Part 2
La Milicia nacional de esta ciudad, mandada por el catedrático Barrio Ayuso, se unió a nuestra columna, y reunidos todos llegamos a la plaza de Ciudad Rodrigo, que era el punto donde habíamos pensado establecer el cuartel general.
Yo, con otros oficiales, me encargué de organizar las fuerzas. Se nos incorporaron bastantes soldados del ejército regular. Se ocuparon los dos cuarteles de infantería y el de caballería del pueblo, y el resto de la fuerza tuvo que alojarse en las casas y en las iglesias.
La infantería quedó al mando del coronel Dámaso Martín, hermano del Empecinado, y de un guerrillero de la época de la Independencia apellidado Maricuela.
La columna de caballería, mandada por el propio don Juan Martín, se componía de ochocientos caballos. La vanguardia de esta fuerza se hallaba formada por cien lanceros que habían servido en la guerra de la Independencia a las órdenes de don Julián Sánchez, y por cincuenta soldados del regimiento de Farnesio, mandados por el capitán Lagunero.
Los demás jinetes eran nacionales de caballería de Valladolid, Toro, Medina y otros pueblos.
Comenzaron a preparar la defensa de la plaza.
Ciudad Rodrigo no era una ciudad fácil de ser defendida. La antigua Miróbriga está dominada por el teso de San Francisco, por donde tuvo siempre sus acometidas en los sitios. En aquella época sus murallas estaban arruinadas y llenas de brechas.
Estas brechas eran del tiempo del sitio que sufrió don Andrés Pérez de Herrasti en la guerra de la Independencia, el cual pudo resistir durante setenta y seis días en una plaza desmantelada, y sin auxilio de los ingleses, contra los numerosos ejércitos de Massena y de Ney.
Preparamos también la defensa del Agueda. El Agueda es un río bastante caudaloso que pasa lamiendo las murallas de la vieja Miróbriga y que recorre la vega de Ciudad Rodrigo, y antes de llegar a Barba del Puerco recibe algunos pequeños arroyos, entre ellos el Azaba, que baja de un cerro próximo a Fuente Guinaldo y es un obstáculo para el paso del camino de Ciudad Rodrigo al fuerte de la Concepción y a Almeida.
En los primeros días de estancia allí, el Empecinado y yo salíamos constantemente al campo. El Empecinado estaba alojado en una casa de la plaza del Consistorio, y yo por aquellos días vivía cerca de él con la familia de un pañero, de quien me hice gran amigo. Después tuve que establecerme en una finca extramuros de la ciudad.
Ya instalados, la primera expedición que se intentó desde Ciudad Rodrigo fué una sorpresa contra Zamora, ocupada por escasas fuerzas realistas. Se encargó de ella un viejo coronel apellidado Ruiz, pero la comenzó con tan poco tacto, que no hubo más remedio que desistir de la aventura.
V.
LOS VAQUEROS
EN vista del fracaso sufrido en nuestra intentona contra Zamora, se pensó en avanzar hasta Alba de Tormes. La expedición la hicimos con cuatro escuadrones y varias compañías de infantería. Iban de vanguardia los lanceros de don Julián Sánchez; tras ellos, los soldados de Farnesio, mandados por el capitán Lagunero; después, los nacionales de la orilla del Duero, que tenían por jefe a Hermógenes Martín, sobrino del Empecinado, y, por último, los infantes, acaudillados por don Dámaso y el coronel Maricuela.
El pelotón de lanceros de don Julián Sánchez estaba compuesto por capitanes, oficiales y sargentos de la guerra de la Independencia; la mayor parte, soldados viejos, aguerridos y prácticos en el manejo de la lanza.
Casi todos estos jinetes habían sido vaqueros antes que militares, y eran tan expertos y diestros caballistas como valientes soldados.
Mandaba el pelotón un capitán apellidado Porras, que era conocido por el mote del Capitán Mala Sombra.
El Capitán Mala Sombra estaba secundado por el teniente Gotor y por el sargento Juan de Dios, el amigo del Chiquet, tipo popular, atrevido, alegre y lleno de iniciativas.
