Part 2
Campillo quedó visiblemente preocupado. Dijo que el espíritu público no era del todo hostil a los liberales en Santander, donde la mayoría del comercio era liberal y de mucha influencia sobre la masa del pueblo; pero, según él, fuera de la ciudad, en la parte rural, el vecindario estaba sobrecogido por los voluntarios realistas fanatizados por el clero y dominados por los caciques.
--¿No hay por los pueblos gente de la nuestra?--preguntó Aviraneta.
--Cerca de Santander--contestó Campillo--vive un hermano mío, capitán ilimitado, relacionado con otros oficiales que están en la misma situación y cuentan con algunos soldados que sirvieron conmigo en la guerra de la Independencia y en 1823; mas esto no basta. ¿Cómo quiere Mina ganar la guarnición de Santoña?
--Si se llegara a este caso--contestó Aviraneta--se necesitaría dinero para sobornar a los sargentos y a la tropa.
--No sé si con los jefes y oficiales que hay en Santoña se podrá contar--dijo Campillo,--porque el batallón que ha reemplazado al que había es nuevo en el país. Los jefes y oficiales de los Cuerpos facultativos son también nuevos y no conozco a ninguno.
--Para sondear los ánimos de la guarnición de la plaza ¿no encontraríamos algún agente sagaz que fuera de los nuestros?--preguntó Aviraneta.
--Mejor que nadie, mi hermano. No está significado por liberal--contestó Campillo.--¿Pero cómo entendernos con él, habiendo, como hay, tan gran vigilancia en los correos?
Aviraneta dijo que había tintas simpáticas; pero era indispensable que el corresponsal supiese emplearlas.
Después de hablar largo rato y de hacer cábalas acerca de lo que podía pasar, volvieron al pueblo los tres separados. Aviraneta escribió a su primo Lorenzo de Alzate diciéndole que estaba en Bayona, e hizo pasar la carta con una cascarota de Ciburu. Citaba a su primo para la semana próxima.
Los días siguientes Aviraneta fué con Lacy y Ochoa a casa de su antiguo amigo Juan Olavarría, donde acudían de tertulia Mancha, Peman, el coronel Núñez Arenas y algunos otros militares en su mayoría partidarios de Valdés.
Uno de los contertulios amigo de Mina era Ramón Corres. Corres parecía un hombre pacífico y grave aunque en realidad no lo fuese tanto.
Corres había tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas del 20 al 23 en las que se batió con denuedo a las órdenes de Labisbal. Después emigró, fué a la isla de Jersey y allí se estableció de chocolatero, oficio que tenía en Marañón antes de la guerra de la Independencia. Corres estaba dispuesto a seguir a Mina. En la tertulia de Olavarría se celebraba su candidez y su simplicidad.
Una de estas noches al salir de casa de Olavarría se encontraron Aviraneta y Lacy con Campillo. Como llovía a chaparrón fueron a pasear a los arcos de la Galuperie, que en aquel momento estaban desiertos.
Campillo dijo que acababa de entrar en el Adour un quechemarin de Santoña; que el patrón, un convecino suyo, era un hombre honrado y de toda su confianza, y que había pasado la tarde y parte de la noche en su compañía.
--Le he esperado a usted para decirle que se presenta una buena ocasión para escribir a mi hermano; y como yo no sé poner las cosas en claro, quisiera que lo hiciera usted.
--Muy bien--dijo Aviraneta.--¿Cuánto tiempo va a estar aquí el quechemarin?
--Estará un par de días.
--Entonces hay que escribir en seguida.
--Sí.
--Bueno; ahora me pondré yo a redactar las instrucciones, mañana las consultaré con usted y con Mina, y si están ustedes conformes las escribiré con tinta simpática y le enseñaré al patrón del barco la manera de emplear el reactivo para que él, a su vez, se la enseñe a su hermano de usted y aparezca lo escrito.
--Muy bien.
Salieron de los arcos de la Galuperie y fueron a casa. Aviraneta y Lacy se encerraron en un cuarto de la fonda de Iturri y estuvieron escribiendo disposiciones durante toda la noche, buscando el modo de sintetizar y de poner las cosas claras.
