Los cien mil hijos de San Luis

Part 13

Chapter 134,041 wordsPublic domain

«Me han ocurrido tantos desastres —decía— porque he sido una tonta. Pero ahora..., ¡oh!, ahora, yo me juro a mí misma que moriré o he de atraparle... Iré a Cádiz.»

Cuando esto decía, finalizaba julio y la temperatura de Sevilla era irresistible. El médico me ordenó que buscase en la costa aires más templados.

Los franceses se habían establecido ya en Sevilla, donde reinaba un orden perfecto. En toda España, y principalmente en algunos puntos privilegiados de la tragedia, como Manresa y la Coruña, corría la sangre a raudales. Los dos furibundos partidos se herían mutuamente con impía crueldad. Pero los ejércitos de ambas naciones no habían empeñado ninguna lucha verdaderamente marcial y grandiosa. El nuestro se desbandaba como un rebaño sin pastores, y el francés iba ocupando las ciudades desguarnecidas y dominando todo el país sin trabajo y sin heroísmo, sin sangre y sin gloria. Sus victorias eran ramplonas y honradas; su proceder dentro de los pueblos, templado y noble. Era aquel ejército como su jefe, leal y sin genio; un ejército apreciable, compuesto de cien mil buenos sujetos que no conocían el saqueo, pero tampoco la gloria. ¡Detestable suerte la de España!... ¡Haber hecho temblar al coloso, y sucumbir ante un hijo del conde de Artois, ante un pobre emigrado de Gante!

¡A Cádiz, a Cádiz! Estas palabras compendiaban todo mi pensamiento en aquellos días. Empecé a disponer mi viaje con gran prisa, y a principios de agosto nada tenía que hacer ya en Sevilla.

Mi belleza recobraba al fin su esplendor. Y no era esto poco triunfo, porque me había quedado como un espectro. ¡Con cuánto alborozo veía yo despuntar de día en día la animación, la gracia, la frescura, la viveza, todos los encantos de mi fisonomía, que iban mostrándose como flores que se abren al cariñoso amor del sol! Yo no cesaba de mirarme al espejo para observar los progresos de mi restauración, y casi, casi estoy por decir que me encontraba más guapa que antes de mi enfermedad. Perdóneseme este orgullo vano; pero si Dios me hizo así, si me dio hermosura y gracias, ¿por qué no he de decirlo para que lo sepan los que no tuvieron la dicha de conocerme?

El conde de Montguyon se me presentó en el momento de partir para Cádiz. ¡Oh, feliz encuentro! Mi don Quijote, que había sido ascendido a jefe de brigada, me acompañó en casi todo el camino de Sevilla a la costa, mostrándose en extremo orgulloso por creer próximo el momento de mi definitiva conquista, y yo cuidaba no poco de confirmarle en esta creencia, porque quería tenerle muy dispuesto a servirme en negocios difíciles. Hablamos también de política y de la Ordenanza de Andújar, en que Su Alteza recomendaba la mayor templanza a los absolutistas, habiéndoles disgustado por esto. Pero el tema más agradable a mi caballero era el amor.

Según se expresaba, su bello ideal estaba a punto de realizarse. El país ardiente, el territorio pintoresco, la dama hermosa, nada faltaba para que la leyenda fuese completa. Pero yo, esmerándome en fomentar sus esperanzas, era sumamente avara de concesiones. Mi Ordenanza de Andújar prescribía también la moderación. Ya me había yo instalado en el Puerto cuando, apremiada por el conde, le revelé la causa de mis ardientes deseos de penetrar en Cádiz.

—Un hombre —le dije— que antes poseía mi confianza, administrando los bienes de mi casa; un mayordomo que supo servirme algún tiempo lealmente para engañarme después con más seguridad, huyó de Madrid, robándome gran cantidad de dinero, muchas alhajas de valor y documentos preciosos. Ese hombre está en Cádiz...

—Pero en Cádiz hay tribunales de justicia, hay autoridades...

—En Cádiz no hay más que un gobierno moribundo, que para prolongar su vida entre agonías se rodea de todos los pillos.

—Sin embargo, señora, un ladrón de semejante estofa no puede ser patrocinado por nadie. Horribles cosas se ven en las guerras civiles; pero nosotros los franceses entraremos en Cádiz.

—Esa es mi esperanza.

—¿No tiene usted valimiento con los ministros liberales?

