Los Merodeadores de Fronteras

Part 18

Chapter 184,059 wordsPublic domain

Debemos confesar que, en contraposición de esto, los pieles rojas no desean en manera alguna nuestra civilización, de la cual se cuidan muy poco, y que aquellos a quienes, la casualidad o algún motivo comercial conducen a las ciudades populosas como Nueva York o Nueva Orleans, lejos de mostrarse maravillados por lo que ven, dirigen en torno suyo miradas de compasión, sin comprender que haya hombres que consientan gustosos en encerrarse en una especie de jaulas ahumadas que denominan casas, y en gastar su vida en trabajos ingratos, en vez de irse a vivir al aire libre en soledades extensas, cazando los bisontes, los osos y los jaguares bajo la mirada de Dios.

¿Se equivocan por completo los salvajes al pensar así?

¿Es falso su raciocinio?

No lo creemos.

La vida del desierto, para el hombre cuyo corazón está todavía bastante abierto para comprender sus conmovedoras peripecias, tiene encantos embriagadores que solo allí se sienten, y que la existencia matemáticamente sujeta de las ciudades no puede hacer olvidar en manera alguna si se llega a disfrutarlos una sola vez.

Con arreglo a los principios de la etiqueta india, muy estricta en materias de urbanidad, ninguna pregunta debe dirigirse a los forasteros que se sientan en el hogar del campamento mientras no entablan ellos mismos la conversación.

Bajo la choza del indio, un huésped es considerado como si le enviase el Gran Espíritu; es sagrado para aquél a quien visita durante todo el tiempo que guste permanecer junto a él, aún cuando fuese su enemigo mortal.

El Jaguar, muy enterado de las costumbres de los pieles rojas, permaneció sentado silenciosamente junto a sus huéspedes, fumando, reflexionando y aguardando con paciencia a que tuviesen a bien hacer uso de la palabra.

Por fin, después de un espacio de tiempo bastante largo, Tranquilo sacudió sobre la uña del dedo pulgar de su mano derecha la ceniza de su pipa, y volviéndose hacia el joven, le dijo:

--No me aguardaba V., ¿verdad?

--En efecto, respondió el Jaguar. Sin embargo, crea que su visita, no por ser inesperada, me es menos agradable.

El cazador arqueó los labios de una manera singular, y contestando más bien a su pensamiento que a las palabras del Jaguar, murmuró:

--¿Quién sabe? Quizás sí y quizás no. El corazón del hombre es un libro indescifrable, en el cual solo los locos son los que creen que pueden leer.

--No sucede así con el mío, cazador: le conoce V. lo bastante para saberlo.

El canadiense movió la cabeza y repuso:

--Es V. joven todavía; ese corazón de que me habla, hasta para V. mismo es desconocido: en el corto periodo de existencia que hasta hoy cuenta, el viento de las pasiones no ha soplado todavía sobre V., y no le ha doblegado bajo su presión potente. Para responder con esa seguridad, aguarde V. a haber amado y sufrido; entonces, si ha sostenido V. valerosamente el choque, si ha resistido al huracán de la juventud, le será lícito llevar erguida la frente.

Estas palabras fueron pronunciadas con acento severo; pero, sin embargo, no revelaban la más leve amargura.

--Se muestra V. duro hoy para conmigo, Tranquilo, respondió el joven con tristeza. ¿En qué puedo haber desmerecido a los ojos de V.? ¿Qué acto reprensible he cometido?

--Ninguno, al menos me complazco en creerlo así; pero temo que muy pronto...

Se detuvo y movió dolorosamente la cabeza.

--¡Acabe V.! exclamó el Jaguar con vehemencia.

--¿Para qué? repuso Tranquilo. ¿Quién soy yo para imponer a V. una moral que sin duda despreciaría, y unos consejos que serían mal recibidos? Más vale guardar silencio.

--¡Tranquilo! respondió el joven con una emoción que no alcanzó a dominar, hace mucho tiempo que nos conocemos, y sabe V. la estimación y el respeto que le profeso; ¡hable V.! Sea lo que quiera lo que tenga V. que decir, por rudas que sean las reconvenciones que me dirija, ¡le juro a V. que le escucharé!

--¡Bah! Olvide V. lo que he dicho; he hecho mal en quererme mezclar en sus asuntos. En la pradera cada cual debe pensar tan solo en sí, y por lo tanto no hablemos más de ello.

