Los Conquistadores: El origen heróico de América
Part 7
Hubo una época, como resultado de la primera emoción, en que la idea del Nuevo Mundo iba vestida con envolturas de un cándido y sentimental retoricismo. La presencia del indio, vestido con sus plumas y su ignorancia supina, produjo aquella suerte de frases que los poetas corearon en tantas odas; _la virgen América_ dió pábulo a muchos manoseos retóricos, y los discípulos de Rousseau encontraron una graciosa oportunidad para su reivindicación de la naturaleza en el sencillo, candoroso y desnudo salvaje americano. Con los inocentes indios de América bordó Chateaubriand las románticas historias de Atala, y el episodio de aquel indio _natchez_ que el gran poeta hace ir a la corte de Luis XIV, es representativo de esa idea romántica, rousseauniana, que atribuyó al salvaje americano un tesoro de inocencias, de generosidades, de virginidades y de dulces melancolías.
Los que han tratado al indio saben que la literatura no se ha aproximado nada a la verdad. Lo mismo ante los conquistadores, como ante los modernos colonos, el indio era y es un _hombre de la naturaleza_; es decir, perezoso, artero, cruel, obsceno, astuto y albergue de todos los vicios...
La _virgen América_ no debe aparecernos _virgen_ en el sentido rousseauniano y en la forma ideal de un indio inocente, que la brutalidad del europeo atropella; América es para nosotros _virgen_ en cuanto significa juventud, novedad, fuerza incipientemente usada que avanza a lo infinito.
II
Ahora mismo, en el último emigrante que pisa por primera vez las playas americanas, nace la impresión de asombro que sacudiera al principio el alma de los descubridores españoles. Una impresión de admirado espanto frente a las cosas descomunales del nuevo continente.
En la Europa propiamente dicha, hacia el lado occidental, núcleo de las emigraciones interoceánicas, la Naturaleza mantiene el ritmo clásico y heleno de la medida y la ponderación. Nunca los ríos y las llanuras y las islas y los bosques son demasiado grandes; pocas veces incurren las cosas en lo desmesurado; apenas la mirada del hombre debe sentirse encogida por el paso de lo descomunal. La Naturaleza se complace en redondear las ensenadas y recortar los valles ecuánimemente, de manera que los paisajes pueden servir a la vida de los hombres y no a la vida de seres quiméricos. Las estaciones, las lluvias, los cultivos, la población, todo es en la Europa occidental como resultado de una idea de ponderación y de medida.
En América, al revés, parece que la Naturaleza aguardara a una legión de gigantes y no de hombres. Es un continente sin medida, monstruoso, desmesurado, hecho para seres de otra gestación geológica. Los descubridores españoles, si penetraban en un bosque, se encontraban pronto envueltos por la monstruosidad de la selva; si aguardaban la lluvia, recibían el denso diluvio tropical; si buscaban un río, veían abrirse la inmensidad del Orinoco, del Missisipí, del Amazonas, del Plata; si hallaban un cerro, veían surgir en su altísima cumbre las fauces de un tremendo volcán... Por donde quiera les sorprendía lo gigantesco y desmesurado. Monstruosos los calores, los fríos, las lluvias, las sequías; gigantescas las llanuras; interminables las distancias; enormes los imperios. Desmesuradas las hambres, infinitos los triunfos y los placeres. Sorprendente y maravillosa la altivez de los Andes, surgiendo sobre el mar. Terribles y apocalípticos los terremotos, que destruyen en un momento las ciudades. Desmesuradas, en fin, las riquezas de Méjico y del Perú, con sus palacios henchidos de verdadera y material pasta de oro...
Después de cuatro siglos, el sentido de lo desmesurado continúa en América, y todo allí sigue la tendencia de lo enorme: ciudades colosales, ferrocarriles inmensos, cultivos monstruosos.
