Los guiños del pasado

Chapter 4

Chapter 44,012 wordsPublic domain (Wikisource)

-La enorme y hermosa mansión de los Del Valle siempre había sido la ostentación de esta familia de ricos. Para que usted se dé cuenta de toda la inmensa fortuna que tenían, sólo basta recorrerla en su interior y apreciar los exquisitos jarrones de porcelana, las cortinas de seda esplendorosa, el moblaje de estilo Luis XV, las alfombras traídas directamente de Persia, las escalinatas construidas con mármol de Carrara, las recámaras de suntuosas camas cubiertas con finas telas y nichos decorados con adornos de papel de oro, la cuantiosa galería de pinturas magistrales y estatuas de bronce o los lujosos ventanales de vitrales hechos en Italia. No es que me dé envidia, sino más bien, me da pesar, al saber que todos estos lujos hoy nadie los disfruta y se van deteriorando. No hay quien les dé atención. La vieja ama de llaves, la única testigo de aquella grandeza, está tan anciana que ya ni se asoma a ver si los criados han cumplido con sus obligaciones, pues cada uno de los administradores que ha habido de tan cuantiosas propiedades ni caso hacen de poner en orden lo que fue el habitáculo de un matrimonio que no pudo tener descendencia y murió en el famoso accidente del Titánic cuando iban de luna de miel hace ya mucho… y además, intestados. Años tiene que el gobierno no ha podido tomar en pleno dominio esa grande edificación ni abrir las arcas bancarias donde se encuentran depositados, dicen, millones de dólares. El que se dé la oportunidad de meditar sobre la bella época en que se construía tan gran mansión e imaginar la alegría de sus poseedores ilusionados con los hijos que tendrían, se dará cuenta del destino trágico que se impuso, a pesar del dinero. De qué sirve tanto si no es posible lograr la felicidad familiar. El tiempo que no para, y como dicen, todo lo devora, es el único testigo eterno de la inutilidad de las riquezas para detenerlo. Póngase el saco: un día, cuando el tiempo le dé la historia de su ayer, usted no estará presente y otros intentarán descubrir los secretos que no lo fueron para usted. No dude que la imaginación y la fantasía de la futura gente construirán su vida como usted acaso nunca la vivió y dé una carcajada desde la ultratumba al saber lo que son capaces de inventar. ¡Cuántos se volverían a morir si supieran lo que hoy se dice de ellos! Mejor no se dé por enterado y siga su camino. El hombre que decía todo esto se esfumó de pronto y el ingeniero que dirigía la construcción de los futuros lujosos condominios tan bien ubicados en el Paseo de la Reforma, se estremeció con ojos asombrados ante aquella revelación fantasmal del ayer.

