Los Raros Obras Completas Vol. VI

Part 15

Chapter 154,001 wordsPublic domain

Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la guerra de Céspedes; cuando el esfuerzo de los deseosos de libertad no tuvo más fruto que muertes e incendios y carnicerías, gran parte de la intelectualidad cubana partió al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron, discípulos de don José de la Luz, poetas, pensadores, educacionistas. Aquel destierro todavía dura para algunos que no han dejado sus huesos en patria ajena o no han vuelto ahora a la manigua. José Joaquín Palma, que salió a la edad de Lohengrín con una barba rubia como la de él, y gallardo como sobre el cisne de su poesía, después de arrullar sus décimas «a la estrella solitaria» de república en república, vió nevar en su barba de oro, siempre con ansias de volver a su Bayamo, de donde salió al campo a pelear después de quemar su casa. Tomás Estrada Palma, pariente del poeta, varón probo, discreto y lleno de luces, y hoy elegido presidente por los revolucionarios, vivió de maestro de escuela en la lejana Honduras; Antonio Zambrana, orador de fama justa en las repúblicas del norte que a punto estuvo de ir a las Cortes, en donde habría honrado a los americanos, se refugió en Costa Rica, y allí abrió su estudio de abogado; Eizaguirre fué a Guatemala; el poeta Sellén, el celebrado traductor de Heine, y su hermano, otro poeta, fueron a Nueva York, a hacer almanaques para las píldoras de Lamman y Kemp, si no mienten los decires; Martí, el gran Martí andaba de tierra en tierra, aquí en tristezas, allá en los abominables cuidados de las pequeñas miserias de la falta de oro en suelo extranjero; ya triunfando, porque a la postre la garra es garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias de su antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, profesor, orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; derrochando las esplendideces de su interior en lugares en donde jamás se podría saber el valor del altísimo ingenio y se le infligiría además el baldón del elogio de los ignorantes;--tuvo en cambio grandes gozos: la compresión de su vuelo por los raros que le conocían hondamente; el satisfactorio aborrecimiento de los tontos, la acogida que «l’élite» de la prensa americana--en Buenos Aires y Méjico,--tuvo para sus correspondencias y artículos de colaboración.

Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de una permanencia en Centro América, partió a radicarse a Nueva York.

Allá, a aquella ciclópea ciudad, fué aquel caballero del pensamiento a trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado, él tan grande y tan fuerte, ¡Dios mío! desalentado en sus ensueños de Arte, remachó con triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe de palabra y a fuego de idea. Paciencia, la tenía; esperaba y veía como una vaga fatamorgana, su soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa, en los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba como un buen hermano mayor, aquel sereno e indomable carácter, aquel luchador que hubiera hablado como Elciis, los cuatro días seguidos, delante del poderoso Otón rodeado de reyes.

Su labor aumentaba de instante en instante, como si activase más la savia de su energía aquel inmenso hervor metropolitano. Y visitando al doctor de la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa y al periodista y al alto empleado de La Equitativa, y al cigarrero y al negro marinero, a todos los cubanos neoyorkinos, para no dejar apagar el fuego, para mantener el deseo de guerra, luchando aún con más o menos claras rivalidades, pero, es lo cierto, querido y admirado de todos los suyos, tenía que vivir, tenía que trabajar, entonces eran aquellas cascadas literarias que a estas columnas venían y otras que iban a diarios de Méjico y Venezuela. No hay duda de que ese tiempo fué el más hermoso tiempo de José Martí. Entonces fué cuando se mostró su personalidad intelectual más bellamente. En aquellas kilométricas epístolas, si apartáis una que otra rara ramazón sin flor o fruto, hallaréis en el fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-hinoores.

Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pintor, Martí músico, Martí poeta siempre. Con una magia incomparable hacía ver unos Estados Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas. Aquella «Nación» colosal, la «sábana» de antaño, presentaba en sus columnas, a cada correo de Nueva York, espesas inundaciones de tinta. Los Estados Unidos de Bourget deleitan y divierten; los Estados Unidos de Groussac hacen pensar; los Estados Unidos de Martí son estupendo y encantador diorama que casi se diría aumenta el color de la visión real. Mi memoria se pierde en aquella montaña de imágenes, pero bien recuerdo un Grant marcial y un Sherman heroico que no he visto más bellos en otra parte; una llegada de héroes del Polo; un puente de Brooklin literario igual al de hierro; una hercúlea descripción de una exposición agrícola, vasta como los establos de Augías; unas primaveras floridas y unos veranos ¡oh, sí! mejores que los naturales; unos indios sioux que hablaban en lengua de Martí como si Manitu mismo les inspirase; unas nevadas que daban frío verdadero, y un Walt Whitman patriarcal, prestigioso, líricamente augusto, antes, mucho antes de que Francia conociera por Sarrazin al bíblico autor de las «Hojas de hierba.»