Por tanto, pronto encontraremos una palabra que nos ayude a expresar un signo psicológico de América: exageración. Si la Naturaleza es exagerada, justo es que los hombres se sometan a la ley del destino. Exagerados en sus impulsos, faltos de medida y ponderación, los americanos se alejan tanto del sentido helénico como se aproximan al ser de su propia naturaleza continental. Exagerados en sus proyectos, en sus empresas, en sus ideales, en sus teorías; exagerados hasta en su retórica. Lo medido y pausado les irrita o no lo comprenden. Les gusta el ruido y la proporción de la catarata, la fuerza descomunal de sus extensiones terrenales, la frondosidad abrumadora de sus selvas. Aman lo quimérico y colosal, lo mismo el yanqui, que forma ciudades monstruosas como Nueva York; que el tirano del Paraguay, aquel que declara la guerra a tres naciones juntas y no rinde las armas hasta que no resta un hombre en el país.
El _bluff_, palabra de América, es el resultado de ese sentido de la exageración, de lo desmesurado y colosal, y en cierto modo define la parte estéril, pero expresiva, de una dinámica gigantesca, sobreexcitada, falta de armonía.
También deberemos mencionar otra palabra, muy caracterizadora de la psicología americana: libertad. Los descubridores españoles, apenas ponían el pie en las Indias, sentíanse aliviados de un peso moral, y era éste el «peso jerárquico» de Europa. Bastardos o segundones, soldados obscuros o simples homicidas, el caso es que un poblador y un conquistador eran desde entonces hijos de sus hechos y valían tanto como sus obras. El porquerizo extremeño que llamaban Pizarro a secas, se convierte en marqués y señor poderoso; el marmitón de cocina puede desembarcar, afanarse en los negocios y llegar a tener palacios, servidores.
He ahí a la libertad en toda su realidad positiva. Los hombres se desvinculan de sus compromisos europeos, rompen el hilo prolijo de las jerarquías, y, aparte un poco de trabazón burocrática en la corte de los virreyes, los hombres son por lo que hacen y tienen. ¡Y es tan fácil hacer, tan sencillo tener! Allí están las tierras sin fin; hay para todos. Allí están los negocios y las empresas brindándose a quien ose emprenderlos.
El poder real descollaba muy lejos, allá remoto. Un ancho Océano separaba al continente, y la distancia y los peligros del viaje hacían más inmunes a los desterrados. Como desterrados, como robinsones cívicos, los conquistadores implantaron, efectivamente, en América el sistema municipal y las libertades jurídicas, que ya en España habíanse defraudado ante el poder imperialista de los nuevos reyes. Y este fuego de independencia y de libertad, exagerando los instintos nativos de los conquistadores, les arrastra desde el comienzo a disputas y guerras civiles.
Hijos son de sus actos. Han roto los vínculos de la familia y se evaden a las trabas de las jerarquías meticulosas. Fácil la adquisición, rápido el éxito, los pobladores se abren pronto a la soberbia. Y como cada cual se defiende por sí mismo de los azares e inminencias, el valor personal cobra un mérito extraordinario. Frente a los indios sanguinarios, en los cultivos remotos, en las haciendas precarias, donde un solo hombre necesita gobernar a manadas de indígenas o de negros, es allí cuando el individuo adquiere la conciencia de su poder y reclama el máximo de su libertad personal...
III
Acaso en ninguna parte del mundo se le da al hombre tanto valor intrínseco como en América. El hombre es allí _un valor_, en todo lo máximo del concepto; es una fuerza dinámica, una posibilidad infinita, una energía monedable y, sobre todo, una _simiente_.
América ha sentido siempre la emoción que no conoce Europa; esa entusiasta emoción ante los trasatlánticos humeantes y vociferantes que arriban a los muelles con su cargamento de _hombres_. ¡Semillas de porvenir!
