Los Ladrones de Londres

Part 17

Chapter 173,980 wordsPublic domain

Entre tanto el doctor que habia quedado solo con las dos señoras se paseaba arriba y abajo de la sala, sumamente agitado mientras que Rosa y la Señora Maylie se miraban con aire de inquietud.

--Por vida mia! --dijo parándose en seco --Verdaderamente no sé que hacer!

--Estoy segura que la historia de este niño contada francamente á esos hombres bastaria para disculparle á sus ojos. --dijo Rosa.

--Yo lo dudo mucho querida! --contestó el doctor meneando la cabeza --No creo que ella pueda producir buen efecto en el ánimo de esas gentes . . ni mas ni menos que en el de los de un grado superior. En resúmen quién es? (objetarán) Un vagamundo y no mas. Si juzgamos por las apariencias y las consideraciones del mundo, su historia es bastante dudosa.

--Pero vos, la teneis por verdadera, no es cierto? --repuso vivamente la jóven.

--Sí; sin duda. Creo en ella por estraña que sea y por eso puedo ser muy bien un solemne papanatas replicó el doctor --Pero no creo (como os lo he dicho poco hace), que sea este el género de historia que pueda interesar á un agente de policía algo versado en la gramática de su profesion.

--Por qué no? --preguntó Rosa.

--Por qué bella niña? --contestó el doctor. --Porque considerada bajo cierto aspecto y sobre todo por esas gentes, hay en ella bastante de obscuro. Ese niño no puede probar mas que las circunstancias que están en contra suya y ni una de las que podrian militar en su favor --El diablo se lleve á los agentes de policía! Querrán tener los _si_ y los _porqué_ y de pronto no nos harán concesion alguna! Segun nos ha dicho él mismo ya veis que por espacio de algun tiempo ha estado con ladrones! Ha sido llevado á un tribunal de policía como autor del hurto de un pañuelo á un caballero, luego evacuando una comision de este mismo caballero que lo ha tratado con todas las consideraciones posibles, es arrastrado en un sitio que no puede describir y del que no tiene la menor idea . . . Es el caso, que les dá el capricho á unos hombres de conducirlo á Chertsey á su pesar; se le hace pasar por una ventana con el intento de pillar la casa y justamente en el instante en que quiere dar el grito de alarma (el único hecho que hubiera podido probar en su favor si se hubiese ejecutado), llega el mayordomo y le tira un pistoletazo, como para impedirle el obrar en su propio interés! Se ha visto nunca cosa semejante?

--No digo que no; --respondió Rosa sonriéndose de la vivacidad del doctor --Pero no veo en todo esto nada que demuestre la culpabilidad de ese pobre niño.

--No; sin duda. --contestó el doctor --Gracias á la belleza de vuestro sexo no veréis nunca mas que un lado de la cuestion; sea bueno ó malo, siempre es el que primero se presenta.

Esto diciendo, el doctor metió las manos en sus faltriqueras y se paseó de nuevo arriba y abajo con mayor agitacion que antes.

--Cuanto mas lo reflecsiono --dijo mas entreveo el sin número de dificultades que tendrémos que vencer. Si contamos á esos hombres la cosa tal como ella es, estoy cierto que no nos creerán y aun suponiendo que mas tarde acaben por disculpar á ese niño, la publicidad que darán á este asunto y la duda que lo envolverá, destruirán todo el afecto de la buena accion que os proponeis, sacándole de este mal paso.

--Entónces qué hacer? --esclamó Rosa --Dios mio! Dios mio! ¿Por qué se ha dicho á esos hombres que vinieran?

--Es verdad! --dijo la Señora Maylie --Lo daria todo en el mundo, porque no hubieran venido!

--Lo mejor que hay que hacer, segun mi opinion --dijo Mr. Losberne dejándose caer en una silla, como hombre que ha perdido toda esperanza --es revestirnos de una buena dósis de audacia . . . No veo otro medio . . . Nuestra intencion es laudable y en ello hay escusa . . . Ese niño tiene fuertes síntomas de fiebre y no se encuentra en situacion de poder hablar. Este es ya un buen recurso . . . Harémos todo lo posible y sino salimos con la nuestra á fé mia no tendrémos de ello la culpa! Entrad!

--Y bien paisano --dijo Blathers seguido de su compañero y cerrando la puerta --No era esto un golpe premeditado?

