# Los favores del mundo

## Part 2

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Representa la obra de Alarcón una mesurada protesta contra Lope, dentro, sin embargo, de las grandes líneas que éste impuso al teatro español. A veces sigue muy de cerca al maestro, pero en otras logra manifestar su temperamento de moralista práctico de un modo más independiente. Y, en uno y otro caso, da una nota sobria, y le distingue una desconfianza general de los convencionalismos acostumbrados, un apego a las cosas de valor cotidiano, que es de una profunda modernidad, y hasta una escasez de vuelos líricos, provechosamente compensada por ese tono "conversable y discreto" tan adecuado para el teatro. Nota Pedro Henríquez Ureña que es Alarcón un temperamento en sordina, preciosa anomalía de un siglo ruidoso; y Menéndez Pelayo escribe: "Su gloria principal será siempre la de haber sido el clásico de un teatro romántico, sin quebrantar la fórmula de aquel teatro ni amenguar los derechos de la imaginación en aras de una preceptiva estrecha o de un dogmatismo ético; la de haber encontrado, por instinto o por estudio, aquel punto cuasi imperceptible en que la emoción moral llega a ser fuente de emoción estética..."

Complejísima debió ser la elaboración de esta psicología refinada. Un claro sentimiento de la dignidad humana parece ser su último fondo, y a medida que del yo íntimo avanzamos hacia sus manifestaciones sociales y estéticas, vamos encontrando, como otras tantas atmósferas espirituales, un viril amor de la sinceridad, que nunca desciende a la crudeza; un gran entusiasmo por la razón, que quisiera instaurar sobre la tierra el régimen de la inteligencia, y siempre dedicado a mostrarnos el desconcierto de las existencias que gravitan fuera de esta ley superior; cierto orgullo caballeresco del nombre y la prosapia, por afición al mayor decoro de la vida, como una nueva dignidad que sirve de máscara a la dignidad interior; el gusto de la cortesía y el cultivo de las buenas formas, freno perpetuo de la brutalidad, que hace vivir a los hombres en un delicado sobresalto; el disgusto de la rutina y los convencionalismos de su arte, pero sin consentirse--por el culto de la moderación--estallidos revolucionarios; una elegancia epigramática en sus palabras, y en sus retratos un objetivismo discreto; una actitud de cavilación ante la vida, ocasionada tal vez por su desgracia y defectos personales, y hasta por cierta condición de extranjero, que todos se encargaban de recordarle; finalmente, una apelación a todas las fuerzas organizadoras de que el hombre dispone, una fe perenne en la armonía, un ansia de mayor cordialidad humana, que imponen a su vida y a su obra un sello de candidez.

Entre la revuelta jauría literaria, burlado y herido, Ruiz de Alarcón no se convence de que la naturaleza humana sea fundamentalmente mala, y busca por todos los medios una convicción externa, objetiva. Satisfecho de su fama poética, reclama, con decente naturalidad, su parte en las comodidades del mundo, y entonces aspira a ser un buen ministro. Dudamos de que haya sido feliz; nada sabemos de su hogar, e ignoramos quién era Angela Cervantes. Pero ¡noble amor el de la fama! Él cuida al poeta como un verdadero demonio familiar y, descontando las penalidades presentes, le permite proyectar a través del tiempo la imagen más pura de sí mismo, y la más feliz. El arte es también desquite de la vida, y bienaventurado el que puede alzar la estatua de su alma con los despojos de esta realidad que todos los días nos asalta.

