Los guiños del pasado

Chapter 1

Chapter 13,630 wordsPublic domain (Wikisource)

ANTONIO DOMÍNGUEZ HIDALGO

LOS GUIÑOS DEL PASADO

Primera Edición 2009

©Copyright Antonio Domínguez Hidalgo Insurgentes Norte 1917. México, D. F. C. P. 07010

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LOS GUIÑOS DEL PASADO

I El día anterior Pedro había venido a visitarla y le había traído un ramo de rosas tan abundante como los sentimientos amorosos que desde hacía tiempo le profesaba. Cristina era tan franca como honesta y él temía un encuentro impredecible. Nunca se adivinaba si sus reacciones eran las esperadas. A más de uno había dejado con un palmo en la nariz y los descolones que daba, no eran para continuar su trato. Se había ganado a pulso y con evidencias, una fama de inaccesible. Yo jamás permitiré que quieran burlarse de mí. En realidad, me basto y sobro para ser una mujer independiente. Tengo una profesión, un buen trabajo y unos padres que me apoyan en todas mis decisiones, pues saben que todo lo que realizo, no lo hago al azar, sino bien meditado. Acaso por eso, tengo una vida firme y sin titubeos. Solía decir tanto a su familia como a sus amistades. Su madre lo confirmaba reiterativa: Le sacó el genio a su abuela paterna que quién sabe también de dónde lo habría heredado. Era tan precavida como claridosa. -Le gustarán.- pensó él. El momento era el apropiado para demostrar el inmenso amor que le tenía, pero aún así, dudaba de su aceptación. Era como enfrentarse con aquella mujer brava de los cuentos del Conde Lucanor. No obstante, cuando ella lo vio, sonrió y tuvo un ligero color de vergüenza en sus mejillas. Le dio un beso de amigo y Pedro se sintió arrebatado. El ramo de rosas temblaba en sus manos. -Te he traído el símbolo de lo que siento por ti. -Dijo él y ella contestó asombrando los prejuicios: -El destino parece ligarnos y esto me hace feliz, pues algo, presiento, nos quiere unir para siempre. En esto estaban cuando apareció el padre de ella e interrumpió el continuo de un romance. Él era un hombre maduro de rostro serio, como los aristócratas de antaño, pero amable. -¿Quién es el joven, hija?- preguntó con cierta altivez el progenitor. -Él es Pedro; de quien te había hablado. El padre lo miró de fijo como explorándolo y sonrió. El joven saludó gentil y le dijo emocionado: -Señor, perdone el atrevimiento; pero no quiero dejar pasar esta oportunidad de mostrar la honestidad de mi acercamiento a su hija; la pretendo para casarme con ella, pues desde hace tiempo la amo con devoción. Por eso he venido hoy a verla para hablar con usted.- Así, de sopetón lanzó su breve y nerviosa perorata. El padre de Cristina, sin hacer ningún gesto de desaprobación o de agrado, sereno, contestó: -Pase a la sala, mientras le hablo a mi esposa para conversar sobre esta situación. Apenas Pedro se había sentado en el cómodo sofá, cuando una señora de edad semejante a la del padre, apareció con una faz iluminada de felicidad. -Mucho gusto joven. ¿O podría llamarle ya, el hijo que esperaba?- El padre al fin sonrió con un gesto de satisfacción y después de una de esas largas charlas de petición, de promesas y de futuros, Pedro fue aceptado y con él, el ramo de rosas fue colocado en un lindo florero de cristal cortado. II (-Salgamos de la ciudad. Te lo pido. Quiero estar a solas contigo en medio de la naturaleza. Nuestro aburrimiento urbano se extinguirá por el campo en primavera. La tranquilidad silvestre vitalizará nuestra alegría con sus paisajes en transformación constante. Quizás una golondrina levante el vuelo y algún arroyo modulará su murmullo de monótonas sirenas. Las arboledas nos ofrecerán el regazo fragante de su exuberancia verde y las flores nos harán olvidar, con sus perfumes, el encierro capitalino. ¡Qué plenitud bucólica! ¡Qué distantes el esmog y los escándalos! Vayamos pronto. Allá encontraremos la libertad del silencio. ¿En dónde más podríamos hallarlo?) Cristina a iba recordando las palabras que Pedro le había dicho. El automóvil se desplazaba entre las curvas de la montaña. Ella veía por la ventanilla la majestuosa mole del volcán Popocatépetl. ¡Qué imponente! Sentía una profunda serenidad. Pedro