Los espectros: Novelas breves

Chapter 10

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PROSERPINA.--Por mi parte, es igual que tengamos unos maridos u otros. Allá se van todos. Estoy segura de que lo primero que se me pedirá es una buena cena. Hasta me alegraré de tener un nuevo marido; el que tengo ahora gruñe porque no varío el menú, mientras que el nuevo se chupará los dedos.

CLEOPATRA.--Decís cosas cínicas, Proserpina. La historia, con ese motivo, nos condenará.

PROSERPINA.--¿Qué sabe la historia de nuestros negocios? Además, yo me encuentro aquí divinamente.

CLEOPATRA.--¡Sois incorregible, Proserpina! Tened cuidado, pueden oírnos. Escuchad, queridas amigas, tengo un plan: podemos partir inmediatamente en busca de nuestros maridos. ¡Pero el camino es tan largo y estamos tan cansadas!

--¡Tengo los nervios tan excitados!

--¡Es natural! ¡Hemos pasado una noche tan horrible!

CLEOPATRA.--Por eso os propongo que descansemos aquí un par de días. Esto no nos comprometerá a nada. Nuestros raptores estarán encantados, y así les será menos dolorosa la separación. Confieso que el mío me da lástima; le he puesto perdida la nariz.

--¡Pero nada más que dos días!

--Creo que un solo día bastará para que descansemos. Id a hablar con ellos, Cleopatra; si no, se dormirán.

CLEOPATRA. _(Volviéndose hacia los romanos.)_--¡Señor!

ESCIPIÓN. _(Sin volver la cabeza.)_--¿En qué puedo serviros?

CLEOPATRA.--Venid un instante.

ESCIPIÓN.--¡A vuestras órdenes, señora! _(Se levanta y se acerca.)_

CLEOPATRA.--Hemos decidido aprovechar vuestra amable proposición, y nos vamos inmediatamente. ¿No estáis incomodados?

ESCIPIÓN.--No.

CLEOPATRA.--Pero antes de partir quisiéramos descansar un poco. Espero que nos permitiréis permanecer aquí uno o dos días. Esto, además, nos gusta mucho.

_(Todos los romanos se levantan precipitadamente.)_

ESCIPIÓN. _(Entusiasmado.)_--¡Querida señora, estoy encantado! Os juro por la cabeza de Hércules, de Júpiter, de Venus, de Baco, de Afrodita, que todos nosotros... En fin, ya me comprendéis, ¿verdad? ¡Señores romanos de la antigüedad, al asalto!

CLEOPATRA.--Ahora iremos a dar un paseíto.

ESCIPIÓN.--¡Todo lo que queráis, señoras! ¡Señores romanos de la antigüedad, adelante! ¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡No todos a una! ¡Cada cual cuando le toque!

_(Coge a Cleopatra del brazo y se la lleva hacia las montañas. Tras él marchan los demás romanos, cada cual con su sabina del brazo.)_

--¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡En filas apretadas!

_(Pablo Emilio, solo, recorre con gesto desesperado la escena.)_

PABLO EMILIO.--¿Dónde está la mía? ¡Esperad, señores romanos de la antigüedad! ¡Se me ha perdido! ¿Dónde está?

_(Verónica permanece un poco a distancia, con los ojos bajos, como una novia. Pablo se dirige a ella.)_

PABLO EMILIO.--Señora, ¿no la habéis visto?

VERÓNICA.--¡Qué bestia eres!

PABLO EMILIO.--¿Yo?

VERÓNICA.--Sí, tú. ¡Eres un bestia!

PABLO EMILIO.--¡Me insultáis, señora!

VERÓNICA.--¡Oh, qué bestia eres! ¿Acaso no ves? ¿Acaso no me reconoces? ¡Oh, querido mío! Hace treinta años que te espero. ¡Aduéñate!

PABLO EMILIO.--¿De qué?

VERÓNICA.--¡Pues de mí! ¡Soy tuya! ¡Dios mío, qué bestia eres!

PABLO EMILIO.--¡Pero ésta no es ella!

VERÓNICA.--Sí, soy ella.

