Part 8
Aunque la Nueva Guinea o Papuasia es la isla más grande del mundo[5], una de las más espléndidas y también de las más feraces y productivas, es de las regiones menos conocidas, por extraño que parezca. Hasta hoy mismo se tienen muy imperfectas noticias sobre sus costas y poquísimas sobre sus regiones interiores.
Sólo dos viajeros italianos, Rienzi en 1826 y últimamente De Albertis, exploraron una parte de las costas y algunos ríos de la Nueva Guinea, no obstante la hostilidad de sus naturales.
Esta isla fué, sin embargo, una de las primeramente descubiertas, pues el portugués Abreu llegó a ella en 1511. Luis de Torres, que la visitó en 1606, le puso el nombre que lleva, según unos, por caer frente por frente de la Guinea africana, y según otros por el parecido de los negros naturales de ella con los negros de la dicha comarca de África.
Otros muchos navegantes la visitaron en los siglos posteriores, pero todos se limitaron, como hemos dicho, a tocar en algún punto de sus costas.
Los holandeses establecieron una colonia en la costa occidental en 1822; pero la abandonaron siete años después, sin dejar de traficar con aquellos isleños, y en 1858 mandaron una nueva expedición en el vapor _Etna_, y ocuparon algunos puntos de la costa.
Es ésa, como ya se ha dicho, la isla más vasta del mundo, considerando a la Australia como continente. Tiene 400 leguas de largo y 138 de ancho, y 38.000 leguas cuadradas de superficie.
Hay en sus costas extensas bahías, donde podrían guarecerse flotas enteras, algunas de las cuales son muy frecuentadas por los holandeses, los malayos y los chinos.
El interior de la Isla es poco conocido; pero se sabe que hay en ella grandes cordilleras, altísimas algunas. Sobre los ríos hay pocas noticias. El Durga, que desagua cerca del promontorio de Volk, se asegura que es de los más grandes. Otros muchos van a desembocar en la costa septentrional y en la meridional. En la occidental desagua uno que debe de ser caudalosísimo, porque muchos navegantes han observado que no lejos de la punta oriental de la bahía de Geelvine, las aguas del mar son dulces a muchas leguas de la costa.
El interior está cubierto de bosques inmensos. Las especies de árboles, muchos de ellos de maderas preciosas, se cuentan por miles.
La nuez moscada, el árbol del alcanfor, el teck, cuya madera tanto se aprecia en la construcción naval; el cedro gigantesco, los árboles del pan, del sagú, de la canela y mil otros, crecen allí sin cultivo. En aquellas inmensas selvas, pobladas por las aves más espléndidas de la creación, viven también salvajes cruelísimos y sanguinarios, enemigos de los extranjeros.
Algunos de los ribereños de la isla comercian con los europeos, vendiéndoles el _trépang_, que abunda en aquellas playas, las finas especierías, las maravillosas aves del paraíso, tan estimadas por sus plumas, o la plata y el oro que extraen en gran cantidad de sus montañas; pero en el interior habitan las naciones de los alfuras, los arfakis y otras montaraces y belicosas, que son feroces caníbales, y en las playas abundan los piratas, dedicados principalmente a la trata de esclavos, y a los cuales temen muchísimo los habitantes de las regiones marítimas.
Van-Stael, que conocía la Nueva Guinea y a sus habitantes, por haber traficado en otro tiempo con los indígenas de Dari y haber pescado _trépang_ en algunas bahías, conocía también a los piratas papúes y no ignoraba su ferocidad; así que apenas se hubo ocultado la chalupa detrás del islote, organizó la defensa para impedir a sus perseguidores la entrada en el río.
--¡Pronto!; tomad las armas y embosquémonos entre estos palúdicos--dijo a sus compañeros--. Guardaos sobre todo de las flechas, porque hombre herido es hombre muerto.
--Las municiones abundan y todos somos buenos tiradores--dijo el piloto--. No se atreverán a entrar en el río.
--Además--observó Cornelio--, hay tan poco fondo, que les será imposible pasar a esas embarcaciones.
--Pero son capaces de desembarcar y de seguirnos por los bosques--dijo el Capitán--. ¿Se les ve?
--Sí--dijo Hans, que se había abierto paso entre aquellas plantas, de las cuales se desprendían emanaciones pestilentes.
