Los Merodeadores de Fronteras

Part 2

Chapter 24,132 wordsPublic domain

Los criados contemplaban con creciente admiración a aquel hombre extraordinario que parecía haberse trasformado de improviso y procedía con un aplomo, un golpe de vista y una mano tan ligera, que muchos médicos le hubieran envidiado.

Mientras se estaba haciendo la cura, el herido volvió en sí y abrió los ojos, pero permaneció silencioso: su furor se había calmado; su carácter brutal se hallaba domado por la resistencia enérgica que el canadiense le opusiera. Como sucede siempre cuando la primera cura está bien hecha, al primitivo y violento dolor de la herida, había sucedido un bienestar indefinible; por eso John, agradeciendo, a pesar suyo, el alivio que experimentaba, sintió fundirse su odio y transformarse en un sentimiento que aún no acertaba a comprender, pero que a la sazón le hacía mirar a su adversario de un modo casi amistoso.

Para hacer a John Davis la justicia debida, diremos que no era mejor ni peor que ninguno de sus colegas que, como él, traficaban en carne humana: acostumbrado al dolor de los esclavos, a quienes no consideraba sino como seres privados de razón, como una mercancía en fin, su corazón se había embotado gradualmente hasta el extremo de no sentir las emociones dulces: en un negro no veía más que el dinero que había desembolsado y el que esperaba sacar vendiéndole; y como verdadero comerciante, tenía mucho apego a su dinero: un esclavo fugitivo le parecía un miserable ladrón contra el cual se podía emplear cualquier medio para obligarle a restituirse a poder de su dueño.

Sin embargo, aquel hombre no era inaccesible a todo buen sentimiento, y aún fuera de su comercio gozaba de cierta fama de bondadoso y pasaba por un sujeto muy decente.

--Vamos, ya está hecho, dijo el canadiense dirigiendo una mirada de satisfacción a las ligaduras; dentro de tres semanas ya no se conocerá nada, si V. se cuida bien, con tanto más motivo cuanto que, por una felicidad inaudita, la bala no ha tocado al hueso, y no ha hecho más que atravesar las carnes. Ahora, amigo mío, si quiere V. que hablemos, estoy dispuesto.

--Yo nada tengo que decir sino que se me devuelva el maldito negro que ha sido causa de todo el mal.

--¡Vaya! Si continuamos así, creo que no llegaremos a entendernos. Ya sabe V. que precisamente con motivo de la devolución del maldito negro, como V. le llama, es como se ha suscitado la contienda.

--Sin embargo, no puedo perder mi dinero.

--¿Cómo su dinero?

--O mi esclavo, si V. prefiere que se diga así, representa para mí una cantidad que no deseo perder en manera alguna, con tanto más motivo cuento que hace algún tiempo que los negocios andan muy mal, y he experimentado pérdidas considerables.

--Es muy sensible, le compadezco a V. sinceramente; sin embargo, yo tendría empeño en arreglar este negocio por buenas, según lo comencé, repuso el canadiense en tono bonachón.

El americano hizo una mueca y dijo:

--Rara manera tiene V. de tratar los negocios por buenas.

--Es culpa de V., amigo mío, si no nos hemos entendido desde luego; ha estado V. un poco vivo de genio, confiéselo.

--En fin, no hablemos más de eso; lo hecho, hecho está.

--Tiene V. razón, volvamos a nuestro negocio; desgraciadamente soy pobre; a no ser así, le daría a V. algunos centenares de duros, y todo quedaría concluido.

El mercader se rascó la cabeza.

--Escuche V., dijo; no sé por qué, pero, a pesar de lo que ha pasado entre nosotros y aún quizás por eso mismo, no quisiera que nos separásemos incomodados, y tanto más cuanto que no tengo grande apego a Quoniam.

--¿Qué es eso de Quoniam?

--Es el nombre del negro.

--¡Ah! Muy bien. Raro nombre ha ido V. a ponerle. En fin, no importa. ¿Con que dice V. que no tiene grande empeño en conservarle?

--A la verdad que no.

--Entonces, ¿por qué le daba V. caza de un modo tan encarnizado, con acompañamiento de perros y rifles?

--Por amor propio.

