Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 27
CXXVIII. Tal fue la pregunta y propuesta hecha por Darío, al cual en el punto mismo se le ofrecieron hasta 30 de los cortesanos presentes, pretendiendo cada cual para sí la ejecución de la demanda. Dispuso Darío que la suerte decidiera la porfía, y habiendo recaído en Bageo, hijo de Artontes, toma este desde luego un expediente muy oportuno. Escribe muchas cartas que fuesen otras tantas órdenes sobre varios puntos, luego las cierra con el sello de Darío, y con ellas se pone en camino para Sardes. Apenas llegado, se presenta a Oretes, y delante de él va sacando las cartas de una en una, dándolas a leer al secretario real pues entre los persas todo gobernador tiene su secretario de oficio nombrado por el rey.[316] Bageo, al dar a leer y al intimar aquellas órdenes reales, pretendía sondear la fidelidad de los alabarderos, y tentar si podía sublevarlos contra su general Oretes. Viendo, pues, que llenos de respeto por su soberano ponían sobre su cabeza las cartas rubricadas y recibían las órdenes intimadas con toda veneración, da por fin a leer otro despacho real concebido en esta forma: «Darío, vuestro soberano, os prohíbe a vosotros, persas, servir de alabarderos a Oretes». No bien se les intimó la orden, cuando dejan todos sus picas. Animose Bageo a dar el último paso, viendo que en aquello obedecían al rey, entregando al secretario la última carta en que venía la orden en estos términos: «Manda el rey Darío a los persas, sus buenos y fieles vasallos en Sardes, que maten a Oretes». Acabar de oír la lectura de la carta, desenvainar los alfanjes los alabarderos y hacer pedazos a Oretes, todo fue en un tiempo. Así fue como Polícrates el samio vino a quedar vengado del persa Oretes.
CXXIX. Después que llegaron a Susa, confiscados los bienes que habían sido de Oretes, sucedió dentro de pocos días que al bajar del caballo el rey Darío en una de sus monterías, se le torció un pie con tanta fuerza que, dislocado el talón, se salió del todo de su encaje. Echó mano desde luego para la cura de sus médicos quirúrgicos, creído desde atrás que los que tenía a su servicio traídos del Egipto eran en su profesión los primeros del universo. Pero sucedió que los físicos egipcios, a fuerza de medicinar el talón, lo pusieron con la cura peor de lo que había estado en la dislocación. Siete días enteros habían pasado con sus noches en que la fuerza del dolor no había permitido al rey cerrar los ojos, cuando al octavo día, en que se hallaba peor, quiso la fortuna que uno le diese noticia de la grande habilidad del médico de Crotona, Democedes, de quien acaso había oído hablar hallándose en Sardes. Manda al instante Darío que hagan venir a Democedes, y habiéndolo hallado entre los esclavos de Oretes, tan abyecto y despreciado como el que más, lo presentaron del mismo modo a la vista del rey, arrastrando sus cadenas y mal cubierto de harapos.
CXXX. Estando en pie el pobre esclavo, preguntole el mismo Darío en presencia de todos los circunstantes si era verdad que supiera medicina. Democedes, con el temor de que si decía llanamente la verdad no tenía ya esperanza de poder volver a Grecia, no respondía que la supiese. Trasluciéndose a Darío que aquel esclavo tergiversaba, hablando solo a medias palabras, mandó al punto traer allí los azotes y aguijones. La vista de tales instrumentos y el miedo del inminente castigo hizo hablar más claro a Democedes, quien dijo que no sabía muy bien la medicina, pero que había practicado con un buen médico. En una palabra, dejose Darío en manos del nuevo médico, y como este le aplicase remedios y fomentos suaves, después de los fuertes antes usados en la cura, logró primero que pudiera el rey recobrar el sueño perdido, y después de muy breve tiempo le dejó enteramente sano, cuando Darío había ya desconfiado de poder andar perfectamente en toda su vida. Al verse sano el rey, quiso regalar al médico griego con dos pares de grillos de oro macizo, y al irlos a recibir, pregúntale con donaire Democedes, si en pago de haberle librado de andar siempre cojo, le doblaba el mal su majestad, dándole un grillo por cada pierna. Cayó en gracia a Darío el donaire del médico, y le mandó fuese a visitar sus esposas. Decían por los salones los eunucos que le conducían: «Señora, este es el que dio vida y salud al rey nuestro amo y señor». Las reinas, muy alegres y agradecidas, iban cada una por sí sacando del arca un azafate lleno de oro, y el oro y el azafate del mismo metal todo lo regalaban a Democedes. La magnificencia de las reinas en aquel regalo fue tan extremada, que un criado de Democedes, llamado Escitón, recogiendo para sí únicamente los granos que de los azafates caían, juntó una grandiosa suma de dinero.
