acogidas con una explosión de palmas y vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando aparezca D’Esparbés no hay duda de que «reconocerá» su telegrama.

Y ahora hablemos de esa portentosa «Leyenda del Aguila» napoleónica.

La «Leyenda del Aguila» es un poema, con la advertencia de que D’Esparbés canta en cuentos. La epopeya es toda una, mas cada cuento está animado por su llama propia, en que el lirismo y la más llana realidad se confunden.

No hace falta el verso, pues en esta prosa marcial cada frase es un toque de música guerrera, las palabras suenan sus fanfarrias de clarines, hacen rodar en el ambiente sus redobles de tambores, son a veces un cántico, un trueno, un ¡ay!, un omnisonante clamor de victoria.

También el final es triste, al doble sonoro y doloroso de las campanas que tocan por la caída del imperio. Napoleón no aparece aumentado, no es un Napoleón mítico y de fantasía; antes bien, algunas veces como que el poeta se complace en achicar más su tan conocida pequeña estatura.

Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles comandando un ejército de cíclopes, guiando a la campaña batallones de gigantes. Porque si emplea el lente épico D’Esparbés, es cuando pinta las luchas, el decorado, el campamento, los soldados imperiales. Los soldados crecen a nuestra vista, aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen engendrados en mujeres por arcángeles o por demonios. Sus talantes se destacan orgullosa y heroicamente. Tienen formas homéricas, son verdaderos androleones; llega a creerse que al caer uno de ellos herido, debe temblar alrededor la tierra, como en los hexámetros de la Iliada.

Tal húsar es inmenso; tal granadero podría llamarse Amico o Polifemo; tal escuadrón de caballería podría entrar en el versículo de un profeta, terrible y devastador como una «carga» de Isaías. Y en todo esto una sencillez serena y dominadora. Podría intercalarse en este libro, sin que se notase diferencia en tono y fuerza, el episodio de Hugo en que vemos a Marius asomarse a la ventana y lanzar un ¡viva al emperador! al viento y a la noche.

D’Esparbés ha elegido para su obra el cuento, este género delicado y peligroso, que en los últimos tiempos ha tomado todos los rumbos y todos los vuelos. La prosa, animada hoy por los prestigios de un arte deslumbrador y exquisito, juntando los secretos, las bizarrías artísticas de los maestros antiguos o los virtuosísimos modernos, es para él un rico material con que pinta, esculpe, suena y maravilla. Batallista de primer orden, conciso, nervioso y sugestivo, supera en impresiones y sensaciones de guerra a Stendhal y a Tolstoi, y si existe actualmente quien puede igualarle--alguno diría superarle--en campo semejante, es un escritor de España, Pérez Galdós, el Pérez Galdós de los «Episodios Nacionales.»

Desde que comienza el poema, con el cuento de los tres soldados; tres húsares altos como encinas, viene un potente soplo que posee, que arrebata la atención. Estamos enfrente de tres máquinas de carne de cañón, tres soldados, rudos y musculosos como búfalos, tres grandes animales crinados del rebaño de leones del pastor Bonaparte. Porque es de ver cómo esos sangrientos luchadores, esos fieros hombres del invencible ejército, hablan del «emperadorcito», del pequeño y real ídolo, como de un divino pastor, como de un David. Así cuando se pronuncia su nombre, las fauces bárbaras, los fulminantes ojazos, se suavizan con una dulce y cariñosa humedad. Son tres soldados que después de la jornada de Jena, tienen, lo que es muy natural en un soldado después de una batalla, tienen hambre.

Ingenuamente y «necesariamente» feroces, esos tres hombres degüellan a uno del enemigo, con la mayor tranquilidad, pero sufren y se inquietan cuando sus caballos no comen.

Por eso cuando hallan un cura que les hospeda, en Saalfeld, del lado de Erfurth, y les da buena vianda y buen pan, lo que está conforme con la lógica militar es que sus tres cabalgaduras, también hambrientas, entren a comer en los mismos platos de ellos, espantando a la criada, y haciendo que el sacerdote medite, y vea el alma de esos hombres; y no se extrañe. Es uno de los mejores cuentos del poema. No resisto a citar una frase.

Los soldados comen como desesperados de apetito. El cura les contempla, meditabundo y sacerdotal. De cuando en cuando les hace preguntas. Ha tiempo que están en armas. Desde jóvenes han oído las trompetas de las campañas. No saben de nada más. Y sobre todo, Napoleón se alza delante de ellos semejante a una inmortal divinidad. El cura dice a uno:

«--Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todopoderoso?»