Durmieron un poco por la madrugada, y a media mañana Aviraneta buscó a Aguado y en su compañía fué a leer su plan a Mina. El general estaba en la cama. Oyó atentamente lo escrito por Aviraneta, y dijo:
--Está bien, muy bien. Es usted un maestro.
Después le leyeron las clausulas a Campillo, que también dió su aprobación.
Aviraneta escribió entonces con tinta simpática y con letra muy apretada sus indicaciones. Encima redactó, de manera corriente, una carta de comercio.
Llegó el patrón del quechemarin, se le enseñó la carta y se le dijo la manera de descubrir lo escrito con tinta simpática empleando el frasquito del reactivo.
Al anochecer, Lacy, Campillo y Aviraneta vieron cómo el quechemarin salía hacia la boca del Adour remolcado por una lancha.
V.
PREPARATIVOS
SE aproximaba el momento de la acción, y por ninguna parte aparecía la unidad del plan necesario para una empresa de aquella índole. A las divergencias de los españoles iban añadiendo las suyas los franceses, los italianos y los polacos que se mezclaban entre ellos.
Los entusiastas habían conseguido que el general Mina se reconciliase oficialmente con sus enemigos Valdés y Chapalangarra. La reconciliación era falsa, sobre todo por parte de Valdés.
Cada caudillo comenzó a ocupar su punto estratégico.
Don Gaspar de Jáuregui, que tenía su banderín de enganche en Bayona, había formado una compañía de oficiales vascongados de la guerra de la Independencia.
Chapalangarra reunía sus tropas en Cambó, Méndez Vigo en Mauleón.
En San Juan de Pie de Puerto se iban alistando algunos voluntarios bajo la dirección del coronel de la antigua División de Navarra del tiempo de la guerra de la Independencia, D. Pedro Antonio de Barrena y de D. Félix Sarasa, que estaba con su hijo llamado Cholin.
Por la parte de Oloron había también sus voluntarios navarros y aragoneses, que se iban reuniendo a las órdenes de D. Patricio Domínguez, del jefe de batallón Moncasi y del canónigo don Lorenzo Barber. Mina envió a Oloron al coronel D. Alejandro O'Donnell en calidad de jefe de la plana mayor, para resolver las dificultades técnicas.
Gurrea había recorrido el Alto Aragón con el nombre de Antonio Gabara, y había hablado a sus amigos. Después se estableció en Bagneres de Luchon, donde se le fueron reuniendo sus partidarios. Se decía que uno de los que le seguirían sería el antiguo cabecilla absolutista Seperes, alias Caragol.
A pesar de que los entusiastas e impacientes no hablaban más que de éxitos y aseguraban que presentarse en la frontera y marchar triunfantes y sin obstáculo a Madrid sería todo uno, no se advertían más que dificultades y síntomas de discordia y de descomposición.
Cada grupo llevaba una política contraria.
La Junta masónica de Bayona hablaba en sus comunicaciones solapadamente contra Mina; los carbonarios hacían la guerra a los masones y mandaban proclamas confusas precedidas de estas iniciales:
U y L.
que quería decir Unión y Libertad, y terminaban con este grito:
¡Vivan los h. de S. T.!
lo que para los iniciados significaba: ¡Vivan los hijos de San Teobaldo!
Los partidarios de Valdés afirmaban en todas partes que Mina era un traidor vendido a Calomarde; los de Méndez Vigo decían que Valdés era tan reaccionario y tan pastelero como Mina.
La discusión iba en aumento; los ministas los valdesistas, los gurreistas, los masones, los comuneros, los carbonarios, los franceses, los italianos y los polacos no hacían más que intrigar y echarse en cara unos a otros la culpa de lo que ocurría.
En primeros de Octubre, Valdés, Chapalangarra y Méndez Vigo volvieron a reñir con Mina y dijeron que desconfiaban de sus dilaciones.
El Gobierno de Calomarde mientras tanto estaba sobre aviso. No se permitía la entrada en España de ningún papel de carácter liberal. Se había establecido en la frontera una policía militar y el espionaje era perfecto. Se supo que entraron en España varios números del _Representante del Pueblo_, que se publicaba en Londres en francés, y del _Precursor_, que se imprimía en castellano en París, y se llegaron a coger, número por número, todos. Cierto que se abría la correspondencia con una perfecta impunidad.