--¡Ah! dijo el canadiense con un gesto de descontento.

--Escuche V., al fin y al cabo yo soy mercader de esclavos.

--Un oficio muy feo, sea dicho entre paréntesis, observó el cazador.

--Puede ser, no discuto acerca de eso. Hace un mes, en _Baton-Rouge_, se anunció una gran venta de esclavos de ambos sexos pertenecientes a un caballero muy rico que se había muerto de repente. Me trasladé al instante a _Baton-Rouge._ Entre los esclavos expuestos se encontraba Quoniam. Ese tuno es joven, bien formado, vigoroso; tiene un aspecto audaz e inteligente. Como es natural, me agradó en cuanto lo vi, y deseé comprarle. Me acerqué y le interrogué; el muy tuno me contestó textualmente estas palabras con un descaro que al pronto me desconcertó:

--«Mi amo, no le aconsejo a V. que me compre, porque he jurado ser libre o morir. Por más que haga V. para sujetarme, le advierto que me escaparé. Ahora vea V. lo que ha de hacer.»

--Esta declaración tan explícita y tan perentoria picó mi amor propio. «¡Allá veremos!» le dije, y fui a buscar al hombre encargado de la venta. Este individuo, que era conocido mío, procuró disuadirme de comprar a Quoniam, dándome una multitud de razones a cual más poderosas para que no me obstinase en mi propósito. Pero me hallaba muy decidido y me mantuve firme. Quoniam me fue entregado por el precio de noventa duros, baratura fabulosa para un negro de su edad y de su corpulencia. Pero nadie le quería por ningún precio. Le puse grillos y me le llevé conmigo, no a mi casa, sino a la cárcel, con el fin de estar seguro de que no se me escaparía. Al día siguiente, cuando entré en la cárcel, Quoniam había cumplido su palabra: se había marchado.

Al cabo de dos días cayó de nuevo en mi poder; pero en aquella misma noche volvió a marcharse sin que me fuese posible adivinar de que medios se valía para frustrar las precauciones que yo empleaba para detenerle. ¿Qué más diré? Hace un mes que esto dura; hace ocho días que ha vuelto a escaparse: desde entonces ando persiguiéndole. Perdiendo ya la esperanza de sujetarle, la cólera se ha apoderado de mí, y le he seguido el rastro con esos sabuesos, resuelto esta vez a acabar a toda costa con ese maldito negro que se me escapa continuamente de entre las manos como una culebra.

--Es decir, observó el canadiense, quien había escuchado con marcado interés la narración del mercader, que hallándose V. ya desesperado, no habría vacilado en darle muerte.

--A la verdad que no, porque ese pícaro descarado es un extremo astuto. Se ha burlado tanto de mí, que he concluido por cobrarle un odio encarnizado.

--Escuche V. a su vez, Señor John Davis: no soy rico ni con mucho. ¿Para qué necesito oro ni plata, yo hombre del desierto, a quien Dios depara tan generosamente el pan cuotidiano? Ese Quoniam, tan ávido de libertad y de espacio, me inspira, a pesar mío, un interés muy vivo. Quiero tratar de procurarle esa libertad a que aspira con tan marcada constancia. He aquí lo que propongo a V. Tengo en mi piragua tres pieles de jaguar y doce de castor que, vendidas en cualquiera ciudad de los Estados Unidos, valdrán por lo menos ciento cincuenta o doscientos duros. Tómelas V., y quede todo concluido.

El mercader le miró con una sorpresa mezclada con cierta benevolencia.

--Hace V. mal, dijo por fin; el trato que me propone es demasiado ventajoso para mí, y a V. le perjudica en extremo. No es así como se tratan los negocios.

--¿Qué le importa a V.? Se me ha puesto en la cabeza que ese hombre ha de ser libre.

--No conoce V. el carácter ingrato de los negros, repuso John con insistencia. Ese no agradecerá en manera alguna lo que hace V. por él; al contrario, en la primera ocasión, quizás, le dará motivo para que se arrepienta.

--Es muy posible; pero eso es cuenta suya, porque yo no le exijo gratitud. Si me la demuestra, tanto mejor para él; si no, ¡sea lo que Dios quiera! Obro según mi corazón me lo dicta, y mi recompensa está en mi propia conciencia.