El soldado no comprende bien. Piensa: «Dios padre... Dios hijo... Dios...»

«--¡Y bien!--grita de repente:

«--¡Todo eso...! ¡eso es la familia del Emperador!»

Después surge a nuestra vista un colosal tambor mayor del ejército de Italia, «alto como una torre y tierno como un saco de pan.» Su nombre es un verdadero nombre de gigante, más hermoso y tremendo que el de Cristóbal o el de Fierabrás, o el de Goliat; se llama Rougeot de Salandrouse. Un gallardo bruto, que cuando reía, «il montrait comme les bêtes une épaisse gueule de chair rouge qui semblait saigner.»

Este bello monstruo que gustaba de las viejas historias de guerra y de las sublimes mitologías, amaba sobre todo la harmonía musical, las cornetas, los parches del combate. Bonaparte le nombró subteniente, teniente y capitán; después de lo de Arcola, después de lo de Mantua, después de lo de Trebia. Pero el hijo de Apolo cifraba su ambición en las pompas radiantes, en los compases, en el bastón que guiaba a los tambores: quería ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pedirlo al emperador; y el titánico testarudo saludó con su admirable uniforme y sus vanidosos gestos, el triunfal sol de Austerlitz. Le vió Lannes desde su caballo, le vió Soult, le vió Bernadotte, le vió el insigne caballero Murat: y junto con Berthier y Janot, le vió, sonriendo, el «petit caporal», príncipe y dueño del Aguila. Y cuando llega la áspera brega, en medio de los choques, de la confusión sangrienta y de la muerte, la figura de Salandrouse, guiando sus tambores, adquiere proporciones legendarias.

Herido, soberbio, incomparable, hace que los parches no cesen de tocar un son de victoria; y hay que ir a arrancarle de su puesto, donde se yergue, maravilloso como un dios, al canto ronco y sordo de los pellejos cribados.

El desdén de la muerte, el respeto de la consigna, el amor a la vida militar, y sobre todo, la adoración por el que ellos miran como favorecido de la omnipotencia divina;--conquistador victorioso, señor del mundo, Napoleón,--forman el alma de estos épicos relatos.

Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir, y muere oyendo leer, cual si fuese un santo breviario, un libro de oro de la nobleza heroica; ya es el grupo de bravos rústicos que no sabían cargar los fusiles en medio de la más horrible carnicería, y que luego fueron condecorados; ya son los rudos gascones que luchan como tigres y gritan como diablos; ya es la marcha que bate un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante los ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco hombres, resto de los treinta y ocho mil de Elkingen, o la visión de los cascos coronados por penachos de cabellos de mujeres españolas; o «Le Kenneck», valiente y fiel, delante del rey de Prusia; o el águila del Imperio que sale, apretando el rayo con las garras, del vientre del caballo muerto; o esta orden trágica, casi macabra, dada en lo más duro de la batalla: «En avant, les cadavres...!» o el capellán que parafrasea la Biblia al ruido de las descargas; o ese cuadro cuya sencilla magnificencia impone, asombra y encanta, cuando el Cabito tiene frío, y va a la tienda de la guardia inmortal, y duerme y se le hace lumbre con millones de oro, con Murillos, con Goyas, con portentos de Velázquez, con encajes de marquesas y abanicos de manolas; o el león de vida de gato que creía ser inmortal si no se le mataba con su sable; o el abandono de los caballos, alas de los caballeros; o el oficial que condecora y el emperador que aprueba; o el fantasma del «shakó», que se alza para responder con bizarría y cae en la muerte; o Duclós con sus charreteras, que condecora llorando a un viejo luchador, y cuando el emperador le pregunta: «Duclós, ¿conoces a ese hombre?» le contesta: «¡Señor, es mi padre!» o el águila, el águila viva, que vuela y grita sobre el pabellón que marcha al Austria; o el fúnebre clamor del abismo; o, en fin, los cañones que doblan cuando ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales campanas del Imperio!

¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico!

La mujer no aparece sino raras veces, y en los recuerdos de los héroes: las madres, las abuelas llenas de canas, alguna esposa que está allá lejos! Donde brota un grupo de ellas, como un coro de Esquilo, terribles, suplicantes, gemidoras como mártires, coléricas como gorgonas, es en el capítulo, en el cuento de las crines. A un gran número de las hijas de España, en su pueblo invadido, un coronel fantasista, jovial y plúmbeo, hace cortar las cabelleras para adornar los cascos de sus dragones. Y como una mujer, aullante de dolor como Hécuba, se presenta con sus espesos cabellos ya canosos, el coronel se los hace también cortar y los pone sobre su cabeza marcial, donde los hará agitarse el huracán de la guerra. Y otra mujer brilla como una estrella de virtud y de grandeza, divina suicida, augusta delante de la muerte. Sucumbe con su niño en el más sublime de los sacrificios; pero también quedan emponzoñados, rígidos y sin vida, en la casita pobre, ocho cosacos como ocho bestias fieras.

¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en el misterio. Ella, la vaga, la anunciadora de las desgracias, la que se pasea silenciosa por los vivacs, haciendo malos signos; ella, solitaria como la Tristeza, y triste como la Muerte. ¿Qué otra más? La Victoria, de real y soberano perfil, de cuello robusto y erectas mamas; creatriz de los lauros y de los himnos.

* * * * *

Este libro es una obra de bien. El es fruto de un espíritu sano, de un poeta sanguíneo y fuerte; y Francia, la adorada Francia, que ve brotar de su suelo--por causa de una decadencia tan lamentable como cierta, falta de fe y de entusiasmo, falta de ideales;--que ve brotar tantas plantas enfermas, tanta adelfa, tanto cáñamo indiano, tanta adormidera, necesita de estos laureles verdes, de estas erguidas palmas. Libros como el de D’Esparbés recuerdan a los olvidadizos, a los flojos y a los epicúreos el camino de las altas empresas, la calle enguirnaldada de los triunfos.

Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz anuncio de un vuelo de cigüeñas, alce los ojos Francia y mire si ya también vuelve, sonora, lírica, inmensa, el Aguila antigua de las garras de bronce.

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AUGUSTO DE ARMAS

Hace algunos años un joven delicado, soñador, nervioso, que llevaba en su alma la irremediable y divina enfermedad de la poesía, llegó a París, como quien llega a un Oriente encantado. Dejaba su tierra de Cuba en donde había nacido de familia hidalga. Tenía por París esa pasión nostálgica que tantos hemos sentido, en todos los cuatro puntos del mundo; esa pasión que hizo dejar a Heine su Alemania, a Moreas su Grecia, a Parodi su Italia, a Stuart Merril su Nueva York. Hijo espiritual de Francia y desde sus primeros años dedicado al estudio de la lengua francesa, si llegó a escribir preciosos versos españoles, donde debía encontrar la expresión de su exquisito talento de artista, de su lirismo aristocrático y noble, fué en el teclado polífono y prestigioso de Banville.

¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maestro maravilloso y encantador, recibió un libro de versos en cuya portada se leía: «Augusto de Armas--Rimes Byzantines.» Leyó las rimas cinceladas de Armas y entonces le escribió una carta llena de aliento y entusiasmo.

Theodore de Banville había escrito, a propósito de Wagner, estas palabras: «Le vrai, le seul, l’irrémisible défaut de son armure c’est qu’il a fait des vers français. L’homme de génie, qui doit tout savoir, doit savoir entre autres choses, que nul étranger ne fera jamais un vers français qui ait le sens commun. On t’en fricasse des filles commes nous! voilà ce que dit la Muse française á quiconque n’est pas de ce pays ci, et lorsqu’elle disait cela en se mettant les poings sur les hanches, Henri Heine, qui était un malin, l’a bien entendu.» Ciertamente, le escribió el gran poeta a Augusto de Armas,--he dicho eso; pero huélgome de confesar que vos sois la excepción de lo que afirmé.

Basta leer una sola de las poesías del refinado bizantino de Cuba, para reconocer que fué con justicia armado caballero de la musa francesa al golpe de la espada de oro de Banville. ¿Quién ha cantado en más ricos hemistiquios el oleaje sonoro de los alejandrinos? Como Carducci que lleno del fuego de su estro entona su cántico «¡Ave o Rima...!» como Sainte Beuve que a manera de Ronsard celebra ese mismo encanto musical de la consonancia, Augusto de Armas, con el más elevado deleite, alaba la forma del verso francés en que se han escrito tantas obras maestras y tantos tesoros literarios; alaba el instrumento que ha hecho resonar desde el «Poema de Alejandro» hasta las colosales harmonías de «La Leyenda de los siglos».