El Jaguar le dirigió una mirada profunda, y respondió:

--¡Corriente! No hablemos más de ello.

Se levantó y dio algunos paseos con suma agitación; luego, volviendo bruscamente junto al cazador, le dijo:

--Dispénseme V. si no he pensado todavía en ofrecerle algún refresco; pero he aquí la hora del desayuno, y espero que V. y su compañero me harán el favor de compartir mi frugal almuerzo.

Y el Jaguar, mientras hablaba así, fijaba en el canadiense una mirada de singular expresión. Tranquilo vaciló un momento y al fin dijo:

--Esta mañana, al salir el sol, almorzamos mi compañero y yo algunos minutos antes de entrar en el campamento de V.

--¡Estaba seguro de ello! exclamó el joven con vehemencia. ¡Oh! ¡Oh! Ahora se han disipado ya mis dudas, cazador: ¡rehúsa V. aceptar el agua y la sal en mi hogar!

--¡Yo! Se equivoca V...

--¡Oh! repuso el Jaguar interrumpiéndole con violencia, nada de negativas, Tranquilo; no busque V. pretextos indignos de V. y de mí; ¡Cuerpo de Cristo! Es V. un hombre demasiado leal y sincero para no ser franco. Lo mismo que yo conoce V. la ley de las praderas: no se rompe el ayuno con un enemigo. Ahora, si le queda a V. en el fondo del alma un solo y mínimo resto de esos sentimientos de benevolencia que tuvo V. hacia mí en otra época, explíquese claramente sin ambages ni rodeos, ¡lo exijo!

El canadiense pareció que reflexionaba durante algunos instantes, y luego exclamó de improviso con resolución:

--A la verdad, tiene V. razón, Jaguar; más vale explicarnos como francos cazadores, que andar en raterías el uno con el otro como los pieles rojas, y luego ningún hombre es infalible: puedo engañarme lo mismo que cualquier otro, y bien sabe Dios que quisiera sucediese así.

--Le escucho a V., y le juro por mi honor que si las reconvenciones que V. me dirige son fundadas, lo confesaré.

--Bueno, dijo el cazador con tono más amistoso del que hasta entonces había empleado, habla V. como un hombre; pero acaso preferiría V. que nuestra conversación fuese reservada, añadió señalando a Corazón Leal, quien por discreción hacía el ademán de retirarse.

--Al contrario, respondió el Jaguar con viveza, ese cazador es amigo de V., espero que muy pronto lo será mío, y nada quiero tener oculto para él.

--Por mi parte, dijo Corazón Leal inclinándose, deseo ardientemente que la ligera nube que se ha interpuesto entre V. y Tranquilo se disipe cual el leve vapor que impulsa a lo lejos la brisa de la mañana, a fin de que así nos conozcamos mejor, y puesto que V. lo quiere, asistiré a la conferencia.

--Gracias, caballero. Ahora hable V., Tranquilo; estoy dispuesto a escuchar los cargos que, según dice, tiene que formular contra mí.

--Desgraciadamente, dijo Tranquilo, la vida singular que V. lleva desde su llegada a estas regiones se presta en sumo grado a las suposiciones más desfavorables; ha alistado V. bajo sus órdenes a una turba de gentes de mal vivir, merodeadores de fronteras, desterrados de la sociedad y que viven completamente fuera de la ley común de los pueblos civilizados.

--¿Pues qué, nosotros, hombres de los desiertos, habitantes de los bosques y cazadores de las fronteras, estamos obligados a sujetarnos a todas las mezquinas exigencias de las ciudades?

--Sí, hasta cierto punto; es decir, no nos es lícito ponernos en estado de abierta rebelión contra las instituciones de hombres que, a pesar de habernos separado de ellos, no por eso han dejado de ser hermanos nuestros, y a quienes continuamos perteneciendo por nuestro color, nuestra religión, nuestro nacimiento y los vínculos de familia que nos unen con ellos y que no hemos podido romper.

--Corriente, admito en cierta manera la exactitud del raciocinio de V.; pero suponiendo que los hombres que tengo bajo mi mando sean realmente bandidos, merodeadores de fronteras, como V. los llama, ¿sabe V. cuál es el móvil que les impulsa a obrar? ¿Puede V. formular contra ellos alguna acusación?