--¿Qué hacen?
--Tratan de entrar en el río.
--Veamos.
Van-Stael atravesó la espesura, y al llegar al extremo del islote se inclinó hacia adelante, cuidando de no descubrirse.
La piragua había dado vuelta al banco de arena y avanzaba con precaución por la orilla derecha, tratando de evitar los bajíos.
Algunos hombres sondeaban el agua con los remos, mientras otros trataban de descubrir a los náufragos, escondidos en las malezas del islote.
Se les oía hablar y se les veía moverse sobre cubierta.
Aquellos salvajes eran todos altos y membrudos, y a primera vista parecían negros africanos; pero mirados despacio se advertía que su piel era de un tinte aceitunado y sus facciones más finas que las de aquéllos; pues tenían narices regulares y no achatadas, labios delgados, bocas pequeñas y rostros ovalados. Su pelo era espesísimo y abundante, lanoso, y lo llevaban arrollado en un zoquete de madera teñido de encarnado.
Reducíase su vestido a una blusa o camisa llamada por ellos _tridako_, fabricada con las fibras de una corteza de árbol; pero la falta de trajes la suplían con la sobra de adornos: collares de dientes de puerco y chacal, o de escamas de tortuga, y brazaletes de conchas y espinas de pescado.
Uno solo de ellos--el Korana o jefe sin duda--llevaba una especie de sotana de tela roja.
Iban todos armados de lanzas y de los pesados y groseros cuchillos llamados _parangs_, y algunos llevaban cerbatanas de bambú, destinadas a disparar flechas impregnadas del jugo extremadamente venenoso del _upas_.
La piragua se acercaba al islote, navegando a lo largo de la playa occidental, pero con gran trabajo, pues no había agua suficiente, aunque estaba subiendo la marea.
Detúvose bruscamente la piragua. Al parecer había encallado, pues se vió a los piratas correr de proa a popa, observar la corriente, y lanzar después furiosos gritos.
--Han encallado--dijo el Capitán.
--Pero la marea está subiendo y quizás logren ponerse a flote dentro de un rato--observó Van-Horn.
--¿Rompemos el fuego?--preguntó Cornelio--. Si saben que llevamos armas, quizás desistan de atacarnos.
--No es mala idea, Cornelio; pero sin que nos hostilicen no debemos tirarles. Hasta ahora nada nos han hecho.
--¿Y si nos aprovecháramos de esta tregua forzada para huir?--dijo Horn--. Si nos estamos aquí, no tardará en llegar la tripulación de la segunda piragua.
--¿Y adónde irá este río?--preguntó Cornelio.
--De eso sé lo mismo que tú--respondió el Capitán--. Subiremos por él hasta encontrar un sitio bueno para acampar, y cuando los piratas se marchen, nos embarcaremos otra vez y seguiremos nuestro viaje.
--Señor Van-Stael; ya está ahí la segunda piragua--avisó Van-Horn.
El piloto no se había equivocado. La segunda piragua, que se había quedado rezagada, acababa de llegar a la desembocadura del río y trataba de unirse a la otra, que seguía encallada.
Aquel refuerzo podía ser fatal para los náufragos, pues aumentaba considerablemente el número de los piratas. Aunque los europeos tenían en su chalupa abundantes municiones, no era prudente empeñar una lucha contra cincuenta o sesenta salvajes provistos de flechas envenenadas.
--Huyamos--dijo el Capitán--. Ya que el camino está libre, remontemos el río.
Volvieron donde estaba la chalupa y se embarcaron, poniendo las armas a su alcance para estar prontos a hacer fuego.
Manteniéndose ocultos detrás de la isla, cuyas plantas eran suficientes para cubrirles, comenzaron a remontar el río remando en silencio, ayudados por la marea, que subía, empujando hacia atrás las aguas dulces.
Los piratas, ocupados en desencallar la piragua, no habían advertido nada, a lo que parecía, pues no se les oía gritar.
--¡Qué sorpresa van a llevarse cuando no nos encuentren en el islote!--dijo Cornelio.
--Nos buscarán; de eso estoy seguro--dijo el Capitán--. Esos tunos no renunciarán tan fácilmente a su presa; pero, si nos buscan, nos hallarán dispuestos a defendernos y no nos dejaremos sorprender.
