Los guiños del pasado

Chapter 2

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-Yo soy todos, porque si no, nada sería. Estaría solo y según me han enseñado mis antepasados, poco podría yo hacer sin la ayuda de los demás, pues cada quien es como un dedo de la mano, diferente, pero en unión, los cinco, los diez, pueden realizar muchas cosas; somos el Tloque Nahuaque. Por eso me siento feliz y satisfecho cuando junto con todos los que usamos el atlatl, este maravilloso instrumento que inventaron nuestros abuelos toltecas y que nos sirve para cazar, pescar y defendernos gracias a nuestra hermanita caña, a unas cuerdas y los dardos, vamos levantando con todo el sudor que provoca nuestro esfuerzo, la primera de las estatuas gigantescas que representan a quienes con su valor, su voluntad y su inteligencia creadora nos han dado la comunidad, la hermandad, en la cual vivimos. Son los hombres de conocimiento combatientes. Ellos supieron utilizar al máximo el atlatl y lo portan a su lado. Al ponerlos en la parte plana de la pirámide, el momuxtli, nos harán sentir que son el sostén del cielo, ese espacio bajo el cual transcurren hoy nuestras vidas. Uf, un poco más y lograremos instalar el primero. ¡Fuerza! ¡Podemos lograrlo! Somos muchos quienes lo estamos haciendo y todos respondemos como uno. Es necesario colocarlos todos para la gran fiesta o mitote de la atadura de años. Un nuevo ciclo comenzará, aunque yo siento un poco de temor, pues he visto que se aproximan en la nueva era, algunos cambios. Ce acatl Topiltzin, nuestro señor Quetzalcóatl, que lleva el nombre del símbolo creador, ha estado preocupado y se le nota como triste, hasta angustiado, a pesar de su seño severo, pero amable. Digo que he visto, porque yo, como individuo poseo un don que me ha otorgado el Teotl Ipalnemohuani, la energía por la cual todos vivimos, y que consiste en descubrir por medio de los signos que van apareciendo en la naturaleza y en la sociedad, lo que puede suceder. Es como un proceder numérico que me permite anticipar los hechos posibles de suceder. Descifro y comprendo las infinitas combinatorias sígnicas. Dicen que soy un vidente y por eso mi nombre, como persona, Cuauhtlatoa, está formado por dos palabras Cuauhtli que significa en nuestra lengua, águila, pues mis ojos como los de ella, pueden ver a grandes distancias, y tlatoa, que quiere decir hablar. Mi fama como portador de un atlatl se debe a esta cualidad que con frecuencia me asusta, pues no quisiera que pasara lo que deduzco en los agüeros que veo, y sin embargo tengo la obligación moral de comunicarlo para prevenir e intentar evitar la realización, o por lo menos suavizar, los presagios que siempre nos rondan: sequías, diluvios, invasiones, enfermedades; aunque también abundancia, alegría, mayores uniones entre los pueblos. ¡Al fin hemos colocado el primer macehualli atlatl! El recordado elegido portador de un atlatl. Pero faltan más y debemos continuar con los que siguen. Este primero nos ha llevado mucho tiempo esculpirlo. Hemos traído entre todos, enormes bloques de piedra de las sierras circunvecinas y de las muy lejanas, y nadie ha dejado de mostrar sus fuerzas para lograr esta alegría individual de contribuir a la felicidad colectiva. A veces, cuando toco las piedras, aparecen en mi mente unos signos extraños (ATLANTES DE TULA) que me indican que serán eternas y en un lejano futuro causará asombro esto que hacemos con gran contento; por nuestro propio gusto y con toda la fuerza de nuestra voluntad irradiada por nuestro cerebro y que da órdenes de entereza a nuestros músculos y a nuestra resistencia. Me espantan un poco los rumbos que adquirirán nuestras grandes estatuas; a muchos les asustarán; a otros les sorprenderá hasta la admiración infinita; unos supersticiosos invasores las tomarán como engendros del mal, pero con el tiempo, cuando ellos se alejen y los nuevos días maduren, les servirán a los futuros videntes para aprender lo que para entonces parecerá olvidado. Así será como nuestros esfuerzos de hoy, repercutirán en la salvación del mañana. Ya el grupo de los ocelotl atlatl, ocelotes combatientes, traen la segunda escultura. ¡Qué aguerridos son! ¡Cuánta musculación despliegan! ¡Es un asombro ver el feliz esfuerzo que hacen! Ya la pusieron al pie de la escalinata central. Ahora nos toca a nosotros, los del calpulli Cuauhtli atlatl, los que formamos la comunidad de los videntes, subirla poco a poco. ¡Adelante compañeros! ¡Tihui, tihui! Vamos juntos... ¡Uf! ¡Vamos, vamos! ¡Un poco más...y ya!