--Paciencia, que aún no he concluido.

--Pues entonces continúe V.

--Luego, además de esa partida de bandidos de la cual es V. el jefe ostensible, ha formado usted alianza con los pieles rojas, con los Apaches entre otros, que son los ladrones más descarados de la pradera; ¿es verdad, sí o no?

--Sí y no, amigo mío, pues la alianza que V. me echa en cara nunca ha existido hasta ahora; pero en esta misma mañana ha debido ser estipulada entre dos amigos míos y el Zorro-Azul, que es uno de los jefes apaches más afamados.

--¡Ah! He ahí una coincidencia desgraciada.

--¿Por qué?

--¿Sabe V. lo que han hecho en la pasada noche sus nuevos aliados?

--¿Cómo he de saberlo, si ignoro donde están, y ni siquiera he recibido todavía la noticia oficial del tratado ajustado con ellos?

--Pues bien, voy a decírselo a V.: han atacado la venta del Potrero y han robado cuanto en ella había.

Las oscuras pupilas del Jaguar lanzaron un relámpago de furor; se levantó de un salto, y cogiendo con mano convulsa su rifle, exclamó con voz estridente:

--¡Vive Dios! ¿De veras han hecho eso?

--Lo han hecho, y aún se supone que ha sido por instigación de V.

--El Jaguar se encogió de hombros con desdén, y dijo:

--¿Con qué objeto? Pero, y doña Carmela, ¿qué ha sido de ella?

--¡Se ha salvado, a Dios gracias!

El joven lanzó un suspiro de desahogo.

--¿Y ha creído V. tal infamia por parte mía? dijo en seguida en tono de reconvención.

--Ya no lo creo, respondió el cazador.

--¡Gracias! ¡Gracias! Pero, ¡vive Dios! juro a usted que esos demonios han de pagar muy caro el crimen que han cometido. Ahora continúe V.

--Desgraciadamente, si ha conseguido V. sincerarse de mi primer cargo, dudo que le sea posible hacer otro tanto respecto del segundo.

--No importa, dígalo V.

--Está en camino para Méjico una conducta de plata mandada por el capitán Melendez.

El joven se estremeció levemente y dijo con breve acento.

--Lo sé.

El cazador fijó en él una mirada interrogadora, y repuso con cierta vacilación:

--Se dice...

--Se dice, replicó el Jaguar interrumpiéndole con energía, que yo sigo el rastro de esa conducta de plata, y que cuando llegue el momento propicio, la atacaré al frente de mis bandidos, y me apoderaré del dinero, ¿no es cierto?

--Sí.

--Tienen razón, respondió fríamente el joven; esa es, en efecto, mi intención. ¿Qué más?

Al oír tan cínica respuesta, Tranquilo se estremeció de sorpresa y de indignación.

--¡Oh! exclamó con dolor, ¿con que es cierto lo que de V. se cuenta? ¿Es V. realmente un bandido?

El joven se sonrió con amargura, y dijo con voz sorda:

--¡Puede ser! Tranquilo, tiene V. doble edad que yo; su experiencia es grande: ¿por qué juzgar temerariamente fiado en apariencias?

--¡Cómo fiado en apariencias! ¿No lo ha confesado V. mismo?

--Sí, lo he confesado.

--¿Con que medita V. un robo?

--¡Un robo! exclamó el Jaguar ruborizándose lleno de indignación.

Pero serenándose en seguida, añadió:

--¡Es verdad! ¡Debe V. suponerlo así!

--¿Qué otro nombre puede darse a una acción tan infame? exclamó el cazador con violencia.

El Jaguar levantó la cabeza con viveza, como si hubiese tenido intención de responder; pero sus labios permanecieron mudos.

Tranquilo le miró un instante con cierta mezcla de compasión y de cariño; y luego, volviéndose hacia Corazón Leal, dijo:

--Venga V., amigo mío, que ya hemos permanecido demasiado tiempo aquí.

--¡Deténgase V.! exclamó el joven; no me condene V. así; ¡repito que V. ignora los motivos que me impulsan a obrar!

--Esos motivos, sean los que quieran, no pueden ser honrosos; no veo en ellos más que el asesinato y el robo.

--¡Oh! dijo el joven ocultando con dolor su rostro entre ambas manos.

--Vámonos, repuso Tranquilo.

Corazón Leal había examinado atenta y fríamente aquella escena singular.

