# Los Hombres de Pro

## Part 4

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No así el cernícalo de su sobrino, dechado de barbarie y grosería, ni menos el espolique Macabeo, admirable personaje, uno de los mejor hechos del libro, dentro del cual tiene él una novela propia y especial suya. ¡Cuántas veces ha presentado el señor Pereda al tipo del campesino montañés, y, sin embargo, no se ha repetido nunca! Y ahora, cuando la materia parecía agotada, nos regala a Macabeo, que vale él solo más que Carpio y Gorio y todos los anteriores juntos. Habla y discurre como ellos, tiene aire de familia, y, no obstante, es distinto. _Facies non omnibus una, nec diversa tamen, qualem decet esse sororum_.

Así en lo serio como en lo jocoso, tiene el libro escenas de extraordinaria belleza, cuadros insuperables de costumbres. Si yo hubiera de elegir entre los capítulos del libro, me fijaría sin duda en _La hoguera de San Juan_. La luz de esa hoguera es luz de Rembrandt.

Y puesto ya a citar bellezas de pormenor, no olvidaré _el paso de la hoz_, donde el diálogo supera a la descripción, con ser la descripción tan buena; y los capítulos de presentación de los diversos personajes, especialmente aquel en que se describe la casa y modo de vivir de los Peñarrubias; el maquiavélico diálogo en que don Sotero va persuadiendo a su sobrino a que intente la deshonra de Águeda, y, finalmente, cuanto dice y hace Macabeo, a quien mi amigo _Clarín_ ha llegado a comparar nada menos que con el _Renzo_ manzoniano.

El paisaje en que toda esta gente vive y se mueve, es el paisaje montañés de siempre. A quien haya leído otros libros de Pereda, no es preciso decirle cómo están descritos Valdecines y Perojales, y también es casi superfluo repetir que la obra es un tesoro de lengua, no con afectada y mecánica corrección, sino con toda la riqueza, gala, armonía y color del habla de nuestra Montaña, pasada por el tamiz de un gusto privilegiado, aunque amante siempre de lo más espontáneo y de lo más rústico.

_De tal palo, tal astilla_ es, hasta el presente, la única tentativa de Pereda en el campo de la novela _tendenciosa_. Como si hubiera querido desagraviar a los críticos amantes del arte puro y desinteresado, escribió inmediatamente otro libro, de los que no prueban nada ni van a ninguna parte sino a hacer sentir y gozar. Posible será que, apoyados en esto mismo, y volviendo por pasiva sus antiguas censuras, le nieguen algunos alcance y transcendencia, y hasta le disputen el título de novela. Cuestión de nombres, propia de retóricos ociosos. ¿A qué buscar más enseñanza ni más transcendencia en un libro, que deja al fin la impresión de salud robusta, de frescura patriarcal y de primitivos afectos que deja en el alma _El sabor de la tierruca_? Y en cuanto al nombre, el autor no le ha dado ninguno. Novela es, aunque sencilla, y llámese así o de otro modo, no dejará de ser un libro excelente. Novelas muy celebradas hay que no tienen más acción; algunas, ni tanta.

Sea como quiera, la novela es aquí un pretexto para que aparezca en acción la vida rústica de nuestra comarca. La obra es un poema idílico, género de literatura que puede decirse propio de nuestro siglo y que ha producido en Alemania, en América y en Provenza[3] tres obras superiores, del todo ajenas al amanerado convencionalismo de la bucólica antigua. Pereda había ensayado este género, aunque en prosa, pero siempre como episodio de sus novelas políticas o morales, o bien en cuadros cortos, v. gr.: el del _4 de Octubre_. Hoy le cultiva de frente, y hay trozos en su libro, como el de la lucha de los dos pueblos rivales, o el de la entrada del ganado en las mieses, que parece que están reclamando el antiguo y largo metro épico, solemne y familiar a la vez.

El interés, cualquiera que él sea, de las domésticas disensiones entre el irascible don Juán de Prezanes y su vecino, pesa e importa poco ante el alarde de fuerza muscular de los nuevos Entellos y Dares, ante el empuje del ábrego desatado, o ante la nube de polvo que levantan novillos y terneras.

[3] _Herman y Dorotea, Evangelina y Mireya_. También Jorge Sand dejó preciosos ejemplares de este género, aunque un tanto idealistas, en _La Mare au Diable, La Petite Fadette_, etc., etcétera.

