Part 10
Hecho el primer estudio del terreno por medio de estos y otros datos parecidos y no más lisonjeros; oído el dictamen del centro electoral, y corridos los indispensables propios con las necesarias cartas e instrucciones, arregló don Simón la maleta; rellenó todos sus huecos con cigarros del estanco; vistióse un traje coquetón de camino, hecho _ad hoc_; adornó las manos con sus sortijas más voluminosas; echó sobre el pescuezo la cadena más larga, más gorda, más relumbrante de cuantas tenía; y cabalgando en un rocín de mal pelo, pero de mucha resistencia, partió de la ciudad al amanecer de un día, quince antes del en que habían de dar comienzo las elecciones.
Llegó al primer pueblo del distrito, y allí le esperaban, a la puerta de un viejo mesón, a cuyos postes y rejas estaban atados otros tantos caballejos enjaezados a la usanza del país, hasta seis agentes electorales _de nota_. Recibiéronle los seis sombrero en mano; alargó don Simón la suya a cada uno, con el aditamento de afectuosa sonrisa; y abriéndole después ancha y respetuosa calle, obligáronle a pasar, delante, al comedor, donde había una mesa preparada para docena y media de convidados, y hasta doce nuevos personajes envueltos en burdas capas, que, al ver entrar al candidato, se levantaron y se descubrieron. Estos doce eran los edecanes, como si dijéramos, de los otros seis, que bien pudieran llamarse el _estado mayor_ del aspirante a diputado.
Olía el salón aquel punto peor que una caballeriza; pues de esencia de ella, de aguardiente, de tabaco _de hoja_ común y de otras no más suaves ni voluptuosas, se componía el ambiente que allí se mascaba; pero de ámbar y ambrosía le pareció a don Simón, juzgándose ya electo con el esfuerzo de aquellos auxiliares, todos famosos en el país por sus gloriosas campañas electorales.
Dióse al candidato, por aclamación, la presidencia de la mesa, y sentáronsele a cada lado tres de su estado mayor y seis de los subalternos. Cumplido este requisito, y dichas las indispensables _agudezas_, y hechos los acostumbrados restregones de manos, sirvió una Maritornes, en abismo de sopera, media arroba de fideos; vertióse negro y abundante mosto en los vasos al efecto; circuló el cucharón de estaño de plato en plato; y entre sorbos, resoplidos, eructos y taconazos, dióse comienzo a la discusión del punto que allí reunía a tan insignes personajes.
Según las noticias traídas por los doce encapotados, que conocían el distrito como la palma de la mano, y acababan de recorrerle todo, cumpliendo previas y acertadas instrucciones de los seis jefes, presentes también, la batalla iba a ser muy reñida, y ofrecía un éxito muy dudoso.
Tres eran los candidatos que habían de luchar. Uno ministerial, otro de oposición radical, y otro, don Simón, indefinido, _independiente_. El primero, aunque desconocido en el país y sin arraigo en ninguna parte, era el más temible, porque con la tenaza del Gobierno tenía cogidos por los cabezones a casi todos los Ayuntamientos. El de oposición se llevaba las grandes masas _inconscientes_; y en cuanto a don Simón, no contaba en aquel instante más que con lo que le rodeaba; pero así y todo, bien sabía él que no era el más desamparado de los tres. Había sonrisas a su lado que valían media elección, y gestos y caras y, sobre todo, antecedentes que, cuando menos, le garantizaban una lucha a muerte y una derrota gloriosa.
Hízosele saber, como dato muy importante, que el candidato de oposición daba, a cada elector que le votara, media libra de pan y un trago de vino. Del ministerial nada se sabía, porque corría la elección por cuenta de los Ayuntamientos, al decir de la fama. Era, pues, necesario, para ganarse simpatías y prosélitos, hacer por los electores un poquito más que el más rumboso de los candidatos; y como don Simón era rico, y en ciertas ocasiones no se paraba en barras, autorizó a sus agentes para que hiciesen saber en el distrito que él daba a sus votantes lo mismo que el candidato de oposición, más dos docenas de castañas, y, en caso de apuro, un cigarro de dos cuartos.