UN TÉ QUE TE DARÁ LA PAZ

Doña Micaela era tan terrible agiotista que cuando te prestaba un dinerillo, te hacía firmar pagarés sin cantidad especificada, además de que te exigía, le dejaras una prenda que valiera diez veces más el valor de lo que te había otorgado. Claro es que sólo lo facilitaba a personas que habían sido muy ricas en la época porfiriana, pues poseían verdaderas reliquias de elegante y fina antigüedad para empeñar, y que ahora por la revolución, se habían quedado casi en la miseria. Como habían perdido sus influencias y no eran consideradas por el erario público, siempre estaban como quien dice, en la quinta pregunta, si no es que en la última; fuera del presupuesto. Entonces Doña Micaela se aprovechaba y engullía el colmillo a más no poder, con una impiedad escandalosa. Ella siempre te decía: Yo fui tan pobre que a veces ni un té teníamos para calmar el hambre y los dueños de la hacienda nos explotaban tanto que las fuerzas se nos iban y no nos daban de comer. Así perdí a mi padrecito y a mi esposo. A mi madre la violó el amo y de esa vergüenza, se suicidó. A mis hijos los mataron con tanto castigo y si yo te digo que resistí, es porque prometí que mi venganza sería dulce como el té que me negaron los ricachones porfiristas, afrancesados asquerosos. Cuando estalló la revolución, me hice soldadera y en la bola me fui agenciando de joyas y más joyas que les quitábamos a las catrinas de entonces. Así amorticé una pequeña fortuna que escondía en un lugar secreto de mi pueblo hasta donde viajaba disfrazada de mendiga, al lado de un naranjo con cuyas hojas solía hacerme un té mientras saboreaba mi futuro. Cuando terminaron los balazos y todo más o menos se puso en paz, desenterré mi tesoro y lo fui vendiendo poco a poco hasta reunir un fuerte capital que los nuevos dueños del país me permitieron invertir en negocios que me resultaron muy redituantes. Entonces comencé a poner en práctica mi venganza y comencé disfrazándome también de antigua viuda que organizaba té canastas para las nuevas ricachonas. Allí siempre concurrían también las que ya no lo eran, pero que a las recientes les parecían fascinantes porque así creían que se codeaban con la antigua dizque aristocracia. De esta manera cayeron muchas de esas viejas harpías a las que yo les quitaba hasta el suspiro. Con una sonrisa en los labios, después de hacerles firmar el acabóse de sus pertenencias, les decía: -¿Gustas un té que te dará la paz? Cuando temblorosos o temblorosas lo tomaban, sabían que jamás podrían cubrir su deuda y yo disfrutaba del té que en otros tiempos se me había negado.

EL DESCENDIMIENTO

El secreto de aquella pintura del Descendimiento de Cristo de la Cruz contenía un enigma aparentemente indescifrable, pero el curioso detective descendiente de Sherlock Holmes se había propuesto descifrarlo aunque tal hallazgo descentrara el poder del Conde de York, pues eso revelaría su impostura. En su ascendencia nunca había existido un lazo con el condado real, pues había suplantado al verdadero conde al victimarlo. Su parecido con el noble original lo hacía descender de la nobleza, pero todo era falso. Para ello, tendría que descercar la parte trasera de la pared de la cual pendía el bello y conmovedor cuadro y excavar un gran hueco en ella. Ahí estaba grabada la falsía, pues el conde verdadero, antes de ser asesinado, había ordenado grabar las sospechas del crimen que presentía y lo había ocultado con el impresionante marco barroco de la pintura. Tuvo entonces, nuestro valiente detective, que hacer una descerrajadura para quitar con cuidado aquella obra de arte y luego descinchar las correas de metal que lo aferraban al muro para liberarlo. Cuando logró desceñirlo, quedó a la vista el mensaje que corroboraba la sospecha del detective: El caballerango Rutilio, mi hermanastro, intentará matarme y como estoy seguro que lo hará, lo declaro culpable de mi muerte. Fue entonces cuando el falso conde apareció amenazante con un enorme revólver y le descerrajó un tiro al descubridor del crimen: -¡Tú no me vas a arruinar! Ahora ocuparás el hueco que descimbraste. -gritó fúrico. El detective cayó como muerto, mientras el cruel falsario lo levantaba para meterlo al hueco que se abría automáticamente a los pies del lugar donde se encontraba el cuadro. Era un foso con un túnel descendente donde se veían esparcidos muchos esqueletos: -Aquí te quedarás como todos aquellos que trataron de hacerme descender de mi trono. Con un rostro descifrable, movió un mecanismo secreto y la tapa cubrió el hoyo. En ese instante se escuchó una voz en el interior que pedía auxilio y que bastó para que la policía, que se encontraba avisada, entrara y tomara prisionero al asesino. De inmediato removieron la losa y sacaron al mal herido detective que así, al descifrar lo que se creía indescifrable, devolvió a los reales herederos del condado, sumidos en la miseria por el traidor, sus privilegios.

