Chapter 3
--Naturalmente, yo también he recibido algunos golpes--le confesaba francamente al doctor Chevirev--. Un diablo muy grande ha cogido una viga y me la ha tirado entre las piernas, me ha hecho caer y ha pretendido estrangularme. Pero yo he acabado por vencerle. ¡Se ha llevado lo suyo!... Me han amenazado cuando huían con volver esta noche. Si oye usted ruido, no se asuste; pero venga y verá. ¡Es interesante; se lo aseguro!
Y seguía durante largo rato, con gran copia de curiosos detalles, hablando del combate nocturno.
Pero, de todos los enfermos, el que peor estaba era Petrov. Las nieblas del otoño, que por las ventanas invadían la clínica, le inspiraban la idea de que todo se había acabado, y a cada momento esperaba un suceso terrible. El presentimiento de una desgracia próxima era en él tan intenso, que permanecía horas y horas inmóvil, sin atreverse a levantarse. Estaba seguro de que mientras no se moviese nada malo podía ocurrirle, y de que con sólo levantarse, con sólo moverse de su sitio, con sólo volver la cabeza, la desgracia terrible ocurriría inmediatamente. Pero una vez en pie, y habiendo comenzado a andar, no se atrevía ya a pararse, pues se le antojaba que el peligro estaba precisamente en la quietud. Y andaba más aprisa a cada momento, volviéndose con una frecuencia creciente, lanzando en todas direcciones miradas de pavor, hasta que caía muerto de cansancio en la cama.
Por la noche escondía la cabeza bajo las almohadas y las sábanas, de tal manera que se ahogaba; pero no se atrevía a sacarla, aunque la habitación estaba bien alumbrada y frente a la cama dormía una enfermera, a quien el doctor, en vista del estado inquietante de Petrov, había encargado de vigilarle toda la noche. Como durante el día, Petrov unas veces no se atrevía a moverse y parecía un cadáver, y otras sacudía todo el cuerpo, como si temblara de frío. Todo su horror se concentraba en su madre, en la pobre vieja de cara pálida. No pensaba ya que fuera cómplice de los médicos que querían perderle. Ni siquiera razonaba el horror que le inspiraba; pero temía ver su cara y oírle decir: «¡Hijito mío!»
No sabía lo que ocurriría en ese momento, y no se atrevía a pensarlo. Y a toda hora sentía que la pobre vieja estaba allí, muy cerca. Estaba seguro de que se paseaba por el bosque vecino, con su gorro de pieles, y de que se ocultaba debajo de la mesa, debajo de la cama, en todos los rincones obscuros. Durante la noche permanecía en pie detrás de la puerta, tratando de abrirla suavemente.
El domingo anterior, por la mañana, había estado a verle. Durante una hora estuvo llorando en el aposento del doctor; Petrov no la vio; pero a media noche, cuando todos dormían ya, tuvo un ataque de locura. Se llamó a toda prisa al doctor, que estaba en Babilonia, y cuando llegó, Petrov se encontraba ya mucho mejor, gracias a la presencia de gente y a una fuerte dosis de morfina que le habían dado; pero seguía temblando de pies a cabeza y jadeando. Medio ahogándose, iba y venía de un cuarto a otro y renegaba de todo y de todos: de la clínica, del personal, de la enfermera, que se dormía en vez de velar. Cuando entró el doctor, le recibió lleno de ira.
--¡Tiene gracia esta casa de locos!--gritaba sin dejar de andar--. ¡Vaya una casa de locos! Ni siquiera cierran las puertas de noche, y cualquiera... si le da la gana... ¡Me quejaré! Si no puede usted ni tener un guarda, ¿para qué se mete a abrir clínicas? ¡Es una bribonada! ¡Sí, señor, una bribonada! ¡Roba usted a sus enfermos! ¡Abusa de su confianza! Le creen a usted un hombre honrado, y usted...
--A ver el pulso--dijo el doctor Chevirev.
--Tómemelo, si quiere; pero no se crea que voy a dejarme engañar con el pulso y otras zarandajas.
Petrov se detuvo, y, mirando con ira el rostro afeitado del doctor, preguntó de repente:
--¿Estaba usted en el Babilonia?
El doctor hizo con la cabeza un signo afirmativo.
--¡Qué! ¿Se está bien allí?
--Sí.