_Una mesurada protesta contra Lope_.--No sólo por su posición crítica ante algunas convenciones del teatro, como la conducta de sus graciosos, que--dice Barry--, a pesar de Lope y de la antigüedad, no son siempre bribones, ni siempre se casan necesariamente al tiempo que sus amos[6]. De esta rutina, que da por momentos a la comedia cierto aire de danza ritual, a través de las situaciones simétricas y contrarias de amos y criados, ya se burlaba Quevedo en la "Premática" inserta en _El Buscón_; también Tirso de Molina censura la intimidad inverosímil entre el amo y el criado[7]. Ni siquiera pararon siempre en casamiento las comedias de Alarcón, aunque no sea único en esto. No era su teatro un teatro de fantasía y diversión como el de Tirso, sino de realismo y pintura de caracteres. Pero nada de esto le es privativo, aunque todo ello concurra a darle relieve distinto. Sino que en Lope, en el tipo fundamental de la comedia española, la invención lo es todo, y aquella ráfaga avasalladora de acción deshace hasta la psicología, y si no arrasa también la ética (yo creo que muchas veces la arrasa), es porque el sentido moral se salva prendido provisionalmente a las nociones mecánicas del "honor". Alarcón, en cambio, procura que su acción tenga una verdad interna y, como no puede menos de valerse de convenciones, hace disertar a sus personajes--tal sucede en _La verdad sospechosa_--, para que se demuestren a sí mismos, por decirlo así, la verosimilitud de la acción en que están comprometidos; y, de tiempo en tiempo, pone en sus labios resúmenes de los episodios que nos permitan apreciar su sentido. Por eso decía Barry que se propone desarrollar una sola intriga, huyendo de la confusión de asuntos, y que "no sin cierta dificultad" la lleva a término. Esto paga a la debilidad de los recursos dramáticos de su tiempo. Algo de aquel disgusto por lo convencional que su "Don Domingo de don Blas" lleva a las cosas de la vida, anima a Alarcón en la esfera del arte. Y _La verdad sospechosa_, su obra más característica, verdadero compendio de su teatro, ¿no podría también interpretarse como una ironía inconsciente de los procedimientos teatrales en boga? Su final es frío y desconsolador: Corneille no se atrevió a conservarlo en su adaptación francesa (_Le Menteur_), anulando el sentido que la comedia tiene hoy para nosotros. Como en un cuento del humorista norteamericano Mark Twain, la acción procede de una en otra mixtificación, hasta que el héroe tropieza contra un verdadero muro infranqueable. Lo ordinario es que en el teatro español los héroes se abran paso de cualquier modo; pero en _La verdad sospechosa_--si no para Alarcón, sí para sus lectores modernos--las leyes del orden, las fuerzas de la razón se vengan: "La mano doy, pues es fuerza", dice Don García, y éste es el resultado más lógico de su trama de embustes.

[Nota 6: _Los favores del mundo_, acto II, escenas 1 y 2, y _La Verdad sospechosa_.]

[Nota 7: _Amar por señas_, acto I, escena I.]

ALFONSO REYES

(Prólogo a la edición de _La verdad sospechosa_ y _Las paredes oyen_ en los Clásicos Castellanos de La Lectura, Madrid, 1918)

* * * * *

ALARCON EL CORCOVADO

Entre las fisonomías literarias españolas que el tiempo y la investigación erudita han ido aclarando y definiendo, pocas más afortunadas que la de Don Juan Ruiz de Alarcón. De una parte, ha contribuído a ello su relativa sobriedad en el producir. Sólo veintitantas comedias tenemos de su mano. Ante la inagotable vena de otros contemporáneos suyos, de Tirso, por ejemplo, para no hablar de Lope, a quien nadie quizá leyó nunca por entero, esta continencia de Alarcón es ya, por sí sola, harto característica. De otra parte, el hecho de haber nacido en el mundo colonial le ha valido a Alarcón buen número de aficionados y devotos en las nuevas generaciones de aquellos países, que hoy entran con marcha segura en los nuevos métodos históricoliterarios, ganosas de escudriñar cuanto haya de grande y de bello en su pasado próximo. Después del trabajo respetable de Don Luis Fernández Guerra, ya anticuado, y de las aportaciones de Pérez Pastor y Rodríguez Marín,--sin contar algunas sugestiones de Menéndez y Pelayo, felicísimas y muy luminosas, con estar hechas de pasada,--los estudios alarconianos han tomado nuevo impulso en América, merced a las rebuscas eruditas de Don Nicolás Rangel, y sobre todo a la honda labor de Don Pedro Henríquez Ureña. Ahora en Madrid salen simultáneamente dos volúmenes de Alarcón, uno con dos comedias, en la colección de _Clásicos castellanos_, y otro de _Páginas escogidas_, en la _Biblioteca Calleja_, ambos por diligencia de Don Alfonso Reyes, que los ha ilustrado con importante labor crítica en prólogos y anotaciones.

Resumen estos libros todo lo hecho hasta aquí en el estudio de Alarcón, tanto en investigaciones documentales como en interpretación estética; hay, además, en ellos cuanto podría esperarse, conocidas la seriedad y cultura del literato que los ha dado a la imprenta. La ciencia literaria, la seguridad del gusto, la novedad expositiva, tan rica en alusiones y puntos de vista, con que los papeles críticos que avaloran la fidelidad de los textos están trazados, son dignos de incondicional encomio. A estos libros tendrá que acudir en adelante todo el que se interese por el autor de _La verdad sospechosa_.