UN HALLAZGO DE SABIONDEZ

En una futura urbe de México, Don Aureliano Plata lucía su eterno cacicazgo ganado durante diez indiscutibles reelecciones. Con tal triunfo permanente, él ostentaba la sabiduría de haber podido llevar a la perfección su liderazgo. Lo curioso era que nadie protestaba ni se quejaba de él, pues todos los habitantes de aquella pequeña ciudad futurista vivían felices ante la pujanza económica adquirida entre la población. Era como una especie de neo comunismo capitalista chino, pues donde todos eran ricos, nadie escandalizaba y la esperanza de serlo no era una cómoda razón para realizar campañas opositoras. Además, todos eran compadres y tales compadrazgos les permitían tratarse como una verdadera familia que constituía una comunidad donde la comezón por ser dueño del poder y los dineros, había pasado a último término. De riquezas estaban hasta el hartazgo. Pero he aquí que de pronto comenzó a imperar una sinrazón. El presidente ya no quería serlo y comenzó a solicitar que alguien lo renovara, mas como todos eran ricos, a nadie le interesaba el poder político. Tenían sus mayorazgos y gozaban de una vida tranquila que se deslizaba entre los grandes negocios que emprendían con otras urbes igualmente felices. Don Aureliano, en cuyo nombre brillaba la plata, o mejor dicho, el oro, había fracasado como banquero, ya que nadie necesitaba de él y ni siquiera había podido comprar el noviazgo de su hijo, Aurelianito, como en antiguas épocas, pues éste, aún antes de nacer, ya era riquísimo gracias a las múltiples herencias de sus familiares. Así que sin más hallazgo, encontró novia sin convenenciero interés del corazón: ¡Era tan rica ella también! Sin embargo, un día inesperado, en medio de la felicidad reinante, las ciudades de la comarca se vieron afectadas por el hallazgo de una extraña enfermedad nunca vista ni presentida: la picazón exterminadora que consistía en el surgimiento de enormes ronchas en las manos de los afectados, al tomar el dinero metálico o de papel, y que se extendía a todo el cuerpo, como una extraña andanza leprosa, hasta desintegrarlo en una especie de bisutería de carnes. Fue entonces cuando Don Aureliano Plata luciendo su sabiondez, convenció a todos para que renunciaran a sus riquezas y se convirtieran como en los viejos siglos, en pobres campesinos. El dinero era el causante de la enfermedad. Lástima que cuando lo dijo, ya se estaba desmoronando como ceniza.

DESPRECIO MERECIDO

Hubo una vez un buen rey mozo que no podía tener controlado a su ambicioso primer ministro, pues éste siempre le ponía trampas para que el pueblo se le rebelara a su señor y le hacía la mala fama a escondidas, presentándolo como un jovenzuelo tonto. La nobleza no alcanzaba a comprender el porqué de tanto temor ante el ambicioso hablador y se hacía cruces de que pudiera convertirse en un ladronzuelo del sumo poder. Y es que como al rey mozo le gustaba rodearse de mozuelas guapas con las cuales se pasaba divertidas horas, descuidaba las obligaciones de su alto cargo para con su pueblo. Así, el malvado insistía en sus calumnias y contrataba mujerzuelas que fueran pregonando por las calles del reino los gustos especiales del rey. Cuando los nobles se hartaron del mal gobierno que a las claras se veía, decidieron apoyar al primer ministro e hicieron abdicar al todopoderoso señor. Entonces lo llevaron a la plazuela y luego de permitir a la chusma que le lanzaran piedras, lo hicieron ahorcar junto con sus graciosas amigas. Alguien les advirtió, por medio de gacetas, que cometían un error, pero fue juzgado como un escritorzuelo loco, al cual, favorecía el rey. Pero era ya inútil. De inmediato el ministro se sintió un todopoderoso y comenzó un terrible gobierno de robo, humillación y tiranía. En las afueras de la cárcel donde el escritor había sido encerrado, un cantor narraba las tremendas acciones del nuevo dictadorzuelo. La paz del joven rey no comprendían. Ya ganaron lo que se merecían.

