Los pescadores de "Trépang"

Part 2

Chapter 23,850 wordsPublic domain

Había también muchas _kichisan_, de treinta centímetros de longitud, forma ovalada y piel negra recubierta de verrugas; _talifan_, de la misma longitud poco más o menos que las anteriores, de color rojo tostado, con una fila de espinas rojas en el dorso. Son las más tiernas, y por ello exigen cuidados especiales para prepararlas.

No faltaban tampoco las _nunang_, que son las más pequeñas de todas, sin verrugas ni espinas, lisas y con toda la piel negra, pero que son las más codiciadas, pagándose en los mercados chinos hasta a treinta y cinco pesos el pikul. Había también otras de calidad inferior, como los zapatos, los _lowlovan_, los _balatliman_, los _botan_ y los _hangenan_, que se venden a seis pesos el pikul.

Todas aquellas _olutarias_ estaban vivas aún, y desahogaban su impotente cólera arrojando chorrillos de agua a los marineros, los cuales, sin hacer el menor caso, las amontonaron junto a los dos hornillos.

El Capitán observaba atentamente el hervor del agua en las calderas.

Se requiere larga práctica y rara habilidad para preparar el _trépang_, porque basta un punto más o menos de hervor para echarlo a perder.

El exceso de calor cubre de vejigas a las _olutarias_ y las vuelve porosas como esponjas, y, por el contrario, la falta de calor suficiente les hace perder la consistencia, y entonces se pudren e inutilizan en pocas horas.

--¡Echad!--exclamó al cabo de un rato Van-Stael.

Los chinos arrojaron los moluscos en las calderas. Por algunos instantes se les vió agitarse y contraerse desesperadamente; después quedaron inertes en el fondo del agua, que hervía a borbotones.

El Capitán, entre tanto, no apartaba la vista del reloj que había sacado, y que tenía en la mano.

--Ocho minutos--dijo--; el _trépang_ está a punto.

Los chinos extrajeron los moluscos de las pailas con las espumaderas y los fueron echando sobre una lona que habían tendido cerca de las fornallas.

Hans y Cornelio contemplaban atentamente todas aquellas maniobras.

--La cochura está a punto--repitió el Capitán--. Los moluscos tienen el aspecto de la goma elástica y su piel azulea, señales ambas de que están en condiciones de conservarse perfectamente.

--Me han dicho que también hay el procedimiento de secarlos al sol--dijo Cornelio--. ¿Es cierto eso, tío?

--Sí, muchacho, y añadiré que los conservados así se pagan más caros; pero es operación demasiado larga, pues requiere veinte días, y nosotros no disponemos de tanto tiempo. También se les seca al fuego, operación más breve que la de secarlos al sol, pues sólo exige cuatro días; pero esta playa en que estamos....

--_¡Cooo-mooo-eee!_

Este grito extraño, que ya habían oído antes, salió de pronto de entre las rocas, interrumpiendo la frase del Capitán.

Casi al mismo tiempo se oyó exclamar a Van-Horn:

--¡Eh, monazo del demonio: en cuanto hagas el menor movimiento, te aso! ¡Palabra de marinero!

III.--LA PINTURA DE GUERRA DEL SALVAJE

Un negro horrible, que despedía un fuerte olor a amoníaco, se había presentado de pronto, saliendo de detrás de una escollera que se prolongaba hacia la orilla septentrional de la bahía.

Era de poco más que mediana estatura; pero tan extraordinariamente enjuto, que se le podían contar las costillas. Tenía el vientre colgante, y las piernas, completamente desprovistas de carne, parecían dos bastones forrados de cuero.

Tenía cara más de mono que de hombre; la cabeza, aplastada; la frente, comprimida; la nariz, chata; las mandíbulas, abultadas; las orejas, largas; los ojos, pequeños y de brillo extraño, y la boca, tan grande, que le llegaba casi desde una oreja a la otra.

Su piel era de un color negro sucio y estaba toda cubierta de raras pinturas y tatuajes de muy diversos colores.

Aquel verdadero espantajo se quitó de encima la piel de kanguro que le cubría las espaldas y parte de la lanuda cabeza, y empuñando con cómico ademán una especie de venablo, con la punta de hueso y adornado de un penacho de plumas, se adelantó hacia los pescadores, deteniéndose a diez pasos de ellos.

--¿Qué quiere este animal de antropófago?--dijeron Hans y Cornelio, mientras los chinos se iban retirando prudentemente hacia las chalupas.

