Chapter 3
Como en las peores películas de terror gringo, siempre, de manera obsesiva, antes de dormir, apenas acostada en su cama de solterona liberada, su mente irradiaba un recuerdo insistente: aquella cancioncilla infantil que su nodriza argentina le cantaba para hacerla dormir: ¡Qué linda manito que tengo yo! ¡Qué linda y hermosa que Dios me dio! Algo dentro de sí la movía a humedecer las almohadas con un llanto tan prolongado que no se daba cuenta cuándo se quedaba dormida. A veces en sueños solía ver la regordeta mano de su nana moviéndose en rítmicos semicírculos como para lograr un efecto hipnótico y lograr que la nena se durmiera. Pobrecita, tan pequeñita y abandonada por una madre que le importaba más la lucha por los derechos políticos femeninos que cuidar a su hijita de cuatro meses y un padre empresario que por sus negocios internacionales siempre estaba de viaje ganando el dineral del mundo. La niña solamente tenía a Doña Nacha, una treintona que la cuidaba de noche y de día como a una verdadera nietecita y cuyo marido era el chofer de su madre. Desde 1980, habían pasado ya treinta años y ahora Susana había aprendido a estar sola en su lujoso departamento de Santa Fe. La riqueza acumulada por su padre le permitía darse grandes lujos, ante los reproches de su madre que la insultaba diciéndole inútil burguesa que no se preocupaba por salvar a las mujeres de la brutalidad masculina y se mostraba tan indiferente que su progenitora se quedaba con los gritos ahogados de indignación, mientras ella salía del departamento dando portazos burlones. Su padre le decía: No hagas caso de las loqueras de tu madre. Como yo he sido un buen marido que le permite todo… y cuenta con mucho de mi dinero… En todo ese tiempo, sólo le había conmovido la separación, hacía cinco años ya, de su ser más cercano y querido: su nana Nachita, quien había regresado a su país a buscar a su esposo que la había dejado en México con el pretexto de ir a cuidar a su madre que estaba grave. Lo encontró muy tranquilo y con la mamá totalmente sana. Sin embargo, él comenzó a maltratarla y a correrla. Andate a México. Para qué viniste. Acá me molestás. El año pasado había descubierto la infidelidad de su marido y lo había matado con gran fiereza junto con la amante en turno. Doña Nacha ya no había podido soportar tantas humillaciones machistas desde que había regresado de México y había estallado en la total descarga de una pistola. Los acribilló en el lecho de la traición. La noticia le rasgo el alma y el recuerdo. Sintió un odio violento por aquel hombre traidor. ¿Cómo era posible que ese individuo hubiera engañado a una mujer tan buena y delicada como Nachita? A los sesenta años ahora estaba presa por un crimen en una cárcel a las afueras Buenos Aires. Susana era una mujer moderna que decidía su vida sin ambages; si no le gustaba un empleo, lo abandonaba como sin más. Y había ejercido ya tantos. Se había preparado en las mejores escuelas particulares y despreciaba a los insolentes engreídos de sus riquezas. Su vida transcurría tan cómoda que lo único que le preocupaba era el recuerdo de su nana y la nostalgia por la cancioncilla que solía cantarle. ¡Qué linda manito que tengo yo! ¡Qué linda y hermosa que Dios me dio! Su llanto nocturno la impulsaba a querer tomar el primer vuelo rumbo a Buenos Aires para tratar de reconfortar a la única mujer que le había dado cariño en su soledad de niña. Pero poco a poco la inquietud se iba calmando ante el recuerdo adormecedor. El sueño caía tan profundo que de nada más se percataba. Podría haber un terremoto, una explosión o pasarle un tren encima y ella se hallaba en la más profunda inconsciencia. Cuando despertaba, eran otras sus reflexiones; se sentía más tranquila, como centrada en su vida y con cierta parsimonia se levantaba, tomaba la ducha, ordenaba su desayuno al servicio de cocina del condominio para luego ir a trabajar a su oficio de momento. Todo lo hacía por un breve tiempo, nada más. Sin embargo, el recuerdo de tener que ayudar a su nana, no se le despegaba y comenzaba a planificar con urgencia un viaje a la reina del Plata. Tenía dinero suficiente para salvar a Nachita y conseguir su excarcelación. No podía dejar morir sola a quien tanto afecto y cuidado le había ofrecido. Estaba decidida. De inmediato iría a Buenos Aires, pagaría los mejores abogados para liberarla, compraría una casa allá y vivirían juntas. Susana cuidaría a Nachita en su vejez. Además, el testamento que tenía hecho desde hacía