--Eh! á qué diablos llamais un golpe premeditado? preguntó el doctor con impaciencia.

--Nosotros llamamos un golpe premeditado --respondió Blathers, (dirijiéndose con preferencia á las señoras como si tuviera compasion de su ignorancia á la vez que despreciaba la del doctor.) --cuando los criados de la casa están para algo en el asunto.

--Nadie ha tenido la menor sospecha de ellos en esta circunstancia. --dijo la Señora Maylie.

--No digo lo contrario. --replicó Blathers --Con todo no es menos cierto, que podrian muy bien estar en él.

--Con mayor razon sabiendo que tienen la confianza de sus amos --repuso Duff.

--Tenemos motivos para creer que el golpe ha sido dado por _pegres de la alta banda_ prosiguió Blathers --Nosotros reconocemos al momento esto por la clase de _trabajo_ que es de mano maestra.

--Y algo _pulido_ que digamos! --añadió Duff á media voz.

--Eran dos. --continuó Blathers --Y no cabe duda que con ellos iba un niño. Ello es muy fácil de adivinar viendo la ventana . . . Esto es lo que podemos decir por el presente. Nos falta ver al muchacho que teneis arriba. Si gustais guiarnos.

--No tomarán antes un vaso de cualquier cosa? --dijo el doctor ufano de haber encontrado este medio para entretenerles un poco.

--Ciertamente! --dijo Rosa adivinando la atencion de este último. --Al instante si os place?

--Con mucho gusto señorita. --dijo Blathers pasando la mano por sus lábios. Esta clase de _faena_ no deja de ser fatigosa. No os incomodeis por nosotros señorita. Dadnos lo primero que tengais á mano.

--Qué queréis tomar? --preguntó él doctor dirigiéndose con Rosa á la alacena. Decid vuestro gusto señores!

--Una gotita de licor si os es igual paisano --dijo Blathers. --Señora no hacia calor que digamos cuando hemos salido esta mañana de Lóndres y paréceme que no hay nada mejor para reanimarse que un vasito de licor.

El doctor aprovechándose del momento en que la señora Maylie decia algo lisonjero, en respuesta á la reflexion de este último se escaballó con destreza.

Los Señores Duff y Blathers se pusieron á contar hazañas de ladrones y á encarecer su utilidad para realzarse á los ojos de las señoras que los escuchaban con complacencia á fin de dar tiempo al doctor, para prepararlo todo. Al cabo Mr. Losberne apareció.

--Ahora, señores, si gustais venir conmigo?

--Allá vamos! --dijo Blathers y los dos agentes de policía siguieron á Mr. Losberne que los condujo al aposento de Oliverio, precedidos de Giles que los alumbraba.

Oliverio habia dormido; pero tenia un recargo de fiebre y parecia estar sumamente malo. Cuando el doctor le ayudó á incorporarse, miró á los dos forasteros sin dar muestras de saber donde estaba ni lo que sucedia á su alrededor.

--Mirad! --dijo Mr. Losberne hablando con dulzura; pero sin embargo con firmeza. Mirad al niño que habiendo sido herido casualmente por un fusil de viento al pasar por la propiedad del señor . . . (cómo le llamais vosotros? Quién habita detrás de aquí?) ha venido esa mañana para pedir socorro y ha sido indignamente maltratado por ese individuo que veis con la vela en la mano y que es causa de que la vida de ese muchacho está en el mayor peligro, como puedo afirmarlo en mi cualidad de médico.

--MM. Blathers y Duff flecharon su vista sobre Mr. Giles quien á su vez miró alternativamente á los dos agentes de policía, al jóven enfermo y al doctor con la espresion mas cómica de inquietud y de temor.

--Creo que no podeis decir lo contrario? --prosiguió el doctor acostando otra vez á Oliverio con precaucion.

--Todo lo que he hecho, ha sido con . . . con buen fin. --respondió Giles --Os aseguro que no tengo mal carácter. Si no hubiese creido que ese era . . . el niño de . . . del . . . de los . . . me habria guardado muy bien . . .

--El niño de quiénes decís? --preguntó Mr. Duff.

--El niño de uno de los ladrones. --contestó Giles --Es la pura verdad que llevaban . . . con ellos . . . un . . . un niño.