Estas larguezas, en opinión de sus auxiliares, podían facilitar algo más el triunfo. Pero si, en último caso, la batalla ofrecía ciertas dificultades, ¿no era don Simón candidato _independiente_? ¿No podía, sin mengua de su dignidad, declararse, _in extremis, adicto_, y obtener de este modo los auxilios del poder, que se los daría con preferencia al otro candidato, simple aventurero político?
En éstas y otras, y devorados por los comensales, amén de los pucheros bien atacados, dos docenas de pollos en salsa, media arroba de carne estofada y una calderada de arroz con leche, repartió entre ellos don Simón un mazo de puros del estanco; encargó a cada uno de los doce subalternos el mayor esmero en el cumplimiento de la comisión que se les había dado; los favoreció con un afectuoso apretón de manos; pagó la comida a los diez y ocho, y los piensos de otros tantos caballos, más algunas herraduras que hubo que poner a tres o cuatro de los últimos; y seguido de la consabida media docena de personajes que formaban su estado mayor, bajó al corral. Allí montaron los siete, y partieron a trote menudito, entre las sombreradas de los que quedaban en el mesón y la afanosa curiosidad del vecindario, que había acudido en masa a las inmediaciones de la venta para conocer al candidato, de cuya riqueza se contaban maravillas en el pueblo.
Allí empezaba para don Simón, si no lo más difícil, lo más penoso de la campaña electoral.
CAPÍTULO X
Según lo acordado en la mesa, en ciertos pueblos del tránsito no había necesidad de apearse, pues no ofrecían la menor dificultad; a lo sumo, detenerse un momento a saludar, por una atención que sería muy agradecida, a tal cual influyente. Pero, en cambio, había que echar el resto en aquellas localidades dudosas o adictas al enemigo.
Y con estos propósitos, caminando en ala los siete donde el terreno lo permitía, o en hilera si el sendero no daba más de sí, pero ocupando siempre don Simón el puesto de preferencia, ensanchábasele el pecho al pobre hombre a impulsos de su vanidad, creyendo de buena fe que todas aquellas deferencias con él guardadas eran hijas de una adhesión espontánea y desinteresada a su persona. ¡Y estaba cansado de oír hablar de ciertos caciques de aldea, perpetuos muñidores electorales, para quienes es una fiesta acompañar candidatos, y comer acá, y cenar allá, y desayunarse en el otro lado con ellos y a sus expensas, y frecuentemente un negocio cada elección después de cada _paseo_! Pues de todo esto se olvidaba don Simón al verse rodeado de tanto _caballero_.
Dirigía la cabalgata uno de los seis caciques, hombre enjuto, moreno, largo de nariz y penetrante de mirada; casi imberbe, aunque ya picaba en viejo; poco hablador, pero al caso, y desconfiado hasta de su sombra. Conocía, uno a uno y con sus méritos, vicios, resabios y necesidades, a todos los electores del distrito, y, por consiguiente, el modo de interesarlos o de reducirlos. Esta circunstancia era la que más fuerza y realce le daba como muñidor incomparable e irresistible. Era, además, alcalde perpetuo de su pueblo, y consejero nato de media docena de Municipios limítrofes, y estaba muy bien relacionado con gentonas de Madrid, que le debían favores semejantes al que estaba dispensando a don Simón. Llamábase don Celso Lépero, y era el autor de la carta que dejamos reproducida más atrás.
Los otros cinco auxiliares eran por el estilo; pero no tan famosos ni tan fuertes, aunque lo eran mucho, como don Celso.
Y volvamos a la historia.
Al pasar cerca de un pueblecillo, después de tres horas de marcha continua, dijo Lépero a don Simón:
--Aunque a esta gente la conceptúo nuestra por completo, será muy conveniente que se detenga usted un instante a saludar al que la maneja a su gusto. El tal Mayorazgo, que así se le llama, es hombre algo bruto, pero muy pagado de que le mimen y le soben. Al despedirse, dele usted un cigarro; no de los que nos ha repartido en la mesa, sino de los que lleva usted en la petaca para su uso particular.
Sin fijarse don Simón en la indirecta de don Celso, púsose a sus órdenes; dejaron todos la senda que llevaban, y se encaminaron hacia la casa del Mayorazgo, que estaba en lo más escondido del pueblo. Salió a abrirles la puerta del corral un muchacho muy sucio, que se asustó al ver tanto caballero; y entre limpiarse los mocos con una mano y rascarse las nalgas con la otra, les dijo de mala gana que su padre estaba en el cierro.
