The Negro in Tennessee, 1790-1865
Chapter 2
– Anda con él y vuelve solo...
Emprendieron animosos la vuelta. Ayar Cachi iba conversando alegremente con Tampu Cachay y éste lo escuchaba con tristeza. Por fin, llegaron a Tamputojo y Ayar Cachi entró en la cueva de las tres ventanas. En tanto, Tampu Cachay puso una piedra enorme en la puerta y sentóse en ella. A poco, Ayar Cachi dijo desde el fondo de la cueva:
–¡Aquí están los topacusi y aquí está el napa, Tampu Cachay! ¿Por qué has cerrado la puerta?
–La he cerrado para que no salgas, Ayar Cachi. ¡Allí te quedarás!...
–Ábreme la puerta, Tampu Cachay, o haré caer el cerro y te mataré...
–¡No te abriré la puerta, Ayar Cachi!...
Entonces comenzó a temblar el cerro ante el impulso de Ayar Cachi, pero la puerta no se abría...
–¡Tampu Cachay, traidor! Ábreme la puerta. Iremos a fundar un Imperio y yo te daré riqueza y siervos y rebaños... Ábreme la puerta, Tampu Cachay...
–No te abriré la puerta. Allí perecerás. Yo me voy ahora a reunir con el pueblo... ¡Adiós, Ayar Cachi!...
–¡Maldito seas, traidor! ¡Maldito seas! ¡El Sol, mi padre, te convierta en piedra! ¡Que tu semilla no se propague! ¡Traidor, traidor, traidor!...
Convirtióse en piedra Tampu Cachay: allí está todavía.
Y los hermanos Ayar siguieron su camino hacia el norte, hasta que llegaron a Quirirmata. De allí pasaron al cerro Guanacaure y allí acordaron declarar a Ayar Manco, por tener descendencia, jefe de la familia, y a Sinchi Roca su heredero. Aquella tarde vieron por primera vez el arco iris: aquélla era la palabra del Sol. Muy cerca debían estar ya del lugar elegido. Quisieron seguir adelante, pero se encontraron con un cerro que les cortaba el paso. Instintivamente dijeron todos:
–¡Quítalo del camino con tu honda, Ayar Cachi!
Pero nadie respondió. Ayar Cachi no estaba. ¿Quién iría a luchar? Porque sobre el cerro había una figura monstruosa que desafiaba. Ninguno de los guerreros avanzó. Echaron de menos al hermano poderoso y fuerte: él los habría salvado del peligro. Allí estuvieron largo tiempo. Pero Ayar Uchu, viendo que nadie proponía un camino y que las huestes se aprestaban a la lucha, quiso ir, él mismo, a luchar con el espíritu de la huaca.
–¿Quién va?...
–¿Quién va?...
–¿Quién va?...
Nadie respondió. Entonces Ayar Uchu, en un ímpetu, se puso de pie y fue. Luchó con el cerro y lo apartó del camino, pero quedó preso entre sus bloques de granito. Entonces dijo:
–Hermano Manco, no me olvides. Yo te he acompañado. Ya nada se opone a tu paso; allí en el valle está el lugar elegido. Recuérdame...
Manco Cápaj estableció allí la orden del Guarachico, y el cerro se llamó Ayar Uchu Guanacaure, en su recuerdo.
–¡Nosotros no te olvidaremos nunca, hermano Ayar Uchu! Sobre ese cerro se establecerá la orden de Guarachico para todos los de nuestra sangre, y ninguno podrá ser heredero del trono si no se ordena en el cerro junto a tu cuerpo.
La voz de Ayar Uchu no respondió, y el joven quedóse convertido en piedra. Sólo quedaban de los cuatro hermanos, Ayar Manco Cápaj y Ayar Auca. Éste se encargó de la guerra y Manco de la religión. Manco Cápaj, seguido de su corte, fue tocando con la barreta de oro la cumbre del Guancaure hasta que encontró un montículo donde la tierra era blanda como de barro y dijo:
–¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí!
Rodeado de sus hermanos, sus tribus y rebaños, Manco Cápaj entonó el himno al Sol. Alzó en alto la barreta y la dejó caer sobre el montículo. La barra de oro se hundió aceleradamente en la tierra. Elevaron los brazos al Sol, que brillaba en el cenit con desusado fulgor.
Ayar Auca bajó al pueblo aquella tarde y alrededor suyo, medrosos, se agruparon los sencillos habitantes. Admiraron la rara belleza de sus trajes hilados de oro y la bruna palidez de sus armas. Algunos, tímidos, se mantenían a distancia. Ayar Auca les habló, les dijo que venía en nombre del Sol, y que si ellos estaban dispuestos a adorar al divino Padre, él se lo avisaría para que mandara a su hijo a fundar allí el gran Imperio.
–¿Y su hijo es como tú? -lo interrogaron.
–¿Quién puede ser como el Hijo del Sol? Él es luminoso, es hijo de la luz; si él quiere, se apaga el mundo; si quiere, lo ilumina. Mañana al clarear el día, yo vendré con el Hijo del Sol y vosotros, para convenceros, salid a verlo. Allí en lo alto del cerro Guanacaure, él aparecerá e iluminará el Mundo. Vosotros lo veréis... Ha traído una barreta de oro; su padre le dijo dándosela: "donde se hunda la barreta fundarás mi Imperio". Y allí en el cerro Guanacaure se ha hundido... Mañana la veréis...
Obsequió Ayar Auca armas y trajes a los sumisos y ascendió de nuevo, seguido de sus doce compañeros al cerro Guanacaure.
Muy de mañana, cuando la Naturaleza empezaba a despertar y de las sombras vacilantes comenzaban a destacarse los montes y las copas de los árboles, el pueblo se reunió en la gran pampa. Los padres alzaban a los hijos, hablándoles de la maravilla anunciadora, y los niños aguardaban absortos, con los ojos abiertos, el suceso fantástico. Había aquella mañana una inusitada alegría en el valle. De pronto, una vaga claridad se anunció detrás del cerro Guanacaure. Un nimbo opalino iba creciendo lentamente y por fin estalló en un golpe de luz. Entonces vieron, asombrados, la maravilla prometida. Sobre el cerro había un hombre cuyo cuerpo despedía rayos que cegaban la vista. Cambiantes reflejos se desprendían de su cuerpo divino. Arrojáronse al suelo las medrosas gentes y exclamaron:
–¡El Hijo del Sol, el Hijo de la Luz!... ¡El Hijo del Sol ha venido!
Una música jamás oída resonó en los aires, y a poco en la pampa, en la orilla derecha del arroyo que bañaba la aldea, apareció la tribu entera de los Incas inmigrantes, pueblo multicolor en que el oro, las plumas raras, las joyas magníficas y las armas poderosas resplandecían como en un incendio magnífico. Aquel lugar en que la tribu viajera se detuvo se llamó Josco, el centro.
Los fundadores se inclinaron ante Manco Capaj y éste puso un instante en manos de su hijo, el ave sagrada. Sinchi Roca miró al Sol de frente, y así se fundó el Imperio de los Incas.
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