--¿Habrá pueblecillos en las márgenes de este río?
--No lo sé; y hasta ignoro cómo se llama esta corriente de agua. Procederemos, no obstante, con prudencia, y si vemos una aldea nos esconderemos en los bosques.
--Me parece que el río hace allí una vuelta--dijo Van-Horn.
--Mejor para nosotros. Escaparemos más fácilmente a la vista de los piratas. Avante, y no perdáis de vista las orillas.
El río conservaba siempre su anchura de ciento sesenta o doscientos pies, pero no era profundo y estaba sembrado de islotes de arena, que los náufragos tenían que ir rodeando.
Las dos orillas estaban cubiertas de árboles enormes, y tan cercanos los unos a los otros que hacían casi imposible el paso. Se veían gigantescos tecks, cuyos robustos troncos tenían setenta pies de altura y sostenían madejas de bejucos y de _nefentes_; mangostanos, parecidos a nuestros olmos, pero cargados de frutas gruesas como naranjas, con la carne violeta obscura y delicadísima al paladar; soberbios árboles del pan, cuyas frutas tienen una pulpa grisácea, que asada se parece en el sabor a las batatas; magníficos _arenghes sacaríferas_, especie de palmas con largas hojas plumadas, de las cuales se saca una especie de crin vegetal, que se emplea en la fabricación de ciertas vistosas telas, y cuyo tronco da por incisión un jugo dulce, que si se le hierve se reduce a azúcar; árboles de coco, muy cargados de fruta, y muchísimos _gambirs_, plantas que dan un líquido especial empleado con éxito para fijar los colores en las sedas y tisúes de lujo. También abundaban allí los _casuarines_, o árboles de la goma, y los bambúes, que formaban extensos bosques.
Entre aquellos árboles revoloteaban bandadas de espléndidas aves; papagayos del tamaño de faisanes, con los picos amarillos; otros, de plumaje rojo y negro y largas colas amarillas, pertenecientes a la especie de los _charmasira papúa_; _promerops superbi_, gruesos como pichones, y con el plumaje negro, tan fino que parece de terciopelo, y la cola larga y ancha adornada de un extraño penacho rizado; _cicinnuros regii_, del tamaño de mirlos, y las plumas de los colores más hermosos que pueden imaginarse. Al volar por los aires, reflejando al sol sus tonos rubios, esmeraldas y oro y plata brillantísimos, parecen flores animadas o mariposas gigantescas.
Si abundaban las plantas y los árboles, faltaban, en cambio, absolutamente los hombres. No se descubría rastro siquiera de ellos en aquellas orillas. ¿Se hallaban los náufragos en una costa desierta? Si era así, el hecho no les inquietaba, sino al contrario; pues de los hombres con que hubieran podido tropezarse por aquellos lugares, más tenían que temer que esperar.
A las dos, y a cerca de tres millas de la desembocadura, el Capitán hizo que acercaran la chalupa a la orilla más cercana para dar algún descanso a los remeros y para comer algo, pues estaban completamente en ayunas.
No se atrevieron, sin embargo, a encender fuego por no llamar la atención de los salvajes que pudiera haber en aquellos espesos bosques, y se contentaron con comer galletas y sardinas ahumadas, a las que agregaron varios _durions_, frutas exquisitas, grandes como la cabeza de un hombre y erizadas de espinas muy agudas por fuera, pero que encierran una pulpa blanca delicada y de sabor exquisito, superior al de la piña y el mango; pero que tiene un olorcillo a madera quemada que desagrada mucho a los no acostumbrados a él.
A las cuatro, como no vieran nada sospechoso en las orillas del río, y queriendo interponer buen trecho entre ellos y los piratas, que de seguro los seguirían, continuaron remontando el río, que conservaba la misma anchura que hasta allí.
Su carrera no duró mucho, pues a las seis, hora en que comenzaba a oscurecer en el bosque y a bajar rápidamente la marea, encalló la chalupa en un banco de arena que había casi en medio del río.
XV.--EL ASALTO DE LOS COCODRILOS
Cuantos esfuerzos hicieron para poner a flote la embarcación fueron inútiles. La baja marea los había dejado en medio de aquel banco, que parecía ser muy extenso.
