The Sky Detectives; Or, How Jack Ralston Got His Man

Chapter 2

Chapter 24,245 wordsPublic domain

«Señor: Tengo ya ciento veinte años y me sucede lo que al diablo, que sabe más por ser viejo que por ser diablo. He visto por mis propios ojos y he juzgado por mi propio entendimiento los ensayos liberalescos que hace un siglo se hacen cada vez con menos fruto en esta desdichada nación, y cada vez que un nuevo monarca ha ocupado el trono, he creído en mi santo deber de patriotismo el advertirle lo que, cumpliendo igual deber, voy a advertir a vuestra majestad. Las libertades populares, que son fuente de prosperidad y dicha en las erriac cantábricas, tienen que ser fuente de perturbación, de tiranía y de miseria aplicadas a la Corretania, por la razón sencilla de que la confederación cantábrica ha nacido y ha crecido en aquellas libertades y son en ella una segunda naturaleza, al paso que el pueblo corretánico ha nacido en el sistema de gobierno opuesto, y a su vez ha formado una segunda naturaleza de tal sistema.

»El hombre que en toda su vida no ha gastado más ropa que un taparrabo, se siente tan ricamente así; pero si un día le visten de pies a cabeza, se achicharrará o vivirá en prensa y renegará dando a doscientos mil de a caballo el abrigo o la opresión del traje. El hombre que desde que nació ha vivido bien arropadito, está tan contento, tan sano y tan guapo viviendo así; pero si un día le obligan a no gastar más ropa que un taparrabo, le da una pulmonía que se le llevan doscientos mil demonios.

»En resumidas cuentas, señor: el día en que a las erriac cantábricas se empiece a quitarles sus libertades populares empezarán a hacerse tan revoltosas y desdichadas, cuanto con ellas son pacíficas y felices; así como el día en que empezó a dar a la Corretania libertades populares empezó a hacerse revoltosa y mucho más desdichada que lo era sin ellas. Cercenar o abolir las libertades de las erriac, sería levantar una perpetua bandera de rebelión sobre cada techo.

»No digo que al fin y al cabo las erriac cantábricas no llegasen a connaturalizarse con la tiranía, y la Corretania no llegue a connaturalizarse con la libertad; pero para estos cambios de naturaleza se necesitan siglos, y suponiendo que el cambio haya progreso, la cura es cien veces peor que la enfermedad.

»Suplico, pues, a vuestra majestad que medite mucho la política que ha de seguir en la gobernación de su pueblo, y no olvide que el sistema liberalesco (y no liberal) ensayado por sus augustos antecesores durante el último siglo, ha dado fatales resultados.

»Es natural que vuestra majestad no sepa todavía cuál es la política que ha de seguir, porque es muy joven, y lo ha encontrado todo patas arriba; pero también es natural que sepa que esto va mal, muy mal, retemal, y, por tanto, hay que resolverse a ensayar algo nuevo.

»Si vuestra majestad necesita de la experiencia de este pobre cañoño para meter en vereda a los corretones, que confunden la libertad con el libertinaje, no tiene nada más que levantar el dedo y, me tendrá a su disposición».

-¿Saben ustedes -dijo el joven rey, que era listo como un demontre- que el abuelo éste habla con cabeza? La verdad es que esto va muy torcido y ni Cristo lo endereza mientras no haya quien diga: «Herrar o quitar el banco»; porque andarse con paños calientes, es andarse con tonterías y armas al hombro. Y me parece que quien va a decir eso soy yo. Pero, francamente, eso de mermar las libertades a mi pueblo me hace poquísima gracia, porque lo que yo quisiera es aumentárselas. El abuelito ése dice que los corretones confunden la libertad con el libertinaje, y me parece que en eso habla también con cabeza.

«Aquí no hay agricultura, ni fabricación, ni comercio, ni nada, cuando se pudiera ganar el oro y el moro cultivando esos fértiles campos que están cubiertos de zarzales, llenando de fábricas las riberas de esos ríos que están desiertas, y poblando de buques de carga y descarga esos puertos donde no se ve una vela.