PABLO EMILIO.--¡Ca!

VERÓNICA.-¡Sí!

PABLO EMILIO.--¿Vos? ¿Vos sois la que?...

_(Se sienta en el suelo y llora.)_

VERÓNICA.--Escucha, todos se han ido ya; me da vergüenza estar aquí sola. ¡Vamos!

PABLO EMILIO.--No sois vos.

VERÓNICA.--¿No te digo que sí soy yo? ¡Caramba! Mi marido repite desde hace treinta años que no soy yo. ¡Y ahora éste también! ¡Dame la mano!

PABLO EMILIO. _(Aterrorizado.)_--¡No, no sois vos! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Me rapta!

TELÓN

CUADRO SEGUNDO

_Un cuadro extremadamente triste, que dé idea de la situación trágica de los maridos despojados. Es muy posible que llueva, que haga mucho viento, que las nubes negras encapoten el cielo; pero no es menos posible que todo esto no sea sino imaginación. De un modo o de otro, el paisaje debe corresponder al trágico estado de alma de los pobres maridos._

_A ambos lados de la escena, los sabinos, en dos grupos simétricos, se dedican a la gimnástica. Mientras hacen ejercicios variados, murmuran:_ «Quince minutos de ejercicio diarios, y estaréis como una manzana.» _En medio, en un largo banco, están sentados los maridos con hijos, y cada uno tiene un niño en brazos. Están tristemente cabizbajos, y todo en su actitud manifiesta una desesperación estilizada._

_Durante largo rato no se oye sino el cuchicheo de los gimnastas;_ «Quince minutos de ejercicio diarios», _etc._

_Entra Anco Marcio, enseñando una carta._

MARCIO.--¡He aquí la dirección, señores sabinos! Hemos recibido la dirección de nuestras mujeres. ¡La dirección, señores, la dirección!

VOCES AHOGADAS.--¡Escuchad, escuchad! Se ha recibido la dirección.

_(Marcio saca del bolsillo una campanilla y la agita.)_

--¡Silencio, señores, silencio!

MARCIO.--¡Señores sabinos! La historia no podrá reprocharnos ni la lentitud ni la indecisión. Ni lentitud ni indecisión entran en el carácter de los sabinos, a cuyo temperamento arrebatado, impulsivo, apenas ponen coto la experiencia y la prudencia. ¿Recordáis, maridos despojados, adónde fuimos a parar la mañana memorable que siguió a la terrible noche durante la cual esos bandidos robaron, de una manera abominable, a nuestras desgraciadas mujeres? ¿Recordáis adónde nos llevaron nuestras piernas veloces, devorando el espacio, apartando todos los obstáculos y alborotando toda la región? ¿Recordáis? _(Los sabinos guardan silencio.)_ ¡Vamos, señores sabinos, un pequeño esfuerzo de memoria!

UNA VOZ TÍMIDA.--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

_(Los sabinos siguen silenciosos y pendientes de los labios de Marcio.)_

MARCIO. _(Con énfasis.)_--Bueno, voy a refrescar vuestra memoria: corrimos a la agencia de informaciones para enterarnos de dónde se hallaban nuestras mujeres. Por desgracia, esta institución arcaica no lo sabía aún, y nos dio... la antigua dirección de aquéllas. Y durante una semana entera la agencia estuvo dándonos, como si se burlase de nosotros, la misma antigua dirección. Al fin nos dio este terrible informe: «Partieron sin dejar señas.» Pero no quedamos contentos con esta gestión. ¿Recordáis, señores sabinos, lo que hicimos por añadidura? _(Los sabinos guardan silencio.)_ He aquí una exposición sucinta, pero elocuente, de lo que hemos hecho en los diez y ocho meses que han transcurrido desde la desaparición de nuestras pobres mujeres: hemos publicado anuncios en los periódicos, prometiendo una recompensa a quien nos indique dónde se encuentran; hemos consultado a los astrólogos, que han tratado noches y noches, contemplando los astros, de encontrar la dirección apetecida...