algunos meses, la nombraba heredera de parte de sus bienes. Esto la reconfortaba y suspirando como aliviada se levantaba de su extravagante king size. Aquella mañana, al entrar el mesero a su comedor y luego de saludarla y servirle sus alimentos, éste le preguntó si quería que le encendiera la televisión para ver las noticias mientras almorzaba. Ella aprobó la cortesía, mientras con delicadeza saboreaba el exquisito croissant y la tacita de chocolate a la francesa. En ese instante el locutor se encontraba comentando la serie de misteriosos crímenes acontecidos en la semana y de los cuales no se tenían barruntos de quiénes serían los delincuentes. Distribuidos en toda la ciudad había hoteles de paso donde en diversos días habían sido encontrados hombres apuñalados o degollados, en circunstancias comunes; el único indicio que parecía unificar la sospecha de un mismo asesino era el destazamiento de una parte del cuerpo de los occisos. A alguno le faltaban los dedos pulgares, a otro, los meñiques; a uno más, los anulares y a otro más, los índices. Hoy se ha descubierto a otro asesinado; a éste la faltaban los dedos cordiales. Todo parece indicar que una mujer de la vida galante es la psicótica asesina. Se han detenido a muchas, pero todas han salido inocentes. -¡Qué curiosos y terribles crímenes!- dijo ella al mesero que la atendía. -Crímenes de maricones, sin duda. Así son de despechados. Una vez, y discúlpeme la señora, la indiscreción y la confianza; yo me enredé con uno por la lana que me daba y un día que me encontró en un cine besándome con una novia que tenía, me armó tal escándalo que me amenazó con cortarme, usted sabe… -¡Ah qué Efrén! Pues ten cuidado y defínete bien. Las traiciones nada dejan de bueno. Yo misma viajaré mañana a Buenos Aires para tratar de salvar a una amiguita que está en la cárcel por asesinar al traidor de su marido… Aquella noche, por primera vez, pudo conciliar el sueño sin llanto y una sonrisa de satisfacción le llenó el alma al recordar la voz de su nodriza que le había enseñado a usar las manos. Al día siguiente voló feliz a Buenos Aires.
JUAN, EL SALVAJE.
Jamás se había visto a un hombre de tal linaje. Huérfano desde niño, creció cual un coyote salvaje entre los montes. Nadie sabía cómo había aparecido por ahí ni cómo se había hecho autosuficiente. Cuando joven se había dedicado a la venta de jícaras elaboradas por sí mismo y como vivía cual ermitaño en lo más alto de las montañas alejadas de la pequeña población, sólo se le veía dos o tres veces por año. Sin embargo, en una de esas pocas ocasiones le aconteció lo que nunca hubiera pensado. Sus jicaritas, de una pulida madera rojiza, encantaban por la exquisitez de sus formas que las convertían en verdaderas obras de arte. Todos las elogiaban y no había un solo habitante de aquel pueblo que no le comprara sus productos. Es más, de tierras distantes ya comenzaban a venir para adquirir tales objetos. Eso le granjeó un extraño odio del inflexible jefe de los juzgados que siempre había buscado pretextos para atacarlo. Nadie sabía por qué lo trataba con tanta injusticia. Un día, el nefasto juez le exigió una caja de jícaras para obsequiárselas al gobernador de Michoacán, pero Juan no quiso regalarle ni una muestra de su trabajo. En venganza, acusó al joven artesano de haberle robado una jarra de plata, un reloj de oro y una bandeja de cobre pulido. Aunque no todos creyeron al perverso injusto tal patraña, fue condenado a veinte años de cárcel y lo enjaularon como si se tratara del más cruel de los asesinos. Cuando cumplió su condena, salió lleno de rencor y no volvió a descender de sus montañas donde se dedicó a criar abejas y puercos. Con ello producía una exquisita miel y un jamón serrano que pronto se hizo famosísimo en aquellas regiones. Ejerciendo su trabajo con tal honradez, pronto se hizo rico y comenzó a bajar de su montaña boscosa, pero sólo para ayudar a los pobres. La gente le decía con cierta simpatía, Juan, el salvaje, pero nunca había habido en aquellos parajes un hombre de tan grandes sentimientos. Al paso de los años y las injusticias, el pueblo se hartó de las marrullerías del juez que abusaba de su poder con la gente humilde y rebelándose en su contra, lo linchó. En el momento de ser colgado, apareció Juan, el salvaje y pidió que lo perdonaran, pero ya era inevitable. El juez, en su último estertor, lo miró suplicante. Juan, el salvaje, cerrando los ojos, dio media vuelta y se alejó a su montaña. No había podido salvar a su padre.