--¡Ya lo creo que se está bien! ¿Por qué no? Sin embargo, hay que tener cuidado de que cierren las puertas. No hay que olvidar la clínica por el Babilonia.
Se echó a reír a carcajadas; pero sus labios temblaban, y su risa parecía el ladrido de un perro con frío.
--Sí; voy a dar orden de que cierren siempre las puertas. Le ruego a usted que me perdone; ha sido un descuido del personal.
--Para usted tal descuido acaso no tenga importancia, mientras que para mí podría tenerla muy grande. Pero le perdono a usted por esta vez.
Luego, dirigiéndose al enfermero y a los guardas, les dijo severamente:
--¿Han oído ustedes? ¡Cierren en seguida las puertas!
Y añadió riendo:
--De lo contrario, yo y el doctor nos iremos inmediatamente a pasar el rato al Babilonia.
Cuando se logró que Petrov se retirase a su aposento y se acostase, el doctor subió a sus habitaciones. En el corredor, junto a la escalera, encontró a la enfermera; se hallaba completamente vestida, y sus ojos brillaban.
--¡Doctor!--murmuró.
Estaba tan emocionada, que no podía continuar.
--¡Doctor!--repitió, sin alzar la voz.
--¡Ah, es usted! ¿No se ha acostado todavía? Es ya tarde.
--¡Doctor!
--¿Qué hay? ¿Necesita usted algo?
--¡Doctor!
Le faltaron ánimos. ¡Quería decirle tantas cosas! Le hubiera hablado de su amor, del Babilonia, del champaña, de que abusaba. Pero se limitó a preguntar:
--¿Hay que darle bromuro a Polakov?
--¡Desde luego! ¡Buenas noches!
--Muy buenas. ¿Volverá usted a irse?
El doctor consultó su reloj. Eran las tres y media.
--No, es demasiado tarde. No saldré ya.
--¡Gracias!
Ahogó un sollozo y huyó a su habitación, a llorar, tan pequeña en el amplio y largo corredor, que parecía una niñita.
El doctor la siguió con la vista, consultó de nuevo su reloj y, sacudiendo la cabeza, se dirigió a sus habitaciones.
El día siguiente fue gris, y, aunque no llovió, hizo mucho frío. El invierno se echaba encima. El barro no tardó en secarse. A las cuatro, cuando se hizo salir un rato a los enfermos a tomar el aire, las avenidas estaban completamente secas, el suelo parecía de piedra y las hojas caídas crujían bajo las pisadas.
El doctor, Pomerantzev y Petrov se paseaban a lo largo de la avenida. El doctor y Petrov callaban; Pomerantzev se divertía en hundir los pies entre las hojas secas, y miraba a cada instante atrás, para ver si quedaban huellas. Charlaba acerca del otoño en Crimea, aunque él no había estado allí nunca; acerca de la caza, que no conocía, y acerca de otras muchas cosas incoherentes, pero divertidas y no desprovistas de interés.
--¡Sentémonos!--propuso el doctor.
Sentáronse en un banco; el doctor, entre ambos enfermos. Veían ante ellos el cielo frío, de nubes grises y pálidas, muy elevadas.
Las tinieblas descendían. Lejos, por encima de los árboles del bosque, que se veía apenas, cerníase una bandada de grajos en busca de un lugar donde pasar la noche. Formaban una larga cinta viviente, y aunque eran numerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, el temor de una interminable noche fría, una queja dolorosa. Varios grajos se destacaron de la bandada, y cuando estuvieron más cerca, pudo verse que cuatro de ellos perseguían a otro; después todos desaparecieron tras el bosque.
Petrov, considerablemente calmado después del ataque de la víspera, miraba fijamente, ora a los pájaros, ora al médico. Guardaba un silencio tenaz. Pomerantzev también había enmudecido, y con gesto severo miraba a lo alto.
--Se está bien ahora en casa--dijo con una voz que parecía, no se sabe por qué, de asombro--. No estaría mal tomar ahora te.
--¡Vuelan aquí!--dijo Petrov.
Se puso pálido y se acercó más al doctor.
--¿Vamos?--propuso éste--. Usted, señor Pomerantzev, vaya delante.
Estas palabras sonaron en los oídos de Pomerantzev como una llamada al poder. Se irguió orgullosamente, y empezó a andar con paso firme, imitando con las manos los movimientos de un tambor y tarareando algo parecido a una marcha guerrera.
--¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!
De esta suerte, tamborileando y andando con paso marcial, avanzaba delante del doctor y de Petrov, que, inconscientemente, seguían el compás. Petrov se estrechaba contra el doctor y miraba con ansia, volviendo la cabeza, la bandada de grajos en el cielo frío y a cada momento más obscuro.
--¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!
El guarda, habiendo visto desde lejos llegar al doctor, abrió la puerta de par en par. Pomerantzev entró el primero, con paso solemne, la cabeza orgullosamente echada atrás y tamborileando. Los otros dos le seguían. En el umbral de la puerta, Petrov dirigió una mirada atrás, y su rostro expresó un miedo horrible.
A media noche se levantó un viento muy fuerte. Sacudía el cinc del tejado y parecía atacar furiosamente a toda la clínica.
Aquella noche Petrov se murió de terror.
VI
Se transportó al muerto a una vasta habitación fría, que existe en todos los hospitales, destinada a tal fin; se le lavó y se le vistió con una levita negra, que se le abrochó sobre el pecho.
Al día siguiente llegaron la madre de Petrov y su hermano mayor, un escritor muy conocido. Después de pasar algunos momentos con el muerto, volvieron al aposento del doctor. La anciana, completamente quebrantada por el dolor, apenas entró en el salón de Chevirev, se dejó caer en el sofá; pequeña, consumida por una larga vida de sufrimientos, parecía un bultito negro, de faz pálida y cabellos blancos. Derramando lágrimas heladas de anciana, empezó a contar prolijamente de qué manera en la familia amaban a su hijo Sacha y el terrible golpe que había sido para ellos su enfermedad inesperada. No había habido nunca locos en la familia, ni aun en las generaciones precedentes. El propio Sacha había sido siempre un joven sano, aunque un poco desconfiado. La anciana insistía en este punto. Se diría que trataba de justificarse, de demostrar algo; pero no lo lograba.
El doctor procuraba, con breves réplicas monosilábicas, tranquilizarla; el escritor, alto, sombrío, de cabellos negros, algo parecido a su hermano muerto, iba y venía con paso nervioso de un extremo a otro de la estancia, torturaba su barba, miraba por la ventana y daba a entender claramente, con su actitud, que las palabras de su madre le desagradaban. Tenía su opinión sobre la enfermedad de su hermano, muy sabia, fundada en los datos de la ciencia tanto como en su personal conocimiento de las miserias de la vida. Pero entonces, ya muerto Sacha, no quería hablar de eso, sobre todo porque se veía obligado a insistir en lo atañadero al mal carácter del difunto.
Al cabo, no pudiendo ya contenerse, interrumpió a su madre:
--Mamá, ya es hora de que nos vayamos. Estamos molestando al señor doctor.
--En seguida, hijo mío. Dos palabras más, y nos vamos.
Y comenzó de nuevo a hablar, a justificarse y a pretender demostrar algo, sin conseguirlo. El hijo miraba con una curiosidad malévola la cabeza temblorosa y cana de la madre; recordaba las cosas insensatas que le decía en el camino, y pensaba que estaba loca; que abajo, en los aposentos cerrados, había locos; que su hermano, que acababa de morir, estaba también loco, y no paraba de inventar historias ridículas, viendo enemigos por todas partes, figurándose que se le perseguía a cada paso. ¡El pobre desgraciado se imaginaba tener enemigos! ¿Qué hubiera dicho si, en efecto, los hubiera tenido como él, el escritor, reales, poderosos, implacables, infatigables, que no retrocedían ante la calumnia y la denuncia?
--¡Mamá, hay que marcharse!
--¡En seguida, hijo mío! Diga usted, doctor, ¿podré pasar la noche junto a mi Sacha? ¡Está solo el pobrecito! Nadie en nuestra familia había muerto en un hospital, y el pobre hijo mío...
Y se echó a llorar.
El doctor la autorizó para pasar la noche velando al difunto. La madre y el hijo se fueron. Por el camino, la anciana comenzó de nuevo a decir cosas insensatas; su hijo hacía gestos de impaciencia y miraba con mal humor los tristes campos, despojados por el otoño de su pompa.