--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

MARCIO. _(Dirigiendo una mirada de reproche al que le ha interrumpido.)_--Hemos matado millares de gallinas, patos y gansos para examinar sus entrañas y adivinar así la ansiada dirección. Todos nuestros esfuerzos han sido vanos. Los dioses todopoderosos no han querido coronarlos de éxito. Las estrellas a que nos hemos dirigido sólo nos han contestado una cosa: «Partieron sin dejar señas.» ¡Sí, sin dejar señas! _(Los sabinos lloran.)_

--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

MARCIO.--Sí, señores sabinos, es una respuesta bien extraña por parte de los astros. Pero continúo con orgullo la exposición de lo que hemos hecho. ¿Recordáis, señores sabinos, en qué se hallaban ocupados nuestros sabios juristas mientras los astrólogos consultaban las estrellas? _(Los sabinos guardan silencio.)_ ¡Vamos, un pequeño esfuerzo de memoria! En estas condiciones, es difícil hablar. Estáis ahí como estatuas, sin decir esta boca es mía. ¡Bueno, recordad, os lo ruego!

--¡Proserpinita querida!

MARCIO.--¡Dejadnos en paz con vuestra Proserpina! Bueno, señores sabinos, voy a ayudaros a recordar. Decidme, ¿para qué os dedicáis a la gimnástica?

UNA VOZ TÍMIDA EN EL FONDO.--Para tener los músculos fuertes.

MARCIO.--¡Muy bien! ¿Y para qué necesitamos tener los músculos fuertes? ¡Responded!

OTRA VOZ TÍMIDA.--Para pegarnos.

MARCIO.--_(Levantando con desesperación los brazos al cielo.)_--¡Oh, dioses! ¡Para pegarnos! ¿Y quién dice eso? Un sabino, un amigo de las leyes, un puntal del orden, un modelo, único en el mundo, de lealtad. Me dan vergüenza las palabras que acaban de ser pronunciadas. Cuadrarían en boca de un bandido romano que roba las mujeres ajenas.

--Proserpinita...

MARCIO.--¿Queréis no fastidiarnos más con vuestra Proserpina? Se trata aquí de una cuestión de principios... Veo, señores, que la espantosa pérdida ha eclipsado vuestra memoria, y voy a refrescar vuestros recuerdos. Tenemos necesidad de músculos fuertes para poder llevar, el día en que al fin conozcamos la dirección de nuestras mujeres y de sus raptores, los pesadísimos volúmenes del código civil, las colecciones de las leyes y las resoluciones del Senado, así como los cuatrocientos tomos escritos con motivo de nuestro asunto por los sabios juristas, en los que se prueba, con una claridad meridiana, la ilegalidad del acto que los romanos cometieron. No echéis en olvido, señores sabinos, que nuestra única arma es la ley, nuestro derecho y nuestra conciencia tranquila. Demostraremos a los romanos, sin que haya lugar a duda alguna, que son unos raptores, y a nuestras pobres mujeres, que fueron raptadas de un modo por completo ilegal. Hasta el Cielo se estremecerá de indignación. Y--¡congratulaos, señores sabinos!--ahora, por fin, podemos acometer nuestra gran empresa, porque tenemos la dirección exacta. ¡Miradla!

_(Blande la carta. Los sabinos se empinan sobre las puntas de los pies para ver mejor.)_

MARCIO.--¡Miradla! Una carta certificada que firma «Un raptor arrepentido». El autor dice en ella que tiene remordimientos de conciencia por su mala acción; jura que no raptará ya más mujeres, y pide perdón humildemente. La firma no es legible; sobre ella hay una gran mancha, que proviene, sin duda, de las lágrimas derramadas sobre el papel por el autor arrepentido. Entre otras cosas, escribe que nuestras pobres mujeres tienen destrozado el corazón.

--¡Proserpinita querida!

