Los exploradores españoles del siglo XVI
Part 11
La manera de atender al mantenimiento de los misioneros era muy sencilla. Además del pequeño salario que le pagaba el sínodo, el pastor debía recibir algún auxilio de su parroquia. Esa era una necesidad así moral como material. Es un principio, reconocido en todas las iglesias, que el interés que en ellas se toma depende en parte de las dádivas personales. Así, pues, las leyes españolas exigían de los pueblos la misma contribución a la iglesia que la establecida por Moisés. Cada familia india tenía que dar el diezmo y las primicias de los frutos a la iglesia, como los habían siempre dado a sus caciques paganos. Esto no era una carga para los indios y mantenía el misionero con un modesto pasar. Por supuesto que los indios no daban un diezmo; al principio daban lo menos que podían. El alimento que llevaban al padre consistía en maíz, judías y calabazas, con sólo un poquito de carne, que rara vez conseguían en la caza, porque pasó mucho tiempo antes de que hubiese manadas de vacas o rebaños de carneros que se la proporcionasen. También dependía de su insegura congregación para que le ayudase a cultivar su pequeña huerta; para que le suministrase leña con que calentarse en aquellas frías alturas, y hasta para que le diese agua, pues no había allí acueductos ni pozos y era preciso ir a buscar el agua a largas distancias y traerla en grandes jarras. Teniendo que depender por completo, para su subsistencia, de gente tan sospechosa, recelosa y traicionera, el buen hombre con frecuencia debía padecer hambre y frío. Excusado es decir que no había tiendas, y si no podía obtener comestibles de los indios, no tenía más remedio que morirse de hambre. La leña se hallaba en algunos casos a veinte millas de distancia, como lo está hoy de Isleta. Y no eran pocas sus tareas. No tan sólo tenía que convertir aquellos paganos al cristianismo, sino además enseñarles a leer y escribir, a cultivar mejor sus tierras y, en general, a trocar su barbarie por la civilización.
Cuán difícil era esa labor, apenas puede apreciarlo el estadista moderno; pero lo que costaba en sangre sí lo comprenderá cualquiera. No se reducía todo a que de vez en cuando una ingrata congregación matase a uno de esos hombres abnegados: eso era casi una costumbre; ni tampoco que pecasen de ese modo una o dos poblaciones. Los pueblos de Taos, Picuries, San Ildefonso, Nambé, Pojoaque, Tesuque, Pecos, Galisteo, San Marcos, Santo Domingo, Cochití, San Felipe, Puaray, Jemez, Acoma, Halona, Hauicu, Ahuatui, Mishongenivi y Oraibe--veinte diferentes poblaciones--, tarde o temprano asesinaron a sus respectivos misioneros. Algunos de ellos reincidieron en el crimen varias veces. Hasta el año 1700, _cuarenta_ de esos pacíficos héroes grises habían sido inmolados por los indios en Nuevo Méjico; dos de ellos por los apaches, y los demás por sus respectivas congregaciones. De los últimos, uno fué envenenado; los otros sufrieron una muerte horrible y cruenta. Todavía en el siglo pasado algunos misioneros fueron misteriosamente envenenados con tósigos secretos, arte diabólico en que los indios eran y son aún muy duchos; y cuando había muerto el misionero, los indios incendiaban la iglesia.
Conviene no perder de vista un hecho muy importante. No tan sólo llevaron a cabo esos maestros españoles una obra de catequesis como no se ha realizado en parte alguna, sino que, además, contribuyeron grandemente a aumentar los conocimientos humanos. Había entre ellos algunos de los más notables historiadores que América ha tenido, y eran contados entre los hombres más doctos en todos los ramos del saber, especialmente en el estudio de las lenguas. No eran meros cronistas, sino versados en las antigüedades del país, en sus artes y en sus costumbres: realmente historiadores que sólo pueden parangonarse con los grandes clásicos, Herodoto y Estrabón. La larga y notable lista de autores misioneros españoles incluye nombres como Torquemada, Sahagún, Motolinia, Mendieta y muchos otros; y sus voluminosas obras nos sirven de grande e indispensable ayuda para el estudio de la verdadera historia de América.
