Los exploradores españoles del siglo XVI
Part 14
Allí hizo alto Pizarro con parte de sus hombres, y envió a Almagro a Panamá con uno de los buques en busca de reclutas, y al piloto Ruiz con el otro buque a explorar la costa más al sur. Ruiz costeó hasta llegar a la Punta de Pasado, y fué el primer hombre blanco que cruzó la línea ecuatorial en el Pacífico, lo cual no es menguado honor. Encontró un país de más promisión, y vió pasar una balsa grande con velas de tela de algodón, en la cual iban varios indios. Tenían espejos (probablemente de vidrio volcánico, como era común entre los aborígenes del Sur) con marcos de plata, y adornos de plata y de oro, además de géneros notables en que había entretejidas figuras de animales, pájaros y peces. El recorrido duró varias semanas, y Ruiz llegó a San Juan muy oportunamente. Pizarro y su gente sufrieron horribles penalidades. Habían hecho un gallardo esfuerzo para penetrar tierra adentro; pero no les fué posible salir de la horrenda selva tropical «cuyos árboles llegaban hasta el cielo». La espesa manigua no era tan solitaria como la de las otras selvas en que habían estado. Había multitud de charloteros loros y brillantes monos, alrededor de los árboles se enroscaban perezosas boas, y dormitaban los caimanes junto a empantanadas lagunas. Muchos de los españoles perecieron, víctimas de aquellos horripilantes y raros reptiles: algunos murieron hechos pulpa, estrujados por las potentes roscas de las serpientes, y otros fueron triturados entre las mandíbulas de los escamosos saurios. Muchos más fueron muertos por los indios que estaban en acecho: en una sola arremetida, catorce de aquella menguante partida fueron asesinados por los naturales que rodeaban su embarrancada canoa. Agotáronse también sus provisiones, y los que quedaron con vida se estaban muriendo de hambre cuando llegó Ruiz con escasos auxilios, pero con noticias alentadoras. Pronto llegó también Almagro, con provisiones y un refuerzo de ochenta hombres.
Toda la expedición se hizo de nuevo a la vela con rumbo al Sur. Pero en seguida se desencadenaron persistentes tormentas. Después de indecibles sufrimientos, los exploradores volvieron la proa hacia la isla del Gallo, donde permanecieron dos semanas para reparar sus desmantelados buques y sus cuerpos, igualmente quebrantados. Después se embarcaron otra vez, dirigiéndose a mares ignotos. El paisaje iba presentando gradualmente mejor aspecto. Los palúdicos bosques tropicales ya no se extendían hasta la orilla del mar. Entre los boscajes de ébanos y caobos, había de vez en cuando algunos claros, con campos rústicamente cultivados, y también poblados indios de bastante extensión. En aquella región había placeres auríferos y criaderos de esmeraldas, y los indígenas tenían valiosos ornamentos. Los españoles desembarcaron, pero fueron acometidos por un número muy superior de indios, y sólo pudieron librarse de ellos de una manera muy curiosa. En la desigual batalla los españoles se vieron acorralados, cuando uno de ellos cayó de su caballo, y ese pequeño incidente puso en fuga el enjambre de indígenas. Algunos historiadores han ridiculizado la idea de que semejante minucia pudiese producir aquel efecto; pero esto es debido a la ignorancia de los hechos. Hay que tener presente que aquellos indios nunca habían visto un caballo. Tomaron al jinete español y su cabalgadura por un animal grande, raro y asaz terrible por sí solo: trasunto del antiguo mito griego de los Centauros, este incidente muestra el modo cómo nació aquel mito. Pero, luego la gran bestia desconocida se dividió en dos partes, que podían obrar con entera independencia la una de la otra, y esto era demasiado para aquellos supersticiosos indios, todos los cuales huyeron despavoridos. Los españoles salieron escapados hacia sus buques y dieron gracias al cielo por su extraña liberación.