CXXXI. El buen Democedes, ya que de sus aventuras hacemos mención, dejando a Crotona su patria, como referiré, fue a vivir con Polícrates. Vivía antes en Crotona en casa de su mismo padre, hombre de condición áspera y dura, y no pudiendo ya sufrirle por más tiempo, fue a establecerse en Egina. Allí, desde el primer año de su domicilio, aunque se hallaba desprovisto y falto todavía de los hierros e instrumentos de su profesión, dejó con todo muy atrás a los primeros cirujanos del país; por lo que al segundo año los eginetas le asalariaron para el público con un talento, al tercer año le condujeron los atenienses por cien minas, y Polícrates al cuarto por dos talentos:[317] por estos pasos vino Democedes a Samos. La fama de este insigne profesor ganó tanto crédito a los médicos de Crotona, que eran tenidos por los más excelentes de toda la Grecia; después de los cuales se daba el segundo lugar a los médicos de Cirene. En la misma Grecia los médicos de Argos pasaban a la sazón por los más hábiles de todos.
CXXXII. De resultas, pues, de la cura del rey, se le puso a Democedes una gran casa en Susa, y se le dio cubierto en la mesa real, como comensal honorario de Darío, de suerte que nada le hubiese quedado que desear, si no le trajera molestado siempre el deseo de volver a su querida Grecia. No había otro hombre ni otro privado como Democedes para el rey, de cuyo favor se valió especialmente en dos casos; el uno cuando logró con su mediación que el rey perdonase la vida a sus médicos de Egipto, a quienes por haber sido vencidos en competencia con el griego había condenado Darío a ser empalados; el otro cuando obtuvo la libertad para cierto adivino eleo, a quien veía confundido y maltratado con los demás esclavos que habían sido de la comitiva de Polícrates.
CXXXIII. Entre otras novedades no mucho después de dicha cura, sucedió un incidente de consideración a la princesa Atosa, hija de Ciro y esposa de Darío, a la cual se le formó en los pechos un tumor que una vez abierto se convirtió en llaga, la cual iba tomando incremento. Mientras el mal no fue mucho, la princesa lo ocultaba por rubor sin hablar palabra; mas cuando vio que se hacía de consideración se resolvió a llamar a Democedes y hacer que lo viese. El médico le dio palabra de que sin falta la curaría, pero con pacto y condición de que la princesa jurase hacerle una gracia que él quería suplicarle, asegurándola de antemano que nada le pediría de que ella pudiera avergonzarse.