EL RÍO QUE SE VOLVIÓ CALLE…

Cuentan los tatarabuelos, que hace muchísimos años, nadie sabe cuántos, existió un bellísimo río de aguas muy azules que atravesaba hermosos valles y se encaminaba al mar. Traía el agua fría de los nevados volcanes y su hijo el océano, lo esperaba siempre con mucho gusto, pues sabía que llevaba la frescura hasta sus calientes playas y al llegar a él, todo el mundo marino se alegraba por el baño refrescante que se daba. Pero sucedió que un día, se vio a una familia humana arribar a las orillas del bello río y hacer una linda casa donde comenzaron a vivir felices. Tomaban agua de allí y comían de los peces que por ahí nadaban. Todos eran felices y se divertían diariamente nadando en la limpia corriente. Al poco tiempo llegaron otras personas venidas de diversos lugares y se establecieron al otro lado del río; en frente de los primeros habitantes. El rumor de un lugar tan bello se extendió con rapidez y al cabo de un año, había en ambos lados de la ribera cerca de cincuenta casas. Todo parecía transcurrir lleno de contento. Sin embargo, año tras año, llegaban más familias e iban invadiendo no sólo las orillas del río, sino los campos vecinos con tal abundancia que se fue formando, primero una villa, luego un pueblo y así, hasta llegar a ser una ciudad tan gigantesca que el hermoso río se fue enturbiando y secando, pues ya no alcanzaba a descender tranquilo desde las montañas. En su camino, los humanos desviaban sus aguas, las atajaban, las ensuciaban con porquería y media y como la invasión se hizo tan brutal, se volvió un lodazal pestilente e insalubre. Los gobernantes que se peleaban por tener el poder de aquella gran capital del reino de los Depredantes, decidieron entubar al bello río, para que, según ellos, no causara enfermedades. Y resultó que el ambicioso y soberbio gobernador de la ciudad, como todos los que lo han sido, cuando terminó la obra para mejorar el ambiente, sonriente, y entre el aplauso de los energúmenos habitantes de aquella ciudad despiadada que habían destruido también montes y bosques cercanos, inauguró la gran calle ancha que iba a llevar el nombre del benefactor: Circuito Licenciado y Profesor Amador de los Ríos, defensor de la naturaleza. Así es como esto que ves ahora, hijo mío, esta ciudad contaminada física y espiritualmente fue en otros tiempos espacio del bello río que hoy yace bajo la enorme y moderna avenida central de nuestra urbe. Sin embargo, ya se cuenta que por las noches se escuchan a lo largo de esta arteria citadina un estruendo tan espantoso que parece ir creciendo poco a poco… Y dicen que es el río que se fortalece con aguas subterráneas que le dan sus hermanos y un día surgirá tan potente que arrasará a toda esta metrópoli que está destruyendo a nuestra madre reverenda: la Naturaleza.