No le pese al insigne novelista montañés ser más feliz en lo segundo que en lo primero. Lo uno es más fácil, y es campo abierto a todos; lo otro es para pocos, y quien lo alcanza se acerca a las primitivas y sagradas fuentes de la poesía humana, crecida y arrullada con los halagos de la madre Naturaleza; y con verlo todo más sencillo, lo ve más próximo a su raíz, más íntegro y más hermoso, y se levanta enormemente sobre todo este conjunto de estériles complicaciones, de interiores ahumados, de figuras lacias, de sentimientos retorcidos y de psicologías pueriles, de que vive en gran parte la novela moderna. Yo confieso que en las novelas de Pereda, y sobre todo en ésta, que yo, apartándome de la opinión general, pongo sobre todas (exceptuando, por de contado, los cuadros sueltos), llega a desagradarme lo que no es rústico y agreste, y me impaciento hasta que tornan los Niscos y Chiscones, por muy bien y discretamente que haga hablar el autor a personajes de condición superior y más altos propósitos. Y no es desventaja del autor, sino ventaja de los tipos. Que así como (según el profundísimo parecer de los filósofos escolásticos) las inteligencias superiores, conforme más altas están en la escala, comprenden por menor número de ideas, así en el arte es lo más bello lo menos complejo, y es lo más alto lo más próximo a la naturaleza simple y ruda.

¡Bendito sea, pues, este libro rústico y serrano, que viene cargado de perfumes agrestes, y no nos trae ni _problemas_ ni _conflictos_, ni tendencias ni _sentidos_, ni otra cosa ninguna, sino lo que Dios puso en el mundo para alegrar los ojos de los mortales: agua y aire, hierba y luz, fuerza y vida! ¿Quién se acuerda de naturalismos ni de _estéticas_ cuando lee la _deshoja_, o cuando oye las quejas de Catalina a Nisco, o cuando asiste con la imaginación al mercado de la villa?

Por eso yo no leí _El sabor de la tierruca_, sino que le sentí, y por eso ahora no le juzgo, sino que traslado al papel la impresión de placidez y de bienestar que me causó, sin ponerle peros, porque, a mi entender, no los tienen ni aquel paisaje ni aquellas gentes.

Reciente está el éxito ruidoso de _Pedro Sánchez_. Aun los críticos que no hace mucho tiempo hablaban de los _verdores_ de Pereda, y como que se resistían a considerar sus obras perfectamente _maduras_, se han rendido ante _Pedro Sánchez_, encontrando para ella un caudal de elogios que ciertamente no habían desperdiciado al juzgar _Los hombres de pro_ o _El sabor de la tierruca_. Confieso que la unánime y entusiasta aprobación, diré mejor, la alabanza sin restricciones que ha coronado a _Pedro Sánchez_, ha sido para mí, como para su autor, una verdadera aunque agradable sorpresa.

Era la primera vez que Pereda abandonaba aquel su «huerto hermoso, bien regado, bien cultivado, oreado por aromáticas y salubres auras campestres», como dijo de perlas Emilia Pardo Bazán. Temíamos el autor y yo que pareciese esta novela conjunto de reminiscencias algo pálidas o de adivinaciones remotas, y que la ausencia del modelo vivo le quitase frescura y animación. Temíamos que pareciese lenta y perezosa en los primeros capítulos, y un tanto atropellada hacia el final. Temíamos que, renunciando el pintor a casi todas sus ventajas indiscutibles, al paisaje, al diálogo, al provincialismo, a lo más enérgico y característico de su manera, renunciase por el mismo hecho a sus mayores triunfos. Temíamos que la forma autobiográfica y _subjetiva_, la forma de Memorias, perjudicase al fácil caudal de un ingenio tan exterior y tan objetivo y tan poco amigo de reconditeces psicológicas. Temíamos que el mismo carácter del héroe, entidad algo pasiva, movida por las circunstancias mucho más que movedora de ellas, comunicase cierta languidez al conjunto de la obra, impidiendo al lector interesarse sinceramente por el protagonista. Temíamos, finalmente, que el carácter en gran manera prosaico de las escenas políticas, que son la mayor parte del libro, hubiese influído en detrimento de su valor estético; y esto lo temía yo más que nadie, viendo correr con tibieza y desaliento la pluma del autor por las descripciones de un club o de una redacción de periódico, como si le aquejase la nostalgia de sus montes y de sus marinas.

Y, sin embargo, lo declaro ingenuamente: Pereda y yo nos hemos llevado en esta ocasión un solemnísimo chasco. _Pedro Sánchez_ ha parecido, no ya a la masa de los lectores, sino a los críticos más agudos y perspicaces, la más novela entre las novelas de Pereda, la mejor compuesta y aderezada, la más grave y madura en el pensamiento, la más apasionada en los momentos de pasión. Todos han ensalzado unánimes la serena melancolía que el libro revela, la mirada firme y desengañada que el autor dirige sobre las cosas humanas, la amargura sin misantropía con que juzga nuestro estado social, y la verdad poética con que le ennoblece.