VIII
EL SALTO DE ALVARADO
Si alguna vez fuese el lector a Méjico,--y espero que pueda ir, pues esa antigua ciudad, que era ya vieja y populosa cuando nació Colón, está llena de romántico interés--, le mostrarán, en la Rivera de San Cosme, el sitio histórico que se designa todavía con el nombre de «El Salto de Alvarado». Es ahora una calle ancha y urbanizada, con su tranvía, sus hermosos edificios, animada con el vaivén de gente extraña y contenta, sin que pueda observarse en aquel sitio nada que recuerde los terrores de la noche más cruel que relata la historia de América: la llamada «Noche Triste».
El salto de Alvarado se cuenta entre las proezas más famosas de la historia, y el que lo dió fué una de las figuras más notables entre los exploradores del Nuevo Mundo. En la primera gran conquista se condujo gallardamente, y con el relato de las hazañas que realizó entonces y después, podría componerse una novela fascinadora. Alto, guapo, de rubios cabellos y encendida tez, joven, vehemente y generoso, valiente soldado y agradable compañero, era Alvarado el amigo predilecto así de los españoles como de los indios. Aun cuando por algún motivo no era bien quisto de Hernán Cortés, constituía su brazo derecho, y durante la conquista de Méjico estuvo generalmente en los puestos de mayor peligro. Habíase educado en un colegio: escribía con letra grande y clara, lo cual no era muy común en aquella época, y su firma era muy legible. No era un gran caudillo como Cortés, pues su valor daba a veces al traste con su prudencia; pero, como oficial, en el campo de batalla mostrábase tan intrépido y denodado como el que más.
Era el capitán don Pedro de Alvarado natural de Sevilla, y fué al Nuevo Mundo en el vigor de la edad, no tardando en señalarse en Cuba por su bizarría. En 1518 acompañó a Grijalba en el viaje en que descubrió Méjico, y a su regreso a Cuba fué portador de los pocos tesoros que ambos habían recogido. Al año siguiente, cuando Cortés embarcó para ir a conquistar aquella nueva y maravillosa tierra, Alvarado le acompañó como teniente. Tomó una parte importantísima en todos los brillantes hechos de aquella romántica aventura. En el momento crítico en que fué necesario apoderarse del traidor Moctezuma, fueron eficaces la actividad y cooperación de Alvarado. Mientras el cacique estuvo en rehenes, Alvarado tuvo ocasión de tratarle, y su franqueza le captó las simpatías del guerrero indio. Quedó al mando de la pequeña guarnición de Méjico cuando Cortés marchó en su audaz pero feliz expedición contra Narváez, y desempeñó muy bien aquel delicado cargo. Antes del regreso de Cortés, notáronse los síntomas de un levantamiento de los indios con la famosa danza de guerra. Alvarado se hallaba solo, y tuvo que hacer frente a la crisis bajo su propia responsabilidad. Pero estuvo a la altura de las circunstancias. Comprendía muy bien el sangriento designio de la ominosa danza, como lo conocen cuantos han peleado con los indios, y cuál era el mejor modo de atajarlo. En su infortunada tentativa de apoderarse de los exorcistas que excitaban al populacho a asesinar a los extranjeros, Alvarado quedó mal herido. No obstante, tomó parte en la desesperada resistencia a los asaltos de los indios, en que fueron heridos casi todos los españoles. En aquella terrible lucha para defender su fortaleza de adobe, así como en las audaces salidas para rechazar las sitiadoras hordas salvajes, se destacaba siempre la figura del rubio teniente. Cuando Cortés, que había ya regresado con sus refuerzos, vió que la situación en la capital era insostenible y que su única salvación era intentar la retirada de la ciudad lacustre a tierra firme, el puesto de honor le tocó a Alvarado. Había mil doscientos españoles y dos mil aliados tlaxcaltecas, y esta fuerza se dividió en tres mandos. Dirigía la vanguardia Juan Velázquez; la segunda división iba a las órdenes de Cortés y la tercera, que debía sostener toda la furia de la persecución, la mandaba Alvarado.