--Y estais aun en la conviccion de que ese sea el mismo? --preguntó Blathers.

--Qué sea el mismo quién? --contestó Giles mirando á Blathers con aire despavorido.

--El mismo niño imbécil! --dijo Blathers perdiendo la paciencia.

--No podria deciros . . . A la verdad no sé. --respondió Giles completamente desconcertado . . . --No podria afirmarlo . . . Pienso . . .

--Qué pensais? --preguntó Blathers.

--No sé que pensar. --replicó el pobre Giles --No pienso, en verdad que ese sea el mismo niño. Estoy cuasi seguro de que no es él . . . Vos mismo sabeis bien que no puede ser él.

--Acaso ese hombre ha bebido? --dijo Blathers dirijiéndose al doctor.

--Sois un famoso avestruz! Largaos. --añadió Duff dirijiéndose á Giles con el tono del mas profundo desden.

--Mr. Losberne que durante este diálogo habia tomado el pulso del enfermo, se levantó de su silla y dijo á los señores de la policía, que si abrigaban la menor duda sobre este asunto, no tenian mas que pasar al aposento inmediato para interrogar á su vez á Brittles.

Habiendo gustado la proposicion, se mandó subir á Brittles quien, con sus contradicciones innumerables, no hizo mas que embrollar el hecho en vez de esclarecerlo. Dijo entre otras cosas que le seria imposible reconocer al niño, aun cuando en aquel momento estuviera, ante su vista: y que habia pensado que era Oliverio porque el mismo Mr. Giles, lo habia creido; pero que este último acababa de confesar en la cocina aun no hacia cinco minutos, que empezaba á temer no hubiera sido demasiado vivo de genio.

Conforme esta deposicion, se trató de saber si Mr. Giles habia realmente herido á alguno y verificado el exámen de la segunda pistola, se vió que no estaba cargada mas que con pólvora y un poco de taco cosa que sorprendió considerablemente á todos; escepto al doctor, que diez minutos antes habia sacado de ella la bala. Pero, sobre el ánimo de quien ese descubrimiento hizo mas impresion fué sobre el de Mr. Giles quien despues de haber sido atormentado durante algunas horas por el temor de haber herido mortalmente á uno de sus semejantes se tragó el anzuelo con la mayor satisfaccion del mundo.

Al fin, sin ocuparse ya mas de Oliverio, los agentes de policía, dejaron en la casa al _constable_ de Chertsey y se fueron á dormir á la ciudad, despues de haber prometido volver á la mañana siguiente muy de mañana.

En dicha mañana muy de mañana corrió la voz de que en la prision de Kingston habia dos hombres y un niño que habian sido presos la noche precedente como sospechosos. En consecuencia MM. Blathers y Duff hicieron rumbo hácia Kingston.

El crímen de aquellos hombres consistia en haberlos encontrado dormidos en un rimero de heno, crímen que aun que sea enorme que digamos, no es castigado mas que con pena de prision: porque á los ojos de la ley inglesa (esta ley tan dulce y tan buena para todos los vasallos del rey.) no hay en esta accion de dormir bajo el _bello fulgor de las estrellas_ prueba suficiente de que los que se han hecho culpables de ella hayan por esto cometido un robo con escalamiento y fractura é incurrido de consiguiente en la pena de muerte. MM. Blathers y Duff volvieron pues á casa la señora Maylie tan _sabios_ como habian partido de ella.

En fin, despues de una conferencia bastante larga, respecto á Oliverio fué convenido que la señora Maylie y Mr. Losberne, serian sus fiadores; en el caso de que la justicia volviera á este asunto y un escribano de los alrededores fué llamado á este efecto para otorgar la caucion.

Nuestros dos agentes de policía despues de haber recibido un par de _guineas_ por la pena que se habian dado, regresaron á Lóndres cada uno con opiniones del todo diversas respecto á su espedicion: El uno (Duff.) despues de maduras reflecsiones, sosteniendo que la banda de Pett estaba para algo en la tentativa de robo; y el otro (Blathers.) atribuyendo todo el mérito de ella al famoso Conney Chickweed.

Gracias á los cuidados de la Señora Maylie, de Rosa y del benévolo Mr. Losberne, Oliverio se restableció poco á poco.

CAPÍTULO XXXI.

