The Sky Detectives; Or, How Jack Ralston Got His Man
Chapter 1
Los corretones
I
-¿Qué noticias tenemos hoy? -preguntó el más hablador de la tertulia a un señor forastero, en el barrio de Salamanca, allá hacia fines de 1873.
-¿Ya sabrán ustedes lo de Villalain? -contestó el forastero, que por señas había huido de su pueblo porque (como a mí me había sucedido) había llevado una paliza por sospechoso de carlista y otra por sospechoso de liberal.
-Hombre, nada sabemos. ¿Pues qué ocurre?
-Lo que ocurre es que los vecinos de este barrio están expuestos a ver el mejor día a Villalain asomar por las Ventas del Espíritu Santo o los cerros de Máudes, y tener que apresurarse a emigrar a Madrid cargados con los trebejos de su casa.
-¡Hombre, ni en broma diga usted eso!...
-¿Broma? ¡No es mala la broma en que nos metieron ustedes los revolucionarios madrileños!
-¿Cómo que nosotros? Poco a poco con eso, don Francisco, que todos los que aquí estamos, menos usted, somos madrileños y ninguno tuvimos arte ni parte en la gloriosa
-Bueno, ustedes serán de los pocos que no tomaron parte en ella ni la aprobaron; pero la verdad es que los que desde lejos observábamos lo que en Madrid pasaba a raíz de la revolución de 1868, tenemos derecho a creer que casi todos los madrileños eran revolucionarios.
-Pues les niego a ustedes ese derecho.
-¿Por qué?
-Porque sólo una mínima parte de Madrid simpatizaba con la revolución. La inmensa mayoría de los madrileños la reprobábamos.
-Tengo poderosas razones para creer que o usted se equivoca, o la inmensa mayoría de los madrileños disimulaba muy bien esa reprobación.
-Diga usted cuáles son esas razones.
-¡Vaya si las diré! Días pasados fuí a la Biblioteca Nacional, y queriendo refrescar mi memoria, porque empezaba a dudar de su fidelidad al ver que apenas hay un madrileño para quien no sea ya peor que llamarle perro judío el llamarle revolucionario, me entretuve en hojear los periódicos madrileños del último trimestre de 1868, y apenas encontré uno que no se entusiasmase, más o menos, con el jolgorio revolucionario.
-Esa no es razón, ni Cristo que lo fundó.
-¡Pues no lo ha de ser, hombre! La Prensa es el eco de la opinión pública. Además, cuando Madrid veía con los brazos cruzados que su Ayuntamiento le entrampaba para siglos enteros y demolía sus templos, empezando por el venerando de Santa María la Mayor, que simbolizaba y recordaba sus más gloriosas tradiciones religiosas e históricas, claro es que Madrid simpatizaba con el carnaval revolucionario.
-Pues yo no lo veo tan claro como usted.
-¿Por qué no?
-Porque uno que apunta con un trabuco puede más que mil que apuntan con el dedo. Pero dejémonos de esto y díganos usted qué es lo que hay de Villalain.
-Hombre, lo que hay de Villalain es que por fuerza tiene alas en los pies, como Mercurio, porque anteayer anocheció hacia Molina y ayer amaneció hacia Segovia.
-Pues a ese paso no dudo que el mejor día anochezca en Sigüenza y al siguiente amanezca en el barrio de Salamanca. ¡Cuidado que los tales carlistas tienen piernas!
-Diga usted que las tenemos los españoles, seamos carlistas o seamos republicanos, con tal que seamos facciosos o simplemente transgresores de la ley.
-No entiendo lo que usted quiere decir con eso.
-Lo que con esto quiero decir es que el gran mal de España está en lo ligeros de piernas que somos los españoles.
-Pues todavía le entiendo a usted menos.
-Yo me explicaré de modo que todos ustedes me entiendan. ¿Creen ustedes que entre los que se meten a contrabandistas, a cazadores furtivos, a bandoleros o a facciosos blancos o negros hay muchos cojos?