Los buques arrojan sobre el muelle su carga humana; las falanges de inmigrantes se suceden, y cuando una muchedumbre se ha internado en el azar del Continente, otra nueva multitud desembarca. Allá van, por allí ruedan y buscan. Son los eternamente renovados en el ideal de las Indias. Con sus caras atónitas, con sus cuerpos pesados, un poco sucios en su torpeza de aldeanos. Plebe extraída de las últimas humildades europeas. Y sin embargo tal vez materia de futuras aristocracias.
¡Ah! En todas partes se muestra el hombre como un grave misterio, capaz de contener en sí todos los desdoblamientos del éxito y de la fortuna; en América es todavía mayor ese misterio, porque allí las contingencias del azar se precipitan con más imprevista rapidez. Por eso es tan sugestivo ir curiosamente a lo largo de un gran puerto de América y confundirse con las masas de los emigrantes. Bullen hombres, mujeres y niños aguardando la hora de internarse en lo desconocido. Candidatos del triunfo, unos caerán fracasados, otros vejetarán en una zozobrante pobreza; muchos saltarán en rápidos trancos la escala social, empinándose hasta la gloria del triunfo. A manejar rebaños numerosos, _trusts_ imponentes, líneas férreas, Bancos. De ellos saldrá el multimillonario ostentoso, la dama exquisita o viciosa, el elegante rastacuero.
Esa cualidad suya es la que América tiene derecho a ostentar. Por su virtud, el hombre obscuro y primario logra la mayor potencia evolutoria. La experiencia humana llevada al límite; el arribismo ilimitado y democrático: he ahí la cualidad de América. Allí donde el hombre vale por lo que es y por lo que puede; donde el hombre es una cosa profunda, ilimitada y posible que puede actuar y desenvolverse sin limitaciones ni reservas.
En algunas zonas pujantes de aquella América, diríase que todos los componentes de la máquina nacional se hallan templados en un ritmo de exaltación dinámica. Recuerdan a los músicos de una gran orquesta. Los instrumentos vibran con una armonía arrebatadora, templados, tensos, sonoros, fáciles a la batuta del destino... La locomotora marcha a compás, como a compás el minero, y el agricultor, y el inventor, y el periodista. Y ese compás está puesto en su intensidad máxima. Compás heroico, acelerado, propicio para la locura de las experiencias temerarias. Así marcha y vibra Norte América, con sus cien ciudades osadas. ¿A dónde se dirige? ¿Qué busca? ¿Qué nuevo signo de civilización ofrecerá al mundo? No se sabe. Es todavía una fuerza de la naturaleza, que acciona a impulso de su fatalidad dinámica y juvenil.
Vivir intensamente o no vivir; tal es el concepto moral de esa América dinámica. El maquinismo presta a su vida un impulso que nunca los hombres conocieron, y las rotaciones de la actividad se apresuran como en una pesadilla. La vida intensa, la vida enérgica y apresurada, o si no la muerte. Son los hombres modernos por excelencia, cuya modernidad flota libre y aérea por encima de todo peso tradicional.
Simples, ligeros, sin los vínculos del hombre de Europa que necesita mirar tanto al pasado como al porvenir; esos hombres sin estirpe ni abolengo, esos cachorros de león de América, ¿qué sienten frente a Europa? ¿Es sólo admiración y respeto? ¿Es también acaso una secreta ira inconfesable contra el continente matriz que había recorrido ya la ilustre escala de la cultura noble y magistral?... ¿Es un íntimo e inexpresable propósito de llegar a poder superar a Europa, dominarla alguna vez, imponerla el sello y el ritmo de la vida americana, antiplatónica y locamente activa?...
Hija del heroísmo y del azar, madura ya y vigorosa entre los dos Océanos, allí América se alza como un enigma. La Humanidad y la civilización tienen que contar en adelante con ese agregado imprevisto, ascendente y dudoso, que añadirá nuevos caracteres al mundo e infundirá quién sabe qué otro sentido a la vida misma.