Pero esta escapada milagrosa les demostró más claramente la insuficiencia de aquel puñado de hombres para luchar contra las hordas de indios. Necesitaban más refuerzos, y otra vez se embarcaron hacia la isla del Gallo, donde esperaría Pizarro mientras Almagro iba a Panamá en solicitud de auxilios. Obsérvese cómo Pizarro siempre tomaba para sí la carga más pesada y más penosa y daba la más fácil a su consocio. Siempre era Almagro el que se enviaba a las comodidades que ofrecía la civilización, mientras que el esforzado jefe soportaba la espera, el peligro y el sufrimiento. El mayor obstáculo que se presentaba entonces consistía en los mismos soldados, aun teniendo en cuenta los mortales peligros y enormes privaciones que debían sufrir. Pero los peligros y las privaciones de por fuera son más llevaderos que la traición y el descontento por dentro. A cada paso Pizarro tenía que _sostener_ moralmente a sus hombres. Sentíanse constantemente descorazonados (y ciertamente tenían motivo para estarlo); y en tal estado de ánimo se hallaban dispuestos a cualquier acto de violencia, y de ningún modo a seguir adelante. Así es que Pizarro tenía constantemente que esforzar su voluntad y su valor no solamente para él mismo, que sufría tan cruelmente como el último, sino para todos. Era como uno de esos espíritus vigorosos que vemos algunas veces sosteniendo un cuerpo medio muerto, cuerpo que mucho antes se hubiera ya disgregado de un espíritu menos intrépido.
Los hombres se habían amotinado de nuevo, y a pesar del animoso ejemplo y de los esfuerzos de Pizarro, estuvieron a punto de hacer fracasar toda la empresa. Por conducto de Almagro enviaron a la esposa del gobernador un ovillo de algodón como muestra de los productos del país; pero en este al parecer inocuo regalo, los cobardes habían escondido una carta en la cual declaraban que Pizarro les conducía a la muerte, y amonestaban a otros que no le siguiesen. Un verso ramplón, colocado al final, decía que Pizarro era un carnicero que esperaba más carne, y que Almagro había ido a Panamá a recoger ovejas para llevarlas al matadero.
La carta llegó a manos del gobernador Los Ríos, el cual se indignó mucho al leerla. Envió al cordobés Tafur con dos buques a la isla del Gallo a recoger a todos los españoles que allí estaban, y estorbar así una expedición cuya importancia no era su mente capaz de comprender. Pizarro y sus hombres sufrían terriblemente, siempre calados por las tormentas y casi muertos de hambre. Cuando llegó Tafur, todos menos Pizarro lo acogieron como un salvador y querían volverse con él en el acto. Pero el capitán no cejó. Con su daga trazó una raya sobre la arena y mirando a sus hombres de hito en hito les dijo: «Camaradas y amigos: de aquel lado está la muerte, las privaciones, el hambre, la desnudez, las tempestades; de este lado está la comodidad y la molicie. Desde este lado vais a Panamá a ser pobres; del otro lado vais al Perú a ser ricos. El que sea valiente castellano, que escoja lo preferible.»
Al decir esto cruzó la raya, pasándose al sur. Ruiz, el bravo piloto andaluz, cruzó también detrás de él; lo mismo hizo Pedro de Candía, el griego, y uno tras otro once héroes más, cuyos nombres merecen ser recordados por cuantos aman la lealtad y el valor. Eran Cristóbal de Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Alcón, García de Jerez, Antón de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.
El ruin Tafur sólo vió en este acto de heroísmo una desobediencia al gobernador, y no quiso dejarles uno de sus buques. Con dificultad se le pudo inducir a que les abandonase algunas provisiones, siquiera para impedir que se murieran, y con sus cobardes pasajeros se volvió a Panamá, dejando a los catorce solos en su pequeña isla del desconocido mar Pacífico.
¿Tuvo nunca el lector conocimiento de un heroísmo más grande? ¡Solos, aprisionados por el gran mar, con muy pocos alimentos, sin buques, sin ropa, casi sin armas, había allí catorce hombres, empeñados todavía en conquistar un país salvaje tan grande como toda Europa! Hasta el parcial historiador Prescott admite que en todos los anales de la caballería no se encuentra nada que la aventaje.
La isla del Gallo se hizo inhabitable, y Pizarro y sus hombres construyeron una frágil balsa y en ella navegaron setenta y cinco millas hacia el norte, hasta llegar a la isla de Gorgona. Esa era tierra más alta y en ella había madera, y los exploradores construyeron chozas para resguardarse de las tormentas. Sufrieron grandemente por el hambre, por la intemperie y por causa de los bichos venenosos, que les martirizaban cruelmente. Pizarro reunía a su gente a diario para hacer sus devociones, y todos los días daban gracias a Dios por conservarles la vida y le pedían que no los desamparase. Pizarro fué siempre un hombre devoto, y nunca hacía acto alguno sin invocar la gracia divina, ni se olvidaba nunca de dar gracias a Dios por los éxitos que alcanzaba. Así lo hizo hasta el fin, y aun en sus postrimerías trazó con los dedos la cruz, que tanto reverenciaba.
