Part 4
CÉSAR (_cortés_).--¡Desde luego...! Pero prefiero ser profesor; me pagan menos, pero me consideran más. ¡Aunque su señora criada me haya tomado por un sablista...!
CHADD.--¡A mamá le pasa siempre lo mismo...! ¡Quiero que le presente sus excusas...! ¡Voy a llamarla...!
CÉSAR (_vivamente_).--Es inútil. Tengo alguna prisa. La lección que le he de dar será de una hora. ¿Conoce usted el método Marvitz?
CHADD.--¡No! ¡Yo quiero aprender inglés y nada más...!
CÉSAR.--Pues bien; el método consiste en hablar inmediatamente la lengua. A partir de este instante, no le hablaré ya mas que en inglés, indicándole los objetos. Usted repetirá las palabras a medida que yo las vaya diciendo.
CHADD.--¡Como usted quiera! ¡Tiene gracia...!
CÉSAR (_indicándole una silla_).--«¡Chair...!»
CHADD (_repitiendo_).--«¡Chair!» ¡En francés, esto quiere decir otra cosa muy distinta y resulta más bonito...! ¡En fin!...
CÉSAR (_indicándole la mesa_).--«¡Table!»[2]
CHADD (_riendo_).--¡Eres bonita...! ¡Y hueles bien...! ¡Y esto significa una mesa...! ¡Qué lengua tan hermosa es la lengua inglesa...!
CÉSAR (_oliendo una rosa_).--«¡Good smell...!»
CHADD (_furiosa_).--¿Cómo...? ¿Que esto tiene gusto a suela? ¿Una rosa...? ¡Eso es demasiado fuerte...! ¡Usted está de buen humor!
CÉSAR (_interrumpiéndose_).--«Good smell» significa «buen olor». ¡Si usted me ataja a cada paso, no acabaremos nunca...!
CHADD.--Tiene usted razón; pero me parece que estamos perdiendo el tiempo. Yo, amigo mío, no tengo empeño en aprender la lengua inglesa, sino solamente en conocer unas treinta frases de inglés que me son necesarias. Por esta causa no gaste usted su tiempo hablándome de la silla, de la mesa, de la suela y de un montón de cosas sin importancia.
CÉSAR (_resignado_).--¡Como usted guste, señora...! ¿Qué es lo que desea...?
CHADD.--Va usted a explicárselo todo. Mi profesión es la de artista, la de bailarina; pero esto no es mas que la fachada. En realidad, yo soy una... «mujer alegre». ¿Hay algún mal en ello...?
CÉSAR.--¡Santo Dios...! ¡Yo, personalmente, no veo que haya ningún inconveniente...!
CHADD.--Tengo una buena clientela en el ejército inglés y entre los norteamericanos. Pero estos tipos no hablan francés. ¡Esto es muy molesto...! Para entrar en materia, es muy sencillo: basta una pantomima; pero cuando se trata de fijar las condiciones, ya es muy distinto. Por ejemplo: yo no sé cómo se dice «un regalito»...
CÉSAR.--«A little gift».
CHADD.--¡Bueno! Póngame eso por escrito, con la pronunciación...
CÉSAR (_abre su cartera, saca una hoja de papel y escribe_).--¡Ahí lo tiene...!
CHADD (_que ha leído por encima del hombro_).--¡Muy bien! Siga usted escribiendo: «Me gustas mucho», «Necesito veinticinco luises para mi costurera», «Tengo gana de ese sombrero tan bonito», «Querría un hermoso diamante para el día de mi santo», «Tengo sentimientos religiosos»... ¡Esto es muy importante...! «Soy de buena familia», «No sea usted brutal», «Hoy es imposible; pero dentro de tres días seré suya», «Esta noche tengo mucho apetito»... Y luego: «Siento mucha sed»... Y después: «Págueme el coche»... A continuación: «¡Qué bien sabes besar...!» «¡Cochinillo mío...!» «¡Nunca me quisieron así...!»
CÉSAR (_escribiendo_).--¿Podrá usted acordarse de todo esto...?
CHADD.--¡Ya lo verá usted...! ¡Cuando yo me propongo alguna cosa...! Además, me ensayaré con usted... ¡Nos veremos muchas veces...!