iba feliz. (Aceptará ser mi esposa.) Cristina parecía corresponderle en sus sentimientos. ¡Al fin solos! ¿Quién nos podrá interrumpir? Pensaba además, en lo maravillosas que iban a ser estas vacaciones en el campo. Había llegado la tranquilidad esperada. El amor parecía sonreírle. Adiós los tediosos días de oficina. El escándalo del tránsito citadino había quedado lejos. Ojalá que esto fuera eterno. Las manos ágiles de Pedro controlaban el volante con habilidad. Silbaba una melodía de amor. Ella se dejaba seducir por el espléndido verdor de las montañas. Pedro imaginaba el desenlace de aquello. Vamos más rápido… III La tarde había caído y el clima refrescaba. Unos enormes nubarrones negros que parecían serpientes dando vuelcos terribles en el cielo, se veían impresionantes. A lo lejos unos tremendos relámpagos presagiaban un diluvio que en aquellos montes de Río Frío resultaría estrepitoso, pero emocionante para el apasionado abrazo que se daba Cristina y Pedro, antes de entrar en aquella cabaña que él había comprado en su afán de escapar de la urbe. En medio del bosque y de sus altísimos pinos, la casona se veía acogedora. Hecha de piedra volcánica, adornada con fuertes tablones de madera, no parecía tan antigua, sin embargo, había sido construida allá en los principios del siglo XIX y se rumoraba que había sido propiedad del famoso bandido Evaristo, cruel asesino de aquellos años que controló, aliado a un conocido y poderoso general ubicado en el gobierno de entonces, a los tristemente conocidos asaltantes de esa época y de ese lugar. Evaristo había matado a su mujer para deshacerse de ella y no tener a nadie como testigo de sus crímenes. Cuando lo apresaron y condenaron a morir, dicen que gritó: ¡Volveré para vengarme siempre! Después de un largo y romántico beso Pedro abrió la puerta de la casona y convidó a que pasara Cristina. En ese instante, ella sintió algo extraño que la hizo titubear y dudó en dar un paso más. Un presentimiento la invadió, pero pronto se repuso al ver la galanura de su amado que insistía en que entrara para ver lo maravilloso del interior. Respiró con alivio y pensando que era una locura aquello que imaginó, entró feliz. Al ver el rústico interior, quedó asombrada al mirar tantas antigüedades allí reunidas. IV La cabaña se veía impresionante desde lejos, pues con sus dos pisos de altura, su tejado de doble agua y unos torreones de maciza piedra volcánica, la hacían parecer a aquellas viejas mansiones de la época virreinal. El imponente portón ante el cual Cristina se había detenido y asustado, parecía la de un misterioso palacete. Ella se preguntaba cómo le habría hecho Pedro para adquirirlo, pues su sueldo no era, como quien dice, espléndido. Sin embargo, no podía ser tan reducido como para no efectuar algunos gastos de lujo que Pedro se daba, pues era fama que le gustaba darse la gran vida. Solo en la ciudad, pues sus familiares radicaban en Boston, no tenía más compañía que algunos conocidos del trabajo. Sin embargo, desde que había sido presentado a Cristina en aquella fiesta, había sentido una atracción especial por ella y la cortejaba. La chica no se hacía del rogar, pues Pedro no era de mal ver y su talante bien vestido y educado, le daba un atractivo que a Cristina le iba pareciendo cada vez más irresistible. Por otro lado, Pedro recibía mensualmente una cantidad apreciable en dólares que le enviaba su padre, producto del exitoso negocio de comida mexicana que su progenitor había fundado en compañía de la madre de Pedro y tres de sus hermanas. El Orgullo de México era el afamado nombre de su restaurante que lo tenía al borde de la riqueza. Pedro nunca quiso ir para allá, pues le molestaba que por culpa de la venta de antojos, sus familiares lo hubieran abandonado a su suerte. No obstante, nunca rechazó la ayuda que le enviaban para permitirse esos famosos lujos de los que se rumoraba. Así se compró aquella casona. No sospechaba siquiera lo que iba a acontecer… V Había comenzado a llover y la tormenta parecía infinita. La noche se había puesto como una verdadera cueva de lobos. Nada se veía. El viento soplaba como queriendo arrasarlo todo. Los relámpagos y sus