--Querrá ordenarnos que nos vayamos--dijo el Capitán--. Estos salvajes tienen la pretensión de que ningún extranjero venga a pescar a sus costas; pero este horrible y ridículo ejemplar de la raza australiana se engaña si cree que vamos a obedecerle.

--Yo me encargo de mandarlo a su tribu de un puntapié--dijo el viejo marino--. No me asusta el chuzo que lleva en la mano, capitán Stael.

--Veamos antes, señor salvaje--dijo el Capitán, avanzando hacia él--, qué es lo que pretendes.

El australiano, que se mantenía inmóvil empuñando su chuzo, al ver al Capitán acercarse, se golpeó con la mano izquierda el vientre, que resonó como un tambor.

--Pide de comer--dijo Van-Stael--. No somos fondistas, señor salvaje; pero si estás en ayunas, puedes comerte esta _olutaria_.

Tomó una de la especie llamada _zapatos_, y se la arrojó al australiano, que la pilló al vuelo, llevándosela ávidamente a la boca.

--¡Qué apetito!--exclamó Hans.

--No hay que maravillarse, sobrino mío. Estos salvajes del continente australiano están toda la vida luchando con el hambre, y pasan por larguísimos ayunos.

--Pero ¿no se producen en Australia frutales?

--Sólo árboles de goma. Y te advierto que, cultivadas, todas las plantas de Europa dan aquí fabulosas cosechas; sólo que estos salvajes desprecian la agricultura y sólo viven de la caza.

--¿Y abundan los cuadrúpedos y las aves?

--Son muy escasos. Aquí sólo se encuentran focas, kanguros, algunos _casoares_, más pequeños que los africanos, y bandadas de ciertos perros salvajes, llamados _dingos_, que son muy difíciles de cazar. Es verdad que el indígena de Australia no es exigente, y se alimenta de asquerosos reptiles; pero aun éstos escasean y no alcanzan para todos. Añade a esto que son imprevisores, y que jamás piensan en el mañana. Si cae en sus manos un kanguro o un _casoar_, se apresuran a asarlo, y lo devoran, sin dejar más que los huesos, no preocupándose de si tendrán para comer al siguiente día.

--¿Comen, pues, mucho?

--Ahí tienes un ejemplo--dijo el Capitán--. La _olutaria_ ha desaparecido en seis bocados dentro de ese vientre que parece no tener fondo.

En efecto, el salvaje había ya devorado el _zapatos_ que el Capitán le había arrojado; pero no parecía satisfecho. Al ver el montón de moluscos, y animado por el primer regalo, se arrojó encima, arramblando con todas las _olutarias_ que pudo; pero Van-Horn, que no lo perdía de vista, lo agarró por una pierna y tiró de él, diciéndole:

--¡Quieto, monazo! ¡Suelta eso o te estrangulo!

El australiano, al verse defraudado en sus propósitos, se puso en pie, con ademán amenazador.

--Pero ¡qué mamarracho eres!--le dijo el marinero riendo.

--¡Ten cuidado, Van-Horn!--dijo el Capitán--. Estos salvajes son traidores.

--Le romperé el chuzo en las espaldas, señor Van-Stael.

Iba a lanzarse sobre el australiano para desarmarle; pero éste saltó hacia atrás, diciendo en un lenguaje mixto de inglés y de malayo:

--¡Quieto, hombre blanco! Esta es la tierra de los hijos de _Mooo-tooo-omj_[4].

--¡Y yo te digo que si no te vas, te echo a puntapiés, antropófago!--dijo el marinero, levantando el fusil--. ¿Me has comprendido?

El australiano, que no debía ignorar el efecto de las armas de fuego, retrocedió precipitadamente, y, plantando con resolución el chuzo en la arena, dijo:

--Pronto nos volveremos a ver.

Después, dando un gran salto, se alejó a toda prisa, desapareciendo detrás de las rocas que rodeaban la bahía.

-¡Que te devoren los perros salvajes!--le gritó Van-Horn.

--¿Volverá?--preguntó Cornelio.

--Es probable--respondió el Capitán, que se había quedado pensativo--. Ese salvaje procurará jugarnos alguna mala pasada; pero estaremos sobre aviso, y al primer indicio de peligro nos refugiaremos en el junco.

--¿Habrá alguna tribu por estos contornos?