Reinaba la mayor inquietud cuando salieron, gateando, los españoles de su refugio para escapar por el malecón.
Era una noche lluviosa e intensamente obscura, y con los cascos de los caballos y las ruedas de su pequeño cañón cubiertos de trapos para no hacer ruido, los españoles avanzaban lo más cautelosamente posible por la angosta lengua de tierra que unía la ciudad del lago con el continente.
Este terraplenado viaducto estaba cortado por tres anchos canales, y para cruzarlos llevaban los soldados un puente portátil. Mas a pesar de su cautela, no tardaron los indios en darse cuenta de su salida. Apenas habían abandonado el cuartel y emprendido la marcha por el viaducto, cuando los toques del monstruoso tambor de guerra, el «tlacan huehuetl», desde la cumbre de la pirámide de los sacrificios, rompieron el silencio de la noche sonando a sus oídos como el toque de agonía de sus esperanzas. Todavía infunde terror ese feroz rugido del gigantesco timbal colocado sobre un trípode, que se usa aún y puede oirse a quince millas de distancia; pero para los españoles anunciaba su perdición. Vieron encenderse varias hogueras en el Teocali, y correr en su persecución numerosos enjambres de indígenas.
Corriendo tan aprisa como se lo permitían sus heridas y su impedimenta, llegaron los españoles salvos al primer canal. Echaron sobre él su puente y empezaron a desfilar por éste. Entonces los indios se agruparon en sus canoas a cada lado del viaducto, y los atacaron con su característica ferocidad. Los soldados, rodeados por las turbas, luchaban mientras seguían avanzando. Pero, al cruzar la artillería el puente, éste se vino abajo, precipitando al agua cañón, hombres y caballos, que no se levantaron más. Entonces empezaron los inenarrables horrores de la «Noche Triste». No había retirada posible para los españoles, quienes se veían atacados por todos lados. Los que venían detrás, empujaban a los de delante, que no podían detenerse ni siquiera ante el canal de agua negruzca. En el borde estaban apiñados hombres y caballos en la más densa obscuridad, y todavía venían empujando los de detrás, hasta que, por último, el canal quedó atestado de cadáveres, y los supervivientes tenían que pasar por encima de aquel hacinamiento de sus muertos. Velázquez, que mandaba la vanguardia, fué herido, y españoles y tlaxcaltecas caían como mieses segadas por la hoz. El segundo canal, lo mismo que ambos lados del viaducto, estaba bloqueado por canoas, llenas de guerreros salvajes, y allí se produjo otra sangrienta pelea, que duró hasta que aquel boquete quedó también atascado con los heridos, teniendo los fugitivos que pasar por un puente de cadáveres para llegar al otro borde del viaducto. Alvarado, luchando a retaguardia para contener a los indios que les atacaban por el terraplén, fué el último en cruzar, y antes de que pudiera seguir a sus camaradas, la corriente, barriendo súbitamente la macabra obstrucción, dejó otra vez despejado el canal. Debajo de Alvarado cayó muerto su fiel caballo; él también estaba mal herido; sus compañeros se habían alejado y el despiadado enemigo lo rodeaba por todas partes. No podemos menos de recordar al héroe romano...
«aquel héroe tan valiente que defendió audaz el puente, y a quien dedica la historia una página de gloria».
La situación de Alvarado era tan desesperada como la de Horacio Cocles, y con el mismo varonil denuedo supo colocarse a su altura. Con una rápida ojeada comprendió que lanzarse al agua sería una muerte segura. Entonces, mediante un supremo esfuerzo de su vigorosa musculatura, apoyóse en la lanza y saltó. La distancia era de diez y ocho pies[12]. Hay memoria de otros saltos bastante más largos. Nuestro propio Washington, cuando en su juventud se dedicaba a juegos atléticos, saltó una vez más de veinte pies tomando carrera. Pero considerando las circunstancias, la obscuridad, sus heridas y el peso de su armadura, el prodigioso salto de Alvarado no ha sido quizá sobrepujado por otro alguno.
