Part 8
--Mis capitanes normandos te acusan de haberles depuesto y preso, por haberse negado á reconocer por mi sucesor en el reino á mi sobrino Artus de Bretaña.
--Cierto es que los invité á que reconocieran al príncipe Artus por sucesor; pero también es cierto que sin duda fueron presos porque su adhesión á vuestra gracia importunaba al príncipe Juan y á su hechura Apsley.
El rey movió incrédulamente la cabeza.
--¿Y pretender la declaración de derecho á sucederme en favor de Artus, viviendo yo, gritó el rey, no es una traición?
--Vuestra gracia estaba preso en Alemania, señor, y era de temer una alevosía por parte del cobarde y cruel emperador Enrique VI. La declaración de derecho en favor de Artus de Bretaña, era una medida previsora. Yo hubiera volado al frente de un ejército á rescataros; pero contando con lo feroz del carácter del emperador; era exponerse á causar vuestra muerte.
--Acabaremos por creer que tras todo lo sucedido, gritó el rey, debemos agradecerte lo que has hecho, canciller.
Guillermo de Longchamps inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
--Esto es ya demasiado, milord, contestó el rey, cuyo furor estalló; ¿y ese alboroto en que el pueblo pedía tu cabeza, en que te maldecía, en que te echaba en cara el hambre de sus hijos, á quién se debe? ¿Crees tú que un rey puede permitir que desuellen á su pueblo, para que otro se abrigue con su piel?
--Os digo, señor, que en esto, como en todo, me condenan las apariencias: si he gravado al pueblo con tributos, ha sido por vos señor.
--¡Por mí! murmuró el rey con extrañeza.
--Por vos, señor. ¿De dónde hubiéramos sacado los doscientos cincuenta mil marcos de plata que se han entregado por vuestro rescate al emperador, que se había desentendido de los ruegos de vuestra madre la reina Eleonora, de las excomuniones de nuestro Santo Padre Celestino, y de los amagos de guerra que yo le mostré en nombre del reino? ¿De dónde sacar los dos millones de florines que ha costado el fallo favorable de la Dieta germánica, en la acusación que os señalaba reo del asesinato de Conrado, marqués de Tiro?
-Pero yo me he justificado de esa infame acusación.
-Desengañáos, señor; sin los dos millones hubierais sido condenado.
-Mi madre ha vendido sus joyas...
-Las joyas de la reina no valían mil tarines. En fin, señor, yo he creído, que si para que se salvase un rey debe perecer un pueblo, _el rey es lo primero_[A]. Además, estoy pronto á entregar á vuestra gracia diez mil marcos de oro, que os servirán de mucho para hacer la guerra á Felipe Augusto de Francia, que os exigirá, á no dudar, pleito homenaje por los Estados del Poitú y la Normandía.
[A] Téngase presente la época, la situación y el carácter de los personajes, y no se hallará monstruoso este pensamiento.
El canciller, viéndose en un apuro, abandonaba su rapiña, y compraba al rey su cabeza á peso de diamante.
El rey meditó un momento; conoció sí, toda la infamia que se ocultaba tras el relato del canciller; conoció que no haciendo justicia al pueblo, el pueblo le maldeciría; pero como al mismo tiempo una mirada al acaso al través de una ventana le mostrase á sus normandos, en cuyas picas y corazas, reflejaba la luz del incendio de Sowttwark, se encogió de hombros, y dijo al canciller:
--Milord, bien hecho está lo hecho. Veté y sigue siendo leal al rey.
El negocio estaba terminado; el rey se vendía.
El canciller salió tras de haber besado la mano al rey, y murmuró para sí mientras bajaba la escalera:
--Me cuestas un tesoro; pero yo lo recobraré vendiendo tu cabeza.
Al atravesar el portal, un hombre conducido por cuatro archeros entraba. Aquel hombre iba vestido de colorado.
Era Godofredo el verdugo.
XIII
AGIAB
El canciller montó á caballo, y partió acompañado de su servidumbre á Westminster. Al llegar á la gótica portada de la abadía, un hombre salió de entre sus pardos pilares y se detuvo junto al caballo del canciller.