CÉSAR.--Tiene usted pagadas por adelantado veinte lecciones.
CHADD.--¿Ha ido usted con frecuencia a casa de señoras solas...?
CÉSAR.--¡Muy a menudo...! ¡Por lo general, suelen hacerme las mismas preguntas que usted!
CHADD.--¡Claro! ¡Hay que comprenderlo...! Una mujer que habla inglés se hace en seguida con un grupito de amigos, que se la recomiendan unos a otros... ¡Ah! ¡Se me olvidaba...! «¡Ponte a tu gusto!»...
CÉSAR (_asombrado_).--¿Qué dice usted...?
CHADD.--¡Es una frase esencial...!
CÉSAR.--¡Ah...! ¡Bueno...! (_Torna a escribir._)
CHADD.--«¡Acuérdate de la criada!»... Y además: «Vuelve a verme»... Y póngame también los días de la semana y las horas....
CÉSAR.--¡Aguarde un momento...! (_Silencio. Trabaja._) Tome usted...
CHADD.--¡Oh! ¡Ya está...! ¡Va a ser un exitazo...! ¡Me da lo mismo! ¡Cómo van a rabiar mis compañeras cuando me oigan hablar inglés...! ¿Va usted muchas veces al «Rey Dagoberto»?
CÉSAR.--¿Al establecimiento de baile? ¡No...!
CHADD.--Si quiere usted ir, le regalaré las entradas.
CÉSAR.--¡Es usted muy amable...! Pero no estoy libre por las noches.
CHADD.--¿Trabaja usted?
CÉSAR.--En efecto, trabajo para mí...
CHADD.--¿Tiene usted quizá una amiguita...! Le regalaré las entradas para ella.
CÉSAR.--¡Muchas gracias! ¡No tengo amiguita...!
CHADD (_interesada_).--¡Qué muchacho tan arreglado...!
CÉSAR (_riendo_).--Voy a parecerle algo ridículo... ¡No tengo amiguita porque no pensé nunca en ello...!
CHADD.--¡Apuesto a que es usted novio...!
CÉSAR.--¡Tampoco...!
CHADD.--¡Bah! ¡Aunque lo fuera usted, no había de confesármelo...!
CÉSAR.--¿Por qué...? Un novio no es ridículo. Lo ridículo es un marido, o un amante engañado...
CHADD.--¡Yo he conocido a muchos novios y nunca se atrevían a decírmelo...!
CÉSAR.--Le aseguro que carezco de medios para casarme o para tener una amiguita.
CHADD.--Entonces... ¿qué hace usted...?
CÉSAR (_avergonzado_).--Trabajo.
CHADD (_insistiendo_).--¡Bueno...! ¡El trabajo es muy bonito; pero hay momentos en que no reemplaza a una linda epidermis fresca, a unos labios, a... ¡Bueno! Va usted a ser la causa de que diga más de cuatro tonterías... Cuenta usted veintidós años... Sabe usted decir «te amo» en cinco idiomas. ¡Y no se lo dice usted a nadie...!
CÉSAR.--No tengo a nadie que me escuche.
CHADD.--¿Buscó usted...?
CÉSAR.--No he tenido tiempo... Además, yo no me contentaría con la primera que se presentara...
CHADD (_burlona_).--¿Tiene usted el gusto difícil?
CÉSAR.--Sé de sobra que no tengo derecho a ser así. Soy un jovenzuelo sin importancia. Como hermoso, dejo bastante que desear.
CHADD.--Verdad que no es usted bonito. Pero tampoco es usted feo. Es usted pasadero.
CÉSAR (_ingenuo_).--¿De veras...?
CHADD.--Hay hombres mucho más desagradables que usted y que causan grandes pasiones.
CÉSAR.--¡Tienen suerte...!
CHADD.--¡Vamos a ver...! ¡Usted me interesa...! ¡Es preciso que le encuentre una mujer...!
CÉSAR.--Nos alejamos un poco de la lección.
CHADD.--¡Bah! ¡La lección...! ¡Nos quedan todavía diez y nueve...!
CÉSAR.--En este momento yo soy el discípulo y no el profesor.
CHADD.--¡Nunca me he divertido tanto...! ¡Un mocoso que despabilar! ¡Si lo llego a saber, pago cuarenta lecciones...!