LISONJEAR PARA NO TRABAJAR

Ramiro siempre le encantaba callejear con tal de no encontrar trabajo, pues desde temprano salía de su casa diciendo que: -A ver si ahora sí encuentro empleo. Ya ves que están muy escasas las oportunidades. - y así subía y bajaba por las calles de Guanajuato buscando, como se dice, ocupación, rogando a Dios no encontrarla. Y efectivamente, con canjear unas moneditas de oro que tenía heredadas por parte de su abuela, se sentía satisfecho. Al regresar a su hogar le decía a su esposa, cuando ésta le preguntaba si ya… -Pues no, el destino no me dibuja ni una oportunidad de hallar trabajo. Así era día con día. Su mujer estaba hastiada de esperar y sólo con lo que ella sacaba lavando ajeno, sostenía a sus dos hijos que al anochecer dormían como dos angelitos cobijados por una rala sábana y las lágrimas de siempre de las madres acongojadas. Aquella mañana se le ocurrió a Ramiro fingir que cojeaba y que por tanto, estaba incapacitado para efectuar trabajos forzados. Con esa teatralería se desplazó por las enredadas callejuelas de su ciudad virreinal hasta encontrar a dos maduras turistas austriacas que le preguntaron sobre el Callejón del Beso. Él les informó cómo llegar hasta allí, pero de manera tan intrincada, que las confundió y las ingenuas visitantes le pidieron que mejor las guiara él y que le darían una buena propina. -Con mucho gusto. -dijo el falso cojuelo, mientras en el camino iba llenando de elogios a las dos mujeres que se abochornaban ante los elogios a su belleza otoñal que de vez en cuando les soltaba el pícaro de Ramiro que por cierto, no era de tan mal ver y tenía aires del clásico “latin lover”. Haciéndose el cojo, las hizo caminar más de lo debido, pues el famoso callejón se encontraba a tan solo tres calles y las obligó a andar como veinte manzanas dando vueltas y vueltas. -¡Son hermosas sus alhajas!- decía Ramiro ante los collares de bisutería que las turistas llevaban. -Hacen combinación con sus bellos ojos donde parece alojarse la imagen del Danubio azul. Y ellas, que medio hablaban español, agradecían con esas sonrisas avejentadas de las solteronas y se miraban rejuvenecidas. Cuando llegaron al callejón buscado, Ramiro no se quiso rebajar a pedir la propina y esperó a que ellas se la dieran. Agradecidas por tan buena guía, le dieron cien euros que acaso ni sabían que era una recompensa exagerada, pero él nada chistó. Sólo acertó a decirles: -Estoy para servirles, encantadoras damas. Si requieren mis servicios para otras cosas, llamen a este teléfono y pregunten por Ramiro, el guía, y de inmediato acudiré a resolver sus necesidades. Fue entonces cuando Ramiro comenzó a forjar la idea de que para no trabajar, era mejor lisonjear. Había descubierto el hilo negro, pues no sabía que eso era común en muchos lugares.