-Necesito hablaros, monseñor, dijo, y con urgencia.
El Obispo detuvo su caballo, midió de alto á bajo con una mirada particular al hombre alumbrado por las antorchas de su servidumbre, y contestó tres solas palabras:
-En buen hora.
Después echó pie á tierra y entró por medio de sus hombres de armas, que le saludaron chocando sus escudos, y llegó á su cámara, donde quedó solo con el hombre á quien había concedido aquella intempestiva entrevista, y que no era otro que el judío Saul ó Agiab.
Estos dos hombres se lanzaron una mirada sombría y amenazadora; entrambos guardaron silencio, esperando que el uno de ellos le rompiese.
--Y bien, dijo al fin el canciller; ¿qué me queréis?
--Extraño os parecerá, Guillermo, contestó el judío sentándose en un sillón, con una insolencia que hizo fruncir el entrecejo al Obispo; extraño os parecerá ver á vuestro mayor enemigo frente á vos, en una entrevista solicitada por él. Y nada tiene de extraño; he venido á proponeros unas treguas, en que ambos acometeremos á un enemigo común que se cruza á nuestro paso. Después, vencido ese enemigo, volveremos á nuestra lucha. Ese enemigo es fuerte, más fuerte que otros, porque tiene la fuerza en sí mismo. Es el rey.
El canciller miró de una manera recelosa al judío.
--No os comprendo, dijo.
--Procuraré ponerme al alcance de la inteligencia de monseñor. Ambos, vos y yo, amamos á una mujer, que no podía ser más que de uno de los dos, y que ahora no puede ser de ninguno, porque pertenece á otro. Esa mujer es lady Ester, condesa de Salisbury; ese otro es un aventurero llamado Ricardo Espada-larga, á quien vos habéis tenido la necedad de pregonar, y que siendo favorito de Corazón-de-León tiene para vos un doble derecho de muerte. Hacer desaparecer á Espada-larga no sería difícil; pero Corazón-de-León se cobraría de seguro en nuestras cabezas. ¿No os parece, monseñor, que haciendo de manera que el rey muriese, lograríamos el doble objeto de desembarazarnos de Espada-larga y dejar franco el trono para el príncipe Juan?
--Paréceme que no habéis olvidado vuestros antiguos hábitos, amigo Agiab, contestó el canciller mirando de una manera maligna al judío, que palideció al oir el nombre con que le designaba el Obispo.
--No os comprendo.
--Os toca la vez de no comprender, prosiguió el Obispo, y procuraré ponerme al alcance de vuestra inteligencia. Vos erais hace algo más de dos años un miserable judío, que moraba en uno de los barrios más retirados de Jerusalén. Vos creísteis que, venido de la Siria, dejabais allí oculta vuestra historia en el valle de Josafat. Pero no recuerdo por qué, me interesó algo conocerla, y supe que no erais vos el rico y virtuoso hebreo Saul, sino un miserable que se nombraba Agiab y que debía sus tesoros á un asesinato.
--Monseñor...
--Si no os basta mi palabra, puedo presentaros pruebas. Había en el ejército cristiano un bravo y valiente caballero; uno de esos hombres cuya virtud sin tacha y su valor sin límites lo ponían á la altura de los héroes de la fábula. Este hombre era Conrado, marqués de Tiro, que por razones que no vienen al caso, arrojó sobre sí el odio de un terrible y misterioso personaje cuyo nombre figura en la historia de las Cruzadas oculto tras el del _Viejo de la montaña_. Sea como quiera, vos, que poseíais todo el valor de un asesino, fuisteis encargado de asesinar á aquel valiente caballero. Sois un hombre de mérito en esa parte, y Conrado fué muerto mientras dormía; aun más, le robasteis, Agiab, y huísteis con vuestra presa no tan pronto, sin embargo, que no pudieseis ser conocido por un hombre, valiente también, que acudió á los gritos del infortunado Conrado. Aquel hombre era Ricardo Espada-larga, de cuyas manos escapasteis por la casualidad, feliz para vos, de haber sido arrojado por su caballo cuando os perseguía. Vos, por vuestra elección, hubierais permanecido en Jerusalén, pero tuvisteis miedo. Seamos, pues, francos. El motivo que os impele á querer deshaceros de Espada-larga es de todo punto independiente del amor; una rivalidad no os hubiera detenido; tenéis suficiente oro para hacer robar á lady Ester, y...