CÉSAR (_molesto_).--¡Usted dispense, señora...! Yo no he dado derecho a suponer...
CHADD.--¡Siéntese otra vez...! ¡Tengo todavía derecho a treinta minutos de su presencia...! Ya le miro...
CÉSAR (_hablando en inglés_).--«Table»... «Chair»... (_Indica estos objetos._)
CHADD (_preocupada_).--¡Sí... sí...! ¡Déjelo para después...!
CÉSAR.--«What a fair foot»... (_Indica el pie de Chadd._)
CHADD (_furiosa_).--¿Qué...?
CÉSAR.--Esto quiere decir en inglés: «¡Qué pie tan encantador...!»
CHADD.--¡No había caído...! ¡Tiene gracia esta lengua...! Todos los piropos parecen insultos... Yo había comprendido «¡Vete a hacer...!»
CÉSAR (_confuso_).--¡Jamás, señora, me hubiera permitido tal cosa...!
CHADD.--No me escriba usted esta frase... Y, además, dejemos ya el inglés... He reflexionado. El número que a usted le conviene es Juanita Pris, una rubia alta y lánguida, que baila conmigo en el «Rey Dagoberto».
CÉSAR.--Querría conocer más detalles.
CHADD (_levantándose y yendo en busca de unas fotografías_).--¡Aquí está...! Mírela vestida de incroyable, de rata de hotel y de Thais... ¿Verdad que está muy bien formada...?
CÉSAR (_frío_).--Si quiere que le dé mi opinión, me parece algo imbécil...
CHADD (_riendo_).--¡Y lo es...! Entre nosotras se le llama «la Crema». Sin embargo, no le gusta el dinero...
CÉSAR.--¡Y a mí tampoco...! Pero no me gusta la imbecilidad...
CHADD.--Yo creo que a ella no le gusta la inteligencia. Pasemos a otra cosa. (_Sacando otra fotografía._) ¡Mire...! Es Julia Tubal... Esta no es imbécil... Aquí está completamente desnuda. Trabaja de modelo con los artistas.
CÉSAR.--¡En efecto, no parece mala...! Los senos son un poco grandes... las manos demasiado fuertes... y el rostro vulgar...
CHADD.--¡Tiene usted un golpe de vista...! Julia carece de educación y habla como una rabanera. ¡Se hartaría usted de ella en seguida...! (_Tomando otra fotografía._) Esta es mi mejor amiga: Gladys Leal. Tiene un corazón de oro; unos ojos como no los hay de hermosos en la tierra; casi ningún pecho, y ¡unas pantorrillas tan espirituales...!
CÉSAR.--¡Es muy delgada...!
CHADD.--Tiene usted razón. Es delgada... bastante delgada... ¡Y, además, es muy exigente...! ¡Ya lo demostró con bastantes hombres...! Y, al tratarse de un jovencito como usted, en seguida iba usted a enfurruñarse...!
CÉSAR.--¿No tiene usted otra cosa...?
_Un largo silencio; Chadd mira a César y éste mira a Chadd con aire de ruego admirativo. Chadd baja los ojos, suspira y luego se decide._
CHADD (_tierna_).--¡Sí! ¡Qué tonta soy...! ¡Aquí estoy yo...!
_César se precipita sobre Chadd y le da una lección que la Casa Marvitz no había previsto. Pasada una hora, Chadd despierta:_
--Oye, amor mío... ¡Para la próxima lección vendrás más tempranito!
_Por la noche, en el Colbert's Bar, el joven barón Latripe charla con su parásito Gemblin, saboreando un_ cock-tail _rosa_.
LATRIPE.--Sí, amigo mío. He conquistado a la pequeña Chadd, y de balde.
GEMBLIN.--¡Tú bromeas...!
LATRIPE.--Se trata de un truco digno de mí... Me encontré a un bohemio al que había conocido en el barrio Latino, un tipo asombroso y sabihondo, que se había visto reducido a contratarse en la Casa Marvitz para vivir. Me refirió que iba a dar lecciones de inglés a la pequeña Chadd. Yo le solté doscientos francos por ocupar su puesto... Representé mi papel a la perfección... ¡Y Chadd se dejó coger en la trampa...! ¡Qué hora pasé, amigo mío...! Ella no la tuvo igual para nadie. ¡Y pensar que yo le había hecho ofrecer, por mediación de la tía Cognal, cincuenta luises...! ¡Y que Chadd los había rechazado...! Ahora me falta todavía dar a Chadd, ¡tan tierna y tan enamorada!, diez y nueve lecciones.
