Part 2
--Y bien, prosiguió Adam Wast, la verdad de esos principios te la he concedido yo cuando éramos compañeros de prisión; ¿pero dónde están los hombres capaces de ponerse al frente de ese pueblo dividido en bandos encarnizados; de ese pueblo sin abnegación y sin virtudes; de ese pueblo envilecido y viciado por el ejemplo de los que le venden? Y si los hay, ¿dónde están esos hombres capaces de jugar la cabeza por ese mónstruo ingrato que llama deber á los sacrificios, y que los olvida cuando no le sirven? ¿Dónde están esos hombres capaces de hacer lo que dicen, si es que son capaces de decir lo que sienten?
--Aquí, contestó el estudiante: ¡Yo! Que se me dé dinero, y respondo, para el toque de cubre-fuego de esta noche, de dos mil estudiantes.
--¡Dinero! ¡Dinero! Necesitáis comprar al pueblo, pagarle soldada para que sostenga sus fueros; necesitáis pagarle á peso de oro su cabeza para que la defienda; bien lo sabía, y no lo he olvidado. ¡He ahí oro!
Y Adam Wast arrojó al suelo un pesado bolsón de cuero.
--Si hay oro, yo respondo de los cortadores de Londres, dijo John Asta-de-buey.
--Y yo de los mendigos y los vendedores de la plaza del Mercado, añadió Jorge Rak.
--¿Y tú no ofreces nada?, preguntó Adam Wast á Tom Flavi.
--Respondo de todo. Daré suelta á los presos de la Torre, y os entregaré las armas depositadas en ella.
--Ya ves que todos contribuyen, dijo Adam Wast dirigiéndose al verdugo; sepamos lo que tú harás.
--Cortar la cabeza al obispo de Eli, contestó con acento feroz el verdugo.
--Para eso basto yo, hermano, exclamó haciendo un mohín de desprecio John Asta-de-buey.
--¿Y no podrás hacerte una falanje respetable de los bandidos y los ladrones con quienes te reunes después del cubre-fuego, contra los edictos del obispo, en cierta taberna de Sowttwark?
Un vivo carmín tiñó las mejillas del verdugo.
--Sí, dijo al fin dominándose; ¿para cuándo?
--Para esta noche, después del toque de cubre-fuego.
--Y bien, observó el viejo Jorge Rak, ¿qué podemos esperar como resultado de la reunión de esa gente?
--Una asonada.
--¿Y cuál será el resultado de esa asonada? apoyó tímidamente Tom Flavi.
--Tienes miedo, ¡voto á...! ¡El resultado! ¿Quién puede decir con seguridad: mañana la peste habrá dejado de afligirnos, el obispo y los aldermens estarán ahorcados, y azotados los archeros con sus propios talabartes? ¡Cuerpo de Cristo! ¿quién podrá decir si mañana alguno de nosotros será ahorcado?
Un estremecimiento involuntario é imperceptible, agitó los miembros de Jorge Rak.
--En ese caso, dijo el estudiante, tenemos la ventaja de ser amigos del verdugo.
--Y en fin, hermanos, añadió levantándose Adam Wast, la muerte nos amaga de una manera indudable. El hambre es la muerte; la peste es la muerte, la tiranía y las infamias del obispo son la muerte. ¿Qué esperanza nos halaga que no haya de sostenerse por nosotros? ¿A quién demandar ayuda, que sea fuerte y quiera dispensárnosla? Cuando el pueblo siente los triples azotes de la tiranía, el hambre y la peste, debe repeler los dos primeros con la fuerza, y hacerse digno, defendiendo sus fueros naturales, de que Dios le alivie del tercero. Adelante pues, nos ha desafiado y debemos recoger el guante.
Luego, tomando del suelo la bolsa y sacando de ella un puñado de florines.
--Toma, dijo al mercader, creo que con esto tendrás bastante para los vendedores del mercado.
Jorge Rak tomó el dinero y lo guardó en su escarcela.
--Y tú, añadió dirigiéndose al estudiante, vé si alcanza esto para las exigencias de los tuyos.
Williams Caridemus había puesto al alcance de la mano de Adam Wast su bonete de bayeta para recibir el oro; pero la retiró diciendo:
--Sepamos antes de donde proviene ese dinero, y hasta qué punto nos compromete su adquisición.
