Part 27
--Notad bien los tres lo que os digo --esclamó Cárlos cerrando los puños é irritándose mas y mas á medida que hablaba --Yo no le temo! . . Si vienen á buscarle aquí; yo mismo le entregaré! . . Os juro que lo haré como lo digo! Puede matarme si quiere ó si se atreve; pero os declaro que lo entregaré á la policía si estoy aquí cuando vengan para prenderle . . . Aunque tenga que ser quemado vivo lo entregaré! . . Asesino! . . Socorro . . . favor! . . Al asesino! . .
Esto diciendo se abalanzó sobre Sikes que aturdido por sus gritos, y sorprendido de encontrar tanta energía y valor en un niño, se dejó derribar por él antes de tener tiempo de prepararse para la defensa.
La lucha con todo era demasiado desigual para poder prolongarse por mas tiempo. Ya Sikes recobrada la ventaja, oprimia con la rodilla el pecho del niño, cuando Crachit levantándose precipitadamente de su sitio, se precipitó sobre él y tirándole por el brazo le señaló con el dedo la ventana.
Habia una multitud de gente á la puerta de la calle; se hablaba en voz alta; el ruido de los pasos y el de las voces llegaron hasta ellos y los llenaron de espanto. Se daban á la puerta recios y redoblados golpes como para tenderla.
--Socorro! . . Al asesino! . . --gritaba Cárlos.
--En nombre de la ley abrid! . . --clamaban á sus vez las personas de afuera.
--Hundid la puerta! . . --repetia Cárlos. --No os abrirán --Venid en derechura al aposento en que veis luz . . . aquí está el asesino.
--Las puertas y los cerrojos empezaban á ceder á los esfuerzos de los acometidores, y los gritos de alegría de la multitud dieron á Sikes una idea justa del peligro que corria.
--No teneis un sitio dónde pueda encerrar á este infernal vocinglero? . . preguntó, buscando por el aposento.
Habiendo encontrado la puerta de un pequeño gabinete, la abrió y encerró dentro al niño.
--Ahora --dijo --la puerta de abajo está bien cerrada?
--Con llave y cerrojos --contestó Tobias.
--Los tableros son sólidos? . .
--Forrados de hierro.
--Y los postigos? . .
--Los postigos tambien.
--Que mil truenos te confunda! . . esclamó el asesino abriendo la ventana y desafiando á la muchedumbre.
--A tal desafio el populacho desenfrenado prorumpió en chiflas; los unos gritaban á los que estaban mas cerca que pusieran fuego á la casa, los otros instaban á los agentes de policía para que tiráran sobre él; pero entre los mas encarnizados estaba un caballero á caballo, que habiendo logrado abrirse paso entre la multitud, gritaba bajo las ventanas de la casa «_Veinte guineas al que traiga una escala_.»
--Van á invadir el edificio! . . --esclamó el asesino mirando por la ventana --Dadme una cuerda! una cuerda larga con cuya ayuda pueda deslizarme en el foso y luego poner piés en polvorosa.
--Tobias le señaló con el dedo donde se encontraban esos objetos, y el asesino habiendo escogido entre muchas cuerdas la mas larga y la mas récia, subió precipitadamente al desvan.
Todas las ventanas que caian al detrás de la casa, y tenian de consiguiente vista al foso habian sido aparedadas desde largo tiempo, escepto sin embargo una pequeña abertura, situada en el cuartito en que estaba encerrado Cárlos y la que era tan estrecha que no podia pasar por ella la cabeza. Desde esta abertura no cesaba de gritar á la gente de fuera que se dirijiera á este punto; de modo que cuando el asesino se presentó al borde del techo para mirar á sus piés, una muchedumbre de voces dieron aviso á los que estaban á la parte de delante de la casa y estos se dirijieron en masa, hacia el foso.
Despues de haber atrancado la puerta del desvan con un trozo de madera que habia tomado al efecto, salió por la lumbrera, y trepó sobré el tejado.
Miró aun otra vez bajo de él; el foso estaba seco.
--Cincuenta libras esterlinas al que lo coja vivo! . . --esclamó un caballero anciano cerca de allí. --Cincuenta libras al que lo coja vivo! . . Permaneceré aquí hasta que venga á buscarlas.