-Claro es que habrá muy pocos, porque la cojera es malísima condición para dedicarse a oficios como esos, en que teniendo siempre que andar a salto de mata, la principal e indispensable defensa está en los pies.
-¡Ajá! Esa es mi opinión, y veo que nos vamos entendiendo. ¿Con que viene usted, y al parecer convienen estos señores, cuya voz lleva usted muy a su satisfacción, en que si los españoles se quedaran cojos en el momento en que faltan a las leyes, y, por tanto, se hacen acreedores a la persecución de la justicia, representada por la Guardia Civil, por los guardas de monte, por los carabineros o por la tropa, apenas habría un español que faltara a las leyes, metiéndose a contrabandista, a cazador furtivo, a bandolero o a faccioso blanco o negro?
-¡Vaya si convenimos!
-Pues me alegro mucho, porque así convienen ustedes en que no es irremediable la transgresión de las leyes cuando para esta transgresión el principal elemento es la ligereza de pies.
-Dispense usted, don Francisco, si le digo que en esa segunda parte no estamos conformes, ni lo puede estar ninguna persona de sentido común.
-¡Gracias por la merced que usted me hace suponiendo, o que yo no le tengo, o que digo lo que no creo!
-¡Don Francisco, por Dios, no lo tome usted así! Lo que digo es que el remedio que usted encuentra para que los españoles no falten a las leyes es muy parecido al que encontró el italiano para matar las pulgas.
-Pues si dice usted eso, dice muy mal.
-¡Cómo que digo mal, hombre! Los batallones carlistas de las Provincias Vascongadas se componen casi en su totalidad de forzosos, a pesar de que el pretendiente tiene la poca vergüenza de llamarles voluntarios. Nadie duda que el principal recurso de que conviene privar allí al pretendiente es el de hombres, a quienes pone un fusil en la mano tan pronto como cumplen diez y siete años. Pues según el sistema de usted, sería muy fácil privar al pretendiente del recurso de hombres en las Provincias Vascongadas, sin más que cortarle la mano derecha, para que el pretendiente no pueda poner en ella un fusil, a todo varón de catorce a diez y siete años...
-Eso sería una barbaridad, que yo rechazo por dos razones.
-Vamos a ver cuáles son las razones que usted tiene para rechazarlo, aunque una de ellas ya la supongo.
-Las dos razones son que yo tengo corazón y sentido común. Cortar la mano a los jóvenes de catorce a diez y siete años para que no puedan manejar el fusil, sería una barbaridad, no sólo por lo inhumano, sino también porque la cura sería peor que la enfermedad.
-Explíquenos usted eso último.
-La explicación es muy sencilla: el bien que a la patria resultaría que los jóvenes no tuviesen mano para manejar el fusil en el estado anormal, que es el de guerra, valdría muy poco, comparado con el mal que resultaría a la patria con que los jóvenes no tuviesen mano para manejar la azada o el martillo en tiempo normal, que es el de paz.
-Tiene usted mucha razón en eso; pero nos tiene usted aún completamente a oscuras sobre la eficacia de su descubrimiento para que los españoles no se metan a contrabandistas, cazadores furtivos, bandoleros, o facciosos blancos o negros, y hasta seguimos creyendo que se parece mucho al del italiano que vendía polvos para matar pulgas.
-Bueno, crean ustedes lo que les dé la gana, que yo estoy seguro de la eficacia de mi descubrimiento.
-Pero, hombre de Dios, también es mucho cuento...
-¿Cuál es mucho cuento? ¿El que les voy a contar a ustedes? Ciertamente es un poquillo largo, pero no renuncio a contarle si ustedes me lo permiten.
-¡Que le cuente! ¡que le cuente!-exclamaron todos los contertulios, muy contentos, porque sabían que don Francisco se parecía a mí más de lo que a ustedes se les figura.
