Los exploradores españoles del siglo XVI

Part 6

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Al año siguiente, Antonio de Espejo, opulento hijo de Córdoba, salió de Santa Bárbara (Chihuahua), con catorce hombres, para afrontar los desiertos y los salvajes de Nuevo Méjico. Anduvo Río Grande arriba hasta un poco más allá de donde ahora se halla Alburquerque, sin que le hiciesen resistencia los indios de la tribu Pueblo. Visitó sus ciudades de Zía, Jenez, la empinada Acoma, Zuñi y la lejana Moqui, y se internó bastante en la parte norte de Arizona. Volviendo al Río Grande, visitó el pueblo de Pecos, bajó por el río del mismo nombre a Tejas, y de allí cruzó de nuevo a Santa Bárbara. Tenía la intención de volver a colonizar Nuevo Méjico; pero su muerte (ocurrida probablemente en 1585) desbarató su plan, y el único resultado importante de su gigantesca jornada, fué una adición a los conocimientos geográficos de su época. En 1590, Gaspar Castaño de Sosa, teniente gobernador de Nuevo León, estaba tan ansioso de explorar Nuevo Méjico, que organizó una expedición sin pedir permiso al virrey. Subió por el río Pecos y cruzó hasta el Río Grande; pero en el pueblo de Santo Domingo fué arrestado por el capitán Morlette, que había ido desde Méjico con ese solo objeto, y conducido a su destino con cadenas.

Juan de Oñate, colonizador de Nuevo Méjico y fundador de la segunda ciudad situada dentro de los límites de los Estados Unidos, como también de otra ciudad que es la segunda en antigüedad en el mismo país, nació en Zacatecas (Méjico). Su familia, procedente de Vizcaya, había descubierto en 1548 y poseía a la sazón algunas de las minas más ricas del mundo: las de Zacatecas. Pero, no obstante haber nacido de una familia que nadaba en oro, Oñate deseaba ser explorador. La Corona rehusó equipar nuevas expediciones para el norte, que tantos desengaños ofrecía, y por el año 1595 Oñate hizo un contrato con el virrey de Nueva España para colonizar Nuevo Méjico por su cuenta. Hizo todos los preparativos y equipó una costosa expedición. Justamente entonces fué nombrado otro virrey, el cual le tuvo esperando en Méjico con todos sus hombres por espacio de dos años, antes de darle el permiso necesario para emprender la marcha. Por fin, a principios de 1597, salió con su expedición, la cual le costó el equivalente de un millón de dólares antes de salir de viaje. Llevó consigo cuatrocientos colonos, incluso doscientos soldados, con mujeres y niños, y reses vacunas y lanares. Después de tomar posesión de Nuevo Méjico el 30 de mayo de 1598, marchó Río Grande arriba hasta donde se halla hoy la aldehuela Chamita, al norte de Santa Fe y allí fundó, en septiembre de aquel año, San Gabriel de los Españoles, segunda ciudad establecida en los Estados Unidos.

Oñate fué notable no tan sólo por su éxito en colonizar un país tan adusto como era aquél, sino también como explorador. Reconoció todo el país; viajó hasta Acoma, y sofocó una rebelión de los indios, y en el año 1600 efectuó una expedición hasta la misma Nebraska. En 1604, con treinta hombres, marchó desde San Gabriel y a través de aquel árido desierto hasta el Golfo de California, regresando a San Gabriel en abril de 1605. Por entonces los ingleses no se habían internado en América más que a cuarenta o cincuenta millas de la costa del Atlántico.

En 1605 Oñate fundó la ciudad de Santa Fe, de San Francisco, respecto de cuya antigüedad se han escrito muchas fábulas inverosímiles. La ciudad ha llegado a celebrar el 333.º aniversario de su fundación, veinte años antes de cumplir los tres siglos.

En 1606 Oñate hizo otra expedición a tierras lejanas del nordeste; pero de ella no se sabe casi nada, y en 1608 fué substituído por Pedro de Peralta, segundo gobernador de Nuevo Méjico.

Oñate era de mediana edad cuando realizó estos notables hechos. Nacido en la frontera, avezado a los desiertos, dotado de gran tenacidad, sangre fría y conocimiento de la guerra de frontera, era el hombre a propósito para establecer con éxito las primeras importantes colonias en los Estados Unidos, en los lugares más difíciles y peligrosos.