DE LA VIDA FELIZ QUE OLIVERIO LLEVA CON SUS AMIGOS.

COMO la enfermedad de Oliverio, habia sido de un carácter sério, su convalecencia fué larga. Los dolores que le causaba su herida, unidos á una fiebre ardiente, que duró mas de un mes le habian aniquilado del todo. Penetrado de los cuidados que sus dos huéspedas le prodigaban, les manifestaba su gratitud con las lágrimas en los ojos y á menudo las decia, cuanto sentia la tardanza en restablecerse para hacer algo por ellos aunque no fuera sino para probarlas que sus bondades no eran estériles y que el pobre niño á quien ellas habian libertado de la miseria y tal vez de la muerte, estaba del todo entregado á su servicio.

Y sin embargo apesar de las bondades de la Señora Maylie y de Rosa, Oliverio estaba á menudo inquieto. Parecia esperimentar un remordimiento y era que pensaba en Mr. Brownlow y en aquella anciana señora que le habian tratado tan bien durante su enfermedad. Temia pasar por un ingrato á los ojos de sus generosos protectores y así no estuvo tranquilo hasta que Mr. Losberne le hubo prometido formalmente llevarlo á verlos luego que se hallaria en estado de soportar el viaje.

Oliverio se restableció al fin. En consecuencia una hermosa mañana partió con Mr. Losberne en la calesa de la Señora Maylie. Llegados al puente de Chertsey, se puso pálido y lanzó un grito penetrante.

--Vaya! ¿qué le da ahora á este muchacho? --esclamó el doctor con tono brusco como de ordinario --¿Qué ves? ¿Qué sientes? ¿Qué oyes? Ea! habla!

--Esa casa caballero! --dijo Oliverio.

--Y bien! ¿Qué? Parad cochero! Qué es lo que tiene de particular esa casa muchacho?

--Los ladrones! La casa en que me han conducido! --dijo en voz baja Oliverio.

Sin dar tiempo al cochero para bajar de su asiento el doctor logró (no sé como) salir de la calesa y corrió en derechura á la casucha, á cuya puerta llamó con golpes redoblados, como un rabioso.

--Voto á mil legiones de demonios! --prorrumpió un feo y raquítico jorobado, abriendo la puerta tan bruscamente que el doctor que acababa de dar su último punta-pié perdió el equilibrio y faltó poco, para que no cayera de todo lo largo en el pasadizo --¿Qué es lo que sucede?

--Lo que sucede? --esclamó el otro cojiéndole por el pescuezo, sin darle tiempo para decir Jesus --Lo que sucede! Se trata de un robo con escalamiento y fractura: He aquí lo que sucede!

--Entonces sucederá además un homicidio si no me soltais! --contestó el jorobado con frialdad --Lo entendeis?

--Sí; os entiendo! --replicó el doctor apretando á éste fuertemente --Dónde está . . . (Por vida . . . ahora se me escapa el nombre.) Dónde está ese ladron ese pillo de Sikes?

El raquítico jorobado miró al doctor con asombro é indignacion á la vez; y desprendiéndose con sagacidad de las manos de este último, se retiró al fondo de la casa profiriendo un _Kirie_ . . . _le_ . . . de juramentos horribles. Mr. Losberne le siguió hasta una salita obscura sin decir palabra. Miró en torno suyo con alguna inquietud; ningun mueble; ningun objeto animado ó inanimado, ni aun el sitio de los armarios: nada en fin respondia á la descripcion, que de ella habia hecho Oliverio.

--Ea! --dijo el jorobadillo que habia estudiado todos sus movimientos --Cuál es vuestra intencion al entrar de este modo en mi casa? Venís para robarme ó para asesinarme? Cuál de las dos cosas?

--Habeis visto alguna vez vos viejo vampiro á un ladron ó asesino bajar de un coche, para dar su golpe de mano? --preguntó el irracible doctor.

--Entónces que queréis? --esclamó el jorobado con acento furioso --Os invito á que salgais incontinenti si no quereis que os suceda una desgracia.

--Me iré cuando me dará la gana! --dijo Mr. Losberne echando una ojeada rápida á otra salita que lo mismo que la primera no tenia nada de semejante con la descripcion que Oliverio habia hecho de ella --Amigo mio! Sabré volveros á encontrar uno de esos dias.