—Ninguno. Mi nombre solo les sonará a proclama realista.

—Entonces....

—Cuento con la protección de los jefes del ejército francés.

—Y con los servicios de un leal amigo... El objeto principal es detener al ladrón.

—¡Detenerle y amarrarle y arrastrarle! —exclamé con furor—. Pero deseo hacer mi justicia a espaldas de la curia, porque aborrezco los pleitos, aun cuando los gane.

—¡Oh!, eso es muy español. Se trata, pues, de cazar a un hombre; ¿por ventura eso es fácil todavía?

—Fácil no.

—Y para una dama...

—Pero yo no estoy sola. Tengo servidores leales que solo esperan una orden mía para...

—Para matar...

—No tanto —dije riendo—. Esto le parecerá a usted leyenda, novela, romance o lo que quiera; pero no, mis propósitos no son tan trágicos.

—Lo supongo... pero siempre serán interesantes... ¿Ha dejado usted criados en Sevilla?

—Uno tengo a mis órdenes. Le mandé por delante, y en Cádiz está ya.

—¿Vigilando...?

—Acechando.

—Bien: le seguirá de noche embozado hasta las cejas, espiará sus acciones, se informará de su método de vida. ¿Y ese criado es fiel?

—Como un perro... Examinemos bien mi situación, señor conde. ¿Se puede entrar en Cádiz?

—Es muy difícil, señora, sobre todo para los que son sospechosos al gobierno liberal.

—¿Y por mar?

—Ya sabe usted que en la bahía tenemos nuestra escuadra.

—¿Cuándo tomarán ustedes la plaza?

—Pronto. Esperamos a que venga Su Alteza para forzar el sitio.

—¿Y podrán escaparse los milicianos y el gobierno?

—Es difícil saberlo. Ignorarnos si habrá capitulación; no sabemos el grado de resistencia que presentarán los insurgentes.

—¡Oh! —exclamé sin saber lo que decía, obcecada por mis pasiones—. Ustedes los realistas no sirven para esto. Si Napoleón estuviera aquí, amigo mío, mañana, mañana mismo, sí señor, mañana, sería tomada por asalto esa ciudad rebelde y pasados a cuchillo los insensatos que la defienden.

—Me parece demasiado pronto —dijo Montguyon sonriendo—. En fin, comprendo la impaciencia de usted.

—Sí, quien ha sido robada, vilmente estafada, no puede aprobar estas dilaciones que dan fuerza al enemigo. Señor conde, es preciso entrar en Cádiz.

—Si de mí dependiera, señora, esta tarde mandaba dar el asalto —repuso con entusiasmo—. Sorprendería a la guarnición, encarcelaría a los diputados y a las Cortes, y pondría en libertad al rey.

—Ya eso no me importa tanto —dije en tono de conquistador—. Yo entraría al asalto sorprendiendo la guarnición. Dejaría, a los diputados que hicieran lo que les acomodase, mandaría al rey a paseo...

—¡Señora!...

—Buscaría a mi hombre, revolvería todos los rincones, todos los escondrijos de Cádiz hasta encontrarle... y después que le hallara...

—Después...

—Después, señor conde... ¡Oh!, mi sangre se abrasa...

—En los divinos ojos de usted, Jenara —me dijo—, brilla el fuego de la venganza. Parece usted una Medea.

—No me impulsan los celos —dije serenándome.

—Una Judith.

—Ni la idea política.

—Una...

—Parezca lo que parezca, señor conde, es preciso entrar en Cádiz.

—Entraremos.

—¿No sirve usted ahora en el Estado Mayor del general Bourmont?

—En él estoy a las órdenes de la que es imán de mi vida —repuso poniendo los ojos en blanco.

—¿Será Bourmont nombrado comandante general de Cádiz, luego que la plaza se rinda?

—Así se dice.

—¿Hará usted prender a mi mayordomo?...

—Le haré fusilar...

—¿Me lo entregará atado de pies y manos?

—Siempre que no huya antes, sí, señora.

—¡Huir! Pues qué, ¿tendrá ese hombre la vileza de huir, de no esperar?...

—El criminal, amiga mía de mi corazón, pone su seguridad ante todo.

—¿No dice usted que hay una especie de escuadra?

—Una escuadra en toda regla.

—¿Pues de qué sirven esos barcos, señor mío —dije de muy mal talante—, si permiten que se escape... ese?