»Aquí todo ciudadano se dedica a corretear burlándose de las leyes, merced a su ligereza de piernas. Todos los días tenemos motines, y pronunciamientos y formación de facciones con pretexto de esto o de lo otro o lo de más allá. Señor, que la facción está en tal o cual parte. Sale en su persecución la tropa, y echando los bofes consigue sorprenderla; pero los facciosos toman las de Villadiego, dispersándose por los montes, y... ¡cógelos del rabo!

»La Guardia civil tiene noticia de que una partida de ladrones está al anochecer metiendo mano a los viajeros de Lapurcozubi ; llega allá al amanecer, segura de que les va a echar el guante, ¡y se encuentra con que ya están diez leguas de allí!

«Toda la frontera y la costa están llenas de carabineros para impedir y perseguir el contrabando que arruina a la Hacienda pública, y el contrabando entra por todas partes como Pedro por su casa, y no hay medio de echar la mano a un contrabandista, porque, amigo, ¿quién puede con la ligereza de piernas que tienen?

»Todos los días tiene el Gobierno reclamaciones y amenazas de guerra de los Estados vecinos por que contrabandistas y facciosos y malhechores corretones han penetrado en su territorio y han hecho barbaridades, prevalidos de su ligereza de piernas.

»Cuando por casualidad rinden las tropas alguna fortaleza facciosa sin que puedan tomar el tole sus defensores, tiene que fusilar a los prisioneros, porque si no, por arte o por parte se escapan, y vuelta a las andadas.

»Es inútil poner guardas en los sotos para impedir la caza en vedado, porque hormiguean los cazadores furtivos; y como por casualidad no alcance a alguno una bala, ¿quién ha de alcanzar a hombres que tienen las piernas tan ligeras?

»De modo que esto es una perdición, porque no hay hombre en la Corretania, como no sea algún cojitranco o viejo que no puede con los calzones, que, prevalido de su ligereza de piernas, no se dedique a contrabandista, a cazador furtivo, a bandido o a faccioso blanco o negro.

»Así, ¿qué ha de suceder sino estar completamente perdidas la agricultura y la industria, porque nadie quiere trabajar en los campos ni en los talleres, y todos quieren andar de viga derecha?...

»¡Porrazo! -añadió el rey dando uno tremendo en la mesa con el puño cerrado, porque, aunque joven, era muy templado y tenía un geniecito que ¡ya, ya!- ¡Esto no puede seguir así! ¡O yo pierdo el nombre que tengo, o hago entrar en vereda a los corretones!»

IV

Más quemadas aún que el rey Resoluto I estaban las solteras y las casadas de la Corretania con la vida que traían sus señores novios y maridos.

Para dar idea aproximada del disgusto de unas y otras, voy a traducir de la lengua eúskara (que era, por supuesto, la que se hablaba en la Corretania) dos discursos, uno de ellos de una soltera, y el otro de una casada, que encontré en los curiosísimos documentos encerrados en la supuesta sepultura de cuerpo santo de que habla fray Pedro de Loibe en sus Memorias de Izaro.

Debo advertir que el cronista a quien debemos el que hallan llegado a nosotros las de la Corretania pone a la cabeza de cada discurso el lema: Ascorac-bat, que equivale: «Muchas en una», con lo que advierte ingeniosamente que lo que decía una soltera o una casada era lo que decía todo el gremio.

He aquí el discurso de la soltera:

«¡Por vida del otro Dios, que es divertido el tener novio en la Corretania, como no tenga una la suerte de que el novio sea cojo! ¿Cojo? ¿Y quién es la maja que pesca un novio así, entrando tan pocos en libra y alampándose todas las chicas por los pocos que entran? Los meses enteros se le pasan a una sin ver al novio y aun sin saber si es vivo o muerto, porque siempre ha de estar el novio correteando por esos mundos de Dios, cuando no metido a faccioso, metido a contrabandista ¡u otra cosa peor! Así, además de no verle casi nunca, está una casi siempre con el alma en un hilo, pensando que si le cogerán y le fusilarán, ¡ o si se enredará con otra en esas tierras por donde anda!... ¡Y vaya si es natural que una piense y tema esto! Como tienen las piernas tan ligeras nuestros hombres, rara vez se dejan coger; pero cuando los cogen los fusilan sin remisión para que no vuelvan a las andadas. Mi novio pruebas me ha dado de que me quiere; pero como cuando vuelven siempre están contando que en la tierra por donde han andado todas las chicas eran prodigio de hermosura y gracia y todas se enamoraban de ellos, y hasta con millonarias podían haberse casado allí si hubieran querido, ¡está una que no le llega la camisa al cuerpo en cuanto pierde al novio de vista!