--¡Vive Dios! ¿Sabe V. que es V. un excelente muchacho? exclamó el mercader sin poderse contener por más tiempo. Sería muy conveniente que se encontrasen con más frecuencia hombres del temple de V. ¡Pues bien! Quiero probarle que no soy tan malvado como tendría derecho para suponerlo después de lo que ha pasado entre nosotros. Voy a firmar el acta de venta de Quoniam; y en cambio no aceptaré más que una piel de tigre como recuerdo de nuestro encuentro, aunque ya me deja V. otra memoria, añadió señalando a su brazo y haciendo una mueca lastimera.

--¡Venga esa mano! exclamó el canadiense gozoso; solo que aceptará V. dos pieles en vez de una, porque tengo intención de pedir a V. su cuchillo de monte, una hacha y el rifle que aún le queda, para que el pobre diablo a quien restituimos la libertad (porque ahora contribuye V. ya en igual parte a mi buena acción) pueda procurarse su sustento.

--¡Corriente! exclamó el mercader en tono de buen humor. Puesto que a toda costa quiere ese tuno ser libre, que lo sea, y que se vaya al diablo.

Hizo una seña, y uno de los criados sacó de un morral tinta, plumas y papel, y redactó en el acto, no un documento de venta, sino, con arreglo al deseo del canadiense, un certificado de emancipación perfectamente en regla, certificado que el mercader firmó lo mejor que pudo, y que los criados firmaron también, después de él, como testigos.

--A la verdad, exclamó John Davis, es muy posible que, bajo el punto de vista de los negocios, acabe yo de cometer una necedad; pero, que lo crea V. o no, nunca me he sentido tan contento de mí mismo.

--Es porque hoy ha seguido V. los impulsos de su corazón, respondió el canadiense con seriedad.

El cazador abandonó entonces la plataforma para ir a buscar las pieles. Al cabo de un momento volvió con dos pieles de jaguar magníficas, perfectamente intactas, que entregó al mercader. Este, según se había convenido, le entregó las armas; pero entonces un escrúpulo se apoderó del canadiense.

--Aguarde V. un momento, dijo; si me da V. esas armas, ¿cómo hará V. para regresar a su casa?

--No tenga V. inquietud por eso, respondió John Davis. A unas tres leguas de aquí, todo lo más, he dejado mis caballos y mi gente. Además, tenemos nuestras pistolas, que nos podrán servir en caso de necesidad.

--Es verdad, observó el canadiense; de ese modo nada tiene V. que temer; sin embargo, como la herida no le permitirá a V. que recorra a pie una distancia tan larga, voy a construir unas parihuelas con el auxilio de los criados.

Y con esa destreza de que ya había dado tan repetidas pruebas, en un momento cortó el canadiense con su hacha unas ramas de árbol y construyó unas parihuelas, sobre las cuales se tendieron las dos pieles de tigre.

--Ahora, adiós, dijo. Quizás no volveremos a vernos nunca. Espero que nos separamos en mejores términos que nos encontramos. Acuérdese V. de que no hay oficio tan malo que un hombre de bien no pueda desempeñar con decencia; cuando el corazón de V. le inspire una buena acción, no se mantenga sordo, sino ejecútela sin pesadumbre, porque eso será escuchar la voz de Dios.

--Gracias, respondió el mercader con cierta emoción. Una palabra todavía antes de que nos separemos.

--Hable V.

--¡Dígame V. su nombre a fin de que, si algún día la casualidad hace que volvamos a encontrarnos, pueda yo apelar a los recuerdos de V., como V. lo haría respecto de los míos!

--Es muy justo: me llamo _Tranquilo_, cazador de los bosques, y mis compañeros me han apellidado el Cazador de tigres.

Y antes de que el mercader volviese en sí de la sorpresa que le causó la súbita revelación del nombre de un hombre cuya fama era universal en las fronteras, el cazador le hizo una seña postrera de despedida, saltó de la plataforma a la playa, desató su piragua, y se alejó remando vigorosamente en dirección a la orilla opuesta.