—Quizás no se escape.

—¿De qué sirve la escuadra? —añadí con la más viva inquietud—. ¿Quién es el almirante que la manda? Yo quiero ver a ese almirante, quiero hablar con él...

—Nada más fácil; pero dudo...

—Me ocurre que si hay capitulación, será más fácil atraparle...

—¿Al almirante?

—No; a... a ese.

—Sin duda. En tal caso se quedaría tranquilo en Cádiz, al menos por unos días.

—Bien, muy bien. Si hay capitulación, arreglo, perdón de vidas y libertad para todos... Señor conde, aconsejaremos al príncipe que capitule... ¡Pero qué tonterías digo!

—Está patente en su espíritu de usted la obsesión de ese asunto.

—¡Oh!, sí. No puedo pensar en otra cosa. El caso es grave. Si no consigo apoderarme de ese hombre... no sé... creo que me costará la vida.

—Yo también le aborrezco... ¡Hombre maldito!... Pero le cogeremos, señora. Me pongo al servicio de este gran propósito con la sumisión de un esclavo. ¿Acepta usted mi cooperación?

Al decir esto, me besaba la mano.

—La acepto, sí, hombre generoso y leal, la acepto con gratitud y profundo cariño.

Al decir esto, yo ponía en mi semblante una sensibilidad capaz de conmover a las piedras, y en mis pestañas temblaba una lágrima.

—Y entonces —añadió Montguyon con voz turbada—, cuando nuestro triunfo sea seguro, ¿podré esperar que el hueco que se me destina en ese corazón no sea tan pequeño?

—¿Pequeño?

—Si es evidente, por confesión de él mismo, que ya tengo una parte en sus sublimes afectos, ¿no puedo esperar...?

—¿Una parte? ¡Oh! no. Todo, todo.

El inflamado galán abrió sus brazos para estrecharme en ellos; pero evadí prontamente aquella prueba de su insensato ardor, y poniéndome primero seria y después amable, con una especie de enojo gracioso y virtud tolerante, le dije que ni Zamora ni yo podíamos ser ganadas en una hora. Al decir esto, violentos cañonazos me hicieron estremecer y corrí al balcón.

—Son los primeros tiros de las baterías que se han armado para atacar el Trocadero —me dijo el conde.

—¿Y esas bombas van a Cádiz?—pregunté poniendo inmenso interés en aquel asunto.

—Van al Trocadero.

—¿Y qué es eso?

—Un fuerte que está en medio de las marismas.

—¿Y allí están...?

—Los liberales.

—¿Muchos?

— Mil y quinientos hombres.

—¿Paisanos?

—Hay muchos paisanos y milicianos.

—¡Oh!, morirá mucha gente.

—Eso es lo que deseamos. Parece que siente usted gran pena por ello.

—La verdad —repuse, ocultando los sentimientos que bruscamente me asaltaban—, no me gusta que muera gente.

—A excepción de su enemigo.

—Ese..., pero ¿estará en el Trocadero?

—¡Quién sabe!... Está usted aterrada.

—¡Oh!, yo quiero ir al Trocadero.

—Señora...

—Quiero ir al Trocadero.

—Eso mismo deseamos nosotros —me dijo riendo—, y para conseguirlo enviaremos por delante algunos centenares de bombas.

—¿Dónde está el Trocadero? —pregunté corriendo otra vez a la ventana.

—Allí —dijo Montguyon asomándose y alargando el brazo.

Hízome explicaciones y descripciones muy prolijas de la bahía y de los fuertes; pero bien comprendí que antes que mostrar sus conocimientos deseaba estar cerca de mí, aproximando bastante su cabeza a la mía, y embriagándose con el calor de mi rostro y con el roce de mis cabellos.

XXXIII

¡Qué aparato desplegaron contra aquellas fortalezas que se alzan entre charcos salubres y que llevan por nombre el Trocadero! Desde que llegó Su Alteza a mediados de agosto, no hacían más que disparar bombas y balas contra los fuertes, esperando abrir brecha en sus gloriosos muros. ¡Figúrese el buen lector mi aburrimiento! Considere con cuánta tristeza y tedio vería yo pasar día tras día sin más distracción que oír los disparos y ver por las noches las majestuosas curvas de los proyectiles. Me consumía en mi casa del Puerto sin tener noticias del interior de Cádiz, ni esperanza de poder penetrar en la plaza. Ni parecía aquello guerra formal y heroica como creía yo que debían de ser las guerras, y como las que vi en mi niñez y en tiempo del Imperio. Casi todo el ejército sitiador estaba con los brazos cruzados: los oficiales paseaban fumando; los soldados hacían menos pesado el tiempo con bailoteo y cantos.