truenos habían pasado del instante en que alegran el momento de dormir, al susto de los rayos que caían sobre algunos árboles y los derrumbaban. Pedro había sacado de su servibar una botella de un finísimo champán y lo había descorchado con elegancia. Ella estaba fascinada con las finas y caballerosas atenciones de su amigo. De pronto se escuchó que el portón se abría y pisadas estruendosas de hombres que entraban. Pedro se alarmó y se asomó al vestíbulo, pero nada vio. Un grito espeluznante se oyó a sus espaldas y volteó alarmado. Era Cristina que se veía amenazada por tres facinerosos con daga en mano. Pedro corrió hasta un mueble y sacó una pistola de grueso calibre. No pudo disparar porque había quedado atorada. Los rayos de la tormenta permitieron ver el rostro de los asaltantes y tanto Cristina, que se desmayaba, como Pedro, fueron testigos de algo aterrante: los tres asesinos era esqueletos y sus ojos refulgían centellantes. La voz cavernosa de uno se escuchó: -Soy Evaristo y he venido a vengarme. Esta casa es mía y nadie debe habitarla, sólo yo y mis bandidos de Río Frío.- Pedro no sabía qué hacer. Cristina yacía tendida como muerta en el piso. Una medalla con el Arcángel Miguel labrado en ella, asomaba por su pecho que apenas se le veía respirar... VI Sin duda Cristina nunca olvidaría la tarde aquella en que Pedro la llevó a su cabaña de campo; fue terrible; un caso para recordarse siempre. Aún le parecía estar viviéndolo, pues no obstante de encontrarse a salvo en la ciudad, un miedo la invadía; le corroía el alma y no la dejaba tranquila. En su mente desfilaban imágenes que hubiera querido olvidar; no haberlas experimentado nunca. Cuando recuperó el sentido, había amanecido y el cielo lucía de un color tan azul como recién lavado; propio de esos lugares boscosos cuando llueve. Intentaba recordar, pero un temblor la estremecía. De pronto vio a Pedro que yacía en el vestíbulo como muerto. Pegó un grito y llorando fue a verlo; lo movió con fuerzas, mas nada. Fue hasta la cocineta y tomó temblando de nervios un jarrón que contenía agua; se veía tan clara y tan fresca. Regresó hasta el cuerpo inerte de su amigo y le comenzó a rociar en el cuerpo. Pronto el joven dio muestras de volver en sí y al abrir los ojos, lo primero que preguntó fue: -¿Estas bien mi amor? ¿Qué ha pasado? - Cristina no advirtió por la emoción el cariñoso apelativo que Pedro le otorgaba y le respondió. -Creo que bien; sólo muy asustada. Vámonos de inmediato. -¿Qué visión horrenda tuvimos anoche? ¿También tú la viste o únicamente fue mi imaginación. -No Pedro. Yo vi a tres espectros que me querían asesinar y me desmayé alcanzando a afianzarme de esta medallita sagrada que me dio mi bisabuela antes de morir hace quince años. Ella me dijo que nunca me la desprendiera pues me salvaría en momentos de peligro. Pedro se puso en pie y tomando del brazo a Cristina, viendo como precavido a todos lados, salieron apresurados de la casona rumbo al auto estacionado frente a ella. Subieron rápidamente y Pedro intentó ponerlo en marcha, pero no funcionó. Era como si se le hubiera bajado la batería. Entonces buscó su celular y comprobó que servía. Marcó el número de uno de sus amigos de confianza, pero no le contestó. Lo único que pudo hacer fue dejarle un mensaje de auxilio porque era el solo modo de encontrar ayuda. ¿Cómo saldrían de allí sin que los sorprendiera nuevamente la noche? VII Nadie aparecía en aquella zona boscosa de la montaña y tanto Pedro como Cristina se desesperaban. No era posible que en pleno siglo veintiuno pudieran estar sucediendo estos hecho, pero eran evidentes. Algo había que hacer pues el día avanzaba. Por comer no había preocupación ya que ni hambre sentían. Tal era su preocupación. Sin embargo, Pedro le dijo a Cristina algo que la consoló: - Antes de que nos pase algo en esta noche, si no logramos escapar, debes saber que te amo.- Ella lo miró con ternura y lo abrazó y le dio un beso tan amoroso que él se sintió fortalecido y dispuesto a enfrentar todos los peligros del mundo. - Nos amamos y el amor nos hará fuertes pues esta medallita, estoy segura, que nos protegerá. La llamada nunca llegó por más que Pedro insistía; no había línea y el auto seguía sin poder funcionar. La noche estaba cada ve más próxima y el miedo… crecía en Cristina. -¿Qué nos va a pasar…?