Los Caminos del Mundo

Part 9

Chapter 94,112 wordsPublic domain

--Son de los mejores--dijo Cugnet--. Volvió a marcharse, y un momento después se presentó con otros tres.

--Moreau... Pombas... Vallé...

Volvimos a saludar y a darles la mano. Al cuarto de hora hubo nueva presentación:

--Fabvier... Delon... Caron... Vaudoncourt...

Nos dimos un apretón de manos, y, como no convenía llamar la atención, nos desperdigamos por el baile.

--Está aquí la flor de la Sociedad _El alfiler negro_--dijo Cugnet--, y añadió, dirigiéndose a mí:

--España dirá el momento, caballero. Los tiranos nos han de conocer. La libertad española tendrá a su servicio las mejores espadas de Francia.

--Ahora, señores, como aquí es imposible hablar con comodidad--dijo Aviraneta--, nos vamos a ver mañana en la librería de Eymery, de la rue Mazarine. Yo iré a avisar a dos o tres personas por la mañana; ustedes vayan a las cuatro. Usted, Cugnet, lleve, si puede, a Berton. Si ven ustedes que les espían, no entren. Ahora, señores, ¡buenas noches!

Y Aviraneta hizo un signo masónico y desapareció.

III

RAPTO

Al día siguiente, cuando me desperté, tuve la impresión de que había soñado que conspiraba en un baile; pero pronto mis recuerdos se fueron aclarando y tomaron una absoluta precisión.

Salté de la cama.

Me vestí. Eran las diez. Al recoger mis zapatos, encontré en uno de ellos una carta, que, sin duda, acababa de dejar el mozo del hotel. Era de Conchita, mi novia. Me decía estas palabras:

«Ven a sacarme de aquí. Mi tío me quiere encerrar en un convento. Hoy irá a cobrar a casa de su banquero, y estaré sola. Me vigila una vieja bruja, madama Mathieu, que ha traído mi tío expresamente para eso. Cuando esta tarde quede sola y se vaya mi tío, pondré un papel blanco en el cristal de la ventana de mi cuarto. Inventa un pretexto para que salga la vieja. Mándale un recado diciendo que la esperan para darle un dinero de Angulema. Es de ese pueblo y es muy avara, e irá.

_Tu Conchita._»

Impaciente, acabé de arreglarme y en seguida salí a la calle, tomé un coche y pasé por delante del hotel de la Cometa. Todavía no estaba el papel en el cristal de la ventana. Sin duda no había salido el viejo don Bartolo. Mandé al cochero que me aguardara en una esquina de la calle, y me puse a esperar que apareciese la señal. Eran las dos y media, y aun no había aparecido. Empecé a pensar que para las cuatro tenía la cita con Aviraneta y que no iba a poder acudir. A las tres menos cuarto, el cuadrado de papel blanco se vió en el cristal de la ventana.

Inmediatamente me fuí a una taberna, que se llamaba _A la cita de los cocheros_; entré y pregunté al dueño por el hotel de la Cometa. El hombre me dió una explicación de dónde estaba, y yo le dije que era recién venido de Angulema; que tenía el encargo de dar quinientos francos de una herencia a una señora Mathieu, que vivía en el hotel de la Cometa, y añadí:

--Si hubiera algún chico, yo le daría cuatro o cinco francos para que fuera a avisar a esa señora.

--Yo mismo iré--dijo el tabernero.

--Bueno; pues dígale usted a esa mujer que venga aquí con usted y que me espere unos minutos, porque mientrastanto yo voy a hacer otro recado.

Le di al tabernero los francos prometidos, salí de la taberna y me metí en el coche. Al ver pasar a la vieja y al tabernero juntos, entré en el hotel de la Cometa y subí las escaleras hasta el cuarto de Conchita. Llamé.

--¿Eres tú?--me dijo ella.

--Sí.

--Esa vieja ha cerrado la puerta y se ha llevado la llave. Yo no sé cómo abrirla.

Saqué yo un cortaplumas e intenté meter la hoja por la rendija de la puerta; pero no era posible abrir.