No debo pasar en silencio que el duque del Infantado, que llegó de Madrid en aquellos días, me llevó a visitar a Su Alteza, nuestro salvador y el ángel tutelar de la moribunda España por aquellos días. Luis Antonio era un rubio desabrido, cuyo semblante respiraba honradez y buena fe; pero la aureola del genio no circundaba su frente. Fuera de aquel sitio, lejos de aquella deslumbradora posición y con otro nombre, el hijo del conde de Artois habría sido un joven de buen ver; mas no en tal manera que por su aspecto descollase entre la muchedumbre. Para hallar en él lo que realmente le distinguía era preciso que un trato frecuente hiciese resaltar las perfecciones morales de su alma privilegiada, su lealtad sin tacha y aquel levantado espíritu caballeresco sin quijotismo que le hacía estimable en la corte de Francia. Era valiente, humanitario, cortés, puntual y riguroso en el cumplimiento del deber. Si estas cualidades no eran suficientes a formar un gran guerrero, ¿qué importaba? La pericia militar diéronsela sus prácticos generales y nuestros desaciertos, que fueron el principal estro marcial de la segunda invasión.

Recibiome Angulema con la más fina delicadeza y urbanidad; pero de todas sus cortesanías la que más me agradó fue la de disponer el asalto del Trocadero. «¡Al fin, al fin —exclamaba yo—, será nuestro el horrible fuerte que nos abrirá las puertas de Cádiz!»

El 19 abrieron brecha; pero hasta la noche del 30 no se dio el asalto, habiéndose guardado secreto sobre esto en los días anteriores, aunque yo lo supe por el conde de Montguyon, que no me ocultaba nada referente a las operaciones. ¡Noche terrible la del 30 al 31 de agosto! Noche que me pareció día por lo clara y hermosa, así como por el estrépito guerrero que en ella resonara y las acciones heroicas dignas de ser alumbradas por el sol... Apretado fue el lance del asalto, según oí contar, y Su Alteza y el príncipe de Carignan se portaron bravamente, combatiendo como soldados en los sitios más peligrosos. No fue el hecho del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el Imperio: fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman _succès d’estime_, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración le convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del duque los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia calle ni plaza que no llevase el nombre del _Trocadero_, y hasta el famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo _Arco del Trocadero_.

Yo me había trasladado a Puerto Real para estar más cerca. En la mañana del 31, cuando vi pasar a los prisioneros hechos en los fuertes, me sentí morir de zozobra. Entre aquellas caras atezadas a cada instante creía ver la suya. Largo rato tardaron en pasar, porque eran más de mil entre paisanos y militares. Creo que los miré uno por uno; y al fin, cuando ya quedaban pocos, redoblé mi atención. ¡Oh misericordioso Dios, qué estupendas cosas permites! En la última fila, casi solo, más abatido, más quemado del sol, más demacrado, con los vestidos más rotos que los demás, pasó él, él mismo... no podía dudarlo, porque le estaba viendo, viendo, sí, con mis propios ojos arrasados de lágrimas. Llevaba la mano izquierda en cabestrillo, hecho con un andrajo, y su paso era inseguro y como dolorido, sin duda por tener lleno de contusiones el cuerpo. Al verle extendí los brazos y grité con toda la fuerza de mi voz. Mi enamorada exclamación hizo volver la cabeza a todos los que iban delante y a los curiosos que le rodeaban. Él, alzando los amortiguados ojos, me miró con expresión tan triste, que sentí partido mi corazón y estuve a punto de desmayarme. Creo que pronunció algunas palabras; pero no oí sino un adiós tan lúgubre como campanada funeral, y movió la mano en ademán de cariñoso saludo, y pasó, desapareciendo con los demás en una vuelta del camino.

Mi primera intención fue correr tras él: pero en la casa me detuvieron. Cuando serenamente me hice cargo de la situación, formé diversos planes; pero todos los desechaba al punto por descabellados. Pensándolo bien, comprendí que no era tan difícil conseguir su libertad. Me congratulaba de que al cabo de tantas fatigas el destino me le presentara prisionero, para poder decir con más calor que nunca: «Ahora sí que no se me puede escapar.»