--Aguarde V. un momento, dijo, y adelantándose algunos pasos, puso una mano sobre el hombro del Jaguar.

Éste levantó la cabeza, y le preguntó:

--¿Qué me quiere V.?

--Escuche V., caballero, respondió Corazón Leal con voz profunda; no sé por qué, pero un presentimiento secreto me dice que la conducta de V. no es infame, aunque todo induce a suponerlo, y que llegará un día en que le sea a V. lícito explicarla y disculparse a los ojos de todos.

--¡Oh! ¡Si me fuese posible hablar!

--¿Durante cuánto tiempo cree V. que se verá obligado todavía a guardar silencio?

--¿Qué sé yo? Eso depende de circunstancias independientes de mi voluntad.

--Según eso, ¿no puede V. fijar una época?

--Me es imposible: he hecho un juramento y debo cumplirle.

--Bien: prométame V. tan solo una cosa.

--¿Cuál es?

--El no atentar a la vida del capitán Melendez.

El Jaguar vaciló.

--¿Qué dice V.? repuso Corazón Leal.

--Que haré todo lo posible por librar su vida.

--¡Gracias! exclamó Corazón Leal.

En seguida, volviéndose hacia Tranquilo que permanecía inmóvil junto a él, le dijo:

--Vuelva V. a ocupar su asiento, hermano, y almuerce con el Jaguar sin escrúpulo alguno, pues yo respondo de él con mi cabeza. Si dentro de dos meses contados desde hoy, no le da a V. una explicación satisfactoria acerca de su conducta actual, yo, que no me hallo ligado por juramento alguno, revelaré a V. ese misterio que le parece inexplicable y que en efecto lo es.

El Jaguar se estremeció, lanzando a Corazón Leal una mirada penetrante, pero que se estrelló en el rostro plácidamente indiferente del cazador.

El canadiense vaciló algunos instantes; pero al fin volvió a ocupar su asiento delante del fuego murmurando:

--Corriente, ¡dentro de dos meses!

Y añadió mentalmente:

--Pero hasta entonces yo le vigilaré.

XXVI.

EL PARTE.

El capitán Melendez tenía prisa de atravesar el peligroso desfiladero junto al cual había hecho establecer el campamento. Sabía cuán grande era la responsabilidad con que había cargado al aceptar el mando de la escolta, y no quería que, si llegaba a suceder una desgracia, tuviesen que reconvenirle por incuria o descuido.

La suma que trasportaba la recua de mulas era importante. El gobierno de Méjico, que siempre estaba apurado para procurarse dinero, la aguardaba con impaciencia. No se le ocultaba al capitán que harían pesar desapiadadamente sobre él la responsabilidad de un ataque, y que sufriría todas sus consecuencias, fuera él que quisiera el resultado de un combate con los merodeadores de fronteras.

Por eso su inquietud y su ansiedad crecían por momentos; la infamia evidente de fray Antonio aumentaba más aún sus recelos, haciéndole sospechar una traición probable. Sin que le fuese posible adivinar por qué lado vendría el peligro, puede decirse que le sentía acercarse paso a paso, estrecharle por todas partes, y a cada momento aguardaba una explosión terrible.

Esta intuición secreta, este presentimiento providencial que desde el fondo de su corazón le gritaba que anduviese con cuidado, le ponía en un estado de sobreexcitación indescriptible, y le colocaba en una situación intolerable, de la cual quería salir a toda costa, prefiriendo ver por fin el peligro y combatirle frente a frente, a permanecer por más tiempo recelando en el vacío.

Por eso aumentó su vigilancia, examinando por sí mismo los alrededores del campamento, presenciando la operación de cargar las mulas que, atadas unas detrás de otras en forma de reata, en caso de una alarma debían ser colocadas en medio de los soldados más fieles y resueltos de la escolta.

Mucho antes de la salida del sol, el capitán, cuyo sueño no había sido más que una continuación de insomnios crueles, abandonó el duro lecho de pieles y mantas, sobre el cual había buscado en vano algunas horas de un reposo que hacía imposible el estado nervioso en que se encontraba, y comenzó a pasearse con agitación por el angosto espacio que había libre en el centro del campamento, envidiando a pesar suyo el sueño descuidado y tranquilo de los soldados tendidos por el suelo y envueltos en sus capotes.