--¡Tranquilo, el Cazador de tigres! murmuró John Davis tan luego como se hubo quedado solo. Sin duda alguna mi genio benéfico es el que me ha inspirado la idea de granjearme un amigo en ese hombre.

Se tendió en las parihuelas, que dos criados cargaron sobre sus hombros, y después de haber dirigido una mirada postrera al canadiense, que en aquel momento desembarcaba en la otra orilla, dijo:

--En marcha.

Muy luego volvió a quedar solitaria la plataforma, pues el mercader y sus criados habían desaparecido bajo la enramada, y ya no se oía más que el ruido de los ladridos alegres de los sabuesos que corrían delante de la reducida comitiva, ruido que se debilitaba cada vez más, y que tardó muy poco en apagarse por completo.

III.

NEGRO Y BLANCO.

Entretanto el cazador canadiense, cuyo nombre por fin sabemos ya, según dijimos, había llegado al otro lado del río en que dejara al negro oculto entre los matorrales de la orilla.

Durante la prolongada ausencia de su defensor, el esclavo hubiera podido fugarse con facilidad; y esto con tanta más razón, cuanto que tenía casi la certidumbre de no ser perseguido antes de un espacio de tiempo que le habría permitido tomar una delantera considerable sobre los que con tanta obstinación se empeñaban en apoderarse de él.

Sin embargo, no había hecho tal cosa, ya fuese porque el pensamiento de su fuga no le pareciera realizable, o porque estuviese muy cansado, o, en fin, por cualquiera otra causa que ignoramos. No se había movido del sitio en que buscó un refugio en el primer momento. Había permanecido con los ojos pertinazmente fijos en la plataforma, siguiendo con una mirada ansiosa los diferentes movimientos de los individuos que en ella se encontraban.

John Davis no había ponderado en manera alguna al hacer su retrato al cazador. Quoniam era realmente uno de los tipos más magníficos de la raza africana. Tendría, a lo más, veintidós años; era alto, robusto y bien formado; tenía los hombros anchos, el pecho muy desarrollado, los miembros vigorosos; debía unir una destreza y una ligereza poco comunes con una fuerza sin igual. Sus facciones eran astutas, expresivas; su fisonomía respiraba franqueza; sus ojos grandes revelaban inteligencia; en fin, aunque su tez era del negro más lustroso, y que desgraciadamente en América, en ese _país clásico de libertad_, aquel color sea una marca infamante, indeleble, de servidumbre, aquel hombre no parecía haber nacido para la esclavitud, pues todo en él era una aspiración a la libertad y a ese libre arbitrio que Dios ha dado a sus criaturas, y que en vano ha intentado el hombre arrebatarles.

Cuando el canadiense volvió a embarcarse en su piragua y los americanos abandonaron la plataforma, una sonrisa de satisfacción vagó por el semblante del negro, porque, sin saber a punto fijo lo que había ocurrido entre el cazador y su antiguo amo, puesto que se hallaba demasiado lejos para oír lo que se decía, comprendió que, al menos provisionalmente, nada tenía ya que temer del último, y aguardó con una impaciencia febril el regreso de su generoso defensor, con el fin de saber lo que en lo sucesivo podría esperar o temer.

En cuanto el canadiense hubo llegado a la orilla, varó su piragua en la arena y se dirigió con paso firme y mesurado hacia el sitio en que suponía que había de encontrar al negro.

No tardó en verle sentado, y casi en la misma postura en que le había dejado.

El cazador no pudo contener una sonrisa de satisfacción y le dijo:

--¡Hola, amigo Quoniam! ¿Está V. aquí todavía?

--Sí, mi amo. ¿Le ha dicho a V. John Davis mi nombre?

--Ya lo ve V. Pero ¿qué hace V. ahí? ¿Por qué no se ha escapado durante mi ausencia?

--Quoniam, dijo el negro, no es un cobarde que vaya a escaparse mientras otro expone su vida por él. Aguardaba, dispuesto a entregarme, si la seguridad del cazador blanco se veía amenazada[1].

Esto fue dicho con una sencillez llena de grandeza de alma, que demostraba que tal había sido en efecto la intención del negro.