MARCIO.--¡Pero escuchadme! ¡Me interrumpís a cada palabra con vuestros lamentos! Haceos cargo de que vuestra Proserpina es cosa secundaria cuando se trata del triunfo del derecho. Mientras, los demás nos disponemos a la gran batalla en pro del derecho y la justicia--batalla en que acaso perdamos la vida--, vos sólo pensáis en vuestra Proserpina. En nombre de la honorable asamblea, condeno vuestra conducta... ¡Bueno, señores, preparémonos! ¡Acatad mis órdenes! ¡Alineaos en filas regulares! ¡Pero más aprisa, vamos! ¡Eh, cuidado, os dicen que os volváis a la derecha y os volvéis a la izquierda! Y ya es hora de que distingamos entre la izquierda y la derecha.

_(Coge por un hombro al sabino que se ha equivocado y empieza a enseñarle.)_

MARCIO.--Para saber dónde está la derecha, volved la cara al Norte... O no, la cara al Sur y la espalda al Este. ¡Así no! ¡Lo hacéis precisamente al revés! ¡Qué fastidio! Seguid a vuestros vecinos... Ahora, señores, si alguno de vosotros lleva cortaplumas, que lo tire. Los mondadientes también. Nada que pueda suscitar ideas de violencia. ¡Ningún arma contundente ni cortante! Nuestra arma es el derecho y la conciencia pura. Ahora, que cada uno tome un volumen de leyes y otro de estudios jurídicos. ¡Así! ¡Las trompetas al frente! Tocad la marcha de los maridos despojados. ¡Adelante! Pero no olvidéis cómo hay que avanzar. ¿Lo habéis olvidado?

_(Los sabinos no responden.)_

MARCIO.--Bueno, os lo recordaré: dos pasos al frente y un paso atrás. Dos pasos al frente y un paso atrás. Con los dos primeros pasos expresamos nuestra firme voluntad, el ardor arrebatado de nuestras almas, el deseo irresistible de dar cima a nuestra empresa; mientras que el paso atrás manifiesta nuestra sensatez y nuestra prudencia. Al darlo, damos, por decirlo así, prueba de nuestra lealtad, de nuestro propósito de obrar con moderación. La historia, señores, no conoce saltos. Y no hay que olvidar que en este momento la historia, esa justiciera implacable, está personificada en nosotros. Tocad la marcha.

_(Las trompetas empiezan a tocar, ora en tono mayor y solemne, ora lanzando quejas y gemidos. Los sabinos avanzan del modo indicado por Marcio: dos pasos al frente, un paso atrás. De esta suerte atraviesan lentamente la escena y desaparecen entre bastidores. Se sigue oyendo largo rato los acordes de la marcha lúgubre.)_

TELÓN

CUADRO TERCERO

_La escena del primer cuadro. El aspecto es ya menos inculto. Ante una de las chozas hállase, en pie, el romano Escipión en una postura perezosa. Sale de entre bastidores el ejército sabino, que avanza gravemente, dos pasos al frente, un paso atrás. Al advertir su presencia, el romano se anima un poco y los mira con curiosidad; pero la monotonía de su marcha le cansa; empieza a bostezar, se despereza y se sienta, flemático, en una piedra._

_A una señal de Anco Marcio, las trompetas cesan de tocar._

MARCIO. _(Gritando con desesperación.)_--¡Alto, señores sabinos! ¿Os detenéis o no?

_(Se detienen bruscamente.)_

MARCIO.--¿Os detenéis o no? ¡Dios mío, no es fácil atajar un torrente que se precipita hacia el mar! ¡Al fin os habéis detenido! Ahora, obedeced. ¡Atrás los trompetas! ¡Adelante los profesores! Los demás que sigan en su lugar, sin moverse.

_(Los trompetas retroceden. Los profesores avanzan. Los demás se quedan como paralizados.)_

MARCIO.--¡Señores profesores, preparaos!

_(Los profesores arman unos pupitres portátiles, y sobre cada uno de ellos colocan un grueso volumen; todos a la vez abren su libro respectivo ruidosamente, lo que produce la impresión del disparo de una batería. Escipión se anima de nuevo y contempla con curiosidad todos estos preparativos.)_

ESCIPIÓN.--¿De qué se trata, señores? ¿Podría yo quizá seros útil? Pero si se trata de un circo, debo advertiros que el coliseo no está terminado todavía.