--Creo que esta costa es demasiado estéril para alimentar a una tribu entera; pero en el interior de la península, los salvajes no deben faltar.

--¿Son valientes?

--Cuando los espolea el hambre, sí. Han exterminado y devorado las tripulaciones de algunos barcos. Hay que vigilar mucho y no dejar que ninguno se acerque sin nuestro permiso.

Los chinos, tranquilizados, emprendieron otra vez la faena de preparar el _trépang_, mientras los pescadores salieron otra vez en busca de _olutarias_. Las dos fornallas, cargadas de leña, lanzaban al aire grandes llamaradas, y el agua de las dos pailas hervía sin cesar. Los moluscos, conforme iban cociéndose, eran echados en la lona, la cual estaba protegida por un toldo, para impedir que el sol echara a perder la pesca.

Hans y Cornelio, armados de fusiles, registraban las rocas, para convencerse de que no había por allí ningún otro salvaje, y disparaban sin cesar contra las bandadas de _cacatúas_ blancas, rojas o de color de rosa pálido, matando muchas de ellas. El Capitán, entre tanto, examinaba los bajíos de la bahía, para asegurarse mejor de la cantidad y calidad de las _olutarias_.

Habían pasado dos horas, durante las cuales aportaron los pescadores dos cargas más de moluscos, esta vez de la especie más codiciada, cuando el salvaje de antes volvió a presentarse.

Venía solo, como la vez anterior, pero horriblemente transformado. Se le hubiera creído un esqueleto animado de vida, pues se había pintado con tierra amarilla, una especie de ocre, sin duda, las costillas y los huesos.

No iba armado; pero en la mano, pendiente de un bastón, llevaba un trozo de corteza de árbol, de un color y forma particular.

Los chinos, al ver aquel extraño emblema, palidecieron, murmurando:

--¡El _wai-waiga_!

--¡Ah, tunante!--exclamó Van-Horn--. ¿Otra vez vuelves?... ¡Eres audaz, monazo!

--Y se presenta a nosotros con la pintura--dijo el Capitán.

--Y con la corteza del _wai-waiga_--añadió el marinero--. Es una verdadera declaración de guerra, señor Van-Stael.

--Pero ¿qué significa esa lúgubre pintura?--preguntó Cornelio.

--Es su atavío de guerra--respondió el Capitán.

--¿Y ese trozo de corteza de árbol?

--Una declaración de hostilidad. Es una corteza de _wai-waiga_, o sea de un árbol venenoso, llamado por ellos árbol mortal.

--¿Y ese pillo se atreve a presentarse solo? ¡Ah, tío; voy a agarrarlo de una oreja y a llevarle a bordo del junco!

El joven iba a poner en práctica su amenaza; pero el Capitán le detuvo.

--Déjame a mí, Cornelio--le dijo--. De seguro no está solo, y detrás de esas rocas puede esconderse una tribu. Tú, Van-Horn, reúne a los chinos junto a las chalupas, y vosotros, sobrinos, a la lantaca.

Mientras la tripulación se retiraba precipitadamente hacia la playa, para estar pronta a embarcarse, el Capitán, con el fusil cargado en la mano, se acercó al salvaje, que le miraba insolentemente, como si estuviera seguro de sí propio.

--¿Qué quieres?--le preguntó, empleando el mismo lenguaje de que el antropófago se había antes servido.

--Que los hombres blancos dejen la costa que pertenece a los hijos de _Mooo-tooo-omj_--respondió el australiano.

--Nosotros no matamos ni tus kanguros, ni tus casoares, ni tus _warrangas_ (perros salvajes)--dijo Van-Stael--. El _trépang_ ni tú ni tus compatriotas sabéis pescarlo, y además el mar no te pertenece.

--Entonces la tribu de los Wawamas te dará batalla.

--Y ¿eres tú quien lo dice?

--Yo, jefe de la tribu de los _Moo-wiamos_.

--¡Pues, toma, canalla!

Van-Stael, de una guantada, que resonó como un latigazo, arrojó al suelo al antropófago. Después, agarrándole fuertemente por los brazos, le arrastró hacia las chalupas.

--Ata a este hombre y llévale a bordo del junco--dijo, dirigiéndose a Van-Horn--. Lo tendremos prisionero hasta que acabe la pesca, y así le impediremos noticiar a su tribu que nos ha declarado la guerra.