XXXIV

Envié recados al conde de Montguyon; pero no se le podía encontrar por ninguna parte. Unos decían que estaba en el Trocadero, otros que en el Puerto, otros que había ido a las fragatas con una comisión. Por último, averigüé con certeza su paradero, y le escribí una carta muy cariñosa. Mas pasó un día, pasaron dos, y yo me moría de impaciencia, sin poder ver al prisionero, ni aun saber dónde le habían llevado. El conde, robando al fin un rato a sus quehaceres, vino a verme el día 4. Yo estaba otra vez medio loca; no tenía humor para hacer papeles, y espontáneamente dejaba que se desbordasen los sentimientos de mi corazón.

—¡Oh, cuánto me alegro de ver a usted! —le dije—. Si usted no viene pronto, señor conde, me hubiera muerto de pena.

Con estas palabras, que creyó dictadas por un vivo interés hacia él, se puso el noble francés un poco chispo, que así denomino yo al embobamiento de los hombres enamorados. Se deshizo en galanterías, a las cuales daba cierto tono de intimidad cargante, y después me dijo:

—Pronto, muy pronto, libertaremos a Su Majestad el rey de España, y entraremos en Cádiz. El sol de ese día, señora, ¡cuán alegremente brillará sobre toda España, y especialmente sobre nuestros corazones!

—Mi estimado amigo —indiqué riendo—, no diga usted tonterías.

Montguyon se quedó cortado.

—Basta de tonterías —añadí— y óigame usted lo que voy a decirle. Ya he encontrado al hombre que buscaba...

—¿Dónde... cómo... ese malvado?

—No es malvado.

—¿Cómo no? Me dijo usted que le había robado sus alhajas.

—¡No es ese... por Dios! ¿Cuándo entenderá usted las cosas al derecho?

—Siempre que no se me expliquen al revés.

—He encontrado a ese hombre... Pero entendamos. ¿No dije a usted que había venido delante de mí un fiel criado de mi casa, el cual entró en Cádiz?...

—¡Ah! sí... entró para observar los pasos del ladrón.

—Pues ese fiel criado tiene el defecto de ser algo patriota... ¡debilidades humanas! y como es algo patriota, se puso a pelear en el Trocadero por una causa que no le importaba.

—Ya comprendo: y ha caído prisionero. ¿Le ha visto usted?

—Le vi cuando los prisioneros pasaron por aquí, pero no le he visto más; y ahora, señor conde, quiero que usted me le ponga en libertad.

—Señora, si Cádiz se rinde pronto, como creo, y todo se arregla, espero conseguir lo que usted me pide.

—¡Qué gracia! Para eso no necesito yo de la amistad de un jefe de brigada —dije con enfado—. Ha de ser antes, mañana mismo.

—¡Oh! Señora, usted somete mi amor a pruebas demasiado fuertes.

—¿Quiere usted que dejemos a un lado el amor —le dije, poniéndome muy seria— y que hablemos como amigos?

Montguyon palideció.

—¿Esa persona —me dijo— interesa a usted tanto que no puede esperar a que concluya la guerra, dando yo mi palabra de que el prisionero será bien atendido?

—No basta que sea atendido —afirmé con resolución—. No basta eso: quiero su libertad; quiero atenderle yo misma, cuidarle, curar sus heridas, tenerle a mi lado, llevarle a sitio seguro...

Me expresé, al decir esto, con vehemencia suma, porque me era ya muy difícil contener mi corazón, que iba al galope en busca de las anheladas soluciones. El conde me oía con cierto terror.

—¿Tanto interesa a usted —repitió—, tanto interesa a usted... un criado?

—No es criado.

—¿Tal vez un anciano servidor de la casa?

—No es anciano.

—¿Un joven?... Supongo que no será el ladrón.

—¿Qué ladrón?

—El ladrón de quien usted me habló...

—¡Ah! No me acordaba... Ya no me ocupo de eso.

—¿Abandona usted la empresa de detener y castigar a ese miserable?

—La abandono.

—¡Qué inconstancia!

—Yo soy así.

—Pero ese, ese otro... ¿interesa a usted tanto...?

—Muchísimo.

—¿Es pariente de usted?

—No. Es compañero de la infancia.