En consideración al carácter tranquilo de Pomerantzev, no se le cerraba nunca la puerta de la habitación. Durante todo aquel día inquietante anduvo de un lado para otro por la clínica. Asistía a todos los servicios religiosos fúnebres, distribuía velas, las recogía luego, y si alguien se olvidaba de apagar la suya, se acercaba y la apagaba él, soplando muy solícito.
El muerto le inspiraba una gran curiosidad. De media en media hora entraba en la cámara mortuoria para mirarle, ajustaba sobre el cadáver el lienzo que lo cubría y le arreglaba la levita. Y creía que su papel allí no era menos grave e importante que el del muerto. El estaba vivo y lleno de actividad, lo que no era menos interesante, misterioso y grave que estar muerto y yacer en el ataúd. Mientras andaba por toda la clínica, de un lado para otro, pensaba en las palabras conmovedoras y solemnes que acababa de oír durante el servicio religioso: «Difunto», «llamado por Dios al reino de los cielos» y otras. Tales palabras, y cuanto pasaba aquel día le hacían felicísimo; pero en lo profundo de su alma sentía una extraña inquietud, como si se hubiera olvidado de algo muy grave y no pudiera recordarlo, a pesar de todos sus esfuerzos. En su ir y venir incansable se detenía a veces y se rascaba, con aire preocupado, la frente. Con frecuencia le pedía órdenes a la enfermera.
--¿Me ha encargado usted que haga algo? Me parece que ya está todo.
La enfermera, que se sentía dichosa todavía porque el doctor no había vuelto, algunas noches antes, al Babilonia, respondió afectuosamente:
--Sí, querido Georgi Timofeievich, lo ha hecho usted todo. Le estamos muy agradecidos yo y el doctor. ¿Comprende usted? ¡Yo y el doctor! Yo y el doctor...
--Me alegro mucho. Temía haber dejado algo por hacer.
Y seguía apresuradamente su camino.
Cuando llegó la noche, Pomerantzev trató en vano de conciliar el sueño: daba vueltas, suspiraba; pensaba en mil cosas, pero no lograba dormirse. Entonces se volvió a vestir y se fue a ver al muerto. El largo corredor no estaba alumbrado sino por una lamparilla, y apenas se veía en él. En la cámara mortuoria ardían tres gruesos cirios, y otro, muy fino, alumbraba el breviario que leía en alta voz una monja llamada para velar al muerto. Había mucha luz en la estancia; el aire estaba impregnado de olor a incienso. Cuando entró Pomerantzev, su cuerpo proyectó sobre el suelo y sobre las paredes algunas sombras vacilantes.
--Deme usted su breviario, hermanita--propuso Pomerantzev a la monja--. La reemplazaré a usted un rato.
La monja, que, en plena juventud, se pasaba la vida leyendo oraciones a la cabecera de los muertos, aceptó muy gustosa la proposición y se retiró a un ángulo del cuarto. Había tomado a Pomerantzev por un miembro del personal de la clínica o por un pariente del difunto.
En aquel momento se levantó del canapé la madre de Petrov, envuelta en un chal negro. Su cabecita cana temblaba; su rostro era tan pulcro en su senilidad como si se lavase diez veces al día cada arruguita. Llevaba largo rato en el canapé, sin dormir, sumida en sus tristes pensamientos.
Al principio, Pomerantzev leía muy bien, con voz expresiva; pero los cirios y las flores que cubrían el cuerpo del difunto no tardaron en atraer su atención. Acabó por leer de un modo incoherente, saltándose muchas líneas. La monja se aproximó a él sin que lo advirtiese, y, suavemente, le quitó de la mano el breviario. En pie ante el ataúd, con la cabeza ligeramente echada a un lado, contempló al muerto unos momentos, admirándole, como un pintor admira su cuadro. Después arregló un poco la levita del difunto, y le dijo, como para tranquilizarle:
--¡Duerme tranquilo, hermano mío! No tardaré en volver.
--¿Conocía usted a mi pobre Sacha?--preguntó la vieja, acercándose.
Pomerantzev se volvió hacia ella.
--Sí--dijo con tono decidido--; era mi mejor amigo. Mi amigo de la infancia.
--Yo soy su madre. Me da gusto oírle a usted hablar así de mi pobre Sacha. Permítame usted que le hable un poco.
Pomerantzev se imaginó que él era el doctor Chevirev, que escuchaba las quejas de los enfermos. Adoptando una actitud grave, atenta y suplicante, respondió con mucha cortesía:
--¡Estoy a sus órdenes! Tenga la bondad de sentarse. Estará usted mejor.