Como no querían abandonar la chalupa, que podía caer en manos de los piratas, y sin ella no podrían seguir su viaje al mar de las Molucas, y considerándose bastante alejados de la desembocadura del río y, por lo tanto, de sus enemigos, decidieron dormir allí hasta que subiera la marea. Tenían también en cuenta la necesidad que pudieran tener de la chalupa como lugar de refugio si eran atacados por los papúes, caso de que los hubiera en aquellos bosques.
La chalupa les brindaba también manera de ponerse fuera del alcance de las serpientes, que abundan en la isla, y aun de los tigres, que tampoco escasean en ella, y señaladamente en las costas.
--Nuestra prisión no durará mucho--dijo el Capitán a Cornelio y a Hans, que le interrogaban--. En cuanto suba la marea nos pondremos a flote y nos acercaremos a cualquiera de las orillas, antes de bajar por el río.
--¿Temes, tío--dijo Cornelio--, que los piratas nos tengan mucho tiempo bloqueados?
--Cuando se convenzan de que hemos huído al interior, espero que se vayan.
--¿Y si no se van?
--Alguna vez se han de ir, y todo se reduce a esperar a que se marchen. Tenemos víveres para dos semanas y abundancia de frutas, plantas y caza; pues de todo ello hay en la isla.
--Debíamos intentar alejarlos a tiros.
--¿Para atraernos otros enemigos? ¿Quién nos dice que esa gente no tenga compatriotas en estas costas? Dejemos que se cansen, Cornelio, y verás cómo acabamos por podernos ir tranquilamente. Comamos ahora algo, y descansemos. ¿A quién le toca el primer cuarto de guardia?
--A mí--dijo el joven--. Podéis dormir tranquilos: ningún pirata se acercará sin mi permiso.
--Te hará compañía Horn. Ven más cuatro ojos que dos.
--Los míos todavía son buenos--dijo el viejo piloto.--Vamos, señor Cornelio; vos a proa y yo a popa.
Terminada la frugal cena, el Capitán, el pescador y Hans se tendieron en el fondo de la chalupa, en espera de sus respectivos turnos de guardia, mientras el piloto y Cornelio se sentaban, el uno a proa, para vigilar el río, aguas arriba, y el otro a popa, para no dejarse sorprender por los piratas que tenían que venir por la parte del mar. En el bosque reinaba el silencio; sólo se sentían los zumbidos de los insectos y el ligero crujir de las ramas de los árboles, suavemente agitadas por un vientecillo que venía del mar. En el río, sólo se oía el murmullo del agua batiendo en los bancos y en las orillas.
De vez en cuando, a través del espeso follaje se veían brillar acá y allá puntos luminosos, que tan pronto se dejaban ver como se ocultaban en la espesura; pero ni Cornelio ni el viejo Horn se inquietaban, pues sabían que aquellas lucecillas procedían de ciertas luciérnagas de la especie llamada _lampiris_, muy comunes en todas las islas de la Malasia, a las cuales las elegantes del país encierran en pomitos de vidrio para adornarse con ellas el pelo, clavándolas en alfileres de plata.
Había ya pasado una hora sin que ocurriera nada extraordinario, cuando Cornelio creyó ver una masa oscura que atravesaba rápidamente el río describiendo una curva por el aire. Se había destacado de un árbol situado en la orilla derecha, y desapareció bajo los bosques de la opuesta.
--Van-Horn, ¿has visto?--preguntó, echando mano precipitadamente del fusil.
--Nada he visto ni oído, señor Cornelio--contestó el piloto.
--Ha pasado ante mi vista una cosa negra, que no he podido distinguir bien.
--Tal vez un ave.
--No, Horn; era muy grande, y no tenía forma de ave.
--¿Qué queréis que sea entonces?
--No lo sé. ¿Sería un proyectil disparado por los papúes?
--Sólo usan flechas y lanzas, señor Cornelio.
--Lo sé; pero... ¡Mira!
Una masa negra, otra, sin duda, se había destacado de un árbol de la orilla derecha, y había pasado a través del río con extrañas ondulaciones produciendo una leve corriente de aire, y desapareciendo entre las plantas de la orilla izquierda.
--¿Lo has visto, Horn?--preguntó Cornelio.
--Sí; y sé lo que es.
--¿Un proyectil?