LA DAMA DEL ARCO IRIS
Hace mucho tiempo; en la época de los érase que se era, cuando aún no imperaba la red, nada existía de lo que ves a tu rededor. Nada más había. Ni un cielo azul ni manzanas rojas ni blancas nieves ni verdes árboles. Tampoco amarillos canarios ni redondas naranjas ni tímidas violetas. Todo estaba lleno de oscuridad. Ni sombras había. Sólo reinaba la Noche que vestida siempre de negro era la dama solitaria del Universo. No tenía con quien hablar ni con quien divertirse. Nada se veía. Si al menos hubiera alguien con quien platicar, se decía y salía de su boca una niebla oscura, muy oscura, con lo cual, más negro se hacía todo. La Noche absoluta era la emperatriz de las tinieblas y su enorme manto de velos azabaches se extendía sin que se le adivinara un final. Como nadie había más que ella en esos espacios, se sentía muy sola, tan sola, que se desesperaba al saberse la única habitante del infinito, pues faltaba a quien sonreírle o alguien para charlar. A veces sus ojos, tan tristes, se humedecían y les comenzaban a brotar torrentes de lágrimas negras que no se alcanzaban a ver porque, como lo supondrás, la oscura neblina sin fin que brotaba por dondequiera, lo impedía. Pero, ¡oh! maravilla, un ente del cual ni se sospechaba su existencia, más allá del enorme espacio de la Noche, en un lugar mucho más amplio y elevado, sintió piedad de ella y al ver su congoja, hizo que sus lágrimas se iluminaran y su llanto se convirtiera en siete manantiales que se extendieron por todos los ámbitos inundando de colores la oscuridad infinita de su fuliginoso vestido. Entonces fue cuando con tanta luz, le nació un esplendoroso hijo: El Día, quien al enterarse de la aflicción de su madre decidió adornarle de colores los siete manantiales para alegrarla en todos sus atardeceres de llanto. Cuando el Arco Iris, esos siete manantiales de colores, le mostraba su sonrisa violeta, morada, azul, verde, amarilla, anaranjada y roja, ella quedaba serena y se disponía a dormir tranquila; arropada con su oscura túnica que se veía salpicada por las antiguas lágrimas que había derramado y que ahora resecas, brillaban como estrellas. Desde esa época la emperatriz de la Noche vive tranquila, pues sabe que en los atardeceres de llanto, su hijo siempre tendrá ese precioso adorno para su propia felicidad y la de nuestros ojos. Cuando duerme, su ropón lleno de estrellas temblorosas de alegría, la arrulla con una tierna canción de cuna que por supuesto, hoy, en la sociedad del conocimiento, nadie escucha.
EL MONJE PASAJERO
Los viajeros que lo vieron subir, les pareció algo estrafalario que un monje con hábitos del siglo XVII subiera al tranvía en esa estación de Puebla para dirigirse a Córdoba. Su rostro cubierto por el capuchón no permitía verle sus facciones, pero se notaba un extraño fulgor en sus ojos; algo así como enrojecidos y fijos. Algunos pasajeros lo saludaron con reverencia, pero él parecía no entender el lenguaje. Muchos pensaron que se trataba de un fraile alemán, por el brillo de su mirada y que por eso no comprendió cuando el cobrador ferroviario le preguntó por el boleto de pasaje. Ni siquiera le respondió. El revisor no insistió pensando que tendría dispensado el pago por tratarse de un religioso y que el canje exigido para autorizar el viaje no lo tenía. Fue entonces a la mensajería y preguntó por el monje aquél. Le respondieron que no tenían registrado a ningún fraile, con lo cual, extrañado, se asomó por un agujero que había en la puerta del vagón y vio cómo sacaba unas tijeras de las bolsas de su hábito y cortaba un dije que pendía de su cuello como escapulario. -Me dijeron que lo baje.- comentó el revisor al cobrador del vagón siguiente. -Pero es un santo hombre de la orden de mendicantes, ¿cómo vamos a hacer esto?- le respondió. -Hazte de la vista gorda y permítele llegar a su destino. Parece que va a ocuparse en tejer algo; déjalo que trabaje. (¿Qué tejería?) Pensó intrigado el supervisor de boletos. El tren siguió su camino y ascendió por las Cumbres de Maltrata; desde allí se veían las trojes alzadas en los campos de cultivo y las montañas envueltas en nubes. De pronto se vio que el monje abría una de las puertas de seguridad del ferrocarril y se lanzaba al vacío. Se oyeron campanadas estruendosas que parecían una relojería celeste y apareció flotando en los aires, una carabela, sobre la cual el monje, que volaba, descendió y rompió con las tijeras una cerrajería impresionante que encarcelaba a alguien. Abierta la galera, sacó a cubierta a una mulata que se dirigía como el tranvía, a Córdoba. El monje gritó: -¡Eres inocente, hija! ¡Los malvados han sido castigados! En realidad eras un virgen bienhechora. Vuela al cielo en libertad. Quienes fueron testigos de este suceso juraron no volver a viajar por la ruta de la Mulata de Córdoba.