Todo esto es verdad, y, sin embargo, estimando a _Pedro Sánchez_ más que nadie, no acabo de convencerme de que Pereda y yo nos equivocásemos tan de medio a medio; y sea montañesismo, sean recuerdos infantiles, vuelvo siempre con amor los ojos hacia el poeta de _La Robla_ y de _La Leva_, y por más esfuerzos que hago, no puedo simpatizar con _Matica_ y sus amigos, ni con el señor de Valenzuela, como simpatizo con don Silvestre Seturas o con don Robustiano Tres-Solares. _Pedro Sánchez_ me parece mucho mejor novela que _El buey suelto_; pero me quedo con _El sabor de la tierruca_ y con _Don Gonzalo_.

Y, por otra parte, esta opinión mía a nadie quiere imponerse. Yo en este caso soy, ante todo, montañés, y quizá me equivocaré y daré a Pereda un mal consejo excitándole, por su gloria misma, a no salir de _su huerto_ y a no hacer caso de los que encuentran limitados sus _horizontes_. Sin salir de ellos, ha encontrado la novela política en _Don Gonzalo_ y en _Los hombres de pro_, la novela religiosa en _De tal palo_..., la novela o más bien el poema idílico en _El sabor de la tierruca_, la novela social en _Blasones y talegas_ y hasta la más conmovedora tragedia en _La Leva_. No hay pasión, no hay afecto, no hay interés, no hay problema que no pueda traerse a la Montaña como a cualquiera otra región del mundo. Sólo que en Pereda parecerá todo mejor si se viste y arrea con traje montañés. A mí me ha encantado más que a nadie el éxito de _Pedro Sánchez_; pero con este encanto iba mezclado en cierta dosis el temor de una deserción. Me tacharán de crítico apocado; me dirán que ésta es la novela más transcendental y más universal de Pereda, la más comprensible para todos, la más traducible.... Todo esto es verdad; pero cada cual tiene sus manías: yo me vuelvo a _La Robla_ y a _La Leva_ y a _Suum cuique_.

Y consiste todo en que los críticos madrileños y yo juzgaremos siempre a Pereda desde puntos de vista muy distintos. Para ellos es un eminente novelista, a quien colocan entre Valera, Alarcón y Galdós; pero, en suma, un novelista a quien tasan por su valor como tal, y cuyos triunfos literarios empiezan a contar desde _Don Gonzalo_. Para mí, Pereda es, antes que toda otra cosa, el compañero y el amigo de mi infancia, el Pereda de las _Escenas_, el que en 1864 imprimía en _La Abeja Montañesa_ los diálogos del _Raquero_, el Pereda sin transcendentalismos, ni filosofías, ni políticas; pintor insuperable de las tejidas nieblas de nuestras costas; de la tormenta que se rompe en las _hoces_; del alborozo de los prados después de la lluvia; de la vuelta de las _cabañas_ desde los puertos; de la triste partida del mozo que va a Indias; de la entrada triunfal y ostentosa del _jándalo_; de la alegría del hogar en Nochebuena, amenizada por el estudiante de Corbán; de los supersticiosos terrores que vagan en torno de la pobre _Rámila_, y la traen a miserable muerte; de la salvaje independencia de los antiguos pobladores de la calle Alta y del Muelle de las Naos, últimos degenerados retoños de los que en la Edad Media daban caza a los balleneros ingleses en los mares del Norte, y ajustaban tratados de paz y de comercio con sus reyes; y finalmente, de la casa solariega próxima a desplomarse, y apuntalada, si acaso, por los dineros del indiano; y del concejo de la aldea, donde a duras penas vegeta algún rastro de las antiguas costumbres municipales. Y para mí, al nombre de Pereda van unidos inseparablemente, no _Pedro Sánchez_, en las barricadas ni en la oficina de un gobierno político, sino _don Silvestre Seturas_, en su perpetua lucha con los curiales, heredada de tres generaciones; _Cafetera_, trincando la estopa y sosteniendo batalla campal con _Pipa_ y los de su cuadrilla, a la sombra veneranda del castillo de San Felipe; _Juan de la Llosa_, examinando gravemente la estampa de _la Leona_ y de _la Gallarda; Tremontorio_, tejiendo su red o consolando a las mujeres en la _rampa_ grande del Muelle; _don Recaredo_, marcados pecho y espalda por la garra de los osos inmolados en sus cacerías.... El otro Pereda será una de las esperanzas, o mejor dicho, una de las realidades de la novela contemporánea española; tendrá algo de Balzac y algo de Dickens y algo de Topffer.... Yo lo reconozco, y le admiro más que nadie, y me alegro que haya demostrado esta vez que sabe hacer una novela en todo el rigor de la frase; en suma, que puede hacer cuanto hacen otros. Pero con todo eso, el Pereda de mi más íntima predilección y fervoroso cariño será siempre el Pereda que veranea en Polanco, y que en invierno habita en el muelle de Santander, un poco antes de llegar a la capitanía del puerto, en el teatro mismo de las hazañas de _Cafetera_ y de la lúgubre partida de _El Tuerto_, para morir en la fiera rompiente de las _Quebrantas_.