DOÑA MAURA VOTA

Esperando su turno en la escasa fila de votantes que se veía en la calle donde se encontraba ubicada la casilla electoral, aquella mañana del 3 de julio del año 1955, Doña Maura recordaba sus tiempos de niña y desde la perspectiva de sus sesenta y cinco años, aún fuertes y seguros, acaso con una cierta inquietud reflejada en un ligero temblor de manos por la emoción que le producía aquel momento inimaginado en otras épocas, parecía escuchar la voz firme de su madre que les decía a ella y a sus dos hermanas: -¡Ya levántense flojas! Son las cinco de la mañana y hay que preparar el desayuno de su padre y de su hermano mayor. No quiero que los vaya a castigar el señor capataz de la hacienda por llegar tarde y luego recale su papá conmigo. En su mente parecía revivir esos instantes en que amodorrada y con sumisión, aún atada al sueño, se incorporaba de su petate y enfilaba hacia el corral siguiendo a sus hermanas tras la leña necesaria para encender el fogón, mientras su madre comenzaba a preparar el nixtamal, el café y la copita de mezcal que en ayunas, acostumbraba tomar Don Lázaro, su papá, apenas amanecía. Ella, aunque era la más pequeña de sus hijos, diez años, no se salvaba de sus obligaciones: una vez encendido el fuego debía hacerlo sostenerse con el aventador que movía con rapidez para evitar que se apagara. Una vez logrado esto y sin chistar, ayudar a sus hermanas a voltear las tortillas que ellas hacían con la masa preparada por Doña Joaquina, su mamá, mientras oían la voz de su padre que les daba los “Buenos días, hijitas.” y que ellas, amorosas, respondían en dócil coro: “Buenos días tenga usté’, pa.” Luego llegaba algo malhumorado, como siempre, su hermano Juan, quien se sentaba en un rústico cajón que servía de silla y como su padre, sin concesiones afectivas, esperaba a que le sirvieran café, tortillas y queso. Con qué claridad recordaba el inicio del amanecer; aquella alba donde la silueta de su padre y de su hermano se alejaba rumbo a los sembradíos, mientras se comenzaba a oír el trino de los pájaros que iniciaban su búsqueda de comida. Luego, todo era trabajar en la casa grande donde el ama de llaves les asignaba las tareas por hacer: “¡Y bien hecho, eh! No quiero causar disgustos a la señora.” Un día esta perfecta rutina desapareció violenta. Se hablaba de los pronunciados contra el gobierno y de pronto el señor patrón tuvo que salir huyendo con toda su familia. Quién sabe a dónde se irían. Se decía que a la ciudad de México donde se podía vivir con más seguridad. Otros dicen que a Los Ángeles. Una mañana unos desconocidos vinieron por ella y se la llevaron a trabajar como sirvienta en una colonia de la urbe que se llamaba la Roma. No pudo oponer resistencia y se dejó conducir. Sus hermanas tuvieron un destino semejante, mientras Don Lázaro había desaparecido y decían que andaba en la bola junto con su mujer que le acataba y atendía como soldadera. Todo ese pasado se le arremolinaba en sus recuerdos y lo que había seguido después. Encontró un novio y enamorada se fue a vivir con él. Al poco tiempo la abandonó cuando supo que iba a tener un hijo. Doña Maura no pudo reclamar nada. Le decían que quién se lo mandaba, por coscolina. Cuando su pequeña nació, consiguió trabajo de tortillera por el Barrio de Belem y con eso la iba pasando. No tenía más, que aceptar aquella vida, mientras las clientas comentaban los peligros de los revolucionarios, los abusos de los federales y lo difícil que se estaba volviendo la situación. Sin haber aprendido a leer, uno de esos medio días cuando la gente llegaba a comprar las tortillas, una de las señoras que a veces iba, le aconsejó: “Hay que aprender a leer” y haciendo verdad sus palabras, con paciencia la atendió hasta hacerla que escribiera y leyera. Era como haber nacido a otro mundo. Maura tuvo la esperanza de que su hijita podría llevar otra vida. Se sintió como iluminada y ya para 1918, a sus veintiocho años, se enteró de algo que llamaban la Constitución. Rosario, la mujer que le había enseñado a leer, era maestra y se convirtió en su protectora intelectual, pues siempre le recalcaba que era lista. Todo era obra de voluntad. Así que la inscribió en la campaña alfabetizadora que se promovía por esos años de nuevos gobiernos y sintiéndose otra, aprovechó su libertad. El entusiasmo por saber la llenó de fuerza y como su padre había muerto en una balacera, según le llevó la noticia su afligida madre que se refugió con ella, sin presentirlo se convirtió también en maestra de muchas mujeres. Ahora, reflexionaba, era increíble a estas alturas de la vida pensar por lo que había pasado. Pero allí estaba, aguardando el momento de votar. Su hijita había podido estudiar becada para enfermera y había casado con un médico que la amaba y la respetaba. Algo de felicidad le daba aquella lágrima que derramó al votar; la más grande primera vez de su vida.