Dióle las señas de éste como pudo; y los expedicionarios tuvieron que desandar parte de lo andado, trepar por un escarpado, y subir a la meseta de una montaña, donde hallaron al Mayorazgo presidiendo la roturación de un gran terreno que acababa de adquirir en aquellas alturas. Era hombre joven todavía y de rostro desengañado. No mostró gran curiosidad al verse acometido por el pequeño escuadrón. Limitóse a contestar fríamente al caluroso saludo que le dirigió don Celso en nombre de los demás, y especialmente de don Simón, a quien presentó al impávido, diciendo:
--El señor es _nuestro_ candidato, don Simón de los Peñascales; persona ilustrada, con treinta mil duros de renta y mucho talento. Viene exprofeso a dar a usted las gracias por el apoyo que ha de prestarle en las elecciones, mientras tiene ocasión de pagarle su atención de otra manera.
--Para servir a usted--dijo lacónicamente el Mayorazgo, mirando hacia el presentado.
--Muy señor mío--respondió don Simón, descubriéndose la cabeza y tendiendo su diestra al del cierro--. ¿Está usted bueno?
--Yo bien, gracias a Dios--dijo el Mayorazgo sin hacer un gesto.
--¿Usted fuma?--le preguntó el candidato sacando la petaca.
--Algunas veces, si el tabaco es bueno--respondió el otro.
--Pues ahí va uno de la Vuelta de Abajo.
--Se estima--refunfuñó el obsequiado mordiendo la punta.
--Y ¿qué tal andamos por acá?--preguntóle el candidato, deseando arrancar siquiera un gesto de interés a aquel pedazo de bárbaro.
--Pues... allá veremos--contestó éste, gastando media caja de fósforos en encender el puro al aire libre.
--Eso no hay que preguntarlo, don Simón--observó Lépero--, que de cuenta del señor corre dejar a usted satisfecho.
--Pues en ese caso--repuso don Simón comprendiendo a don Celso--, y toda vez que nos falta mucho que andar hoy todavía, ya que he tenido el gusto de conocer al señor, sólo me resta ofrecerme a sus órdenes para cuanto desee, ahora y siempre.
--Lo mismo digo--murmuró el Mayorazgo, tocando apenas con una mano la que le tendió don Simón, y volviendo a mirar a sus cavadores.
Cuando la cabalgata se alejó de allí, don Simón no pudo menos de decir a don Celso, con desencanto:
--Si éste es de los que me apoyan en el distrito, ¿cómo serán los que me combaten? ¿Qué puedo prometerme de los dudosos?
--No haga usted caso de palabras ni de semblantes, señor don Simón--respondió don Celso--. Ese hombre, como usted le ve, donde pone la intención mete la cabeza. Esté usted seguro de que en este Ayuntamiento han de votarle a usted hasta los difuntos. ¡Algo más duro de pelar es el otro mozo que vamos a visitar en seguida, en ese pueblo que se ve a la derecha! Es hombre que no da nunca el brazo a torcer, ni se decide hasta el último momento.... Y a propósito: ¿tiene usted alguna buena recomendación para la Audiencia del territorio?
--Absolutamente ninguna.
--¿No conoce usted a nadie que conozca a alguno de los magistrados?
--Le digo a usted que no.
--¿Ni siquiera a un mal portero?
--Aguarde usted.... ¡Pero quiá!
--Siga usted, siga usted...
--Calle usted, hombre, ¡qué majadería! Recordaba ahora que estando paseando, tres meses hace, con un amigo, llegó a saludarle un forastero; y al separarse éste de nosotros, supe que era un primo tercero de la cuñada de un amigo del regente.
--Pues tenemos cuanto nos hace falta.
--¿Para qué, don Celso?
--Ya lo verá usted. Ahora tenga presente que la persona que vamos a saludar es muy arisca y muy agarrada; pero que se lleva a las urnas a todos los electores del Ayuntamiento, y a algunos más.
--¿Y de qué procede esa influencia?--preguntó don Simón con curiosidad.