--Bien, respondió el cazador afectuosamente, le doy a V. gracias; la intención era buena; por fortuna la intervención de V. ha sido inútil. En fin, ha hecho V. bien en quedarse aquí.

--Suceda lo que quiera conmigo, mi amo, esté V. seguro de que le conservaré una gratitud eterna.

--Tanto mejor para V., Quoniam; eso me probará que no es V. ingrato, lo cual es uno de los vicios más feos que afligen a la humanidad. Pero ante todo hágame el favor de no volverme a llamar _amo_, porque me disgusta; esa palabra implica una condición de inferioridad degradante; y además yo no soy para V. un amo, no soy más que un compañero.

--¿Qué otro nombre puede dar a V. un pobre esclavo?

--¡Pardiez! El mío. Llámeme V. Tranquilo, como yo le llamo Quoniam. Me parece que Tranquilo no es un nombre muy difícil de conservar en la memoria.

--¡No por cierto! dijo el negro riendo.

--Bueno, queda convenido. Ahora pasemos a otra cosa, y ante todo tome V. esto.

El cazador sacó entonces un papel de su cinto y se lo dio al negro.

--¿Qué es esto? preguntó Quoniam fijando una mirada inquieta en el papel que su ignorancia le impedía descifrase.

--¿Eso? repuso el cazador sonriendo, es un talismán precioso que le convierte a V. en un hombre igual a todos los demás, y le borra del número de los animales entre los cuales ha estado confundido hasta hoy; en una palabra, es un documento por el cual John Davis, natural de la Carolina del Sur, mercader de esclavos, restituye desde el día de hoy a Quoniam, aquí presente, su libertad plena y completa, para que en lo sucesivo la disfrute como mejor le parezca, o si V. prefiere que se lo diga de otro modo, es el acta de la emancipación de V., escrita por su antiguo amo y firmada por testigos competentes para que en caso necesario le valga a V.

Al oír estas palabras, el negro se había tornado pálido en la manera en que les sucede a los hombres de su color, es decir, su rostro se había revestido de una tinta gris sucia, sus ojos se habían abierto de un modo desmesurado, y durante algunos segundos permaneció inmóvil, anonadado, sin poder pronunciar una palabra ni hacer un gesto.

Al fin lanzó una carcajada estridente, dio dos o tres saltos con una agilidad de fiera, y de improviso prorrumpió en llanto.

El cazador observaba con la mayor atención los movimientos del negro, sintiéndose sumamente interesado por lo que veía, y a cada momento experimentaba mayor simpatía hacia aquel hombre.

--Con que ya soy libre, completamente libre, ¿no es verdad? dijo por fin el negro.

--Completamente libre, contestó Tranquilo sonriéndose.

--¿Ahora puedo ir y venir, acostarme, trabajar y descansar sin que nadie me lo impida, sin que tenga que temer los latigazos?

--Eso es.

--¿Me pertenezco, me pertenezco exclusivamente? ¿Puedo obrar y pensar como los demás hombres? ¿Ya no soy un animal a quien se carga o se engancha a pesar de mi color? ¿Soy lo mismo que cualquier otro hombre blanco, amarillo o rojo?

--Exactamente lo mismo, respondió el cazador, a quien a la vez entretenían e interesaban aquellas preguntas cándidas.

--¡Oh! dijo el negro cogiéndole la cabeza con ambas manos; ¡Oh, con que soy libre, libre por fin!

Pronunció estas palabras con un acento singular que hizo estremecer al cazador.

De improviso cayó de rodillas, juntó las manos, alzó los ojos al cielo, y exclamó con un acento de inefable felicidad:

--¡Dios mío! ¡Tú, que todo lo puedes; tú, para quien todos los hombres son iguales, y que no miras a su color para protegerlos y defenderlos; tú, cuya bondad es sin límites, lo mismo que tu poder; gracias, gracias, Dios mío, por haberme sacado de la esclavitud y restituido la libertad!

Después de haber pronunciado esta oración, que era la expresión de los sentimientos que se agitaban en el fondo de su corazón, el negro se dejó caer al suelo, y durante algunos minutos quedó sumido en serias reflexiones. El cazador respetó su silencio.