Podemos ver aquí cómo es Alarcón. Las burlas de que fué objeto por parte de sus contemporáneos han llegado hasta nosotros, más todavía que sus comedias, casi nunca representadas en tiempos recientes. Son éstas, al lado de las de Lope, ruidosas, gallardas, empenachadas, o de la insinuante agudeza de las de Tirso, modelos de reposo y de discreción; en ellas la razón se impone y la fantasía se somete. Acaso la poesía también: es raro, en Alarcón, el transporte lírico, tan frecuente en los dramáticos de su tiempo. Las escasas obras no teatrales que de él nos quedan son versos de circunstancias, sin mérito alguno. Es el hombre de teatro, sin cariño por las demás formas literarias; y aun sus comedias parece que las consideró como _virtuosos efectos de la necesidad_, para entretener la espera de los cargos que pretendía. Logrados sus anhelos, casi se aparta del teatro. Desde 1626 ya es persona importante: relator interino primero, propietario después, en el Consejo de Indias. Cuando publica sus comedias, en 1628 y en 1634, la vida literaria es cosa pasada para él.

Los epigramas que le dispararon sus émulos, reunidos en antología, pueden caracterizar el Parnaso de los comienzos del siglo XVII. Con _La que adelante y atrás--gémina concha te viste_, se retrata en vocabulario e inversión Don Luis de Góngora. ¿Quién sino Quevedo podría decir: _Don Talegas--por una y por otra parte_? Tantas alusiones a su desdichada figura, aunque él procurase pararlas con alfilerazos y donaires, habían de amargarle la vida. Hasta en sus finos modales y atildada cortesía encontraban reparo los ingenios de la corte; les parecerían--y en eso la corte no ha tenido tiempo de variar en tres siglos--marca segura de inferioridad provinciana.

El pobre corcovado, zaherido a todas horas y en todas partes, repetiría más de una vez, para sus adentros, aquella redondilla que escribió en _Las paredes oyen_:

En el hombre no has de ver la hermosura o gentileza: su hermosura es la nobleza; su gentileza, el saber.

De noble y bien nacido blasonó siempre Alarcón; el tono moderado y severo de moralista, que le señala y distingue entre todos los dramáticos de su época, casa muy bien con tales aspiraciones, desesperadamente abrazadas, a la falta de otros ideales, que huían de su figurilla contrahecha. Esa redondilla, que si fuera de Lope se nos había de antojar afectada y pegadiza, en Alarcón asume plena virtud representativa y vale por una confesión.

ENRIQUE DÍEZ-CANEDO

(_Divagaciones literarias_, Madrid, 1922).

LOS FAVORES DEL MUNDO

Comedia en tres actos.

PERSONAS:

GARCI-RUIZ DE ALARCON. DON JUAN DE LUNA. EL PRINCIPE DON ENRIQUE. DON DIEGO, viejo, tío de Anarda. EL CONDE MAURICIO. LEONARDO, su criado. HERNANDO, gracioso. GERARDO, paje del Príncipe. ANARDA, dama. JULIA, dama. INÉS, criada de Anarda. BUITRAGO, escudero. DOS PAJES. [CRIADOS.]

[La escena es en Madrid.]

ACTO PRIMERO

[_Llano al pie del parque de Madrid_.]

[ESCENA PRIMERA]

[Salen GARCIA y HERNANDO, de color.]

HERNANDO. ¡Lindo lugar!

GARCIA. El mejor; todos, con él, son aldeas.

HERNANDO. Seis años ha que rodeas aqueste globo inferior, y no ví en su redondez hermosura tan extraña.

GARCIA. Es corte del rey de España, que es decillo de una vez.

HERNANDO. ¡Hermosas casas!

GARCIA. Lucidas; no tan fuertes como bellas.

HERNANDO. Aquí, las mujeres y ellas son en eso parecidas.

GARCIA. Que edifiquen al revés mayor novedad me ha hecho; que primero hacen el techo, y las paredes después.

HERNANDO. Lo mismo, señor, verás en la mujer, que adereza, al vestirse, la cabeza primero que lo demás.

GARCIA. Bizarras las damas son.

HERNANDO. Diestras, pudieras decir en la herida del pedir, que es su primera intención. Cífrase, si has advertido, en la de mejor sujeto, toda la gala en el peto, toda la gracia en el pido. Tanto la intención cruel sólo a este fin enderezan, que si el "Padre nuestro" rezan, es porque piden con él. Hoy a la mozuela roja que en nuestra esquina verás, dije al pasar: ¿Cómo estás? y respondió: Para aloja.