Cantos de marineros, ruidos de espadas, plegarias de sacerdotes, asistieron al alba de ese continente; ahora vocean las bocinas en sus puertos, crujen las locomotoras en sus llanuras, dora un sol pacífico la opulencia de sus cañaverales. El porvenir se abre sembrado de maravillas. Y mientras en las mil ciudades de América suenan los clamores de gloria, el alma quiere asistir todavía, llena de religioso respeto, al momento en que el descubridor salta en tierra y hace que el viento desplegue y extienda el estandarte cruzado de España; y al momento en que Balboa separa los tupidos lienzos de la selva para contemplar, mudo y temblando, la inmensidad del mar del Sur; o en que el conquistador, abrumado del peso de sus mismo hados, enfrenta valerosamente la monstruosidad de los peligros y guía hacia adelante su pequeña tropa ferrada, barbuda, brusca y soñadora...
APÉNDICES
I
EL AMANERAMIENTO HISTÓRICO
La labor de los historiadores viene actuando sobre esa selva del descubrimiento y conquista del continente americano, y es una labor difícil, no obstante lo próximo del hecho, porque también conoce la Historia del mundo pocos actos en que la fantasía se haya inmiscuido tan abundantemente.
Todo suceso histórico es apto para recibir la cópula del error, y la mentira, en sus infinitas variedades, no sólo acompaña, precede y sigue al hecho, sino que se mezcla y volatiliza en él, hasta formar la mentira y el acto un mismo cuerpo. Si se trata de un acto religioso, pronto se inmiscuye la mentira, y pronto, también, queda en pie solamente la leyenda o el milagro, con exclusión a veces absoluta del hecho real. En vano iremos a preguntar pormenores de Mahoma y el mahometismo, por que una montaña de leyendas habrá sofocado toda huella de luz. Y si el hecho histórico es de carácter político o militar, ya se sabe (tenemos contemporáneamente la experiencia), que el interés de los bandos, la argucia de los Gobiernos, la parcialidad de combatientes y espectadores interpolan en seguida los fraudes, las omisiones o las referencias o añadiduras tendenciosas.
En América era doblemente indispensable que interviniese la fantasía, y no por interés de un bando contra otro bando, sino por la misma naturaleza del hecho. Poned hoy mismo a unos cuantos soldados, capitanes y marineros en el trance de tener que descubrir en plena mar un gran continente distinto a todo lo que conocemos, y cuando esa gente vuelva, a retazos distanciados y a través de terribles dificultades, sus relaciones serán una amalgama de fenómenos exagerados o torcidos.
Los primeros historiadores de América no son los que menos contribuyeron a esa obra de desorientación. Por fortuna estaban los cronistas veraces, los simples soldados, como Jerez y Bernal Díaz del Castillo, que narraban lo que vieran por sus ojos o escucharan a los compañeros, sin añadir más fantasía que aquella que es inexcusable y perdonable a todo ser dotado de imaginación. Pero estos cronistas no fueron siempre los más atendidos por el público universal. Tipos de carácter arribista, como sin duda era Amérigo Vespucci, andaban entonces dentro de las empresas españolas y ellos daban al público las referencias quiméricas que el vulgo de toda hora suele desear.
Después intervinieron los historiadores «profesionales» y éstos añadieron complicación a la leyenda. Eran gentes universitarias, doctos de toga y de hábito, que se apresuraron a interpretar la historia de las Indias sobre el patrón de los modelos clásicos. Llenos de la ampulosidad universitaria, entre pedantesca e ingenua, atribuían a los pobres indios los usos, las palabras y la cultura de los griegos y romanos. El Renacimiento estaba entonces en la atmósfera y todos se contagiaban de él; los héroes de Homero y las páginas de Cicerón no se apartaban de las mentes. Y a la vez pesaba en las imaginaciones el brillo de los libros de caballería y el régimen feudal.