»¡Válgame Dios, qué dichosos seríamos mi novio y yo si mi novio, en lugar de pasar la vida correteando, sabe Dios por dónde, la pasara en el pueblo como los pocos cojos que en el pueblo hay, trabajando en la heredad o en el taller!

»Figurémonos que fuera labrador y se pasara el día layando, cavando, arando, o recolectando en unas hermosas heredades que hiciese en los zarzales de la ribera del río, donde la tierra es tan buena que, según me ha dicho Mari Juana, su novio Pepe Antón el cojo coge cuarenta fanegas por cada una que siembra en las heredades que allí ha hecho. Desde la ventana o desde el huerto de casa le estaría yo viendo todo el día, y hasta nos diríamos nuestras cosas por medio de cantares, tales coma éstos, con que ayer Mari Juana y Pepe Antón se decían las suyas:

-Querida Mari Juana, no te sonroje el tener novio cojo, que el cojo coge.

-Pepe Antón, yo por eso no me sonrojo, que entre manos y piernas manos escojo.

-Anden los corretones con pies de plomo, y no serán bribones de tomo y lomo.

-Así buenos labradores como buenos artesanos no los hacen buenas piernas, que los hacen buenas manos.

»Cuando alrededor de mediodía bajara yo a la fuente, con pretexto de traer agua fresca para la hora de comer, mi novio desde su heredad oiría mis cantares, cogería la mejor fruta que hubiera en los árboles de la heredad, y saldría al seto a obsequiarme con ella y charlar un rato conmigo.

»Cuando a la caidita de la tarde me oyese cantar, bajando otra vez a la fuente con pretexto de traer agua fresca para la cena, se apresuraría a salir también al seto para hacerme otro regalito y tener a media luz otro rato de palique conmigo.

»Después que cenara se vendría hacia acá como haciéndose el tonto, y al ver que yo le esperaba ya asomada a la ventana, se acercaría callandito, y mientras los viejos se entregaban como troncos al primer sueño, él de abajo y yo de arriba, ¡qué de cosas tan dulces y tan hermosas nos diríamos!

»Pero, hija, esto de no vernos más que de higos a brevas, y estar una siempre volada pensando si le fusilarán o se enredará con otra por esos mundos de Dios, y una se quedará para vestir imágenes, ¡es para matar un caballo!»

Así discurrían y se lamentaban las solteras; y en cuanto a las casadas, discurrían y se lamentaban de este otro modo:

¡Jesús, Jesús, esto no se puede sufrir! ¡Está una cuando soltera con el pío pío de casarse, y así que una se casa es cuando comienza Cristo a padecer! ¡Qué azotes tan bien dados le daría yo a la pícara que sabe lo que en esta Corretania pasa con los hombres, y todavía tiene valor para casarse!

»¡Jesús qué hombres! ¡No se les tronzaran las piernas (Dios me perdone) el día que se casan, a ver si así se conseguía que dejasen de corretear y viviesen como Dios manda con su mujer y sus hijos!

»Aquí me tienen ustedes a mí cargada de chicos, que son el enemigo malo, pues no piensan ni suenan mas que en ir a correr las aventuras como su padre así que estén un poco espigados, y, como dijo el otro, ni soltera ni casada ni viuda es una. En primer lugar, pasa una la pena negra con tantas boquitas como tiene que tapar, porque los señores hombres le dejan a una una miseria, creyendo sin duda que una tiene la virtud de hacer milagros y puede convertir los ochavos en onzas de oro, y no sale una de una ración de hambre y otra de necesidad, pues en esta pícara tierra no tiene la mujer dónde ganar un cuarto, porque ni hay fábricas, ni comercio, ni nada.