Reuniendo todas sus fuerzas y toda su energía á la vista del peligro, y estimulado por el ruido, que se hacia en el interior de la casa cuya puerta al fin habia sido derribada, pasó un cabo de su cuerda al rededor del cañon de una chimenea, y lo ató sólidamente en él; luego con la ayuda de sus manos, hizo en un santiamen, un nudo corredizo con el otro cabo. De este modo podia por medio de la cuerda, dejarse caer hasta algunos palmos del suelo y cortar en seguida la cuerda con el cuchillo que tenia abierto en su mano.
En el instante que tenia el nudo corredizo sobre su cabeza para pasarlo bajo su brazo, y cuando el viejo caballero en cuestion --el mismo que habia prometido cincuenta libras esterlinas al que prendiera el asesino, advertia á los que tenia al lado de los designios de éste --Sikes miró tras sí y cubriéndose el rostro con sus dos manos lanzó un grito de terror!
--Ah! . . Todavia esos ojos infernales! --clamó! . .
Vacilando como si hubiese sido herido de un rayo, perdió el equilibrio y cayó de espaldas de la altura de treinta y cinco piés con el nudo corredizo pasado alrededor de su cuello. La cuerda se habia puesto tirante como la de una ballesta, y su efecto fué tan instantáneo, como la flecha que ella dispara. Tuvo lugar una horrible sacudida, luego un movimiento convulsivo del cuerpo, y el asesino quedó colgado, teniendo fuertemente oprimido en su mano el cuchillo abierto.
La antigua chimenea fué conmovida, pero con todo resistió; el cadáver del bandido, estaba arrimado á la pared.
Un perro, que no se habia visto hasta entonces se puso á correr á derecha é izquierda por el borde del tejado y dando un ahullido espantoso, saltó de repente sobre las espaldas del colgado. Habiendo faltado el golpe, cayó en el foso, de cabeza contra una piedra y se rompió el cráneo.
CAPÍTULO XLVIII.
ACLARACION DE MAS DE UN MISTERIO --PROPUESTA DE MATRIMONIO SIN DOTE Y SIN ARRAS.
DOS dias despues de haber tenido lugar los acontecimientos que hemos leido en el capítulo anterior, y cerca las tres de la tarde, Oliverio se encontró dentro una silla de posta en compañía de la Señora Maylie, de Rosa, de la señora Bedwin y del buen doctor, en direccion á su ciudad natal; dentro otra silla y un poco atrás venian Mr. Brownlow, y un individuo cuyo nombre ignoraban.
A medida que se acercaban á la ciudad le fué imposible á Oliverio dominar su emocion.
Bajaron á la puerta de una de las posadas mas hermosas, y fueron recibidos por Mr. Grimwig que
los estaba esperando, y los abrazó á todos al bajar del carruaje.
En fin cuando dieron las nueve de la noche, Mr. Losberne y Mr. Grimwig entraron seguidos de Mr. Brownlow y de un forastero, á la vista del cual Oliverio lanzó una esclamacion de sorpresa, porque se le dijo que era su hermano, y le reconoció por el mismo sugeto, que habia encontrado al salir de la aldea donde habia ido á llevar una carta de la Señora Maylie y que viera tambien con Fagin á la ventana de su pequeño gabinete de estudio.
--Acabamos ya! --dijo el forastero volviéndose agitado.
--Este niño es vuestro hermano --dijo Mr. Brownlow atrayendo á si Oliverio. --Es el hijo natural de mi mejor amigo Ricardo Leefort vuestro padre, y de la jóven y desdichada Inés Fleming.
--Sí; --replicó Monks --es el fruto ilegítimo de su comercio criminal; es en fin su bastardo. Habiendo mí padre caido enfermo de gravedad en Roma, donde fuera para asuntos, como sabeis, mi madre que desde largo tiempo estaba separada de él y que residia en París en aquella época, se dirijió al momento conmigo á su lado para su interés propio. El nada supo, porque cuando llegamos habia perdido el conocimiento y permaneció en este estado hasta la mañana siguiente en que murió. Entre sus papeles habia un paquete, bajo carpeta, el cual estaba fechado del primer dia de su enfermedad y dirijido á vos con encargo espreso escrito de su puño al reverso de la carpeta, de no remitirlo hasta despues de su muerte. Este paquete encerraba una carta asáz insignificante para Inés Fleming y tambien un testamento á favor de esa jóven.
