Los cursos

Part 2

Chapter 23,700 wordsPublic domain

JESSY.--¡Pero protestará mi partida de nacimiento...!

TALMA.--¡Qué cosas tiene usted...! ¡Si todas las partidas de nacimiento de las actrices protestaran, no sería posible entenderse...! Están pintadas, por espíritu de cuerpo. Y para una cómica constituye hasta una ventaja el pasar por el Conservatorio, porque se rejuvenece en él cinco, ocho y aun diez años.

JESSY (_alegre_).--¡Caramba...! ¡No había pensado en esto...!

TALMA.--No es posible pensar en todo. La comedia es una fuente de juventud. ¿Se llama usted Jessy Loudon?

JESSY (_ingenua_).--Ese es mi nombre de guerra... de guerra contra los hombres... Yo me llamo verdaderamente Josefina Branchu.

TALMA.--En lo sucesivo, hija mía, se llamará usted Rachel Mars.

JESSY (_confusa_).--El nombre no es, por lo visto, moco de pavo.

TALMA.--Para una artista, el nombre es la cuarta parte del éxito. Ya sabe que me intereso mucho por usted. Adivino que posee usted dotes naturales. Usted ha sido arrastrada al teatro por una de esas vocaciones irresistibles...

JESSY.--¡Quia! ¡No! ¡De ninguna manera...! A mí no me gusta el teatro... ¡No me agrada mas que el cinematógrafo...!

TALMA (_sofocado_).--¡Qué blasfemia...!

JESSY.--Hasta puedo confesarle a usted que el teatro me disgustaba cuando era muchacha honrada... ¡Hace ya mucho tiempo...!

TALMA (_curioso_).--¡Ah! ¿De manera que usted no es ya...? (_Se acerca._)

JESSY.--¡Claro que no lo soy...! ¡Comprenderá usted que salgo ya sin mi nodriza...! ¡Y que no he ganado estas perlas cosiendo a máquina...!

TALMA.--¡Lo adivino! Usted es hija de un consejero de Estado arruinado por las especulaciones.

JESSY.--Yo soy hija de mis obras, de mis obras vivas. Mamá tiene un cuarto amueblado en Montparnasse...

TALMA (_molesto_).--¡Chist...! ¡Chist...! ¡Nada de escándalos...! ¿Eh?

JESSY.--¡Oh! ¡Mamá es muy correcta...! ¡Nunca se llevó mal con las buenas costumbres...! Yo también era correctísima. Poseo todos mis certificados y hubiera podido ser institutriz, como Blanquita... ¿Sabe usted a qué Blanquita me refiero...?

TALMA.--A la heroína del señor Brieux. Le aconsejo a usted la escena del acto tercero.

JESSY.--Ya es demasiado tarde. Entré en las Galerías Wilson, donde alcancé un gran éxito como maniquí. Exhibía durante el día hermosos vestidos. Y le advierto que soy una plástica estupenda. ¡Puede usted creerlo...!

TALMA.--¡Lo creo...! (_Se sigue acercando._)

JESSY.--Era muy dichosa; pero no lo sabía, y por eso me juzgaba muy desdichada. Presentóse un buen negocio: el señor Sautriot, el confeccionador al por mayor, un hombre por el estilo de usted, un poco gastado, pero muy cortés. Ofrecióme una buena posición.

TALMA (_descorazonado_).--¡Ah, miserable...!

JESSY.--¿El...? ¡Es la flor y nata de los hombres...! Me dió a escape todo lo que quería, y además me daba de propina lo que no quería. Me entrega dinero en forma de renta vitalicia.

TALMA (_sin comprenderla_).--Procura hacerse perdonar su edad...

JESSY (_impaciente_).--¡No me entiende usted...! Al hablar así quiero decir que me asegura mi porvenir. No es viejo. Apenas tiene cuarenta años. ¡Es más joven que usted...!

TALMA (_vejado_).--¡Usted dispense! ¡Yo tengo...!