No había rubor en atribuir a los mejicanos, por ejemplo, el sistema de las órdenes militares y religiosas, tal como existían en la Europa cristiana. Atribuíanse en general a los indios usos y costumbres que sólo estaban en la mente de esos historiadores universitarios, maniáticos del clasicismo y llenos del musgo de las aulas. La sensiblería indiana, inaugurada por aquel Las Casas, perfecto precursor de los hispanófobos anglicanos y enciclopedistas, se nutrió de tales historias amañadas.
El indio, como todo salvaje, poseía los pecados en mucho mayor número que las virtudes; pueblos tan prácticos y racionalistas como los anglosajones no han titubeado en destruir y acorralar al indio, sin duda por su incapacidad de civilización; sólo los españoles, por exceso de humanidad, por torpeza o por falta de sentido práctico, se empeñaron en incorporar al indio a su vida social y religiosa.
II
LOS PILOTOS CANTÁBRICOS
Andaluces y extremeños sellaron con su cuño el continente de América, dándole carácter y estableciendo una sólida civilización. No sería justo, sin embargo, olvidar la poderosa ayuda que desde el principio recibieron los grandes exploradores y conquistadores por parte de las gentes del Norte de la Península: gallegos, asturianos, montañeses y vascongados.
Toda esa larga y complicada faja del litoral cantábrico se ha distinguido en la Historia por su afición a las empresas de la mar y de la guerra. La Reconquista se inició en el Cantábrico, y después, hasta su finalización, los cántabros actuaron asiduamente en aquella obra secular. El litoral cantábrico y las rías gallegas han proporcionado siempre a Castilla el contingente marino que necesitaba la política castellana para su labor unificadora y de expansión universal.
No debe olvidarse que los apellidos próceres de España, las estirpes mas nobles y distinguidas en la guerra, en el mando y en las letras, provienen en su mayor parte del litoral cantábrico, desde Galicia hasta Navarra. Pero no debemos olvidar tampoco que esas estirpes, nacidas en la espesura montañosa y el ruralismo cantábricos, se han hecho ilustres y eficaces al ingresar en la vida más amplia, abierta y caudalosa de Castilla. El Cantábrico diríamos que halla su fin natural en el resto de España, y que sus actos y sus hombres cobran firmeza y densidad al ser traspasados fuera de los montes. Así los apellidos de Santillana, Menéndez, Quirós, Quevedo, Ayala, Guevara, Mendoza y tantos otros, siendo obscuros en su país de origen, al generarse después en Castilla adquirieron extraordinario vigor.
Es la gente, por lo demás, que pedía Castilla para sus empresas; hombres de acción y de codicia, duros en la mar, valientes en la guerra, grandes y obstinados trabajadores. Desde el primer momento aparecen en América como pilotos, cartógrafos, soldados y pobladores.
Es curioso observar cómo la gente vasca del Renacimiento se adaptó al destino y al carácter castellanos, y se alió de buen grado e íntimamente a las empresas mundiales españolas. Es verdad que el Renacimiento tuvo la virtud de remover las razas y de engrandecerlas, inspirándoles el sentido de lo sublime y de lo universal. El país vasco salió también él de su ruralismo y osó a la universalidad; sus hombres comprendieron la grandeza de la hora y se incorporaron al ímpetu universalista de la España de entonces. Pocos hombres han tenido tan alto el sentido de la universalidad como San Ignacio de Loyola. Dando el primero la vuelta al mundo significó por su parte Elcano ese espíritu universalista.
Como todos los cantábricos en general, el vasco tenía las cualidades que distinguen al hombre de acción y que se requerían para aquellas empresas: valor, voluntad, largo aliento y amor de la aventura. Pero además de esto, poseían para aquellos trances homéricos la capacidad del tozudo trabajo. Iban, pues, en oficio de marinos y soldados; pero también iban como _trabajadores_. Ya entonces debía de ser el vasco lo que ahora es: una persona mezcla de aventurero, de contratista y de aspirante a millonario. Para abrir minas y caminos, para improvisar puentes y embarcaderos, los vascos eran sin duda materia presta e idónea. Así nos lo revela, por ejemplo, la relación que Gil González hace del paso y utilización del Istmo de Panamá. Vemos, pues, a Núñez de Balboa descubrir el mar del Sur después de increíbles trabajos, y le vemos empeñado en trazar un camino de trocha que a través de las sierras y los bosques habilitase las costas del océano recién descubierto. La tentativa de abrir el camino se malogra dos veces. Mueren las caballerías, perecen los obreros, la empresa equivale a un heroísmo...