UN PEQUEÑO QUEBRANTO
La joven marquesa Doña Catalina de la Pesquera había amanecido con un gran quebranto en su alma porque ya nunca podría ser la princesa que soñaba ser. Aunque su padre, el Conde, era rico, ella deseaba ser riquísima para poder casarse con el príncipe heredero del Reino de Cocolandia, pero el rey había designado con gran flaqueza para la aristocracia, a una flaca plebeya con el fin de casarla con su hijo, el príncipe, sólo por ser arqueóloga afamada… y como al soberano le fascinaba la arqueología. Esto había desquiciado a la marquesa cuando se enteró de ello. Poco a poquito el sentimiento de lo imposible la había hecho enflaquecer y aquella mañana volvió a despertar sin apetito, no obstante que su vieja nodriza le había llevado un paquete que contenía los mejores quesos de la región. Con tal poquedad de apetito, la pobre se iba a secar y esto preocupaba a su madre, la condesa. -Come hija mía, antes que te seques. Tu piel también se te va a resecar y con tal estropicio vas a parecer vieja a tus diecinueve años. Despreocúpate, hay muchísimos jóvenes de nuestra nobleza que aspiran a tu mano y todos ellos no tienen mal equipaje; no te sacrifiques con tal tosquedad. Haz menos tosco tu quebranto. Será lo mejor. -No madre. Este desprecio no se va a quedar así. Él príncipe insinuó que me amaba desde que teníamos quince años;…y que el rey especifique que desea para su nuera a una mujer como esa, por el solo hecho de que investigará las ruinas del sendero boscoso, me parece injusto. ¡Todo porque es su bosque! Siempre ha sido un tirano al que todo el mundo odia por arbitrario y caprichoso. Podría haberle pagado por tal trabajo, sin que me sacrifique directamente a mí. Pero voy a hacer que brinque al otro mundo. Total, su majestad siempre se ha saltado la ley. - ¿Qué te propones hacer?- interrogó la condesa- No vayas a salir trasquilada. - No madre. Ya lo sabrás. En cuanto la joven marquesa Doña Catalina quedó sola, movió un cuadro que se encontraba en la pared de su recámara y una puerta secreta apareció. Estrechos corredores emparedados se veían como laberintos y por ahí ella se encaminó firme y decida hasta llegar a las habitaciones del rey. Éste yacía descansando en su regio lecho y no alcanzó a advertir que la joven vertía unas gotas de veneno en el té frío, que al despertar de su siesta, siempre tomaba. Hecho esto, Doña Catalina, con la ceja izquierda rabiosamente levantada, con calma asombrosa, desapareció por donde había entrado. Las campanas de las iglesias sonaban fúnebremente anunciando la muerte del rey debido a un ataque cardiaco, según lo informaban las esquelas. Toda la enlutada nobleza y el pueblo entero acudió a las exequias reales y la arqueóloga no tuvo más remedio que regresar a su país de origen. El príncipe ya había sido proclamado rey y libre de la decisión matrimonial, pidió la mano de Doña Catalina quien sonriente aceptó y sonrió ingenua a su afligida madre que sospechaba el secreto. (No pequé, solo solucioné un pequeño quebranto.)- pensó la nueva reina al jurar su aceptación como esposa del joven rey.