JESSY.--Usted tiene cuarenta y cinco años. He comprobado su edad en la lista de los premiados del Conservatorio. Ahora bien; con arreglo a su teoría, esto equivale a...

TALMA (_evasivo_).--¡Dejemos eso a un lado...!

JESSY.--¡Como usted guste...! Entonces se produjo en mi vida un fenómeno inverso: creíame dichosa, puesto que lo tenía todo, y en realidad era muy desdichada. ¡Me aburría con un aburrimiento de más de cien francos por hora...! Siguióse a esto que el señor Sautriot se aburrió viendo que yo me aburría. Me compró un aparato fotográfico perfeccionado, útiles de pirograbado, una caja de colores, las últimas novelas y los juegos de sociedad. ¡Todo en vano...! Me pagó vestidos para distraerme. Me ofreció lecciones de piano. ¡Todo me fastidiaba...! Una noche, al desnudarme delante de él, exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes, querida mía...!»

TALMA (_ofuscado_).--¡Por Dios, señorita...!

JESSY.--¡Dispénseme usted, maestro...! El exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes...! Con unas piernas semejantes, ¿no se te ocurrió nunca hacerte del teatro...?»

TALMA.--¿Y usted se negó...?

JESSY.--¡Ni soñarlo...! Sentí que la vocación se adueñaba de mí, que iba a tener al fin algo que me interesara en la vida, que Dios me señalaba el camino que había de seguir... ¡Dios me había concedido unas piernas lindas...! Era para que se las enseñara a todos los amigos del señor Sautriot y para que el señor Sautriot se enorgulleciera de ello. De esta manera satisfacía mi deseo de actividad y la vanagloria del señor Sautriot. Mi amigo se hubiera desconsolado si yo lo hubiese engañado con un aviador, o con cualquier otro objeto de primera necesidad. Pero sentíase ufano de que lo engañase con el público.

TALMA.--¡Exactísimo...! Ha definido usted la seducción que las mujeres de teatro ejercen sobre sus amantes ricos.

JESSY.--Sautriot mostróse encantado. Fué a recomendarme a la señora Grattemimi, directora de las Locuras Medianas. ¡Esto debió costarle mucho...!

TALMA.--¿Supone usted que esa dama le pediría dinero...?

JESSY.--¡Déjeme continuar...! Esto debió costarle mucho trabajo, porque a él no le gustaba relacionarse con la gente de teatro. Es un negociante apacible y un hombre casado, que no tiene gran interés en encanallarse... Hizo que me contrataran; fuí a ver con él a la directora, una verdadera mujer de mundo, en toda la extensión de la palabra. Nos recibió muy amablemente y me dijo: «Usted, amiguita, hará una Gran Coqueta. ¡Lo veo desde la primera ojeada...!» En seguida me rogó muy discretamente que le enseñara mis piernas y me firmó un contrato; en la primera revista, que está en ensayo, debo representar a la hija de Jefté, al Pudor y a la Verdad. He visto los trajes, que son preciosos. Si los reuniera usted pedazo por pedazo, no conseguiría hacer con ellos un vestido de mujer honrada.

TALMA.--¿Y acepta usted esto...?

JESSY.--¡No se disguste usted...! Tendré que aceptar cosas peores. Después de todo, las mujeres honradas se desnudan de día y yo me desnudaré de noche. Unicamente nos diferenciará la diversidad de público. Yo no amo a nadie; por esta causa estoy resuelta a acostarme con todo el mundo. No aportaré vicio alguno con la ejecución de este programa. Me acostaré con los autores, con los principales intérpretes, con el administrador, con el apuntador, con los tramoyistas y hasta con el amante de la señora directora; me acostaré con el comanditario, con el vendedor de programas, con el consejero municipal del barrio, con el diputado del distrito y, si es preciso, con el ministro. Me acostaré, en fin, con el más alto magistrado del Estado, si éste tiene tiempo y deseos de hacerlo. Cuando una mujer abraza una carrera, conviene que abrace también a todos los que pueden facilitarle el acceso a la misma. Esto no me impedirá que entre en la Comedia Francesa, si se me antoja. ¡Por el contrario...! ¡Me ayudará a conseguirlo...!