El pelotón de Mala Sombra, con el teniente Gotor y el sargento Juan de Dios, había servido de vanguardia exploradora durante mucho tiempo al ejército inglés en la guerra de la Independencia. Era esta guerrilla de un valor inapreciable; en aquel pelotón todos se esforzaban no sólo en cumplir su deber, sino en superarse a sí mismos.
En la excursión que hicimos a Alba de Tormes tuve que verme varias veces con el Capitán Mala Sombra.
Era Mala Sombra un hombre alto, de unos treinta y cinco a cuarenta años, fuerte, serio, moreno, melancólico, con el rostro correcto y grave. Se decía que era persona de mala suerte en amores y en negocios; de aquí le venía el apodo; otros afirmaban que su mote procedía de que a cada paso solía decir:
--Tengo muy mala sombra.
En las empresas guerreras no advertí yo que fuera desgraciado.
Hicimos en Alba de Tormes y en sus alrededores una gran requisa de ganado y de grano, que cargamos en varias carretas.
Estábamos acampados en las eras de esta villa cuando uno de nuestros confidentes vino con la noticia de que el enemigo, en número considerable, avanzaba con la intención de cortarnos la retirada y apoderarse de nuestro botín. Dispusimos al momento el paso de todo el ganado vacuno, rebaños y acémilas, al otro lado del Tormes; se arrastraron los carros y se colocaron dentro de un soto que había a poca distancia del puente.
Se vaciló en defender la villa o en abandonarla. Alba de Tormes, a pesar de estar en un llano, tiene buenas condiciones para la defensa. El 28 de noviembre de 1809 el general don Gabriel de Mendizábal supo resistir allí a la terrible caballería de Kellerman, y, más tarde, don José Miranda Cabezón defendió el pueblo y el castillo durante largo tiempo.
Después de varias deliberaciones se decidió, en caso de ser atacados, fortificar el puente del Tormes, y se dejó en la villa al Capitán Mala Sombra con sus vaqueros y a Lagunero con los soldados de Farnesio, que quedarían vigilando los alrededores y patrullando por las avenidas.
Nos encontrábamos en esta situación, cuando el Empecinado cayó enfermo con un ataque que al principio nos pareció de parálisis. Había quedado don Juan Martín rígido, frío y sin habla; al moverle debía de sufrir grandes dolores, porque lanzaba quejidos inarticulados.
Como no teníamos médico, ni aun siquiera cirujano, decidimos trasladar al general a otro pueblo.
No podía sostenerse en el caballo, porque se caía a un lado y a otro. En vista de esto, buscamos una escalera ancha y corta, que colocamos entre dos mulas, a manera de litera, y sobre unos costales de paja pusimos al general y fuimos a paso de andadura camino de la villa de Tamames. Escoltando la litera íbamos el Chiquet y yo, con un piquete de quince soldados de a caballo.
VI.
EL CAPITÁN MALA SOMBRA
LLEGAMOS a Tamames; fuimos a casa del alcalde, que era liberal; acostamos a don Juan Martín, le dimos una pinta de vino con azúcar y le abrigamos con tres mantas.
Me quedé yo en el cuarto velándole. Pasé allí unas doce horas. Estaba dormitando en el cuarto cuando el enfermo levantó una de las manos en el aire y comenzó a murmurar.
--Aviraneta--me dijo con voz débil.
--¿Qué hay? ¿Vas mejor?
--Sí, ya se me van suavizando los dolores. Necesito que vuelvas a Alba de Tormes.
--Como quieras.
--Vete, y diles a mi hermano Dámaso y al coronel Maricuela que, si se empeña alguna acción con el enemigo, que la mande el Capitán Mala Sombra.
--Está bien.
--Que le obedezcan como a mí.
--Bueno; se lo diré.
--Vete en seguida.
Salí del cuarto, llamé al Chiquet y le dije que preparara los caballos, porque teníamos que volver. Los preparó, montamos y nos dirigimos al galope en dirección de Alba de Tormes.
Era media noche; el cielo estaba claro y estrellado. Al llegar al soto inmediato al camino real nos dieron el alto. La infantería nuestra y parte de la caballería estaba acampada allí. El centinela llamó a la guardia y yo fuí con ella a un cobertizo en donde estaban alojados don Dámaso Martín y el coronel Maricuela. Les desperté, les dije la orden que me había dado el general y se avinieron a obedecer a Mala Sombra.