Durante siete inenarrables meses, los catorce hombres abandonados esperaron y sufrieron en su solitario arrecife. Tafur llegó salvo a Panamá, y dió cuenta de haberse negado aquellos hombres a volver con él. El gobernador Los Ríos se irritó más todavía y rehusó prestar auxilio a los obstinados náufragos. Pero Luque, recordándole que las órdenes que había recibido de la Corona eran que ayudase a Pizarro, al fin indujo al tacaño gobernador a que permitiese enviarles un buque con casi los suficientes marineros para tripularlo y un pequeño acopio de provisiones. Pero con el buque se enviaron órdenes terminantes a Pizarro de volver y presentarse en el término de seis meses, ocurriera lo que ocurriese. Los que fueron a rescatarlos hallaron a los catorce valientes en la isla de Gorgona; y Pizarro pudo al fin continuar su viaje con unos cuantos marineros y un ejército de _once_. Dos de los catorce estaban tan enfermos que tuvieron que quedar en la isla al cuidado de indios amigos, y con el corazón apenado sus camaradas se despidieron de ellos.
Pizarro hizo rumbo al sur. Pronto traspusieron el punto más lejano a que había llegado europeo alguno--Punta de Pasado, que era el límite de las exploraciones de Ruiz,--y se hallaron de nuevo en mares desconocidos. Después de navegar veinte días, entraron en el Golfo de Guayaquil (Ecuador), y anclaron en la bahía de Túmbez. Delante de ellos vieron una gran ciudad india con casas permanentes. La bahía azul estaba salpicada de balsas con velas indias, y en las lejanías del fondo veían elevarse los gigantescos picos de los Andes. Podemos imaginarnos la impresión que debió causar a los españoles la primera vista de aquellas montañas, que tenían más de veinte mil pies ingleses de altura.
Los indios salieron en sus balsas a contemplar a los maravillosos extranjeros, y viéndose tratados con la mayor bondad y consideración, pronto perdieron el miedo. Los españoles recibieron regalos de pollos, cerdos y baratijas; les trajeron plátanos, maíz, boniatos, piñas, cocos, caza y pescado. Puede asegurarse que estos obsequios fueron sumamente apreciados por los rudos exploradores, después de tantos meses de pasar hambre. Los indios llevaron también a bordo varias llamas, que son los cuadrúpedos característicos y más valiosos de la América del Sur. El ameno, aunque mal informado historiador que ha contribuído más que otro hombre alguno en los Estados Unidos a propagar una interesante, pero absolutamente falsa idea del Perú, dice que la llama es el carnero peruano; pero es tan carnero como la jirafa. La llama es el camello sudamericano, un verdadero camello, aunque pequeño. Es el animal de carga cuyo andar lento y seguro y cuyo paciente lomo han permitido al hombre transitar por un país tan montañoso que en algunos sitios son inservibles los caballos. Además de hacer las veces de acémila, es productor de materia textil: de él se saca el pelo que sirve para tejer las prendas de ropa que usa el pueblo. Había tres clases más de camellos: la vicuña, el guanaco y la alpaca, todos pequeños y todos apreciados por su pelo, el cual para géneros finos es superior a la lana de los mejores carneros. Los peruanos domesticaron la llama en grandes rebaños e hicieron de ese cuadrúpedo su auxiliar más importante. Eran los únicos aborígenes en las dos Américas que tenían un animal de carga antes de llegar los europeos, excepto los apaches de las llanuras y los esquimales, los cuales utilizaban los perros y los trineos.
En Túmbez, Alonso de Molina fué enviado a tierra para ver la ciudad. Volvió con tan sorprendentes informes de templos dorados y grandes fortalezas, que Pizarro no le dió crédito y envió a Pedro de Candía. Este griego, natural de la isla de Candía, era hombre importante en el pequeño grupo de españoles. En todas partes eran entonces los griegos considerados como un pueblo versado en las todavía misteriosas armas, y toda Europa respetaba a los que habían inventado el «fuego griego», ese maravilloso agente que ardía por debajo del agua y que nadie sabe fabricar hoy día. Los griegos eran generalmente conocidos como «pirotécnicos», y eran muy solicitados como maestros de artillería.