GEMBLIN.--Supongo que las aprovecharás todas...
LATRIPE.--¡Jamás...! No volverá a verme. He avisado a César. ¡Figúrate cómo lo van a recibir...! ¡Ya ves! Se trata de un individuo que no sale de la cervecería, calvo prematuro y bastante puerco... ¡Imagínate la escena...!
GEMBLIN (_soñador_).--¡Sí...! Sin embargo, para ser chic, deberías continuar desempeñando tu oficio...
LATRIPE.--Diez y nueve lecciones como la de hace poco...! ¡Quia! ¡No, amigo mío...! ¡Me dejaría allí los huesos...! ¡No volveré a las andadas...! Compréndeme: he logrado de esta criatura lo que jamás concedió a nadie. La he poseído por sorpresa. ¡Conformes! Si yo insistiera, no tendría delicadeza. Además, Chadd comprendería quizá mi treta, y esto lo echaría todo a perder.
Pasemos a otro orden de ejercicios...
VI
CURSO DE «BRIDGE»
_El señor Ernesto Lucien sale de su alcoba y entra en su despacho. Como vive de una renta vitalicia de cincuenta mil francos, legados por un padre que ha reconocido así las bondades de la madre sin reconocer al hijo, el señor Ernesto Lucien no necesita trabajar en su despacho. Se acerca a los veinticuatro años y, aunque haya tenido muy pocos principios, siente la necesidad de aspirar a un fin. Es un mozo arreglado, muy elegante, y bastante agradable de aspecto; parece un joven diplomático, y, en efecto, es no sé qué cosa en el ministerio de Negocios extranjeros. Esto no le ocupa mucho tiempo. Apenas entrado en su despacho, comprueba que un servido de café de antiguo Rouen ha desaparecido. Se encoleriza y llama. Al cabo de algunos minutos aparece un ayuda de cámara, con tipo de viejo golfo, cano, delgado, calvo, con la nariz demasiado larga, con la boca desdentada y con pinta de borracho empedernido._
ERNESTO (_severo_).--¡Chupin...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?
CHUPIN (_que se ha esforzado por quedarse junto a la puerta_).--¿Qué estás diciendo...?
ERNESTO.--En primer lugar, te prohibo que me tutees...
CHUPIN (_pronto a llorar_).--... ¡Soy tu hermano de leche...! ¡Yo te eduqué... cuando murió tu pobre padre...!
ERNESTO (_excitado_).--¡Sí..., sí...! ¡Ya conozco tu historia...!
CHUPIN (_vertiendo lágrimas_).--El pobre hombre me dijo: «Chupin: eres hermano de leche de mi hijo. ¡No puedo reconocerlo...! ¡No tiene padre...! ¡Tú no lo abandonarás nunca...! ¡Júramelo...!» ¡Y se lo juré...!
ERNESTO (_furioso_).--¡Basta...! ¡Hace veinte años que te soporto...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?
CHUPIN (_enjugándose las lágrimas con la manga_).--¡No lo sé...!
ERNESTO.--¿Lo has roto...?
CHUPIN.--¡Se cayó él solo! (_Cándido._) Anoche debiste venir borracho...
ERNESTO (_en el colmo de la cólera_).--¡Desdichado...! ¡Tú eres quien debió volver borracho esta mañana...!
CHUPIN.--¡Se necesita valor para decir tal cosa...! ¡Yo, que no bebo más que agua...! ¡Son calumnias que se propalan por ahí...!
ERNESTO.--¡Tú has roto mi antiguo Rouen...! ¡Borrachón! ¡Pellejo de vino! ¡Un servicio de café que había heredado de mi pobre padre...!
CHUPIN.--¡A mí también me heredaste de tu pobre padre...!
ERNESTO.--¡Un rico regalo que me hizo...! ¡Hala...! ¡Has colmado ya mi paciencia...! ¡Vete...!