TALMA (_indignado_).--¡Está usted hiriendo mis convicciones, señora...!

JESSY.--¡Sus convicciones...! ¡Se las compro...! Mire: tome cien sueldos y devuélvame cinco francos... ¿Cree todavía en la nobleza del arte, usted que nunca tuvo mas que sinsabores? ¿Cree usted en el talento y en el genio? Si yo tuviera la nariz ladeada o la pierna torcida, cambiaría la faz del mundo, al menos para el señor Sautriot, y yo no figuraría en la compañía de la señora Grattemimi.

TALMA.--Está usted pisoteando mis ideas más queridas. Sin embargo, siento en usted una personalidad rebelde. Quiero convertirla a la religión del arte puro. (_Se acerca._)

JESSY.--¡Demasiado veo adónde va usted a parar...! Cuando un hombre me habla de arte, acaba siempre por...

TALMA.--¿Qué se figura usted...? Quiero que usted se eleve hasta estas cumbres desde las que se contemplan las ideas generales y donde no se experimenta ningún sentimiento ruin. Para interpretar a los genios, a Corneille, a Molière, a Racine, hay que hacerse un alma semejante a la suya; hay que pasar su corazón por el autoclave del sufrimiento; hay que caminar con pies desnudos por los senderos cubiertos con las espinas de la envidia y con las ortigas de la maledicencia.

JESSY.--¡Qué ocurrencias tan graciosas las suyas...! ¡No tengo los pies hechos a eso...!

TALMA (_cogiéndole una mano_).--¡Yo la ayudaré, hija mía...!

JESSY.--Pero ¿está usted muy seguro de que hay que comprender a Corneille para interpretar el papel del Pudor en las Locuras Medianas?

TALMA.--¡Sí...!

_Este principia distraídamente a entretenerse._

JESSY.--¿Acaso Gandouille tutea a Racine...?

TALMA.--¿Quién es ese Gandouille...?

JESSY.--El cómico que ha perpetrado la revista en que yo trabajo y que hace todas las porquerías que estrena la señora Grattemimi.

TALMA (_ajeno a todo esto_).--¡No lo sé...! ¡Es posible...! ¡Todo es posible...!

JESSY.--Y usted, que se codea con Molière, ¿qué está buscando en este momento por los alrededores de mis ligas...? Sin duda, esto es lo que usted llama un sendero de espinas...

TALMA.--¡Le suplico, querida mía...!

JESSY.--¡Comprendido...! Es el oficio que entra, como suele decirse... ¡Bah...! ¡Yo soy una buena muchacha...!

_Se dirige hacia el diván y se quita el corsé._

--¡Ea...! Vamos a elevar nuestra alma...

_Talma no se lo hace repetir. Adivínase la continuación. Al cabo de unos cuantos minutos, Jessy se levanta tan tranquila como si acabara de cumplir una pequeña formalidad administrativa. Se pone su capa y se da unos pocos polvos en la nariz y en las mejillas, en tanto que el querido maestro restablece la buena disposición de su peinado. Breve silencio. Jessy se toca nuevamente con su sombrero; luego, algo turbada, registra en su bolso y saca dos billetes de cien francos, que alarga a su profesor._

TALMA (_rechazando los billetes_).--¿Por qué me ofrece usted este dinero...?

JESSY.--¡Caramba...! ¡Es el precio del abono... para la lección...!

TALMA (_digno_).--¿Por quién me toma usted...? ¡Soy un caballero, señora...! Después de lo ocurrido entre nosotros yo no puedo recibir la menor cantidad de usted...

JESSY (_asombrada y encantada_).--¡Bueno...!

TALMA.--¡Por lo menos, hoy...! ¡Ya me pagará a fin de mes...! ¡La señora Talma le pasará el recibo...!

