Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 25
LXXXIII. Dados los tres referidos pareceres, los cuatro votos que restaban del septemvirato se declararon por el de Darío. Ótanes, que deseaba introducir el gobierno popular y derechos iguales para todos los persas, no habiendo conseguido su intento, les habló de nuevo en estos términos: «Visto está, compañeros míos, que algunos de los que aquí estamos obtendrá la corona, o bien se la dé la suerte, o bien la elección de la nación a cuyo arbitrio la dejemos, o bien por cualquiera otra vía que recaiga en su cabeza. Pues yo renuncio desde ahora el derecho de pretenderla, ni entro en concurso, persistiendo en no querer ni mandar como rey, ni ser mandado como súbdito. Cedo todo el derecho que pudiera pretender, pero cedo con la expresa condición de no estar jamás yo ni alguno de mis descendientes a las órdenes del soberano». Hecha tal propuesta, que fue admitida luego por los seis confederados bajo aquella restricción, salió Ótanes del congreso; y en efecto, sola su familia se mantiene hasta hoy día libre e independiente entre los persas, pues se le manda únicamente en cuanto ella no lo rehúsa, no faltando por otra parte a las leyes del estado persa.
LXXXIV. Los seis grandes restantes de la liga continuaban en sus conferencias ordenadas a la mejor elección de un monarca; y ante todo les pareció establecer que si la corona venía a recaer en alguno de los seis, se obligara este a guardar a Ótanes y a toda su descendencia el perpetuo privilegio de honrarse con la vestidura de los medos, y enviarle asimismo los legítimos regalos que se miran entre los persas como distinciones las más honoríficas. La causa de honrar a Ótanes con esta singular prerrogativa fue por haber sido el principal autor y cabeza de la conjuración contra el mago, aconsejándola a los demás compañeros de la liga. Respecto al cuerpo de los siete confederados, ordenaron: primero, que cualquiera de ellos, siempre que le pareciese, tuviera franca la entrada en palacio, sin prevención ni ceremonia de pasar antes recado, a no ser que el rey estuviese en su aposento en compañía de sus mujeres: segundo, que el rey no pudiera tomar esposa que no fuese de la familia de dichos confederados: finalmente, por lo tocante al punto principal de la elección al trono, acordaron tomar el medio de montar los seis a caballo en los arrabales de Susa, y nombrar y reconocer por rey a aquel cuyo caballo relinchase el primero a la salida del sol.
LXXXV. Tenía Darío un caballerizo hábil y perspicaz, por nombre Ebares, al cual, apenas vuelto a su casa de la asamblea, hace llamar y habla de este modo. «Hágote saber, Ebares, que para la elección de monarca hemos resuelto que sea nuestro rey aquel cuyo caballo, estando cada uno de nosotros montado en el suyo, fuere el primero en relinchar al nacer el sol. Tiempo es ahora de que te valgas de tus tretas y recursos, si algunos tienes, para hacer de todas maneras que yo y ningún otro arrebate el premio de la corona». «Buen ánimo, señor, responde Ebares; dadla ya por alcanzada y puesta sobre la cabeza; si nada más se exige, y si en lo que decís consiste ser rey o no, albricias os pido, porque ningún otro que vos lo será. Más vale maña que fuerza, y mañas hay aquí y recursos para todo». «Manos a la obra, pues, replícale Darío; si algún ardid sabes, tiempo es de usarlo sin perder un instante, pues mañana mismo ha de decidirse la cuestión». Oído lo cual, practica Ebares esta diligencia: venida la noche, toma una de las yeguas de su amo, aquella cabalmente que movía y alborotaba más el amor del caballo de Darío; llévala a los arrabales y la deja allí atada; vuelve después conduciendo el caballo de Darío, hácele dar mil vueltas y revueltas alrededor de la yegua, permitiéndole solo el acercarse a ella, hasta que al cabo de largo rato le deja holgar libremente.
LXXXVI. Apenas empezó a rayar el alba al siguiente día, cuando los seis grandes de Persia pretendientes de la corona, conforme a lo pactado, se dejaron ver aparejados y prontos en sus respectivos caballos, e iban de una a otra parte paseando por los arrabales, cuando no bien llegados a aquel paraje donde la yegua había estado atada la noche anterior, dando una corrida el caballo de Darío empieza sus relinchos. Al mismo tiempo ven todos correr un rayo por el sereno cielo y oyen retumbar un trueno, cuyos prodigios sucedidos a Darío fueron su inauguración para la corona, de modo que los otros competidores, bajando del caballo a toda prisa y doblando allí mismo la rodilla, le saludaron y reconocieron por su rey.[286]
LXXXVII. Así cuentan algunos el ambicioso artificio usado por Ebares, si bien otros, pues andan en esto divididas las relaciones de los persas, lo refieren de otra manera. Dicen que Ebares aplicó antes su mano al vientre de la yegua, y la mantuvo cubierta entre sus vestidos, pero al momento de apuntar el sol, cuando debían mover los caballos, sacando su mano el caballerizo, la llevó a las narices del caballo, el cual, percibiendo el olor, principió al punto a relinchar.
