Los Raros Obras Completas Vol. VI
Part 12
Si hay celos son celos del mar, que envuelve en un beso inmenso el cuerpo amado. He visto cuadros, muchos, que representan sugerentes escenas de baños de mar; pero ningún pintor ha llegado, a mi juicio, a donde este maldito belga que hasta en el agua inmensa y azul vierte filtros amatorios, como un brujo. En ocasiones es banal, emplea símiles prosaicos, como ferroviarios y geográficos. Pero cuando canta las medias, esas cosas prosaicas, os juro que no hay nada más original que esa poesía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de seda e hilos de Escocia, danza la musa Serpentina uno de sus pasos más prodigiosos. Cuando llega Mayo, madrigaliza el poeta tristemente. No es raro: «Omnia animal post...» etc.
A Louise Abbema dedica una linda copia rítmica de su cuadro «Lilas blancas»; ¡suave descanso! Pero es para, en seguida, abortar una estúpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon ha querido imitar ciertos versos de Baudelaire? Baudelaire era profunda y dolorosamente católico, y si escribió algunas de sus poesías «pour épater les bourgeois», no osó nunca a Dios. Pasa Theodore Hannon con sus bebedoras de fósforo: esas son las musas y las mujeres que le llevan la alegría de sus rimas; dedica ciertos limones a Cheret, y el pintor de los joviales «affiches» gustará de esas limonadas; quema lo que él llama «incienso femenino», en una copa de Venus con carbones del Infierno; pinta mares de espumosas ondas lesbianas y celebra a su amada de figura andrógina; es bohemio y errabundo, soñador y noctámbulo; prefiere las flores artificiales a las flores de la primavera; labra joyas, verdaderas joyas poéticas, para modistas y perdularias; dice sus desengaños prematuros; nos describe a Jane, una diablesa; nos lleva a un taller de pintor en donde un pobre viejo modelo sufre su martirio; los «Sonetos sinceros» son tres canciones del amor moderno, llenas de rosas y de besos, y sus iconos bizantinos son obras maestras de «degeneración.» Tomando por modelo las letanías infernales de Baudelaire, escribe las del Ajenjo, que a decir verdad, le resultaron más que medianas. Su histerismo estalla al cantar la Histeria; su «Mer enrhumée» es una extravagancia. Canta a unos ojos negros y diabólicos que le queman el alma; canta el pecado. Nos presenta un cuadro de «toilette» que es adorable de arte y abominable de vicio; en sus versos se sienten todos los perfumes, y se miran todos los afeites y menjurjes de un tocador femenino, desde el coldcream diáfano, la leche de Iris, la Crema Ninon, el blanco Emperatriz, el polvo divino, el polvo vegetal, hasta la azurina, el carmín, Ixor, new-mownhay, frangipane, steplanotis... ¡qué sé yo! todo en los más cristalinos, diamantinos, tallados, cincelados, admirables frascos. ¡Raro poeta este Theodore Hannon!
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EL CONDE DE LAUTRÉAMONT
Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. El se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el empíreo en recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura.
León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. El furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama «Cantos de Maldoror», en el cual está vaciada la pavorosa angustia del infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: «No hay que jugar al espectro, porque se llega a serlo»: y si existe autor peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio, antes de que viniese a encarnarse en este mundo? Los clamores del teófobo ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi musa cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vociferando al viento, le taparía los oídos.
Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones; como Job puede exclamar: «Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja sobre mí y hablaré con amargura de mi alma.» Pero Job significa «el que llora»; Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un breviario satánico, impregnado de melancolía y de tristeza. «El espíritu maligno, dice Quevedo, en su «Introducción a la vida devota», se deleita en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo será eternamente.» Más aun: quien ha escrito los «Cantos de Maldoror» puede muy bien haber sido un poseso. Recordaremos que ciertos casos de locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo de las enfermedades nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre Iglesia como casos de posesión para los cuales se hace preciso el exorcismo. «¡Alma en ruinas!» exclamaría Bloy con palabras húmedas de compasión.
Job:--«El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de desabrimiento...»
Lautréamont:--«Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!»
Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe.
Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos por los terribles espíritus enemigos, «horlas» funestas que arrastran al alcohol, a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fué celeste, y Lautréamont infernal.
Escuchad estos amargos fragmentos:
«Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor...
»¿Más quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos sino como la alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba desde hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los árboles; mi hocico, lo contemplaba con delicia. «No quedaba en mí la menor partícula de divinidad»: supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de esta voluptuosidad inefable.»
León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor, explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre alienado, suponiendo que no fué sino un blasfemo por amor. «Después de todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto, puesto que no toca nunca los Símbolos», dice.