Las precauciones del Gobierno eran tales y su presteza y actividad tan extremadas, que hacían imposible que una acción tan desperdigada, tan anárquica y tan mal dirigida como la de los emigrados pudiera tener éxito.
VI.
LAS IDEAS DE TILLY
AL día siguiente de enviar la carta a Santoña con el patrón del quechemarin se presentó Jorge Tilly en la fonda de Iturri.
Venía de San Sebastián, en compañía de un joven inglés alto, moreno, de cabeza pequeña y enérgica. Habían estado los dos en Madrid, en Sevilla y en Barcelona. Tilly traía mucho que contar; había tenido una serie de aventuras y de amores muy extraños.
Lacy presentó su amigo Tilly a Aviraneta, quien le hizo una porción de preguntas relativas a la situación política; todo parecía confirmar que el Gobierno español estaba admirablemente preparado.
--¿Enseñaste mi carta?--dijo Tilly a Lacy.
--Sí.
--¿Y qué dijeron?
--Muchos creyeron que era una fantasía. Respecto del comandante Oro se duda...
--¿Cómo que se duda? ¡Si ya está en España trabajando por Calomarde!
--¿De verdad?
--Sí, él, el francés Husson de Jour y un español, D. Manuel Ruiz, estaban en Vitoria cuando yo he pasado por allí.
Tilly venía con un gran caudal de impresiones nuevas de la península; su punto de vista general era creer que España era un país aparte de los otros.
En los días siguientes se estableció entre Tilly y Aviraneta una relación cortés y de suspicacia ambos se hablaban como para estudiarse; parecía que se habían adivinado los dos como intrigantes, y estaban en guardia.
--He conocido a un Tilly hace unos años--le dijo Aviraneta.--Venía de Jersey.
--Sí, probablemente algún pariente mío.
--¿No lo sabe usted?
--No; somos tantos los Tillys, que no hay manera de saberlo. Los hay franceses, los hay alemanes, los hay españoles...; unos son liberales, otros reaccionarios.
--El que yo conocía creo que era conde.
--Quizás; había un conde, tío de mi padre. No sé más. Como le digo a usted, no conozco la historia de estos Tillys. Respecto a mí, sólo sé que mi padre desapareció de casa hace años y que probablemente murió; mis hermanos están ahora con unos tíos, excepto una hermana que se encuentra en San Sebastián.
--¿Y tú pensarás sacar adelante a tu familia?--dijo Lacy.
--Yo pienso ver cómo salgo adelante yo. Cada cual que se las arregle como pueda.
Lacy no veía con agrado tan tranquilo egoísmo y afeó este sentimiento de su camarada; pero Tilly se rió; él creía que el ser egoísta era una condición necesaria para la vida.
--¿Y tu hermana?--le preguntó Lacy.
--Está en San Sebastián con unas señoras amigas, pero no quiere quedarse con ellas; me ha dicho que el mejor día se escapará.
--¿Sigue tan voluntariosa como antes?
--Igual; no ha variado nada.
A Tilly no le gustaba mucho hablar de la familia, y siguió exponiendo sus ideas. Era un producto de corrupción, de inmoralidad, y veía todo lo que fuera intriga con gran simpatía.
Aviraneta, a quien chocaba las ideas del joven, le preguntó:
--¿Dónde ha estudiado usted?
--En un colegio de frailes, en Rennes, donde, la verdad, creo que no aprendí nada de provecho. Lacy fué mi condiscípulo.
--Entonces era un tanto místico--dijo Lacy riendo.
--Luego he ido aprendiendo un poco--añadió Lacy--a fuerza de curiosidad y de algún ingenio. He leído en historias y en memorias la vida de Napoleón, de Fouché y de Talleyrand.
--¡Buena enseñanza!--exclamó Lacy.--Creo que hubiera sido mejor que hubieses leído Las Vidas Paralelas de Plutarco.
--Yo no lo creo así. De conocer, conozcamos la vida actual. Aprendamos un poco lo que es en una historia no falsificada y que puede comprobarse.
--Creo que en esos libros que has leído no se aprende más que a mentir.