CHUPIN.--¡Está bien...! ¡Volveré cuando estés de mejor humor...!
ERNESTO.--¡No...! ¡No volverás más...! ¡Te echo...!
CHUPIN (_sonriendo_).--¡Me parece que he oído mal...! ¿Me plantas en la calle...?
ERNESTO.--¡Sí...! Ve a recoger todo lo tuyo... Te ajustaré la cuenta en seguida y no te veré más.
CHUPIN (_digno y vacilante_).--¡Ernesto...! ¡Oye una cosa...!
ERNESTO.--¡No oigo nada...! ¡Déjame en paz...!
CHUPIN (_furioso_).--¡Está bien...! ¡Te pesará...! (_Sale dando traspiés._)
ERNESTO (_súbitamente tranquilo en cuanto se ve solo_).--¡Uf...! Ya estoy libre de ese viejo borracho... ¡Mi hermano de leche...! ¡Y su madre me crió con biberón...! (_Llaman a lo lejos._) ¡Ah! Es el señor Froment, mi profesor de _bridge_. (_A la puerta._) ¡Entre, señor Froment...!
_Aparece el señor Froment, un viejecillo seco como un esparto, con cabeza de gorrión disecado y con cabellos de un blanco amarillento sobre una calvicie excesiva. El profesor de_ bridge _está afeitado; pero tiene_ chic _natural, que revela al antiguo hombre de mundo caído en la miseria_.
EL SEÑOR FROMENT (_muy cortés_).--¿Goza usted de buena salud, mi querido discípulo?
ERNESTO (_yendo a buscar una mesita de juego y un_ necessaire _de_ bridge).--¡Vamos marchando...! ¿Y usted, querido maestro?
EL SEÑOR FROMENT (_sentándose_).--¡Se lucha...! ¡Es tan dura la vida!
ERNESTO (_colocándose al otro lado de la mesa_).--Sin embargo, el oficio de usted es bastante agradable...
EL SEÑOR FROMENT.--¡Desde luego! Además, era el único para el cual podía servir yo... Y, después de todo, esto me recuerda el tiempo en que yo cartoneaba para satisfacción mía.
ERNESTO.--¿Ha sido usted jugador...?
EL SEÑOR FROMENT.--¡Ay! He perdido tres fortunas: he devorado en el Círculo, además de mis bienes, la herencia de dos tíos...
ERNESTO.--¡Caramba...! ¡No está mal...! ¿Y de qué Círculo era usted?
EL SEÑOR FROMENT (_sencillo_).--¡Del _Jockey_!
ERNESTO (_asombrado_).--¿Eh? ¡De manera que usted, señor Froment, era del _Jockey_...?
EL SEÑOR FROMENT (_vacilante_).--¡Es que... Froment no es mi nombre patronímico...!
ERNESTO.--¿Qué me cuenta usted...?
EL SEÑOR FROMENT (_solemne_).--¡Yo me llamo Melchor de Honnemoy de Esketua, último duque de este nombre...!
ERNESTO (_estupefacto_).--¿Usted era duque...?
EL SEÑOR FROMENT.--¡Y lo sigo siendo! Los de Esketua son los representantes más antiguos de la magnífica nobleza vasca, que se cubrió de gloria al lado de los bearneses, a los que, por otra parte, detestaba. Sin embargo, comprenderá usted que para dar lecciones de _bridge_ y de _poker_ tuve que mandar a paseo el ducado.
ERNESTO.--¿De manera que usted se arruinó en el juego?