--¿Qué contenía esa carta? . . preguntó Mr. Brownlow.
--La confesion de su falta, y votos de prosperidad para la jóven --respondió Monks --nada mas. En aquel entonces ella se hallaba en cinta de algunos meses. Le decia en aquella carta lo que habia hecho para ocultar su deshonra; y la suplicaba, que en el caso de morir, no maldijera su memoria ni creyera que su hijo ni ella debiesen ser víctimas de su falta, porque solo él era la causa de todo el mal. Le recordaba el dia en que le habia dado el medallon y el anillo, sobre el que habia hecho grabar su nombre de pila; reservándose unir á él el suyo que esperaba hacerle llevar algun dia. Le recomendaba que guardase cuidadosamente aquel medallon y lo llevára sobre su pecho como antes.
--En cuanto al testamento --dija Mr. Brownlow --yo me encargo de manifestaros su contenido. Estaba dictado por el mismo espíritu de la carta. Vuestro padre se lamentaba en él de los disgustos que su esposa le habia causado; os dejaba á vos y á vuestra madre, para cada uno una pension vitalicia de ochocientas libras. El resto de sus bienes estaba dividido en dos partes iguales, la una para Inés Fleming, la otra para el niño que debia dar á luz, en el caso que naciera y llegára á la mayor edad. Si era una niña, debia disfrutar de su parte sin restriccion alguna; pero si al contrario era un muchacho, no podia recoger esta herencia, sino con condicion _de que durante su menor edad, no deshonraria jamás su nombre por cualquiera acto de bajeza ó de felonia_. En caso contrario el dinero debia ser vuestro.
--Mi madre --dijo á su vez Monks levantando mas la voz --hizo, todo lo que otra mujer en su lugar hubiera hecho: quemó el testamento. La carta, no llegó nunca á donde iba dirijida; pero quedó en manos de mi madre, junto con otras pruebas para el caso en que la jóven Inés osára negar su deshonra. El padre de esa jóven supo toda la verdad por boca de mi madre. Agobiado de dolor, aquel bravo militar huyó con sus hijas á una aldea retirada del pais de Gales y cambió de nombre á fin de que sus amigos no supiesen el lugar de su retiro. Despues de algunos meses de estancia en aquel sitio, se le encontró muerto en su cama. Habiendo abandonado su hija el pais quince dias antes, habia recorrido todos los alrededores á pié andando noche y dia para buscarla.
--Algunos años despues, la madre de Eduardo Leedfort aqui presente vino á encontrarme --interrumpió Mr. Brownlow --Esta mujer padecia una enfermedad incurable, que la iba llevando lentamente hácia la tumba.
--Ella murió al cabo de algunos meses --repuso Monks --despues de haberme revelado todos sus secretos, y de haberme legado el ódio que tenia á esa Inés. Jamás quiso creer que esa jóven hubiese destruido el fruto de su vientre, sino que muy al contrario pensó que sin duda habia parido. Juré la pérdida de ese niño, si alguna vez la casualidad me hacia encontrarlo. Mi madre no se habia engañado; tuve la ocasion de verle, y su semejanza con mi padre me hizo adivinar que era él. Sostuve fielmente mi promesa; habia ya empezado, con el mejor écsito . . . Ojalá hubiese concluido del mismo modo! . . y sino hubiese sido, vendido por una maldita prostituta . . .
--¿El medallon y el anillo? . . preguntó Mr. Brownlow dirijiéndose á Monks.
--Los compré á esas personas de que os he hablado --respondió éste.
Mr. Brownlow hizo una señal á Mr. Grimwig quien salió y volvió incontinenti acompañado de los esposos Bumble.
--No me engañan mis ojos! . . --esclamó Mr. Bumble con un entusiasmo afectado. --Si; si es el pequeño Oliverio! . .
--Callaos viejo loco! --dijo en voz baja la señora Bumble.
--No puedo dominarme señora Bumble. Yo que lo he educado de una manera completamente _parroquial_; ¿cuándo le veo rodeado de señoras y caballeros _de alto rango_ no puedo ser sorprendido _superlativamente_? . . Tengo siempre tanto amor á ese niño, como si fuera mi . . . mi . . . mi abuelo! --dijo Mr. Bumble buscando en su caletre una justa comparacion . . Pobre Oliverito! . .