CXXXIV. Sanada ya Atosa por obra de Democedes, estando en cama con Darío, hablole así, instruida por su médico de antemano: «¿No me diréis, señor, por qué tenéis ociosa tanta tropa sin emprender conquista alguna y sin dilatar el imperio de Persia? A un hombre grande como vos, oh Darío, a un príncipe joven, al soberano más poderoso del orbe, el honor le está pidiendo de justicia que haga ver a todos, con el esplendor de sus proezas, que los persas tienen a su frente un héroe que los dirige. Por dos motivos os conviene obrar así; por el honor, para que conozcan los persas que sois un soberano digno del trono que ocupáis; y por razón de estado, para que los súbditos afanados en la guerra no tengan lugar de armaros alguna sublevación. Y ahora que os veo en la flor de la edad quisiera miraros más coronado de laureles, pues bien sabéis que el vigor del espíritu crece con la actividad del cuerpo, y al paso que envejece el último, suele aquel ir menguando hasta quedar al fin ofuscado o del todo extinguido».[318] En esta forma repetía Atosa las lecciones de su médico. «Me hablas, Atosa, responde Darío, como si leyeras los pensamientos y designios de mi espíritu; pues quiero que sepas que estoy resuelto ya a emprender una expedición contra los escitas, haciendo a este fin un puente de naves que una entre sí los dos continentes de Asia y Europa; y te aseguro, mujer, que todo lo verás en breve ejecutado». «Meditadlo antes, señor, le replica Atosa; dejad por ahora esos escitas, que ni son primicias convenientes para vuestras armas victoriosas, y son víctimas seguras por otra parte siempre que las acometáis. Creedme, caro Darío; acometed de primer golpe a la Grecia, de la cual oigo hablar tanto y decir tales cosas, que me han dado deseos de verme pronto rodeada aquí de doncellas laconias, argivas otras, unas áticas, otras corintias. Y no parece sino que lo disponen los dioses, que os han traído un hombre el más apto de todos para poder iros informando punto por punto de todas las cosas de la Grecia, el buen médico que tan bien os curó el pie dislocado». «Mujer, respondió Darío, si te parece mejor acometer antes a la Grecia, creo sería del caso enviar delante nuestros exploradores conducidos por el médico que dices, para que, informados ante todo y aun testigos oculares del estado de la Grecia, puedan instruirnos después, y con esta ventaja podremos acometer mejor a los griegos».
CXXXV. Dicho y hecho, pues apenas deja verse la luz del día, cuando Darío llama a su presencia a quince de sus persas, hombres todos de consideración, y les ordena dos cosas: una, ir a observar las costas de la Grecia conducidos por Democedes; otra, que vigilen siempre para que no se les escape su conductor, al cual de todos modos manda lo devuelvan a palacio. Instruidos así los persas, hace Darío venir a Democedes y pídele que después de haber conducido algunos persas alrededor de la Grecia, sin dejar cosa que no les haga ver, tenga a bien dar la vuelta a la corte. Al mismo tiempo le convida a cargar con todos sus muebles preciosos para regalarlos a su padre y hermanos, en vez de los cuales le daría después otros más numerosos y mejores, para lo cual le cedía desde luego una barca bien abastecida de provisiones, que cargada con aquellos presentes le fuese siguiendo en su viaje. Soy de opinión que Darío hablaba de este modo con sincero corazón, aunque el hábil Democedes, recelándose de que fuese aquella una fina tentativa de su fidelidad, anduvo con precaución, sin aceptar desde luego las ofertas de su amo, antes cortésmente le replicó que su gusto sería que su majestad le permitiera dejar alguna parte de sus alhajas para hallarlas después a su vuelta, y que aceptaría con placer la barca que su majestad tenía la bondad de ofrecerle para cargar en ella los regalos para los suyos. Tales, en suma, fueron las órdenes con que Darío le envió con sus compañeros hacia el mar.
CXXXVI. Habiendo, pues, bajado a Fenicia y llegado a Sidón, uno de los puertos de aquel país, equiparon sin pérdida de tiempo tres galeras, y cargaron de todo género de bastimentos una nave, en que embarcaron asimismo varios y preciosos regalos. Abastecidos de todo, siguieron el rumbo hacia la Grecia, que fueron costeando y sacando los planos de sus costas, sin dejar nada que notar por escrito, y practicada esta diligencia con la mayor parte de los lugares, y en especial con los más nombrados, llegaron por fin a Tarento en las playas de Italia. Aristofílides, rey de los tarentinos, a quien Democedes logró fácilmente sobornar, le complació en sus dos solicitudes, de quitar los timones a las naves de los medos, y de arrestar por espías a los persas, echando voz de que lo eran sin duda. Mientras se irrogaba este daño a la tripulación, Democedes llegó a Crotona, y una vez refugiado ya en su patria, suelta Aristofílides a sus prisioneros, restituyendo los timones a sus naves.