LXXXVIII. De este modo Darío, hijo de Histaspes, fue no solo proclamado en Susa, sino reconocido también por rey de todos los vasallos del Asia a quienes antes Ciro y después Cambises habían subyugado. Pero en este número no deben entrar los árabes, que nunca prestaron vasallaje y obediencia a los persas, si bien como amigos y aliados quisieron dar paso a Cambises para el Egipto, al cual los persas no hubieran podido embestir con sus tropas si los árabes se les hubieran opuesto. Reconocido ya Darío rey de los persas, empezó sus nuevas alianzas, tomando por esposas de primera clase a las dos hijas de Ciro, llamada la una Atosa y la otra Aristona, aquella casada primero con su mismo hermano Cambises, y después con el mago; esta doncella todavía. Casó asimismo Darío con otra princesa real llamada Parmis, hija del infante Esmerdis, y quiso también tener por esposa de primer orden a la hija de Ótanes que había sido la primera en descubrir al mago impostor.[287] Una vez que tuvo ya Darío seguro y afianzado el imperio en su persona, mandó lo primero erigir por monumento de su nueva grandeza y fortuna una estatua ecuestre de mármol con una inscripción grabada en ella que decía: «Darío, hijo de Histaspes, por el valor de su caballo (al cual nombraba allí por su propio nombre) y de su caballerizo Ebares, adquirió el reino de los persas».
LXXXIX. Establecidas así las cosas entre los persas, señaló Darío 20 gobiernos que llaman satrapías, y nombrando en ellos sus sátrapas o gobernadores, ordenó los tributos que debían pagársele, tasando cierta cantidad para cada una de aquellas naciones tributarias. A este fin fue reuniendo a cada nación algunos pueblos confinantes, que contribuyesen juntamente con ella, y esta providencia tomada para las provincias más cercanas la extendió a las gentes más remotas del imperio, encabezando unas con otras para el reparto de los ingresos de la corona. La forma guardada en la división de los gobiernos y en la distribución de los tributos anuales fue la siguiente. Ante todo mandó a los pueblos que solían contribuir con plata que le pagasen la contribución en talentos babilónicos, y a los que con oro en talentos euboicos: el talento babilónico corresponde a 70 minas euboicas.[288] En el reinado de Ciro y en el inmediato de Cambises, no habiéndose fijado un arreglo todavía ni determinado una tasa individual acerca de los tributos, solían los pueblos contribuir a la corona con sus donativos; de suerte que Darío fue el autor de la talla determinada, de lo cual y de otras providencias de este género nació el dicho de los persas, que Darío fue un mercader, Cambises un señor y Ciro un padre; pues aquel de todo hacía comercio, el otro era áspero y descuidado, y este último muy humano y solícito en hacerlos a todos felices.
XC. Volviendo al asunto, el primer gobierno ordenado por Darío se componía de los jonios, de los magnesios del Asia, de los eolios, de los carios, de los licios, de los milias y de los panfilios: la contribución para la cual dichos pueblos juntamente estaban empadronados subía a 400 talentos de plata. El segundo gobierno, compuesto de los misios, lidios, lasonios, cabalios y los hiteneos, contribuía con 400 talentos. El tercer gobierno, en que estaban encabezados los pueblos del Helesponto que caen a la derecha del que navega hacia el ponto Euxino, a saber, los frigios, los tracios asiáticos, paflagonios, los mariandinos y los sirios,[289] cargaba con 360 talentos de contribución. El cuarto gobierno, que comprendía solo los cilicios, además de 360 caballos blancos que salían a uno por día,[290] pagaba al rey 500 talentos de plata, de los cuales 140 se quedaban allí para mantener la caballería apostada en las guarniciones de Cilicia, y los 360 restantes iban al erario real de Darío.