--No, señor Cornelio. Uno de esos volátiles que los malayos llaman _Kubug_, nosotros, gatos o zorras voladoras, y los naturalistas, _galeopithecus_, si no me equivoco.
--¿Qué clase de animales son?
--Parecen monos, más bien que gatos; tienen unos dos pies de altura, la cabeza pequeña, semejante a la de los chacales, el pelo rojo oscuro, y ejecutan vuelos hasta de doscientos pies. Hay otros de una especie parecida y de larga cola, pero que vuelan menos.
--¿Y cómo hacen para volar?
--Batiendo las alas.
--¿Monos con alas? Tú sueñas, Horn.
--No, señor Cornelio. No diré que sus alas sean iguales a las de los pájaros, eso no. Consisten en una especie de membrana que les sale de las patas anteriores, se junta con las posteriores y se prolonga hasta la cola. Al mover las patas, mueven al mismo tiempo las alas, y vuelan, pero de cada vuelo sólo pueden atravesar unos doscientos pies o poco más, como os he dicho.
--¿Y sólo se crían en esta isla?
--Yo he visto muchos en el puerto de Dori y en los bosques de la c.
--¡Silencio!
--¿Otra vez?
--Sí; pero ahora no se trata de monos voladores.
Aguzaron los oídos y escucharon atentamente, conteniendo la respiración. Por la parte alta del río percibieron un ruido como el que hace al caer un cuerpo pesado en el agua. Miraron en aquella dirección; pero la sombra que proyectaba el bosque era tan espesa, que no pudieron descubrir nada.
--¿Has oído, Horn?
--Sí, señor Cornelio--contestó el marino, con cierta inquietud.
--Alguien se ha tirado al río.
--Eso temo.
--¿Algún pirata, quizá?
--Los piratas tienen que venir de la parte del mar.
--Es verdad; pero pueden haber desembarcado, para caer de espaldas y de frente sobre nosotros.
Van-Horn no respondió; pero movió la cabeza con aire de duda.
--¿Qué hacemos?--dijo Cornelio después de algunos instantes de silencio.
--Por ahora, vigilar las aguas. Si es un hombre, tendrá que subir al banco de arena para llegar hasta nosotros, y se descubrirá, pues por aquí no hay agua.
--Es verdad... ¡Calle! ¡Otra zambullida!
--Y otra más lejana.
--¿Estaremos rodeados?
--¡Oh!--gritó el marino--; ¡mirad allí!
Cornelio miró en la dirección que le señalaba, y vió a flor de agua masas negruzcas que se acercaban lentamente al banco de arena.
--¿Canoas?--preguntó levantándose.
--O cocodrilos--respondió el piloto.
--¿Los hay aquí?
--En todos los ríos.
--¿Querrán acometernos? Por fortuna, estamos en la chalupa.
--Pero encallados en medio de un banco, señor Cornelio, y en la absoluta imposibilidad de huir hacia las orillas. Si llegan aquí, no les será difícil entrar en la chalupa y aun destrozarla con sus formidables coletazos.
--Despertemos a mi tío.
--Y a todos. Nos aguarda un mal cuarto de hora.
Despertaron al Capitán y a sus compañeros y les dijeron lo que ocurría.
--La cosa puede ser muy grave--dijo Van-Stael--. Los cocodrilos de los ríos de Nueva Guinea son feroces y no temen al hombre. ¿Empieza a subir la marea?
--Desde hace un cuarto de hora--respondió Van-Horn.
--Es necesario defendernos hasta que estemos a flote.
--¿Y no oirán los piratas los tiros?
--Sin duda, Horn; y subirán en seguida río arriba; pero no vamos a dejar que nos devoren los cocodrilos por miedo a los piratas. Apenas podamos movernos, o, mejor dicho, apenas pueda moverse la embarcación, nos refugiaremos en los bosques y allí estaremos seguros. ¡Atención! ¡Ahí están los cocodrilos! Procurad darles en el cuello, si queréis que nos veamos libres de sus tremendas mandíbulas.
Los cocodrilos llegaban, en efecto; pero no eran dos o tres, sino una verdadera banda; treinta, cuarenta o quizá más. ¿Cómo se habían reunido allí tantos saurios, cuando los náufragos no habían visto ni uno siquiera durante el día? ¿Venían de alguna gran charca o de algún lago que hubiera cerca del río? Ambas cosas eran probables.