--Os engañáis, monseñor; soy tan pobre ahora como el más miserable. El pueblo me ha robado y ha incendiado mi casa.
--Es decir...
--Que vengo á pediros una alianza; vos me daréis oro; yo compraré un hombre.
--¿Y habéis pensado en él?
--Sí.
--¿Es valiente?
--Es ambicioso.
--¿Cómo se nombra?
--Adam Wast.
--Pero ese hombre está preso, y yo no respondo de su cabeza.
--Compraré al verdugo.
--Es aventurado.
--Dejadme hacer. Cuento con vos.
--Creo que si alguien hay aquí que pueda imponer condiciones, soy yo, dijo el canciller. Tú, miserable instrumento, no tienes que elegir. O salvarte conmigo, ó perecer solo. Una sola palabra mía haría caer tu cabeza.
--Bien, balbuceó Agiab levantándose; ¿y qué he de hacer?
--Invertir bien este oro, dijo el canciller, abriendo un armario y arrojando una bolsa á los pies del judío, que la alzó; y ahora salir por aquí.
El canciller tomó la lámpara que alumbraba sobre la mesa, llegó á uno de los muros y oprimió un resorte. El muro se rasgó como obedeciendo á un conjuro, dejando descubierta una oculta salida, por donde se perdieron el hebreo y el canciller.
Media hora después, Agiab llegaba á la horca del collado de la Torre al mismo tiempo que Godofredo. Saul habló algunas palabras al oído del verdugo, y éste le hizo entrar en el sótano de la horca, cuya puerta se cerró tras ellos. Algún tiempo después se abrió; el judío se dirigió á la puerta de Lions-Gatte, y la hizo abrir á fuerza de oro. Bajó á la ribera del río, llamó á una cabaña de pescadores, y á precio exorbitante compró una pequeña lancha. Poco después, protegido por la niebla se ocultó bajo el arco de la Torre del Traidor.
XIV
EL VERDUGO DE LA TORRE
La escena que había tenido lugar entre el rey y el verdugo fué muy corta.
Godofredo entró y se arrodilló ante el rey, permaneciendo en aquella postura.
-¿Cómo te llamas? le preguntó el rey.
-El verdugo de la Torre, contestó Godofredo sin levantar la vista del suelo.
-Tu nombre, insistió el rey.
-No tengo nombre.
-¿Cuánto tiempo hace que ejerces tu profesión en la Torre?
-Dos años, señor.
-¿A qué clase pertenecías antes de ser ejecutor?
-Lo he olvidado, señor.
Nublóse el semblante del rey, cuya mirada estaba fija hacía algunos momentos en el semblante de Godofredo; creyó reconocer en él á un antiguo amigo; pero estaba tan desfigurado Godofredo, que rechazó esta idea como un delirio.
--¿Fuiste el ejecutor del conde de Salisbury?
--Para el rey y los hombres sí; para Dios no.
--¡Cómo!
--La Torre donde se preparó la ejecución, tenía salidas secretas que me eran conocidas, y le dejé escapar.
--¿Y te atreves á decir eso al rey?
--Poderoso señor; desde entonces guardo un secreto para vuestra gracia, que me fué confiado por el conde de Salisbury.
--Y ese secreto...
--Cuando entré, señor, en el calabozo, el conde hacía su confesión, que escuché, porque no repararon en mí y me protegía la oscuridad. En la confesión oí revelaciones en que entraba por mucho el nombre de vuestra gracia. El conde moría asesinado por la traición. Cuando salió el sacerdote, yo me adelanté; creía encontrar un hombre débil, y encontré un valiente; esto acabó de interesarme en su favor. Estaba conmigo Stek el llavero.
--Lástima es que este hombre muera, me dijo.
--¿Quieres que le salvemos? contesté.
--¿Qué órdenes tienes?
--Arrojar por la compuerta la cabeza y el tronco, contesté, encerrados en un saco, con una piedra á los pies.