»Luego está una siempre pensando: ¡Señor, si le cogerán, y por consiguiente, le fusilarán! ¡Si, como no hay cosa más ligera que las balas, le alcanzará algún balazo! ¡Si, como cuentan cuando vuelven tantas grandezas de las tierras donde han andado, le dará la tentación de quedarse para siempre por allá! ¡Si, como dicen que en esas tierras todas las mujeres son unas diosas y se despepitan por ellos, la echará de soltero y se enredará con alguna de ellas!

»¡Señor! Si sucede algo de esto, ¿qué va a ser de una habiéndose ido cargando con tantos chicos?,

»¡Y pensar que podíamos vivir como el pez en el agua, y si no vivimos es porque ese hombre se empeña en andar siempre correteando, metiéndose hoy a contrabandista, mañana a cazador furtivo, esotro a faccioso blanco o negro para andar siempre a salto de mata y tener el gustazo de burlarse de la justicia, prevalido de que tiene las piernas ligeras!...

»¡Malhaya la ligereza de piernas de estos pícaros hombres, que la Corretania y ellos y sus pobres mujeres y sus hijos ganaríamos mucho con que todos fueran cojitrancos, pues así no pensarían en andar de Herodes a Pilatos, y harían la que hacen los pocos cojos que hay en el pueblo que es ganarse la vida honradamente en su taller o su heredad, con su mujer y sus hijitos al lado!...

»¡Cada vez que pienso en la vida que pasaríamos si ese hombre tirara, pongo por caso, por la labranza, pierdo el juicio y me parece que se puede alcanzar el cielo sin salir de la tierra!

»Como en las cercanías del pueblo lo que sobra es tierra que sólo produce broza y podría producir excelentes cosechas de cuanto Dios crió, sin más trabajo que, como quien dice, arañarla un poco y tirar la semilla, podríamos hacernos en nada de tiempo con unas cuantas heredades de lo mejor, con sus hileras de frutales y todo en las lindes. Además pondríamos nuestra poca de viña y plantaríamos un castañarcito y una docena de nogales.

»Con el respeto que el padre impone a los chicos, pues a las madres no nos hacen caso, los chicos irían mañana y tarde a la escuela y se criarían como Dios manda. Yo me ocuparía muy tranquila en el gobierno de la casa, y el rato que tuviera desocupado me iría a acompañar a mi marido en el trabajo de la heredad, haciendo lo que buenamente pudiera. Tendríamos nuestras gallinas, nuestra vaquita y nuestra parejita de bueyes con que aquél labraría la tierra, bajaría leña del monte para el invierno, y se ganaría buenos cuartos carreteando por ahí cuando la labranza lo permitiera. Además, criaríamos, con perdón de ustedes, nuestro par de cerditos, que mataríamos por Nochebuena y nos llenarían la casa de morcillas, longanizas y perniles. Como en un rincón de las heredades tendríamos nuestra miaja de huerta, todos los días me iría yo allá por la mañanita y volvería a casa con un delantazo de habas, de guisantes, de alubias, de repollo, de cebollas, de pimientos, de tomates, en fin, de todo lo que se necesita para el buen gobierno de la casa. Los chicos, que rabian por la fruta y cada día me dan una sofocación apedreando los frutales de los pocos vecinos que los tienen y vienen a quejárseme de las fechorías de esos enemigos, ¡cómo se consolarían de fruta los pobres sin que nadie tuviera que decirles nada!

»Todas las noches cenaríamos todos juntos en paz y en gracia de Dios, rezaríamos el rosario, nos acostaríamos y dormiríamos como unos bienaventurados.

»El domingo tendría yo la ropa de mi marido y mis hijos más limpia que la plata, porque a pobre me ganarán a mí, pero ¡caramba! a limpia no me gana ninguna, y bajaríamos juntos a misa con los chicos delante más alegres y aseados que el mismo sol.

»Desde primeros de agosto a fin de octubre iríamos llenando la casa de trigo, de maíz, de alubias, de patatas, de manzanas, de castañas y de nueces, y con todo esto y el ítem del par de cerditos que reventarían de gordos en la cuadra, y el par de barricas de vino que trascenderían a gloria en la cubera, ¡ya podían venir lluvias y nieves y fríos y truenos y relámpagos durante el invierno, y la primavera, que a nosotros poco cuidado se nos había de dar!