III

CURSO DE EURITMIA

_La señora Bouzine ha llevado a su hija única, Lea, al curso de Euritmia dirigido por la célebre Terpsy, profesora de bellas actitudes. El curso Terpsy está situado en esa región montañosa que ya no es precisamente París y que tampoco es todavía Montmartre; calle Blanca; un amplio estudio, situado en el séptimo piso; no hay ascensor. La señora Bouzine, que es morena, bastante gruesa, de rasgos acentuados y de aspecto imponente, jadea al subir la escalera. Lea la sigue más alegremente; es una muchachita de diez y ocho años, morena, como su madre; anuncia predisposición para la obesidad. Por ahora no es más que rechoncha, pequeñita, de buenas carnes y con unas pantorrillas que los señores se vuelven a contemplar cuando va por la calle. Lea se parece desagradablemente a su madre. Llegan por fin al último piso, ante una puerta detrás de la cual déjase oír una vaga música; la señora Bouzine recobra el aliento, y luego llama. Una criada, bastante sucia, introduce a las visitantes en un saloncito poco amueblado y cuyo moderno estilo disimula mal la pobreza._

LA CRIADA.--¡Tengan la bondad de esperar, señoras...! Pronto llegará el entreacto. ¡La señorita Terpsy no tardará...! (_Vase._)

LEA.--Oye, mamá... ¿Por qué no nos marchamos...? ¡Volveríamos otro día...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Tienes ganas de broma...? ¡Yo no he subido siete pisos para nada...! Además, hay que obedecer los consejos de tu tío. «Esta pequeña engorda demasiado... ¡Necesita hacer ejercicio...!» ¿Quieres engordar...? ¿Sí o no...?

LEA.--¡Me da lo mismo...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Estás en tu juicio...? ¿Y cuando no puedas casarte...? ¡Buena la habrás hecho!

LEA.--¡Bah! ¡Es que todavía puedo...!

LA SEÑORA BOUZINE.--Yo también decía eso... ¡Y ya ves a lo que he venido a parar...!

LEA (_riendo_).--¡Ay, mamá...! ¿Es que vas a seguir también el curso Terpsy...?

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Por qué no...? Algunas más gruesas que yo lo siguen. ¡Ahí tienes a la señora Gimblon...! ¡Era más recia que yo, y ha adelgazado diez kilos...!

LEA (_riendo_).--¡Y a consecuencia de esto, hasta se le ha desviado un riñón...! ¡Yo no quiero tener un riñón fuera de su lugar...!

LA SEÑORA BOUZINE (_severa_).--¡Lo que está fuera de lugar, hija mía, son tus observaciones...!

_Detiénese la música entre bastidores. Aparece la señorita Terpsy. Es una mujer alta, de cuarenta años, con rasgos un poco cansados, pero muy regulares. Está vestida con una especie de peplo grisáceo, que cubre un traje de malla de color de carne; piernas y brazos desnudos, pies calzados con sandalias entrelazadas; el peinado rojo de la señorita Terpsy está sujeto con bandeletas de oro. Adivínase un cuerpo espléndido, sobre el cual el peplo forma pliegues de una perfecta armonía._

TERPSY (_indicando unas sillas_).--¡Tengan la bondad de sentarse, señoras...!

_Ella se adjudica un sillón de forma griega; actitud de Tanagra. Las visitantes están maravilladas._

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Es usted la señora Terpsy? Yo soy amiga de la señora Gimblon.

TERPSY (_inmóvil_).--¡Ah...! ¡Ya...! ¡De mi Diez-kilos...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Qué dice usted...?

TERPSY.--¡Le quité diez kilos en un mes...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¡Ya me lo contó...! ¡Ahora ya puede agacharse!

TERPSY.--¡Esto no es mas que el principio...! La estoy retrasando un poco a causa de los senos...[1].

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Qué designios...?

TERPSY.--¡Hablo del pecho...! Cuando se adelgaza demasiado de prisa, el pecho cae... ¡Y no conviene...!

LEA (_curiosa_).--¿De manera que los senos de la señora Gimblon...?