Hecha esta comisión, fuí a buscar al jefe de los vaqueros en su alojamiento de Alba de Tormes.
Al llegar al puente nos detuvo una patrulla mandada por el sargento Juan de Dios.
--Hola, Juan--dijo el Chiquet.
--Hola, Chiquet, ¿eres tú?
--Sí, soy yo, que viene con el teniente Aviraneta.
--Venimos en busca del Capitán Mala Sombra--dije yo--. ¿Estará?
--Sí, ahí ha quedado escribiendo tonterías--contestó Juan de Dios.
--¿Pues?
--Parece mentira que los hombres sean tan estúpidos.
--¿Por qué dice usted eso?--le pregunté.
--Ahí lo tiene usted a ese hombre, más serio, más bueno y más formal que nadie, escribiendo tonterías a una señoritilla de Ciudad Rodrigo, que no le hace caso y se burla de él.
--Tengo que verle de orden del general.
--Vamos.
Pusimos nuestros caballos al trote, y en un instante llegamos delante de una casa; me apeé, empujé la puerta y entré dentro. Subí una escalera estrecha y apolillada y llamé en un cuarto. Antes de que contestaran tardaron algún tiempo. El sargento Juan de Dios se había quedado hablando con el Chiquet en la calle y les oía charlar.
Al cabo de unos minutos se abrió la puerta del cuarto y apareció Mala Sombra con un candil en la mano.
--Adelante--me dijo--, ¿qué le trae a usted a esta hora?
--Vengo con un encargo del general Empecinado.
--Estoy a sus órdenes--contestó--; siéntese usted.
Acerqué una silla a la mesa y me senté. Vi que sobre ella había papeles escritos, llenos de tachaduras, con renglones pequeños que me parecieron versos.
Mala Sombra recogió, lo más disimuladamente que pudo, sus papeles y los guardó en el cajón de la mesa.
--Como sabe usted--le dije--, don Juan Martín ha caído enfermo y ha sido trasladado a la villa de Tamames. Hoy, que ha podido empezar a hablar, me ha expresado el deseo de que en su ausencia se ponga usted al frente de todas nuestras fuerzas.
--¿Y don Dámaso Martín y el coronel Maricuela?
--Están conformes en ponerse a sus órdenes mientras duren estas circunstancias.
--¡Ah, bueno; si es así no tengo nada que decir! ¿Quién ha de tomar la iniciativa en el mando?
--Usted. El general quiere que intente usted batir al enemigo. Usted conoce el terreno palmo a palmo.
--Sí, es verdad.
--Puede usted tomar sus iniciativas desde ahora mismo.
--Está bien, voy a decir que busquen al sargento Juan de Dios. Es mi brazo derecho.
--Debe estar en la calle hablando con mi asistente.
El Capitán Mala Sombra salió a la ventana y gritó:
--¡Eh, subid!
Al poco rato entraron en el cuarto Juan de Dios y el Chiquet. Sacamos un mapa de la provincia y discutimos la situación. Decidimos enviar dos confidentes al campo enemigo, para que averiguasen sus intenciones. Juan de Dios los trajo a la media hora. Uno de los confidentes era un tratante de ganado, grueso, fornido y picado de viruelas; el otro, un cosario de un pueblo de alrededor. Les dimos instrucciones fijas y precisas, y, como punto de cita para su vuelta, señalamos el soto que estaba próximo al río.
--Ahora, mientrastanto, preparemos una emboscada--dijo Mala Sombra--. Es el fuerte de nosotros los guerrilleros.
Salimos los cuatro del cuarto, bajamos la escalera, montamos a caballo y, atravesando el pueblo, llegamos al puente sobre el Tormes.
--Juan de Dios--indicó el capitán--, haz que los paisanos traigan una docena de carros y los pones interceptando el puente, atándolos unos a otros con vigas y sujetándolos con piedras.
--Bien, mi capitán.
--Después pondrás a veinticinco pasos del puente, sobre este cerrillo, cinco hombres con sus carabinas que hagan fuego sobre los realistas si se presentan. Tú, con cincuenta lanceros, estarás a doscientos pasos de la barricada del puente. De media en media hora me irás dando aviso de lo que ocurra. Yo estaré en el soto con las demás fuerzas. ¿Estás enterado?
--Perfectamente, mi capitán.