»Pero es tontería que una piense en esto, que aquél no ha de dejar de corretear mientras no le fusilen o no pueda ya con los calzones. Y... vamos, podría una consolarse un poco si pudiera esperar que los chicos no habían de salir a su padre; pero sí, ¡buenas y gordas! A los chicos les sucede como a todos los de la Corretania, por buen aquél que tengan: como desde que tienen uso de razón viven embobados oyendo contar grandezas y valentías de contrabandistas y cazadores furtivos y bandidos y facciosos e invasores de territorio extranjero, que siempre se les representa triunfantes de los encargados de perseguir a los que falten a las leyes y siempre aparecen ganando el oro y el moro y enamorándose de ellos las mujeres más ricas y hermosas, aunque tales grandezas y valentías y triunfos y enamoramientos sean descaradas patrañas, cuya única razón sea aquello de a luengas tierras luengas mentiras, apenas hay en la Corretania un chico cuyo sueño dorado no sea llegar a hombre para meterse a contrabandista, o cazador furtivo, o bandido, o invasor de territorio extranjero, o faccioso blanco o negro, y mis chicos son en esto el vivo retrato de casi todos los chicos de la Corretania».

Tales son los discursos de una soltera y una casada de la subpenínsula corretánica que encontré en la supuesta sepultura de cuerpo santo, y conviene recordar que ambos estaban encabezados con el significativo Ascorac-bat eúscaro.

V

Decidido el rey Resoluto I a poner pies en pared para acabar de una vez con la afición de los corretones a ganarse la vida andando siempre a salto de mata en vez de ganársela trabajando honradamente, reunió su Consejo de ministros, y ocupando la presidencia, inauguró el consejo con el siguiente discursito:

«Señores, el asunto que vamos a tratar es de padre y muy señor mío, como que hay que acordar medidas eficaces para acabar de una vez con el escándalo de que viene siendo teatro la Corretania desde que mis gloriosos antecesores, con fines muy patrióticos y santos, cuales eran los de que a sus súbditos no se les hiciesen los dientes agua viendo las libertades de las erriac cantábricas nuestras vecinas, empezaron a introducir en la subpenínsula libertades populares.

»Hay que buscar algún medio de evitar que continuemos siendo el escándalo de Europa con nuestra holgazanería y nuestro espíritu revoltoso. Conque a ver, señores consejeros míos, si se aguza el entendimiento y se encuentra el consabido medio»

-Yo creo haberlo encontrado -dijo el ministro de la Guerra.

-Veamos cuál es.

Uno muy sencillo: a todo hombre que abandone su heredad o su taller para irse a corretear en contravención de las leyes, contrabandeando, cazando en vedado, metiendo mano a los viajeros o haciéndose faccioso blanco o negro, se le quema la casa y se le apalea, y aun, si es necesario, se le fusila el padre, la madre y los hijos o el pariente más cercano.

-Esa, señor ministro, es una barbaridad.

-Mayores barbaridades hacen ellos.

-En algo se han de diferenciar los que representan la ley, y, por tanto, la justicia, de los que representan la ilegalidad, y, por tanto, el crimen.

-Si no, se sigue fusilando a todo el que se coja contraviendo la ley.

-Eso es muy cómodo, pero tiene grandes inconvenientes; primero, son muy pocos los que se dejan coger, porque los corretones tienen los pies muy ligeros; segundo, la efusión de sangre, aunque sea de criminales, me repugna profundamente, y es indigna de estos tiempos en que con razón se duda que sea justo matar a un hombre para castigar la muerte de otro; tercero, todo buen gobierno debe procurar el armento de la población, y con la pena de muerte, la población disminuye; y cuarto, el que muere por revoltoso, de criminal se convierte en mártir. Conque a buscar otro medio de salir del paso, que ése sólo sirve para enbarrancarnos más.

-Pues a mí -dijo el ministro de la Gobernación- me ocurre uno que no tiene los graves inconvenientes que reconozco en los que acaba de indicar mi respetable colega.