Y cuando el famoso congreso pan-americano, sus cartas fueron sencillamente un libro. En aquellas correspondencias hablaba de los peligros del yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener la América latina respecto a la Hermana mayor; y del fondo de aquella frase que una boca argentina opuso a la frase de Monroe.

* * * * *

Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y bondadosos. Su palabra suave y delicada en el trato familiar, cambiaba su raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios. Era orador, y orador de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su vida fué un combate. Era blandílocuo y cortesísimo con las damas; las cubanas de Nueva York teníanle en justo aprecio y cariño, y una sociedad femenina había que llevaba su nombre.

Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; quien se acercó a él se retiró queriéndole.

Y era poeta; y hacía versos.

Sí, aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en ella todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con todo lo moderno y su saber universal y políglota, formaba su manera especial y peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fajardo con Gautier, con Goncourt,--con el que gustéis, pues de todo tiene; usando a la continua de hipérbaton inglés, lanzando a escape sus cuádrigas de metáforas, retorciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minucia de pre-rafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, ya a manchas, a pinceladas súbitas, a golpes de espátula, dando vida a las figuras; aquel fuerte cazador, hacía versos, y casi siempre versos pequeñitos, versos sencillos--¿no se llamaba así un librito de ellos?--versos de tristezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o armonizados siempre con tacto; una primera y rara colección está dedicada a un hijo a quien adoró y a quien perdió por siempre: «Ismaelillo.»

Los «Versos sencillos», publicados en Nueva York, en linda edición, en forma de eucologio, tienen verdaderas joyas. Otros versos hay, y entre los más bellos «Los zapaticos de Rosa.» Creo que como Banville la palabra «lira» y Leconte de Lisle la palabra «negro», Martí la que más ha empleado es «rosa.»

Recordemos algunas rimas del infortunado:

I

¡Oh, mi vida que en la cumbre Del Ajusco hogar buscó, Y tan fría se moría Que en la cumbre halló calor! ¡Oh, los ojos de la virgen Que me vieron una vez, Y mi vida estremecida En la cumbre volvió a arder!

II

Entró la niña en el bosque Del brazo de su galán, Y se oyó un beso, otro beso, Y no se oyó nada más.

Una hora en el bosque estuvo, Salió al fin sin su galán: Se oyó un sollozo; un sollozo, Y después no se oyó más.

III

En la falda del Turquino La esmeralda del camino Los incita a descansar: El amante campesino En la falda del Turquino Canta bien y sabe amar.

Guajirilla ruborosa, La mejilla tinta en rosa Bien pudiera denunciar, Que en la plática sabrosa Guajirilla ruborosa, Callar fué mejor que hablar.

IV

Allá en la sombría, Solemne Alameda, Un ruido que pasa, Una hoja que rueda, Parece al malvado Gigante que alzado El brazo le estruja, La mano le oprime, Y el cuello le estrecha Y el alma le pide--, Y es ruido que pasa Y es hoja que rueda; Allá en la sombría, Callada, vacía, Solemne Alameda...

V

--¡Un beso! --¡Espera! Aquel día Al despedirse se amaron.

--¡Un beso! --Toma. Aquel día Al despedirse lloraron.

VI

La del pañuelo de rosa, La de los ojos muy negros, No hay negro como tus ojos Ni rosa cual tu pañuelo.

La de promesa vendida, La de los ojos tan negros, Más negras son que tus ojos Las promesas de tu pecho.

Y este primoroso juguete:

De tela blanca y rosada Tiene Rosa un delantal, Y a la margen de la puerta Casi, casi en el umbral, Un rosal de rosas blancas Y de rojas un rosal.

Una hermana tiene Rosa Que tres años besó abril, Y le piden rojas flores Y la niña va al pensil, Y al rosal de rosas blancas Blancas rosas va a pedir.

Y esta hermana caprichosa Que a las rosas nunca va, Cuando Rosa juega y vuelve En el juego el delantal, Si ve el blanco abraza a Rosa Si ve el rojo da en llorar.

Y si pasa caprichosa Por delante del rosal, Flores blancas pone a Rosa En el blanco delantal.

Un libro, la Obra escogida del ilustre escritor, debe ser idea de sus amigos y discípulos.

Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamiento, como el que fué, no solemne discípulo querido, sino amigo del alma, el paje, o más bien «el hijo» de Martí: Gonzalo de Quesada, el que le acompañó siempre leal y cariñoso, en trabajos y propagandas, allá en Nueva York y Cayo Hueso y Tampa. ¡Pero quién sabe si el pobre Gonzalo de Quesada, alma viril y ardorosa, no ha acompañado al jefe también en la muerte!

Los niños de América tuvieron en el corazón de Martí predilección y amor.

Queda un periódico único en su género--, los pocos números de un periódico que redactó especialmente para los niños. Hay en uno de ellos un retrato de San Martín, que es obra maestra. Quedan también la colección de «Patria» y varias obras vertidas del inglés, pero eso todo es lo menor de la obra literaria que servirá en lo futuro.

Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y a perder el tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia de Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. Martínez Campos, que ha ordenado exponer tu cadáver, sigue leyendo sus dos autores preferidos: «Cervantes...» y «Ohnet.» Cuba quizá tarde en cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora; pero ¡oh, Maestro! ¿qué has hecho...?

Y paréceme que con aquella voz suya, amable y bondadosa, me reprende, adorador como fué hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la Patria; y me habla del sueño en que viera a los héroes: las manos de piedra, los ojos de piedra, los labios de piedra, las barbas de piedra, la espada de piedra...

Y que repite luego el voto del verso:

¡Yo quiero, cuando me muera, Sin patria, pero sin amo, Tener en mi losa un ramo De flores y una bandera!

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EUGENIO DE CASTRO

(_Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires_).

Señor presidente, señoras, señores: Os saludo al comenzar esta conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro y la literatura portuguesa. Es el asunto para mí gratísimo. Mi deseo es que al acabar de escuchar mis palabras llevéis con vosotros el encanto de un nuevo y peregrino conocimiento: el del joven ilustre que hoy representa una de las más brillantes fases del renacimiento latino, y que, como su hermano de Italia--el Ermete maravilloso--se mantiene en la consagración de su ideal «en la sede del arte severo y del silencio», allá en la noble y docta ciudad de Coimbra. Este nombre os despierta, desde luego, el recuerdo de una antigua vida escolar, los estudiantes tradicionales, la Fuente de los Amores, el Mondego, celebrado en los versos, y la figura dulce y trágica de aquella adorable señora que tuvo el mismo apellido que nuestro poeta: Inés de Castro, tan bella cuanto sin ventura. Es en aquella ciudad universitaria en donde ha surgido el admirable lírico que había de representar, el primero, a la raza ibérica, en el movimiento intelectual contemporáneo, que ha dado al arte espacios nuevos, fuerzas nuevas y nuevas glorias. Vogüe, que antes mirara el vuelo simbólico de las cigüeñas, anunciaba, no hace mucho tiempo, a propósito de la obra de Gabriele D’Annunzio, una resurrección del espíritu latino. Las harpas y las flautas sonaban del lado de Italia. Hoy la armonía se oye del lado de Iberia. Ya es un conjunto de músicas orientales; ya un son melodioso de siringa, semejante a los que la muerte ha venido a suspender en los labios del divino Panida de Francia, Paúl Verlaine; ya un heráldico trueno de trompetas de plata, que avisa el paso de una caravana salomónica. ¿Conocéis al prestigioso Gama que corona Camöens de esplendorosas gemas poéticas en los triunfos de sus «Lusiadas»? Es el viajero casi mitológico que vuelve de los países recónditos a donde su valor y su sed de cosas desconocidas le han llevado. A semejanza de aquellos antiguos atrevidos navegantes portugueses que iban a las playas distantes de las tierras asiáticas y africanas en busca de tesoros prodigiosos y volvían con las perlas arábigas, los diamantes de Golconda, las resinas y aromas y ámbares recogidos en los misteriosos continentes y en los hechiceros archipiélagos, trayendo al propio tiempo la impresión de sus visiones en la realidad de las leyendas, en las visitas a islas raras y penínsulas de encantamiento, Eugenio de Castro, bizarro y mágico Vasco de Gama de la lira, vuelve de sus incursiones a un Oriente de ensueño, de sus expediciones a los fantásticos imperios, a países del pasado, lleno de riquezas, dueño de raras piedras preciosas, conquistador y argonauta, vestido de suntuosos paramentos e impregnado de exóticos perfumes.

Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada madre patria, España, parece sufrir la hostilidad de una suerte enemiga, encerrada en la muralla de su tradición, aislada por su propio carácter, sin que penetre hasta ella la oleada de la evolución mental de estos últimos tiempos, el vecino reino fraternal manifiesta una súbita energía; el alma portuguesa llama la atención del mundo, la patria portuguesa encuentra en el extranjero lenguas que la celebran y la levantan, la sangre de Lusitania florece en harmoniosas flores de arte y de vida: nosotros, latinos, hispano-americanos, debemos mirar con orgullo las manifestaciones vitales de ese pueblo y sentir como propias las victorias que consigue en honor de nuestra raza.

Es digno de todas nuestras simpatías ese bello y glorioso país de guerreros, de descubridores y de poetas. Una de las más gratas impresiones de mi vida ha sido la que produjo esa tierra en que florerecen los naranjos. Lisboa, hermosa y real, frente a su soberbia bahía, un cielo generoso de luz, una tierra perfumada de jardines, una delicia natural esparcida en el ambiente, una fascinación amorosa que invita a la vida, altivez nativa, nobleza ingénita en sus caballeros, y en sus damas una distinción gentilicia como corona de la belleza. Y consideraba al hollar aquella tierra, las proezas de tantos hijos suyos famosos, Magallanes cuyo nombre quedó para los siglos en el extremo sur argentino, Alburquerque, el que fué a la lejana Goa, Bartolomé Díaz y la figura dominante, aureolada de fuegos épicos, del gran Vasco.

Y evocaba la obra de la lira, los ingenuos balbuceos en la corte de Alfonso Henriquez, en donde la linda Doña Violante, antojábaseme harto cruel, con el pobre Egas Moniz, agonizante de amor, por aquel «corpo d’oiro»; los trovadores, formando sus ramilletes de serranillas; Don Diniz, el rey poeta y sapiente, semejante a Alfonso de España, y a quien Camoëns compara con el grande Alejandro:

Eis depois vem Dinis, que bem parece Do bravo Afonso estirpe nobre e dina, Com quem a fama grande se escurece Da liberalidade Alexandrina. Com este o Reino próspero florece (Alcançada já a paz áurea divina) Em constituições, leis e costumes, Na terra já tranquila claros lumes.

Fez primeiro em Coimbra exercitar-se O valeroso officio de Minerva; E de Helicona as Musas fez passar-se A pizar do Mondego a fertil herva. Quanto pode de Athenas desejar-se, Tudo o soberbo Apollo aqui reserva: Aqui as capellas dá tecidas de ouro, Do bacharo e do sempre verde louro.

«Y después viene Dionisio, que bien parece del bravo Alfonso estirpe noble y digna; por quien la fama grande se obscurece de la liberalidad Alejandrina: Con éste el reino próspero florece (ya alcanzada la áurea paz divina) en constituciones, leyes y costumbres, e iluminan claras luces la ya tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que se ejercitase el valeroso oficio de Minerva; y las musas del Helicón por él fueron a pisar la fértil hierba del Mondego. Cuanto puede de Atenas desearse, todo el soberbio Apolo aquí reserva: Aquí da las coronas tejidas de oro y de siempre verde laurel». Y luego los romanceros, el «Amadís» que despierta el «Quijote»; Mascías que muere por el amor, y tanto porta-lira que en tiempos propicios a las Musas las glorificaron en el suelo lusitano.

No había llegado aún a mis oídos el nombre de Eugenio de Castro, ni a mi mente el resplandor de su arte aristocrático. La literatura portuguesa ha sido hasta hace poco tiempo escasamente conocida. Existe cerca de nosotros un gran país, hijo de Portugal, cuyas manifestaciones espirituales son en el resto del continente completamente ignoradas; y hay, señores, en Portugal, y hay en el Brasil una literatura digna de la universal atención y del estudio de los hombres de pensamiento y de arte. En nuestra América española, el conocimiento de la literatura de lengua portuguesa se reduce al escaso número de los que han leído a Camoëns, la mayor parte en malas traducciones y vaya por lo antiguo. En cuanto a lo moderno, se sabe que ha existido un Herculano gracias a los versos de Núñez de Arce, y un Eça de Queiroz, por un «Primo-Basilio», que ha esparcido a los cuatro vientos, en castellano, una feroz casa editora peninsular.