EL ENVIDIOSO TRANSFORMADO Envilecido por el fracaso de su vida no vacilaba en envenenar su cuerpo con alcohol y se envolvía con el humo de los peores cigarrillos. Aún recordaba aquella tremenda tarde en que su madre había dado a luz a su segundo hijo, después de diez años de viudez. Entonces sintió una extraña transferencia en su mente. Sintió envidia de su hermanito, porque éste sí tenía un padre vivo. En cambio él, desde pequeño sintió el vacío del calor de un progenitor. Había padecido la desgracia de perderlo en un accidente y la esposa, su madre, había quedado en una situación económica difícil. Un correlato difícil. Lanzados del pequeño departamento donde vivían por un despiadado casero, se habían tenido que refugiar en casa de sus abuelos paternos, donde sus tíos y sus primos siempre los despreciaban, pues no querían coherederos. Los padres de su padre eran muy ricos y por consideración a su nieto le habían dado hospedaje a su nuera. Pero todos los veían como ilegítimos. En cualquier convite que se organizaba, él y su madre, a trasmano, eran excluidos y para no sentirse tan mal, salían a pasear en el tranvía turístico. Allí, sintiéndose en un convoy, imaginaba que era personaje de una película de aventuras. Pero esta envoltura no bastaba para borrar su ánima triste y comenzó a envidiar el bien ajeno. Fue así como comenzó a enviciarse. Había cumplido diecisiete años y ya era un verdadero desecho social. Cuando se excedía en las cervezas y en el ron, le comenzaban a dar tremendas convulsiones que le hacían delirar y terminaba llorando como un loco, ante la angustia de su madre y de su padrastro que lo trataba mejor que a un hijo. Cuando convalecía de esos ataques espantosos producidos por el vicio, el psicólogo le convocaba a repensar su vida, mas él se encerraba en sí mismo y se negaba a cooperar. “¿Para qué? Si a nadie le importo.” Decía con una voz de odio que impactaba. En el trasfondo, no se explicaba por qué no podía dominar ese estado de ánimo, pues en realidad nada le faltaba; su madre era cariñosa y atenta; su padrastro le hacía sentir una camaradería juvenil y él fallaba. No podía transformarse. ¿O no quería? Algo le faltaba. Entonces conoció a Elisa… Ella era lo inverso a él; generosa, llena de bondad y virtudes. Fue como un bofetón que invalidó su comportamiento y le hizo traslucir una esperanza. La transformación no se hizo esperar y de improviso se sintió aliviado. Ya no sintió tristeza por el bien ajeno, pues había descubierto que ella era verdaderamente de él y descubrió que también pertenecía a una familia que lo cuidaba, incluso su hermanito que un día le dijo: -Cuando sea grande quiero ser como tú. Por una extraña transfusión ya nunca más se sintió desesperado ni solo; la envidia desapareció para siempre, porque ahora él poseía el bello bien del amor, la amistad y las ganas de estudiar para nunca más ser un tránsfuga de los malos instantes. Hasta el invierno más frío, desde entonces, le pareció el traspunte de una eterna primavera y traspasó las burlas de la mala gente.

LA COMPLEXIÓN EXCEDENTE

Siempre se habían burlado de Armando, porque, acaso por alguna falla hormonal, era el gordo del salón de clases y su complexión mostraba excedentes obvios en su cintura. Sus comprobados ciento sesenta kilos causaban alborozo cuando se sentaba y rompía de modo extraordinario los mesabancos. No era exagerado decir que al subir las escaleras para dirigirse al tercer piso donde se encontraba su salón de clases, llegaba casi exánime, pues tanto peso, sin duda, le exprimía el aliento. Algún chistoso del grupo, por tal motivo, le comenzó a decir que era de complexión excedente y las risotadas brotaban excediendo el respeto que merecía un chico tan bonachón como él. Sin embargo, el éxito en sus estudios le permitía no sentir complejos por su gordura y en los exámenes siempre sacaba las más altas calificaciones. No se preocupaba por su sobrepeso, porque decía que por experiencias probadas en el extranjero, pronto habría un método para adelgazar sin dejar de comer. Y ese era el problema, todo alimento le excitaba el apetito y comía y comía. La única asignatura en la que tenía problemas era en Educación Física, pues su volumen de grasa no le permitía alternar en el deporte de manera exitosa. Sin embargo, como pronto terminaría la secundaria, ya no le preocupaba tanto la crucifixión que sentía cuando tenía que correr, saltar o nadar. En el bachillerato había otras posibilidades y un vecino que era instructor de físico culturismo, intentaba convencerlo de entrar al gimnasio donde éste trabajaba y entrenaba a muchos chicos y chicas que habían mejorado sus cuerpos y se sentían reanimados en su salud y en su éxito personal: -Por este crucifijo te digo, -le comentaba- ese cuerpo descuidado que tienes, puede cambiar. Si quieres yo te entreno y te guío. Sólo requieres tres cosas: cambio de hábitos alimenticios, dormir a tus horas y constancia y voluntad. Poco a poco vas a ver cómo te transformas y les das la sorpresa a tus compañeros que te bromean por gordo. Armando lo reflexionaba cuando a la hora de bañarse se veía ante el espejo: -¿Podré cambiar en verdad? Voy a intentarlo. Así comenzó a los dieciséis años con una rutina denominada hexagonal, pues consistía en realizar seis ejercicios diarios; uno para cada parte de su cuerpo: pierna, espalda, pecho, hombros, brazos y abdominales. En un principio lo dejaba tan adolorido el ejercitarse que ya no quería continuar, pero luego recordaba el principio de la constancia y la voluntad que su amigo instructor le demostraba con el ejemplo y no se daba por vencido. La conexión entre voluntad y alimentación eran el secreto. Poco a poco su apariencia fue cambiando y en tres años estaba irreconocible. Ahora ya no era su complexión excedente en grasa, sino en músculos que a las chicas de la universidad dejaban exquisitamente impresionadas. El gordito cachetón se afinó y se convirtió en un joven guapo y atlético en lo externo y estudioso y noble en su interioridad. Pronto terminaría su carrera de abogado. Lo bueno fue que no hizo caso a los regaños de su panzón profesor de educación física que en la secundaria aplicaba una práctica social del deporte: ¡Nada de rutinas aisladas!