--¡Ah! ¡ya! me contestó; es una ejecución secreta. Luego dijo al conde; caballero, ¿sabéis nadar?
--Sí, contestó.
--Pues bien; si nos dais vuestra palabra de honor de huir sin revelar á nadie que os hemos salvado, os salvaremos.
--¿Y le salvasteis? esclamó con ansiedad Corazón-de-León.
--Sí, señor; abrimos la compuerta de hierro, y antes de arrojarse al Támesis, me dijo: «has hecho un servicio al rey, y el rey te lo recompensará. Voy á encerrarme en un monasterio mientras el rey está ausente. Yo no podré fiarme de nadie sino de vosotros; mi espada está en la conserjería de la Torre: dí que te la dejo, y exige que te la entreguen; cuando venga el rey preséntate á él con la espada y afírmale sobre ella, que estoy retirado en el monasterio de San Bridge.»
--¿Y dónde está la espada?
--La he perdido, señor.
--¿Tenía alguna seña particular?
--Sí, señor; entre los gavilanes un blasón con un león rapante en campo de oro.
--¡El es! ¡El es! gritó con alegría Corazón-de-León. Alza, añadió dirigiéndose al verdugo, y pídeme una gracia.
--¡Una gracia, señor! Pues bien; deseo ejecutar á los reos que se sentencien por resultado de la traición de esta noche.
--¡Sólo eso me pides! exclamó el rey asombrado.
--Sólo eso, señor.
--Pues bien, concedido. Ve por tu hacha; porque pronto harás falta en la Torre.
Cuando Godofredo llegaba á su sótano en busca del instrumento fatal, fué cuando encontró junto á la puerta á Agiab.
Concluida su corta entrevista con éste, volvió á la Torre y se puso á las órdenes de Glow.
XV
EL PRÍNCIPE JUAN
El rey entre tanto había revistado á sus normandos, que le habían recibido en medio de las más frenéticas aclamaciones; había recorrido los puestos, y entraba en la sala del Consejo.
Junto al trono, á poca distancia, había una gran mesa cubierta por un mantel de púrpura, sobre el cual se veían multitud de manjares; en el centro de ella había un objeto extraño, por lo que permitía descubrir el paño negro que lo cubría, y dos candeleros de oro con velas de cera colocados sobre la mesa irradiaban su resplandor, recortándolo en los cornisamentos de las ocho columnas de madera, forradas de terciopelo que sostenían la magnífica ensambladura de la Sala del Consejo.
A alguna distancia de la mesa había ocho pajes jóvenes vestidos de brocado, como si esperasen la llegada de su dueño para servir el banquete; más atrás estaba el verdugo de pie é inmóvil; algo más allá Glow el llavero, junto á un hombretón que era el atormentador, y más atrás, en fin, inmóviles como estatuas de hierro, había una veintena de archeros apoyados en sus picas.
Al mismo tiempo que el rey observaba en silencio todo este aparato, una cabalgata de jóvenes señores entraba en Tames-Square. Todos iban silenciosos, escepto uno que reía, cantaba ó apostrofaba á sus silenciosos compañeros, que detuvieron sus caballos junto á la primera entrada de la plaza, desde donde se alcanzaba á ver la Torre.
--¡Hola, valientes! gritó el joven soltando una estrepitosa carcajada; ¿con qué es verdad que os causa miedo mi castillo?
--Y terrible contestó uno de ellos.
--Pánico; repuso otro.
--Glacial; añadió un tercero.
--¿Qué piensas de esto, Huberto? dijo el que había hecho la anterior pregunta.
--Lo que pienso, príncipe, es que os dejo para esconderme, y vos debéis hacer lo mismo, porque el diablo anda suelto.
--¿Y tú que dices, Sidney?
--Exactamente lo mismo que el justiciero.
--¿Y tú, Oxfford?
--En cuanto á mí, si estuvieran abiertos los embarcaderos, desde que oí el primer pregón, hubiera ganado una barca y estaría hace una hora con rumbo á Francia.
--Será necesario creer que Dik[B] está en Londres.
[B] Diminutivo de Ricardo.