--Lo ataré con quince metros de cuerda muy fuerte--dijo el marinero--. Veremos si es capaz de escaparse de la cala.

Contrariamente a sus instintos, el antropófago no opuso la menor resistencia; pero sus pequeños ojos negros lanzaban extraños relámpagos. Se dejó atar sin pronunciar una sílaba y transportar a bordo del junco por los chinos, que volvieron a la pesca del _trépang_.

--Y ¿no nos traerá esto complicaciones, tío?--preguntó Hans.

--Es probable que sus súbditos le busquen, pues se trata de un jefe; pero tal vez ignoran que nosotros estamos aquí, y pueden llevar sus indagaciones por otro lado--respondió el Capitán--. Además, no permaneceremos mucho tiempo en esta bahía si la pesca sigue siendo tan abundante.

--¿Conoces algún otro sitio abundante en _olutarias_?

--En las islas de Eduard Pellew hay muchas, y más tarde pasaremos por ellas para completar el cargamento.

--Y, por otra parte--arguyó Cornelio--, si los salvajes vienen a molestarnos, nos defenderemos.

--¡Bien, muchacho!--le dijo, sonriendo, el Capitán--. Eres un hombre valiente.

--Y yo no me quedaré atrás, y pelearé a tu lado--dijo Hans, empinándose para parecer más alto.

--Ya sé que eres un hombrecito que no conoce el miedo--respondió Van-Stael--. Un día seréis dos valientes y hábiles marinos. Ahora, sobrinos, prosigamos nuestra faena. Es preciso atender cuidadosamente a la preparación del _trépang_, o estos indolentes chinos nos lo echarían a perder.

La chalupa de los pescadores volvía otra vez a la orilla, cargada de moluscos.

En aquella bahía, que era muy abundante en algas y en peces, había tal profusión de _olutarias_, que los pescadores apenas tenían más que hacer que bajarse para recogerlas, pues casi todas las especies viven a pocos pies de profundidad.

Aquella primera jornada fué tan feliz, que de seguro había producido más de 500 pesos, suma considerable habido en cuenta el poco trabajo invertido en ganarlos.

Van-Stael no podía estar más satisfecho. Si la campaña seguía como había comenzado, en pocas semanas podía dejar aquellas peligrosas playas, llevándose un cargamento casi completo.

No pudiéndose transportar los moluscos a bordo, pues tenían que estar algún tiempo al aire libre para que se secaran antes de amontonarlos en el sollado, se armaron tiendas en la playa para refugio de los hombres de guardia.

Los chinos, que temían una irrupción de compatriotas del prisionero, se resistían al principio, prefiriendo dormir en el junco, donde estaban seguros; pero el Capitán hizo que desembarcaran las dos lantacas, y les prometió además que los acompañarían él mismo, uno de sus sobrinos y el viejo Van-Horn, con lo cual les persuadió a quedarse.

Van-Stael y el marinero, que no estaban muy tranquilos, pues sabían que los australianos aguardan a la noche para atacar, hicieron fortificar el campamento con una cerca de piedras y fragmentos de coral, y dispusieron que el junco se acercara a la playa para poder embarcarse en caso de peligro.

Aquellas precauciones resultaron, por fortuna, inútiles. La primera noche que pasaron en las playas del continente australiano transcurrió en calma, a pesar de las amenazas del antropófago.

Sólo los lúgubres aullidos de los dingos turbaron el silencio que reinaba en el campamento.

IV.--LOS AUSTRALIANOS

Habían pasado cinco días. Ningún suceso extraordinario había venido a turbar los trabajos de la tripulación del junco; la pesca seguía siendo abundante, y parecía que aquella bahía, desconocida de los otros pescadores, era inagotable, pues los moluscos seguían siendo abundantísimos, a pesar de la persecución de que eran objeto.

Las dos fornallas no habían parado de trabajar un solo momento, y verdaderas toneladas de _olutarias_ habían pasado ya por las calderas. Estaban repletas de pesca todas las tiendas, y hasta cerca de las escolleras se alzaban enormes montones, prontos a ser cargados.

Para nada los habían molestados los salvajes hasta entonces, ni habían dado siquiera señales de vida.

El Capitán y los dos jóvenes, para tranquilizar más a los chinos, que no acababan de perder el miedo, habían explorado un largo trecho de la costa, sin descubrir a ningún australiano. Van-Horn se internó unas cuantas leguas en la península, en una excursión que hizo, y sólo halló bandadas de cacatúas y de papagayos o huellas de algún que otro kanguro o casoar.