Aquellos espantosos anfibios, advertidos de la presencia de una buena presa, llegaban por todas partes rodeando la chalupa.
A la luz de los astros se veían sus enormes mandíbulas erizadas de largos dientes, que se entrechocaban con un ruido semejante al que produce un cajón al caer sobre cubierta.
Daban terribles coletazos en el agua que producían verdadero oleaje. Sonaban sus colas al dar unas contra otras con ruido como el que harían huesos durísimos entrechocándose.
Cuando tuvieron rodeado el banco, se detuvieron como si quisieran asegurarse de la clase de enemigo con quien tenían que habérselas. Después uno de ellos, el más atrevido, y el mayor sin duda, pues tenía más de treinta pies de largo, dió un coletazo en tierra, subió al banco, que la marea iba ya cubriendo, y avanzó resueltamente hacia la chalupa.
--¡Es horrible!--exclamó Hans, temblando.
--¡Valor, muchachos!--dijo el Capitán, que no perdía su calma--. Este es mío.
El saurio no estaba más que a seis pasos, y de un coletazo podía echarse encima de la chalupa.
Van-Stael apuntó a las abiertas mandíbulas del monstruo, e hizo fuego.
El cocodrilo, herido de muerte por la bala que le debió de atravesar de la garganta a la cola, se encabritó como un caballo, agitando su enorme cola, y después cayó revolcándose y levantando salpicaduras de fango.
Los otros, lejos de asustarse por la detonación, que para ellos debía de ser cosa nueva y desusada, pues que los papúes no usan armas de fuego, ni tampoco por la muerte de su compañero, saltaron al banco dirigiéndose hacia la chalupa.
--¡Valor!--volvió a exclamar el Capitán, cargando precipitadamente el fusil.
El asalto fué tremendo. Aquellos formidables saurios, creyendo que hasta la chalupa era una presa propia para tragársela, se atropellaban unos a otros para llegar primero. Sus hálitos, calientes y fétidos, llegaban hasta los desgraciados náufragos.
Estos, aunque aterrorizados, no perdieron la calma. Descargadas las armas contra los más cercanos, echaron mano de las hachas, de los arpones y hasta de los remos, y se defendieron con valor sobrehumano, golpeándolos furiosamente en los cráneos y en las mandíbulas, hasta romperles los dientes o herirles las gargantas.
Por fortuna, la chalupa era alta de bordas, y los cocodrilos no podían entrar a saquear el interior; pero trataban de volcarla a coletazos, tan violentos, que habrían acabado por desguazarla.
Aquella encarnizada defensa, aquellas detonaciones, aquellos fogonazos, aquellos gritos, parecieron desconcertar a los asaltantes, los cuales se decidieron a retroceder hacia las orillas del banco, pero sin abandonarlo.
Cinco de ellos yacían en la arena, y otros tres, heridos de gravedad, tal vez mortalmente, se agitaban con violentas convulsiones.
Los náufragos comenzaron otra vez el fuego, para obligar a los saurios a volverse al río; pero los terribles anfibios parecían dispuestos a renovar su acometida.
--No perdáis golpe--decía el Capitán--. Si podemos resistir siquiera diez minutos, la chalupa dejará el banco.
--Ya está todo él cubierto de agua--dijo Cornelio--. La marea sube rápidamente.
--Pero estos cocodrilos no se deciden a irse--repuso Van-Horn--. ¡Aquí viene otro!
--¡Duro con él, muchachos!--gritó el Capitán.
Dos disparos sonaron casi a un tiempo. El cocodrilo dió un salto que lo hizo caer al borde del banco, de donde rodó al río desapareciendo bajo el agua.
Los otros, que parecían indecisos, retrocedieron; pero en seguida volvieron a acometer atropellándose los unos a los otros para acabar más pronto con aquellos hombres. Ya iban a llegar a la chalupa, cuando ésta, que desde hacía algunos instantes estaba dando tumbos sacudida por la marea, se puso a flote deslizándose a través del banco.
--¡Libres!--gritó Cornelio.
--¡A los remos, Horn!--exclamó el Capitán, descargando su fusil en medio de la banda de cocodrilos.