CIEN CUMPLEAÑOS

Ayer fuimos al campo para celebrar una gran fiesta: mi tatarabuelo cumplió cien años. Nació en 1910, cuando aconteció aquella vieja Revolución que ha beneficiado a muchos y que también cumple esa misma edad. La mañana estaba espléndida cuando salimos de casa; no sabíamos que más al rato... ¡Qué tormentón! Si dicen que fue una tromba... Así llegamos a la Marquesa muy entusiasmados y mi abuelo, a pesar de sus años, nos dio una muestra de sus habilidades como jinete en plena juventud, pues en ese paraje boscoso del Estado de México alquilan caballos pajizos y rojizos y a él no le da flojera montarlos. Cuenta mi tatarabuelito que de joven creció entre el zumbido de las balas y aunque parezca tremendo, gracias a ello llevó una vida de disciplina, a fuerzas. Dijo que cuando allá, en su rancho, comenzaban a escasear los alimentos, estos se compraban en un pueblo cercano, pero cuando se hacía imposible, tenían que conformarse con comer hierbas del campo, semillitas de por aquí y de por allá; frutas de la temporada; nopales e insectos como chapulines, jumiles y gusanos de maguey. Por fortuna había una laguna cercana y ahí podían pescar truchas para asarlas. También, a veces, y no estaba tan mal hacerlo, - continuaba- comíamos aves silvestres; como patos, palomas, chichicuilotas o codornices. De vez en vez nos alimentábamos con carne de gallina y teníamos que tomar leche de cabra o de burra. Eso sí, muy alejadamente disfrutábamos la carne de res. Barbacoa y carnitas nunca se conseguían, así que mi tatarabuelo se acostumbró a una alimentación sobria y sin grasas. Como había frecuentes balaceras que agujeraban lo que a su paso se interponía, todos los de su jacal tenían que salir huyendo rumbo al monte y andar de allá para acá saltando. ¡Qué sudores! Tanta sed les daba que la laguna era poca para consumir agua. ¡Qué frescura! ¡Qué gimnasio ni qué gimnasio! Eso si era ejercitarse. De ahí que durante su juventud obtuvo un cuerpo hercúleo y macizo que sorprendía a muchos. Así ha vivido durante cien años con gran salud. En todo ha sido moderado, menos en su descendencia; pues somos rete hartos. Pero sucedió que, cuando nos encontrábamos muy contentos en la celebración, el cielo comenzó a tornarse de un oscuro tan intenso que parecía una verdadera serpiente de nubes que se arremolinaba en las alturas y comenzaba a despedir tremendos relámpagos con sus respectivos y posteriores truenos. Todos nos incomodamos un poco, pues mi mamá había preparado una enorme cazuela de mole amarillo, favorito de mi abuelo, que nos había costado gran esfuerzo cargarla, por lo grandota que era y el agua iniciando sus goterones, amenazaba destruir nuestra fiesta campestre. En montón nos echamos a correr hacia unos tejabanes abandonados que se hallaban como a doscientos metros de donde nos encontrábamos. Ahí nos refugiamos los hijos de mi tatarabuelo, todos mis viejos tíos; los hijos de sus hijos, es decir sus nietos; los hijos de los hijos de sus hijos, esto es; sus bisnietos y mis hermanos y primos que somos sus tataranietos. Mi prima mayor ya le va a dar un chozno y todos temimos que esta sobresaltada carrera le fuera a hacer daño. De pronto, en una ojeada, nos dimos cuenta que mi tatarabuelito no estaba con nosotros y entre el chubasco que era de diluvio, comenzamos a llamarlo, sin respuesta alguna. Decidíamos ir a buscarlo, cuando entre las cortinas del torrente, apareció súper remojado nuestro amado viejecito. Corrimos a secarlo, pero para sorpresa de todos, vimos que traía cargando, enrojecido por el esfuerzo, la enorme cazuela de mole que no pesaba un gramo. Imagínense; éramos como cien de familia y él solito la trajo hasta donde estábamos. Quedamos impresionados por la hazaña de quien ha llevado una vida sana, alimentándose bien y ejercitando siempre su cuerpo, de donde extrajo tal energía, y que a su edad, aún reaccionaba mejor que un joven. Todos corrimos para no mojarnos y él, no obstante el aguacero, tuvo tiempo de tapar el enorme cazuelón y cargarlo hasta donde estábamos refugiados. Le dimos un gran aplauso y él rezongó, no tiene la menor importancia. Objetó. No iba a perder mi mole amarillo en mis cien primeros años de vida. Y reímos. Hoy en la escuela me dijeron que de acuerdo con recientes investigaciones, la humanidad se aproxima a tener un promedio de ciento veinte años de vida y yo no contradije la información, pues mi tatarabuelito, por lo que se ve, los va a cumplir; si no es que más.