Pero Alvarado saltó, y el héroe de esa proeza subió tambaleándose por la margen opuesta, hasta ir a reunirse con sus compatriotas.
A partir de aquel momento, los que quedaban siguieron luchando por el viaducto hasta llegar a tierra firme. Los indios abandonaron por fin la persecución, y los españoles, exhaustos, pudieron respirar y contar los que se habían salvado. Muy pocos habían quedado con vida. Nada tiene de extraño, según dice la leyenda, que su valiente general, acostumbrado como estaba a reprimir estoicamente sus sentimientos, se sentase bajo el ciprés que se enseña todavía con el nombre de «El árbol de la Noche Triste», y derramase lágrimas viriles al contemplar los lastimosos restos de su valeroso ejército. De los mil doscientos españoles que antes tenía, ochocientos sesenta perecieron, y de los supervivientes no había uno solo que no estuviese herido. También habían muerto dos mil indios tlaxcaltecas aliados suyos. A no ser porque los indígenas trataban menos de matar que de aprisionar a los españoles para darles una muerte más horrible con la cuchilla de sacrificar, ni uno solo se hubiera salvado. Aun así, los supervivientes vieron más tarde a unos sesenta de sus camaradas descuartizados sobre el altar del gran Teocali.
Perdióse toda la artillería, como también todo el tesoro. Ni un grano de pólvora quedó en condición de poder utilizarse, y sus armaduras quedaron tan abolladas y rotas, que no parecían las mismas. Si los indios les hubiesen perseguido entonces, los hombres, exhaustos, hubieran sido fáciles víctimas. Pero después de aquella terrible pelea, también descansaban los indígenas, lo cual permitió que pudiesen escapar los españoles. Dirigiéndose al pueblo amigo de Tlaxcala, dando un rodeo para escapar de sus enemigos; pero fueron atacados en todos los pueblos intermedios. La lucha más desesperada tuvo efecto en las llanuras de Otumba. Rodeados y acosados por los naturales, los españoles se consideraban ya perdidos. Afortunadamente Cortés reconoció a uno de los exorcistas por su rico ropaje, y en una última y desesperada carga, ayudado por Alvarado y otros pocos oficiales, derribó al sujeto de quien los supersticiosos indios hacen depender el éxito de la guerra. Muerto el mago, sus aterrorizados secuaces cejaron, y de nuevo los españoles se vieron libres de las garras de la muerte.
En el sitio de Méjico, que fué el más sangriento asedio que registra la historia de América, Alvarado fué quizá la figura más preeminente después de Cortés. Este gran general era el cerebro de aquella notable campaña, y un cerebro de gran valía. No hay nada en la historia que pueda compararse con su empresa de hacer construir trece bergantines en Tlaxcala y transportarlos a hombros de sus soldados a más de cincuenta millas tierra adentro y por encima de las montañas, para botarlos en el lago de Méjico a fin de que ayudasen a poner el sitio. Lo que más se le parece es el gran hecho de Balboa transportando dos bergantines a través del istmo. Las hazañas del gran cartaginés Aníbal en el sitio de Tarento, y las del «Gran Capitán» español, Gonzalo de Córdoba, en la misma plaza, no son comparables en modo alguno con aquéllas.
En los setenta y tres días que duró el sitio, era Cortés la cabeza y Alvarado su brazo derecho. El bizarro teniente mandaba la fuerza que atacó por el mismo viaducto por donde se retiraron en la _Noche Triste_. En una de las batallas le mataron a Cortés el caballo que montaba, y los indios se llevaban arrastrando al conquistador, cuando uno de sus pajes se abalanzó sobre ellos y le salvó la vida. En el asalto final y en la desesperada lucha dentro de la ciudad, Cortés iba al frente de una mitad de los soldados españoles, y Alvarado mandaba la otra mitad, y éste fué el que dirigió la toma por asalto del gran Teocali.