CXXXVII. Hechos a la vela otra vez los persas, parten en seguimiento de Democedes, y como llegados a Crotona le hallasen paseando por la plaza, le echaron mano al momento. Algunos de los vecinos de Crotona a quienes el nombre y poder de los persas tenía amedrentados, no mostraban dificultad en entregarles el fugitivo; pero otros, saliendo a la defensa de su paisano, le sacaron a viva fuerza de las manos de los extranjeros, contra quienes arremetieron con sus bastones, sin contar con las protestas que entretanto les hacían los persas. «Mirad, decían estos, mirad lo que hacéis. ¡Cómo, quitarnos de las manos a ese esclavo y fugitivo del rey! ¿Cómo pensáis que Darío, el gran rey, sufrirá esta injuria que se le hace? ¿Cómo podrá disimularla? ¿Cómo podrá dejar de saliros muy cara la presa que ahora nos arrebatáis? ¿Queréis ser los primeros a quienes hagamos guerra declarada, los primeros a quienes hagamos cautivos nuestros?». Pero salieron vanas sus protestas y amenazas, antes bien, no contentos los crotoniatas con haberles arrebatado a Democedes, echáronse sobre la barca del rey que con ellos venía. Viéronse con esto obligados los persas a tomar su derrotero hacia el Asia, sin cuidarse de llevar adelante sus observaciones sobre la Grecia, faltos ya de guía y adalid. Con todo, Democedes, al despedirse de ellos, no dejó de pedirles que de su parte dijeran a Darío que había tomado por esposa a una hija de Milón, sabiendo bien cuánto significaba para el rey el famoso nombre de aquel luchador de primera clase, Milón el crotoniata.[319] Y a mi juicio, diose Democedes a fuerza de dinero tanta maña y prisa en aquel casamiento, con la mira de que Darío le tuviera por hombre de consideración en su patria.
CXXXVIII. Salidos los persas de Crotona, aportaron con sus naves a la Yapigia,[320] donde quedaron esclavos; lo cual sabido por Gilo tarentino, desterrado de su patria, tuvo la generosidad de redimirlos y conducirlos libres al rey Darío, beneficio que fue tan del agrado del soberano, que se hallaba pronto a hacer en su recompensa cuanto quisiera pedirle. Gilo, después de darle cuenta de su desgracia, le suplicó por favor que negociase su vuelta a Tarento; mas, para no poner en agitación toda la Grecia, como sin falta sucedería si por su causa destinase una poderosa armada para la Italia, hízole saber que como los cnidios quisieran restituirle a su patria, serían bastantes ellos solos para salir con su intento. Decíalo Gilo persuadido de que los cnidios, amigos de los tarentinos, lograrían su regreso si lo pretendían con eficacia. Complácele Darío al punto según había ofrecido, mandando a los cnidios por medio de un enviado que se empeñasen en restituir su amigo Gilo a Tarento; pero porque obedientes a Darío procuraron ellos lograr dicha vuelta pidiéndola buenamente a los tarentinos, y no teniendo bastantes fuerzas para obligarles por la violencia, no consiguieron al cabo lo que pedían. Tal fue, en suma, el éxito de los persas exploradores de la Grecia, siendo los primeros que pasaron allí desde el Asia con ánimo de observar la situación del país.