--Si hé! --dijo rechinando los dientes el horrendo jorobado. --Si alguna vez necesitais de mí, aquí me encontraréis. Hace veinte y cinco años que no he vivido solo en este sitio en tal estado para que vinierais vos á asustarme de este modo. Me la pagaréis! Estad seguro de ello.

Dichas estas palabras el feo y diminuto mónstruo dió un grito acre y se puso á bailar con un furor frenético.

--Esto es demasiado ridículo, --dijo el doctor para sí --Es necesario que el muchacho se haya engañado. Tomad esto!

Al mismo tiempo sacó de su faltriquera una moneda que arrojó al jorobado y volvió á la calesa. Este le siguió hasta la portezuela lanzando imprecaciones todo el camino y mientras Mr. Losberne hablaba al cochero lanzó sobre Oliverio una mirada tan furiosa que de noche como de dia el niño pensó en ella durante un mes entero. El jorobado continuó sus juramentos y sus imprecaciones hasta que el cochero hubo subido otra vez á su asiento; y cuando el coche estuvo ya lejos se le hubiera podido ver aun de cierta distancia patear de rábia y arrancarse los cabellos en un exceso de furor.

--Soy un asno! --dijo el doctor despues de un silencio dilatado --¿Lo sabias tu Oliverio?

--No Señor.

--Pues bien otra vez no lo olvides! Sí; soy un borrico! --continuó el doctor despues de un momento de reflecsion . . . Dado caso que aquella hubiera sido la misma casa y los mismos individuos ¿qué podia hacer solo? Y aun cuando hubiera dado recio no habria hecho mas que venderme á mí mismo divulgando la estratagema que he debido emplear para ahogar este asunto. Y con todo esto hubiera sido bien hecho! Me hundo siempre en algun pantano, obrando así, segun mi primer impulso y nunca saco de ello ningun bien.

El hecho es que este hombre escelente jamás en su vida habia obrado de otro modo; y que lejos de hundirse en un pantano como decia, la naturaleza del impulso que seguia era tal que se habia adquirido el respeto y la estimacion de todos los que le conocian.

Como Oliverio sabia el nombre de la calle en que habitaba Mr. Brownlow se dirijieron á ella en derechura, sin buscar y cuando la calesa dobló la esquina de esa calle, el corazon del niño palpitó con tanta fuerza que apenas podia respirar.

--Hijo mio! Dinos ahora que casa es esa? --preguntó Mr. Losberne al doblar una esquina.

--Allí! allí! Aquella! La casa blanca! --esclamó vivamente Oliverio sacando la cabeza por la portezuela del coche --Oh! pronto . . . pronto . . . os lo suplico! Siento que me moriré de alegria . . . Estoy todo tembloroso.

--Paciencia! Paciencia! --dijo el bueno del doctor dándole un golpecillo sobre la espalda . . . Los verás al momento y ellos estarán gozosos de verte sano y salvo.

--Oh! No lo dudo! --replicó Oliverio --Han sido tan buenos para conmigo! Si lo supierais caballero!

--El coche se paró: no era esta la casa. Avanzó algunos pasos y se paró otra vez. Lágrimas de contento se escaparon de los ojos del niño cuando miró á las ventanas . . . Ah! La casa blanca estaba desierta y un letrero con estas palabras «Para alquilar.» colgaba encima de la puerta.

--Llamad á la otra puerta cochero! --dijo el doctor pasando su brazo bajo el de Oliverio.

--Sabeis que se ha hecho de Mr. Bronwlow que habitaba la casa vecina? --preguntó á la criada que vino á abrir.

--No lo sé; --contestó ésta --pero voy á informarme.

Volvió al cabo de un momento y dijo que hacia cerca seis semanas que Mr. Brownlow habia vendido su moviliario y que en seguida habia partido para las Indias occidentales.

--Se ha llevado con él la ama de llaves? --preguntó Mr. Losberne despues de un momento de reflecsion.

--Sí caballero. --respondió la criada --Se ha llevado á su ama de llaves y á uno de sus amigos . . . Los tres han partido en el mismo dia.

--Ea! derecho á casa cochero! --dijo Mr. Losberne --y picad de recio á vuestros caballos hasta que estemos fuera de este maldito Lóndres.

--Y el librero señor? --dijo Oliverio --Sé donde habita . . . Vamos allá; os lo ruego . . .