GARCIA. Con todo, siento afición de Madrid en tí.

HERNANDO. Y me hicieras merced, si aquí fenecieras esta peregrinación; que molerán a un diamante seis años de caminar de un lugar a otro lugar, hecho caballero andante.

GARCIA. Hernando, estoy agraviado, y según leyes de honor, debo hallar a mi ofensor; no basta haberlo buscado. Mas no pienses que me canso, que hasta llegar a matalle, de suerte estoy, que el buscalle tengo solo por descanso. No a mitigarme es bastante tiempo, cansancio ni enojos; que siempre tengo en los ojos aquel afrentoso guante. ¡Ah, cielos! ¿en qué lugar escondeis un hombre así? ¡Cielos, o matadme a mí, o dejádmelo matar! Yo, que en la africana tierra tantos moros he vencido; yo, que por mi espada he sido el asombro de la guerra; yo, que en tan diversas partes fijé, a pesar del pagano y el hereje, con mi mano católicos estandartes, ¿he de vivir agraviado tantos años, cielo? ¿Es bien que esté deshonrado quien tantas honras os ha dado?

HERNANDO. Por Dios te pido, señor, que no te aflijas así; que yo espero en Dios que aquí has de restaurar tu honor. Si las señas no han mentido, Don Juan en Madrid está; sufre lo menos, pues ya lo más, señor, has sufrido. Deja esa pena inhumana, no pienses en tu contrario.

GARCIA. Es pedir al cuartanario que no piense en la cuartana.

HERNANDO. Diviértete, considera cómo está en caniculares, con ser pobre, Manzanares, tan honrada su ribera, que dél dijo una señora, cuyo saber he envidiado, que es, por lo pobre y honrado, hidalgo de los de agora. Bien puede aliviar tus males ver ese parque, abundoso de conejo temeroso, blanco de tiros reales.

GARCIA. Detente. ¿No es mi enemigo el que miro?

HERNANDO. ¿Don Juan?

GARCIA. Sí, el que viene hablando allí, con aquel coche...

HERNANDO. Yo digo que me parece Don Juan, pero no puedo afirmallo.

GARCIA. Ya ves que importa no errallo. Pues tan divertidos van, al descuido has de acercarte, y con cuidado mirar si es él, que yo quiero estar escondido en esta parte hasta que vuelvas. Advierte que certificado quedes; despacio mirarlo puedes, que él no podrá conocerte.

HERNANDO. El coche paró; una dama sale; él sirve de escudero.

GARCIA. Acaba, vete.

HERNANDO. El cochero me dirá cómo se llama. (_Vase._)

(Salen Anarda y Julia con mantos, y don Juan.)

[_Vase Hernando, García se esconde a un lado, y por el opuesto salen Anarda, Julia y Don Juan._]

[ESCENA II]

[ANARDA y JULIA con mantos; DON JUAN.--GARCIA, oculto]

JUAN. El Príncipe, mi señor, que deste parque en la cuesta dando está con la ballesta lición y envidia al amor, como vuestro coche vio, contento y alborotado, a daros este recado, bella Anarda, me envió. Miraldo en aquel repecho, sobre el hombro la ballesta, la mira en el blanco puesta, que sigue tan sin provecho.

ANARDA. Al parque, Don Juan, subiera, no dando que murmurar; mas está todo el lugar de ese río en la ribera. Perdón me ha de dar su Alteza, y porque pueda advertir que nace en mí el no subir de honor, y no de esquiveza, aquí me quiero asentar, (_Siéntanse las damas, Don Juan se arrodilla_.) donde el Príncipe me vea, que ver lo que se desea, algo tiene de gozar; y vos, que con él priváis, estaos aquí, porque arguya que esta fortaleza es suya, pues por alcaide quedáis.

JULIA. [_Hablando aparte con Anarda_.] Parece que se mitiga tu acostumbrado rigor.

ANARDA. A esto me obliga el temor, ya que el amor no me obliga. ¿De rodillas? [_A Don Juan_.]

JUAN. Tus despojos adoro.

ANARDA. Mucho te humillas.

JUAN. ¿No pondré yo las rodillas donde el Príncipe los ojos? Y cuando no a tu deidad tal veneración le diera, a tu prima se la hiciera, pues adoro su beldad.

(_Sale Hernando_.)

[ESCENA III]

[HERNANDO.--ANARDA, JULIA, DON JUAN, GARCIA.]