--Ea! . . --interrumpió Mr. Grimwig --Tregua á los sentimientos!
--Voy á hacer lo posible para contenerme --replicó Monsieur Bumble --¿Cómo vá de salud Caballero? . .
Esta cortesia amistosa iba dirijida á Mr. Brownlow, que acercándose á la respetable pareja, preguntó señalando con el dedo á Monks:
--Conoceis á ese caballero? . .
--No --contestó con sequedad la señora Bumble.
--Con qué no le conoceis? . .
--En mi vida lo he visto --replicó Mr. Bumble.
--Ni le habeis vendido nunca cosa alguna?
--No nunca --respondió la señora.
--Ni habeis tenido en poder vuestro cierto medallon y cierto anillo, no es así? . .
--No ciertamente.
Mr. Brownlow hizo una nueva señel á Mr. Grimwig que desapareció gallardamente, y volvió á aparecer del mismo talante, acompañado esta vez de dos viejas medio paralíticas, que le seguian con paso vacilante.
--Tuvisteis buen cuidado de cerrar la puerta, la noche en que murió la vieja Sally --dijo una de las dos mujeres levantando su mano trémula --pero no por esto nosotras hemos oido menos vuestra conversacion, al través de la rendija de la puerta.
--Ah! ah! . . no os esperabais esto hé? . . --dijo la otra.
--Mirábamos por el ojo de la llave, y hemos visto como le tomabais un papel que tenia en la mano! . . --repuso la primera --Y á la mañana siguiente os espiábamos cuando fuisteis al Monte-Pio.
--Y nosotras sabemos mas que vos en este asunto --añadió la segunda --porque la vieja Sally nos repetia amenudo que aquella jóven habia dicho que sintiendo que no podria soportar sus infortunios . . . se dirijia á Roma (cuando los primeros dolores del parto la obligaron á detenerse aquí) resuelta á dejarse morir allí sobre la tumba de su amante.
--Deseais ver el administrador del Monte-Pio? . . preguntó Mr. Grimwig dirijiéndose á la puerta.
--No hay de que --respondió la matrona. --Puesto que el caballero ha sido bastante infame para confesar, y vosotros habeis sabido arrancar los gusanos de la nariz de esas viejas brujas, nada mas tengo que decir.
--No --repuso Mr. Brownlow. --Podeis retiraros.
--Espero --dijo Mr. Bumble mirando con aire lastimero á su alrededor --espero que esta desagradable circunstancia, que nada puede ser en si misma, no me privará de mi cargo _parroquial_?
--Desengañaos! --contestó Mr. Brownlow. --Así debeis esperarlo.
--Os juro que yo no entro para nada en ello! --replicó Monsieur Bumble; despues de haberse asegurado de que la matrona habia salido de la sala.
Esto no es una escusa; vos sois á los ojos de la ley mas culpable que vuestra esposa; porque es razonable suponer que ella ha obrado segun vuestras órdenes.
--Si la ley se mete en semejantes suposiciones --dijo Monsieur Bumble apretando fuertemente el sombrero entre sus manos. --La _ley_ es una necia . . . La _ley_ no es mas que una vieja solterona . . . Si fuera casada pensaria de modo muy diferente.
Despues de haber pronunciado estas palabras con tono enfático, hundió el sombrero en su cabeza, metió las manos en las faltriqueras del redingote y se retiró.
--Vos bella señorita dadme vuestra mano --dijo Mr. Brownlow, volviéndose á Rosa. --No tembleis así! . . nada teneis que temer por las pocas palabras que quedan para decir.
--Si se refieren á mi (á pesar de que ignoro en lo que pueden concernirme) --dijo Rosa --dispensadme hoy de oirlas; en este momento no tengo para ello fuerza ni valor.
--Teneis mas firmeza de la que creeis! . . --repuso Monsieur Brownlow, tomándola por el brazo --¿Conoceis á esta señorita? . . --continuó dirijiéndose á Monks.
--Si.
--Jamás os he visto antes de ahora --dijo Rosa con voz débil.
--Pero yo os he visto amenudo! --contestó Monks.
--El padre de la infortunada Inés tenia dos hijas --prosiguió Mr. Brownlow ¿Qué se ha hecho la mas jóven? . . .