VIII

DOS CONTINENTES DOMINADOS

Tal era, pues, la situación del Nuevo Mundo al empezar el siglo XVIII. España, después de descubrir las Américas, en poco más de cien años de incesante exploración y conquista, había logrado arraigar y estaba civilizando ambos países. Había construído en el Nuevo Mundo centenares de ciudades, cuyos extremos distaban más de cinco mil millas, con todas las ventajas de la civilización que entonces se conocían, y dos ciudades en lo que es ahora los Estados Unidos, habiendo penetrado los españoles en veinte de dichos Estados. Francia había hecho unas pocas cautelosas expediciones, que no produjeron ningún fruto, y Portugal había fundado unas cuantas poblaciones de poca importancia en la América del Sur. Inglaterra había permanecido durante todo el siglo en una magistral inacción, y entre el Cabo de Hornos y el Polo Norte no había ni una mala casuca inglesa, ni un solo hijo de Inglaterra.

El que en tiempos posteriores haya cambiado por completo la situación; el que España (mayormente porque se desangró por una conquista tan enorme que ni aun hoy podría nación alguna dar los hombres o el dinero necesarios para poner la empresa al nivel del progreso mundial) no haya vuelto a recobrar su antiguo poderío y esté ahora inactiva en comparación con la joven y gigantesca nación que ha crecido desde entonces en el imperio que ella inició, no exime a la historia de América del deber de hacerle justicia por su pasado. Si no hubiese existido España hace 400 años, no existirían hoy los Estados Unidos. Para todo verdadero americano es el de su país un relato que fascina, porque todo el que lleva ese nombre, admira el heroísmo y es amante de la justicia, y antes que nada le interesa conocer la verdad respecto de su patria.

Por los años de 1680, el valle del Río Grande, en Nuevo Méjico, estaba salpicado de caseríos españoles desde Santa Cruz hasta más allá de Socorro, o sea en una extensión de 200 millas, y había también colonias en el valle de Taos hacia el extremo norte del territorio. Desde 1600 a 1680 se habían hecho numerosas expediciones a través del sudoeste, penetrando hasta el mortífero Llano Estacado. El heroísmo con que se conservó por tanto tiempo el sudoeste, no fué menos maravilloso que la exploración que lo descubrió. La vida de los colonos era una lucha diaria con la avara Naturaleza--porque Nuevo Méjico nunca fué feraz--teniendo, además, que afrontar mortales peligros. Durante tres siglos fueron incesantemente hostilizados por los terribles apaches, y hasta 1680 no les dejaron en paz los conatos de insurrección de los indios pueblos, quienes vivían entre ellos y los rodeaban. Las afirmaciones de los historiadores de gabinete, de que los españoles esclavizaron a los pueblos o a otros indios de Nuevo Méjico; de que les obligaban a escoger entre el cristianismo y la muerte; que les forzaban a trabajar en las minas, y otras cosas por el estilo, son enteramente inexactas. Todo el régimen de España para con los indios del Nuevo Mundo fué de humanidad y de justicia, de educación y de persuasión moral, y aun cuando hubo, como es natural, algunos individuos que violaron las estrictas leyes de su país respecto al trato de los indios, recibieron por ello el condigno castigo.

Sin embargo, la mera presencia de extranjeros en su tierra, fué bastante para sublevar la naturaleza celosa de los indios, y en 1680 estalló, sin causa alguna, entre los pieles rojas de Pueblo Rebelión, un complot para hacer una matanza. Había entonces en el territorio mil quinientos españoles, que vivían en Santa Fe y en granjas o caseríos dispersos, pues hacía tiempo que Chamita había sido abandonada.

Treinta y cuatro ciudades de la tribu Pueblo tomaron parte en la rebelión, bajo la dirección de un peligroso indio Tehua, llamado Popé. Emisarios secretos habían ido de pueblo en pueblo, y la matanza de españoles se efectuó simultáneamente en todo el territorio. En ese 10 de agosto de 1680, de triste recordación, más de cuatrocientos españoles fueron asesinados, incluso veintiuno de los bondadosos misioneros que, desarmados y solos, se habían esparcido por aquel desierto con el objeto de salvar las almas e iluminar las inteligencias de los naturales.

Antonio de Otermín, que era entonces gobernador y capitán general de Nuevo Méjico, fué atacado en su capital de Santa Fe por un ejército de indios muy numeroso. Los 120 soldados españoles que estaban encerrados en su pequeña ciudad de adobe, pronto se hallaron en la imposibilidad de resistir por más tiempo al enjambre de sitiadores, y después de una semana de desesperada defensa, hicieron una salida y se abrieron paso hasta ponerse a salvo, llevándose consigo sus mujeres y sus hijos. Se retiraron después Río Grande abajo, evitando una emboscada que les habían preparado los indios en Sandia; llegaron al pueblo de Isleta, doce millas más abajo de la antigua ciudad de Alburquerque, sanos y salvos; pero la aldea estaba desierta y los españoles se vieron obligados a continuar su huída hacia El Paso (Tejas), que no era entonces más que una misión española para los indios.

