The Sky Detectives; Or, How Jack Ralston Got His Man

Chapter 3

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-Eso sí señor. El otro es éste que usted ve. De buena gana se hubiera ido con su hermano; pero como tiene el defecto que está usted viendo, no ha tenido más remedio que quedarse en la fábrica ganando, como yo, su buen jornalito. De suerte que no hay mal que por bien no venga. Yo creo, caballero, que Dios nos haría un gran favor a todos los españoles si nos pusiese cojos... con tal que la cojera no fuese cosa mayor, como no lo es la de éste.

Volviendo a la Corretania, nos encontramos con que el cañoño de ciento veinte años se había apresurado a acudir al llamamiento del rey Resoluto I.

El rey tenía las dotes de orador que debe tener un buen rey, reducidas a hablar con sencillez, corrección y claridad...

-El señor don Francisco me permitirá preguntarle por qué se han de reducir a eso las dotes de orador de un buen rey.

-Porque está averiguado que los pico de oro gobiernan muy mal, sin duda porque toda la fuerza se les va por la boca

El rey tomó la palabra y explicó perfectamente al cañoño su deseo de encontrar un medio eficaz de obligar a los corretones a pasar la vida trabajando honradamente, en vez de pasarla correteando de aquí para allá como contrabandistas, como cazadores furtivos, como bandidos o como facciosos blancos o negros.

-Haga vuestra majestad cuenta de que ya ha encontrado ese medio -contestó el cañoño.

-Pero ha de ser tal, que no coarte las libertades populares ni repugne a la Humanidad.

-Nada de eso, señor. Así que se ponga en práctica, vuestra majestad podrá aumentar las libertades populares de la Corretania sin el menor peligro de que el pueblo abuse de ellas; y la Humanidad habrá ganado mucho, porque habrán acabado para siempre esos atroces fusilamientos con que hoy se manda al otro barrio al contrabandista o al cazador furtivo, o al bandido o al faccioso blanco o negro o colorado a quien se echa la uña.

-Esos fusilamientos también me parecen a mí atroces; pero no hay más remedio que pasar por ellos, porque si no se fusila a los prisioneros, como tienen los pies tan listos, se escapan y vuelta a las andadas.

-Pues yo he encontrado medio seguro de que los corretones que aún no han correteado no vayan a corretear, y de que no haya necesidad de fusilar a los que en la actualidad corretean. Vuestra majestad sabe que la circuncisión es operación dolorosa, y a pesar de eso, donde se usa se la tiene por saludable y santa. Vuestra majestad sabe que en los países civilizados apenas hay mujer a quien de niña no se le haya hecho un agujero en cada oreja, y sin embargo, a nadie le ha ocurrido combatir esa costumbre como cruenta e inhumana, aunque sólo resulta de ella la satisfacción de una ridícula vanidad. Vuestra majestad sabe que los letanazos con que se vacuna hacen ver las estrellas, y no obstante, no hay quien no los tenga por muy útiles...

-Habla usted con cabeza, abuelito.

-Vuestra majestad sabe también que la ciencia ha adelantado hasta el punto de que hoy es posible cortarle a uno, sin que sienta el menor dolor, aunque sean las narices, con sólo aplicarle a ellas un poco de cloroformo u otro anestésico.

-Abuelito, me parece que le veo a usted venir. Si lo que usted me va a proponer es lo que yo me figuro, no hemos adelantado nada, porque lo que yo quiero no es que los fusilados mueran sin dolor.

-Permita vuestra majestad que interrumpa su honrada palabra diciéndole que ni vuestra majestad me ve venir, ni yo quiero que se fusile a nadie sin dolor ni con dolor.

-Pues si no, ¿qué es lo que usted quiere, abuelito?

-Lo que yo quiero es que por medio de una operación quirúrgica, que será muy poco cruenta sin el uso de anestésicos, y con el uso de ellos ni siquiera se sentirá, se imposibilite a los unos de meterse a corretones cuando sean hombres, y se imposibilite a los otros cuando caigan prisioneros, sin necesidad de fusilarlos, de volver a las andadas; todo, por supuesto, sin que a unos ni otros sirva del menor obstáculo la operación de que se trata para atender a las necesidades lícitas de la vida y dedicarse al trabajo en la heredad, en el taller, en las minas, en las fábricas y en los establecimientos comerciales.

-¡Hombre -exclamó el rey, abriendo tanto ojo al oír esto-, explíquese usted, que estoy en ascuas hasta saber de qué operación se trata!

-Se trata, señor, de una sencilla solución de continuidad del tendón de Aquiles, cuyo resultado será que los corretones corporalmente se ladearán un poco, y moralmente andarán derechos como un huso. Se trata de conmutar a los prisioneros el fusilamiento por la cojera, que permitirá ponerlos inmediatamente en libertad, sin peligro de que vuelvan a las andadas, y se trata de encojecer a los niños para que cuando sean hombres vayan a trabajar como Dios manda, y no a hacer picardías como manda el diablo.