--¡Pues no! contestó el nombrado Huberto; ¿quién sino él hubiera sofocado el motín de esta noche? ¿á qué habían de ir esos heraldos pregonando su nombre á son de trompeta por la ciudad?
--¡Bah! ¡Bah! sois muy crédulos, milores; apostaría mi cabeza contra un penique á que está ahora durmiendo muy tranquilo en su calabozo de Francfort.
En aquel momento dejóse oir á lo lejos sonido de trompetas, que se aproximaban con rapidez. La brillante cabalgata se dispersó á la carrera en distintas direcciones, como obedeciendo á un impulso simultáneo, dejando solo á aquel á quien habían llamado príncipe, que puso al trote su caballo atravesando á Tames-Square en dirección al rastrillo de la Torre. Pero de repente el caballo se detuvo asombrado, sin que bastasen los repetidos espolazos del jinete para hacerle adelantar, y de tal modo, que éste se vió precisado á echar pie á tierra para inquirir la causa del asombro del caballo. Nada vió; la niebla era densísima, y en vano pretendió hacer avanzar á su caballo asiéndole del diestro; por el contrario el bruto dió un bote, se desasió y huyó lanzando un relincho de espanto.
--Tú también me abandonas, dijo el joven; en un bruto, pase; pero ellos... ¡Oh! son unos cobardes, y no merecen que yo les dé más festines.
Después se dirigió al rastrillo, pero antes de llegar tropezó en un bulto y cayó; levantóse lanzando un juramento, y palpó el objeto que le había hecho caer; su mano se posó sobre el frío rostro de un cadáver, y se tiño de sangre.
--¡Diablo! murmuró el joven, ya no extraño el asombro del animal; el lance ha sido caliente.
Y entonando á grito herido una balada escocesa, llegó al borde del foso.
--¿Quién va? gritó una voz desde la almena.
--Inglaterra, gritó el joven con acento alegre; yo, el príncipe Juan; abajo el rastrillo.
Las pesadas cadenas rechinaron y el puente cayó con estruendo sobre el foso. Juan-sin-tierra le atravesó saltando, entonando siempre su balada.
Tras él se cerró el rastrillo, y atravesando patios, pasadizos y escaleras, llegó á la Sala del Consejo y se arrojó en uno de los sillones.
--¡Ola! Smiht, Slow, Sunderi, Kewin, mis buenos capitanes, dijo, venid á hacerme compañía. ¿Qué es esto? añadió notando que nadie le contestaba; ¿y qué hacéis vosotros, canallas, que no me servís? insistió dirigiéndose á los pajes.
Ninguno se movió; pero Glow adelantó hasta la mesa, y tirando del paño negro, quedó descubierta una reluciente hacha en el centro de ella.
--¿Qué significa esto? gritó poniéndose de pie y empuñando la espada.
--Esto significa, gritó Ricardo Corazón-de-León saliendo de detrás de una columna y asiéndole de un brazo; esto significa, gobernador de Normandía, que el rey ha añadido una pieza más á vuestro banquete. Pero comed, si tenéis hambre; bebed, si tenéis sed. El rey espera.
Juan-sin-tierra lanzó una larga y alegre carcajada al reconocer al rey, y exclamó:
--¡Ah! ¿eres tú, Dik? ¿y yo no lo había querido creer? Me alegro, me acompañarás; ¡me han abandonado mis cobardes amigos!
Y sin inmutarse, sin contraerse, de la manera más natural, se sirvió un enorme pedazo de lomo de jabalí.
Corazón-de-León enmudeció de asombro; los circunstantes miraron con respeto y aun con miedo aquel loco, que así se chanceaba con la muerte. Juan-sin-tierra era el hombre inalterable, que más tarde debía decir á sus cortesanos, que le anunciaban la ocupación por Felipe Augusto de los Estados de Guinea, Poitú y Normandía; _dejadle hacer, yo le tomaré en una hora doble tierra que la que él me ha robado en tres meses_.
El rey despidió á la servidumbre y á los soldados con un ademán imperioso, y quedaron solos los dos hermanos.
--¿Sabes, Juan, dijo el rey, que me siento inclinado á hacer contigo un escarmiento?
