Part 3
Es cierto que Pereda no rehuye jamás la expresión valiente y pintoresca, por áspera y disonante que en un salón parezca, ni se asusta de la miseria material, ni teme penetrar en la taberna y palpar los andrajos y las llagas; pero basta abrir cualquiera de sus libros para convencerse de que corre por su alma una vena inagotable de pasión fresca, espontánea y humana, y que sabe y siente como pocos todo género de delicadezas morales y literarias, y que acierta a encontrar tesoros de poesía hasta en lo que parece más miserable y abyecto. En ese artículo de _La Leva_, que nunca me cansaré de citar, porque desde Cervantes acá no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo (igualado, pero no superado, por otros del autor), hay alcoholismo como en los libros más repugnantes de la escuela francesa, hay palizas y riñas conyugales, hay inmundicias y harapos y un penetrante y subido olor a _parrocha_, y, sin embargo, ¡qué melancolía y ternura la del final! ¡Cómo sienten y viven aquellos pobres marineros de la calle del Arrabal! ¿Qué héroe de salón o de _boudoir_ interesará nunca lo que el desdichado _Tuerto_, lanzando en la escena del embarque aquel solemne _larga_? Si esto es realismo, bendito sea. Si realismo quiere decir guerra al convencionalismo, a la falsa retórica y al arte docente y sermoneador, y todo esto en nombre y provecho de la verdad humana, bien venido sea. Así pintaba Velázquez.
El señor Pereda no es _fotógrafo_ grande ni chico, porque la fotografía no es arte, y el señor Pereda es un grande artista. La fotografía reproducirá los calzones rotos, la astrosa camisa y la arrugada y curtida faz del viejo marinero santanderino; pero sólo el señor Pereda sabe crear a Tremontorio, reuniendo en él los esparcidos rasgos, infundiéndole con potente soplo vida y alma, y dando un nuevo habitador al gran mundo de la fantasía. Esa pretendida exactitud fotográfica es el grande engaño del arte, la gran prueba del poder mágico del artista: sus personajes no están en la realidad, pero pueden estarlo, son humanos; nos parece que viven y respiran; son la idealización de una clase entera, la _realidad idealizada_.
Por su afición a cierta clase de escenas populares, ricas de vida y colorido, hanle llamado algunos _Teniers cántabro_. Convengamos en que tal vez _Cafetera, y El Tuerto, y Tremontorio, y El tío Jeromo, y Juan de la Llosa_, y el mayorazgo _Seturas_, y el jándalo _Mazorcas_, y hasta el erudito _Cencio_, serán de mal tono en un salón aristocrático; pero vayan a consolarse con sus hermanos mayores _Rinconete y Cortadillo, Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache_, y con los venteros, rufianes y mozos de mulas de toda nuestra antigua literatura, y con los héroes del Rastro, eternizados por don Ramón de la Cruz. Y si a algunos desagradan los porrazos de _La Robla_, y las palizas sacudidas por su marido a la nuera del tío Bolina, y las consecuencias de _Arroz y gallo muerto_, acuérdese de los molimientos de huesos que sacó don Quijote de todas sus salidas, de las extraordinarias aventuras de la Venta, de los apuros de Sancho en la célebre noche de los batanes, y acuérdese (si es hombre erudito y sabe griego) de los mojicones de Ulises a Iro en la _Odisea_, de los regüeldos de Polifemo, y de otros rasgos semejantes del padre Hornero, que dan quince y falta a todos los realistas modernos. Y cualquiera puede resignarse a ser _Teniers_ en compañía de Homero y de Cervantes, y del gran pintor de borrachos, mendigos y bufones.
Si yo dijera que para mí son las dos series de las _Escenas Montañesas_ lo más selecto de la obra de Pereda, no diría más que lo que siento; pero temo que muchos no sean de mi opinión, y que en ella influyan demasiadamente, por un lado el amor a las cosas de mi tierra, y por otro recuerdos infantiles, imposibles de borrar en quien casi aprendió a leer en las _Escenas_, y las conserva de memoria con tal puntualidad, que a su mismo autor asombra. Pero aun descartados estos motivos personales, todavía admiro yo más en Pereda al autor de bosquejos y cuadritos de género que al de novelas largas, y entre las escenas cortas, todavía doy la preferencia a las de costumbres marineras sobre las de costumbres campesinas, sintiendo que no sea mayor el número de las primeras, en las cuales logra el ingenio de su autor un grado de vigor y de fuerza creadora y hasta de terror sublime que, por decirlo así, le levanta sobre sí mismo. Por eso espero yo, y conmigo todos los hijos de Santander, que la obra maestra de Pereda, y el monumento que mejor vinculará su nombre a las generaciones futuras, ha de ser su proyectada novela de pescadores: _Sotileza_. Aun sin eso, ya no morirá, gracias a Pereda, el tipo hoy casi perdido del viejo marinero de la costa cantábrica, levantado por él a proporciones casi épicas, y digno de hombrearse con muchos héroes de Fenimore Cooper.
Más serenos y apacibles, menos trágicos y apasionados son los cuadros rurales, en cuya riquísima serie descuellan dos verdaderas novelas primorosas y acabadas, aunque de cortas dimensiones: _Suum cuique y Blasones y talegas_. Entre los más breves no se sabe cuál escoger, porque todo es oro acendrado y de ley: yo pongo delante de todos _La Robla, El día 4 de octubre y Al amor de los tizones_.
Entre la publicación de las dos series de _Escenas Montañesas_ mediaron muchos años. Todavía pasaron más antes que Pereda se decidiese a abandonar sus jándalos, sus mayorazgos y sus raqueros, y a ensanchar el radio de sus empresas, imaginando fábulas de mayor complicación y cuadros más amplios. Hizo entretanto algunos _Ensayos dramáticos_ (verdaderos cuadros de costumbres en diálogo y en verso), los cuales andan coleccionados en un libro ya rarísimo[1]; y para probar sus fuerzas en trabajo de más empeño, compuso las tres narraciones que llenan el volumen de los _Bocetos al temple_. Allí apareció por segunda vez la pintoresca, ingeniosísima y mordicante novela de costumbres políticas, _Los Hombres de pro_, preludio de _Don Gonzalo_, y glorioso trofeo de la única campaña electoral y de la única aventura política de Pereda. Publicada esta novela en días de tremenda crisis y de universal exacerbación de los ánimos, y escrita, no ciertamente con parcial injusticia, pero sí con calor generoso y comunicativo (hasta en los durísimos ataques que encierra contra el sistema parlamentario), aparecía, en su primera edición, un tanto sobrecargada de reflexiones, en que el autor, contra su costumbre, se dejaba ir a hablar por cuenta propia, como en libro o folleto de propaganda. Todo esto ha desaparecido en la edición presente, y así retocado el libro, y convertido en obra de arte puro, no teme la comparación con ninguna otra del autor. ¡Qué diálogo el de las niñas de la villa que no quiero nombrar! ¡Qué tipo el del hidalgo don Recaredo! Se dirá que la novela sigue siendo política, y que esto la daña; pero aunque sea cierto que las ideas políticas salen de los límites del arte, ¿quién duda que las extravagancias y ridiculeces de la vida pública caen, como todas las demás rarezas humanas, bajo la jurisdicción del satírico y del pintor de costumbres? ¿Por qué no ha de describirse una escena de _club_ o de comicios electorales, como se describe una escena de taberna o de mercado?
[1] De él se tiraron sólo 25 ejemplares. Aviso a los bibliófilos del porvenir.
La segunda época de la vida literaria de Pereda comienza en 1878, y abarca cinco largas novelas: _EL buey suelto, Don Gonzalo González de la Gonzalera, De tal palo, tal astilla, El sabor de la tierruca y Pedro Sánchez_. De todas ellas he hablado extensamente en otras ocasiones, y forzoso me será repetir algunos de los conceptos que entonces expuse.
El asunto de _El buey suelto_, es el más viejo y el más nuevo que puede imaginarse. Si hay cosa tratada o discutida en el mundo, ya seriamente, ya en burla, es la cuestión del matrimonio, aunque sea cierto que ni los razonamientos ni las _facecias_ influyen mucho en la resolución que cada prójimo toma según cuadra a su genialidad, temple y más o menos escrupulosa conciencia. Pero en la biblioteca que con poca dificultad pudiera formarse de obras relativas a esta materia, pesan y abultan mucho más las invectivas que las defensas. Sería grave error, sin embargo, tomar por lo serio y al pie de la letra muchas de esas diatribas, dándoles una transcendencia y alcance que las más veces no tenían en el ánimo de sus autores. La censura del matrimonio y de las mujeres ha sido en manos de los satíricos clásicos un lugar común, un motivo de chistes y de amplificaciones, como podía serlo el elogio del mosquito o de la pulga.
Observemos, no obstante, que nunca se multiplican ni recrudecen tanto las sátiras contra el matrimonio como en los tiempos de decadencia y senectud moral. No suele empezar la corrupción por las mujeres, pero el hombre les atribuye toda la culpa; y el vínculo natural y santo, que él huella y profana el primero, es a sus ojos la fuente y origen de todo mal. _Hoc fonte derivata clades_. En vez de acusarse a sí propio, acusa a la institución, acusa a la naturaleza; y entonces brotan, como indicios del malestar social, ásperas y desolladuras sátiras, al modo de la 6.ª de Juvenal, o livianos cuentos como los que manchan el _Asno_ de Apuleyo, constituyen el fondo de los _fabliaux_ de la Edad Media y corren en inagotable vena a regar los huertos de Boccacio y de todos los _novellieri_ italianos, torpemente remedados por los franceses.
Dicho se está que no había de faltar en nuestros tiempos semejante literatura, como no faltó en los de la Roma imperial, ni en el siglo XIV (en que la barbarie no excluía la liviandad), ni en la Italia del siglo XVI, ni en la Francia del XVIII. Pero al reaparecer (si alguna vez faltó) el género _anti-matrimonial_ en la moderna Europa, vistióse de nuevos paños, adoptó más grave arreo, tono más doctoral y circunspecto, propúsose dogmatizar y hacer análisis _fisiológicos_. Algo se corrigió en lo desmandado de la forma (sabido es que somos más pudibundos, aunque no más honestos, que nuestros abuelos); pero el veneno fué mayor, como destilado por alquitara. Más honda y corrosivamente ha influido esta literatura que todos los sarcasmos y _verduras_ de otras épocas. Fría, impasible, calculadora como eco de una sociedad que era positivista antes que el positivismo tuviese una fórmula científica, ha agotado el arsenal de los sofismas ligeros, parto de esa lógica sin entrañas, con la cual el hombre pretende engañarse a sí mismo; pero sofismas de éxito seguro, porque hablan al egoísmo, cifra y compendio de todos los malos instintos de nuestra caída y pecadora naturaleza.
Yo bien sé que los libros son la expresión de la sociedad, y que la sociedad sólo a medias es discípula de los libros; pero ¿quién negará que cada uno de ellos es leña echada en el fuego de la concupiscencia, incentivo del general descreimiento, piedra en que tropiezan las voluntades mal inclinadas, ocasión nueva de desaliento para las voluntades marchitas? Por eso es obligación ineludible en el escritor cristiano y de bien ordenado entendimiento, aplicar su ingenio a la reparación del edificio social, lidiando por la familia, que es su primera y necesaria base. Y cuando ese autor es un novelista de primer orden, un pintor de costumbres como ha visto pocos nuestra Península desde Cervantes acá, un hombre de agudo ingenio, rico de observación, y en donaires y gracias de decir excelente, natural es que emplee el método _fisiológico_ contra los fisiólogos, y que, convirtiendo la defensa en ataque, en vez de vindicar directamente el matrimonio, ponga y clave en la picota de la sátira a la _cínica e infame soltería_, que dice Jovellanos.
El libro que, como antídoto a los harto célebres de Balzac y de sus muchos y desafortunados imitadores, ha escrito el señor Pereda, pudo parecer pálido en los caracteres y poco interesante o animado en la acción. Quizá entraba esto en los propósitos del autor. Para personificar una plaga social, buscó un tipo insignificante, un _Gedeón_, egoísta, vulgar, sin ninguna cualidad dominante buena ni mala, que no es sabio ni tonto, ni hermoso ni feo, ni rico ni pobre, ni muy viejo ni muy joven, sin aficiones políticas ni literarias; un ser por excelencia prosaico, envuelto en las más ruines y mezquinas contradicciones de la vida. Todos sus desórdenes y malas andanzas son de escalera abajo. Lo singular del tipo está en su absoluta carencia de idealismo. Todo es vulgar en torno suyo: sus amigos, su criada, su manceba.
Y así debía ser para que el libro surtiese el efecto que el señor Pereda se propuso.
¿Qué solterón recalcitrante había de convencerse, en vista de las desdichas que sobre _Gedeón_ atrajeran sus personales manías y rarezas, o una serie de casualidades novelescas regidas por la mano del autor y no por el curso ordinario de las cosas humanas? _Gedeón_ tiene de hombre lo bastante para no ser una _idea pura_; en lo demás puede pasar por el _substratum_ de una clase entera, de las más numerosas, por desgracia, entre los hijos de Adán. Es la encarnación del egoísmo, pero de un egoísmo _bourgeois_, que no afecta proporciones titánicas ni colorido trágico.
La sobriedad de la acción sólo parecerá pobreza a quien considere _El buey suelto_, no como una novela (que no pensó en tal cosa el autor), sino como una serie de cuadros en que externa e internamente se va desarrollando la mala vida del héroe. Cada capítulo trae nuevos personajes y escenas nuevas, reproducidas unas veces con el pincel de Stein y de Teniers, otras con el brioso toque de la escuela española. ¡Lástima que en algunos pasajes la tendencia a la caricatura aparezca tan de resalto, y convierta en falsos tipos que de cómicos no debieran degenerar en bufos!
Como magistrales cuadros de costumbres, léanse sobre todo _La primera catástrofe, No es casa de huéspedes, Entre Venus y Marte, La tienda de la esquina, Los parientes de Gedeón_, sin olvidar el extraño y fantástico capricho de _La gran batalla_, cuya ejecución es maravillosa y digna de Goya.
Mas no se crea que sólo a lo cómico y alegre se inclina la musa del autor, aun en este libro, el más endeble de los suyos. Testimonio son de que sabe hablar en veras y herir al alma, además de alguno de los capítulos antes citados, los que terminan la _última jornada_, sobre todo el intitulado _La vanguardia de la muerte_, donde lo fácil se hermana con lo bien y hondamente sentido.
Aun a los críticos más adustos que consideraron _El buey suelto_ como una caída, parecieron admirables algunas porciones del _Don Gonzalo_, publicado al año siguiente. Si como novela se la considera, puede tachársela de acción escasa, aunque tiene la que basta y sobra para mover unas cuantas figuras, principal, si no único, propósito del libro. No es el fin de éste, como a algunos podrá antojárseles, la sátira política, ni viene ésta más que como episodio, y sin salir de los límites del arte, debiendo estimársela como un recurso para poner en juego a los personajes. Es cierto que hay en _Don Gonzalo_ algunos capítulos donde la revolución queda puesta en solfa. No falta un estudiante que en la taberna de su pueblo haga discursos pomposos y altisonantes, remedando los que en Madrid había oído. Ni se echa de menos tampoco un _pardillo_ montañés, _albitrante y con otras industrias saludables_, el cual pesca a río revuelto, y en días de revolución echa al fuego, a impulsos del patriótico entusiasmo, los papeles del Ayuntamiento donde constaban sus trapisondas. Hay, finalmente, una parodia de junta revolucionaria, y milicia ciudadana, y clubs y manifiestos electorales. Yo no sé si en otras partes será todo esto muy serio; pero en Coteruco, pueblo de 300 vecinos, se convierte por sí mismo en caricatura. Yo no admito que el señor Pereda se haya propuesto en esta novela _probar_ nada (es demasiado artista para eso); pero si alguna enseñanza se deduce de su libro, es la demostración del absurdo que se comete llevando a un pueblo rústico y laborioso las miserias políticas. El abandono del trabajo, la taberna perpetua, los palos y asonadas, son la consecuencia primera y forzosa de tal delirio.
Eso acontece en Coteruco, pueblo que llegan a corromper dos intrigantes y un mentecato, sin otro fin que el de satisfacer ruines pasiones y venganzas. Y eso que Coteruco era antes el mejor pueblo del valle, y aun el dechado de todos los pueblos de la Montaña, por la honradez y amor al trabajo de sus moradores. Debíase tal milagro a un don Román Pérez de la Llosía, señor rico, franco y campechano, sin aires de patriarca de la aldea, pero con muy buen sentido y recta intención en todo. El era la Providencia del pueblo, y su cocina la tertulia de Coteruco.
Enfrente de don Román coloca el señor Pereda otro tipo, montañés de pura raza, y el mejor tipo de Pereda, el arbitrante Patricio Rigüelta, _Maquiavelo de Campanario_, como dijo aguda y felizmente un crítico. Patricio, personaje esbozado ya en ciertas sátiras políticas del autor[2], adquiere aquí proporciones extraordinarias y se convierte en verdadero héroe y rueda principal de la novela, dejando muy en segundo término al _indianete_ que la da nombre, verdadera figura decorativa, aunque admirablemente trazada. Don Gonzalo es mero instrumento y juguete de la omnipotente voluntad y de las negras tramas de Patricio, que le maneja como blanda cera, y explota sus rencores contra don Román por el desaire de las bodas. Unese _Gonzalera_ con toda la gente díscola y revoltosa del pueblo; hace propaganda el estudiante (que es cojo, por más señas); se juega en la taberna una becerra a costa del indiano; los apóstoles de la nueva idea desacreditan al cura y a don Román (el _confesonario_ y el _feudalismo_, que dice el cojo), y aquello en pocos días muda de aspecto.
[2] Vid. _El Tío Cayetano_, periódico político que Pereda y algunos amigos suyos publicaron en Santander en 1868.
Tal es la sencilla trama de _Don Gonzalo_, que comienza con una maravillosa descripción de la tertulia de don Román (inferior, sin embargo, al antiguo cuadro de la _hila_, uno de los más exquisitos primores de las _Escenas_), y acaba con un crimen cometido en días electorales, y con la huída del noble Pérez de la Llosía de aquel lugarejo mísero y pervertido. En ningún libro suyo ha congregado Pereda igual número de tipos tan vivos y tangibles. Queda dicha la excelencia satánica del carácter de Patricio, tan complicado, tan difícil y de tan paciente estudio. Pero en torno de esta creación singular se agrupan, como digno cortejo, todos con fisonomía propia y rebosando de vida: la vieja _Narda_, sentenciosa consejera de Magdalena; el hidalgo don Lope, alma de oro con corteza de hierro, tan breve en palabras como largo en hechos, último vástago de aquellos indomables banderizos del siglo XV, y condenado en el nuestro a matar las solitarias horas sobre su _potro_ de piedra; el estudiante, el indiano, la solterona Osmunda, providencial castigo de don Gonzalo; Carpio y Gorio, en quienes se cifra y compendia el carácter del campesino montañés con todos sus rodeos y suspicacia, y hasta los personajes de segundo orden, Chisquín, Toñazos, Polinar, Barriluco.... ¡Qué plenitud de sangre española en todos ellos! ¡Y qué cuadros los que llevan los títulos de _La feria de Pedreguero, La romería de Verdellano y El festín_! Este último es un cuadro de Teniers, con toque más vigoroso y más caliente entonación. Parece que sentimos el peso de la becerra sobre la mesa, y el del vino tinto en las cabezas de los comensales. ¡Y que diálogos los de Carpio y Gorio!
_De tal palo, tal astilla_ es quizá el libro menos realista de Pereda, y no ya porque pinte costumbres campesinas, fáciles y risueñas, que esto bien cabe en el realismo, ni menos porque en este libro, y todavía más en _El sabor de la tierruca_, el tan decantado pesimismo de las _Escenas Montañesas_ se haya ido convirtiendo en simpática benevolencia, harto natural en quien, viviendo tantos años en la quieta soledad de su Tusculano, se ha ido prendando cada vez más de las escenas rurales, y viéndolas bajo un aspecto más poético y halagüeño. La única diferencia substancial que encuentro yo entre esta novela y las demás de Pereda, y lo que me hace declararla _realista_ a medias, consiste en que es un libro de tesis, en que abandonando el autor, hasta cierto punto, la observación desinteresada, principal musa suya, trata de inculcar, aunque no directamente, no una, sino muchas y varias moralidades. Plantea, pues, lo que llaman ahora _conflicto o problema religioso_, y le plantea por medio de una fábula, que no deja de guardar cierta analogía lejana con la de _Sibila_, de Octavio Feuillet, y la de _Gloria_, de Galdós. Aunque esta semejanza no pasa de los datos fundamentales, y yo sé además que Pereda no ha leído _Sibila_ y que no gustaría de ella si la leyese, no ha de negarse que el _conflicto_ (usemos la jerga corriente) viene a ser en las tres novelas el mismo. Pero _Sibila_ (con ser libro delicadamente escrito) tiene algo de enteco y enfermizo, respira falsedad en las ideas y en los afectos: aquel cristianismo vaporoso es un cristianismo de salón, mundano y sentimental; se diría que la moda y no la convicción dictaron aquellas páginas, donde falta de un cabo a otro la naturalidad, y no hay un solo carácter acentuado y vigoroso. Es un libro sin unción y sin nervio. Mayor talento, y más firme convicción, aunque extraviada, inspiraron a Galdós en _Gloria_; pero sus declarados intentos de propaganda anti-católica por una parte, y por otra el exceso del simbolismo y de las abstracciones personificadas, la enturbian y obscurecen, y casi la sacan fuera de los límites del arte, convirtiéndola en un alegato librecultista, y a la heroína en pedante e insufrible disputadora.
De fijo lo menos afortunado en la novela de Pereda es también el carácter de la heroína. Puede decirse, sin agravio de él, que los tipos femeniles y los diálogos de amor han sido, son y serán siempre la parte más endeble de su armadura de novelista. Y aun añadiré que los huye, o los trata con frialdad y despego. Y, sin embargo, el carácter de Águeda estaba bien concebido, y ¡cuan hermosos y trágicos efectos podía haber sacado el autor de la eterna lucha entre la pasión y la ley moral! Bien está que Agueda, católica a la española y montañesa a toda ley, cumpla su deber sin aparato ni estruendo, aunque su resolución le cause dolores mortales. Bien está que su fe acendrada y robusta, su buen sentido natural, lo recto y nunca maleado de su razón la impidan transigir con la impiedad, aunque vaya unida a toda la gallardía de la juventud, a todo el fuego de la pasión y a todo el poder y alteza del ingenio. Pero ¿era preciso para esto hacerla tan impasible, estoica y marmórea, cuando al fin era mujer y enamorada?
¡Pero cómo se venga Pereda de esta inferioridad suya en otros tipos más de su cuerda que la obra tiene, y sobre todo en los que forman el _coro_! Sólo el recuerdo, no fácilmente borrable, de Patricio Rigüelta, puede perjudicar al malvado de esta otra novela, el don Sotero, abominable _tartuffe_, en cuya negra alma no ha temido penetrar y ahondar hasta con encarnizamiento el señor Pereda, como si quisiera dar hermosa muestra de que lo extremado de su ultramontanismo no corta las alas a su ingenio ni le hace ñoño o meticuloso. Hasta puede añadirse que ha recargado las tintas más de lo que suele, y ha hecho contra su costumbre, y quizá contra la conveniencia artística, un carácter de una sola pieza, porque entes tan completa y absolutamente perversos como don Sotero, sin ninguna cualidad buena ni vislumbre de ella, son, por dicha, rarísimos, y aun pueden tenerse por aberraciones de la humana naturaleza.