Digo que don Francisco se parecía mucho a mí, porque careciendo de ciencia y filosofía propias para llevar su piedrecita al edificio de los conocimientos humanos, andaba siempre moliendo, para que se la prestase, a un señor muy bruto y muy sabio, llamado, no sé si por mal o buen nombre, el Pueblo, que tiene canteras inagotables, sin saber el muy pedazo de alcornoque que hasta diamantes finos hay en ellas.
-Ustedes -dijo don Francisco- no tendrán probablemente noticia de la Corretania.
-En mi vida la he oído nombrar.
-Ni yo.
-Ni yo.
-Ni yo.
-Pues no diré yo lo que decía un ex zapatero remendón, portero de un instituto de segunda enseñanza, a las personas que iban a ver el gabinete de física del establecimiento, después de cerciorarse de que eran legas en aquella ciencia.
-¿Qué les decía?
-«¿Ustedes -les preguntaba- entienden de física?» «No señor». «¡Ah! Pues entonces, es inútil que yo les explique a ustedes estas máquinas, porque no me han de entender». Yo no tengo inconveniente en explicarles a ustedes la Corretania, porque estoy seguro de que ustedes me han de entender perfectamente.
Así diciendo, don Francisco contó el cuento de Los Corretones, que por cierto se resiente de la falta de creencias definidas y concretas que caracteriza a nuestro tiempo, en que la vaguedad y la duda reinan en todo, por lo que me permitiré alguna vez interrumpir al narrador.
II
-Digo y redigo y vuelvo a decir que el gran mal de España está no tanto en la ligereza de cabeza como en la ligereza de pies de los españoles.
Yo tengo derecho a contarme entre los historiadores modernos, porque he averiguado las antigüedades nada menos que prehistóricas, de la península corretánica, y para muestra basta un botón.
Los historiadores modernos tenemos una ganga en la ciencia prehistórica, de que carecían los historiadores antiguos.
Si yo fuera historiador antiguo echaría a volar mi obra, seguro de no haber dejado cronicón, ni anales, ni becerro, ni diploma, ni cartulario, ni calendario, ni memorial que no hubiese consultado y explotado; pero cuando menos lo esperara me encontraría con que un fraile eruditón había dado con documentos de mí desconocidos, y en virtud de ellos me ponía como hoja de perejil, probándome que no sabía de la misa la media.
Como soy historiador moderno, me pongo a hurgar bajo la tierra, saco tales y cuales lápidas y fósiles, digo que unos garabatos que tienen las primeras dicen que si fue, que si vino, y que la forma y dimensiones que tienen los segundos prueban esto, lo otro o lo de más allá, y... ¡que me echen frailecitos eruditos que convirtiéndose en topos me prueben con lápidas y fósiles que el verdadero topo soy yo!
La ciencia prehistórica, que se pudiera definir: Una «ciencia que es a la historiografía lo que el catalejo a los ojos», la ciencia prehistórica es brava cosa, pues a ella debo el conocer con todos sus pelos y señales la península corretánica, tan prehistórica que ni siquiera la mencionan Estrabón ni Plinio, que tanto puntualizan en sus referencias a la región septentrional de España, y eso que de la tal península no queda más rastro que una islita de dos o tres millas de circunferencia.
Describamos la prehistórica Corretania, cuyo nombre eúscaro he traducido en castellano sin más libertad que la de latinizar su terminación, como hicieron los romanos con los ibéricos o eúscaros, de lo que son buen ejemplo los de Edetania, Bastitania, Lacetania, Carpetania, etcétera, que son puramente ibéricos con terminación latina.
Sobre esto hablaría yo hasta por los codos para echarla de historiógrafo, arqueólogo y lingüista grave; pero da la pícara casualidad de que no se me puede tomar por lo serio más que como narrador de historias vulgares, y no me quiero meter en camisa de once varas cuando la necesito lo menos de veintidós para estar un poco holgado.
A pesar de esto, no se escapan ustedes sin que les encaje un poco de geografía, arqueología, lingüística e historia.