¿Se comprende ahora por qué al principio he confesado mi incompetencia para juzgar a Pereda? Porque yo no admiro sólo en él lo que todo el mundo ve y admira: el extraordinario poder con que se asimila lo real y lo transforma; el buen sentido omnipotente y macizo; la maestría del diálogo, por ningún otro alcanzada después de Cervantes; el poder de arrancar tipos humanos de la gran cantera de la realidad; la frase viva, palpitante y densa; la singular energía y precisión en las descripciones; el color y el relieve, los músculos y la sangre; el profundo sentido de las más ocultas armonías de la naturaleza no reveladas al vulgo profano; la gravedad del magisterio moral; la vena cómica, tan nacional y tan inagotable, y, por último, aquel torrente de lengua no aprendida en los libros, sino sorprendida y arrancada de labios de las gentes; lengua verdaderamente patricia y de legítimo solar y cepa castellana, que no es la lengua de segunda o de tercera conquista, la lengua de Toledo o de Sevilla, sino otra de más intacta prosapia todavía, dura unas veces como la indómita espalda de nuestros montes, y otras veces húmeda y _soledosa_; lengua que, educada en graves tristezas, conserva cierta amargura y austeridad aun en las burlas.

Por todo esto amo yo a Pereda; pero le amo además como escritor de raza, como el poeta más original que el Norte de España ha producido, y como uno de los vengadores de la gente cántabra, acusada hasta nuestros días de menos insigne en letras que en armas. Y esto parecerá algo pueril a los que no tienen patria ni hogar; pero como en este prólogo voy dejando hablar al corazón tanto o más que a la cabeza, no quiero ocultar el íntimo regocijo con que oigo sonar, cercado de alabanzas, el nombre de Pereda unido al nombre de su tierra, que es la mía. En otro tiempo, los montañeses, cuando queríamos presumir de abolengo literario, teníamos que buscar entre las nieblas del siglo VIII el nombre de San Beato de Liébana, o imaginarnos que el autor del romance del _Conde Alarcos_ era paisano nuestro porque se llamaba Riaño, o desenterrar del fárrago del _Reloj de Príncipes_ la fábula del Villano del Danubio, principal fundamento del renombre de nuestro invencionero Fray Antonio de Guevara, o rebuscar en algún olvidado códice de la Academia de la Historia las fáciles quintillas con que Fray Gonzalo de Arredondo celebró al conde Fernán González; y a duras penas podíamos ufanarnos, en tiempos menos remotos, con las gongorinas poesías líricas y las discretas comedias de don Antonio de Mendoza (imitado alguna vez por Molière y por Le Sage), o con las novelas inglesas de Trueba y Cosío, mediano iniciador del romanticismo. Algo consolaba nuestra penuria la consideración de que «si no vencimos reyes moros, engendramos quien los venciese», puesto que de nuestra sangre eran Lope y Quevedo.

Pero hoy, ¡loado sea Dios!, no tenemos ni que hacer sutiles razonamientos para apropiarnos lo que sólo a medias nos pertenece, ni que recoger las migajas de los autores de segundo orden, puesto que plugo a la Providencia concedernos simultáneamente dos ingenios peregrinos, bastante cualquiera de ellos para ilustrar una comarca menos reducida que la nuestra; montañeses ambos hasta los tuétanos, pero diversísimos entre sí, a tal punto que puede decirse que se completan. Y no creería yo cumplir con lo que pienso y con lo que siento, si no terminase este prólogo estampando, al lado del nombre del gran pintor realista de las _Escenas Montañesas_, el nombre del pintor idealista, rico en ternuras y delicadezas, que ha envuelto aquel paisaje en un velo de suave y gentil poesía. Unidos quiero que queden en esta página el nombre de Pereda y el de _Juan García_[4], como unidos están en el recuerdo del montañesísimo crítico que esto escribe.