LA MONTAÑA DE LA VIRGEN DESAPARECIDA
La gente acudía a montones. Las diligencias llegaban en grandes cantidades a un altar improvisado, erigido para alabar a una virgen que se veía labrada genialmente en una roca saliente casi en la inaccesible cúspide de la montaña. Todos los creyentes que con grandes esfuerzos podían llegar a tal altura, se arrodillaban implorando la generosa ayuda de aquella imagen hecha sin duda por manos maravillosas. Los gendarmes habían sido mandados por su general para cuidar el sitio que constituía un peligro al encontrarse a la orilla de un abismo. Sin embargo, nadie temía, pues se sentían protegidos por el genio milagroso de aquella inmaculada y gentil madona. Nadie había sospechado en su ingenuidad que un astuto e inteligente estafador contemplaba con gusto todo aquello, ubicado en un sitio discreto, frotándose las manos al ver la cantidad de limosnas que eran depositadas en una alcancía colocada a propósito en aquel peligroso lugar. -¡Qué genial idea se me ocurrió!- pensaba el degenerado bandido. -Aquí está el negocio redondo. La credulidad de todos estos me hará inmensamente rico. Esta imaginería que se me ocurrió esculpir allí, me generará mucho dinero. Como progenitor de este género de milagros no tengo rival. Sólo me preocupa que las autoridades no acepten la aparición e intentan convencer a mi público de que se abstengan en venir, por lo peligroso que resulta escalar la montaña. Pero a mí, esta generación de impedimentos no me va a detener en mi convicción de enriquecerme a costa de estos ingenuos. Me sobran genitales e inteligencia para lograrlo. De pronto, sin saber de dónde, apareció una nube tan negra que se oscureció el cielo como en el origen del mundo, siendo aún de día, y llenando de espantosos relámpagos y truenos el ambiente, hizo que la gente devota bajara de allí y corriera cuesta abajo para cubrirse de aquel diluvio imprevisto. Sólo el facineroso quedó escondido en la cuevecilla que le servía de ocultamiento y presenció asombrado como el agua que a torrentes caía, borraba la imagen de la virgen que él había falsificado como sacra. Y aterrado gritó perdón, mientras el lodo que se acumulaba por los desprendimientos de la montaña, lo arrastraba hacia el abismo. Al día siguiente, cuando los devotos intentaron subir al lugar, presenciaron admirados que la imagen esculpida había desaparecido y era imposible escalar como antes, pues una resbaladiza ladera se había formado. Los gendarmes comunicaron a su general de aquel extraño suceso y sólo pudieron lamentar que uno de los creyentes había sido encontrado muerto en medio del deslave de la tarde anterior. Desde entonces, la gente nombró a ese sito La montaña de la virgen desaparecida y ese fue el gentilicio con el cual se conoce desde entonces ese lugar.
SI HUBIERA DICHO SÍ
Ricardo era un joven abogado muy probo y difícil de convencer ante la injusticia o la corrupción. Siempre se negaba a decir sí ante lo ilegal. Ni siquiera cuando veía que su sí, daría la felicidad a los beneficiados. Era muy duro de carácter y si alguien le molestaba, no tardaba en mandarlo a freír espárragos. Ni siquiera su esposa le podía sacar un sí para llevar a sus hijos al parque de diversiones. Sólo cuando él lo quería, y si era conveniente, se hacían las cosas. Como buen juez que era, siempre lo justo empezaba por su casa. Si sus hermanos le pedían prestado algo de dinero, les reprochaba sus dispendios o su falta de previsión: -¿Ya ves como sí tengo razón cuando les digo que ahorren? Si no se sintieran ricos con el poco sueldo que tienen, no tendrían estas aflicciones. Si les presto hoy, mañana o pasado vendrán a buscarme otra vez, porque saben que aquí sí tienen a su salva compromisos. Así es de que no. Lo siento. ¡Sí! En verdad lo siento. Y sus familiares más próximos salían enojadísimos por la insensibilidad demostrada por Ricardo que tenía una muy buena fama de justo en los Tribunales del Estado. -Nunca le podemos sacar un sí.- se alejaban murmurando. En todos los casos que enfrentaba, la solución era la que honraba el sistema de justicia nacional y por ello, no faltaban enemigos que deseaban verlo derrotado algún día. Sin embargo, su conducta intachable siempre lo salvaba. Si tan siquiera hubiera sospechado que se iba a convertir en un héroe del no, por no decir sí... Cierto día, unos bandoleros lo raptaron para que se liberara a un famoso delincuente, a cambio de la vida del magistrado. Ricardo, con la fuerza moral que tenía, resistió los embates de los bandidos y como siempre les respondía que nunca pediría la libertad de quien había dañado a la sociedad, fue acribillado y lanzado bestialmente a las puertas de los altos tribunales. El escándalo fue mayúsculo y la indignación pública mayor, cuando los asesinos fueron aprehendidos y confesaron que el muy rejego nunca quiso decir sí a las peticiones que le proponían. -Si hubiera dicho sí, lo hubiéramos liberado y nuestro jefe estaría fuera de la cárcel. Ricardo fue elevado como mártir de la justicia; si él lo hubiera adivinado, sin duda hubiera dicho por segunda vez, no.
CUANDO EL TIEMPO LE DÉ LA HISTORIA DE SU AYER