La Corretania era una península, o más bien una subpenínsula, situada al Norte de España, con la que estaba unida por un istmo a que pertenece el único pedazo de ella que el Océano no ha conseguido tragar por más que le ha aislado por completo y ruge eternamente en su derredor, indignado de la resistencia que le ofrece aquel pedacillo de tierra cimentado en durísima roca.
En la costa de Vizcaya, entre Bermeo y el cabo Ogoño, frente a la puebla de Mundaca, o sea de la desembocadura en el mar del hermoso y fértil valle de Guernica, hay una islita que lleva el nombre de Izaro, cuya traducción es «continente redondo cercado de mar».
En aquella islita existió desde principios del siglo XV a principios del XVIII un convento de frailes franciscanos con la advocación de la Madre de Dios. Desde que en el último tercio del siglo XIV el señor de Vizcaya heredó la corona de Castilla con el nombre de don Juan I y los monarcas castellanos fueron sucediendo en el señorío de Vizcaya, estos monarcas bajaban a fomentar sus reinados a jurar las libertades del señorío al pie del árbol de Guernica, en la iglesia de San Hemeterio y San Celedonio de Larrabezúa y en la Santa Eugenia de Bermeo, frontera a los anchos muros del solar de Ercilla, solar antes fundado que la villa
como dijo el insigne cantor de La Araucana.
¡Ay! No saben ustedes con qué honda pena pienso que algunos proyectiles lanzados desde el mar por las mismas naves de la patria pueden convertir en ruinas los gloriosos monumentos que por incidencia recuerdo, si continúa esta desoladora guerra civil con que inunda de lágrimas y sangre a España una dinastía de príncipes ambiciosos y sin corazón, de quienes se ha constituido en humilde esclava la tierra más libre y altiva del mundo, pues aquella tierra había visto pasar todas las tiranías que conmemora la historia del mundo sin que osaran profanarla con su planta de tiranos.
Nunca los señores de Vizcaya tornaban a Castilla sin ir a orar y a dejar memorias de su piedad y munificencia en la verde islita de Izaro, poblada sólo por unos humildes y penitentes hijos de San Francisco, y allí se descubre aún, entre el césped y las zarzas, la memoria de los grandes Reyes Católicos, que iban como a ratificar ante la majestad del Océano indomable el juramento que acababan de hacer ante la majestad de un pueblo nunca domado.
Un fraile, llamado Fray Pedro de Loibe, escribió hace un siglo unas curiosas Memorias de lo memorable que se hallaba en el archivo del convento de la Madre de Dios de Izaro, y estas Memorias han sido la clave de que me he valido para penetrar en las tenebrosidades prehistóricas de la antigua Corretania.
No es ésta ocasión para detenerme a referir los muchos sucesos peregrinos de que da noticia fray Pedro de Loibe; pero no debo pasar por alto dos puntos que toca en sus Memorias, porque están relacionadas con mi cuento.
«Esta isla -dice Fray Pedro- no admite dentro ningún género de animal ponzoñoso; y si los traen de fuera, quedan como turbados y dentro de media hora mueren».
Y más adelante añade:
«El año 1600, siendo provincial de Cantabria fray Tomás de Iturmendi y presidente fray Martín, de Aguirre, quiso abrir una sepultura dicho fray Martín para ver lo que contenía, por ser tradición haber algunos cuerpos enteros de Santos, y tembló toda la isla, cayéndoseles las herramientas de las manos. Yo la he visto, que está en la iglesia vieja a la parte Norte respecto de la nueva, y después ninguno se ha atrevido a tocarla, atribuyéndose a la santidad de algún cuerpo que en ella yace».
Así decía fray Pedro de Loibe. Ustedes creerán...