TERPSY.--¡Marchan muy bien, gracias a Dios...! Pero... ¿cómo decirlo...? ¡Sentían vértigos...! ¡Dejábanse caer en... la tentación...! Yo dije a la señora Gimblon: «Hay que someterse al masaje, y cuando ellos no tengan ya vacilaciones volverá usted y la dedicaré a la pírrica...»

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Y qué es eso...?

TERPSY.--La danza guerrera... Usted desconoce todavía mi enseñanza: la danza clásica en todas sus manifestaciones. ¡No hay ejercicio mejor...! ¡Desde luego aquí no aprenderá usted el tango...!

LEA (_vivamente_).--¡Oh...! ¿El tango...? ¡Ya lo sé...!

TERPSY.--¡Peor para usted...! Es la única danza que hace engordar. ¡Principalmente las piernas y el bajo-vientre!

LA SEÑORA BOUZINE (_severa_).--¡No bailarás más el tango, Lea...!

TERPSY (_interesada_).--¡Ah...! ¿Es esta joven la que necesita mis consejos...?

LA SEÑORA BOUZINE.--¡Claro...! ¿Qué pensaba usted...?

TERPSY (_contemplándola_).--¡Oh...! ¡Gentil...! ¡Bien proporcionada...! ¡Rostro interesante...! Sin embargo, ¡ya era tiempo...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¡Lo mismo pensó su tío...! ¡Su tío es médico...!

TERPSY.--¡Estos señores nos envían muchas clientes...!

LA SEÑORA BOUZINE.--Además, mi cuñado se pasará por aquí al caer la tarde... ¡Siente curiosidad por conocer el método de usted...!

TERPSY.--¡Yo no tengo nada oculto para los señores de la Facultad...! ¡Ah...! ¡Le recuerdo el precio de la lección...! ¡Es de tres mil francos mensuales, a lección por día...!

LA SEÑORA BOUZINE (_inclinando la cabeza_).--¡Ya me lo habían indicado...!

TERPSY.--Yo les facilito el traje y el peplo: son cuarenta luises.

LEA (_irónica_).--¡Habría que ser verdugo de su cuerpo para privarse de ello...!

TERPSY (_muy amable_).--Pero si su señor cuerpo no quiere nada de esto, no hay por qué disgustar a los demás... ¡Yo no corro detrás de las lecciones...!

LA SEÑORA BOUZINE (_alargándole discretamente un sobre_).--¡Dispense a mi hija...! ¡Es un poco burlona...! Ahí van los dos primeros meses.

TERPSY (_arrojando el sobre al fondo de un cajón_).--¡Gracias...! (_Firma un recibo en pergamino, que parece un diploma._) Voy a exponerle mi sistema a grandes rasgos. ¡Aquí tenemos, por ejemplo, a su hija, que es bastante linda...! Sin embargo, se sostiene mal, es de aspecto vulgar y se mueve con dificultad. ¡No tiene un solo ademán que sea gracioso...!

LEA (_sonriente_).--¡Encantador...! ¡Siga usted echándome flores, mientras las haya en su jardín...!

TERPSY.--Yo, hija mía, le digo a usted la verdad... Usted no sabe sentarse ni levantarse; usted no sabe acostarse... ¡Usted no sabe andar...! ¡Usted no sabe inclinarse...! Procure usted designar un objeto; este jarrón... Y diga: «¡He aquí un jarrón...!»

LEA (_obedeciendo_).--¡He aquí un jarrón... que no me gusta...!

TERPSY.--¿Lo está usted viendo...? ¡Es lo que yo decía...! ¡Hace usted un ademán torpe, un ademán vulgar...! Parece que está usted disparando una pistola con su índice... ¡Eso carece de gracia...!

LEA.--¡Yo me sirvo de mi índice como puedo...!

TERPSY.--¡Qué error...! ¡Es una cosa muy villana enseñar un dedo...! ¡Míreme...! ¡Yo contemplo el jarrón...! Luego curvo mi brazo, como para la ofrenda de mi deseo, y tiendo mis manos como si fueran una flor... (_Actitud._)

LA SEÑORA BOUZINE (_entusiasmada_).--¡Bravo...!