Su libro es labrado cofrecillo bizantino, lleno de joyas. Su verso es flor de Francia; su espíritu era completamente galo. Ha sido uno de los pocos extranjeros que hayan podido sembrar sus rosas en suelo francés, bajo el inmenso roble de Víctor Hugo. El abate Marchena no sé que haya hecho en francés nada como su curiosidad latina del falso Petronio; Menéndez Pelayo, pasmo de sabiduría, según se dice en España, dudo que se acomodase a las exigencias de las musas de Galia; Longfellow dejó muy medianejos ensayos, como su juguete «Chez Agassiz», Swinburne, que como Menéndez Pelayo versifica admirablemente en lenguas sabias, en sus versos franceses va como estrechado y sin la libertad y potencia de sus poesías en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Rossetti.

Heine lo que escribió en francés fué prosa; lo propio Tourgueneff. Los casos que pueden citarse, semejantes al de Augusto de Armas, son el de su paisano José María de Heredia, que se ha colocado orgullosamente entre el esplendor de sus trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha logrado hasta el laurel de las victorias teatrales: el de Jean Moreas, gran maestro de poesía; el de Stuart Merril, que sólo puede ser yankee porque como Poe nació en ese país que Peladan tiene razón en llamar de Calibanes; el de Eduardo Cornelio Price, distinguido antillano, el de García Mansilla, poeta y diplomático argentino que escribe envuelto en el perfume del jardín de Coppée. Pero José María de Heredia llegó a París muy joven, y apenas si tiene de americano el color y la vida que en sus sonetos surgen, de nuestros ponientes sangrientos, nuestras fuertes savias y nuestros calores tórridos. Heredia se ha educado en Francia; su lengua es la francesa más que la castellana. Parodi, por una prodigiosa asimilación, pertenece al Parnaso francés; Moreas llegó de Atenas, histórica hermana de París; Stuart Merrill, como Poe, brota de una tierra férrea, en un medio de materialidad y de cifra, y es un verdadero mirlo blanco; formando Poe, el pintor misterioso y él, la trinidad azul de la nación del honorable presidente Washington; Price, no pasa de lo mediano; y García Mansilla, me figuro, que a pesar de sus preciosas producciones, y con todo y creerle dominador de la rima francesa y poeta y refinado artista, me figuro, digo, que debe de ser un cultivador elegante de la poesía, un trovero gran señor que ritma y rima para solaz de los salones, versos que deben ser impresos en ediciones ricas y celebrados por lindas bocas en las bellas veladas de la diplomacia.

Augusto de Armas representaba una de las grandes manifestaciones de la unidad y de la fuerza del alma latina, cuyo centro y foco es hoy la luminosa Francia. El, que había nacido animado por la fiebre santa del arte, llevó al suelo francés la representación de nuestras energías espirituales, y Bánville pudo reconocer que el laurel francés, honra y gloria de nuestra gran raza, podía tener quien regase su tronco con agua de fuente americana, y que un americano de sangre latina podía ceñirse una corona hecha de ramas cortadas en el divino bosque de Ronsard.

¿Pero el soñador no sabía acaso que París, que es la cumbre, y el canto, y el lauro, y el triunfo de la aurora, es también el maelstrom y la gehenna? ¿No sabía que, semejante a la reina ardiente y cruel de la historia, da a gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace arrojar en la sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de Armas! Delicado como una mujer, sensitivo, iluso, vivía la vida parisiense de la lucha diaria, viendo a cada paso el miraje de la victoria y no abandonado nunca de la bondadosa esperanza. Entre los grandes maestros, encontró consejos, cariño, amistad. Dios pague a Sully Prudhomme, al venerable Leconte de Lisle, a Mendés y a José María de Heredia, los momentos dichosos que podían dar al joven americano, alimentando su sueño, su noble ilusión de poeta. Y también a los que fueron generosos y llevaron a la cama del hospital en que sufría el pálido bizantino de larga cabellera, el consuelo material y la eficaz ayuda. Entre estos diré dos nombres para que ellos sean estimados por la juventud de América: es el uno Domingo Estrada, el brillante traductor de Poe, y el otro M. Aurelio Soto, expresidente de la república de Honduras.

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LAURENT TAILHADE

Rarísimo. Es, ni más ni menos, un poeta. Estas palabras que se han dicho respecto a él no pueden ser más exactas: «Es un supremo refinado que se entretiene con la vida como con un espectáculo eternamente imprevisto, sin más amor que el de la belleza, sin más odio que a lo vulgar y lo mediocre.»

Como poeta, como escritor, no ha tenido la notoriedad que sólo dan los éxitos de librería, los cuales desprecia el olímpico Jean Moreas, supongo que, fuera de la razón lírica, porque recibe una buena pensión de su familia de Atenas. Como hombre, raro es el que no conozca a Tailhade en el «quartier.»