-Permítame el señor don Francisco que le interrumpa. Siendo el señor don Francisco tan amigo mío, ya podía haber advertido que las Memorias de fray Pedro de Loibe obran en mi poder, y haber aprovechado la ocasión para llamarme ilustrado, popular u otra cosa así, aunque fuese mentira, pues bien sabe que me gustan los piropos, como a todo hijo de vecino. Me parece que nada tiene de particular el que se me llame eso, aunque sea mentira, porque he escrito cerca de treinta libros, que si no valen nada por otra cosa, valen mucho por el tesoro de gracia, de ingenio y de filosofía popular que he ido desenterrando de entre las diferentes capas sociales para encerrarle en esos libros, y particularmente en siete u ocho de ellos que se componen de cuentos y tradiciones populares, cuya adquisición y limpieza me han costado lo mejor de mi vida, pues como el pueblo, aunque ingenioso, es tan sucio y desmadejadote, estaban que no se podían ver. Ahora que continúe el señor don Francisco.
-Ustedes creerán que meterme en estas digresiones es gana de moler, pues nada tienen que ver con la península o subpenínsula corretánica, y menos con que la ligereza de piernas de todos los españoles sea el mayor mal de España.
Pues si lo creen, creerán may mal. Siendo la isla de Izaro resto de la antigua Corretania, y averiguado que la isla no admite ningún género de animal ponzoñoso, está también averiguado que la subpenínsula corretánica era mucho más feliz que la península ibérica, pues en ella no había los sapos y culebras que en nuestra península abundan. Y en cuanto a la sepultura cuya apertura no se podía intentar sin que toda la isla temblara, con decirles a ustedes que yo, como soy tan valiente, la abrí, y en ella encontré toda la historia de la Corretania, se convencerán de que no la traigo a cuento por gana de moler.
Les ocurrirá a ustedes que siendo Izaro una isla, no podía ser el istmo que unía a la subpenínsula corretánica con la península ibérica. No he dicho que lo sea, sino que es resto de la subpenínsula y el istmo. Cuando el Océano se había tragado hasta aquel punto la subpenínsula y se abrió paso entre aquel punto y el continente ibérico, del que separa a la isla un canal de más de una milla, la isla que resultó recibió el nombre que correspondía a sus condiciones tópicas, siguiendo el uso constante de la nomenclatura geográfica eúscara, que siempre designa la condición más característica de la localidad. Yo les probaría a ustedes esto último, analizando el nombre y las circunstancias características de tantas y tantas localidades como hay en toda nuestra península, con nombre perteneciente a la lengua eúscara, que es la antigua lengua ibérica, a la que pertenece el nombre de España, equivalente a labio, extremo, límite, como lo era nuestra península de Europa o del mundo conocido de los antiguos.
Para que con razón no digan ustedes que esto es gana de moler, paso a describir en pocas palabras la Corretania.
La subpenínsula corretánica tenía la forma de una pera de donguindo, porque ya saben ustedes cuán dados eran los geógrafos antiguos, de quienes yo me valgo, a estas comparaciones, como lo prueban la bota de Italia y la piel de toro de España.
El istmo que la unía con la península ibérica era el pezón o pedículo de la pera, y la actual isla de Izaro debe corresponder adonde la parte leñosa del pezón comenzaba a convertirse en carnosa.
La subpenínsula corretánica se extendía tanto Océano afuera y particularmente al Noroeste, que era un cómodo mirador, adonde iban todos los veranos los españoles para divertirse en ver a los ingleses alegrarse con la parte tónica de las bebidas alcohólicas, y a los franceses entusiasmarse con la parte espumosa.
Era la Corretania país muy hermoso, y tan apropiado para la agricultura por la fertilidad natural de su suelo, como para la industria fabril por sus ricas minas, por sus ríos y por su situación, que le daba facilísimo acceso a todos los mercados de Europa.
Los ríos de origen interior no eran caudalosos, pero lo era, y mucho, uno que la recorría en toda su extensión desde el Mediodía al Norte. Este río era el que procedía de las erriac cantábricas en la península ibérica, y después de fertilizar el valle de Guernica, penetraba por el istmo en la subpenínsula corretánica.
Dirán ustedes que el río de Guernica no es cosa mayor; pero es que entonces lo era, porque entonces llovía en el litoral cantábrico mucho más que ahora, que sólo llueve lo necesario.