Entre tanto iba amaneciendo gradualmente. El búho, cuyo canto matutino anuncia la salida del sol, había lanzado ya al viento sus notas melancólicas. El capitán dio con el pie al arriero principal que estaba tendido junto al fuego, y le despertó.

El buen hombre se restregó los ojos varias veces, y cuando ya se hubieron disipado las últimas nubes del sueño y comenzó a restablecerse el orden en sus ideas, exclamó ahogando un bostezo postrero:

--¡Diantre! Capitán, ¿qué mosca le ha picado a V. para despertarme sobresaltado tan temprano? Mire V., apenas blanquea el cielo en el horizonte; déjeme dormir una horita más. ¡Es una cosa tan buena el sueño!

El capitán no pudo menos de sonreírse al oírle; sin embargo, no juzgó que debía acceder a la reclamación del arriero, pues las circunstancias eran harto graves para desperdiciar el tiempo.

--¡Arriba! ¡Arriba! ¡Cuerpo de Cristo! exclamó; recuerde V. que no estamos todavía en el Río Seco, y que si queremos atravesar ese paso peligroso antes de la puesta del sol, tenemos que apresurarnos.

--Es verdad, respondió el arriero, quien en un momento estuvo de pie, ágil y despabilado como si hubiese despertado una hora antes. Perdóneme, capitán, ¡vive Dios! Tengo tanto interés como V. en no tropezar con un mal encuentro. Con arreglo a la ley, mi fortuna responde del cargamento que llevo, y si ocurriese una desgracia, me vería reducido a la miseria con mi familia.

--Es muy cierto, no recordaba yo esa cláusula de su contrato.

--No es extraño, porque a V. no le interesa; en cuanto a mí, no me sale de la cabeza, y le juro a V., Capitán, que desde que he emprendido este malhadado viaje, me he arrepentido ya muchas veces de haber aceptado las condiciones que me fueron impuestas: no sé por qué se me figura que no hemos de llegar sanos y salvos al otro lado de esas malditas montañas.

--¡Bah! Esos son locuras, Señor Bautista. Se halla V. en excelentes condiciones, bien escoltado; ¿qué puede V. temer?

--Nada, ya lo sé, y sin embargo estoy convencido de que no me equivoco y de que este viaje ha de serme fatal.

Los mismos presentimientos agitaban al oficial; sin embargo, delante del arriero no debía dejar traslucir lo más mínimo de su inquietud interior; por el contrario, necesitaba fortalecerle y restituirle el valor que parecía próximo a abandonarle.

--¡Por mi alma que está V. loco! exclamó. ¡Vayan al diablo las ideas descabelladas que se le han metido en la cabeza!

El arriero se revistió de una expresión grave y respondió:

--Es V. muy dueño de reírse de esas ideas, Señor D. Juan; es V. muy instruido y naturalmente en nada cree. Pero yo no soy más que un pobre indio ignorante, y tengo fe en todo lo que mis padres creyeron antes que yo. Mire V., Capitán, nosotros los indios, ya seamos civilizados o salvajes, tenemos la cabeza dura, y todas las ideas nuevas de VV. no pueden atravesar nuestro duro cráneo.

--Veamos, explíquese V., repuso el capitán, quien quería concluir de una vez, aunque sin lastimar las preocupaciones del arriero; ¿qué razón le induce a V. a suponer que su viaje será desgraciado? No es V. hombre capaz de asustarse de su sombra; hace mucho tiempo que conozco a V. y sé que tiene probado valor.

--Doy a V. gracias, Capitán, por la buena opinión que de mí tiene. Sí, soy valiente y creo haberlo probado en varias ocasiones; pero ha sido siempre ante los peligros que mi inteligencia comprendía, y no ante unos peligros que se salen de las leyes naturales que nos rigen.

El capitán estaba mordiéndose los bigotes con impaciencia al ver la molesta prolijidad del arriero; pero, como ya se lo había dicho, conocía al buen hombre y sabía por experiencia que el procurar hacerle abreviar un relato era perder lastimosamente el tiempo, y que era preciso dejarle hablar a su manera.

Hay ciertos caracteres para los cuales, como sucede con la espuela respecto de un caballo vicioso, el tratar de hacerlos adelantar equivale, por el contrario, a llevarlos hacia atrás.