--De que el sujeto ése vende vino y tabaco; razón por la que no hay un vecino que no le deba algo; como no le hay del Mayorazgo que no se lo deba a éste por razón de arrendamiento o de préstamos..., o de otra cosa peor. Así se ejercen en los pueblos las grandes influencias, y con ese criterio se hacen siempre las elecciones, como usted irá viendo poco a poco. Pero vamos al caso. Como nuestro hombre es avaro, conviene que se quite usted los guantes para que brillen bien las sortijas, y que se desabroche las solapas para que relumbre la cadena.
Don Simón comenzó a obedecer como un recluta, y luego dijo:
--¿Y cree usted que será conveniente que yo pronuncie algún discursito?
--¿Trae usted alguno bien estudiado?
--¡Hombre!, estudiado precisamente...--repuso don Simón un tanto resentido--. Pero creo que no me saldría del todo mal.
--Pues si es bueno, diga usted poco.
--¿Y el cigarro?
--También de los de la petaca; que para malos, ya los tiene él, como estanquero.
En éstas y otras, y después de trasponer un breñal casi inaccesible y de vadear un río y de saltar tres estacadas, llegó la comitiva a la primera casa del pueblo que se buscaba; la cual casa mostraba lo que era, más bien por el ramo que ostentaba sobre la puerta, que por el rótulo ilegible que se había trazado con almazarrón y alguna escoba, en un lienzo de la fachada.
--Aquí es--dijo don Celso.
Al mismo tiempo apareció a la puerta de la taberna, y la tapó casi toda, un hombre, especie de tonel de grasa, en forma, tamaño y aseo.
Hundía los brazos hasta los codos en los enormes bolsillos de sus mugrientos pantalones, y asomaban entre sus gruesos amoratados labios las húmedas y requemadas hebras de una punta de cigarro, que destilaba, por la barbilla abajo, un regato de negruzca saliva, y, en tanto, fijaba el tal, con expresión estúpida, sus ojuelos verdes en los recién llegados.
--Ese es nuestro hombre--dijo don Celso por lo bajo a don Simón.
Y mientras éste se echaba las solapas hacia atrás y destacaba cuanto podía sus dedos cuajados de anillos, don Celso, apeándose, abrazó al tabernero, que apenas se movió del sitio en que estaba, ni sacó las manos de los bolsillos. Echaron pie a tierra también los otros cinco de la comitiva; y cuando lo hubo hecho don Simón, tomóle don Celso de la mano, y dijo, mostrándosele al hombre gordo de la puerta:
--El señor es el candidato a quien votan todas las personas decentes del distrito. Se llama don Simón de los Peñascales; es de arraigo, como a usted le gustan los hombres; tiene treinta mil duros de renta, y además mucho talento.
--¡Ya, ya!--gruñó por toda respuesta el tabernero.
--El señor--dijo don Celso, señalando a éste y hablando con don Simón--es don Zambombo, como le llamamos los que nos honramos con su amistad íntima, o don Jeromo Cuarterola, como le llaman en el pueblo y fuera de él cuantos le conocen y le quieren, porque se lo merece; y por eso le sirven a ojos cerrados.... En fin, que el señor es el jefe electoral de toda esta comarca.
--¡Ya, ya!--volvió a gruñir el tabernero.
--Muy señor mío y mi dueño--díjole don Simón, doblándose, descubriéndose y tendiéndole una mano; atenciones a las cuales correspondió Cuarterola tocando apenas el ala de su grasiento sombrero hongo con la extremidad del índice de su diestra, que sacó perezosamente del bolsillo, volviendo a hundirla en él en seguida.
--Nosotros--añadió don Celso, atropellando la humanidad de don Zambombo--tenemos que hablar despacio, y nos colamos como Pedro por su casa. Conque venga la mejor habitación y el mejor vino, y síganme todos, caballeros.
Siguiéronle, en efecto, los aludidos, después de amarrar afuera, como mejor pudieron, las cabalgaduras; y precedidos de Cuarterola, instaláronse ante una mesa larga, estrecha y sucia, que se sostenía mal en el interior de la taberna, cerca del mostrador, sobre el cual no había más que una _vasera_ de hoja de lata con cuatro jarros de arcilla; una aceitera, capaz de media arroba; un pedazo de yeso para _apuntar_; dos vasos para aguardiente, y un botellón de cristal conteniendo vino tinto. Detrás del mostrador se alzaba penosamente un mal estante con media docena de mazos de cigarros, envueltos en papel de estraza; algunos libritos de fumar, y un paquete de cerillas.