- llorando angustiada se aferraba a su amado y le preguntaba casi con desesperación. Ahora que la felicidad estaba tan cercana, no podía disfrutarla. Y pensar que ella creyó que al fin Pedro… Pero no había sido posible. Había dado por hecho algo que… -No te preocupes mi amor. - le respondía cariñoso. Si no podemos salir de aquí, los esperaremos… Sabemos que sólo vienen de noche y… Ignoro cómo pero… - y se notaba también su preocupación. -No sé por qué… mas yo confío en mi medalla. Mi bisabuela, entre tantas historias espeluznantes de su época que nos narraba, trataba de convencerme de estar preparada para esos casos... Ella había nacido a fines del siglo XIX y alcanzó a oír lo que a su vez su abuela le decía que su abuela le contaba: leyendas del México virreinal. Desde la historia del indio triste hasta la Mulata de Córdoba; del Callejón del muerto hasta la calle de Don Juan Manuel; de la mujer herrada por traidora hasta la Llorona que… A mí me divertían mucho, porque nunca las creí; no me daban miedo cuando mi bisa las contaba, aunque a decir verdad, a veces en las noches… ¡Ay, pero para qué recordar! Cuando mi bisabuela agonizaba me dijo con lágrimas en los ojos que yo era una descreída como todos los jóvenes de hoy, sin embargo, ella me donaba su medalla protectora para cuando tuviera que creer… De pronto Cristina dijo: -¡Tengo una idea! -¿Cuál?- Pedro respondió curioso, entre sus nervios. -Es lo siguiente amor mío: Ayer pudieron matarnos, pero no lo hicieron. ¿Dónde quedó lo despiadado de sus amenazas? Creo que en realidad lo que nos salvó fue la medalla que sobresalió de mi cuello. En verdad es protectora. Mi bisabuela afirmaba que a todos los que la poseyeron, de mis antepasados, se libraron de enormes peligros: contagios, pestes, asaltos, balaceras, calumnias, robos. Mi abuela confirmó todo eso cuando abrió el baúl donde mi bisa guardaba sus recuerdos y reliquias. Fueron apareciendo muchos objetos curiosos: un medallón de la época de Maximiliano; un pañuelo que tenía las iniciales de Manuel Payno; unas fotografías de mi abuelo junto con Pancho Villa y muchas cosas más, pero sobre todo, una carta donde se revelaba un secreto de familia que la tatarabuela de mi bisabuela había conservado… -¿Por qué callas, Cristina?- -Porque acabo de recordar que si es cierto todo esto, yo soy descendiente de Cecilia, una frutera que causó la desgracia, no sólo de Evaristo, sino de todos los Bandidos de Río Frío y de su gran jefe: Juan Yáñez. Por eso el fantasma y sus secuaces clamaban venganza. Me habían aguardado casi dos siglos y sus espíritus no pueden descansar hasta que alguien los libere de la atadura terrenal: Yo soy esa llave. Si me matan quedarían para siempre prisioneros de su castigo. Conclusión: esperémoslos con valentía. VIII Nuevamente una tormenta se avecinaba. Cristina y Pedro se encontraban aislados en medio de aquella montaña; recluidos en la esperanza de encontrar la salvación, según había dicho su amada, en la medalla protectora que había heredado de su, quién sabe qué grado familiar tenía, Cecilia. ¿Habría sido su tía, su tatarabuela, la cuñada de su bisabuela o acaso la madre de la abuela de su bisabuela? Lo ignoraba, pero confiaba en un milagro. Pedro, que se veía cansado, no dejaba de acariciar con ternura a Cristina, tan bella como era. La miraba y veía su piel tan tersa, su negra mirada, sus labios carnosos, que tenían un leve temblor, y su hermosa cabellera color castaño. Si hubiera pensado lo que les iba a acontecer, nunca lo hubiera creído. No obstante, allí estaban, aguardando pues, la hora del terror que se iba acercando lentamente. La oscuridad se hacía más densa y los truenos y relámpagos arreciaban a cada instante. Cristina, a estas alturas, ya había recorrido aquella cabaña o rústica mansión, aunque no sabía con precisión cómo denominarla, porque a la vez que parecía modesta, despedía un lugareño gusto al México romántico del siglo XIX; algo de lujo se veían en ella: pinturas del Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, losa