No era poco el triste asombro del eminente Pinheiro Chagas, cuando en Madrid en la hospitalaria casa del conde de Peralta oía de mis labios la lamentación de semejante indiferencia. ¡Pero qué mucho, si en España misma, a pesar del esfuerzo de propagandistas como la Pardo Bazán y Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto o más desconocida que entre nosotros! Y de Gil Vicente a nuestros días, hay un teatro vario y rico. De Sa de Miranda y Camoëns, a João de Deus, el camino lírico está lleno de arcos triunfales. De Duharte Galvao a Alejandro Herculano la historia levanta monumentales y fuertes construcciones; la filosofía y la filología y la erudición están representadas por más de un nombre ilustre en los anales de la civilización humana; su lengua, que ha pasado por evoluciones distintas, ha llegado a ser en manos de Eugenio de Castro y de sus seguidores, el armonioso instrumento que nos da esas puras joyas del arte moderno, como «Sagramor» y «Belkiss».

Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamiento portugués. Sus alas no se abrieron en el aire angustioso que esparciera la tempestad napoleónica. ¿Qué figuras vemos aparecer en esa agitada época? Una especie de Quintana, José Agustín de Macedo, que sopla su hueca trompa; una especie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea entre la pobreza y sequedad de sus tragedias; y el curioso y desjuicido José Daniel, que a falta de Terencio y Plauto, se iba solo, por una senda poco envidiable. Manuel de Nascimiento, arrojado por una tormenta política, estaba en París. El obispo Lobo, a quien se ha comparado con de Maistre, señala el principio de una nueva era. Almeida Garret, que como Nascimiento había ido a París y había sido ungido por Hugo, llevó a su país la iniciación romántica. Eugenio de Castro reconoce en uno de sus escritos, cómo el fondo del alma portuguesa está impregnado de melancolía. Ciertamente, ese pueblo viril siente de modo hondo y particular el soplo de la tristeza. Los portugueses tienen esa palabra que indica una enfermiza y especial nostalgia, un sentimiento único, lleno de la más melancólica dulzura: «saudade.» Tal sentimiento forma gran parte del espíritu de la poesía de Almeida Garret, que había llevado su barca sobre las mansas y sonoras olas del lago lamartiniano. El es uno de los precursores del nuevo movimiento. El marca un nuevo rumbo a la generación literaria, afianzando en un sólido fundamento clásico, pero con largas vistas hacia el futuro. El prefacio de «Doña Branca», que Loiseau parangona con el de «Cronwell», fué un manifiesto que señaló definitivamente la renovación. El sentimentalismo de los románticos y las caballerescas aventuras están de triunfo. Doña Branca está en el castillo morisco con una hada, y Adozinda, pura como un lirio de nieve, es perseguida, cual la memorable italiana, por el incestuoso fuego paternal. Almeida Garret--sin que intente defender la perfección de su obra--ha quedado como uno de los grandes románticos, que a comienzos de esta centuria han iniciado una revolución en formas e ideas en el arte de escribir. Antonio Feliciano de Castilho se presenta, «enfant sublime», con su áulico «Epicedion» a los quince años; su obra posterior, si es de un romántico declarado, como que procede inmediatamente de Nascimiento, arranca en su fondo de antiguas fuentes clásicas, a punto de que se haya nombrado a propósito de su «Primavera», a Safo, Anacreonte y Ovidio. Y se yergue luego, altiva y majestuosa, la talla de quien, cuando cayó en la tumba, hizo brotar de la más bien templada lira castellana un célebre canto fúnebre: comprenderéis que me refiero a Alejandro Herculano. El gran historiador fué asimismo aficionado a las musas. Cuando vayáis por su jardín lírico, no dejéis de observar que por ahí ha pasado el Lamartine de las «Meditaciones.» Pero era un vigoroso, era un fuerte, y en la piedra fina y duradera de su prosa, supo construir más de un soberbio monumento. Si sus novelas y los que podíamos llamar con Galdós, episodios nacionales, son de notable valer, su fama se sienta sobre el pedestal de su obra histórica, al cual su violento liberalismo no alcanzó a producir raja alguna. Castello Branco dejó una producción copiosísima en donde se pueden encontrar algunos granos de oro. Nos hallamos en pleno período contemporáneo. La voz de Pinheiro Chagas resuena. Magalhaes Lima va agitar a París la bandera portuguesa; brillan los nombres de Casal Ribeiro, Machado, Oliveira Martins y tantos otros, entre los cuales despide excepcional luz el del noble y egregio Teófilo Braga. Conocemos algunas poesías de Antero de Quental. Doña Emilia nos informa desde Madrid, de cuando en cuando, que existen tales o cuales liras lusitanas.

Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes novedades, nos traduce una que otra poesía portuguesa; nos comienzan a llegar los ecos de un renacimiento en las letras brasileras y en notables revistas jóvenes; y de pronto un clamor doloroso nos anuncia al mismo tiempo que la muerte de Verlaine, la del gran poeta João de Deus.