XCI. El quinto gobierno, cargado con 350 talentos de imposición, empezaba desde la ciudad de Posideo,[291] fundada por Anfíloco, hijo de Anfiarao, en los confines de los cilicios y sirios, y llegando hasta el Egipto, comprendía la Fenicia entera, la Siria que llaman Palestina, y la isla de Chipre, no entrando sin embargo en este gobierno la parte confinante de la Arabia, que era franca y privilegiada. El sexto gobierno se componía del Egipto, de los libios sus vecinos, de Cirene y de Barca, agregadas a este partido, y pagaba al erario real 700 talentos, y esto sin contar el producto que daba al rey la pesca del lago Meris, ni tampoco el trigo que en raciones medidas se daba a 120.000 soldados persas y a las tropas extranjeras a sueldo del rey en Egipto, que suelen estar de guarnición en el fuerte blanco de Menfis. En el séptimo gobierno estaban encabezados los satágidas, los gandarios,[292] los dadicas y los aparitas que contribuían todos con la suma de 170 talentos. Del octavo gobierno, compuesto de Susa y de lo restante del país de los cisios, percibía el erario 300 talentos de contribución.
XCII. Del nono gobierno, en que entraba Babilonia con lo restante de la Asiria, sacaba el rey 1000 talentos de plata, y además 500 niños eunucos. Del décimo gobierno, compuesto de Ecbatana con toda la Media, de los paricanios y de los ortocoribantios, entraban en las rentas reales 450 talentos. El undécimo gobierno componíanlo los caspios, los pausicas, los pantimatos y los daritas, pueblos que unidos bajo un mismo registro tributan al rey 200 talentos. Del duodécimo gobierno, que desde los bactrianos se extendía hasta los eglos, se sacaban 360 talentos.[293]
XCIII. El decimotercio gobierno, formado de la Páctica, de los armenios, y gentes comarcanas hasta llegar al ponto Euxino, redituaba a las arcas del rey 400 talentos. Del decimocuarto gobierno, al cual estaban agregados los sagartios, los sarangas, los tamaneos, los utios, los micos y los habitantes de las islas del mar Eritreo, en las cuales suele confinar el rey a los reos que llaman _deportados_, se percibían 600 talentos de contribución. Los sacas y los caspios, alistados en el gobierno decimoquinto, contribuían con 250 talentos al año. Los partos, los corasmios, los sogdos y los arios, que formaban el decimosexto, pagaban al rey 300 talentos.[294]
XCIV. Los paricanios y etíopes del Asia empadronados en el decimoséptimo gobierno pagaban al erario real 400 talentos. A los matienos, a los saspires y a los alarodios, pueblos unidos en el gobierno decimoctavo, se les había impuesto la suma de 200 talentos. A los pueblos del decimonono, moscos, tibarenos, macrones, mosinecos y marsos, se impusieron 300 talentos de tributo. El gobierno vigésimo, en que están alistados los indios, nación sin disputa la más numerosa de cuantas han llegado a mi noticia, paga un tributo más crecido que los demás gobiernos, que consiste en 360 talentos de oro en polvo.[295]
XCV. Ahora, pues, reducido el talento de plata babilónico al talento euboico, de las contribuciones apuntadas resulta la suma de 9880 talentos euboicos. Multiplicado después el talento de oro en grano por 13 talentos de plata, dará esta partida la suma de 4680 talentos: así que, hecha la suma total de dichos talentos, el tributo anual que recogía Darío ascendía a 14.560 talentos euboicos, y esto sin incluir en ella las partidas de quebrados.
XCVI. Estos eran los ingresos que Darío percibía del Asia y de algunas pocas provincias de la Libia. Corriendo el tiempo, se le añadió el tributo que después le pagaron, así las islas del Asia menor, como los vasallos que llegó a tener en Europa, hasta la misma Tesalia. El modo como guarda el persa sus tesoros en el erario, es derramar el oro y la plata derretida en unas tinajas de barro hasta llenarlas, y retirarlas después de cuajado el metal; de suerte que cuando necesita dinero va cortando de aquellos pilones el oro y plata que para la ocasión hubiere menester.