-Vamos a ver cómo baila Miguel.

-Yo creo que aunque los últimos monarcas han cercenado mucho las libertades populares, no las han cercenado bastante...

-En este asunto me abstengo yo de meterme por respeto a mis augustos antecesores y por convicciones propias. Continúe el ministro de la Gobernación.

-Continúo. Digo que conviene cercenar aún más sus libertades a los corretones...

-Yo no estoy por esos cercenamientos. En primer lugar, falta averiguar si las pocas que le quedan son causa de su espíritu levantisco, cosa que estoy muy lejos de creer; y en segundo, cuanto más se les tiranice, más razón tendrán para rebelarse. Hable otro de mis consejeros, que los que han hablado no han dado pie con bola.

En efecto, los demás ministros hablaron sucesivamente, y sucesivamente fueron disparatando.

-Señores -dijo el rey después de oírles a todos-, ustedes serán muy alhajas para todo, pero no sirven para gobernar la nación cuando todo está patas arriba, y no ciertamente por culpa del nuevo monarca.

-Pues señor -dijo el presidente del Consejo- el ministerio tiene le honra de presentar a vuestra majestad su respetuosa dimisión.

-Y yo tengo la honra de admitirla en el acto -contestó el rey-, que honra es para todo monarca el mandar a paseo a los consejeros que no sirven más que para aconsejarle picardías o borricadas.

El rey, apenas se retiró del consejo, envió a llamar con toda urgencia al viejo de ciento veinte años.

Mientras el cañoño llega, voy a referirles a ustedes dos lances que vienen a cuento y me han sucedido estos días.

A mí me gusta mucho pasear por el campo, sobre todo cuando el campo es tan ameno, tan verde, tan frondoso, tan variado, tan pintoresco, tan rico de tonos, tan fértil, tan bien cultivado como éste que rodea a Madrid...

-El señor don Francisco ha de perdonar si le digo que nada tiene de particular que el campo que rodea a Madrid sea así, puesto que toda España le fertiliza.

-Pues por eso digo que lo es. Como iba a decir, días pasados fui a dar un paseo por esos poéticos campos, y sacando del bolsillo un periódico noticiero, iba leyéndole por la linde de una heredad.

Un labrador que cojeaba de una pata y, como ustedes verán, cojeaba aún más de la cabeza y el corazón, trabó conversación conmigo.

-Diga usted, caballero -me preguntó-, ¿qué noticias trae de los carlistas ese papel?

-Que andan los carlistas muy boyantes.

-¿Dónde, en el Norte?

-Y en Cataluña y en el Centro.

-¿En el Centro también? Pues trabajillo les mando a éstos para acabar con ellos. Ya sabe usted lo que pasó la última vez que nos levantamos en Cataluña y el Maestrazgo.

-Sí, ya sé que a pesar de estar entonces la nación en paz y prosperidad y no perdida como ahora, y de no haberlos secundado ni un hombre en el Norte, costó años enteros el acabar con ellos, y se acabó sabe Dios cómo. Pero ¿por qué ha dicho usted «nos levantamos» y no «se levantaron»?

-Porque yo estuve con ellos.

-¡Hizo usted mal!

-¿Mal? Si no fuera por esta pícara pata coja, ya me tenía usted hace tiempo luciendo la boina.

Ira me dio el oír a aquel cojitranco hablar así, y viendo que se acercaba la noche, me vine hacia Madrid.

Al pasar yo por frente de una fábrica, salieron de ella dos trabajadores y tomaron delante de mí. Uno de ellos era ya anciano, y el otro era joven y cojo.

Cuando entrábamos por la puerta de Alcalá oímos pregonar un papel que anunciaba la rendición de los cantonales de Cartagena.

-¿Será verdad eso, caballero? -me preguntó el anciano, muy conmovido.

-Yo creo que sí -le contesté.

-No extrañe usted que se lo pregunte, porque tengo un hijo con los cantonales, y gracias que no tengo dos.

-Le compadezco a usted, amigo.

-¡Sabe Dios lo que habrá sido de él!

-Pero por fin, si le queda a usted otro...