En 1681 el gobernador Otermín hizo una incursión hacia el norte hasta el pueblo de Cochití, veinticinco millas al oeste de Santa Fe, en la margen del Río Grande; pero los indios hostiles le obligaron a retirarse de nuevo a El Paso. En 1687, Pedro Reneros Posada llevó a cabo otra arremetida en Nuevo Méjico y tomó el pueblo roqueño de Santa Ana, después de un brillante y sangriento asalto. Pero también tuvo que retirarse. En 1688, Domingo Gironza Petriz de Cruzate, el más bizarro soldado de Nuevo Méjico, realizó una expedición en la que tomó por asalto el pueblo de Zía, hecho todavía más notable que el de Posada, y a su vez se retiró a El Paso.

Por último, el conquistador definitivo de Nuevo Méjico, Diego de Vargas, llegó en 1692. Marchando a Santa Fe, y de allí hasta el fin de Moqui, con sólo ochenta y nueve hombres, visitó todos los pueblos de la provincia, sin encontrar oposición por parte de los indios, los cuales habían sido completamente acobardados por Cruzate. Volviendo a El Paso, regresó a Nuevo Méjico en 1693, esta vez con unos ciento cincuenta soldados y unos cuantos colonos. Entonces estaban los indios preparados y le hicieron la más sangrienta recepción de que hay memoria en Nuevo Méjico. Se levantaron primero en Santa Fe, y tuvo que asaltar esa ciudad, que logró tomar después de dos días de lucha. Luego comenzó el sitio de Mesa Negra de San Ildefonso, el cual se prolongó durante nueve meses. Los indios habían trasladado su aldea a la cima de aquel Gibraltar de Nuevo Méjico, y allí resistieron cuatro atrevidos asaltos, hasta que por fin se vieron obligados a rendirse.

Entre tanto Vargas había asaltado la inexpugnable ciudadela de San Diego Viejo y el saliente risco de San Diego de Gemez, dos proezas que con el asalto del Peñol de Mistrol (Jalisco, Méjico) y el de la ingente roca de Acoma, pueden considerarse como los dos asaltos más maravillosos en toda la historia de América. La toma de Quebec no puede compararse con ellos.

Estas costosas lecciones tuvieron a los indios quietos hasta 1696, en que de nuevo se levantaron. Esta rebelión no fué tan formidable como la primera; pero ocasionó otro derramamiento de sangre en Nuevo Méjico, y sólo pudo sofocarse después de una lucha de tres meses. Ya los españoles eran dueños de la situación; y la dominación de esa revuelta puso fin a todos los disturbios de los indios pueblos, los cuales subsisten hasta hoy entre nosotros casi en el mismo número de entonces, aun cuando con menos ciudades, como una raza quieta, pacífica, cristianizada, de labradores industriosos, que son monumentos vivos del humanitarismo y la enseñanza moral de sus conquistadores.

Luego vino el último siglo, una lúgubre centuria de incesante hostilidad por parte de los apaches, navajos y comaches, y alguna que otra vez por los utes; hostilidad que apenas había cesado hace diez años. Las guerras con los indios eran tan constantes; tan innumerables las exploraciones [como esa asombrosa tentativa para abrir un camino desde San Antonio de Béjar (Tejas) a Monterrey de California] que el heroísmo individual de aquellos hombres se pierde en su pasmosa multitud.

Hace más de dos siglos los españoles exploraron Tejas, y no tardaron en establecerse allí. Hubo algunas pequeñas expediciones; pero la primera de alguna magnitud fué la de Alonso de León, gobernador del Estado mejicano de Coahuila, que hizo extensas exploraciones en Tejas en 1689. Al principio del siglo pasado había varios poblados y presidios españoles en lo que más de cien años después debía ser el más vasto de los Estados Unidos.

La colonización española de Colorado no fué muy extensa, y no tenían ciudades al norte del río Arkansas; pero hasta en poblar dicho Estado nos precedieron de medio siglo, como se adelantaron varios siglos en descubrirlo.