Después de la conquista de Méjico, en que ganó tantos laureles, Alvarado fué enviado por Cortés con una pequeña fuerza a conquistar Guatemala. Marchó allá por Oaxaca y Tehuantepec, encontrando la resistencia característica de los indios. Había en Guatemala tres tribus principales: los Quiché, los Zutuhil y los Caciquel. Los Quiché le hicieron frente en campo abierto, y los derrotó. Entonces se rindieron formalmente, hicieron la paz y le invitaron a visitarles como amigo en su pueblo de Utatlán. Cuando los españoles estaban seguros en la ciudad y rodeados por los indios, éstos pegaron fuego a las casas y atacaron ferozmente a sus medio asfixiados huéspedes. Después de un empeñado encuentro, Alvarado los derrotó y dió muerte a los cabecillas. Las otras dos tribus se sometieron, y en cosa de un año Alvarado y su pequeña fuerza habían llevado a cabo la conquista de Guatemala. Los servicios de aquél fueron recompensados con su nombramiento de gobernador y Adelantado de la provincia, y fundó la ciudad de Guatemala, que en su tiempo probablemente llegó a ser lo que Méjico era entonces: una ciudad de quince a veinte mil habitantes indios y mil españoles.
El gobernador Alvarado se ausentaba con frecuencia de la capital. Había que efectuar muchas expediciones por aquel desierto nuevo mundo. Su más importante jornada la realizó en 1534, cuando, construyendo sus buques como de costumbre, salió para el Ecuador y llevó a cabo una marcha dificultosa por el interior, hasta llegar a Quito, donde se encontró en territorio de Pizarro. Entonces regresó a Guatemala sin provecho alguno.
Durante una de sus ausencias prodújose el terrible terremoto que destruyó la ciudad de Guatemala y causó a Alvarado una irreparable pérdida, a la cual nunca se resignó. Más arriba de la ciudad se elevaban dos grandes volcanes: el Volcán de Agua y el Volcán de Fuego. El Volcán de Agua estaba extinto y su cráter inundado por un lago. El Volcán de Fuego estaba, y está todavía, en erupción. En aquel memorable temblor de tierra, el borde de lava del Volcán de Agua quedó hendido por la convulsión, y aquel volumen de agua se precipitó como un torrente sobre la malhadada ciudad. Millares de personas perecieron bajo las paredes que se derrumbaban y en la impetuosa corriente, y entre los que así se perdieron, hallábase la esposa de Alvarado, doña Beatriz de la Cueva. Su muerte causó al valiente soldado un gran desaliento, porque la amaba tiernamente.
En los tiempos borrascosos que atravesó Méjico, después que Cortés hubo terminado su conquista y empezó a malearse en la prosperidad y a ponerse en evidencia de un modo indigno, el apoyo de Alvarado fué solicitado y obtenido por el grande y buen virrey Antonio de Mendoza, uno de los hombres de gobierno más notables de todas las épocas. No fué eso una traición por parte de Alvarado hacia su antiguo jefe, pues Cortés había traicionado no solamente a la Corona, sino también a sus amigos. La causa de Mendoza era la causa del buen gobierno y de la lealtad.
Se había hecho necesario domeñar a los indios hostiles Nayares, quienes habían causado a los españoles muchos trastornos en la provincia de Jalisco, y en esa campaña Alvarado se unió a Mendoza. Los indios se retiraron a la cima del ingente y, al parecer, inexpugnable risco de Mixtón, y había que desalojarlos a toda costa. El asalto de aquella roca puede compararse con el de Acoma y es uno de los más desesperados y brillantes de que hay recuerdo. El virrey mandaba en persona; pero la verdadera proeza la realizaron Alvarado y un oficial compañero suyo. Al ir a escalar el risco, Alvarado fué herido en la cabeza por una roca que dejaron rodar los salvajes, y murió a consecuencia de la herida; pero no sin ver que sus compañeros alcanzaban una brillante victoria.