--Pobre muchacho! --contestó el doctor. --Basta ya de desorientamiento por hoy. Si vamos á la habitacion del librero, no dudo que habrá muerto, ó que su casa ha sido incendiada, ó bien que se ha fugado . . . . No; derecho al domicilio. --Y conforme al _primer impulso_ del doctor, se volvieron á casa.

Esta circunstancia con todo no produjo cambio alguno en la conducta, de las bienhechoras de Oliverio para con él. Pasó luego una quincena, y habiendo llegado la hermosa primavera se prepararon para dejar por algunos meses la casa de Chertsey. En consecuencia enviaron á casa su banquero la platería que habia excitado tanto la codicia del judío y despues de haber dejado á Giles y otro criado en la casa para que cuidáran de ella durante su ausencia, las dos señoras partieron á su casa de campo situada á algunas leguas distante de allí llevándose con ellas á Oliverio.

La campiña en que se habian retirado era á la verdad encantadora y Oliverio poco acostumbrado á una mansion tan deliciosa, parecia empezar una nueva vida.

Cada mañana iba cerca la iglesia en casa un anciano de blancos cabellos quien le enseñaba á leer y á escribir, el cual lo hacia con tanto ahinco que Oliverio jamás podia hacer bastante para contentarlo. En seguida daba un paseo con sus bienhechoras; y si se sentaban para recrearse con la lectura, escuchaba con tanta atencion que la noche hubiera llegado sin notarlo. Luego era necesario prepararse para la leccion del dia siguiente encerrándose en un pequeño gabinete, que daba al jardin y estudiando hasta la tarde en que se daba un segundo paseo.

Todos los dias á las seis de la mañana estaba en pié recorriendo los campos y cojiendo flores de las que hacia ramilletes que ponia sobre la mesa á la hora del almuerzo. Traia tambien _yerba murages_ para los pajáros de la Señorita Maylie y decoraba con ella las jaulas con un cuidado esquisito. Concluida esta faena siempre habia alguna pequeña comision que desempeñar en el pueblo, algun acto de caridad que ejecutar de parte de las señoras. O bien se divertia cultivando en el jardin las plantas que el clérigo del villorrio, que era jardinero, le habia enseñado á conocer y en medio de esa ocupacion llegaba la Señorita Rosa, quien jamás dejaba de elogiarle por todo lo que habia hecho recompensándole siempre con una sonrisa graciosa.

Así transcurrieron tres meses: tres meses de felicidad para Oliverio, cuya vida hasta entonces no fuera mas que una cadena contínua de tristezas y de tormentos.

CAPÍTULO XXXII.

UN ACONTECIMIENTO IMPREVISTO VIENE Á TURBAR LA DICHA DE NUESTROS TRES AMIGOS.

EL estio sucedió pronto á la primavera y la campiña que Oliverio habia encontrado tan hermosa al llegar á la aldea, desplegaba entonces sus riquezas y se mostraba en todo el esplendor de su belleza. La tierra se habia revestido de un manto de verdor y exhalaba sus mas dulces perfumes.

Una tarde que regresaban de un paseo mas largo que de costumbre, Rosa que habia estado sumamente jovial durante todo el camino, se sentó al piano. Despues de haber recorrido maquinalmente durante algun tiempo sus dedos sobre el teclado, tocó un aire lánguido y la señora Maylie creyó oirla sollozar.

--Rosa! Mi buena amiga! --dijo.

La jóven guardó silencio; pero tocó con un poco mas de viveza como si la voz de la buena señora la hubiese arrancado de su sueño penoso.

--Rosa! Querida mia! --esclamó ésta levantándose precipitadamente de su silla y acercándose á la jóven. --Qué tienes? . . . Tu semblante está lleno de lágrimas! Díme qué ha podido causarte disgusto?

--Nada tia, os lo aseguro! --dijo Rosa --En verdad no sé lo que tengo; pero me encuentro esta noche tan abatida!

--Angel mio! ¿Si estarás enferma? --preguntó la Señora Maylie.

--Ah! No; no estoy enferma? --respondió Rosa estremeciéndose como si un frio mortal la hubiese cojido súbitamente . . . --Ello no será nada! Pronto me encontraré mejor! Cerrad la ventana, os lo ruego!