LEA (_vejada_).--¡Evidentemente, es bonito...! Pero ¡si hay que ir de ofrenda siempre que se quiera un vaso...!

TERPSY (_severa_).--¡Es necesario...! ¡Atienda...! ¡Apuesto a que usted no sabe coger un paraguas caído...! (_Toma el paraguas de la señora Bouzine y lo tira al suelo._) ¡Hala...! (_Deteniendo a la señora Bouzine, que va a agacharse._) ¡Deje usted a su hija...! ¡Haga usted el favor de cogerlo, señorita Lea...!

LEA (_doblándose en dos y cogiendo el paraguas_).--¡No es nada difícil...!

TERPSY (_indignada_).--¡Quieta...! ¡Suéltelo usted, desventurada...! Y míreme; me acerco; voy, no «sobre» el objeto, sino «al lado» del objeto; doblo la rodilla derecha y pliego la izquierda; inclino mi cuerpo a la derecha y, con brazo alado, cojo el objeto como la lanza de un héroe difunto...

LA SEÑORA BOUZINE (_en el colmo de la dicha_).--¡Ah, qué hermoso...! ¡Bravo, señora Terpsy...! ¡Bravo...! (_A su hija._) ¿Te acordarás...? (_Lea hace una mueca._)

TERPSY.--Se enfada usted conmigo, señorita... Sin embargo, usted adquirirá poco a poco la costumbre de poner cierta armonía en sus menores ademanes... ¡Bajará usted del coche como una princesa baja de una carroza...! ¡Comerá usted tan noblemente, que su yantar no será la satisfacción, sino la idealización de una necesidad...! ¡Hasta sus más bajas funciones se revestirán de belleza...!

LEA (_interesada_).--¿Tiene usted también una actitud para esto...?

TERPSY.--¡Para todo, señorita...! Mi enseñanza no hace mas que expresar con ademanes los sentimientos sugeridos por la música: de esta suerte, yo la acostumbro a usted a guardar en el oído ciertas frases líricas; éstas acompañarán su vida en lo sucesivo. Principio por los sentimientos sencillos: _la alegría_ (danza báquica), _la tristeza_ (el treno), _el ensueño_ (Beethoven), _la voluptuosidad_ (erótica), _la cólera_ (pírrica), etcétera. Una orquesta, oculta detrás de un biombo, toca los trozos de los mejores maestros, mientras que usted realiza cortejos tomados de jarrones etruscos, de bajorrelieves, de medallones y de reconstituciones cuidadosamente clasificadas. Así preparamos una juventud digna de este país...

LEA.--¿Una juventud...? ¿Con la señora Gimblon, que tiene ya la cuarentena...? ¡Hasta le llaman «la Fiebre amarilla»...!

TERPSY (_digna_).--¡La señora Gimblon torna a sus treinta años, demasiado mal cuidados...! ¡Es ya «canéfora», que quiere decir portadora de canastillo...! Dentro de poco será promovida a «hierofante»... Vamos a pasar a la sala de los oficios; antes ¿quiere usted decirme el nombre del doctor amigo de la familia que debe venir a buscarlas...?

LA SEÑORA BOUZINE.--Es mi hermano, el profesor Tassouin.

TERPSY (_sobrecogida_).--¿Gilberto Tassouin...?

LA SEÑORA BOUZINE.--¡El mismo! ¿Le conoce usted...?

TERPSY.--¡De nombre...! Por aquí, señoras...

_Dice algunas palabras en voz baja a la criada; luego entran en el estudio: las damas, en peplo y traje de mallas, toman el te con unas amigas más vestidas. A la entrada de Terpsy se levantan._

TERPSY.--¡Señoras...! ¡Al altar...!

_Todas suben a un pequeño tablado._

TERPSY (_manda_).--¡Los tirsos...! ¡Interpretemos las Bacantes...! ¡Según el dibujo número 315, copa del museo de Pompeya...! (_A la orquesta._) ¡El _agitato_ de la _suite_ en mi...!