Dejamos a Juan de Dios y salimos Mala Sombra, el Chiquet y yo hacia el soto, al galope, y encontramos alerta a la gente.
El capitán mandó que la columna de milicianos avanzase por el soto en dirección contraria de Alba de Tormes, hasta dar vista a un extenso páramo. Allí mandó hacer alto y echar pie a tierra, manteniéndose siempre en formación. La caballería de Farnesio, con los lanceros de Valladolid, quedaron a un lado, y los vaqueros, con el teniente Gotor y las partidas de la ribera del Duero, al otro.
En la salida del sotillo hacia el páramo, cerca del camino real de Alba, dejó Mala Sombra al coronel Maricuela con trescientos hombres armados con carabinas, para que estuviesen en observación de las avenidas del pueblo.
--Probablemente--dijo Mala Sombra a Maricuela--, dentro de un par de horas pasarán por delante de usted los realistas. Cuando lo hayan hecho, usted se correrá con sus fuerzas hasta cerrar el paso del soto.
--Está bien.
Luego de arreglado este punto, nos encaminamos Mala Sombra, el Chiquet y yo hacia las riberas del Tormes y nos emboscamos en el lindero del sotillo. Eran las tres de la mañana. No había amanecido aún, todo estaba en el mayor silencio.
El Chiquet, por orden nuestra, fué a ver al sargento Juan de Dios y volvió poco después con uno de nuestros confidentes: el tratante de ganado. Este hombre nos dijo que venían seiscientos jinetes realistas con buenos caballos en dirección a Alba de Tormes. Habían salido de su campamento por la noche. Despachamos al tratante y le pagamos.
Una hora después, un poco antes de amanecer, llegó el otro confidente: el cosario. Nos confirmó las noticias anteriores, y aseguró que el enemigo estaba percatado de los movimientos de nuestra columna y de la gran requisa de granos y de reses que habíamos hecho para abastecer la plaza de Ciudad Rodrigo. Con el objeto de apoderarse de nuestro botín, el general don Enrique O'Donnell había destacado dos columnas para interceptar nuestro paso camino de Zamora; pero, al llegar a las inmediaciones de esta ciudad, había sabido el jefe realista que, a favor de una marcha forzada, nos dirigíamos a pasar el Tormes por Alba.
El cosario añadió que una de las columnas, compuesta de mil infantes y ciento cincuenta caballos, debía de llegar a Alba en la tarde del día que estaba amaneciendo. Esta columna venía de Salamanca.
Pagamos a nuestro hombre y quedamos en observación. Acababan de dar las cuatro cuando oímos las cornetas de la caballería de los realistas, y, poco después, comenzaron a voltear las campanas del pueblo en señal de regocijo.
Mala Sombra y yo nos acercamos a Juan de Dios, y el capitán le dijo al sargento:
--Aquí te quedas con tus lanceros. Si el enemigo pasa el puente y te ataca, te batirás en guerrilla retirándote hacia el soto, y luego echaréis a correr en fuga como a la desbandada por el páramo adelante. Cuando hayan entrado todos en el páramo, los envolveremos.
Tras de dar sus instrucciones, el capitán y yo atravesamos el soto y nos unimos con las fuerzas del teniente Gotor.
Un poco antes del amanecer, una avanzada realista se acercó al puente sobre el Tormes, y la guardia de los cinco hombres que estaba en el repecho hizo fuego graneado sobre ella. Se retiraron los soldados, pero al poco rato apareció una compañía seguida de un grupo numeroso de paisanos. Entre unos y otros desembarazaron el puente y pasaron a la otra orilla.
Era el momento en que Juan de Dios tenía que maniobrar. El sargento era muy ducho en estas cosas y sabía su papel como pocos.
VII.
LA PRESA
ESTÁBAMOS todos agazapados en el soto esperando el momento en que Juan de Dios y sus vaqueros aparecieran perseguidos por los realistas.
El Oriente iba clareando. El sol, escondido aún, brillaba en algunas nubes altas y rojas. Había este silencio y esta inmovilidad del aire de la hora anterior al alba; pronto los primeros rayos solares comenzaron a iluminar con una luz dorada el vértice de la copa de los árboles; los pájaros cantaron en las matas. El campo tenía la juventud y la frescura de un amanecer claro de primavera. Todo en la Naturaleza parecía sonreír, todo era cándido e idílico. El viento hizo temblar suavemente las ramas de los árboles; los pájaros alborotaron más, el cielo fué poniéndose azul y la luz dorada del sol fué bajando en el follaje hasta iluminar e incendiar los hierbajos y los pedruscos del suelo.