El oficial que, después de Alvarado, merece citarse como héroe del Mixtón, fué Cristóbal de Oñate, hombre distinguido por muchos conceptos. Era un oficial de valía, de espíritu activo y diligente, y uno de los primeros millonarios de Norteamérica, siendo, además, el padre del colonizador de Nuevo Méjico, Juan de Oñate. El 11 de junio de 1548, algunos años después de la batalla de Mixtón, descubrió Oñate las más ricas minas de plata del continente, las de Zacatecas, en la pelada y desolada meseta donde se halla ahora la ciudad mejicana de aquel nombre. Esas grandes venas de arseniato rubí y negro y de plata virgen, formaron los primeros millonarios de Norteamérica, así como la conquista del Perú, hizo los primeros del continente del sur. Las minas de Zacatecas no eran tan vastas como las que se explotaron en Potosí, de Bolivia, las cuales produjeron, de 1541 a 1664, la inconcebible suma de 641.250,000 pesos en plata; pero las minas de Zacatecas también fueron enormemente productivas. Su corriente de plata fué la primera realización de los ensueños de vasta riqueza en el continente del norte, y causó un prodigioso cambio comercial en esa parte del Nuevo Mundo. En la localidad, el descubrimiento redujo el precio de las subsistencias cerca de un noventa por ciento. Nunca fué Méjico un país de mucho oro; pero durante más de tres siglos ha sido uno de los principales productores de plata. Lo es aún hoy día, si bien su producción no es tan crecida como la de los Estados Unidos.
Cristóbal de Oñate fué, por lo tanto, un hombre muy importante en la obra del destino. Su «bonanza» hizo de Méjico un nuevo país comercialmente, y supo hacer de sus millones mejor uso que el que se hace en nuestros días, pues se les empleó en la construcción de dos de las primeras ciudades de los Estados Unidos.
IX
EL VELLOCINO DE ORO
Todos sabemos de aquel extraño vellocino amarillo que, guardado por un dragón, estaba colgado en el sombreado bosquecillo de Colcos, y de cómo Jasón y sus argonautas ganaron el premio, después de muchos peligros y peripecias. Ahora bien; en nuestro propio Nuevo Mundo hemos tenido un vellocino de oro más deslumbrador que aquel que trató de ganar el mitológico pupilo del viejo Quirón, pero que nadie llegó a capturar, no obstante haberlo probado hombres más valientes que Jasón. Realmente hubo centenares de Jasones que lucharon más bravamente y sufrieron mucho mayores contrariedades, y que, sin embargo, nunca llegaron a conseguir el premio. Porque el dragón que guardaba el vellocino de oro americano no era un quimérico perro faldero como el de Jasón, que se tragase una pócima, y se echase a dormir; era un monstruo mayor que toda la tierra en que vivían los argonautas y que todos los países en que viajaron; un monstruo que todavía no ha logrado ningún hombre, ni toda la humanidad, hacer desaparecer: el mortífero monstruo de los trópicos.
El mito de Jasón es uno de los más hermosos de la antigüedad, y hasta es más que bello. Empezamos ahora a comprender la importante influencia que puede tener un cuento de hadas sobre conocimientos más serios. Un mito tiene siempre, en cierta parte, algún fundamento de verdad, y esa oculta verdad puede ser de un valor perdurable. Estudiar la historia sin fijar la atención en los mitos que relata, es prescindir de una preciosa luz auxiliar que puede iluminar determinados hechos. El progreso humano, en casi todas sus fases, ha sentido la influencia de este raro pero poderoso factor. ¿Dónde imagina el lector que estaría hoy la química, si la piedra filosofal y otros mitos no hubiesen inducido a los viejos alquimistas a escudriñar los misterios, donde nunca hallaron lo que buscaban, pero encontraron verdades de la mayor valía para la humanidad? La geografía en particular, ha debido más bien a los mitos que a la invención escolástica el llegar a ser una ciencia, y el mito de oro ha sido en todo el mundo el profeta y la inspiración de los descubrimientos y el moldeador de la historia.