LA QUE PUDO FINGIR

Cómo no se iba a afligir su corazón si los nazis habían llegado al poder. Ella se miraba al espejo y tenía que elegir su destino. Aunque tenían la nariz ligeramente cóncava, nadie podría decirle que era aguileña. Su piel blanquísima, ahora muy pálida, le hacía adquirir un aire volátil que la llenaba de voluptuosidad, sobre todo cuando caminaba y el aire movía su cuidada cabellera de Sulamita, negra como las alas de cuervo. Y sus ojos, tan azules como el Danubio, le daban un aspecto gatuno y provocador. Nadie había notado nunca su ascendencia, pero ahora tenía que dirigir con cuidado sus pasos. Requería cambiar su apariencia y dejar Berlín. Iría a París y allí podría reunirse con su hermano para huir a Nueva York. Sólo tendría que teñirse el cabello de rubia platina y su aspecto ario, sería irreprochable. Únicamente debía cuidar su acento para que nadie notara su origen y para ello había practicado su alemán a la perfección. Aunque había nacido en Austria, su familia nunca quiso mezclarla con la vida vulgar de los austriacos y conservaba la lengua materna, pero a veces se le notaba... Mientras por las calles se escuchaba el rugir de las multitudes proclamando al todo poderoso, ella no pudo dejar de sumergir su mente en el pasado reciente. Las últimas disposiciones del asesino habían hecho prisioneros a muchos judíos, entre los cuales se encontraba su padre, su madre y su hermana. Si ella se había salvado, al igual que su hermano, había sido porque se encontraban en Nueva York arreglando la instalación de una sucursal del negocio familiar. En un telegrama le habían advertido que se quedaran allá, pues la situación estaba siendo más difícil cada día, pero ella no hizo caso; ni su hermano. Regresaron, aunque éste permaneció en París, como una precaución. Con los tintes traídos de América, frente al espejo fue cambiando su imagen hasta quedar convertida en una nueva Jean Harlow. Estaba irreconocible. Tan atractiva había quedado, más que antes, que cuando salió a la calle, en medio de la multitud que aclamaba el paso del caudillo, no alcanzó a percibir que la mirada de éste se había distraído de la salutación a sus fanáticos, al surgir en sus deseos, las ganas de tenerla cerca. Algo dijo a uno de sus lugartenientes y éste obedeció. No tardó en localizarla, pues su belleza y su rubio porte, eran inconfundibles, para sobrecoger a cualquier amante de la belleza. Cuando caballeroso, el militar la detuvo y le dirigió la palabra, ella se puso un poco más pálida de lo que era, pero sonriendo y controlando sus emociones, escuchó que el führer quería platicar con ella. En un alemán perfecto aceptó la invitación y de inmediato fue llevada ante el dueño de los ejércitos quien la miró extasiado y dijo: -Usted es mi sueño de la perfección aria. Tengo que ungir tanta belleza para regir la nueva Alemania.- Ella lanzó una coqueta sonrisa y agradeció, mientras era conducida a las habitaciones de Hitler. (Si supiera que soy judía, ¿me seguiría amando?) Pensó mientras él le besaba los pies al quitarle las medias.

¡QUÉ LINDA MANITO!