M. MENÉNDEZ Y PELAYO.

[4] Amós Escalante, autor de _Costas y Montañas_ y de _Ave Maris Stella_; dos libros que pasarán por clásicos cuando los españoles volvamos a aprender el castellano.

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POSTDATA

En los años transcurridos desde la primera edición de este prólogo, el señor Pereda ha publicado tres novelas más: _Sotileza, La Montálvez_ y _La Puchera_. Como complemento de la historia de sus libros, reproduzco a continuación los dos artículos que escribí sobre la primera y la tercera de estas novelas al tiempo de su aparición.

SOTILEZA

Siempre fué la vida marítima asunto adecuado y nobilísimo para el arte. Dondequiera que el empuje de la voluntad humana se muestra; dondequiera que la _fuerza_, principal elemento artístico y quizá razón suprema de todos los grandes efectos de la poesía, llega a revestirse de la majestad solemne y serena o del poder avasallador y turbulento, la emoción estética se engendra necesariamente y obra con profundísima energía en el ánimo del contemplador, por avezado que esté a lo delicado y a lo tierno. Y si esta energía no se desenvuelve en el vacío de la contemplación, ni se apaga estéril en el campo de las ideas y del pensamiento puro, región helada y poco accesible a la mayoría de los humanos, sino que lucha a brazo partido con las fuerzas tiránicas de la naturaleza física o con otras voluntades personales tan imperiosas y tan férreas como la del héroe mismo, la emoción llega a lo trágico, y en medio del conflicto se disfruta el espectáculo más digno de la consideración humana, el que más eleva y ennoblece el espíritu, el de un poder racional y consciente en el pleno uso y ejercicio de su soberanía, que se reconoce y afirma más a sí propia cuando más braman en torno suyo las tempestades y más amenazan vencerla y sumergirla.

Y cuando estas tempestades no son metafóricas; cuando real y verdaderamente despliega el mar todas sus furias, y no por excepción, sino constante y diariamente, va educando el mar en los pueblos que le ciñen y sin cesar le hostigan y provocan a desafío, una raza tan entera, tan indomable y tan bravía como los mismos huracanes, cuyo rugido acaricia su sueño; tan áspera como las puntas de la costa, sin cesar invadidas, salpicadas y agrietadas por la deshecha espuma; tan amarga y tan acentuadamente salina en la voz y en los ademanes, como que la comunicaron su penetrante acritud las ondas mismas; tan avezada a mirar la muerte de frente, que ni cabe en su ánimo el temor pueril, ni la alegría insensata, ni el fácil y liviano contentamiento, sino una cierta melancolía resignada, un cierto modo grave, llano y sereno de mirar las cosas de la vida como si fuese palestra continua, en que el brazo se fortifica y se dilata el pecho, y la batalla se acepta cuando viene, sin provocarla estérilmente.

Tal es la raza, tales las costumbres que ha retratado Pereda en su última novela, la mejor y más genial de las suyas. No parece sino que el asunto ha tenido virtud bastante para levantar el ingenio del autor a regiones que ni él mismo sospechaba hasta ahora. Todo el mundo le reconocía como insuperable descriptor de costumbres populares, como maestro en el diálogo, como dechado en el idilio rústico. De todas sus novelas podían citarse admirables páginas aisladas; algunos dudaban que hubiese encontrado la novela perfecta. Los más amigos del novelista, todavía más conocedores que él de su propia fuerza, murmuraban siempre en sus oídos un _más allá_, y no le dejaban adormecerse con los halagos de la muchedumbre de los lectores, cuyo criterio estético se reduce a admirar lo que está más cerca de sus gustos y propensiones. Por eso, después de _Pedro Sánchez_, como después de _El sabor de la tierruca_ y _De tal palo...,_ oyó siempre Pereda la voz de quien mejor le quería, repitiéndole: «Tú eres ante todo el autor de _El Raquero_, de _La Leva_ y de _El fin de una raza_. Si quieres elevar un verdadero monumento a tu nombre y a tu gente, cuenta la epopeya marítima de tu ciudad natal. Dios te hizo, aún más que para ser el cantor de las flores y de la primavera, para ser el cantor de las olas y de las borrascas. Tú solo puedes traer a la literatura castellana ese mundo nuevo de intensas melancolías y de rudos afectos. Hazte cada día más _local_, para ser cada día más universal; ahonda en la contemplación del detalle; hazte cada día más íntimo con la realidad, y tus creaciones engañarán los ojos y la mente hasta confundirse con las criaturas humanas.»