El joven dominó, pues, su impaciencia, y respondió fríamente:

--¿Tuvo V., sin duda, algún mal presagio en el momento de su salida?

--En efecto, capitán, así fue; y de seguro que ante lo que vi, me hubiera guardado muy bien de ponerme en camino si hubiese sido hombre fácil de asustar.

--¿Y cuál fue ese presagio?

--No se ría V., capitán: hasta la Sagrada Escritura dice que Dios, en muchas ocasiones, se complace en dar a los hombres ciertos avisos saludables a los que por desgracia no tienen suficiente juicio para dar crédito.

Y al concluir estas palabras, lanzó un suspiro.

--Es verdad, murmuró el capitán a manera de asentimiento.

--Sepa V., pues, continuó diciendo el arriero, halagado al recibir aquella aprobación por parte de un hombre como el oficial, que mis mulas estaban aparejadas, aguardándome en el corral, custodiadas por los peones, y me disponía para marchar. Sin embargo, como no quería separarme de mi mujer, quizás para mucho tiempo, sin decirle adiós otra vez, me dirigía hacia mi casa para darle otro abrazo, cuando al llegar al umbral de la puerta levanté maquinalmente los ojos y vi posados en la azotea dos búhos que clavaban en mí una mirada de infernal fijeza. Al ver aquella aparición inesperada, me estremecí sin querer y miré a otro lado. En aquel momento cruzaba por el camino un hombre moribundo, llevado por dos soldados en una camilla y escoltado por un fraile que le hacia recitar los salmos de la penitencia y le disponía con dulzura para que muriese como buen cristiano; pero el herido, sin responder una palabra, miraba al fraile sonriéndose sardónicamente: de pronto aquel hombre se incorporó en la camilla, sus ojos se animaron, se volvió hacia mí, me dirigió una mirada llena de sarcasmo y volvió a caer murmurando estas dos palabras que sin duda se dirigían a mí: «¡Hasta luego!»

--¡Ah! dijo el capitán.

--Esa especie de cita que me daba aquel individuo nada tenía de agradable, ¿verdad? repuso el arriero. Aquellas palabras me afectaron mucho y me precipité hacia él con la intención de dirigirle las reconvenciones que me parecían oportunas: ¡había muerto!

--¿Y supo V. quién era aquel hombre?

--Sí, era un salteador que, en un encuentro con los cívicos, quedó mortalmente herido por estos, y le trasladaban al atrio de la catedral para que acabase de expirar allí.

--¿Y es eso todo? preguntó el capitán.

--Sí Señor.

--Pues bien, amigo mío, he hecho bien en insistir para averiguar los motivos de la inquietud de V.

--¡Ah!

--Sí, porque el presagio que entonces le favoreció, le ha interpretado V. de muy distinto modo del que debe hacerlo.

--¿Cómo así?

--Me explicaré: ese presagio significa, por el contrario, que con prudencia y con una vigilancia incansable frustrará V. las traiciones y derribará a sus pies a los bandidos que se atrevan a atacarle.

--¡Oh! exclamó el arriero con alegría, ¿está usted seguro de lo que me dice?

--Tan seguro como de mi salvación en el otro mundo, respondió el capitán santiguándose devotamente.

El arriero tenía una fe profunda en las palabras del capitán, a quien profesaba suma estimación por su probada superioridad; así pues, ni siquiera pensó en poner en duda la seguridad que le daba acerca del error que había cometido en la interpretación del presagio que tanta inquietud le causara. Recobró instantáneamente su buen humor, y pegando un estallido con los dedos, dijo:

--¡Cáspita! Puesto que es así, a nada me expongo. ¿Entonces será inútil que yo dé a Nuestra Señora de la Soledad el cirio que le había prometido?

--Completamente inútil, contestó el capitán.

El arriero enteramente tranquilizado ya, se apresuró a dedicarse a sus faenas habituales. Así el capitán, fingiendo admitir las ideas de aquel indio ignorante, había sabido arrastrarle suavemente a abandonarlas.

Entre tanto todo estaba ya en movimiento en el campamento; los arrieros aparejaban y cargaban las mulas, mientras que los dragones se ocupaban con actividad en ensillar sus caballos y prepararlos todos para la marcha.

El capitán vigilaba los movimientos de todos con una impaciencia febril, metiendo prisa a unos, riñendo a otros y cerciorándose de que sus órdenes se ejecutaban con puntualidad.