Al oír esto, el rey Resoluto I se quedó un momento parado, reflexionó, y encandilándosele los ojos de alegría, exclamó:

-¡Habla usted con cabeza, abuelito, habla usted con cabeza! Queda usted nombrado presidente de mi Consejo de ministros y encargado de la formación de nuevo Gabinete, cuya política tendrá por ancha base el luminoso proyecto que acaba usted de someter a mi aprobación.

VI

Las Memorias de la Corretania que yo, como soy tan valiente, encontré donde fray Pedro de Loibe, como era tan candoroso, creía haber cuerpo santo, dan un salto de más de medio siglo, pues al volver a hablar del rey Resoluto I nos le presenta ya muy anciano, aunque no tanto como el cañoño que sabemos se echó de consejero poco después de su advenimiento al trono corretánico.

La Corretania había experimentado transformación maravillosa en el reinado de Resoluto I, fuese por el justo medio que este monarca había adoptado en punto a libertades populares, o fuese (como yo creo, por más que los filántropos lo lleven a mal) por haberse puesto en práctica en la subpenínsula el ingenioso medio ideado por el cañoño para impedir el correteo.

La subpenínsula era una balsa de aceite y una colmena de abejas desde que se adoptó en ella la solucioncita de continuidad del tendón de Aquiles, practicada sobre el calcañal a todos los varones, previa la administración de un anestésico, que permitía cortarle a uno aunque fueran las narices sin que uno lo sintiera.

Es verdad que todos los corretones eran cojos, pero las corretonas decían que su cojera les hacía retemuchísima gracia, porque así los hombres tenían a cada paso unas caiditas que enamoraban.

Ni guerras fuera, ni pronunciamientos dentro, ni en toda la subpenínsula un bandido que metiera mano a los viajeros, ni un contrabandista, ni un faccioso blanco ni negro ni rojo.

Así, el bello ideal del rey de ver a sus súbditos, en la heredad y en el taller, y el bello ideal de las solteras y las casadas de ver al novio o al marido hechos unos perritos falderos, se habían realizado por completo.

La población se había duplicado, los puertos estaban constantemente llenos de buques, las fábricas hormigueaban por todas partes, la agricultura podía competir con la más adelantada y multiplicada de Europa, la minería había adquirido un desarrollo inmenso, los pueblos comerciales e industriales habían centuplicado su población, su vida y su riqueza: en resumen, la Corretania gozaba de tal prosperidad, que la envidiaban todas las plagas de Egipto; porque la Corretania les hacía muy mal tercio con su industria fabril y los productos de su suelo, con que no podían competir de ningún modo ni en precios ni en calidad las susodichas naciones.

El rey Resoluto I se consideraba dichosísimo viendo aquella prosperidad y pensando cuán desgraciado había encontrado a su pueblo, y cuán dichoso le iba a dejar el día que él cerrase el ojo.

Este día llegó, y la Corretania, después de llorar la muerte de tan gran rey, como pueblo alguno no ha llorado la del suyo, llenó la subpenínsula de monumentos conmemorativos y apologéticos del glorioso Resoluto I.

Las naciones que tenían tirria y mirria y mala voluntad a la Corretania porque su industria fabril y los productos de su suelo no podían competir en ningún concepto con los corretáneos, así que tuvieron noticia del fallecimiento de Resoluto I, conferenciaron secretamente para ponerse de acuerdo sobre dos puntos, a saber: el de la conveniencia de arruinar a la Corretania, y el de los medios de que se habían de valer para procurar esta ruina.

En cuanto al primer punto, se resolvió afirmativamente sin la menor vacilación ni duda; y en cuanto al segundo, los pareceres fueron diversos y acalorada la discusión.

La idea de declarar la guerra a la Corretania con cualquier pretexto fue muy bien acogida y estaba a punto de aprobarse, teniendo en cuenta que, como los corretones eran cojos, sería fácil vencerlos, a pesar de su gran poder y riquezas; pero una sencilla observación hecha por uno de los representantes de las naciones, para tan pérfidos fines congregados, bastó para que se desechase por unanimidad la idea de la guerra.

La observación fue ésta:

-Es verdad que los corretones son cojos, pero también lo es que no son mancos.

Por último, para no moler con la reseña completa de aquella infame discusión me limitaré a añadir que se acordó minar la paz, la prosperidad y la concordia de la Corretania, introduciendo en ella por lo fino groseras ideas subversivas de toda sociedad cimentada en el buen sentido práctico, que era la base de la prosperidad y la dicha del pueblo corretánico.

El sucesor de Resoluto I, que tomó el nombre de Choriburu no sé cuantos, era dignísimo de este nombre, perteneciente a la lengua ibérica y equivalente a Cabeza de Chorlito.