--Es muy justo. La adquisición de este oro á nada nos compromete.
--¡A nada! prorrumpieron con extrañeza los cinco hombres.
--A nada á que no nos hayamos comprometido voluntariamente. Este dinero nos lo ha dado un hombre que se dice amigo del pueblo, pero que no es más que enemigo del enemigo del pueblo. Este hombre ha llegado á mí y me ha dicho: «Adam, el pueblo ruje descontento porque sufre; el pueblo no puede hacer más que rugir, porque le falta fuerza; el dinero es la fuerza: toma;» y me dió esa bolsa: si se necesita aún más, mis arcas están llenas.
--¿Y quién es ese hombre que tiene sus arcas llenas, cuando el pueblo no tiene pan? interpeló ásperamente John Asta-de-buey.
--Saul, el hebreo, contestó Adam Wast.
--¡La sombra de lady Ester! murmuró el estudiante.
--¡El hombre que insulta la miseria pública, ostentando una servidumbre y un aparato casi regio para rivalizar dignamente con el obispo! añadió con acento feroz el cortador.
--¡Un hebreo que se atreve á salir en público en caballos de Arabía, rodeado de esclavos etiopes cubiertos de oro!, observó el mercader; ¡un judío que se presenta en público asido del brazo de Juan-sin-tierra!
--¿Es decir, que la salud común, exclamó exasperado el estudiante en un rapto de entusiasmo que, á tener lugar en nuestros días se hubiera llamado patriótico; es decir, que la salud común brota de la misma sentina que la opresión y el insulto? ¿Es decir que debemos dar gracias á Dios porque ha concedido á lady Ester una hermosura capaz de enloquecer á un sacerdote cristiano y á un sibarita hebreo? Una empresa justa no ha menester ser ayudada por un recurso maldito; no debíais haber aceptado ese oro, Adam Wast.
--Piensas como un niño, Williams, contestó el apostrofado; cuando se juega el destino de los pueblos, no debe repararse en si el arma que les ha de hacer fuertes viene de manos de un enemigo. Todos los medios son buenos si dan por resultado un triunfo.
Esta opinión, aunque basada en principios poco rígidos, convenció al estudiante, que presentó de nuevo su bonete y recibió en él el _oro maldito_.
Después que Adam Wast hubo repartido en partes iguales á los cinco todo el dinero de su bolsa, después de haberles hecho repetir el número de hombres conque contaba cada uno de ellos, añadió levantándose:
--Nada tenemos que hacer aquí; tú, John, ve á reunir tus cortadores en Curhilt; tú, Jorge, busca tus vendedores del mercado; busca á tus estudiantes, Williams; prepara las llaves y las armas de la torre, Tom Flavi; y tú ejecutor de la ley, preséntate entre los bandidos de Sowttwark; al sonar la primera campanada del cubre-fuego, en la pradera de Whitehall.
Los seis hombres abandonaron sus puestos y se dirigieron á la puerta; antes de que llegasen á ella, se abrió y dió paso á un séptimo personaje.
II
EL HERMANO DEL VERDUGO
El hombre que de una manera tan intempestiva se presentaba á los hermanos de la niebla, adelantó un paso; extendió hacia ellos el brazo derecho armado con un venablo, en el mismo ademán imperioso que debe preceder á veces á las órdenes de un rey; y su voz firme y sonora pronunció en un tono que en nada amenguaba lo exigente de su ademán, la palabra:
--¡Aguardad!
Aquel hombre era el mismo que antes de la llegada de los seis hermanos, como debe recordarse, había abandonado la cabaña de una manera brusca.
La intimación de la orden que detenía á aquella asamblea, cuya misión en aquel punto había terminado, produjo durante un momento en ella una sensación de asombro; después, pasado éste, Adam Wast, conteniendo á sus compañeros que se adelantaban hacia el desconocido, le dijo:
--¿Y quién eres tú, y con qué derecho te presentas mandándonos detener?
--¿Quién soy yo? contestó ferozmente el interrogado. ¿Quién soy yo? Un hombre que como vosotros está ofendido; un hombre que como vosotros quiere vengarse.
--Y bien, nada tenemos que ver en eso, contestó John Asta-de-buey; lo que nos importa, sí, es sellar tu boca para que no revele lo que tus oídos han escuchado; elige entre todos nosotros, esceptuando al que por su edad no debes aceptar como contrario, y señaló á Jorge Rak, uno con quien batirte en un empeño á muerte.