EL SEÑOR FROMENT.--¡Ay, mi querido discípulo...! ¡Las mujeres ayudaron al azar...! Puedo decirlo con orgullo: jamás di un beso sin haberlo pagado antes. Sin embargo, el amor me resultó menos costoso que el juego. Un jugador no es sensual ni enamoradizo. Dejaría a la mujer más amada por una partida de _baccarat_. Conocí a las criaturas más hermosas de mi tiempo y no me dejaron ningún recuerdo tierno o cruel. Por el contrario, repaso todavía en mi debilitada memoria los gloriosos episodios de las partidas en que me arruiné, y encuentro en ello un deleite que no acertaría a expresarle... En mil novecientos uno, al principio del _bridge_, jugamos en el _Jockey_ la célebre partida que hizo época: mil francos por punto. Tenía por compañeros al vizconde Goutte, al marqués Fridolin y a Toumeh-Bajá. Este heroico combate duró tres días con tres noches, durante los cuales nos sostuvimos con _sandwiches_ y con champaña. Yo me hubiera sostenido cuatro días; el vizconde Goutte fué el primero en caer rendido por el sueño. El y yo perdíamos cerca de un millón. Creo que es la partida más fuerte que se ha jugado al _bridge_; todavía no teníamos la _aucción_ ni el _pirata_. Comprenderá usted que yo había quemado mis naves; liquidé mi cuadra de carreras.
ERNESTO.--¡Ah! ¿Luego usted era propietario...?
EL SEÑOR FROMENT.--¡Sí! Y, cosa curiosa, ganaba en las carreras. Sin embargo, me empeñaba en forzar la suerte con los naipes... ¡Pretendía violentarla...! ¡Mal medio...! Caí, poco a poco, en el subsuelo de la necesidad, en lo más hondo de la pobreza. Había vendido granjas y castillos, villas, palacios, mis cuadros, mi despacho de grabados, mis Tanagras del siglo XVIII--la mejor época para las Tanagras falsas--y mis medallas; toda la paciente herencia de mis antepasados, que eran peritísimos y que tenían almas de chamarileros, desapareció en algunos meses. Encontréme en mitad del arroyo, sin un céntimo. Tenía cincuenta y cuatro años; solamente me quedaba ya por vender mi nombre.
ERNESTO.--¡Y usted era demasiado altivo para consentir semejante cosa...!
EL SEÑOR FROMENT.--¡No!... En el extremo en que me encontraba, ya no se tiene altivez. Lo que pasaba era que yo tenía una reputación de jugador empedernido. Las damas, que me hubieran comprado mi título en otras circunstancias, apartábanse horrorizadas del jugador perdidoso e impenitente que yo era. Ofrecíanseme pensiones vitalicias a condición de que, una vez efectuado el matrimonio, me fuera a enterrar en provincias. ¡Esto equivalía a morir sin gloria...! Perdí muy buenas ocasiones, y no lo deploro. No tengo nada; pero sigo siendo dueño de mí mismo. Y manejo los naipes como antaño; pero ganando con ello, en vez de perder. (_Tornando a su lección._) Dispénseme, mi querido discípulo, esta digresión; olvídese de mi cháchara y trabajemos. Quedamos la última vez en el «sintriunfos». Es una declaración que se impone en dos casos: cuando se tiene mucho juego o cuando no se tiene ninguno.
ERNESTO (_parándose_).--¡No me entero ya del juego, señor duque...! Estoy pensando en otra cosa... Lo que usted me ha referido me ha causado una gran turbación...
EL SEÑOR FROMENT.--¡Sin embargo, caballero, mi biografía no puede ser más banal...!
ERNESTO.--Usted me ha hecho sus confidencias. ¡Váyase una cortesía por otra...! Yo también voy a franquearme con usted. Hoy no jugaremos más. Me dirijo al hombre de mundo.
EL SEÑOR FROMENT (_recogiendo los naipes_).--Le escucho.
ERNESTO.--Caballero: si yo quiero aprender el _bridge_ no es por afición a los naipes. Los aborrezco. Pero he observado que un joven de mi edad, dotado de cierta ambición, debe saber el _bridge_, si quiere hacer buen papel en el mundo. Las gentes más dispares guardan tesoros de amabilidad para un buen «cuarto en el _bridge_». De esta manera conocí al señor Leplu-Raboin.
EL SEÑOR FROMENT.--¿Al gran almacenista de hierros?
ERNESTO.--¡Al mismo! Me lo encontré en Vichy. Nos hospedábamos en el mismo hotel. El estaba allí con su hija, la señorita Lysiane.
EL SEÑOR FROMENT.--¡Una muchacha encantadora!