--No, gracias; estoy bien así. Diga usted, ¿no es verdad que mi pobre Sacha no era un mal hombre?
--¡Era un hombre excelente!--exclamó con sincero acento Pomerantzev--. Era el mejor de los hombres que he conocido. Claro es que tenía sus defectillos; pero... ¿quién no los tiene?
--Es lo que yo digo; pero mi hijo segundo, Vasia, se incomoda. ¡Soy tan feliz oyéndole a usted! Es un gran consuelo para mí... Diga usted, ¿mi pobre Sacha no se quejaba nunca de mí? ¡Pobrecito! Se figuraba que yo no le quería y, no obstante, créame usted, yo le quería mucho, mucho...
Y llorando suavemente, le contó a Pomerantzev todos sus sufrimientos, todos sus dolores de madre, que veía a su hijo perdido y no podía hacer nada por él. Y de nuevo pareció querer justificarse, demostrar algo, sin lograrlo. Se diría que tanto ella como Pomerantzev, que apoyaba tranquilamente el codo sobre el ataúd, se habían olvidado del muerto; la vieja estaba tan cerca de la muerte, que no le atribuía una gran importancia y la concebía como otra vida misteriosa; Pomerantzev, por su parte, ni siquiera pensaba en ella. Pero las lágrimas de la anciana de cabellos blancos le conmovieron, y experimentó de nuevo un sentimiento de vaga inquietud.
--¡A ver el pulso!--le dijo--. Bueno. No se apure usted. Todo se arreglará lo mejor posible. Yo haré todo lo que esté en mi mano. Esté usted completamente tranquila.
--Me consuela usted. ¡Es usted tan bueno! Se lo agradezco con toda mi alma.
Y la vieja, de pronto, le cogió la mano a Pomerantzev y se la llevó a los labios.
El se puso muy colorado, como se ponen los hombres que ya peinan canas y tienen arrugas en la cara, y exclamó con indignación:
--¡Vamos, señora, vamos! ¿Se les besa la mano a los hombres?
Y salió de la estancia.
El corredor estaba mal alumbrado. Pomerantzev marchaba lentamente. De pronto, a algunos pasos de distancia, vio a San Nicolás, el taumaturgo. Era un hombrecillo de pelo gris, con pantuflas tártaras muy agudas y una pequeña aureola dorada alrededor de la cabeza. Pomerantzev avanzaba cabizbajo, y el santo también, sin ruido alguno, como si anduviese sobre una espesa alfombra. Durante largo rato, uno y otro guardaron silencio. Marchaban emparejados y sumidos en sus reflexiones. El corredor parecía interminable. Se veían a ambos lados blancas puertas cerradas; detrás de unas reinaba un silencio absoluto; detrás de otras se adivinaba una ligera agitación: la de los enfermos insomnes, que no podían estarse quietos. El corredor no se terminaba jamás, y las puertas eran extrañamente numerosas. Detrás de una de ellas, al lado izquierdo del pasillo, oyeron un ruido seco y monótono; el loco que llamaba a las puertas se entregaba infatigablemente a su ocupación predilecta.
--¡Llama!--dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza.
--¡Llama!--respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco.
--¡Muy bien!
--¡Sí, muy bien!--confirmó San Nicolás.
Y siguieron andando, sumidos uno y otro en sus reflexiones.
--¿Por qué siento a veces en el pecho, bajo el corazón, algo que me oprime, que me pesa? Di, Nicolás.
--¡Es natural! En una casa de locos no puede uno menos de fastidiarse alguna vez.
--¿Crees...?
Pomerantzev volvió la cabeza hacia San Nicolás. Este le miraba con afecto y sonreía dulcemente. Tenía los ojos arrasados en lágrimas.
--¿Por qué lloras? Sonríes y lloras al mismo tiempo.
--¿Y tú? Tú también sonríes y lloras.
Y siguieron andando, sumidos en sus reflexiones.
--¡Llama!--dijo Pomerantzev.
--¡Llama!--respondió San Nicolás.
--Me das lástima, Nicolás. Estando tan viejo, tan enfermo, tan falto de fuerzas, andas sin cesar, vuelas sin descanso sobre la tierra y no te cuidas de nada. Ahora has venido por los aires a visitarme. Veo que no me olvidas.