Por último, al cabo de algunos instantes el negro levantó la cabeza y dijo:

--Escuche V., cazador; he dado gracias a Dios, como debía, por mi emancipación. Ahora que me siento un poco tranquilo y comienzo a acostumbrarme a mi nueva condición, tenga V. la bondad de referirme lo que ha pasado entre usted y mi amo, a fin de que yo sepa de un modo exacto lo que debo agradecer a V., y arregle según esa gratitud mi conducta venidera. Hable V. que ya le escucho.

--¿Para qué he de hacer esa narración que tan poco le interesa a V.? Es V. libre, y eso debe bastarle.

--No, no me basta. Soy libre, es cierto; pero ¿cómo he llegado a serlo?

--Esa narración, lo repito, no puede interesarle a V. mucho. Sin embargo, como puede hacer que forme V. mejor opinión respecto del hombre a quien antes pertenecía, no persistiré en callar. Escuche V. pues.

Después de este exordio, Tranquilo refirió prolijamente los sucesos que habían ocurrido entre el mercader de esclavos y él, y cuando por fin hubo terminado, añadió:

--Vamos, ¿está V. satisfecho ahora?

--Sí, respondió el negro que le había escuchado con la atención más sostenida; sé que, después de Dios, a V. es a quien debo todo, y no lo olvidaré; sean las que quieran las circunstancias en que nos encontremos el uno respecto del otro, nunca tendrá V. que reclamar el pago de mi deuda.

--Nada me debe V., que ahora es ya libre; lo que le corresponde es emplear esa libertad como debe hacerlo un hombre de corazón recto y honrado.

--Procuraré no ser indigno de lo que Dios y V. han hecho por mí; también agradezco sinceramente a John Davis el buen sentimiento que le ha impulsado a prestar oído a las observaciones de V.: quizás me será dado algún día mostrarle mi gratitud; y si tal ocasión se presentase, no la desperdiciaré.

--¡Bien! Me gusta oírle a V. hablar así; eso me prueba que no me he equivocado en el concepto que acerca de V. he formado. Y ahora, ¿qué se propone V. hacer?

--¿Qué consejo me da V.?

--La pregunta es importante, y no sé a punto fijo cómo contestar: la elección de una profesión cualquiera es siempre cosa muy difícil; antes de adoptar una resolución de ese género, es necesario reflexionarlo con madurez: a pesar de mi deseo de serle a V. útil, no quisiera darle un consejo que, sin duda por consideración hacia mí, se apresuraría a seguir, y más tarde podría causarle pesadumbre. Además, soy un hombre cuya vida, desde la edad de siete años, ha trascurrido constantemente en los bosques; y por lo tanto, tengo muy poca experiencia para aventurarme a lanzarle a V. por una senda que yo mismo no conozco, y cuyas ventajas e inconvenientes ignoro.

--Ese raciocinio me parece muy exacto; sin embargo, no puedo permanecer así: tengo que adoptar un partido, sea el que quiera.

--Haga V. una cosa.

--¿Cuál es?

--Tome V. una escopeta, un cuchillo de monte, pólvora y balas; el desierto está abierto delante de V. Márchese, ensaye durante algunos días la Vida libre de las grandes soledades. Durante sus largas horas de caza reflexionará con entero descanso acerca de la profesión a que le conviene dedicarse; pesará V. en su mente las ventajas que de ella espere obtener, y luego, cuando haya adoptado una determinación irrevocable, vuelve V. la espalda al desierto, se encamina de nuevo a los sitios habitados, y como es V. un hombre activo, inteligente y honrado, estoy seguro de que alcanzará buen éxito, sea la que quiera la profesión a que se dedique.

El negro movió la cabeza varias veces, y dijo:

--Sí, en lo que V. me propone hay bueno y hay malo; no es eso completamente lo que yo quisiera.

--Explíquese V. claramente, Quoniam; adivino que quiere V. decirme algo y no se atreve.

--Es verdad: no he sido franco con V., Tranquilo, y he hecho mal; ahora lo conozco. En vez de pedirle hipócritamente un consejo que de ningún modo tenía intención de seguir, debí decir a V. lealmente mi modo de pensar, y eso siempre hubiera sido mejor.

--Veamos, dijo el cazador riendo, hable V.