Oid la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios. Los perros aullan «sea como un niño que grita de hambre, sea como un gato herido en el vientre, bajo un techo; sea como una mujer que pare; sea como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una joven que canta un aire sublime--; contra las estrellas al norte, contra las estrellas al este, contra las estrellas al sur, contra las estrellas al oeste; contra la luna; contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a rocas gigantes, yacentes en la obscuridad--; contra el aire frío que ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo interior de sus narices rojo y quemante; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las narices, y que llevan un ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el ladrón que huye, al galope de su caballo, después de haber cometido un crimen; contra las serpientes agitadoras de hierbas, que les ponen temblor en sus pellejos y les hacen chocar los dientes--; contra sus propios ladridos, que a ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que revientan de un solo apretón de mandíbulas (¿para qué se alejaron del charco?); contra los árboles, cuyas hojas, muellemente mecidas, son otros tantos misterios que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos inteligentes--; contra las arañas suspendidas entre las largas patas, que suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han encontrado que comer durante el día y que vuelven al nido, el ala fatigada; contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen mástiles de navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra los grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el abismo--, y contra el hombre que les esclaviza...
«Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:--Cuando estés en tu lecho, y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus sábanas, no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable de lo infinito, como yo, como el resto de los humanos, a la «figure pale et longue...» «Yo,--sigue él,--como los perros sufro la necesidad de lo infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesidad!» Es ello insensato, delirante; «mas hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar.»
Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el «deus» enloquecía a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas semejantes: y que el autor «vivió» eso, y que no se trata de una «obra literaria», sino del grito, del aullido de un sér sublime martirizado por Satanás.
El cómo se burla de la belleza,--como de Psiquis, por odio a Dios,--lo veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños poemas:
«...El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre la curva que describe un perro que corre tras de su amo...» «El vautour des agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de moléculas que su organismo se asimila... El escarabajo, «bello como el temblor de las manos en el alcoholismo...»
El adolescente, «bello como la retractibilidad de las garras de las aves de rapiña», o aun «como la poca seguridad de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior», o, todavía, «como esa trampa perpetua para ratones, «toujours retendu par l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment, et fonctionner même caché sous la paille», y sobre todo, bello «como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas...»
En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es de un «humor» hiriente y abominable.
¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el lector el que Baudelaire le dedica en las «Flores del Mal», al lado de esta despedida: «Adieu vieillard, et pense a moi, si tu m’as lu. Toi, jeune homme, ne te désespere point; car tu as un ami dans le vampire, malgré ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit la gale, tu auras deux amis.»
El no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.
El Bajísimo le poseyó, penetrando en su sér por la tristeza. Se dejó caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son aquellos que hacen pensar en las creaciones del Diablo; el sapo, el buho, la víbora, la araña. La desesperación es el vino que le embriaga. La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico, entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera trascendencia: «Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden en las familias... ¡ay! ¡ay...! grita la bella mujer desnuda: los hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me desprecien.»
Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta es la «inconsciencia» profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy cierto de haber realizado el hallazgo.»
El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De la vida de su autor nada se sabe. Los «modernos» grandes artistas de la lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico, raro, inencontrable.
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[imagen: PAUL ADAM]
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PAUL ADAM
De cuando en cuando, la primera página del «Journal» viene como pesada. Dos, tres, cuatro columnas nutridas, negras, casi de una sola pieza, hacen ya adivinar la firma. Y el lector avisado se prepara, alista bien su cabeza, limpia los cristales del entendimiento, y recibe el regalo con placer y confianza. Es el artículo de Paul Adam. Y es como salir al campo, o a la orilla del mar. Hay, pues, algo más que el aposento perfumado, los senos lujuriosos, los chismes de la condesa, los cancanes de la política, las piernas de las bailarinas y las evoluciones del protocolo. La sensación es de extrañeza al propio tiempo que de satisfacción. Salir de la perpetua casa de cita, del perpetuo bar, de los perpetuos bastidores, del perpetuo salón «coú l’on flirte»; dejar la compañía de lechuguinos canijos y de vírgenes locas de su cuerpo, por la de un hombre fuerte, sano, honesto, franco y noble que os señala con un hermoso gesto un gran espectáculo histórico, un vasto campo moral, un alba estética, es ciertamente consolador y vigorizante. Los politiqueros de la patriotería dan vueltas cada mañana al mismo cantar. Rochefort redobla cotidianamente en su viejo tambor, furioso; Drumont destaza su semita de costumbre; Coppée, inválido lírico metido a sacristán, se pone a la par del ridículo Dérouléde; los escritores de la literatura, explotan sus distintos lenocinios; M. Jean Lorrain cuenta sus historias viciosas de siempre; Mendés, cuya pornografía de color de rosa no está ya de moda, hace la crítica teatral, generalmente plástica; Fouquier, el maestro periodista, da lecciones útiles y generosas;--entre todos, más alto, más joven, más enérgico, más vigoroso, Paul Adam aparece,--al lado de Mirbeau;--llega con su misión, obligatoria y dignificadora, y ara en la prensa, en el campo malsano de esta prensa, con su deber, firme arado.