--Cuando murió su padre bajo nombre supuesto sin dejar papel alguno, que pudiera darla á conocer á sus amigos --replicó Monks --la mas jóven, que no era mas que una niña, fué adoptada por unos pobres aldeanos que la criaron como hija suya.
--Proseguid --dijo Mr. Brownlow haciendo señal á la Señora Maylie de que se acercára.
--Vos no pudisteis saber el sitio en que se habia retirado aquel hombre; pero allí donde fracasa la amistad, amenudo el ódio triunfa: mi madre acabó por descubrir la niña despues de un año de pesquisas.
--Y se apoderó de ella, no es cierto? . .
--No. Aquellos honrados labriegos eran muy pobres, y tal accion de humanidad les puso aun mas sobre aviso. El hombre acabó por caer enfermo; lo que visto por mi madre les dejó la niña; remitiéndoles una módica suma de dinero que no debia durar mucho tiempo, y prometiéndoles otra mayor que no tenia la intencion de enviarles. Viendo que su estado de miseria no era motivo suficiente para indisponerles contra aquella niña, les contó á su modo la historia de la hermana; diciéndoles que si no ponian mucho cuidado, la muchacha que mantenian, de seguro llegaria á ser como ella; porque procedia de padres sin principios, y era hija ilegítima. Aquellas buenas gentes dieron crédito á todo lo que les dijo mi madre y la niña arrastró una existencia miserable hasta que una señora viuda que habitaba en Chertsey habiéndola visto casualmente, tuvo compasion de ella y la adoptó. Es necesario que exista un destino contrario á nosotros, porque á pesar de todos nuestros esfuerzos, permanecia en casa de aquella señora y fué feliz. Hace dos ó tres años que la habia perdido de vista, y no volvia á verla hasta hace algunos meses.
--La veis ahora? . .
--Si, apoyada en vuestro brazo.
--Pero por eso no es menos mi sobrina --esclamó la señora Maylie estrechando la jóven sobre su corazon --no es menos mi querida niña. No quisiera perderla ahora por todos los tesoros del mundo. Mi dulce compañera! . . Mi hija de adopcion! . . Mis mas caras esperanzas! . .
--Vos sois la única amiga que tengo en el mundo! --esclamó Rosa pasando sus brazos alrededor del cuello de la señora. --Vos fuisteis para mi la mejor de las amigas, la mas tierna de las madres.
--Tranquilizaos ángel mio! --dijo la Señora Maylie abrazándola con la mayor ternura --y acordaos que hay otros á quienes sois tambien querida.
--Rosa, amada Rosa! --clamó Oliverio --fuisteis para mi una buena hermana, quiere consideraros en adelante no como una tia sino como una hermana idolatrada! . .
Permanecieron solos por mucho tiempo. Un golpe ligero en la puerta del aposento anunció que alguien deseaba entrar. Oliverio corrió á abrir, y apartóse al momento para dar paso á Enrique Maylie.
--Lo sé todo! --dijo sentándose al lado de la jóven --No es la casualidad la que me conduce á este sitio --añadió despues de un silencio prolongado --y solo desde ayer sé todo lo que os concierne. Sin duda no ignorais que he venido para recordaros vuestra promesa.
--Un memento --dijo Rosa ¿Lo sabeis todo? . .
--Ah! . . Rosa, sois para mi asaz cruel! . .
--Oh! . . Enrique! . . Enrique! . . --continuó Rosa prorumpiendo en llanto --quisiera hacer lo contrario y evitarme estos dolores! . .
--Pues bien; entonces reflecsionad sobro lo que habeis sabido esta noche.
--Y qué he sabido Dios mio! . . --que el sentimiento de su deshonra ha obrado con tal fuerza sobre mi desdichado padre, que no ha podido soportar su desgracia . . .
--No; --replicó el jóven reteniendo á Rosa por el brazo cuando iba á retirarse. --Mis deseos, mi porvenir, todo en fin menos mi amor á vos, ha esperimentado un cambio. Al presente no os ofrezco ya un rango distinguido en el mundo; donde ciertas preocupaciones hacen ruborizar á la misma inocencia . . .
--Qué queréis decir? . . esclamó Rosa con voz entrecortada . . .