Serían las cinco y media cuando apareció Juan de Dios, perseguido de cerca por más de trescientos caballos.
Los realistas gritaban desaforadamente:
--¡A ellos! ¡A ellos! ¡Son nuestros!
Al desembocar desde el sotillo al páramo los cincuenta jinetes de Juan de Dios, comenzaron a desparramarse, y los enemigos se dividieron y subdividieron, perdiendo el orden de formación.
Al mismo tiempo, las tropas del coronel Maricuela y las de don Dámaso Martín, corriéndose rápidamente por el lindero del soto, cerraron su salida y tomaron posiciones.
En este momento el capitán Mala Sombra dió la orden de ataque, y de la derecha como de la izquierda, a media rienda y lanza en ristre, se precipitó nuestra caballería contra los pelotones aislados de los realistas. El enemigo no tenía más defensa que sus sables y no se pudo defender con habilidad.
Juan de Dios reunió sus cincuenta vaqueros dispersos, y volviendo grupas y en perfecta formación, arremetió de frente contra los absolutistas, como si se tratara de una torada.
El grueso de la caballería enemiga se había detenido, y retrocediendo y al galope intentó atravesar el soto; pero al acercarse al boquete por donde había pasado, se encontraron los jinetes atacados por las tropas de don Dámaso y de Maricuela, y comenzaron a caer los hombres y los caballos.
Los realistas, consternados y en la mayor perplejidad, volvieron de nuevo grupas buscando una salida, y comenzó la desbandada. Azorados al verse metidos en aquella trampa, la mayoría se rindió y los demás siguieron su ejemplo.
Duró la acción diez minutos escasos; quedaron muertos en el campo a lanzadas unos veinte hombres y hubo próximamente cincuenta heridos.
El escuadrón realista en pleno quedó hecho prisionero, a excepción de tres o cuatro oficiales que tenían magníficos caballos y que escaparon dando un gran rodeo. Estos oficiales, por lo que supimos después, llegaron una hora más tarde a Alba de Tormes, contaron lo ocurrido, salió de la villa una columna realista de infantería, y con los carros y maderas que había llevado Juan de Dios el día anterior parapetaron el puente y quedaron en él de guardia.
Teníamos nosotros unos doscientos cincuenta prisioneros, a quienes se prohibió maltratarlos o despojarlos. Entre ellos había diez oficiales. De estos prisioneros cuarenta eran piamonteses bien equipados que montaban caballos muy buenos.
Al acercarnos Mala Sombra y yo a ellos, nos decían:
--_Io eser_ cristiano católico. Mí no _querrer haser_ mal.
Discutimos Mala Sombra y yo lo que se haría con los prisioneros, y como en el caso de querer incorporarlos a nuestras fuerzas no podían merecernos confianza, decidimos entregarlos en varias remesas.
Por la tarde, Juan de Dios y el Chiquet se presentaron en el puente con bandera blanca de parlamento, pasaron, dijeron a lo que iban, y al día siguiente, con una escolta de cincuenta caballos, llevaron cien prisioneros y los heridos.
Los realistas los recibieron con aclamaciones y bravos, y Juan de Dios y el Chiquet, después de ser muy obsequiados, volvieron a nuestro campo radiantes de satisfacción.
Nos quedaban aún cerca de noventa prisioneros. De éstos, unos eran mozos recién sacados de los pueblos de Castilla y uniformados en Valladolid. Se les indujo a que se quedaran con nosotros y algunos aceptaron, pero la mayoría, no.
La misma proposición se hizo a los cuarenta piamonteses, los cuales procedían de un regimiento que estaba en Valladolid, mandado por el príncipe de Carignan, que era miembro de la Casa de Saboya.
El príncipe de Saboya-Carignan había entrado en España bajo las órdenes del duque de Angulema, con una tropa alistada en el Norte de Italia, y se distinguió después, según dijeron, en el Trocadero.