A pesar de los grandes elementos naturales que la Corretania tenía para ser un reino próspero y feliz, era un reino miserable y desgraciado. El gran mal de la subpenínsula corretánica consistía en lo que consiste el gran mal de la península hispánica: en que los corretones eran tan ligeros de pies como los españoles.
III
El gobierno de la Corretania era monárquico. Cuando subió al trono el joven rey Resoluto I por muerte de su predecesor Pusilánime XVII, el estado del reino era tan lastimoso que cuantos extranjeros le visitaban decían que el Océano haría un gran bien a la Humanidad y aun a la Corretania misma tragándose a ésta, o como decimos los modernos, haciéndola desaparecer del mapa.
No se la había tragado ya, porque lo único que no se había desatendido en ella durante el largo período en que los Pusilánimes se habían sucedido en el trono corretánico, era la reparación y conservación de unos ciclópeos muros o malecones que defendían a la subpenínsula de la invasión del Océano por la parte Norte de la misma.
Los últimos monarcas de la dinastía pusilanímica habían acabado de echar a perder el reino, concediendo con la mejor intención del mundo a sus súbditos libertades de que los corretones abusaron escandalosamente, confundiendo la santa idea de la libertad con la abominable del libertinaje.
Las libres erriac cantábricas confinantes con la Corretania indujeron a los reyes corretánicos a ensayar las libertades populares en su reino, armonizándolas, por supuesto, con la autoridad real.
Pero aun a riesgo de que piensen ustedes, con razón, que tengo gana de moler, necesito decir cuatro palabras sobre las erriac cantábricas orientales, cuyo núcleo era el territorio vizcaíno, unido materialmente al corretánico.
Las erriac o circunscripciones formaban aquella confederación cuyos nombres geográficos, en tiempos relativamente cercanos al nuestro, es decir, hace unos dos mil años, decían los historiadores romanos ser tan ásperos y bárbaros que no querían escribirlos. Las leyes de cada erriá, que se iban modificando y perfeccionando con arreglo a las necesidades públicas y a las enseñanzas de la experiencia, eran puramente consuetudinarias y pasaban de una a otra generación conservadas en la memoria del pueblo.
Un tribunal compuesto de los dos ancianos más venerables y prudentes de la erriá, se instalaba a la sombra del arechazabal o roble grande, y castigaba el crimen y recompensaba la virtud. Cuando había que tratar asuntos graves del procomún, se tañía la bocina de batzarrac o congregación de ancianos, y todos los de la erriá se reunían, conferenciaban y acordaban al pie del arechazabal. Cuando era necesaria la convocación de baterriac o congregación de las erriac confederadas, se tañían cinco bocinas en los cinco montes más altos de la confederación, y la Junta general se reunía so el Guernicaco-arecha, o sea el roble de Guernica, donde en caso de guerra se elegía caudillo de las erriac confederadas, y en todo caso se acordaba todo aquello que convenía al bien de la tierra libre.
Enamorados los monarcas corretánicos de la prosperidad y la dicha que desde tiempo inmemorial proporcionaba a sus vecinos de ultraistmo este sencillo sistema de gobierno y estas patriarcales libertades populares, prosperidad y dicha que contrastaban con el atraso y la infelicidad que ofrecía su reino, regido por leyes que no daban al pueblo participación alguna en la gobernación del Estado, empezaron a introducir en la Corretania las libertades populares de la confederación cantábrica oriental, y entonces fue cuando verdaderamente empezó Cristo a padecer, y quien dice Cristo dice la subpenínsula corretánica, porque desde entonces todo fue en ella motines, pronunciamientos, sublevaciones militares, facciosos blancos por aquí, facciosos negros por allá, de modo y manera que cuando Resoluto I subió al trono después de más de un siglo de ensayos liberalescos, parecía que la Corretania estaba a punto de llevársela la trampa.
Apenas se había sentado en el trono Resoluto I, recibió del hombre más sabio de toda la Corretania una exposición que en resumen venía a decir: