Part 14
Don Simón se quedó extático. Cuando aquel párrafo se publicara, su nombre comenzaría a sonar tan recio como él deseaba; _pero_, una vez publicado, adquiría el compromiso de hablar, de hablar mucho, y de no hablar mal del todo. Así es que no pudo menos de decir al periodista:
--¡Canario, canario!... Usted me favorece mucho; pero...
--¿Cree usted que le lisonjeo? ¡Bah!... Dejando aparte que usted se lo merece, y mucho más, aquí no se gasta otra cosa.
--Ya lo observo; pero así y todo.... ¿Y cómo se llama su periódico de usted?
--_El Ariete_.
--Muy conocido, en efecto.
--¡Oh!, de primer orden. Desde mañana lo recibirá usted en su casa.
--Tantas gracias.
--Cabalmente son subscriptores _también_ todos los hombres notables de la política y de la Bolsa. Sólo usted nos faltaba, como quien dice.
--En ese caso--dijo don Simón comprendiendo entonces la intención del periodista, que no era seguramente la de regalarle el periódico--, envíeme usted el recibo.
--A su tiempo, señor de los Peñascales. Con hombres como usted guarda la administración ciertos trámites de confianza. No los guardaría ciertamente con muchos de sus colegas de usted. ¡Aquí hay que tener más ojos que los de Argos!
--¡Hombre, usted exagera!
--¿Quiere usted que le trace algunas biografías? Le aseguro a usted que serán deliciosas.
--No hay para qué, no hay para qué--se apresuró a responder don Simón, como si temiera _comprometerse_ con la oficiosa espontaneidad del diplomático; el cual añadió inmediatamente:
--Y su apreciable familia de usted, ¿se divierte en Madrid?
--Pshé.... Como todavía no conocen el terreno bien, por más que tenga muchas y buenas relaciones...
--Cierto: faltan la intimidad de las provincias, el roce continuo, ciertas reuniones de confianza.... Y a propósito: creo haber entendido que pensaba usted dar algunas.
--¡Es usted el mismo demonio!--saltó don Simón, admirado de que también le hubiese leído su segundo pensamiento.
--¿Luego es cierto?
--Pshé...--volvió a responder el pobre hombre, sonriendo de gusto.
--¡Magnífico dato para la _Crónica de salones_!--dijo el periodista, sacando sus avíos de nuevo y escribiendo a escape en otra cuartilla de papel.
Mientras esto hacía, admirábale más y más don Simón, no tanto por su extraño desenfado, cuanto por las consideraciones reverentes que parecía merecerle. Sin saber por qué, todo le interesaba en aquel hombre; por lo cual ardía en deseos de saber cómo se llamaba, y (¡vean ustedes qué curiosidad!) si era soltero.
Acabó de escribir el periodista, y leyó acto continuo a don Simón lo siguiente:
«Muy en breve contará la buena sociedad de Madrid con otro centro de amenidad y de elegancia. El opulento capitalista y diputado a Cortes don Simón de los Peñascales, y su distinguida familia, se disponen a recibir a sus numerosos amigos en sus espléndidos salones de la carrera de San Jerónimo.»
--¡Pero usted me compromete!--dijo don Simón, trémulo de gusto, al recibir aquella rociada de piropos-. ¿Y si no llego a dar esas reuniones?
--No habrá nada de lo dicho, y en paz. Pero ¿qué ha de hacer usted sino darlas? Los hombres ricos e ilustrados y que, como usted, tienen además una señora modelo de elegancia y de agrado, y una hija, conjunto de todos los hechizos imaginables...
--Pero ¿qué sabe usted de todo eso?--preguntó don Simón hecho ya un caramelo.
--¿Ha podido usted acaso creer--respondió el diplomático, explotando a su gusto la candidez del diputado--que personas de la significación de usted pasan inadvertidas en ninguna parte? ¡Bah! Se le conoce a usted en Madrid casi tanto como en su provincia.
--¡Cielos, si será verdad!--pensó el bolonio; y añadió en voz alta--: Usted me lisonjea, sin duda.
--No es ese mi carácter, señor de los Peñascales--respondió el tuno haciéndose el ofendido.
--Quiero decir...--se apresuró a rectificar el primero.
--Hagamos punto sobre ello, amigo mío.
--Puesto que usted lo desea, hagámosle. Y ¿podría saber _su gracia_?
--Arturo Marañas; y por añadidura, andaluz y soltero.
--¡Soltero también!--exclamó don Simón sin poder disimular su alegría.
--¿Y qué le choca?
--Nada, nada--rectificó, aturdido, el candoroso diputado--; sino que, como lo decía usted a continuación de su apellido, ¡ja, ja, ja!, me hizo mucha gracia.
--¡Ja, ja, ja!... Yo soy así--dijo el diplomático siguiéndole el humor--. Como nada debo, ni nada ni a nadie temo, doy todo mi pasaporte cuando me preguntan cómo me llamo.... Pero observo--dijo, interrumpiéndose de pronto y consultando su reloj--que con el placer de estar a su lado, olvido uno de mis deberes. Así, pues, si usted me da su permiso, vuelvo a mi tribuna a tomar algunas notas sobre la sesión de hoy.
--¡Pues no faltaba más sino que yo...! Corra usted, amigo mío; y mil gracias por tantas bondades.
--Señor don Simón...
--Señor don Arturo...
--Hasta la vista.
--Hasta la primera.
Marchóse el mozo, y quedóse Peñascales hecho un papanatas. Aquel encuentro le parecía providencial. Un diplomático, y diplomático soltero; un periodista que anunciaba su futura peroración y sus reuniones en proyecto, y un probable encomiador de ambas cosas en la prensa. Todo esto en una pieza y a sus órdenes. Porque ya le era indispensable _echar_ el discurso y abrir sus salones. Cierto que el nombre del diplomático, a quien tendría que convidar a las fiestas de su casa, no le sonaba a conocido; pero ¿estaba él en la obligación de conocer a todos los personajes políticos, hoy que tanto abundan?
En esto se oyó la campanilla de marras, y un su colega de la mayoría, que, por su apresuramiento y cara de vinagre, más parecía cabo de comparsas.
--¡Vaya usted a votar!--le dijo en tono desabrido.
--¿Qué voto?--le preguntó don Simón, disponiéndose a obedecer.
--Que _sí_--le respondió el otro, pasando de largo y rebuscando ansioso callejuelas y rincones, como pastor que junta su rebaño.
CAPÍTULO XVIII
Continuaban doña Juana y Julieta divirtiéndose cuanto podían en Madrid, pero no satisfaciendo por completo sus aspiraciones. Estaban lo bastante relacionadas para no concurrir solas al teatro, y para asistir de vez en cuando a algunas reuniones de _medio carácter_; pero no lo suficiente para figurar entre lo más rechispeante del _buen tono_ madrileño, que era lo que ellas deseaban.
Esto entendido, calculen ustedes su asombro y descomunal alegría cuando don Simón las sorprendió con el periódico en el cual se estampaban los dos sueltos que conocemos, y con la noticia de que el autor de ellos era un elegante joven con sus barruntos de embajador.
Aquel día no se comió ni se hizo nada de traza en la casa. Leíanse los fascinadores párrafos cien y cien veces, arrebatando el periódico a Julieta doña Juana; a doña Juana don Simón, y a don Simón Julieta; y así una hora y dos horas, y toda la mañana y toda la tarde, sin cruzarse una palabra entre los tres individuos de la familia; pero riéndose todos, como idiotas, a cada instante; tal vez pensando en el efecto que estarían causando en el público las noticias, y ¿a qué negarlo?, en el elegante periodista.
Cerca ya del anochecer, y cuando empezaban a volver en sí los extasiados personajes, propuso doña Juana que se adquiriesen algunas docenas de aquel número de _El Ariete_, y que se inundaran con ellas el distrito de su padre y la capital de la provincia; proposición que fué aceptada con entusiasmo, por lo cual pasó el resto de la noche la apreciable familia empaquetando periódicos y escribiendo tantos sobres cuantas personas _notables_ de su país recordaba.
No era todo, sin embargo, miel sobre hojuelas para don Simón; pues si lo de las fiestas era realizable desde luego, por ser los obstáculos vencibles con dinero, lo del discurso no dejaba de tener tres bemoles, dado que, hasta aquel instante, ni había probado sus fuerzas parlamentarias, ni siquiera elegido asunto para su estreno.
Escribíanle con frecuencia sus amigos de la ciudad y los electores del distrito, pidiéndole no sólo lo que ya hemos visto que él les conseguía sin dificultad en los Ministerios, sino otra multitud de gangas en forma de privilegios o de mejoras materiales, que no podían otorgarse sin el parecer de las Cortes. De la ciudad, por ejemplo, se le pedían franquicias más o menos latas para el comercio o la navegación, a título de no sé qué méritos contraídos por la _plaza_ en determinadas crisis políticas... o meteorológicas, pues cuando se trata de pedir, toda razón se alega por motivo justo: del distrito le _exigían_ carreteras o canales; y tal cual elector, porque había perdido la cosecha, por obra de no sé qué plaga, pretendía que se le perdonara la contribución de aquel año, amén de dársele grano para la nueva siembra, y de declarar desde luego exento del servicio militar a un su hijo que debía entrar en el sorteo próximo.
En este arsenal de pretensiones pensó siempre inspirarse, para su discurso, nuestro diputado: con doble motivo había de pensarlo desde que el suelto del periódico le comprometía a hablar de asuntos de interés para su provincia. Pero entre tantos y tan varios como se ofrecían a su vista, ¿cuál era el más a propósito para lucirse el orador, ya que no el más atendible por su naturaleza?
Esta fué su gran cuestión durante algunos días, desde el en que palpó la necesidad de formalizar su antes vago propósito.
Tremendas y muchas fueron sus cavilaciones con este motivo. Al fin, y como aquel niño que, de repente, halla el resorte que imprime fácil movimiento a una máquina, hasta entonces inmóvil ante los más desesperados esfuerzos, hizo una zapateta y se dió tres manotadas sobre las nalgas, faltando así, por primera vez después de muchos años, a la compostura y circunspección que guardaba hasta con su propia persona.
Había logrado resolver la dificultad muy sencillamente. En lugar de elegir entre tantos un asunto solo, y de pedir una sola cosa, era preferible pedirlas todas y algo más. Esto, sobre proporcionar mayores bienes a su país, abría más ancho campo a su fantasía. Presentaría, pues, una proposición al Congreso pidiendo las franquicias para el comercio y la navegación, solicitadas por sus amigos; una carretera para cada pueblo, enlazadas con la general, y la exención de pago de contribuciones pecuniarias y de sangre a toda la provincia, por el año próximo venidero, en virtud de los méritos de la consabida plaga... y de otras muchas razones que él sabría exponer, de tal modo, que no solamente llevaran al ánimo de los diputados el convencimiento, sino también el espanto y la consternación.
Firme ya en su propósito, comenzó a estudiar su papel, escribiendo a ratos y buscando en otros los gabinetes más solitarios de la casa, para manotear a su gusto y ensayar posturas interesantes delante de un espejo y detrás de una silla, en cuyo respaldo apoyaba sus manos para imitar en lo posible la posición que ocuparía en el Congreso el día en que hablara.
Su mujer y su hija, entretanto, con el parecer, la habilidad y los recursos prestados de un tapicero de fama, preparaban su casa para dar cuanto antes la primera reunión con el lujo que el público tenía _derecho_ a exigir de «los opulentos señores de los Peñascales».
Cuando el templo estuvo convenientemente decorado, y las sacerdotisas bien vestidas, y el ambigú rumbosamente surtido, por consejo de personas conocedoras de las aficiones más exigentes de la _buena sociedad_, y las invitaciones repartidas, _El Ariete_ publicó la siguiente noticia:
«En conformidad con lo que dijimos en nuestro número del tantos, en la _Crónica de salones_, esta noche inaugurarán los suyos los señores de los Peñascales. Sabemos que en ellos todo será digno, así de la brillante concurrencia que ha de llenarlos, como de la proverbial amabilidad y del exquisito gusto de las señoras de la casa, y de la bien acreditada prodigalidad del opulento patricio y esclarecido anfitrión.»
Y se abrieron, y se llenaron, en efecto; que para eso, a más de las intimidades de familia, había convidado don Simón a todo el Congreso de diputados, autorizándolos de paso para llevar a sus señoras, los que las tuvieran, o a las personas de su confianza; y en parte alguna del mundo civilizado se desaira una fiesta que, por remate, ofrece ocasión de regodear el estómago de balde.
No abusaré de la paciencia del lector contándole punto por punto lo que pasó en aquélla, ni le diré tampoco cuántos padres de la patria llevaban el frac mal sentado, como si no estuviera cortado a su medida, ni cuáles señoras de estos insignes patricios iban hilvanadas con las marchitas rebuscaduras del baúl, ni qué familias _visibles_ de la corte estaban representadas allí por apuesto mancebo o seductora dama. De algo de esto y mucho más dieron detallada cuenta al día siguiente los periódicos que lo tienen por costumbre, y en ellos consta todavía.
Unicamente debo dejar consignado que Julieta estaba hecha una real moza, y que no se separó de ella un solo instante el consabido diplomático de _El Ariete_; que doña Juana no cabía en la casa, de satisfecha, soplada y bullidora; que don Simón se desvivía por obsequiar a todo el mundo, a pesar de hallarse algo contrariado por la circunstancia de que un inesperado Consejo de Ministros había impedido a alguno de éstos honrar la casa con su presencia; y, por último, que la concurrencia, deseando corresponder de un modo digno a tantos obsequios, bailó de firme; registró toda la casa; murmuró en cada rincón de la simplicidad del dueño y de la estrepitosa _cursilería_ de su señora; desafinó el piano; desgajó, con parte de los tabiques, dos cortinones; se chupó o se embolsó medio millar de ricos habanos, y dejó el ambigú como si sobre él hubiera pasado un huracán. Ni migas quedaron allí.
Por la razón apuntada más atrás, no reproduzco algunos párrafos de los dedicados a la fiesta por _El Ariete_ al día siguiente, en los cuales se decían de Julieta cosas peregrinas a propósito de sus ojos negros, sedosas pestañas, morena tez y túrgido seno; pintándola como la realidad del sueño más oriental, y poniéndola por encima de todas las sultanas habidas y por haber. Claro está que estos piropos eran hijos de la ardorosa fantasía del joven diplomático.
Pero en defecto de estas y otras sabrosísimas lucubraciones, he de transcribir una carta que doña Juana escribió a cierta su amiga íntima de la ciudad, al día siguiente de la fiesta, y que, corregida por mí, únicamente en lo más indispensable de la ortografía, para mejor inteligencia del lector, al pie de la letra decía así:
«Ya habrá usted visto por los papeles, cómo pensábamos dar en casa reuniones de tono. Pues, amiga de Dios, todo lo que allí se dijo fue pantomina, comparado con lo que resultó anoche. ¡Ay, doña Regustiana de mi alma! Déjeme tomar aquí vientos, porque, de resultas, tengo la cabeza como una zambomba, y el palagar en carnes vivas. Pues, como la decía, lo de la noticia primera fué alcuerdo de un embajador soltero, que viene mucho a casa (y esto resérvelo en secreto, por si acaso), que además escribe en papeles públicos. Pues, amiga, la gente que aquí vino anoche, fué mucho de todo. Le digo a usted que los coches no cabían en la calle; y del ruido que metían entendí que el padimento se polvatizaba.
»Como mi marido es tan vistoso en las Cortes, y de los que más figuran, vinieron horror de diputados con sus familias; y estuvo en un tris que no vinieran dos ministros, íntimos amigos de Simón. Pero otro día vendrán, si Dios quiere; que estas funciones han de repetirse. Pues a lo que la iba. Tumultos de gente vinieron también de fuera de las Cortes, y todas las amigas de casa, y mucha sociedad del buen tono que ya nos trataba.... Hija, no es alabanza; pero ¡cómo cantó este mal demonches de Julieta, y qué manos las suyas para teclear el peano! Le digo a usted que la casa se despampanaba después con el palmoteo. El embajador estaba enfático de entusiasmo. No sé en lo que parará esto del embajador; pero (y encúltelo mucho) si va de la que va, le digo a usted que no sé en qué va a parar.
»Pues estaba la casa adornada con mucho gusto; pues le aseguro a usted que en Madrid se consiguen los imposibles en hubiendo dinero largo. Teníamos hasta gúfaros (_búcaros_ querría decir doña Juana), y llegaban hasta el portal la alfombra y las estautas.
»Aunque todo era gente muy circunspuesta, gloria daba ver cómo se divertían bailando e hiciendo miles diabluras toda la santa noche sin resollar. Pues lo que estaba manífico era el amegud que nos puso el fondista en el comedor; pues como no le regateamos el precio, puso el hombre allí de cuanto Dios crió, con su pastalagrás (_paté foie-gras_, sin duda), y su pavo tupé (_truffé_). Así es que la gente decía, a voz en cuello, que otra como ella no se había visto en Madrid en jamás de los jamases. Pues le aseguro a usted, doña Regustiana, que por bien empleado dábamos el dineral que nos costaba, al ver cómo todo aquel señorío tan principal se lo iba envasando al cuerpo sin más ni más. Pues no sé de ónde ha salido el dicho de que esta gente fina gasta remilgos para comer; que, por cierto y mi vida, le aseguro a usted que mayor franqueza que en mi casa tuvieron en la mesa, no la tendrán en la suya. Mire usted, doña Regustiana, que al ver cómo despachaban cuanto había por delante, y al no conocer lo principal y regalona que era aquella gente, cualisquiera creería que mucha de ella había venido a mi casa a matar el hambre. Pues vea usted si había franqueza en la reunión. Así es que cuarto que gaste usted en Madrid, en seguida luce. Da gusto, hija. Conque hemos quedado muy animados a poner otro amigud al primer baile que tengamos, que será luego, según de satisfechos que quedamos.
»Hoy no hablan de otra cosa los papeles, y ahí le mando una docena de ellos para que reparta a las amigas, a más de los que mandará Simón por el correo.
»¡Mucho, mucho papel hacemos aquí, y mucho más nos espera si a Simón le sale bien la soflama que va a echar en Cortes! Lo que es él mucho manotea en los ensayos que tiene en su cuarto consigo mismo. Siempre levantará en cuajo a algún menisterio, y le obligará S.M. a tomar cartera. Pues yo lo sentiría, porque el hombre está ya demasiado contrito de trabajo; y aunque con ello tendría una más inflas, y podría ir a palacio como a su casa, la salud es lo primero, doña Regustiana; que a perro ladrador, la cebada al rabo.
»Pues Julieta estrenó un vestido de color de huevo estrellado, con sobrefalda de puf, y un enderezo de rubines y trompacios. Yo llevaba cuerpo alto y falda de media cola.... En fin, ya lo verá usted en los papeles, que lo relatan sin quitar un pelo.
»Pues desearé que me diga usted lo que se cuenta por ahí de nosotros con estos triunfos tan atroces.
»Julieta no escribe, porque está durmiendo. A mí se me caen los pálpagos de sueño, porque, hija, no he pegado el ojo desde antanoche; y por eso no soy más opípara en esta carta. Otra vez la contaré lo que ahora me callo, que le aseguro a usted, doña Regustiana, que es mucho y bueno.
»Conque reciba usted muchos besos de Julieta y atentos osequios de mi esposo; y con expresiones a las amigas, se despide hasta otra esta su servidora, que de veras la estima,
JUANA ALUBIÓN DE LOS PEÑASCALES.»
CAPÍTULO XIX
Pasaron días, y con ellos fueron creciendo las intimidades entre Julieta y el diplomático, hasta el punto de vérselos como la sombra y el cuerpo en calles, paseos y espectáculos; siendo de advertir que don Simón, no solamente lo consentía, sino que lo fomentaba con reiteradas atenciones hacia aquél, y con desmedidos elogios de sus prendas cuando de él hablaba en familia. En cuanto a doña Juana, era madre, y además tonta, y además vanidosa. ¿Cómo no había de entusiasmarse con aquel joven que, sobre ser un personaje, la llenaba a ella y a toda su casta de incienso en los periódicos y de lisonjas en la conversación? ¿Cómo no pagarle con todo género de deferencias la popularidad que iba dando en Madrid a la familia Peñascales? Y ¿qué podría suceder al cabo? ¿Que Julieta y Arturo llegaran a mirarse como nacidos la una para el otro? Pues mejor que mejor. ¿No era ella rica? ¿No era él un personaje? ¿No era joven? ¿No tenía talento y elegancia?
Verdad es que, hasta aquella fecha, con ninguna credencial había demostrado el embajador que lo hubiera sido real y efectivamente; pero ¿no bastaban su aserto, y, sobre todo, las familiaridades que se permitía con ministros y diputados en el salón de conferencias?
De todas maneras, ya pensaba don Simón pedir, con cierto tino y cuando cayera la pesa, los necesarios informes a persona que pudiera dárselos.
Por de pronto, consultaba con él algunos puntos que debía tocar en su discurso, y aceptaba agradecido las enmiendas que le hacía y los consejos que le daba acerca del uso de ciertas frases y determinados _arranques_.
Presentado había ya su proposición a las Cortes, cuando fué llamado con gran urgencia por el Ministro de la Gobernación, su _especial amigo_.
Acudió a la cita más que de prisa; encerróle S.E. en el camarín más oculto de su despacho; y después de pasarle la mano por el lomo y de regalarle una _breva_,
--¿Cómo anda usted de fondos en Madrid?--le preguntó en seco.
Don Simón se quedó petrificado. Aquella pregunta, después de los otros preparativos, le hizo temer que el Ministro le buscara la bolsa. Conoció éste, como si se los leyera en la cara, sus recelos, y se apresuró a decirle, soltando la carcajada:
--No lo pregunto para pedírselos prestados, señor don Simón.... Amigo, los hombres ricos tienen ustedes la tranquilidad en un hilo.
Volvió a petrificarse entonces don Simón; pero fue de abochornado al ver descubierta su ruin sospecha; y como para enmendarlo, respondió con grandes aspavientos:
--¡Ah, señor Ministro! Me juzga usted muy mal. Ya usted sabe que cuanto soy y tengo está a su disposición.
--Muchas gracias--contestó con sorna su excelencia--. Pero, felizmente, no se trata ahora de eso, sino de todo lo contrario.
--¡Cómo!--exclamó Peñascales abriendo mucho ojo.
--En una palabra, deseo demostrar a usted que el Gobierno es buen amigo de sus amigos, revelándole, en confianza, la ocasión de hacer un buen negocio.
--¡A ver, a ver!--dijo con ansia don Simón, arrimándose más al Ministro.
--Ya usted sabe--continuó éste--cómo estamos autorizados, por un rasgo de confianza que nunca agradeceremos bastante a las Cortes, no solamente para arbitrar recursos con los cuales podamos vencer los gravísimos obstáculos que entorpecen la marcha desembarazada del Tesoro, ínterin se discuten los nuevos presupuestos, sino para decidir a nuestro gusto el cuándo y el cómo; en fin, que se nos han dado amplias facultades para contratar.
--Conformes.
--Pues bien: el Gobierno tiene ya su plan formado, su resolución hecha.
--Adelante.
--Y como usted es uno de sus mejores amigos, mis colegas y yo deseamos enterarle, antes que al público, de ciertos pormenores, a fin de que, como hombre de negocios, se prepare... y... ya usted me entiende.
--¡Tantísimas gracias! Pero esos pormenores....
--Voy allá. El Gobierno.... Y ¡por Dios!, sea usted en esto reservado como una mazmorra; el Gobierno va a hacer un empréstito por suscripción. Emitirá papel con un interés anual de veinte por ciento.
--¡Aprieta!
--Mis colegas y yo hemos creído que un cebo semejante es el mejor atractivo. Las oposiciones dirán que lo hacemos porque está el Tesoro en quiebra, y porque el que se ahoga no mira el agua que bebe; pero le aseguro a usted que quien tal diga no estará en lo cierto. Por su parte, el Ministro de Hacienda se compromete a demostrar a usted que el empréstito, a pesar de ese interés, se hace en condiciones ventajosísimas para el Estado.
--Posible es--observó don Simón arrugando la cara.
--No he concluido todavía--añadió su excelencia--. El papel se emitirá a setenta por ciento.
--¡Santa Bárbara!
--¡Otra ventaja para el suscriptor!
--¡Ya, ya!--refunfuñó don Simón.
--¿No le parece a usted bastante claro todavía el negocio?--preguntóle con picaresca sonrisa el Ministro.