El cortador pidió con una mirada á sus compañeros su opinión acerca del reto que acababa de lanzar en nombre de todos al intruso, y los cuatro cuya edad les permitía empeñar un lance de tal especie, mostraron harto claro, con una significativa inclinación de cabeza, la aprobación de la propuesta, que el del venablo rechazó, contestando:
--Os he elegido como cómplices, y no os acepto como enemigos.
--¡Como cómplices! exclamó el estudiante adelantando un paso, al par que los demás, excepto Jorge Rak ¡como cómplices!
--Sí, porque lo que estáis meditando, bien considerado, es el proyecto de un crimen. No malgastemos el tiempo en disputas inútiles ¿me aceptáis como un igual entre vosotros? ¡Si ó no!
--Antes, respondió Adam Wast conteniendo de nuevo con una mirada á los suyos, la prudencia aconsejaba reducirte al menos á un estado que no te permitiese revelar el secreto que has sorprendido por acaso tal vez, tal vez llenando un servicio pagado; pero has añadido un motivo más para que cada uno de nosotros procure matarte: nos has ofendido.
--Si te he ofendido, repuso con sarcasmo el desconocido, porque te he dicho, Adam Wast, que proyectabas un crimen. ¿Queréis saber cuáles son mis razones? pues bien, escuchad: tú Adam, oscuro abogado, ambicioso y egoísta; tú, poseído del demonio del orgullo; tú, que has leído en la biblioteca de San Servan antiguos pergaminos; tú, que has estudiado la historia de las revoluciones de los pueblos, quieres hacerte de la miseria pública un escalón para elevarte de tu nada; has soñado, después de haber envidiado la fortuna de los tribunos romanos, que lograron por un medio semejante ser cónsules ó césares, has soñado, te digo, hacerte tribuno del pueblo inglés; has saludado con placer los tres azotes de ese pueblo, el obispo, el hambre y la peste, como poderosos aliados de la lucha de tu miseria; has procurado presentarte doquier como un santo, tú, que eres un demonio; como un mártir, tú que eres un verdugo. ¡Silencio digo!, añadió haciéndose atrás y armando su ballesta, con un gesto terrible de amenaza; he querido que aguardéis, y aguardaréis; he querido que me escuchéis, y me escucharéis.
Aquel hombre dispuesto á todo, aquel hombre mandando á otros seis hombres, acabó por dominarlos merced á su valor, á su audacia y á su fuerza de voluntad.
--Y tú, niño aun, añadió dirigiéndose al estudiante; tú que aun obedeces al influjo de los recuerdos de tu infancia, ¿quieres saber por qué te hallas comprometido en una empresa en que juegas tu cabeza llena de locos deseos, de ambiciones informes sin objeto fijo, de pensamientos necios como tu imprudencia? pues bien; es porque el demonio del orgullo se ha apoderado de tí; porque deseas crecer en estatura para que los necios te admiren; porque eres demasiado imbécil para creer en tu inutilidad; pobre instrumento que romperá el viento de la revolución como el huracán quiebra una caña. Sí: tú puedes servir de emisario, de espía, de alborotador; puedes servir de una manera admirable, porque cogido en el lazo, morirás sin nombrar tus cómplices; porque has soñado en esa gloria miserable que consiste en que el pueblo diga cuando marches á la horca: «ese es un mártir, ha muerto defendiendo nuestros fueros.» Créeme, Williams, busca tu gloria en los libros; podrás llegar á ser un teólogo insufrible; pero en el terreno que pisas, sólo puedes aspirar á ser un remedo de mártir.
El estudiante miró fijamente al que acababa de darle tan amistoso consejo, y contestó:
--Si yo me sublevo contra el poder que nos oprime, es porque ansío la paz y el orden que debe preceder á la propagación de la ciencia; no puede haber paz donde hay hambre, _ergo_...
--Y bien, ya véis que os conozco, prosiguió el montero desatendiendo el razonamiento del estudiante; os conozco como vosotros conocéis que cuanto os he dicho es exacto. Ahora bien; cualquiera que sea el motivo que me impulsa á presentarme á vosotros como un aliado, ¿admitís mi alianza?