--El que lucha para elevarse tiene que mentir--replicó Tilly,--por mucha suerte y por muy bien que le vayan las cosas tendrá que mentir. Ahí está el caso de Napoleón.
--¡Tipo repugnante este Napoleón!--exclamó Lacy.--Yo antes tenía entusiasmo por él. Ahora que conozco su historia, no. Es de una falta de nobleza y de simpatía, de un egoísmo tan bajo que repugna. Su epopeya es en gran parte una novela, una historia falsa amañada, ¡Avanza de una manera tan vil! Se casa con una vieja intrigante que es la querida de su protector Barras y que ha sido una cortesana, y va avanzando con ella hasta que le da un puntapié. Las alocuciones no las escribe él, las batallas no las gana siempre él, pero él se aprovecha siempre de todo.
--Esa es la política--dijo Tilly.
--Yo veo en Napoleón la falta absoluta de gracia y de humanidad--siguió diciendo Lacy.--Carlos V, el gran Federico, Gustavo Adolfo, tienen gracia, son a veces humanos; Napoleón es la quintaesencia de la bestialidad y del egoísmo. Si yo hubiera nacido en su tiempo y hubiera sido francés, hubiera sido partidario de Babeuf.
--Yo también--dijo Aviraneta;--pero eso no importa. Yo estoy conforme con usted en que Napoleón no era simpático; pero aun así era una fuerza, y ¡qué fuerza!
--Una fuerza de egoísmo.
--Todos obramos por egoísmo--afirmó Tilly--y todos empleamos la mentira.
--Todos, no.
--Yo sí. Yo me siento el eje del universo. Respecto a la mentira, muchas veces cuando necesito un dato para completar un plan lo invento.
--Eso es absurdo.
--El señor Tilly nos va a dejar muy atrás a los discípulos de Maquiavelo--dijo Aviraneta con ironía;--le tendremos que decir como Talleyrand a Fouché, cuando éste hizo una de sus hábiles maniobras ante Luis XVIII: _Je vous salue mon mâitre_.
--Usted, señor Aviraneta, nunca será discípulo mío, sino mi maestro--replicó Tilly con su impasibilidad habitual.--Si entre los liberales españoles hubiera muchos hombres como usted, de otro modo irían los asuntos.
--¿Así que para ti los liberales españoles lo hacen mal?--preguntó Lacy.
--Muy mal.
--¿Por qué?
--No obran con rapidez y con energía. Su historia es una historia de vacilaciones. Cuando tuvieron al rey en sus manos, en 1823, debieron haber acabado con él.
--Hubiera quedado el hermano.
--Matar a toda la familia.
--¿Tú lo hubieras hecho?
--Yo, sí.
--Obrando de una manera violenta se hubieran precipitado los acontecimientos--dijo Aviraneta, que era de la misma manera de pensar.
Después de hablar de política, Lacy le preguntó a Tilly por su amiga lady Russell.
--La voy a dejar--dijo Tilly.
--Pues ¿por qué?
--Me estorba.
--La vas a dar un disgusto.
--Bah. Ya se consolará. Esa clase de mujeres necesitan hombres jóvenes. Cuando yo le deje le tomará otro.
--¡Esa clase de mujeres!--exclamó Lacy--ciertamente no demuestras con esa frase ni ser muy agradecido ni muy amable.
--Hablo de ella por lo que es--contestó Tilly, sencillez;--no tomo en cuenta sus beneficios como no tomaría sus perjuicios si me los hubiera hecho.
Tilly pasó algún tiempo en Bayona, haciendo nuevas conquistas y dando nuevos escándalos.
--El amigo de usted es un perdido--dijo Aviraneta a Lacy.
--Sí; es un muchacho que va alimentando la parte mala de su alma con la sustancia de la buena; cada vez más cínico y más atrevido, va asesinando al buen muchacho que había en él y va a terminar siendo un canalla.
VII.
VIAJE A SAN SEBASTIÁN
UNOS días después de esta conversación apareció en Bayona el primo de Aviraneta, don Lorenzo de Alzate, con el pretexto de encargar a un grabador de metales unos sellos para el Ayuntamiento de San Sebastián y comprar los útiles necesarios para hacer encuadernaciones, pues pensaba dedicarse a este trabajo por gusto.