De los piamonteses, sólo dos aceptaron el quedarse entre nosotros; un jovencito rubio llamado Emilio Pancalieri y otro muchacho alto, moreno, apellidado Corti. Los dos hablaban algo el castellano y eran sin duda gente aventurera.
Reunimos nuestro botín de granos, ganado, caballos, armas y uniformes de los realistas, y nos apresuramos a salir para Tamames, con el objeto de reunimos con nuestro general.
Llegamos por la tardecita a la villa y encontramos al Empecinado casi completamente restablecido.
Le conté con detalles la acción de Alba y lo que se había hecho con los prisioneros, y le pareció todo tan bien, que dijo que propondría a Mala Sombra al Gobierno para que le diese la cruz de San Fernando y le ascendiera a comandante de escuadrón. Habló después familiarmente el general con los muchachos que se nos habían unido y con los dos piamonteses, y como el Empecinado tenía sencillez e ingenuidad efusiva, llegó a cautivarlos.
Dispuso don Juan Martín que en Tamames descansase y se racionase la tropa, y envió los carros y el ganado requisado inmediatamente en dirección de Vitigudino.
Nosotros iríamos a retaguardia después de descansar.
A la mañana siguiente, al salir de mi alojamiento, encontré al Empecinado ya de pie. Estaba tan forrado de ropa que no podía moverse. Le ayudamos a montar a caballo. Se organizó la columna y anduvimos hasta la noche, en que descansamos en una aldea.
Por todos aquellos pueblos a la redonda hicimos requisa de ganado vacuno, con promesa de pagar a los ganaderos y a los Ayuntamientos. Sólo al marqués de Cerralbo le llevamos más de quinientas reses. Es posible que esto influyera en la familia para hacerla reaccionaria.
Tras de una marcha lenta de cuatro días, entró el convoy completo en Vitigudino, y la columna, tras él.
Durante este viaje el Capitán Mala Sombra, que ya era para los efectos oficiales el comandante Porras, se hizo amigo íntimo del italiano Pancalieri.
Al principio éste y Corti nos miraban con temor; debían tener mala idea de los españoles, creían seguramente que cada uno de nosotros era un perfecto bandido; pero como ambos eran perspicaces, notaron en seguida la clase de gente que había en la tropa, y se familiarizaron con ella.
Corti nos resultó un gran administrador y se encargó de llevar las cuentas de los suministros de la división.
Pancalieri se mostró un tanto perdido; bebía, hacía el amor a las chicas de los pueblos; jugaba al monte con nosotros y nos ganaba el dinero. A los dos o tres días estaba ya a sus anchas y nos tuteaba a todos los oficiales.
Pancalieri era un muchacho amable, simpático alegre, egoísta y jovial. Por lo que contó, su familia gozaba de buena posición en Turín; pero descontenta de sus calaveradas había intentado meterle en un convento, y él se había alistado en la tropa del príncipe de Carignan por el gusto de correr aventuras.
Era Pancalieri un muchacho fuerte, de mediana estatura, el pelo rubio obscuro, el bigote pequeño y los ojos claros. Hablaba en su lengua enrevesada mixta de español, de italiano y de dialecto piamontés con una gran libertad. Sus opiniones eran de una audacia extraordinaria.
Una vez que le preguntamos si era patriota, nos contestó con un cándido cinismo:
--_¡Ma ché!_ No _io no sono_ patriota. ¡Oh, no! Vivir, vivir agradablemente, _io non volio_ más que eso. Tener unas cosas guisadas para comer, y unos trajes, y una casa y alguna mujercita para divertirse; pero ¡la Patria! ¡la Historia! ¡sacrificarse por eso! _¡Ma ché!_ No. ¡Qué tontería!
Pancalieri hablaba así y obraba en consonancia con su sistema. Su egoísmo natural y sonriente no llegaba a molestar. Mala Sombra, que tenía conceptos diametralmente opuestos, protegía al italiano; quizá pensaba que sus palabras las decía en broma; quizá habría entre los dos ese acuerdo íntimo que produce la amistad estrecha y efusiva.
En unos días de conocerse, durante el camino, el Capitán Mala Sombra comenzó a aficionarse tanto a la compañía de Pancalieri, que le trataba como si fuera su hermano; le hizo confidencias acerca de sus amores, y le pidió consejo.