CXXXIX. Después de estas tentativas apoderose Darío de Samos, la primera de todas las ciudades así griegas como bárbaras de que se hizo dueño, y fue con el motivo siguiente: En tanto que Cambises hacía la expedición al Egipto, muchos griegos, como suele acontecer en tales ocasiones, pasaban allá, estos con sus géneros y mercaderías, aquellos con ánimo de sentar plaza entre las tropas mercenarias, y algunos pocos sin otra mira que la de viajar y ver el país. De estos últimos fue uno Silosonte, hijo de Eaces y hermano de Polícrates, a la sazón desterrado de Samos, a quien sucedió allí una rara aventura. Había salido de su posada con su manto de grana, y vestido así iba paseándose por la plaza de Menfis. Darío, que a la sazón servía entre los alabarderos de Cambises, no siendo todavía de grado superior, al ver a Silosonte se prendó de su manto encarnado, y llegándose a él quería comprárselo con su dinero. Quiso la buena suerte de Silosonte que se mostrara bizarro con el joven Darío viéndole perdido por su manto. «No os lo venderé por ningún dinero, le dice; os lo regalo, sí, de buena gana, ya que mostráis voluntad de tenerlo». Darío, agradeciéndole la cortesía, tomó luego el manto de grana tan deseado.
CXL. Silosonte, al ver que le cogía la palabra y el manto, se tuvo a sí mismo por más simple y sandio que por cortés y caballero. Andando después el tiempo, muerto ya Cambises, muerto asimismo el mago a manos de los septemviros, y nombrado Darío, uno de ellos, por soberano, oyó decir Silosonte que había recaído el cetro en manos de aquel joven persa a quien antes allá en Egipto había regalado su manto cuando se lo pidió. Con esta nueva, anímase a emprender el viaje de Susa, y presentándose a las puertas de palacio da al portero el recado de que allí estaba un bienhechor de Darío que deseaba hablarle. Recibido el recado, empezó admirado el rey a discurrir consigo mismo: «¿Quién puede ser ese griego, a cuyos servicios ahora ya al principio de mi gobierno esté obligado como a bienhechor mío? No sé que hasta aquí haya llegado a mi corte griego alguno, ni recordar puedo que nada deba yo a nadie de aquella nación. Con todo, que entre ese griego, pues quiero saber de él mismo qué motivo tiene para lo que él dice». El portero introdujo a Silosonte a la presencia del rey, y puesto en pie, pregúntanle los intérpretes quién es y cuáles son sus servicios hechos al soberano para decirse su bienhechor. Refirió Silosonte lo tocante a su manto y que él era aquel griego afortunado que había tenido el honor de regalarlo a Darío. A esto responde luego el rey: «¿Eres tú, amigo, aquel tan bizarro caballero que me hizo aquel regalo cuando no era yo más que un mero particular? El don entonces recibido pudo ser de poca monta, pero no lo será mi recompensa, sino tal como la que daría al que en el estado actual en que me hallo me ofreciera un magnífico presente. Todos mis tesoros ahí los tienes a tu disposición; toma de ellos el oro y la plata que quisieres, que no sufriré que te puedas jamás arrepentir de haber sido liberal conmigo, con el sucesor de Cambises». «Señor, le responde Silosonte, agradezco sumamente vuestra liberalidad: agradézcoos el oro y la plata que de vuestros tesoros me ofrecéis. Otra es la gracia que de vos deseara: recobrar el dominio de Samos, mi patria, que me tiene usurpado un criado de nuestra casa, después que Oretes dio la muerte a mi hermano Polícrates. La merced, pues, que de vos espero es que me repongáis en el señorío de Samos sin muerte ni esclavitud de ninguno de mis paisanos».
CXLI. Oída la petición de Silosonte, envió Darío al frente de un ejército al general Ótanes, uno del famoso septemvirato, con orden de llevar a cabo las pretensiones y demandas de su bienhechor. Llegado a los puntos marítimos del reino, Ótanes dispuso las tropas para la expedición de Samos.