Y a propósito, ¿recuerdan los lectores lo que aconteció a este otro poeta cuando el alboroto de los estudiantes, años há? No le dieron sus versos, por cierto, la fama que los garrotazos y heridas que recibió. Poco más o menos sucede ahora con Laurent Tailhade. Sus libros, que antes solamente circulaban entre un público escogido y en ediciones de subscripción, es probable que tengan hoy siquiera sea una pasajera boga; aunque su refinamiento y su aristocracia artística no serán ni podrían ser para el gran público de los indudablemente ilustres Tales y Cuales. El cómo ve la vida Laurent Tailhade, lo explica un caricaturista de esta manera: «El poeta, vestido a la griega, toca la lira admirando un hermoso caballo salvaje. Poseído del «deus», no advierte el peligro. Resultado: Orfeo recibe un par de coces que le echan fuera de la boca toda la dentadura.»

Y Castelar a su vez, hablando de la explosión que tan maltrecho dejó al lírico: «Hallábase allí entre tantos adoradores de la belleza divorciada del bien, un escritor anarquista, el amado Tailhade, quien dijo que importaba poco el crimen cometido por Vaillant, ante la hermosura de su actitud y de su gesto al despedir la bomba, sólo comparables, añado yo, al gesto y actitud de Nerón, cuando, vestido de Apolo y llevando en las manos áurea cítara tañida por sus delicados dedos, celebraba el incendio de la sacra Ilión entre las llamas que consumían la Ciudad Eterna. Pues bien, el apologista de Vaillant y su crimen estaba en el comedor cuando estalló la nueva bomba; y efecto del estallido, cayó casi deshecho en tierra, perdiendo un ojo arrancado a su rostro por los vidrios ardientes. Al sentirse así, no dijo nada el cuitadísimo de gestos y actitudes, llevóse la mano a la herida y gritó: «¡Al asesino!» Hay providencia.»

¡El «amado Tailhade», anarquista!

El gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y poéticas. No quiso ir al último banquete de la Pluma, porque «olía a remedios.» ¿Será anarquista el que sabe como todos que, no digamos el anarquismo sino la misma democracia, huele mal?

Tengo a la vista sus «Vitraux.» Mi número es el 226 del tiraje único de quinientos ejemplares que sobre rico papel de Holanda hizo el editor Vanier. «Vitraux» es la primera parte de «Sur Champ D’Or.» La carátula está impresa a tres tintas, rojo, violeta y negro, sobre un papel apergaminado. Y la dedicatoria que escribió ese admirador de Vaillant es la siguiente:

A Madame La Comtesse Diane de Beausaq L. T.

Laurent Tailhade dedica a esa dama aristocrática sus versos, porque debe de ser bella, tiene un lindo nombre y el blasón es siempre bello. Y pronunció la «boutade» sobre Vaillant porque, como Castelar, se imaginó que el dinamitero había lanzado la bomba con un bello gesto. En cuanto a Nerón, era sencillamente otro poeta, muy inferior por cierto al raro de quien hoy escribo. Porque, no, no haría ni con todas las lecciones de cien Sénecas, el imperial rimador, versos a sus dioses, como estos burilados, miniados adorables versos que Tailhade ha escrito «Sur Champ D’Or» en homenaje a la religión católica... y a la mujer amada. Es un homenaje sacrílegamente artístico, si queréis; son joyas profanas adornadas con los diamantes de las custodias, labradas en el oro de los altares y de los cálices. Cierto que en los tercetos a nuestra Señora, no se muestra el resplandor sagrado de la fe que vemos en la liturgia de Verlaine; son obras inspiradas en la belleza del culto cristiano, del ritual católico.

Pero después de «Pauvre Lelian», que con fe pura y profunda y arte de insigne maestro, ha escrito prodigios de rimado amor místico, nadie ha igualado siquiera al Laurent Tailhade de los «Vitraux» en ninguna lengua, por la gracia primitiva, el sagrado vocabulario y el sentimiento de las hermosuras y magnificencias del catolicismo. Es aquí demasiado profano, es cierto, y vierte en el agua bendita un frasco de opoponax... ¿Le perdonaremos en gracia al «bello gesto?» Para escribir estos poemas ha debido recorrer los viejos himnarios, las prosas, los antiguos cantos de la iglesia; las sequencias de Notker, las de Hildegarda, las de Godeschalk y las poesías de aquel divino Hermanus Contractus que nos dejó la perla de la Salve Regina.