Mientras los recién llegados se sentaban en los duros y estrechos bancos contiguos a la mesa, don Zambombo entró en la bodega, de la que salió al cabo de un cuarto de hora con un gran jarro de vino blanco en una mano, y en la otra un vaso de vidrio sucio.
--Aquí hay que hacer un esfuerzo, don Simón--dijo Lépero mientras el tabernero volvía--. Es preciso, aunque sea con repugnancia, beber, y beber de largo.
--Pero, hombre--respondió don Simón asustado--, ¡si yo no pruebo jamás el vino!
--Es que nunca ha sido usted candidato.
--En fin, haremos un esfuerzo--exclamó éste con heroica resignación.
Llegó al cabo don Zambombo, y puso lentamente sobre la mesa el jarro y el vaso. En seguida volvió a meter las manos en los bolsillos, y se colocó de pie a un lado de la mesa, haciendo descansar su panza sobre el tablero.
Entretanto, don Celso escanció el primer vaso de vino y se le presentó al candidato, que, cerrando los ojos, se le bebió sin resollar. El segundo fué para el tabernero, a quien dijo, mientras éste apuraba el líquido, mitad por el gaznate y mitad entre cuero y camisa:
--Señor don Jeromo, el mundo está perdido; los tunantes se nos suben a las barbas, y los hombres de bien andamos por los suelos. Es preciso que la cosa cambie, ¡y cambiará! Para conseguirlo, contamos con usted.
--¡Ya, ya!--gruñó por tercera vez don Zambombo.
--En efecto, señor de Cuarterola--dijo don Simón enredando con su larga y gruesa cadena de reloj, de modo que se vieran a un tiempo ésta y los anillos de sus dedos--: la sociedad se desquicia si pronto no se le busca el remedio. Los pueblos gimen agobiados por los impuestos más insoportables; la familia está amenazada de un cataclismo, porque las leyes se hacen y se interpretan por gentes sin arraigo, sin moralidad y sin... contingencia. Es preciso, pues, llevar al Parlamento hombres de recta voluntad, de posición; hombres verdaderamente..., ¿cómo lo diré más claro?..., hombres, en fin..., contingentes, que no vayan allí a hacer su propio negocio, sino la felicidad de los pueblos.... Ahora bien: para que un hombre de estas condiciones eche sobre sí carga tan pesada, no basta la abnegación más patriótica; se necesita también el concurso de los demás hombres que como él piensan. Yo, señor don Jeromo, no he tenido inconveniente en sacrificar al bien de mi país la tranquilidad de mi hogar, y hasta el lucro de mis negocios particulares; pero será estéril mi abnegación si los hombres influyentes, de arraigo, de convicciones sólidas y saludables, de contingencia, en fin, como usted, me niegan su apoyo en estos instantes supremos. He dicho.
--¡Bravo! ¡Bravo!--gritó a coro su estado mayor.
--¡Ya, ya!--gruñó por cuarta vez el tabernero, sacando una mano del bolsillo para rascarse el cogote sin quitarse el sombrero.
--¡Esto es hablar como un libro, don Jeromo!--exclamó Lépero--. ¡Que vaya este hombre a las Cortes; que vayan muchos como él, y España se pone camisa limpia!
--¡Ya, ya!... _Pero_...--murmuró Cuarterola.
--Pero... qué, ¡hombre de Dios! ¿Acabará usted de romper a hablar?--le dijo Lépero ya exasperado.
--Vamos a ver qué tiene que objetar el bueno de don Jeromo--añadió don Simón afablemente.
--Pues digo--repuso el tabernero perezosamente y con voz aguardentosa--que todo lo que usted dice está muy bien dicho...
--En tal caso...
--Sólo que--continuó don Zambombo--es lo mismo que me han dicho todos los candidatos que me han pedido el voto.
--Sin embargo...--replicó don Simón algo resentido.
--Y luego que han sido diputados--concluyó Cuarterola--, si te he visto, no me acuerdo.
--Pues precisamente porque eso que usted dice es cierto, los hombres de mi carácter y de mi posición nos lanzamos esta vez a la lucha, resueltos a que sea una verdad el sistema representativo.
--¡Ya, ya!--volvió a gruñir Cuarterola.