En California los españoles fueron muy activos. Durante largo tiempo hicieron varias expediciones sin resultado. Entonces fueron los franciscanos, en 1769, a la bahía de San Diego; desembarcaron en la desierta playa, donde se yergue hoy un hotel americano que ha costado un millón de dólares, y en el acto empezaron a educar a los indios, a plantar olivares y viñedos y a construir las imponentes iglesias tan admirablemente descritas por el autor de «Ramona»[9], las cuales perdurarán sin duda como monumentos de una fe sublime hasta mucho después que la raza que las alzó desaparezca de la haz de la tierra.

California tuvo una larga serie de gobernadores españoles antes de adquirir nosotros aquel Estado-jardín de los Estados, y el último de ellos fué el valiente, el cortés, el amable anciano Pío Pico, que falleció hace poco. Los españoles descubrieron allí oro hace siglos, y lo explotaron diez años antes de que un «norteamericano» soñase en los preciosos depósitos que habían de influir tanto en la civilización, y con otros diez años de antelación, hallaron los ricos «placeres» de Nuevo Méjico.

En Arizona, el padre Francisco Eusebio Kuehne (a quien otros llaman Quino), jesuíta austriaco de nacimiento, pero bajo auspicios españoles, fué el primero en establecer las misiones del río Gila, desde 1689 hasta 1717, año en que murió. Hizo lo menos cuatro terribles jornadas a pie desde Sonora al Gila, y bajó por este río hasta su afluencia con el Colorado. Sería sumamente interesante, si lo permitiese el espacio, seguir paso a paso las andanzas y proezas de los misioneros españoles, esos exploradores pacíficos de América que han dejado tan profundas huellas en todo el sudoeste. Su celo y su heroísmo eran infinitos. No había desierto bastante terrible para ellos; no había peligro asaz espantoso. Solos, inermes, atravesaron las tierras más inhospitalarias e hicieron frente a los salvajes más sanguinarios; dejando en las vidas de los indios un monumento más soberbio que el que han dejado los exploradores armados y los ejércitos conquistadores.

Lo que antecede es un sucinto sumario de las primeras exploraciones de América, las únicas que se hicieron durante más de un siglo, y las más asombrosas durante otra centuria. En cuanto a la grande y maravillosa obra que al fin han realizado los de nuestra sangre, no tan sólo en conquistar parte de un continente, sino en formar una poderosa nación, no necesita el lector que yo le ayude a comprenderla, puesto que ya está debidamente consignada en la historia. El transcribir todas las heroicidades de los exploradores, llenaría no ya este libro, sino toda una biblioteca. He creído más conveniente, en vista del extenso campo que ofrecen, hacer un breve bosquejo como el que hecho queda, y luego ilustrarlo agregando, con detalles, unos pocos ejemplos elegidos de entre un gran número de hechos heroicos. He indicado ya cuantas conquistas y exploraciones y peligros se llevaron a cabo, y ahora voy a exponer en breves páginas, una muestra de lo que realmente eran las conquistas y exploraciones y la fortaleza de los españoles.

II

Los primeros caminantes en América

I

EL PRIMER CAMINANTE EN AMÉRICA

Las proezas de un explorador son de las más importantes, como son también de las más fascinadoras que presentan los heroísmos humanos. Las cualidades físicas y mentales necesarias para su labor, son raras y admirables. Ha de reunir muchas condiciones y sobresalir en cada una de ellas; ha de ser el hombre completo que se propuso hacer la Naturaleza. No necesita su cuerpo ser tan fuerte como el de Sansón, ni su mente como la de Napoleón, ni tener un corazón mayor que todos los hombres. Pero necesita que su cuerpo, su mente y su corazón sean los de un hombre fuerte. Apenas hay otra profesión en que cada músculo, por decirlo así, de su triple naturaleza, se ponga más constantemente o más equilibradamente en juego.

Es un hecho curioso que algunos de los más grandes descubrimientos son debidos al azar. Muchos de los más importantes que registra la historia de la humanidad, se deben a hombres que no buscaban la gran verdad que descubrieron. La ciencia es el resultado no tan sólo del estudio, sino de inapreciables accidentes; y esto mismo puede decirse de la historia. Ofrece un estudio interesante de por sí, la influencia que felices equivocaciones y fortuitos sucesos tuvieran en la civilización.

En las exploraciones, como en los inventos, algunos de los éxitos se deben a un mero accidente. Algunas de las exploraciones más valiosas fueron realizadas por hombres que no tenían más idea de ser exploradores que de inventar un ferrocarril hasta la luna, y es un hecho curioso que la primera exploración del interior de América y las dos jornadas más portentosas que en ella se hicieron, no sólo fueron accidentes, sino desdichas y contrariedades que coronaron los esfuerzos de hombres que esperaban hallar algo muy distinto.