GARCIA. [_Saliendo al encuentro a Hernando y hablando con él, sin ser vistos de Don Juan ni las damas_.] ¿Es Don Juan?

HERNANDO. Sin duda alguna, que yo pregunté al cochero: ¿quién es este caballero? y dijo: Don Juan de Luna.

GARCIA. En cas del embajador de Ingalaterra te espero. Con mis joyas y dinero ponte en salvo.

HERNANDO. Voy, señor. (Vase.)

(_Saca la espada y embiste a Don Juan; él te levanta y la saca_.)

GARCIA. Aquí pagará tu vida tu atrevimiento.

JUAN. Detente.

GARCIA. ¡Ah, Don Juan! aquí no hay gente que la venganza me impida.

ANARDA. ¡Qué confusión!

JULIA. Prima mía, ¿qué haremos?

ANARDA. ¡Oh trance fuerte!

JUAN. ¿Veniste a buscar tu muerte? ¿No me conoces, García?

GARCIA. Tanto mayores serán, si aquí te venzo, mis glorias, cuanto lo son tus victorias.

ANARDA. ¡Vencido cayó Don Juan!

(_Vienen a los brazos, cae debajo Don Juan, saca la daga García y levanta a dalle una puñalada_.)

GARCIA. Ya llegó el tiempo en que salga de tanta afrenta. ¡Enemigo, este es tu justo castigo!

[_Va á darle una puñalada_.]

JUAN. ¡Válgame la Virgen!

GARCIA. (_Detiene el brazo levantado, y levántase_) Valga; que a tan alta intercesora no puedo ser descortés.

JUAN. Déjame besar tus pies.

GARCIA. Don Juan, a nuestra Señora, Vírgen. Madre de Dios hombre, de la vida sois deudor; que refrenar mi furor pudiera sólo su nombre.

JUAN. Matadme, que más quisiera morir, que haber agraviado a quien la vida me ha dado.

GARCIA. Más queda desta manera satisfecha la honra mía; que si ya pude mataros, más he hecho en perdonaros que en daros la muerte haría. Matar pude, vencedor de vos solo; mas así he vencido a vos y a mí, que es la vitoria mayor. Sólo faltó derribar el brazo ya levantado; más fué perdonar airado, que era, pudiendo, matar.

ANARDA. [_Ap_.] (De turbada estoy sin mí) Necio, descortés, grosero, si valiente caballero, fuera bien mirar que aquí estaba yo, para dar a ese intento dilación. ¿Faltáraos otra ocasión de poderlo ejecutar?

GARCIA. En que os habéis ofendido reparad, señora mía, llamando descortesía lo que ceguedad ha sido. Ciego llegué del furor; que ¿quién, señora, os mirara, que suspenso no quedara o de respeto o de amor?

ANARDA. Vanas las lisonjas son, cuando con lo que intentastes de ningún modo guardastes el decoro a mi opinión. ¿Qué dijeran los que están buscando qué murmurar, viendo a mi lado matar un hombre como Don Juan?

JUAN. Si advertís, señora mía, perdón merece en su error quien, por tener mucho honor, tuvo poca cortesía.

ANARDA. ¡Bueno es disculparlo vos!

JUAN. ¿No estoy a hacello obligado, cuando la vida me ha dado?

(_Sale un paje_.)

[ESCENA IV]

[GERARDO.--GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.]

GERARDO. Su Alteza llama a los dos.

GARCIA. ¿El Príncipe?

GERARDO. Veislo allí.

JUAN. No tenéis que alborotaros, que presto pienso pagaros lo que habéis hecho por mí.

[_A las damas_.]

Su Alteza a llamarme envía.

ANARDA. Bien es que le obedezcáis.

JUAN. Si el coche, Anarda, tomáis, dejaros en él querría.

ANARDA. Desde aquí del aire y soto gozar queremos las dos.

JUAN. Julia, adiós.

JULIA. Don Juan, adiós.

(_Vase Don Juan_.)

GARCIA. Perdonad este alboroto, si puedo esperar perdón de quien, sólo con mirar, da muerte.

ANARDA. De perdonar vos me habéis dado lición.

JULIA. ¡Qué bizarro caballero! Las almas lleva tras sí.

(_Sale Hernando_.)

[ESCENA V]

[HERNANDO.--GERARDO, GARCIA, DON JUAN, ANARDA, JULIA.]

GARCIA. [_Encontrándose con su criado al retirarse y hablando aparte con él_.] ¿Aquí estás?