--Conque, amigo don Jeromo--saltó aquí don Celso, persuadido de que toda preparación era ociosa con aquel bárbaro--, estamos al cabo de la calle y nos hemos entendido. Me consta que a usted, de buena o de mala gana, le siguen a las urnas todo el vecindario y algunos votantes más.
--¡Ya, ya!...
--Díganos usted cuántas candidaturas impresas necesita, para que se las enviemos oportunamente; y no se hable más del asunto.
--¡Ya, ya!...
--Y antes que se me olvide: ¿cómo va el pleito?
--¿El pleito?... ¡Ya, ya!
--¿Está en segunda instancia?
--¡Ya, ya!... Ya va para tiempo.
--Pues ¿en qué consiste la parada?
--A la vista está.... Soy pobre, no tengo arrimos...
--¡Y me habían asegurado a mí que se le había ofrecido a usted la absolución libre a cambio de sus votos para el candidato del Gobierno!...
--¡Ya, ya!... Ofrecer, bien ofrecen; pero...
--¿Pero qué?
--Que quiero yo cobrar adelantado, y ellos no quieren pagar hasta el día siguiente.
--Justo, para dejarle a usted en blanco, después de haberlos servido... ¡Si anda ahora una pillería!...--concluyó Lépero, fingiendo cierta indignación, como si quisiera conmover al tabernero.
--Y ¿qué pleito es ése?--preguntó don Simón.
--¡Una verdadera infamia!--le respondió Lépero guiñándole el ojo--. Un _supuesto_ contrabando, por el cual han formado causa a este pobre hombre, y le están arruinando miserablemente.
--¡Eso digo yo!--suspiró don Zambombo, bamboleando de un hombro a otro su monstruosa cabeza.
--Pues, amigo mío--dijo don Celso--, jamás hallará usted mejor ocasión que ésta para salir airoso en su empeño. Cabalmente tiene usted delante al mejor amigo del regente de la Audiencia.
Al oír esto, don Zambombo abrió los ojos cuanto se lo permitía la carne de los párpados, y clavó la mirada en don Simón.
Este se quedó como quien ve visiones. Y no era extraño.
--Pero, don Celso--dijo sin poderse contener--, ¿cómo es eso?...
--En efecto--repuso Lépero atajándole--: no es el mismo regente a quien usted conoce, sino a la persona que más le domina.
--Repare usted, don Celso...
--Nada, nada, amigo don Jeromo--continuó Lépero desentendiéndose de los escrúpulos del candidato...--Y advierta usted que esto no va como favor, ni mucho menos. Es usted un amigo a quien aprecio muchos años hace, y esto nos basta al señor don Simón y a mí para prestarle de buena gana este ligerísimo servicio. Conque traiga usted papel y tintero, que vamos a escribir una carta, que puede ser la fortuna de usted.
Como nada perdía en ello el tabernero, movióse perezosamente para complacer a don Celso.
Entretanto, dijo éste a don Simón:
--Tiene usted que poner dos letras a aquella persona que saludó a su amigo de usted tres meses hace, y que es pariente de la cuñada de un amigo del regente.
--¡Pero don Celso!...
--¡Pero don Simón!...
--¡Si ni siquiera sé cómo se llama!
--¡Diablo!
--¡Ni dónde reside!
--¡Demonio!... Pero no importa. Antes al contrario, es mejor así.
--¿Cómo que no importa?
--Lo dicho. Escriba usted a Juan Pérez o a Luis Fernández, y háblele como si realmente existiera.
--¡Don Celso!... Y ¿he de firmar yo una superchería semejante?
--Y ¿por qué no? Sobre que la carta no ha de salir de la administración adonde vaya a parar.... ¡Pregunte usted en Madrid o en Barcelona por un Juan Pérez, sin más señas! El asunto es engatusar a este bodoque.
--¡Pero eso es indigno de una persona seria como yo!
--¡Ay, ay, ay!--exclamó con sorna don Celso--. ¿Esas tenemos? ¿Con escrúpulos de monja nos venimos? Pues cuente usted desde ahora con que le han de ocurrir en el distrito doscientos lances por el estilo, y si usted está resuelto a hacerles ascos a todos, ya puede volverse a su casa en la seguridad de no sentarse en los bancos del Congreso.
--La verdad es que ser diputado a ese precio...