MARCIO. _(Con frialdad.)_--¡Cállate, innoble raptor! _(Dirigiéndose a los suyos.)_ ¡Al cabo, señores sabinos, estamos a punto de conseguir el objeto que perseguimos! Tras nosotros queda un largo camino de privaciones, de hambre, de soledad; ante nosotros se presenta una batalla única en la historia humana. Animaos, dominaos, calmaos; contened la cólera sagrada que rebosa en vuestros corazones y esperad tranquilos el fatal desenlace. ¿Recordáis lo que os ha traído aquí?

_(Los sabinos guardan silencio.)_

MARCIO.--¡Recordadlo! Creo que no ha sido por dar un paseo por lo que hemos venido con esos pesados libros. ¿Con qué objeto hemos venido aquí? ¡Decidlo!

ESCIPIÓN.--¡Verdaderamente, señores, debéis responder cuando se os pregunta!

MARCIO. _(A Escipión.)_--¡Figuraos que no he podido, en todo el camino, sacarles una sola palabra!

ESCIPIÓN.--¿Es posible?

MARCIO.--¡Palabra de honor! Toda paciencia es poca para aguantar a estos imbéciles. Parecen mudos.

ESCIPIÓN.--Os compadezco de todo corazón.

UNA VOZ.--¡Proserpinita mía! ¿Dónde estás?

MARCIO. _(Con nerviosidad.)_--¡Silencio! En seguida vamos a reclamar la devolución de nuestras mujeres, y guay de los raptores si su conciencia no ha empezado ya a remorderlos. ¡Les impondremos el respeto a la ley! ¡Eh, tú, raptor innoble! ¡Llama a tus innobles camaradas y prepárate a rendir cuenta de tu acto abominable!

ESCIPIÓN.--Voy a llamar a mi mujer.

_(Se dirige a su cabaña y grita:_ «¡Cleopatrita mía, sal un momento; han venido a verte!» _Sale de entre bastidores Pablo Emilio, y, al reconocer a los sabinos, grita lleno de júbilo):_

--¡Los maridos han llegado! ¡Levantaos, señores romanos de la antigüedad! ¡Los maridos han llegado!

_(Se lanza sobre Marcio, y llorando de alegría le abraza efusivamente. Marcio parece asombradísimo. Pablo Emilio recorre la escena gritando con voz jubilosa):_

--¡Los maridos han llegado!

_(Van apareciendo romanos, restregándose los ojos, y ocupan el lado derecho de la escena. Marcio, en una actitud belicosa, espera que todos los romanos estén reunidos.)_

EL GRUESO ROMANO.--¡Por la cabeza de Baco, he dormido como la primera noche después de la fundación de Roma! ¿Qué espantajos son ésos?

--¡Silencio, son los maridos!

EL GRUESO ROMANO.--¿De veras? ¡Dios mío, qué sed tengo! ¡Proserpinita mía, dame un poco de sidra!

UNA VOZ TÍMIDA.--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

EL GRUESO ROMANO.--¿Qué diablos quiere éste? ¡Llama también a mi mujer!

--¡Silencio, es su marido!

EL GRUESO ROMANO.--¡Ah, sí, no me acordaba ya! ¡Cielos, qué sed tengo! Me bebería un lago entero, sobre todo con la cenita que me dieron anoche. ¡Si supierais, señores romanos, qué bien guisa mi Proserpina! ¡Es toda una artista!

--¡Silencio!

EL GRUESO ROMANO.--Bueno, he soñado esta noche que la Roma fundada por nosotros se desmoronaba. Casa por casa, piedra por piedra...

--¿Por qué no vienen nuestras mujeres? Tienen una visita, y la cortesía más elemental exige que salgan.

--Probablemente estarán vistiéndose.

--¡Qué coquetas son! Lo lógico sería que no se emperejilasen mucho para sus antiguos maridos, y, sin embargo... ¡No, no comprenderé nunca la psicología femenina!

EL GRUESO ROMANO.--¡Cielos, qué sed tengo!