Yo admiro profundamente a M. Paul Adam. Noble por familia y origen, se ha consagrado a una tarea de solidaridad humana cuyos frutos se vierten para los de abajo. Dueño de una voluntad, propietario de un carácter, fecundo de ideas, pletórico de conocimientos, archimillonario de palabras, ha desdeñado la parada de un Barrés, que le hubiera conducido a una diputación, ha rechazado los flonflones de la literatura fácil, la «gloriole» de los éxitos azucarados; ha podado su antiguo estilo de ramas superfluas; ha puesto su cuño de pensamientos circulantes en pleno sol, en plena claridad; se ha ido a vivir fuera de París, para trabajar mejor; y diciendo la verdad, clamando al porvenir, recorriendo lo pasado, estudiando lo presente, sacudiendo la historia, escarbando naciones, da, periódicamente, su ración de bien para quien sepa aprovecharla.
No haya vacilación en creer que éstos son pocos. Para los de abajo la elevación mental, la frase simplificada y amacizada de M. Paul Adam no es fácilmente accesible; para los puros ideólogos, este organizador, este lógico, este filósofo de combate, no inspira completa confianza. Por otra parte, la media intelectualidad halla la selva demasiado tupida, y la pereza es enemiga del hacha, encuentra el mar muy peligroso, y cree más agradable fumar, sentada en una piedra de la orilla, por donde los ensueños pasan y se cogen con la mano.
Hablando recientemente con el poeta Moreas, cuyos olímpicos juicios son conocidos y sonreídos, preguntéle, su opinión sobre su antiguo colaborador y amigo. Con las condiciones que él suele establecer, el amable descontentadizo me concedió: «Mais il est tres fort, tout de même!» Sabido es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los que en un tiempo ya lejano se llamaron simbolistas y decadentes, y que escribió en unión de Moreas «Les demoiselles Goubert» y «Le thé chez Miranda», con un estilo ultra exquisito, jeroglífico casi y quintaesenciado, obras en que se llevaba al extremo un propósito intelectual, para dejar mejor asentadas las doctrinas entonces flamantes que producirían en lo futuro muchos fracasados, pero algunos nombres que ilustran la prosa y la poesía francesas contemporáneas, y que, recorriendo el mundo, causarían en todos los países y lenguas civilizados, movimientos provechosos. ¿Quién reconocería al pintor extraño de aquellas decoraciones y al tejedor de aquellas sutiles telas de araña, en el musculoso manejador de mazas dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y trabajador triptolémico de ahora?
Amontona en la balanza del pensamiento francés, libro sobre libro, y ya su obra pesa como la carga de cien graneros. Esta transformación la ha operado la voluntad guiadora de la labor; la labor ordenada que lleva su propósito, y la conciencia que hace cumplir con la tarea que se creó una obligación, una obligación para con su propia personalidad, que se difunde en el bien de su patria, la Francia, y por lo tanto en favor de toda la estirpe humana.
Desde «Soi», hasta sus novelas de alta psicología histórica, una obra enorme atestigua la potencia de ese singular entendimiento. Sus reconstrucciones bizantinas son de un encanto dominador, y junto a lo concreto de la época, brilla el lujo de un tesoro verbal único, de un decir que no admite complementos, total. Batallista, arregla, táctico del estilo, sus escenas y su decoración, con una magistralidad soberbia y matemática. Y, conciso en lo abundoso, rico de perspectivas, de líneas y colores, con dos o tres pincelazos planta su cuadro a la vista, neto, definitivo. En sus estudios del alma de las muchedumbres, como en sus análisis de tipos psíquicos, su fino espíritu ahonda y aclara, en súbitos golpes de luz, los más hondos recodos. Y jamás el soplo nórdico, la cosa germana, o la cosa escandinava, o la cosa rusa, le han perturbado o fascinado en su camino. M. Paul Adam permanece francés, nada más que francés, y lleno del soplo de su época, cumple con su deber actual, pone su contingente en la labor de ahora, y hace lo que puede por ver si no es imposible la regeneración, la consecución de un ideal de grandeza futura, humano, seguro y positivo.