—¿Es militar?

—Paisano, señor conde —dije con el tono de severa autoridad que sé emplear cuando me conviene—. Si se empeña usted en ser catecismo, buscaré otra persona más galante y más generosa que sepa prestar un servicio, economizando las preguntas.

—Creo tener algún derecho a ello —repuso con gravedad.

—No tiene usted ninguno —afirmé con desenfado—, porque este derecho yo sola podría darlo, y yo lo niego.

—Entonces, señora —objetó, encubriendo su ira bajo formas urbanas—, he padecido una equivocación.

—Si cree usted que le amo, sí. La equivocación no puede ser más completa.

Montguyon se levantó. Sus ojos, en los cuales se leía el furor mezclado con la dignidad, me dirigieron una mirada que debía ser la última. Yo corrí a él, y tomándole la mano le rogué que se sentase a mi lado.

—Es usted un caballero —le dije—. Ningún otro ha merecido más que usted mi estimación, lo juro. Dios sabe que al decir esto hablo con el corazón.

— Dios lo sabrá —repuso Montguyon muy afligido—; mas para mí, y de aquí en adelante, las palabras de usted están escritas en el agua.

—Considere las que le diga hoy como si estuvieran grabadas en bronce. La que confiesa hechos que no le favorecen, ¿no tiene derecho a ser creída?

—A veces sí. Confiéseme usted que su conducta conmigo no ha sido leal.

—Lo confieso —repliqué bajando los ojos, y realmente avergonzada.

—Confiese usted que yo no merecía servir de juguete a una mujer voluntariosa.

—También es cierto.

—Declare usted que ama a otro.

—¡Oh!, sí, lo declaro con todo mi corazón, y si cien bocas tuviera, con todas lo diría.

El leal caballero se quedó atónito y espantado. Estaba, como ellos dicen, _foudroyé_. Durante breve rato no me dijo nada; pero yo comprendí su martirio y le tenía lástima. ¡Oh, qué mala he sido siempre!

—Ese hombre... —murmuró Montguyon—, ese hombre...

—Ahora, reconociéndome culpable, reconociéndome inferior a usted —dije—, le autorizo para que me abrume a preguntas, si gusta, y aun para que me eche en cara mi ligereza.

—Ese hombre... —prosiguió el francés—. Perdone usted; pero nada es más curioso que la desgracia. El amor desairado quiere tener miles de ojos para sondear las causas de su desdicha. Ese hombre... ¿quién es?

—Un hombre.

—¿De familia ilustre?

—No, señor: de origen muy humilde.

—¿Le ama usted hace tiempo?

—Hace mucho tiempo.

—Él... ¿la ama a usted?

—No estoy muy segura de ello.

—¡Oh! ¡Qué iniquidad! Es un miserable.

—Un ingrato, y es bastante.

—¿Y a pesar de su ingratitud le ama usted?

—Tengo esa debilidad, que no puedo dominar.

—Aborrézcale usted.

—Si fuera fácil... Difícil cosa es esa.

—¡Es verdad, difícil cosa! —exclamó Montguyon con tristeza—. ¿Y ese hombre...?

—¿Pero hay más preguntas todavía?

—No, ya no más. Me basta lo que sé, y me retiro.

—Se conduce usted como un cualquiera —le dije afectuosa, deteniéndole—. Me abandona, precisamente cuando mi sinceridad merece alguna recompensa. ¿Será posible que cuando yo empiezo a tener franqueza, deje usted de tener generosidad?

—¡Oh! señora, toca usted una fibra de mi corazón que siempre responde, aun cuando la hieran con un puñal.

—Sí, sí, amigo mío. Es usted generoso y noble en gran manera. Para que la diferencia entre los dos sea siempre grande, para que usted sea siempre un caballero y yo una miserable, págueme usted como pagan en todas ocasiones las almas elevadas. Pues yo me he portado mal, pórtese usted bien conmigo. Haga cada cual su papel. Cumpla usted el precepto que manda volver bien por mal. Así crecerá más a mis ojos; así me abatiré yo más a los suyos; así su generosidad será mayor y mi culpa también, y usted tendrá en su vida una página más gloriosa que la victoria que acaba de alcanzar frente al enemigo.

—Comprendo lo que usted me dice —murmuró el francés, descansando por breve rato su frente en la palma de la mano—. Yo seré siempre digno de mi nombre.