Y esos sabinos parece que están petrificados... Se los tomaría por ídolos de piedra. ¡Si al menos tocasen algo con sus trompetas!

--¡Mirad, se mueven!

MARCIO.--¡Señores romanos! Ahora, que nos encontramos frente a frente, espero que no intentaréis escaparos y nos daréis una respuesta clara y franca. ¿Recordáis, señores romanos, el delito que cometisteis la memorable noche del veinte al veintiuno de abril?

_(Los romanos se miran, confusos, y no contestan.)_

MARCIO.--¿Lo recordáis o no? ¿Vosotros también os habéis olvidado de todo? No puedo continuar mientras no hagáis memoria.

_(El grueso romano cuchichea, asustado, a su vecino:_ «Quizá lo recuerdes tú, Agripa. Debe de ser algo muy grave.» «No, no lo recuerdo.» _Los demás romanos también se preguntan unos a otros y se encogen de hombros sin comprender nada.)_

MARCIO. _(Con tono solemne.)_--Bueno, señores romanos, voy a refrescaros la memoria. ¡Escuchad! La noche del veinte al veintiuno de abril se cometió el mayor crimen de la historia humana: unos malhechores, que nombraré luego, raptaron a nuestras mujeres, las bellas sabinas.

_(Los romanos se acuerdan y parecen encantados.)_

--¡Sí, es verdad!

--¡Completamente exacto!

--¡Justamente, el veinte de abril por la noche!

--¡Vaya una memoria!

--¡Qué talento, Dios mío!

MARCIO.--¡Los raptores innobles fuisteis vosotros, señores romanos! No se me oculta que trataréis de justificaros, de negar los hechos, de desnaturalizar las normas jurídicas, recurriendo a todo linaje de sofismas, como es uso y costumbre entre los refractarios a las leyes. Pero estamos dispuestos a rebatir, uno por uno, vuestros argumentos mendaces. ¡Señores profesores, manos a la obra!

_(El profesor que se encuentra más cerca de los espectadores comienza a leer con voz monótona, fuera del tiempo y del espacio.)_

--Los crímenes contra la propiedad. Volumen primero, primera parte, primer capítulo, primera página. El robo en general. En la edad antigua, aun más antigua que la actual, cuando las aves y los insectos revoloteaban sin temor bajo los rayos del sol y no se conocía aún el crimen...

MARCIO.--¡Escuchad! ¡Escuchad!

ESCIPIÓN.--¿No habría modo de abreviar un poco?

MARCIO.--No, no es posible.

ESCIPIÓN.--Pues se dormirán.

MARCIO.--¿Creéis?

ESCIPIÓN.--¡Claro! Están ya dando cabezadas, y cuando se hallan en tal estado, su comprensión es nula. Si pudierais empezar por el final, por decirlo así... Tened la bondad de decirnos lisa y llanamente a qué habéis venido.

MARCIO.--¡Extraño modo de concebir una discusión jurídica! Pero, puesto que no estáis habituados a discutir seriamente, os diré en dos palabras de lo que se trata: queremos demostraros que no os asiste el derecho de raptar a nuestras mujeres; que sois, señores romanos, unos raptores, y que, pese a vuestros esfuerzos y a vuestros sofismas jurídicos, no lograréis nunca justificar vuestro innoble acto. ¡Hasta el Cielo se indignará escuchando nuestra requisitoria!

ESCIPIÓN.--Permitid, amigo mío. No tenemos, en modo alguno, la intención de justificarnos. Nos apresuramos a deciros que tenéis razón que os sobra.

MARCIO.--¿Cómo? ¿Para qué hemos venido entonces?

ESCIPIÓN.--¡Qué sé yo! Acaso hayáis venido por gusto de dar un buen paseo.

MARCIO.--¡No, no! ¡Hemos venido con el propósito de demostraros!... ¡Es muy extraño todo esto! ¿Confesáis, pues, que sois raptores?

ESCIPIÓN.--Desde luego. Somos raptores; tenéis razón que os sobra para llamárnoslo.