No creáis que porque su amor a la justicia y su pasión de belleza y de verdad le conduzcan a la exaltación de las ocultas fuerzas populares, haya en él ni un solo momento, un adulador de muchedumbres, ni un político de oportunidades, ni un cantor de marsellesas y carmañolas. Moralmente, es un aristócrata, y no confundirá jamás su alma superior, en el mismo rango o en la misma oleada que la de los rebaños pseudosocialistas. El obra en pro de los trabajadores; lleva su utopia por el sendero en que se suele encontrar el casi imposible sueño de la supresión de la miseria y del desaparecimiento de los ejércitos guerreros. Un crítico sutil y penetrante, M. Camille Mauclair, concentra en estas palabras la sociología de M. Paul Adam:
«Para él no hay más que un asunto en los libros y en la vida: la lucha de la fuerza y del espíritu. El opone la fuerza creadora a la destrucción, la fecundidad activa al nihilismo de la guerra, el internacionalismo al «chauvinismo», los conflictos de clases a los conflictos de naciones, el intelectualismo al militarismo, Lucifer y Prometeo a Júpiter y a Jehová, dioses de la fuerza brutal.»
M. Paul Adam es un intelectual, en el único sentido que debía tener esta palabra. El pone en el intelecto la fuente del perfeccionamiento, y da a la idea su valor de multiplicación vital, y de repartidora de bienes en la muchedumbre humana.
Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siempre, quisiese un día ir a la acción política, a la lucha directa, sería un gran conductor de pueblos; pero me temo mucho que tuviese la suerte de un héroe ibseniano. En las muchedumbres no tienen éxito los cerebrales; el sentimentalismo priva en seres casi instintivos. El pueblo oye y entiende con mayor placer y facilidad las tiradas tricolores de un Coppée, que las altas palabras de quien se desinteresa de las bajas aventuras presentes, y desea formar caracteres, hacer vibrar noblemente las conciencias y asentar y rehacer y solidificar la patria.
Una de las fases más simpáticas y sobresalientes de M. Paul Adam, es su faz de periodista. El «Triomphe des mediocres» es una obra maestra en su género. Sin la escandalosa escatología pátmica de León Bloy, sin las farsas, o compadrerías de un Drumont, o de un Rochefort, ha blandido las más bien templadas ideas, ha herido mucho y bien en esas carnes sociales, ha flagelado costumbres, se ha burlado duramente de los carnavales políticos, de las paradas monarquistas, de la caridad falsa, de la ciencia abotonada y de palmarés; ha denunciado a inicuos, a sinvergüenzas y mercaderes de patriotismo, falsos socialistas, aristocráticas fantochesas, cepilladores de moral y remendones de la virginidad literaria.
¡Y qué hermosa prosa, de un lirismo sofrenado, que va latigueando a un lado y otro, sin desbocarse, sin sobresaltos, sin caídas, que dice lo que hay que decir, y nada más; que tiene el adverbio justo, el verbo propio, y que clava el adjetivo como un rejón, de manera que queda vibrante, arraigado y seguro! No hay duda de que M. Paul Adam es uno de los maestros de la prosa contemporánea, en ese maridaje estupendo de la claridad con la energía, la vivacidad con la fiereza y el ímpetu con la ponderación.
Y este vigoroso que tiene la medula de un sabio y las alas de un artista, llena su misión con la mayor serenidad y tranquilidad, no lejos del sonoro y ronco maelstrom de París. Uno de los mayores bienes que su personalidad esparce, es ese continuo ejemplo de actividad, esa incesante campaña, esa inextinguible ansia de trabajar, y de trabajar bien. «La lucha por el pan, por el oficio de escritor y de periodista, salva a los fuertes de la abstracción estéril», dice M. Mauclair. Y dice bien. A pesar de su alejamiento de centros y camarillas, o por esto mismo, creo que se le respeta y se le reconoce como el más potente y el más noble. Al verle así, en su aislada residencia, sin mezclarse en las locuras y chismes y revueltas parisienses, cultivando su vasto talento con tanta voluntad y tanto tino, me suelo imaginar a uno de esos gentiles hombres de la campaña, que mientras la ciudad danza y se prostituye, siembran sus campos, tranquilos y laboriosos, y llenan, llenan sus trojes; y cuando la peste llega y llega el hambre a la ciudad, dan la limosna de sus graneros, abren sus depósitos, brindan sus almacenes.
Y quizá muy pronto tenga hambre Francia.
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MAX NORDAU