«Fué forzoso abrir camino por otra parte mucho más espesa, e aún fué menester por la mucha espesura del monte con _pilotos e agujas de marear_ entender en ello para sacarle el más derecho que ser pudiere... Entre la gente que es muerta desta armada después que salí en estos reinos (Panamá), que son veinte personas, ha sido la mayor parte dellos vizcaínos (vascongados).»
La gente cántabra llegó desde el principio a América, y no ha cesado de actuar en aquel continente, hasta nuestros mismos días. Llena está América de apellidos vascongados. Embarcaron con Colón, Cortés y Pizarro a servir de marinos, soldados, ingenieros y constructores de calzadas; más tarde fueron en calidad de evangelizadores; por último se lanzaron a los negocios de la colonización, fundando establecimientos de agricultura y flotas navieras tan importantes como la célebre Compañía de Caracas.
Diríase que América ha sido la providencia del país cantábrico, como si, en efecto, estuvieran conformado por el destino a la medida de América. La Pampa argentina ha recibido durante mucho tiempo la visita del inmigrante vasco, en una época en que pocos querían arriesgarse a las contingencias de una dudosa expatriación. Es así que en el poema argentino de «Martín Fierro», que expresa tan realmente el estado de aquel país a mediados del siglo XIX, los únicos personajes exóticos son el napolitano y el vascongado. El vasco era sin duda ya entonces un individuo que se hallaba en todas las partes de la Pampa, porque el héroe del poema, el gaucho Martín Fierro, al narrar un episodio dice como la cosa más natural:
«Se tiró al suelo al dentrar, «le dió un empellón a un vasco», y me alargó un medio frasco, diciendo: Beba, cuñao...»
Colaboradores asiduos, ardientes y numerosos, ¿cómo es, sin embargo, que los cántabros no hayan dado a la historia de la conquista de América un nombre resaltante, único y genial como Cortés, Pizarro o Balboa?
Es un hecho extraño y perturbador que hayan tenido que ocupar siempre un puesto de segundo orden, el puesto del ayudante o del colaborador. Es en cierto modo trágica esa predisposición de la gente vasca a detenerse en el penúltimo escalón de la nombradía, y el figurar en las grandes empresas como piloto, y no como capitán. Esto es más notable y dramático, y desde luego digno de estudio, si se considera que el vasco posee las cualidades que exige el primer puesto: vanidad, ambición, sed de renombre y gloria, anhelo de la jerarquía.
Lo cierto es que el vasco siempre se halló en los grandes hechos, pero no como capitán, sino en calidad de piloto. Es el Andagoya que prepara los barcos y explora las playas; pero el que conquistará Perú será Pizarro. Es Elcano quien rodeará el mundo por primera vez; pero saldrá de piloto en la expedición, y Magallanes logrará el premio inmortal del viaje. Esto se repite siempre y en todos los sitios; el vasco anda cerca del generalato, de la genialidad, y no logra dar el salto decisivo. En la batalla de Pavía es el soldado vasco Juan de Urbieta quien se halla más cerca de Francisco I y le toma la espada; pero está cerca, está al borde del éxito, y no es él precisamente quien gana la batalla. En arte, en política, en todos los afanes príncipes busca el vasco el lugar del peligro y de la gloria, ¡y no consigue la genialidad, y se limita a ser piloto!...
¿Por qué? ¿Hay una fatalidad en los pueblos? ¿Hay un efecto de casualidad, de oportunidad?