MARCIO.--Pero acaso no estéis por completo convictos. En ese caso, el señor profesor se encuentra dispuesto... ¿No es verdad, señor profesor?

ESCIPIÓN.--¡No, no! No vale la pena. Estamos por completo convictos. Decidle, señores romanos, que estáis de acuerdo con él, porque, de lo contrario, va a comenzar de nuevo.

NUMEROSAS VOCES.--¡Estamos de acuerdo! ¡Completamente de acuerdo!

MARCIO.--¿De veras? Entonces no lo entiendo.

ESCIPIÓN.--Y, sin embargo, es muy sencillo.

MARCIO.--Aquí hay algún error. Pero, en fin, ya que insistís... ¡Señores sabinos, congratulaos! Los culpables confiesan sus crímenes. Sin más que ver nuestros preparativos para la batalla de derecho, experimentan remordimientos de conciencia. Sólo nos toca ahora, una vez cumplido nuestro deber sagrado, volver la espalda y regresar a nuestra casa...

UNA VOZ TÍMIDA.--¿Cómo? ¿Y mi Proserpinita?

MARCIO.--¡Ah, sí! Tenéis razón, compañero; me había expresado mal. Señores romanos, he aquí una lista detallada y exacta de nuestras mujeres; tened la bondad de entregárnoslas. Naturalmente, sois responsables, según la ley, de todo lo que...

_(En este momento aparecen las mujeres sabinas. Todos los ojos se vuelven hacia ellas.)_

MARCIO.--¡He aquí nuestras mujeres! Señores sabinos, dominaos. Os suplico que contengáis vuestros impulsos amorosos mientras no está arreglada la cuestión jurídica. Dos pasos al frente, un paso atrás; no olvidéis que es nuestra divisa. _(Luego dirigiéndose a las mujeres:_ ¡Salud, mujeres sabinas! ¡Buenos días, querida Cleopatra!)

_(Las mujeres ocupan el centro de la escena. Tienen los ojos bajos, su actitud es modesta, aunque llena de dignidad.)_

CLEOPATRA. _(Sin alzar los ojos.)_--Si habéis venido para hacernos reproches, no los merecemos. Hemos resistido largo tiempo a los raptores y sólo hemos cedido a la fuerza. Os juro, querido Anco Marcio, que no he cesado de verter lágrimas pensando en vos.

_(Llora, lo mismo que las demás sabinas.)_

MARCIO.--Cálmate, Cleopatra; han confesado ya que son raptores. ¡Tornemos, pues, a nuestros penates, Cleopatra!

CLEOPATRA. _(Siempre con los ojos bajos.)_--Temo que nos hagáis reproches. Además, estamos ya tan habituadas a este paraje... ¿Verdad, Marcio, que son preciosas estas montañas?

MARCIO.--No te entiendo, Cleopatra; ¿a qué viene ahora el hablarme de las montañas?

CLEOPATRA.--Os enojáis; pero os aseguro, Marcio, que no somos culpables. Harto he llorado ya recordándoos. ¿Qué más queréis? ¿Que continuemos llorando? ¡Todo lo que queráis! Queridas amigas, les parece que no hemos llorado bastante; complazcámoslos. ¡Lloremos, queridas amigas! ¡Os amo tanto, Marcio!

_(Las mujeres prorrumpen en sollozos.)_

ESCIPIÓN.--¡Querida Cleopatrita, cálmate! En el estado en que te encuentras, el ponerte así puede hacerte daño. _(Dirigiéndose a Marcio.)_ Bueno, señor, ¿habéis oído? Lo mejor que podéis hacer es volveros por donde vinisteis. Y tú, Cleopatra, vete a la cama. Yo mismo prepararé la comida.

MARCIO.--¡Permitid! ¿Por qué habláis de la comida? Cálmate, Cleopatra; aquí hay un error. Por lo visto, no te haces cargo de que has sido ilegalmente raptada.

CLEOPATRA. _(Llorando.)_--Ya veis: tenía yo razón al decir que ibais a hacernos reproches. Escipioncito, déjame el pañuelo.

ESCIPIÓN.--¡Tómalo, querida!