--Sepamos el valor de tu ofensa, contestó reprimiéndose Adam Wast, para juzgar hasta qué punto puede interesarte el éxito de nuestra empresa.
--¡Mi ofensa! contestó el montero, cuyo rostro se cubrió de una sombría expresión de odio; ¡mi ofensa! Yo, después de ser lo que he sido, me transformé en montero, los hombres habían quemado mi corazón, le habían desgarrado; en cada uno veía un enemigo, y no quise sufrir su vista; entonces pensé en las selvas, en su inmensa soledad, con su sombroso pabellón de verdura, con sus libres arroyos, sus profundas grutas y sus cuadrúpedos y montaraces habitantes; pensé en el aislamiento; hice retroceder mi imaginación hasta el hombre de la naturaleza, sentenciado, es verdad, á sostener su vida á costa de un trabajo asíduo y terrible; pero libre como el aire que respira, como los arroyuelos que se precipitan á su antojo, como los pájaros que anidan entre el follaje de los árboles. Salí de Londres sin volver la cabeza para mirar á la ciudad maldita, y anduve todo el día vestido como véis y armado con esta misma ballesta; al declinar la tarde me hallé en el centro enmarañado y solitario de Middlesex Wood; hacía mucho tiempo que había dejado atrás los senderos de los gamos, y había llegado allí pisando yerba que tal vez era hollada por primera vez; me hice una choza de ramas al lado de un manantial, y me dije cuando la ví bastante capaz á darme abrigo: «hé aquí mi alcázar; seré el rey de la selva; si alguna vez los hombres penetran en mis dominios, pasarán de largo con sus brillantes cabalgatas de caza ó sus humildes harapos de mendigo; si alguna vez el bandido me pide un sitio en mi hogar, un lecho de pieles y un pedazo de carne, se lo daré ¡por San Huberto! El bandido es en cierto modo un montero de fieras humanas. La caza es libre, y el gamo y el jabalí darán su carne á mi hambre; la fatiga me hará robusto; el tiempo amenguará mis dolores, y viviré tranquilo.» Ya véis, dijo el montero después de una pequeña pausa, que yo había renunciado _el amor de mis hermanos, sus leyes y su protección_. Y viví algún tiempo tranquilo, si no feliz; resignado, si no satisfecho. Algunos hombres que sin duda pensaban como yo, se me unieron y al cabo llegué á ser un rey con vasallos, que dominaba á cien corazones valientes, á cien brazos capaces de cortar con un venablo la carrera al gamo más corredor. Pero mis _hermanos de los pueblos_ repararon en sus hermanos de los bosques, y no quisieron permitir continuásemos ejerciendo una profesión tan penosa; nos enviaron algunos archeros para hacernos entender que Middlesex Wood había sido declarado coto real por el obispo canciller; que si queríamos continuar persiguiendo al gamo de las selvas, libre como el aire, y como el aire propiedad de todos, era necesario que pagásemos un crecido tributo, ó someternos por el contrario á ser cazados á la vez y colgados de una encina por los prebostes de los archeros. Nos negamos á satisfacer el tributo, y fuimos declarados _caza real_. Entonces nos dijimos: «¿á qué luchar? Dindem-Wood es libre; vámonos á Dindem-Wood.» Pero apenas penetramos en su espesura, nuevos archeros se encargaron de hacernos saber que las selvas y las praderas de Inglaterra que no pertenecían á señores de vasallos, pertenecían al rey; en Inglaterra no existía un palmo de tierra que no perteneciese á un coto real ó señorial. Entonces nos dijimos: «la lucha es precisa; luchemos: consideremos á los archeros del obispo y á los monteros de los señores como caza libre; ballesta contra ballesta, y horca por horca.»
--Comprendo, observó Adam Wast; habéis perdido en la lucha.
--¿Y cómo sostenerla? contestó el montero. Cuando apareció el peligro, los cobardes retrocedieron y dejaron reducido el número de mis monteros á una mitad; la otra mitad ha sido dispersada, ahorcada en parte, y en parte desarmada y azotada. ¡Ira de Dios, ingleses! ¡mi rostro está ensangrentado! ¡el talabarte de un mercenario ha macerado el rostro de un inglés!
--¿Y quién te ha traído aquí?