--Digo --prosiguió Enrique --que en una de los condados mas bellos de la Inglaterra, en medio de risueñas colinas y verdes praderas, existe una pequeña iglesia de aldea que me pertenece, Rosa, y de la que soy el pastor; cerca de esta iglesia está el presbiterio, habitacion rústica que vos embelleceréis con vuestra presencia, y que me haréis preferir mil veces á todas las dignidades á que he renunciado: tal es el rango que ocupo en el mundo, y que tendré una felicidad inmensa en compartir con vos . . .
CAPÍTULO XLIX.
EL ÚLTIMO DIA DE UN REO Á MUERTE.
LA sala del tribunal de los _Assises_ se veia tapizada de rostros humanos desde el pavimento, hasta el techo. El menor espacio, el mas pequeño rincon, estaba ocupado.
Al centro de toda esta multitud, permanecia Fagin, con una mano apoyada en la baranda de madera colocada ante él, la otra en su oreja, y la cabeza inclinada hácia adelante para poder oir mejor el acta de acusacion que el fiscal leia á los señores jurados. De tanto en tanto, dirijia sobre ellos miradas ansiosas para ver si descubriria sobre sus fisonomías, el menor movimiento en su favor; y cuando los cargos que se le dirijian, quedaban probados con harta evidencia, miraba con ojo inquieto al tribunal.
Un ligero ruido en la sala le sacó de su abstraccion. Volvió la cabeza, y notó que los jurados se habian reunido para deliberar.
Lo comprendió, de un solo golpe de vista, la imágen de la muerte se presentó en su mente y dirijiendo sus miradas hácia el estrado vió que el jefe de los jurados dirijia la palabra al presidente --Silencio! . .
Era solo para pedir el permiso de retirarse.
Los contempló, uno despues de otro para adivinar si le era posible en que partido se inclinaba el mayor número; pero inútilmente. Habiéndole dado el carcelero un golpe sobre la espalda, le siguió maquinalmente hasta el estremo del banco de los acusados para esperar allí la vuelta de los jurados.
De repente se restableció el silencio, y todas las miradas se dirijieron hácia la puerta lateral, por la que aquellos habian salido. Pasaron por su lado al entrar otra vez en la sala; pero le fué imposible distinguir nada en sus rostros: ellos estaban impasibles: «Si, el acusado es culpable!»
La sala retumbó por tres veces con las aclamaciones de la multitud y los de afuera respondieron con gritos de alegría al saber que seria ejecutado el lúnes prócsimo.
Cuando el rumor se hubo apaciguado, se le preguntó si tenia nada que decir contra la pena de muerte. Habia recobrado su primera actitud, y miraba alternativamente al presidente; pero hubo necesidad de repetirle por dos veces esta pregunta antes que pareciera comprenderla, y soto balbuceó entre dientes --que era un viejo, un pobre viejo --un desgraciado viejo. Luego guardó silencio.
Los jueces tomaron el bonete negro; el reo quedó en la misma postura; la boca entreabierta, el cuello tieso. Hubo una mujer en la galería que arrojó un grito penetrante, y el judío se volvió vivamente como si hubiese sido contrariado ó interrumpido. El presidente pronunció con voz conmovida la sentencia fatal, y el acusado permaneció todo este tiempo tan inmóvil como una estátua.
Se je condujo á lo largo de un corredor enlosado en el que habian algunos prisioneros que esperaban su turno, y otros que hablaban á sus amigos tras de una reja que daba al patio. A pesar de no haber allí nadie para hablarle, esos últimos retrocedieron al acercarse, á fin de facilitar á la gente de fuera, que se encaramaba á la reja para verle, el placer de contemplarle á satisfaccion, y le chiflaron, le silvaron y le llenaron de injurias.
Se sentó en un banco de piedra que servia á la vez de silla y de lecho, y bajando la vista al suelo, procuró reunir sus ideas. Por grados llegó á este desenlace terrible: «_Condenado_ á ser _colgado por el cuello hasta que resulte la muerte_. Tal era la sentencia terrible: _Condenado á ser colgado por el cuello hasta, que resulte la muerte_!!!
Solo quedaba un dia, de vida; y apenas tuvo tiempo de pensarlo, que ya habia llegado el domingo!
Hasta el anochecer no empezó á sentir todo el horror de su posicion, no porque antes concibiera esperanza de obtener gracia, sino porque jamás pudo imaginarse que debiera morir tan pronto.