UN CORAZÓN DE NIÑO

Don Alberto siempre había sido un hombre de buena salud y para sus ochenta y dos años, se murmuraba en el barrio, se encontraba muy bien, sobre todo cuando se le veía correr todas las mañanas en el jardín central. Todos lo conocían por ahí, pues desde su llegada a aquella colonia, donde vivía, fue proverbial su bonhomía y su disposición para ayudar en las mejoras de aquel suburbio. Ayudaba en la vigilancia de la escuela, en el corte del pasto que crecía en las banquetas, en el cuidado de la iglesia y las fiestas que celebraba la comunidad. - ¡Que noble es usted, Don Alberto! - Le decían sus amistades. Hacía diez años que había enviudado y aunque tenía tres hijos, siempre se había negado a irse a la casa de alguno de ellos y prefería su sencilla vivienda donde había sido tan feliz con su esposa y con cada uno de sus vástagos. -¡Ay, papá, no nos gusta que vivas tan solo! -siempre exclamaban sus hijos. Por supuesto que sus familiares lo visitaban cada semana y era un gozo ver tanto cariño y gratitud prodigado por sus descendientes. Don Alberto siempre suspiraba satisfecho y se emocionaba tanto, que su corazón retozaba de alborozo. Sus hijos con frecuencia le daban regalitos: corbatas, camisas, zapatos, trajes, suéteres, sombreros o pantuflas. Aquella mañana, tan luminosa, se le vio salir temprano de su domicilio, pero no para realizar su acostumbrada carrera, sino para dirigirse al hospital de cardiología. Resulta que había leído en el periódico un aviso donde se solicitaba un donante para salvar la vida de un niño y él consideró que como había cumplido una edad ya bastante larga y no tenía más compromisos, pues su hijos eran ya profesionistas e independientes gracias a la carrera que él con grandes esfuerzos había costeado, y aunque recíprocamente se querían mucho, bien podía hacer un último acto de nobleza y dar su corazón, tan colmado de resistencia, según le indicaba año tras año su médico de cabecera, a aquel pequeño que lo necesitaba. En cuanto llegó al hospital, se dirigió a la enfermera y le dijo que venía a ofrecer su corazón para tal emergencia. Le explicó que como ya había vivido mucho tiempo y tenía un corazón infantil perfecto, bien valía la pena que se lo sacaran para que salvaran al pequeño que se encontraba, en medio de la desesperación de sus padres, al borde la muerte, pues por su escasa edad, no aceptaba un corazón artificial de los recientemente construidos. Don Alberto insistía, aún estaba fuerte y quería aportar al pequeño la esperanza de una vida plena. El consejo médico valoró la donación y aceptó un intercambio. El pequeño fue salvado mediante una operación de trasplante. Como en el hospital había corazones artificiales para adultos, se le reinstaló al anciano generoso uno que fue muy bien aceptado por su cuerpo y todos levantaron sus corazones agradecidos, como se dice, reconociendo el buen éxito de aquella intervención. Se pudo respirar entonces una gran cordialidad.

¡NADA MÁS!