Si así como le tocó ser rey le hubiera tocado ser arquitecto, hubiera hecho casas del techor siguiente:

En los solares del cielo tengo de hacer un casa, que yo estoy sube que sube, y tú estás baja que baja.

Ya saben ustedes por propia y dolorosa experiencia que son la mayor calamidad del mundo los estadistas ideólogos, es decir, los estadistas que tienen el comedor en la tierra y el resto de la casa en el éter. Pues figúrense ustedes lo que los reyes ideólogos serán, y calculen qué alhaja serías Choriburu no sé cuántos, que era flor y nata de esta casta de pájaros.

Por de contado, se rodeó de una turba de filósofos llamados del porvenir, que en materia de religión, cuando más, reconocían un Ser Supremo, aunque no le hubieran reconocido por tal si se les hubiese presentado a cobrarles una letrita de cinco duros; y en materia de libertad eran tan anchos de manga, que, cuando menos, disculpaban todos los horrores de la plebe, calificándolos, de «transformaciones de la historia que conducen, al progreso de la idea»; y en materia de popularidad era la suya tan entrañable, que cuando alguno de ellos pescaba un Gobierno civil de provincia, y había elecciones, ahorraba al pueblo hasta el trabajo de romperse la cabeza en busca de candidatos a quienes dar sus sufragios pues se los proporcionaba en amigotes particulares suyos; y para que la votación fuera más lucida, y, por tanto, el pueblo no pudiera ser acusado de indiferentista en materias tan trascendentales como la elección de diputados a Cortes, estiraba, estiraba de tal modo los sufragios emitidos, que convertía en millares las centenas.

Choriburu no sé cuántos convino por de pronto con sus amigos y consejeros los ideólogos del porvenir, en que era un horrible atentado a la personalidad humana, cuyos derechos eran imprescriptibles y anteriores y superiores a toda legislación, la solución de continuidad del tendón de Aquiles, y la tal solución fue abolida, por lo que en la Corretania empezó a cantarse:

¡Ya te han restablecido, tendón de Aquiles, y ahora fastidiaos, guardias civiles. Pronto en la Corretania los cojitrancos seremos facciositos, negros o blancos.

Y, en efecto, así que fue espigando la nueva generación de corretones, o sea antes de transcurrir veinte años, la idea traída del Extranjero y sembrada en la Corretania por los filósofos del porvenir, cuyo gran maestre y favorecedor era el rey Choriburu no sé cuántos, brotó por todas partes en forma de mocetones, con los pies más listos que un ajo, y el trabuco, el puñal o la lata de petróleo en la mano, y la Corretania se convirtió en un volcán moral y material, a cuya siniestra luz se frotaban las manos de satisfacción, allá a lo lejos, los que desde allá a lo lejos le habían encendido.

Lo primero que hicieron los filósofos del porvenir fue arrasar los monumentos levantados al glorioso Resoluto I y su sabio consejero el cañoño de ciento veinte años, porque decían que eran atentatorios a la fraternidad humana, que ha borrado el nombre de patria, como nombre impío para sustituirle con el santo de cosmos.

Un siglo después, la subpenínsula corretánica era lo que hoy es la isla de Izaro, reliquia suya, cuyo providencial destino es conservar la memoria de aquel gran continente tragado por el Océano. La soledad y las ruinas que hoy vemos en la isla de Izaro son la imagen compendiada de la soledad y las ruinas que ofrecía en toda su extensión la subpenínsula corretánica un siglo después de la muerte, por decapitación popular de su último rey Choriburu no sé cuántos.

Entonces Dios dijo al Océano:

-Haz desaparecer ese padrón de ignominia que avanza hacia tu turbulento y fecundo seno, y sólo conserva para memoria de la existencia de la Corretania y para lección de las libres, honradas y sensatas erriac cantábricas, sus vecinas, un pedacito de tierra que eternamente se ofrezca a la vista de las erriac de tal modo, que casi proyecte en él su santa sombra el Guernicaco-arecha.

Obediente el Océano cantábrico a la única voz que tiene autoridad sobre él, rugió como gigante león calenturiento, embistiendo a la Corretania en todo su perímetro, desguarnecido ya de aquellos ciclópeos muros, cuya conservación ni aun la dinastía de los Pusilánimes había descuidado, y pronto la Corretania desapareció del mapa de Europa.

Aquí tienen ustedes el cuento de los corretones; y perdónenme lo mucho que les he molido con mis digresiones mientras lo he contado.

No hay de qué perdonar, don Francisco; pero permítame usted que le pregunte qué ha querido usted decirnos con ese cuento.

-¿Qué he querido decirles a ustedes? Nada: que a continuación de donde estuvo la subpenínsula corretánica está la península ibérica.

Todos callamos y reflexionamos al oír esta contestación; pero todos penetramos al fin su sentido, y dijimos para nuestros adentros: «¡Te veo, besugo!»

Notas:

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