y jarrones de Talavera poblana, sillas de cedro, mesa decorada con un mantel tejido en San Juan de los Lagos, cortinas de seda, tapetes de Tlaxcala y lámparas de bronce. En la única recámara se veía una brillante cama de latón de alto nicho que le daba una recatada suntuosidad, alegre, y a la vez, discreta. La tempestad se incrementó agigantada. Relámpagos, truenos, ráfagas de aire, aullidos, hacían el coro a un nuevo diluvio en la montaña. De pronto se escuchó el ruido del portón… Cristina corrió a abrazar a Pedro y éste la estrechó como nunca en sus brazos. Ella tomaba trémula la medalla pendiente de su cuello y parecía mostrarla a algo desconocido. Tres sombras aparecieron de pronto en el vestíbulo y se escucharon más cercanos los lúgubres aullidos de los coyotes que parecían haber olfateado la proximidad de carne fresca… Pedro apretó a Cristina suave, pero firmemente. Los espectros de los tres esqueletos vestidos a la usanza de los chinacos de México, en el siglo XIX, se veían aterrantes, pero a la vez ridículos. La voz cavernosa del que se nombraba Evaristo se dirigió a Cristina diciéndole: -Por tu culpa nos atraparon, desgraciada. Ahora la vas a pagar Cecilia… Cuando Cristina escuchó aquel nombre, comentó aterrada a Pedro: -Cree que soy Cecilia, aquella de la cual te había hablado que fue mi familiar. Sin duda me parezco a ella. - y sacando valor de quién sabe dónde, Cristina se encaró al fantasma que empuñaba una tremenda daga, aunque en realidad no existía tal objeto; sólo era una apariencia fantasmal. Ella lo había descubierto cuando la apuñalaban en vano en el primer encuentro. Para los asesinos era real, sin embargo, todo era una simple alucinación que el miedo hacía parecer verdadera. - ¡Yo no soy Cecilia! Me confundes, espectro infernal. Han pasado doscientos años de tus crímenes y tu condena ahora es eterna. Los otros dos delincuentes se miraban asombrados ante la osadía de aquella Cecilia que decía no ser tal mujer y que, no obstante, se comportaba como lo había hecho la frutera que era un real mujer, valiente y franca, que los había dominado junto con sus criadas. Entonces Cristina, ante los ojos incrédulos de Pedro, que sintió palpitar más amor por ella, mostró decidida al engendro demoníaco la medalla protectora y le gritó: -Vade retro, te lo ordeno. Potente soy y Dios me protege con esta medalla milagrosa. Dilúyete en el infinito y descansa para siempre. Yo te perdono en nombre de todas tus víctimas. Una estridencia de lamentos se escuchó por todos los ámbitos de la montaña y pareció que los asesinados por los bandidos de Río Frío, encontraban la luz que los relámpagos del aguacero les ofrecían y a ellos se adherían. Evaristo hizo un rictus de inmensa furia, mezclada con dolor, y se esfumó junto con sus compañeros dando un alarido aterrante. Repuestos de la impresión y del instante fantasmagórico por el cual acababan de pasar, se abrazaron como consolándose y alegrándose a la vez. -Parece que todo ha concluido. -dijo Pedro suspirando y limpiándose el sudor por el momento terrorífico acontecido. IX Fue en ese preciso momento cuando el teléfono celular comenzó a sonar. Pedro miraba incrédulo, ora a Cristina, ora a Evaristo que se fulminaba, ora a los espectros acompañantes que se volvían humo. No sabía si contestar ante el temor de ser aún aniquilado por las dagas de los maleantes. Cristina, ya porque hubiera descubierto un secreto, ya porque se atenía a la medalla, enfrentó a los fantasmas de Río Frío y al parecer, los había derrotado como lo había hecho su ascendente Cecilia, la famosa frutera. Pedro, al fin, pudo comunicarse con su amigo y le contó sobre el problema que había tenido con el automóvil. De todo lo demás nada dijo; no lo fueran a tomar como loco o alucinado por alguna yerba del campo. -Creo que llegará, aunque sea a medio día. Entonces más tranquilo, abrazó a Cristina, quien aún algo trémula le correspondió y le dio un largo y exquisito beso en los labios. Hazlo si quieres, pero luego no te quejes, pensó la chica. Sin embargo, ambos decidieron esperar dentro del coche a que llegara su amigo. Ya había amanecido.

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