Los Merodeadores de Fronteras

Part 22

Chapter 221,077 wordsPublic domain

Una descarga hecha a quemarropa por los mejicanos, que habían reservado su fuego, tendió en el suelo a un número considerable de enemigos e introdujo el desorden en sus filas, obligándoles a retroceder a pesar suyo.

--¡Adelante! gritó el Jaguar.

Sus compañeros volvieron a la carga con más furor que nunca.

--¡Manteneos firmes! ¡Es preciso morir! dijo el capitán.

--¡Moriremos! respondieron unánimes los soldados.

Entonces se empeñó la lucha cuerpo a cuerpo al arma blanca, mezclándose los agresores con los atacados, empujándose unos a otros con sordos rugidos de cólera, peleando más bien como fieras que como hombres.

Los arrieros, diezmados por los tiros que les asestaban, no por eso dejaban de continuar con ardor su trabajo: tan luego como la palanca se escapaba de las manos de uno de ellos que rodaba expirante por el suelo, otro se apoderaba en seguida de la pesada barra de hierro, y las cajas de dinero caían sin interrupción al precipicio no obstante las rabiosas vociferaciones y los esfuerzos gigantescos de los enemigos, que en vano se afanaban por derribar la muralla viva que les cerraba el paso.

Era un espectáculo de horrible belleza el que ofrecía aquella lucha encarnizada, aquel combate implacable que sostenían aquellos hombres al resplandor brillante de un bosque entero que estaba ardiendo cual un faro lúgubre y siniestro.

Los gritos habían cesado, la carnicería continuaba sorda y terrible, y solo se oía de vez en cuando la voz del capitán que repetía con breve acento:

--¡Estrechad las filas! ¡Estrechad las filas!

Y las filas se estrechaban, y los hombres caían sin quejarse, habiendo hecho de antemano el sacrificio de su vida, y no peleando ya sino para ganar las pocos minutos indispensables para que aquel sacrificio no fuese estéril.

En vano los merodeadores de fronteras, excitados por la codicia, procuraban destruir aquella resistencia enérgica que les oponía un puñado de hombres: los heroicos soldados, apoyados unos en otros, con los pies afirmados contra los cadáveres de los que les habían precedido en la muerte, parecía que se multiplicaban para cerrar el desfiladero en todos los puntos a la vez.

Sin embargo, el combate no podía durar ya mucho tiempo; de toda la escolta del capitán, diez hombres cuando más permanecían todavía de pie, los demás habían sucumbido, pero heridos todos por delante en mitad del pecho.

Todos los arrieros habían muerto; dos cajas quedaban todavía en la orilla del precipicio; el capitán dirigió una mirada rápida en torno suyo, y exclamó:

--¡Un esfuerzo más, hijos míos! Cinco minutos tan solo bastan para concluir nuestro trabajo.

--¡Dios y libertad! gritaron los soldados.

Y aunque estaban abrumados de cansancio, se arrojaron resueltos en lo más espeso de la multitud de enemigos que les rodeaban.

Durante algunos minutos, aquellos diez hombres hicieron prodigios de valor; pero al fin prevaleció el número: ¡todos cayeron!

¡Solo el capitán vivía aún!

Había aprovechado el sacrificio de sus soldados para coger una palanca y hacer que una de las cajas rodase al precipicio; la segunda, levantada con sumo trabajo, solo necesitaba ya un esfuerzo postrero para desaparecer a su vez, cuando de improviso un «¡hurra!» terrible hizo que el capitán levantase la cabeza.

Los merodeadores de fronteras acudían enfurecidos y anhelosos cual tigres sedientos de sangre.

--¡Ah! ¡Al menos esa la tendremos! exclamó alegremente Gregorio Felpa, el guía traidor, precipitándose hacia adelante.

--¡Mientes, miserable! respondió el capitán.

Y alzando con ambas manos la pesada barra de hierro, rompió el cráneo al soldado, quien cayó sin lanzar un grito, sin exhalar un suspiro.

--Ahora a otro, dijo el capitán volviendo a levantar la palanca.

Un aullido de horror resonó entre la multitud, que vaciló un momento.

El capitán bajó con viveza su palanca, y la caja se inclinó sobre el borde del abismo.

Este movimiento restituyó a los bandidos toda su cólera y su rabia.

--¡Muera! ¡Muera! exclamaron precipitándose sobre el oficial.

--¡Deteneos! gritó el Jaguar lanzándose hacia adelante y derribando cuanto se oponía a su paso. Nadie se mueva: ese hombre me pertenece.

Al oír esta voz bien conocida de todos, aquellos hombres se detuvieron.

El capitán tiró su palanca: la última caja acababa de caer al precipicio.

--Ríndase V., Capitán Melendez, dijo el Jaguar adelantándose hacia el oficial.

Éste había vuelto a coger su sable, y respondió:

--Ya no merece la pena: prefiero morir.

--Pues entonces defiéndase V.

Ambos enemigos se pusieron en guardia. Durante algunos segundos se oyó el choque furioso de los aceros. De improviso y por un movimiento brusco, el capitán hizo volar por el aire el arma de su adversario. Antes que éste se hubiese repuesto de su sorpresa, el oficial se precipitó sobre él y le enlazó con sus brazos como una serpiente.

Los dos hombres rodaron por el suelo.

A dos pasos detrás de ellos se hallaba el precipicio.

Todos los esfuerzos del capitán tendían a atraer al Jaguar al borde del abismo; el cabecilla, por el contrario, procuraba librarse de la presión terrible de su enemigo, cuyo siniestro proyecto había adivinado sin duda alguna.

Por fin, después de una lucha de algunos minutos, los brazos que oprimían el cuerpo del Jaguar se aflojaron poco a poco; las crispadas manos del oficial se soltaron, y el cabecilla, reuniendo todas sus fuerzas, logró desembarazarse de su enemigo y levantarse.

Pero apenas se hallaba de pie, cuando el capitán, que parecía estar aniquilado y casi desmayado, saltó como un tigre, se agarró a brazo partido con su enemigo, y le imprimió un sacudimiento terrible.

El Jaguar, que todavía estaba aturdido por la lucha que acababa de sostener, y no esperaba aquel ataque brusco, se tambaleó y perdió el equilibrio, lanzando un grito horroroso.

--¡Por fin! exclamó el capitán con feroz alegría.

Los circunstantes lanzaron una exclamación de horror y de desesperación.

Los dos enemigos habían desaparecido en el abismo.

FIN.

ÍNDICE DE MATERIAS.

I. El fugitivo. II. Quoniam. III. Negro y blanco. IV. La manada. V. El Ciervo-Negro. VI. La concesión. VII. Cara de Mono. VIII. La declaración de guerra. IX. Los Pawnees-Serpientes. X. La batalla. XI. La venta del Potrero. XII. Conversación. XIII. Carmela. XIV. La conducta de plata. XV. El alto. XVI. Resumen político. XVII. Tranquilo. XVIII. Lanzi. XIX. La caza. XX. Confidencias. XXI. El Jaguar. XXII. El Zorro-Azul. XXIII. El Desollador-Blanco. XXIV. Después del combate. XXV. Una explicación. XXVI. El parte. XXVII. El guía. XXVIII. John Davis. XXIX. El trato. XXX. La emboscada.

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