HERNANDO. Quise de aquí ver el suceso primero.

GARCIA. Quédate, y sabe quién son esas mujeres.

HERNANDO. ¿Ya estás herido?

GARCIA. En ellas verás si es bastante la ocasión.

_Vase_ [_García, Hernando se queda en el fondo_.]

[ESCENA VI]

[ANARDA, JULIA, GERARDO, HERNANDO, _retirado_.]

GERARDO El Príncipe, mi señor, que este caso viendo ha estado, os dice que se ha alegrado de tener competidor; que a su privado ha querido, porque os hablaba, ofender; que dueño debe de ser quien cela tan atrevido.

ANARDA. Decid, Gerardo, a su Alteza, que mostrárseme penado deste susto que me han dado, fuera más alta fineza que condenarme a liviana con tanta resolución por sólo la información de una conjetura vana. Que ya de Don Juan sabrá cuán otra la causa ha sido, y de haberme así ofendido el yerro conocerá. Y porque entienda que yo no sé a dos favorecer, le suplico haga prender al que mi agravio causó Id con Dios.

GERARDO. Quede contigo. (_Vase_.)

[ESCENA VII]

[ANARDA, JULIA, HERNANDO, _retirado_.]

JULIA. Yo pensé que merecía su humildad y cortesía antes premio que castigo. Villana estás, por mi fe, con quien perdón te pidió. (_Ap_. Préndaos Anarda, que yo, forastero, os libraré.)

ANARDA. ¡Oh, qué mal me has entendido! ¿Ves este enojo y rigor? pues ardides son que amor ha trazado y ha fingido.

JULIA. ¿Quieres al Príncipe ya?

ANARDA. Nunca tan necia te ví. Quien vió el forastero, dí, ¿cómo otro dueño querrá? Aquel bizarro ademán con que la espada sacó, el valor con que venció y dió la vida a Don Juan; la gala, la discreción en darme disculpa, el modo, gentileza y talle, todo me ha robado el corazón.

JULIA. (_Ap_.) ¡Rabiando estoy de celosa!

ANARDA. Y así, por volver a vello, lo aseguro con prendello, de que se irá temerosa, porque forastero es.

JULIA. Cuando se apartó de aquí, al oido hablar le ví a aquel mancebo que ves. Él informarte pudiera.

ANARDA. Bien dices: hablalle quiero.

JULIA.(_Ap_.) Así, ha de ser, forastero, mi contraria mi tercera.

ANARDA. ¡Ah caballero!

HERNANDO. (_Ap_. ¿Si a mí caballero me llamó? ¿tan buen talle tengo yo?) ¿Es a mí, señora?

ANARDA. Sí.

HERNANDO. Extrañé la nueva forma, cuando me ví caballero; si bien no soy el primero que en la corte se trasforma. Mas son vanas intenciones cuando con pobreza lidio, que es el dinero el Ovidio de tales trasformaciones. Pero si puedo serviros, dama, sin ser caballero, mandadme.

ANARDA. Pediros quiero...

HERNANDO. Pues bien podéis despediros. ¿Para pedirme, decid, sólo me llamáis las dos? Animosas sois, por Dios, las mujeres de Madrid. Que pida la que se ve de mí rogada y querida, vaya; mi amor la convida, y pues pido, es bien que dé. Que la mujer que hablo yo en la iglesia, tienda o calle, me pida, vaya; el hablalle ya por ocasión tomó. Mas ¡llamarme, hacerme andar, y luego pedirme! ¿Es cosa el dar tan apetitosa, que he de andar yo para dar?

ANARDA. Lo que pediros intento, sólo hablar ha de costaros.

HERNANDO. De eso bien me atrevo a daros cuanto os pinte el pensamiento.

ANARDA. Oid, pues.

HERNANDO. Decid, señora.

ANARDA. Que me digáis sólo quiero quién es aquel forastero que al oído os habló agora.

HERNANDO. Con que vos, señora mía, antes quién sois me digáis, os lo diré; y no tengáis lo que os pido a grosería; porque sin saber a quién, decir quién es no conviene, puesto que enemigos tiene.

ANARDA. ¡Qué cauto sois!

HERNANDO. Hago bien; que en la corte es menester con este cuidado andar; que nadie llega a besar sin intento de morder.

ANARDA. Si así ha de ser, yo me llamo Doña Lucrecia Chacón.

HERNANDO. Garci-Ruiz de Alarcón es el nombre de mi amo.

ANARDA. ¿Es caballero?