CXLII. El mando de Samos estaba a la sazón en manos de aquel Menandrio, hijo de Menandrio, a quien Polícrates al partirse de la isla había dejado por regente de ella. Este, dándose por el hombre más virtuoso y justificado de todos, no tuvo la suerte ni la proporción de mostrarse tal; porque lo primero que hizo, sabida la muerte de Polícrates, fue levantar un ara a Zeus Libertador, dedicando alrededor de ella un recinto religioso, que se ve al presente en los arrabales de la ciudad. Erigido ya el sagrado monumento, llamó a la asamblea a todos los vecinos de Samos y habloles así: «Bien veis, ciudadanos, que teniendo en mis manos el cetro que antes solía tener Polícrates en las suyas, si quiero puedo ser vuestro soberano. Mas yo no apruebo en mi persona lo que repruebo en la de otro, pues puedo aseguraros que nunca me pareció bien que quisiera ser Polícrates señor de hombres tan nobles como él, ni semejante tiranía podré jamás consentirla en hombre alguno nacido o por nacer. Pagó ya Polícrates su merecido y cumplió su destino fatal. Resuelto yo a depositar la suprema autoridad en manos del pueblo, y deseoso de que todos seamos libres y de una misma condición y derecho público, solo os pido dos gracias en recompensa: una, que del tesoro de Polícrates se me reserven aparte seis talentos; otra, que el sacerdocio de Zeus Libertador, investido desde luego en mi persona, pase a ser en los míos hereditario; privilegios que con razón pretendo, así por haber erigido esas aras, como por la resolución en que estoy de restituiros la independencia». Esta era la propuesta que bajo tales condiciones hacia Menandrio a los samios: oída la cual, levantose uno de ellos y le dijo: «No mereces tú, según eres de vil y despreciable, de malvado y ruin, ser nuestro soberano. ¡Perdiérannos los dioses si tal sucediera! De ti pretendemos ahora que nos des cuenta del dinero público que has manejado».[321] El que así se expresaba era uno de los ciudadanos más principales, llamado Telesarco.
CXLIII. Previendo Menandrio claramente que no había de faltar alguno que se alzara con el mando, en caso de que él lo dejase, mudó la resolución de abandonarlo que tenía antes formada; y para asegurarse más en el imperio, retirado a la ciudadela, hacía llamar allí uno por uno a los vasallos, con el pretexto de dar cuenta del dinero, pero en llegando los mandaba coger y poner en prisiones. En tanto que permanecían bien custodiados, asaltó a Menandrio una grave enfermedad, de la cual, creyendo Licareto, uno de los hermanos de Menandrio, que iba este a morir, con la ambiciosa mira de facilitarse la posesión del señorío de Samos, procuró la muerte a aquellos presos, que pensó no dejarían de querer en adelante la independencia y libertad del estado.
CXLIV. En esta situación se hallaban los negocios cuando los persas aportaron a Samos llevando consigo a Silosonte. Entonces no solo faltó quien les saliera al encuentro con las armas en las manos, sino que desde luego que llegaron allá capituló con ellos la tropa misma de Menandrio, mostrándose pronta a salir de la isla y a hacer que saliera juntamente su actual señor. Convino Ótanes por su parte en firmar el tratado, y compuestas así las paces, los oficiales mayores de la armada persa, haciendo colocar unos asientos junto a la ciudadela, estaban allí sentados.
CXLV. Sucedió entretanto un caso impensado. Tenía el gobernador Menandrio un hermano llamado Carilao, hombre algo atolondrado y furioso, quien no sé por qué delito estaba en un calabozo, desde donde, como informado de lo que pasaba, sacase la cabeza por una reja y viese delante sentados a los persas en paz y sosiego, púsose a gritar como un insensato pidiendo que le llevasen a Menandrio, a quien tenía que hablar, lo cual sabido por este mandó que le sacaran de la cárcel y se lo presentaran. Llegado apenas a su presencia, principió a echar maldiciones de su boca y cargar de baldones a su hermano, porque no caía de improviso sobre aquellos persas allí recostados. «¡Insensato!, le dice, ¿a mí, que soy tu hermano y que en nada tengo merecida la cárcel, me tienes aherrojado en un calabozo, y ves ahí a esos persas que van a sacarte del trono y de tu misma casa echándote a donde te lleva tu mala fortuna, y de puro cobarde no le arrojas sobre ellos? Teniéndolos ahí en tu mano, ¿cómo no los cazas y coges a tu placer? Si de nada eres capaz, ven acá, cobarde, confíame tus guardias, y con ellos les pagaré bien la visita que vinieron a hacernos, y a ti te aseguro que te dejaré salir libre de la isla».