Sin duda, el jefe de la tribu de los _Warrames_ había tratado de asustarles con una baladronada. Era posible que la tribu sólo existiera en su imaginación o, por lo menos, que estuviera muy lejos.

Así lo suponían el Capitán y sus compañeros, por más que el prisionero, que seguía en la estiba atado fuertemente de pies y manos, se obstinase en hacer creer lo contrario, amenazándoles con que sus súbditos exterminarían a toda la tripulación.

La sexta noche, cuando ya todos estaban seguros de no ser importunados, ocurrió un suceso inesperado, que les inquietó sobremanera.

Mientras los pescadores descansaban tranquilamente en las tiendas, los hombres de guardia, que velaban alrededor de las fornallas, distinguieron, hacia las tres de la mañana, una luz en una altura, como a tres millas de la costa.

No estaba fija ni presentaba constantemente igual aspecto, sino que cambiaba de posición y de dimensiones, ora agrandándose desmesuradamente, ora achicándose hasta desaparecer casi.

Alarmáronse los chinos, que desde cinco días antes estaban intranquilos, temiéndose un asalto. Todos se pusieron al momento en pie, y hubo unos cuantos que se apresuraron a acercarse a las chalupas, que estaban atadas en la playa.

El Capitán y Cornelio, que dormían en una tienda, mientras Hans y Van-Horn se habían quedado en el junco, fueron bien pronto advertidos del hecho.

--¿Se tratará de una señal?--preguntó el joven.

--Me lo temo, Cornelio--respondió el Capitán, que miraba con atención aquel fuego.

--¿Dirigida a quién?

--Sin duda a alguna tribu.

--Y ¿no será a nuestro prisionero? Ellos tal vez ignoran que está en nuestras manos.

--Tu idea no me parece infundada.

--¿Se dispondrán a atacarnos?

--¡Quién sabe! ¿Oyes tú algo?

--No, tío.

--¿Tienes miedo?

--¿Miedo?... ¡No, tío!...

--Toma el fusil, y vamos a ver.

--¿Vas a ir hasta allí?

--No; pero quiero explorar los contornos para asegurarme de que no hay nadie y tranquilizar a nuestros chinos. Si estos cobardes se amedrentan nos estropearán nuestro negocio de la pesca.

--¿Y Van-Horn?

--Se quedará aquí con Hans, para evitar que los chinos huyan.

--Vamos, tío; mi fusil está cargado.

Van-Stael mandó avisar al viejo Van-Horn lo que ocurría y luego se encaminó a las rocas que circundaban la bahía, seguido del joven, que no daba las menores muestras de miedo.

Habíase puesto la luna hacía algunas horas, y la noche estaba obscurísima; pero el misterioso fuego, que seguía brillando en la altura, bastaba para guiarles, sin temor de extraviarse.

Avanzando cautelosamente para no caer en alguna emboscada, el Capitán y Cornelio llegaron bien pronto al pie de las primeras rocas, y las escalaron con no poco trabajo, por ser muy escarpadas. Echaron una ojeada desde la cima a la vertiente opuesta. Extendíase ante ellos un pequeño llano ligeramente ondulado, con algunos grupos de árboles esparcidos acá y allá. Como a dos millas hacia el Este comenzaba otra vez a levantarse el terreno, formando como un semicírculo en torno del llano.

Seguía viéndose el fuego en la cima más alta. En aquel momento era extenso y muy vivo, pareciendo que lo producían árboles o malezas ardiendo.

--¿Ves algo?--preguntó el Capitán al joven.

--Me parece distinguir hombres moviéndose ante aquella cortina de llamas--respondió Cornelio.

--Yo también percibo sombras obscuras que se mueven.

--¿Serán salvajes o monos?

--En Australia no hay monos, y además estos animales no saben encender fuego. ¿Oyes algo?

--Los gritos de los _warrangal_ solamente.

--¿Intentarán acaso asustarnos estos salvajes?--dijo Van-Stael--. ¡Pues buen chasco se llevan si piensan que vamos a marcharnos de aquí antes de acabar la campaña de la pesca! Porque si nos atacan estoy decidido a hacerles frente.

--¿Qué hacemos ahora, tío?

--Seguir adelante. Es preciso demostrarles a estos caníbales que no les tenemos miedo.

--Estoy dispuesto a seguirte.

--Te advierto que tal vez tengamos que disparar los fusiles.

--Ya sabes que soy buen tirador.

--Lo sé; eres el más hábil de todos nosotros. ¡Vamos, querido sobrino!

Bajaron por la pendiente opuesta a la que habían subido. Cornelio, más ágil y diestro que el Capitán, iba delante, buscando los pasos más fáciles a través de las peñas y saltando de una en otra sin vacilar.

Cuando hubieron llegado al llano se detuvieron, mirando atentamente en torno suyo; pero no vieron nada sospechoso. Extendíase allí un lagunato, cuyas orillas estaban cubiertas de _mulghe_, césped fortísimo que suele alcanzar hasta quince pies de altura, y de _marras_, o madres de las lianas, como también se las llama por su desmesurado tamaño.

--No sigas, Cornelio--dijo el Capitán--. Entre estas plantas pueden esconderse salvajes.

--Pero harían algún ruido, y yo no oigo nada, tío.

--Es que me parece haber visto moverse aquel _lys_ real.

--¿Qué es eso?

--Hablo de aquella planta que se eleva a unos veinticinco pies de altura.

Cornelio miró en la dirección indicada, y a los primeros resplandores del alba descubrió, a treinta pasos de un grupo de _mulghe_, una alta vara, terminada en una flor de espléndido aterciopelado, que debía de tener por lo menos un metro de diámetro.

Aunque no soplaba la menor ráfaga de aire, aquella flor oscilaba como si alguien la moviera o acabara de moverla.

--Es verdad, tío--le dijo, armando rápidamente el fusil--. Algún salvaje ha pasado por allí.

--Es muy probable que nos espíen, Cornelio.

--Iré a registrar los _mulghe_.

--¿Estás loco, sobrino mío? ¿Quieres que te claven una azagaya en el pecho o que te aplasten el cráneo con el _bomerang_?

--¿Qué es eso del _bomerang_?

--Es un proyectil que no falla nunca cuando es un australiano el que lo maneja. Consiste en una estaca ligeramente curvada, que se lanza a brazo y que va volteando por el aire. Los australianos la manejan con singular destreza y no dejan de atinar nunca a bastantes pasos de distancia. Quizás tengamos ocasión de conocer esa arma arrojadiza... Pero... ¡Calla!... ¡Esto sí que es raro!

--¿Qué ves?

--Mira hacia aquel matorral.

--Ya lo veo.

--¿Lo había antes?

--La verdad, no he puesto la bastante atención para poder asegurar nada; pero, tienes razón, creo que no lo había.

--Pues yo estoy seguro de que en el lugar que ahora ocupa no había antes absolutamente nada.

--Y ¿es posible que en pocos instantes haya crecido esa hierba? Nunca podré creerlo.

--Pues te repito que antes no había nada en ese terreno.

--¿Nos ocultará alguna desagradable sorpresa?

--Mucho me lo temo, Cornelio.

El matorral de que hablaban estaba formado por veinte o treinta matojos puestos en fila, y distaba menos de cien pasos de ellos.

--Pues yo, tío, voy pronto a aclarar ese misterio.

Y avanzando con el fusil amartillado hacia el matorral, observó con asombro que iba retrocediendo, de manera que lo tenía siempre a igual distancia delante de sí. ¿Era un engaño de la vista o aquellas plantas estaban dotadas de movimiento?

El joven, en el colmo de la sorpresa, apretó el paso; pero la distancia no disminuía, sino que más bien aumentaba.

--¡Tío!--exclamó--. ¡Estas matas huyen!

--Lo veo--respondió el Capitán, que le había seguido y que tampoco podía ocultar su sorpresa.

--¿Conoces tú plantas que anden?

--No las conozco.

--Ni yo tampoco, ni tengo noticia de que los naturalistas hayan encontrado plantas con patas.

--Y ¿qué deduces de eso?

Iba el Capitán a responder, cuando dos bultos se levantaron bruscamente a pocos pasos de aquellas plantas y emprendieron rápida carrera hacia la llanura; pero a saltos, como si fueran ranas gigantescas.

--¡Una pareja de kanguros!--exclamó Cornelio.

Apuntó rápidamente a los dos animales, que se alejaban velocísimamente; pero Van-Stael le bajó el brazo, diciéndole:

--Deja tranquilos a los kanguros, que tienes necesidad de tus balas para otros enemigos más temibles.