_Y de súbito, golpeando a un Baco imaginario, las jóvenes se precipitan. Terpsy, con los crótalos en las manos, rima la danza, cuyos pasos son cada vez más rápidos; todo esto acaba en un furioso torbellino. La señora Bouzine y su hija están estupefactas y piensan_:

--«¡Imposible...! ¡Nos encontramos entre los dingos...!»

TERPSY (_a Lea_).--¿Qué le parece a usted, hija mía...?

LEA.--¡Oh! ¡Cuando yo refiera esto a mis compañeras de pensión van a sudar de firme...! ¡Me explico que se pierda grasa con este ejercicio...!

TERPSY.--¡Espere...! Tenemos el treno para descansar. (_A sus discípulas._) ¡Señoras...! ¡El peplo..., los velos negros..., las palmas...! ¡Usted llevará la urna, señorita Punas...! Dibujo 215, según el vaso fúnebre del Louvre... (_A la orquesta._) ¡La marcha _Sulla morte d'un héroe_...!

_Las damas forman una procesión detrás de la señorita Punas; avanzan con lento paso, dando muestras del más profundo dolor._

LA SEÑORA BOUZINE (_encantada_).--¡Mira, Lea...! ¡Qué hermoso...!

LEA (_burlona_).--¡Sí...! ¡Aquí estamos más contentas que ahí enfrente...!

_Y la jornada continúa de esta manera. A cosa de las seis, el profesor Gilberto Tassouin, antiguo buen mozo, muy grave, se presenta; asiste al final de la sesión sin decir una palabra. La señora Bouzine está inquieta._

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Qué te parece, Gilberto...?

LEA.--¿Verdad, tío, que no se trata de una cosa ordinaria...?

GILBERTO (_grave_).--¡Tú no comprendes nada de esto, hija mía...! ¡Es muy notable...!

LEA (_asombrada_).--¿Qué dices...? ¿Tú también, maestro, te prendas de esto...?

GILBERTO.--Hay en ello una revelación: la Kineterapia aplicada a la Estética. Nunca podría aconsejarte bastante cuán necesario es para ti que sigas este curso... Por otra parte, voy a quedarme un instante con la señora Terpsy; deseo interrogarla acerca de los resultados obtenidos. (_A la señora Bouzine._) Iré a buscaros esta noche.

_Las dos mujeres se marchan. El profesor entra en el saloncito, donde Terpsy se le une, apenas ida su última discípula._

GILBERTO (_ceremonioso_).--Señora: ¡dispense usted mi curiosidad...!

TERPSY (_saltándole al cuello_).--¡Quita de ahí...! ¿A qué viene eso de señora...? ¿No me besas ya, Gilberto mío...?

GILBERTO (_turbado por este beso_).--Ignoraba si debía...

TERPSY.--¡Es cierto...! ¡Me abandonaste cochinamente hace veinte años...! ¡Pero tuve tiempo de perdonarte...! ¡Te di los mejores años de mi juventud, bandido...! ¡Y no lo siento...! ¡Quia...! ¡Cuánto me alegra que hayas venido...!

GILBERTO.--¡Oh! ¡Me sentía atraído por la curiosidad! ¡Que me lleve el diantre si sospechaba que la célebre Terpsy era Melania Boujotte, a la que yo había dejado de modista en Montmartre...!

TERPSY.--Pues, querido mío, algo de culpa tienes tú de que yo me haya convertido en Terpsy... Es una cosa que te debo, además de la pérdida de mis ilusiones.

GILBERTO.--¡Imposible...!

TERPSY.--Vas a ver cómo se encadena todo. Cuando me dejaste plantada con el pretexto de que te impedía estudiar, estuve a punto de matarme... ¡Sí, alma mía...! Yo, tu «alegría de vivir», como tú me llamabas, quise envenenarme; claro está que no pude hacerlo. No tenía ganas de trabajar, y entonces me lancé a la vida alegre... Todas las noches iba al baile Vestris y allí danzaba para aturdirme... ¡Y nunca regresaba sola...!

GILBERTO (_disgustado_).--¿Siempre con el fin de aturdirte...?