ERNESTO.--¡No! Es bonita y fea al mismo tiempo. ¡Eso es...! Me gusta por esto. El señor Leplu no me había prestado ninguna atención hasta la noche en que se encontró a dos amigos. Estos caballeros pensaron establecer un _bridge_ diario. ¡Les hacía falta un cuarto compañero...! Entonces el señor Leplu se mostró muy amable y me dirigió la palabra; al cabo de cinco minutos ya éramos amigos; me preguntó: «¿Sabe usted jugar al _bridge_?» Contesté afirmativamente. Nos sentamos a la mesa. Cometí falta tras falta y perdí cinco luises. ¡Espérese...! Al día siguiente jugué también. Cometí falta tras falta; pero gané doscientos francos.
EL SEÑOR FROMENT.--¡Dios protege la inocencia...!
ERNESTO.--¡Me da lo mismo! Yo había podido trabar conocimiento con la señorita Lysiane; durante el día permanecía al lado de la hija y pagaba este gusto acompañando al padre en el juego por la noche. Yo jugaba siempre muy mal; lo cual le disgustaba cuando era mi compañero y le colmaba de alegría cuando era mi adversario. A pesar de todo, sin duda mirando por la belleza del deporte, me dió la dirección de usted y me aconsejó que tomara lecciones.
EL SEÑOR FROMENT.--¡El señor Leplu ha sido discípulo mío...!
ERNESTO.--¡Se ve a cien leguas! Me ganó cinco mil francos durante el veraneo. Pero yo le había ganado la hija. En cuanto él estuvo aquí de vuelta, fuí a pedirle la mano de la señorita Lysiane.
EL SEÑOR FROMENT.--¿Y se la concedería...?
ERNESTO.--Al principio mostróse encantado: su hija lo había presentido; tengo una fortuna muy saneada; no soy tonto, ni muy villano; no tengo pasiones; no bebo, y he procurado cuidadosamente evitar los amoríos duraderos.
EL SEÑOR FROMENT.--¡Vaya! ¡El yerno soñado...! ¡Si yo tuviera una hija, se la concedería...!
ERNESTO.--¡Es usted muy amable!... Tocaba ya al logro de mis deseos, cuando el señor Leplu quiso enterarse de mi situación social. Yo tuve que confesarle que era hijo natural, no reconocido.
EL SEÑOR FROMENT.--¡Ah..., ah...!
ERNESTO.--¡Usted también dice «¡Ah..., ah...!» Lysiane estaba al corriente de este detalle y me había manifestado que carecía de importancia. Mi futuro suegro no tenía la manga tan ancha; cuando ayer tuve que confesarle la irregularidad de mi nacimiento, se contristó. «¡Qué gran contrariedad, amigo mío...! Nosotros pertenecemos a una familia burguesa último refugio de los más arcaicos principios. Aunque hubiera sido usted el hijo de un Durand o de un Dupont cualquiera, le habríamos aceptado. Pero no puedo dar mi hija única al hijo no reconocido de un desconocido. Lo lamento, porque me agradaba usted. ¡Caramba...! ¿No podría usted dar por ahí con un padre legítimo? No debe ser difícil de encontrar, si se busca bien.» En esto estaba esta mañana, planeando múltiples combinaciones, cuando vino usted y me refirió su historia.
EL SEÑOR FROMENT.--¡No veo la relación...!
ERNESTO.--¡Sí...! ¡Va usted a verla...! Usted, señor duque, no tiene un céntimo; usted vive vegetando. ¡Yo me brindo a salvarle, por lo menos provisionalmente...! ¡Su nombre es soberbio...! ¡Véndamelo...!
EL SEÑOR FROMENT.--¡Usted tiene ganas de broma!
ERNESTO.--¿Por qué...? ¡Si yo no tengo padre, usted está sin hijo! No le propongo un negocio deshonroso; le pido solamente que me reconozca como hijo suyo. Y yo le ofrezco cien mil francos en dinero contante y sonante, además de una renta vitalicia de seis mil francos. ¡Piénselo...!
EL SEÑOR FROMENT.--¡No! ¡No quiero pensarlo...!
ERNESTO.--¿No quiere usted...?
EL SEÑOR FROMENT.--Lo acepto. Entierro al pobre viejo Froment, que da lecciones de _bridge_ para vivir, y torno a ser el hidalgo de siempre. (_Se yergue y adquiere en seguida una dignidad inesperada._) ¿Qué debo hacer, querido hijo...?