Alzate se hospedó en la fonda de Iturri, habló largamente con D. Eugenio y visitó a Mina.
Era D. Lorenzo de Alzate hombre de mediana estatura, de ojos garzos y vivos y de expresión amable.
Aviraneta le preguntó a su pariente si era muy difícil entrar en España. Alzate dijo que sí, que la frontera estaba muy vigilada y que la policía militar tenía orden de examinar detenidamente los pasaportes de los que entraban en España y de prender a los sospechosos.
Aviraneta se enteró bien de otros extremos y acompañó a su primo hasta el coche. Antes de salir preguntó al cochero:
--¿Tú conoces a Ganisch, a uno que tiene una taberna en Behobia?
--Sí.
--Dile al pasar que mañana su amigo Eugenio, que ha venido de Méjico, le esperará a las doce del día en el puente, del lado de Francia.
--Bueno; ya se lo diré.
Se marchó D. Lorenzo de Alzate, y por la noche dijo D. Eugenio en la fonda que iba a ir a San Sebastián.
Ochoa y Lacy pretendieron acompañarle.
--En tal caso prefiero que venga Ochoa.
--¿Por qué lo prefiere usted?--preguntó Lacy, picado.
--Porque usted no sabe vascuence y él sí.
--Ah, vamos.
Se decidió que fuera Ochoa. Este por la mañana pasó por casa de su paisano Beunza, que tenía un pequeño establecimiento de coches en la misma calle de los Vascos, y le mandó aparejar un tílburi.
Montaron Aviraneta y Ochoa y vieron antes de partir a Tilly.
--¿Quiere usted algo para su hermana?--le preguntó Ochoa.
--¿Va usted a verla?
--Sí, probablemente.
--Vive en la calle Mayor, número seis u ocho.
--La saludaré de su parte.
Aviraneta había torcido el gesto al oir la conversación.
--Amigo Ochoa--murmuró;--cuando se toma una misión difícil hay que pensar solamente en ella y no ser imprudente.
--¿Por qué lo dice usted?
--Porque esta conversación, que probablemente no la habrá oído nadie, ha podido ser oída por alguien y sernos fatal.
--Tiene usted razón--murmuró Ochoa, compungido;--tendré más precaución otra vez.
Al medio día llegaron a Behobia y esperaron a Ganisch. Estaban comiendo en una posada, cuando apareció el antiguo amigo de Aviraneta.
--_¡Arrayua!_--dijo Ganisch al ver a D. Eugenio. ¿De dónde vienes?
--De Méjico.
--¡De Méjico! ¡Qué! ¿Te has hecho rico?
--Poca cosa. ¿Y tú?
--¡Pse! Voy viviendo. ¿Qué queríais? ¿Entrar en España?
--Sí.
--¿Adónde vais a ir?
--A San Sebastián.
--Bueno. Tendréis que ir de boyerizos y llevar cada uno un carro de carbón. Así no os preguntará nadie nada.
--Iremos con los carros de carbón. Tú nos dirás las instrucciones, dónde hay que dejarlos y demás.
--Sí; todo se os dirá.
--¿Cuándo pasamos a la otra orilla?
--Por la noche. Yo saldré enfrente de Azquen Portu con una lancha y silbaré como en nuestros tiempos.
--Muy bien.
Comieron Aviraneta y Ochoa, pasaron la tarde en una taberna de Behobia de Francia, y al anochecer, después de cenar, fueron marchando por la orilla del Bidasoa hasta llegar frente a las casas de Azquen Portu.
Apareció al poco rato Ganisch en su barca, silbó de la manara convenida, saltaron los dos y pasaron a la otra orilla y desembarcaron cerca de un caserío que se llamaba Chapartiena.
--Podéis dormir aquí hasta la una--dijo Ganisch.--A esa hora os despertaré.
Durmieron en Chapartiena y a media noche les despertó Ganisch, le dió a cada uno una ropa vieja y una elástica azul y les ayudó a uncir los bueyes. Luego les dijo lo que tenían que contestar a los guardias y centinelas del camino.