--No tiene importancia: llevo pantuflas. Con botas es más difícil volar.
--¡Llama!--dijo Pomerantzev--. Vámonos volando a cualquier parte, ¿te parece? Porque, ya ves, me aburro aquí. ¡Me aburro tanto! Además, me duelen las piernas.
--¡Bueno, volemos!--aceptó San Nicolás.
Y volaron.
En el corredor, mal alumbrado, reinaba un silencio inquietante. Tras las puertas cerradas oíase la charla de los enfermos que no conocían el descanso. En el extremo del corredor, tras una puerta silenciosa hasta entonces, se oyó un grito:
--¡Qui-qui-ri-quí!
Lo lanzaba un enfermo que se imaginaba ser un gallo. Con la puntualidad de un cronómetro se despertaba a media noche, a las tres y a las seis, agitaba los brazos, a modo de alas, y gritaba imitando al gallo y despertando a los otros enfermos.
Ahora no se despertó nadie. El enfermo que se imaginaba ser un gallo se durmió de nuevo. Todo quedó otra vez tranquilo. Detrás de una puerta, del lado izquierdo del pasillo, el enfermo seguía golpeando de un modo regular y monótono; pero aquel ruido no turbaba el silencio, porque se confundía con él.
La noche avanzaba, y el enfermo seguía llamando. En el restorán Babilonia se habían apagado ya todas las luces, y él seguía llamando, locamente obstinado, infatigable, casi inmortal.
EL HONOR
(DRAMA PARODIA)
_Se oyen los sones de una música lejana. Una noche estrellada de primavera. Un viejo jardín salvaje, limitado por un ancho foso. Una escalinata ennegrecida y casi en ruinas. Sobre las copas de los árboles se alza la masa sombría del castillo. Todas las ventanas están iluminadas. Sobre el muro almenado acaban de encender barriles de alquitrán, que lanzan fulgores siniestros._
_La condesa está sentada sola en un banco de piedra. Lleva un traje blanco, y una pequeña corona adorna sus cabellos. Aparece en la escalinata semirruinosa del castillo del viejo conde. Le precede su fiel servidor, el viejo Astolfo, de aspecto muy semejante al de su amo. Astolfo, encorvado, con una linterna en la mano, le alumbra el camino al conde._
EL CONDE. _(Sin ver a su hija, con voz llena de cólera.)_--¡Que levanten de nuevo todos los puentes! ¡Que apaguen todas las luces! ¡Que la servidumbre se retire! ¡Que se acompañe a los barones a sus aposentos! Es hora ya de que todo el mundo descanse. Harto hemos esperado al novio, y aunque nos lo ha recomendado el propio emperador, no somos lo bastante ricos para hacer arder toda la noche aceite y alquitrán. ¡Que se apaguen todos los fuegos!
ASTOLFO.--¿Y cuáles son las órdenes del conde en lo que se refiere a las mesas servidas?
EL CONDE.--¡Que les echen toda la comida a los perros! Pero no: somos demasiado pobres para eso; estamos más hambrientos aún que los perros. No, Astolfo; dales, más bien, a mis barones de comer, pues están no menos hambrientos que yo, y guarda los restos en la cueva. Nos los comeremos después, procurando que duren todo lo posible. Sí, Astolfo, todo lo posible. En nuestra situación hay que ser muy económicos.
ASTOLFO.--¡A vuestras órdenes, conde!
EL CONDE.--Sí, Astolfo, hay que ser económicos. Seamos como aquella burguesa prudente que, después de casar a su hija, se nutrió durante medio año con los restos del festín nupcial. Escatima cada pedazo, pésalo, calcúlalo. Si se cubre de moho, corta la parte superior; a pesar de eso, lo comeremos muy a gusto.
ASTOLFO.--Los barones están furiosos; desde por la mañana están esperando al duque, al noble prometido de la noble condesa Elsa.
EL CONDE.--¡Los barones! Y tú, Astolfo, ¿estás contento? A juzgar por tu cara, me parece que no. _(Reparando en su hija.)_ ¿Ah, estáis ahí, condesa? ¿Sola, sin vuestras damas de compañía? _(A Astolfo.)_ ¡Puedes irte, muchacho!
_(Astolfo deja la linterna sobre la balaustrada y se va.)_