--Y bien, no pasará de ahí, contestó tranquilamente Juan engullendo un tasajo: soy tu hermano menor, y no te expondrías á que Dios te diga como á Caín: «Ricardo, ¿qué has hecho de tu hermano Juan?»
Corazón-de-León dudó si debía mandar sepultar en un calabozo ó abandonar como á un loco aquel joven gallardo y frívolo que de una manera tan original desafiaba su cólera.
--Sin embargo de eso, observó después de un momento de silencio el rey, nosotros hemos provocado alguna vez la justicia de Dios; ¿crees que el que se rebeló contra su padre y en unión con sus hermanos le destronó y causó su muerte, no se atreverá á poner tu cuerpo en el tormento, tu cabeza en manos del verdugo?
--Y bien; prefiero eso, contestó el príncipe llenando tranquilamente una copa, á verme reducido á la nada, encerrado en una torre, sin mujeres, sin cortesanos, sin vino: lo prefiero mil veces.
--Pues bien; eso será, gritó el rey, eso será si no me revelas tus cómplices.
--¿Cómplices? yo no tengo cómplices, ó si los tengo no los conozco; no sé si se trata de mí más que cuando oigo gritar: viva el rey Juan, ó abajo Juan-sin-tierra. ¡Abajo, vive Dios! es una originalidad; ¿qué más abajo quieren á Juan, que sin tierra?
--Paréceme, Juan, que eres un traidor consumado.
--¿Traidor? No por cierto. Tú estabas ausente; tu trono vacío, enteramente vacío, y dije para mí: «El pueblo cree muerto al rey, y me elige por su sucesor. Aceptemos, gocemos un momento su corona, y cuando vuelva mi hermano devolvámosela.» Yo hubiera deseado tu vuelta á los dos meses de mi coronación, porque todo me cansa pronto; pero tú te has encargado de que no tenga tiempo para fastidiarme; pues bien, ahí tienes tu corona: en cuanto á mí, dame lo suficiente para poder tener de vez en cuando un festín, y no quiero más.
Este razonamiento, pronunciado con la mayor sangre fría, puso el colmo al furor de Ricardo.
--Príncipe Juan, nos os quitamos, dijo, el gobierno de Normandía, os declaramos reo de alta traición, y sólo os dispensaremos nuestra clemencia cuando pongáis en nuestra noticia el nombre de vuestros cómplices.
--¿Y qué más? dijo el príncipe con una sonrisa picaresca.
--¡Juan! gritó el rey exasperado.
--¡Dik! contestó Juan-sin-tierra remedando al rey.
--Está borracho; ¡voto á...! el rey se detuvo y meditó.
--¡Hola! añadió dirigiéndose á la puerta; ¿está ahí el atormentador?
--Sí, señor, contestó Glow apareciendo en el umbral.
--¿Y el ejecutor?
--También.
--Seguidme, príncipe, dijo el rey.
Juan-sin-tierra se levantó casi ebrio, y asió un brazo del rey, siguiéndole así hasta el recinto de los calabozos donde estaba la sala del tormento, en la cual entraron.
XVI
EL CONDE DE SALISBURY
Creemos que el lector no habrá olvidado al extraño personaje que se había presentado en el aposento de la condesa de Salisbury, bien á tiempo por cierto para cortar la desagradable escena que tenía lugar entre ésta y Agiab, ni la profunda impresión que la vista del desconocido produjo en Ester, haciéndola arrojarse á sus pies.
Nosotros no queremos ser misteriosos por más tiempo, y nos apresuramos á decir que aquel hombre de hermosa y noble fisonomía era el conde de Salisbury.
Era el valiente y leal caballero amigo de Enrique II; el que había presenciado su agonía; el poseedor de sus secretos y el que, muerto el padre, había servido al hijo con la misma adhesión, con la misma lealtad.
Es cierto que Ricardo había observado una conducta criminal con su padre, rebelándose contra él y siendo en cierto modo cómplice de su muerte; pero había sido engañado; Salisbury, que no hubiera podido tolerar la vista de Enrique el joven, halló en el dolor y en el arrepentimiento de Ricardo motivo bastante para perdonarle como hombre, lo que Enrique II le había perdonado como padre.