--La casualidad: perseguido por los archeros, rodeado por todas partes, me ví entre mis verdugos y el Támesis: no debí dudar en la elección, y me arrojé al agua; algunas flechas pasaron junto á mí sin tocarme; la niebla me protegió, y tomé tierra en este islote, bien á punto por cierto para escucharos y saber que, como yo, había ingleses ofendidos, ingleses que querían vengarse.
Había tal fuerza de persuasión en el acento del montero, que Adam Wast desarrugó el entrecejo y le tendió la mano.
--Y bien, dijo, te creo y por mi parte acepto tu alianza. ¿Qué decís hermanos?
--Que sí.
--Bien.
--Le aceptamos, contestaron á un tiempo los preguntados, el cortador y el verdugo.
--¿Cómo te llamas? dijo Adam Wast.
--Dik, contestó el montero.
--No le conocemos, observó el cortador; puede ser un espía.
--¿Que no me conocéis? repuso con extrañeza Dik: ¿necesitáis que un hijo de mi madre os responda de mí? añadió dirigiéndose al verdugo y asiéndole una mano; pues bien, hermano mío, asegura á estos hombres que no tenemos sangre de traidores.
--¡Su hermano! exclamaron con el acento de la admiración algunas voces.
--Sí; mi hermano es el verdugo de la Torre de Londres.
El verdugo se arrojó en los brazos de Dik, y ocultó el rostro sobre su pecho; algunos sollozos sofocados fueron el único ruido que turbó el silencio general.
--Y bien, amigos míos, dijo Dik, íd á vuestros puestos, que yo acompañaré á mi hermano y me veréis junto á él al toque de cubre-fuego.
Y con el mismo ademán imperioso conque al aparecer entre los cinco hombres les mandó aguardar, dijo señalando á la puerta:
--Partid.
Los cinco hombres salieron; cuando el montero y el verdugo quedaron solos, el último levantó su semblante bañado en lágrimas de conmoción, y dijo:
--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias! ¡no has renegado de mí, hermano mío!
--¡Renegar de tí! ¡porque eres verdugo! ¡Oh! has hecho bien; has elegido mejor caza que yo, y te envidio. Vamos.
El verdugo y el montero salieron de la cabaña asidos de las manos.
III
PRINCIPIOS DE AVENTURA
Poco después los dos hermanos saltaban en tierra en la orilla opuesta; entregaron la barca á sus dueños, subieron á lo largo de la ribera, pasaron el puente London-Bridge, y atravesando las estrechas y sombrías callejuelas del Cuartel de la Torre, se detuvieron, subieron al collado que lleva el nombre de ésta, é hicieron alto cabalmente junto á una horca de hierro, fija sobre un terraplén de mampostería, á cuya esplanada se ascendía por una pendiente escalera.
El verdugo se acercó al terraplén, abrió una puerta colocada en uno de sus costados, y que la oscuridad no dejaba percibir; entraron los dos hombres, y el verdugo volvió á cerrar.
Habían penetrado en un pequeño espacio húmedo y negro por el continuo contacto del humo, á que sin duda daba mala salida un estrecho respiradero practicado en uno de los costados.
Los muebles que se veían en esta extraña vivienda, eran dos banquillos de madera, un lecho de paja cubierto por una vieja capa colorada, un hacha y algunos dogales: todo este conjunto miserable estaba alumbrado por una lámpara de barro, encendida delante de un tosquísimo grabado representando una Virgen, pegado en el muro en un ángulo de aquella especie de caverna, sobre el miserable lecho.
Dik miró con extrañeza los objetos que le rodeaban; sentóse en un banquillo, y apoyando su rostro ensangrentado en la mano derecha, y el brazo de ésta sobre su rodilla, fijó en el pavimento empolvado su mirada sombría y pensativa.
El verdugo permanecía de pie frente á él, mirándole de una manera tenaz; la expresión de indiferencia feroz de su rostro había desaparecido, y su boca estaba fruncida por una sonrisa de amor y de amargura. Una madre hubiera mirado del mismo modo á un hijo desgraciado, vuelto á su vista después de una larga ausencia.
--¡Qué mudado estás, Ricardo! dijo al fin el verdugo; yo no hubiera podido reconocerte.
--Muy mudado, Godofredo, ¿es verdad? añadió el montero levantándose; ¿crees tú que no me conocerán en Londres?