Pedro de Candía bajó a tierra con su armadura y su arcabuz, causando con ambas cosas el pasmo de los habitantes; y cuando puso una tabla como blanco y de un balazo la hizo astillas, quedaron sobrecogidos por aquel extraño ruido y por el resultado. Candía dió informes tan encomiásticos como los de Molina, y los harapientos españoles empezaron a creer que al fin iban a realizarse sus dorados ensueños, y con esto cobraron nuevo aliento. Pizarro rehusó delicadamente aceptar los regalos de oro, plata y perlas que le ofrecieron los aterrorizados indígenas, y de nuevo volvió la proa hacia el Sur, navegando hasta cerca del 9° de latitud. Entonces, considerando que ya había visto bastante para justificar su vuelta en busca de refuerzos, se dirigió a Panamá. Alonso de Molina y un compañero se quedaron en Túmbez a petición suya, por gustarles mucho aquella tierra. En su lugar llevóse Pizarro dos jóvenes indios para que aprendiesen la lengua española. Uno de ellos a quien dieron el nombre de Felipillo, jugó más tarde un papel importante pero ignominioso. Los navegantes se detuvieron en la isla de Gorgona para recoger a sus dos camaradas que quedaron enfermos. El uno había muerto, pero el otro se unió de buen grado a sus compañeros. Y así, con sus doce hombres, Pizarro volvió a Panamá, después de diez y ocho meses de ausencia, habiendo amontonado en ese lapso de tiempo todos los sufrimientos y todos los horrores de una vida entera.
III
GANANDO TERRENO
Al gobernador Los Ríos no le impresionó el heroísmo de aquel pequeño grupo, y rehusó prestarle auxilio. Su situación parecía desesperada; pero el jefe no se amilanó. Determinó ir él mismo a España y dirigirse personalmente al Rey. Esta me parece a mí que fué una de sus más notables empresas. Aquel hombre, cuya niñez se deslizó entre cerdos, y que en su edad viril guardó rebaños de hombres rudos y mucho más peligrosos; que nada sabía de libros ni de etiquetas cortesanas, presentándose confiada, pero modestamente en la deslumbradora y rígida corte de España, mostraba otra faceta de su alto valor. Era lo mismo que si un deshollinador de Londres fuese mañana a pedir audiencia y mercedes a la Reina Victoria[14].
Pero Pizarro supo salir de aquélla, como de todas las otras crisis de su vida, de una manera honrosa. Estaba todavía sin ropa y sin un maravedí; pero Luque hizo una colecta para él de mil quinientos ducados, y en la primavera del año 1528 embarcó Pizarro para España. Llevó consigo a Pedro de Candía y algunos peruanos, con varias llamas, telas primorosamente tejidas por los indios y algunas joyas y vasijas de oro y plata para corroborar su relato. Llegó a Sevilla durante el verano, y fué en el acto encerrado en un calabozo por Enciso, en virtud de una cruel y antigua ley que por mucho tiempo prevaleció en todos los países civilizados, que permitía encarcelar por deudas. La historia de sus hechos no tardó en divulgarse, y por orden de la Corona fué puesto en libertad y llamado a la Corte. De pie ante el arrogante Carlos V, el analfabeto soldado contó su historia con tanta modestia, de un modo tan varonil y con tal claridad, que el emperador derramó lágrimas al oir el relato de tan horribles sufrimientos y se entusiasmó ante tan heroica entereza.
El rey estaba a punto de embarcarse para Italia en una misión importante; pero, ganado ya su corazón, dejó a Pizarro muy recomendado al Consejo de las Indias para que éste le ayudase en su empresa. Aquella docta pero grave corporación se movía lentamente, como suelen moverse los hombres que sólo han aprendido en libros y con teorías, y la dilación era peligrosa. Por fin la reina intervino en el asunto, y el veintiséis de julio de 1529 firmó de su propia y regia mano el precioso documento que hizo posible una de las más grandes y más brillantes conquistas que registra la historia de la humanidad. América debe mucho a las animosas reinas de España, lo mismo que a sus reyes. Recordamos lo que hizo Isabel para el descubrimiento del Nuevo Mundo, y ahora la esposa de Carlos V contribuyó de una manera igualmente honrosa al más interesante pasaje de la historia de América.
La capitulación o contrato en que dos personalidades tan diferentes y distantes figuran al lado una de la otra,--la primera firmando con letra clara: _Yo la Reina_, y el otro poniendo debajo: _Francisco (X) Pizarro_, fué la base de la fortuna de este último. El hombre que fuera víctima de la mofa y del abandono de espíritus mezquinos, que constantemente frustraran su más acariciada esperanza, se había ahora aquistado el interés y el apoyo de sus soberanos, y obtenido de ellos la promesa de un magnífico galardón; y seguros estamos de que un hombre de su calibre tenía más lejos de su pensamiento ese galardón que la posibilidad de realizar su soñado descubrimiento. Había tenido que atraerse auxiliares con el cebo de doradas esperanzas; y era natural y justo que, al cabo de cincuenta años de pobreza y privaciones, pensase también un poco en procurar para sí un tanto de comodidad y de riqueza. Pero no ha habido ni podrá haber hombre alguno que, por mera avaricia, lleve a cabo las proezas que realizó Pizarro. Semejantes éxitos sólo pueden alcanzarlos los grandes espíritus que persiguen los más altos ideales, y ciertamente la principal ambición de Pizarro era conseguir algo más noble y perdurable que el oro.