Las exploraciones, ya sean intencionadas o involuntarias, no sólo han producido grandes resultados para la civilización, sino que, además, han sido causa de los hechos más heroicos de la humanidad. Particularmente América ha sido quizá el campo donde se han llevado a cabo las más grandes y asombrosas jornadas; pero los dos hombres que hicieron las más pasmosas que se han realizado en toda la América, nos son casi desconocidos. Son héroes cuyos nombres suenan como si fuesen griego para la gran mayoría de los norteamericanos, no obstante ser hombres a los que precisamente los norteamericanos debieran considerar con profundo interés y admiración. Esos héroes fueron Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primero que viajó en América, y Andrés Docampo, el que recorrió en este Continente la mayor distancia.

En un mundo tan grande, tan viejo y tan lleno de hechos memorables como este en que vivimos, es sumamente difícil poder decir de cualquier hombre que fué «el más grande de todos», en tal o cual cosa, y aun tratándose de marchas a pie, ha habido tantas y tan notables, que hasta desconocemos algunas de las más pasmosas. Como exploradores, ni Vaca ni Docampo rayaron a gran altura, por más que las exploraciones del último no son de despreciar y las de Vaca fueron muy importantes. Pero, como proezas de resistencia física, las jornadas de estos olvidados héroes puede afirmarse con toda seguridad que no tienen paralelo en la historia. Fueron las marchas más estupendas que ha podido hacer hombre alguno. Ambos las realizaron en América, y la mayor parte de sus caminatas las hicieron en lo que es hoy los Estados Unidos.

Cabeza de Vaca fué realmente el primer europeo que penetró en lo que era entonces el «obscuro continente» de Norteamérica, como fué el primero que lo _cruzó_ siglos antes que otro cualquiera. Sus nueve años de marchas a pie, sin armas, desnudo, hambriento, entre fieras y hombres más fieros todavía, sin otra escolta que tres camaradas tan malhadados como él, ofrecieron al mundo la primera visión del interior de los Estados Unidos y dieron pie a algunos de los hechos más excitantes y trascendentales que se relacionan con su temprana historia. Casi un siglo antes de que los Padres Peregrinos estableciesen su noble comunidad en la costa de Massachusetts; setenta y cinco años antes de que se instalase el primer poblado inglés en el Nuevo Mundo, y más de una generación antes de que hubiese un solo colono de la raza caucásica de cualquier nación dentro del área que hoy ocupan los Estados Unidos, Cabeza de Vaca y sus desharrapados acompañantes atravesaron penosamente este país desconocido.

¡Mucho tiempo ha pasado desde aquellos días! Enrique VIII era a la sazón rey de Inglaterra, y desde entonces han ocupado aquel trono diez y seis monarcas[10]. Elisabet, la reina virgen, no había nacido cuando Cabeza de Vaca emprendió su tremenda jornada, y no empezó a reinar hasta veinte años después que él terminara. Ocurrió el hecho cincuenta años antes de que naciese el capitán John Smith, fundador de Virginia; una generación antes del nacimiento de Shakespeare, y dos y media generaciones antes de Milton Henry Hudson, el famoso explorador que ha dado nombre a uno de nuestros principales ríos, no había nacido todavía. El mismo Colón hacía menos de veinticinco años que había muerto, y al conquistador de Méjico sólo le quedaban diez y siete años de vida. Hasta sesenta años después no supo el mundo lo que era un periódico, y los mejores geógrafos todavía creían posible el navegar a través de América para llegar al Asia. No había entonces un hombre blanco en América más al norte de la mitad de Méjico, ni se había internado ninguno doscientas millas en este desierto continental, del cual se sabía casi menos de lo que hoy sabemos de la luna.

El nombre de Cabeza de Vaca nos parece a nosotros muy raro por lo que literalmente significa. Pero este curioso apellido era muy honroso en España y representaba un noble timbre. Fué ganado en la batalla de las Navas de Tolosa en el siglo XIII, uno de los combates decisivos en todos aquellos siglos de guerra con los moros. El abuelo de Alvaro fué también un hombre notable, puesto que conquistó las islas Canarias.

Nació Alvaro en Jerez de la Frontera a fines del siglo XV. Muy poco sabemos de los primeros años de su vida, excepto que había ganado ya algún renombre cuando en 1527, siendo ya un hombre maduro, vino al Nuevo Mundo. En dicho año le hallamos embarcándose en España como tesorero y alguacil mayor de la expedición de 600 hombres con que Pánfilo de Narváez trató de conquistar y colonizar Florida, que descubriera Ponce de León diez años antes.