Uno delante de otro, Aviraneta y Ochoa comenzaron a marchar camino de Irún y después de San Sebastián. Mientras fué de noche no hubo miedo; a las preguntas de los guardias contestaban en vascuence, como les había dicho Ganisch.
Al hacerse de día tuvieron que tomar ciertas precauciones.
--¿Qué tal estoy yo?--preguntó Aviraneta.
--Muy bien. Todavía creo que se puede usted ensuciar la cara un poco más con carbón. ¿Y yo, estoy bien?
--Admirablemente. Parece que no ha hecho usted otra cosa en su vida.
Y los dos, dando de cuando en cuando con el aguijón en los cuernos de los bueyes y diciendo: ¡Aidá! ¡Aidá!, avanzaron hacia San Sebastián.
No les ocurrió ningún percance en el camino. Entraron en la ciudad por la puerta de Tierra y llevaron los carros, siguiendo las instrucciones de Ganisch, a la parte de la muralla que llamaban la Brecha, cerca del Cubo de Amezqueta, donde los descargaron. Comieron en una taberna, y al anochecer Aviraneta se presentó en casa de Alzate, quien al verle en aquellas trazas se quedó asombrado.
--¿Por qué no has venido conmigo?
--No quería comprometerte.
--¿Qué es lo que pretendes?
Aviraneta expuso su plan de trabajar la guarnición de San Sebastián para que secundase el movimiento de los liberales.
--¿Por qué no me has dicho esto en Bayona?--preguntó Alzate.
--Porque me hubieras intentado disuadir del proyecto.
--Es verdad. Puesto que tú crees en la posibilidad de ese plan, haremos juntos las gestiones, aunque de antemano te diré que la cosa me parece imposible. Lávate, ponte una ropa limpia y vamos.
Alzate y Aviraneta salieron de casa y fueron a la platería de D. Vicente Legarda.
--No está el principal--dijo el dependiente;--quizás esté en la imprenta de Baroja.
Fueron a la Plaza de la Constitución y entraron en los arcos. Alzate llamó con los nudillos en una puerta próxima al Ayuntamiento, y pasaron adentro. El olor acre de la tinta de los rodillos y del papel mojado denunciaba la imprenta. Pasaron la tienda y entraron en un taller bajo de techo. A la luz de dos lámparas colgadas de un alambre, colocado horizontalmente a cierta altura, se veían las cajas, las prensas, los tinteros y las resmas de papel. En el techo había hileras de cuerdas de las que colgaban papeles impresos.
Había varias personas en la imprenta. Al principio al entrar en ella no se las veía. Uno estaba como en una hamaca sostenido en las cuerdas del secadero de papeles, otro encaramado sobre las cajas y un tercero encima de un montón de papel.
Alzate presentó a Aviraneta al impresor y a su hermano y el impresor después presentó a don Eugenio a los que estaban allá que eran Legarda, Zuaznavar, Orbegozo y Arrillaga. Todos ellos liberales se reunían a comentar los sucesos del día en la imprenta de Baroja.
En esta imprenta se tiraba por entonces _La Estafeta_, periódico realista de don Sebastián Miñano que había sucedido a la _Gaceta de Bayona_ después de la Revolución de Julio.
La protección de Miñano hacía que aquella imprenta fuera un lugar seguro para los liberales. Aviraneta después de ser presentado habló de las entrevistas que había celebrado con Mina y de la necesidad que tenían de contar con una base de operaciones en San Sebastián. Cuando acabó de explicarse Aviraneta, tomó la palabra uno de aquellos señores, el que estaba sentado en las cuerdas del secadero, don Vicente Legarda.
Dijo que estaba bien pensado lo dicho por Aviraneta lo cual no era obstáculo para que la realización del proyecto fuera muy difícil o imposible. Respecto al espíritu público de San Sebastián en la mayoría del pueblo era liberal, pero no se podía contar ni con la guarnición ni con el elemento civil. El paisanaje no tenía contacto alguno con los soldados y a éstos les estaba prohibido expresamente hablar con la gente de la ciudad.
--¿Y qué se podría hacer para ganar a los oficiales?--preguntó Aviraneta.
--No sé--contestó Legarda.--Me parece una gran temeridad emprender la seducción de los oficiales no contando con mucho dinero.
--¿No hay liberales en el ejército?