El contrato con la Corona concedió a Francisco Pizarro el derecho de fundar y establecer un imperio español en el país de Nueva Castilla, que tal fué el nombre que se dió al Perú. Se le otorgaba permiso «para explorar, conquistar, pacificar y colonizar» las tierras desde Santiago hasta un punto distante doscientas leguas al sur, y de esa vasta y desconocida nueva provincia sería gobernador y capitán general, que era el más elevado cargo militar. Se le daba, además, los títulos de Adelantado y Alguacil mayor de por vida, con un sueldo anual de 725,000 maravedises. A Almagro se le nombraba comandante de Túmbez, con una renta anual de 300,000 maravedises y el rango de hidalgo. El buen Padre Luque fué nombrado obispo de Túmbez y protector de los indios con mil ducados anuales. A Ruiz se le dió el título de gran piloto de los mares del Sur; Candía fué nombrado comandante de artillería, y a los otros que tan bizarramente permanecieron al lado de Pizarro en la isla solitaria, se les concedió el título de hidalgos.
A cambio de estas mercedes se le exigió a Pizarro la promesa de observar las generosas leyes españolas para el gobierno, protección y educación de los indios, y que llevara con él sacerdotes expresamente para convertir los naturales al cristianismo. Tenía además que reunir una fuerza de doscientos cincuenta hombres en seis meses, y equiparlos bien, contando con un pequeño auxilio de la Corona; y dentro de los seis meses de su llegada a Panamá, debía salir con la expedición para el Perú. También se le hizo caballero de la orden de Santiago, y elevado así de repente a la altiva nobleza de España, se le permitió añadir las armas reales a las de los Pizarros, con otros timbres conmemorativos de sus proezas: una ciudad india, con un buque en la bahía y el pequeño camello del Perú. Esto era un sorprendente y significativo cúmulo de honores, muy difíciles de comprender para los que sólo estamos habituados a las instituciones republicanas. Borró para siempre la mancilla del nacimiento de Pizarro y le dió un sitio esclarecido. Fué eso tanto más importante, por cuanto demostraba que la Corona reconocía de este modo el rango de Pizarro en la conquista de América. Cortés nunca ganó y nunca recibió tal distinción.
Esta división de honores dió pie a muy serios disgustos. Almagro jamás perdonó a Pizarro su mayor exaltamiento, y le acusó de haber procurado lo mejor para sí, egoísta y traicioneramente. Algunos historiadores se han puesto de parte de Almagro; pero tenemos fundados motivos para creer que Pizarro obró con rectitud e integridad. Como él mismo expuso, hizo cuantos esfuerzos pudo para inducir a la Corona a conceder los mismos honores a Almagro; pero la Corona se negó a ello. Mas, aun sin tener en cuenta la palabra de Pizarro, era una medida política muy prudente que la Corona rehusase esa petición. En cualquier parte, la coexistencia de dos jefes constituye siempre un peligro, y España había ya tenido en tal sentido una experiencia demasiado amarga en América, para dar lugar a una repetición. Dispuesta estaba a conceder todos los honores y dar estímulos a los brazos; pero debía haber solamente una cabeza, y ciertamente cualquiera que se fije en la diferencia mental y moral que había entre los dos hombres y en lo que fueron sus acciones y los resultados, antes y después de la regia concesión, admitirá que la Corona de España hizo favor a Almagro en su estimación y le dió ciertamente cuanto él valía. En todo el contrato se transparentan los esfuerzos de Pizarro en favor de su socio, el ingrato y después traidor Almagro, y eso lo corrobora plenamente la prolongada paciencia y la clemencia de Pizarro para con su vulgar, innoble y cada vez más empecatado camarada. No era Pizarro de esos hombres a quienes la fortuna les trastorna la cabeza. Ni lo aplastaba la adversidad, ni, lo que es más raro todavía, le embriagaba el éxito más brillante, en lo cual se elevaba a mayor altura que Napoleón, que era más grande como genio, pero menos noble como hombre. Elevado de una abyecta y prolongada pobreza al más alto pináculo de la riqueza y de la fama, Pizarro fué siempre el mismo hombre tranquilo, modesto, prudente, heroico, temeroso de Dios y agradecido a sus beneficios. El éxito sólo contribuyó a hacer más vil la naturaleza de Almagro, y su fin fué ignominioso.