XCVII. Estos eran, repito, los gobiernos y las tallas de tributo ordenadas por Darío. No he contado la Persia propia[296] entre las provincias tributarias de la corona, por cuanto los persas en su país son privilegiados e inmunes de contribución. Hablaré ahora de algunas otras naciones, las cuales, si bien no tenían tributos impuestos, contribuían al rey, sin embargo, con sus donativos regulares. Tales eran los etíopes, confinantes con el Egipto, que tienen su domicilio cerca de la sagrada Nisa, y celebran fiestas a Dioniso, los cuales, como todos sus comarcanos, siguiendo el modo de vivir que los indios llamados calantias, moran en las habitaciones subterráneas. Habiendo sido conquistados por Cambises dichos etíopes y sus vecinos en la expedición emprendida contra los otros etíopes macrobios, presentaban entonces cada tercer año y presentan aún ahora sus donativos, reducidos a dos _quénices_ de oro no acrisolado, a 200 maderos de ébano, a cinco niños etíopes, y a veinte grandes dientes de elefante.[297] Tales eran asimismo los colcos, que, juntamente con sus vecinos hasta llegar al monte Cáucaso, eran contados entre los pueblos donatarios de la corona, pues los dominios del persa terminan en el Cáucaso, desde el cual todo el país que se extiende hacia el viento Bóreas en nada reconoce su imperio. Los colcos, aun en el día, hacen al persa sus regalos de cinco en cinco años, como homenajes concertados, que consisten en cien mancebos y cien doncellas. Tales eran los árabes, finalmente, que regalaban al rey cada año mil talentos de incienso: y estos eran, además de los tributos, los donativos públicos que debían hacerse al soberano.
XCVIII. Volviendo al oro en polvo que los indios, como decíamos, llevan al rey en tan grande cantidad, explicaré el modo con que lo adquieren. La parte de la India de la cual se saca el oro, y que está hacia donde nace el sol, es toda un mero arenal; porque ciertamente de todos los pueblos del Asia de quienes algo puede decirse con fundamento de verdad y de experiencia, los indios son los más vecinos a la aurora, y los primeros moradores del verdadero oriente o lugar del nacimiento del sol, pues lo que se extiende más allá de su país y se acerca más a Levante es una región desierta, totalmente cubierta de arena.[298] Muchas y diversas en lenguaje son las naciones de los indios; unas son de nómadas o pastores, otras no; algunas de ellas, viviendo en los pantanos que forman allí los ríos, se alimentan de peces crudos que van pescando con barcos de caña, pues hay allí cañas tales, que un solo canuto basta para formar un barco. Estos indios de las lagunas visten una ropa hecha de cierta especie de junco, que después de segado en los ríos y machacado, van tejiendo a manera de estera, haciendo de él una especie de petos con que se visten.
XCIX. Otros indios que llaman padeos y que habitan hacia la aurora, son no solo pastores de profesión, sino que comen crudas las reses, y sus usos se dice son los siguientes: Cualquiera de sus paisanos que llegue a enfermar, sea hombre, sea mujer, ha de servirles de comida. ¿Es varón el infeliz doliente? Los hombres que le tratan con más intimidad son los que le matan, dando por razón que corrompido él con su mal llegaría a corromper las carnes de los demás. El infeliz resiste y niega su enfermedad; mas ellos por eso no le perdonan, antes bien lo matan y hacen de su carne un banquete. ¿Es mujer la enferma? Sus más amigas y allegadas son las que hacen con ella lo mismo que suelen los hombres con sus amigos enfermos. Si alguno de ellos llega a la vejez, y son pocos de este número, procuran quitarle la vida antes que enferme de puro viejo, y muerto se lo comen alegremente.
C. Otros indios hay cuya costumbre es no matar animal alguno, no sembrar planta ninguna, ni vivir en casas. Su alimento son las hierbas, y entre ellas tienen una planta que la tierra produce naturalmente, de la cual se levanta una vaina, y dentro de ella se cría una especie de semilla del tamaño del mijo, que cogida con la misma vainilla van comiendo después de cocida. El infeliz que entre ellos enferma se va a despoblado y tiéndese en el campo, sin que nadie se cuide de él, ni doliente ni después de muerto.
CI. El concúbito de todos estos indios mencionados, se hace en público, nada más contenido ni modesto que el de los ganados. Todos tienen el mismo color que los etíopes: el esperma que dejan en las hembras para la generación no es blanco, como en los demás hombres, sino negro como lo es el que despiden los etíopes. Verdad es que estos indios, los más remotos de los persas y situados hacia el Noto, jamás fueron súbditos de Darío.
CII. Otra nación de indios se halla fronteriza a la ciudad de Caspatiro y a la provincia Páctica, y situada hacia el Bóreas, al norte de los otros indios, la cual sigue un modo de vivir parecido al de los bactrianos; y estos indios, los guerreros más valientes entre todos, son los que destinan a la conducción y extracción del oro citado.[299] Hacia aquel punto no es más el país que un arenal despoblado, y en él se crían una especie de hormigas de tamaño poco menor que el de un perro y mayor que el de una zorra, de las cuales cazadas y cogidas allí se ven algunas en el palacio del rey de Persia. Al hacer estos animales su hormiguero o morada subterránea, van sacando la arena a la superficie de la tierra, como lo hacen en Grecia nuestras hormigas, a las que se parecen del todo en la figura. La arena que sacan es oro puro molido, y por ella van al desierto los indios señalados, del modo siguiente: Unce cada uno a su carro tres camellos: los dos atados con sogas a los dos extremos de las varas son machos, el que va en medio es hembra. El indio montado sobre ella procura que sea madre y recién parida y arrancada con violencia de sus tiernas crías, lo que no es extraño, pues estas hembras son allí nada inferiores en ligereza a los caballos y al mismo tiempo de robustez mucho mayor para la carga.