--¡Oh! no; no eres tú ya el Ricardo de otro tiempo, alegre y confiado, de tez blanca, cabellos blondos, y talle esbelto encerrado en un justillo de seda; tampoco á mí me conocen; una prisión en la Torre cuando el corazón está desgarrado por desgracias tan sombrías como las nuestras, sería capaz de desfigurar al hombre más fuerte.
--¡Con qué has estado preso, pobre Godofredo!
--Preso no; retirado á una prisión voluntaria, mi profesión de verdugo empezó por su situación más elevada. Cuando murió James Church, ejecutor del rey, corta cabezas de altos traidores, los heraldos de la prebostía llamaron á son de clarín á los que quisiesen sucederle, yo me presenté enmascarado; creí tener contendientes, pero nadie se presentó á disputar la plaza que en mi desesperación había elegido; los hombres somos unos miserables locos, que no tocamos más que extremos. Yo había querido ser un ángel salvador de la humanidad; había sacrificado generosamente mis afecciones en favor de los hombres, y sólo encontré ingratos y malvados; había soñado en el amor de la mujer, y no encontré más que infamias y traiciones. Un sueño desvanecido influye de una manera terrible en organizaciones como la mía; yo, que antes de conocerle amaba al hombre conocido le aborrecí; yo que amándole había querido ser para él un ángel salvador, aborreciéndole quise ser su azote, su demonio, y me hice verdugo.
--¡Oh! hiciste bien, muy bien,--murmuró sordamente Dik, devorando á largos pasos la estrecha vivienda del verdugo como un tigre encerrado en una jaula.
--Cuando me presenté en la conserjería de la Torre, prosiguió el verdugo, me dieron esta espada, y me hicieron bajar á los calabozos, en uno de ellos había un tajo, junto al tajo el cadáver de un preso, muerto tal vez de desesperación. Cortar la cabeza á aquel cadáver era mi prueba; ¡oh! aquel momento fué terrible, mi espada dividió el tronco de un solo golpe, y se clavó rechinando en el tajo. Nada me dijeron; ni me preguntaron mi nombre, ni mi procedencia; me dieron este vestido colorado, una bolsa llena de monedas de cobre, y un aposento en la Torre; dos años estuve sin salir de ella; en dos años el calabozo donde hice mi prueba, me ha visto cortar muchas cabezas nobles; durante ese tiempo, la vista de la sangre desencajó mi mirada; mis mejillas enflaquecieron y se tornaron lívidas como las de un cadáver; el horror erizó mis cabellos, y cuando un día arrojé una mirada sobre mi faz, reproducida en lo acicalado del escudo de un archero, no me reconocí; Godofredo había desaparecido, sólo quedaba el verdugo.
Un silencio sombrío sucedió á esta exposición; Godofredo se dejó caer desplomado sobre un banquillo, y Dik siguió su paseo circular con paso más fuerte y apresurado. De repente se detuvo y fijó su terrible mirada en su hermano.
--Tengo hambre, le dijo.
El verdugo se estremeció como la madre indigente á quien su hijo pide un pedazo de pan.
--¡No he comido en tres días!
Godofredo se conmovió, una lágrima ardiente y sola asomó á sus áridos párpados.
--¡Tres días! murmuró, hace también tres días que consumí mis últimas patatas. ¡Oh! ¡tiene hambre, y su hermano no le puede dar un pedazo de pan!
Dik volvió á su silencioso paseo; el verdugo se dió un golpe en la frente lanzando una exclamación, como quien encuentra un recurso en una situación desesperada.
--¡Oh! me había olvidado, dijo; hubo un tiempo en que teníamos trajes de seda bordados de oro, y yo debo conservar uno de esos trajes.
Levantóse y retiró el lecho, debajo del cual había un saco de cuero.
Godofredo al verlo dió un grito de alegría como quien encuentra un objeto que busca á la ventura. Abrió el saco, y lo primero que brilló á la luz de la lámpara, fué una espada.
--¡Arma de caballero! murmuró con indiferencia Dik tomando la espada. Buen temple, añadió blandiéndola con una soltura que probaba no era la primera vez que su mano empuñaba un arma de tal género. Después, con la curiosidad de un inteligente, arrojó una mirada sobre la hoja y la empuñadura.