CIII. No diré aquí cuál sea la figura del camello por ser bien conocida entre los griegos; diré, sí, una particularidad que no es tan sabida; a saber, que el camello tiene en las piernas de detrás cuatro muslos y cuatro rodillas, y que sus partes naturales miran por entre las piernas hacia su cola.
CIV. Uncidos de este modo al carro los camellos, salen los indios auríferos a recoger el oro, pero siempre con la mira de llegar al lugar del pillaje en el mayor punto de los ardores del sol, tiempo en que se sabe que las hormigas se defienden del excesivo calor escondidas en sus hormigueros. Es de notar que los momentos en que el sol pica más y se deja sentir más ardiente, no es a medio día como en otros climas, sino por la mañana, empezando muy temprano, y subiendo de punto hasta las diez del día, hora en que es mucho mayor el calor que se siente en la India que no en Grecia al medio día, y por eso la llaman los indios hora del baño. Pero al llegar al medio día, el calor que se siente entre los indios es el mismo que suele sentirse en otros países. Por la tarde, cuando empieza el sol a declinar, calienta allí del mismo modo que en otras partes después de recién salido; mas después se va templando de tal manera y refrescando el día, que al ponerse el sol se siente ya mucho frío.[300]
CV. Apenas llegan los indios al lugar de la presa, muy provistos de costales, los van llenando con la mayor diligencia posible, y luego toman la vuelta por el mismo camino, en lo cual se dan tanta prisa, porque las hormigas, según dicen ellos, los rastrean por el olor, y luego que lo perciben salen a perseguirlos, y siendo, como aseguran, de ligereza tal a que no llega animal alguno, si los indios no cogieran la delantera mientras ellas se van reuniendo, ni uno solo de los colectores de oro escapara con vida. En la huida los camellos machos, siendo menos ágiles, se cansan antes que las hembras, y los van soltando de la cuerda, primero uno y después otro, haciéndolos seguir detrás del carro, al paso que las hembras, que tiran en las varas con la memoria y deseo de sus crías, nada van aflojando de su corrida. Esta, en suma, según nos lo cuentan los persas, es la manera con que recogen los indios tanta abundancia de oro, sin faltarles con todo otro oro, bien que en menor copia, sacado de las minas del país.
CVI. Advierto que a los puntos extremos de la tierra habitada les han cabido en suerte las cosas más bellas y preciosas, así como a la Grecia ha tocado la fortuna de lograr para sí las estaciones más templadas en un cielo más dulce y apacible. Por la parte de Levante, la primera de las tierras habitadas es la India, como acabo de decir, y desde luego vemos allí que las bestias cuadrúpedas, como también las aves, son mucho mayores que en otras regiones, a excepción de los caballos, que en grandeza quedan muy atrás a los de Media llamados niseos.[301] En segundo lugar, vemos en la India infinita copia de oro, ya sacado de sus minas, ya revuelto por los ríos entre las arenas, ya robado, como dije, a las hormigas. Lo tercero, encuéntranse allí ciertos árboles agrestes que en vez de fruta llevan una especie de lana, que no solo en belleza sino también en bondad aventaja a la de las ovejas, y sirve a los indios para tejer sus vestidos.[302]
CVII. Por la parte de mediodía, la última de las tierras pobladas es la Arabia, única región del orbe que naturalmente produce el incienso, la mirra, la casia, el cinamomo y lédano, especies todas que no recogen fácilmente los árabes, si se exceptúa la mirra. Para la cosecha del incienso sírvense del sahumerio del estoraque, una de las drogas que nos traen a Grecia los fenicios; y la causa de sahumarle al irlo a recoger es porque hay unas sierpes aladas de pequeño tamaño y de color vario por sus manchas, que son las mismas que a bandadas hacen sus expediciones hacia el Egipto, las que guardan tanto los árboles del incienso, que en cada uno se hallan muchas de ellas, y son tan amigas de estos árboles que no hay medio de apartarlas sino a fuerza de humo del estoraque mencionado.