--¿No tienes algún cuchillo grande o alguna otra cosa para correr la lengüeta de la cerradura?--dije a Conchita--. ¡A ver, ensaya!

Perdimos el tiempo lastimosamente y no se consiguió nada.

De pronto se me ocurrió una idea que me pareció muy buena.

--Oye--le dije.

--¿Qué?

--El cuarto de tu tío, ¿está pared por medio de éste?

--Sí.

--¿No tiene alguna comunicación, alguna puerta condenada, o algo por el estilo?

--Sí; detrás del colgador tiene un tabique de tela que cierra el hueco de una puerta.

--La llave del cuarto de tu tío, ¿estará en el clavero?

--Sí.

--¿Qué número es?

--El 23.

Bajé las escaleras hasta el portal, esperé un momento a que no pasara nadie, cogí la llave y entré en el cuarto del cura. Después abrí el cortaplumas y desgarré de arriba abajo el tabique o biombo que separaba un cuarto de otro. Conchita saltó de su habitación a mis brazos. Salimos del cuarto del clérigo, lo cerramos, y, ella cubierta con un velo negro y yo detrás, avanzamos hasta el coche que esperaba, y montamos en él.

Eran las cuatro menos cuarto. Yo tenía que estar a las cuatro en la librería de Eymery.

--Tendremos que separarnos--le dije a Conchita.

--¿Por qué?

--Porque yo tengo una cita a las cuatro con unos amigos.

--¿Tanta importancia les das a ellos para dejarme a mí sola, y hoy?

--Es que es una cita política. Estamos conspirando.

--No te creo.

--¿No?

--No.

--Pues, mira, ven conmigo. Les diré a mis amigos que eres mi mujer.

Saqué la cabeza por la ventanilla y le dije al cochero:

--Vaya usted a la calle de Mazarino. De prisa.

El caballo comenzó a trotar y unos minutos después de las cuatro estábamos en la calle de Mazarino, enfrente de la librería de Eymery.

Esta librería era una tiendecilla negra con un fondo obscuro. Estaba al lado de una mercería en cuyo estrecho escaparate había un mono disecado con camisa y puños, y un letrero en el pecho donde se leía: «Jean». Después me enteré que este mono «Jean» con su camisa era un jeroglífico o chiste del dueño de la tienda. Cualquiera, al verlo, decía: _Au singe Jean en batiste_ (al mono Juan en batista), y la tienda se llamaba _Au Saint Jean-Baptiste_ (al San Juan Bautista), palabras que en francés se pronuncian de una manera algo parecida.

Entré en la librería, expliqué al librero a lo que iba, y me dijo que no habían llegado mas que los habituales, don Juan Antonio Llorente y don Miguel José de Azanza, que estaban hablando.

--Si quieres, entra--le dije a Conchita.

--No, no.

Se había convencido de que el asunto que tratábamos era serio y me dijo que iría a mi casa.

--Yo te acompañaré.

Advertí al librero que dijera a mis amigos que tardaría una hora en volver.

Yo vivía al otro lado del río, pero cerca de allí, en la calle de Richelieu.

Tomamos el coche y fuimos Conchita y yo a casa.

IV

LA REUNIÓN EN LA LIBRERÍA

Una hora después me hallaba de nuevo en la librería de Eymery. Hacía tiempo que estaban todos. Me hicieron pasar a la trastienda, un cuarto un poco ahogado, iluminado con una lámpara de aceite y con las cuatro paredes cubiertas de libros.

Se encontraban Llorente, Azanza, Tilly, el general Berton, que había ido con un joven amigo suyo apellidado Navarro; Cugnet de Montarlot, Nantil, Aviraneta y un tal Bloumy, que se hacía pasar por coronel español.

Yo me hallaba tan impresionado por mi feliz aventura, que no podía fijarme bien en lo que me decían. Muchas veces creía que me estaban dando la enhorabuena y me veía en la obligación de sonreír.

Al principio no me enteré apenas de lo que se habló y no hice mas que contemplar con atención los tipos de todos.

Azanza, a quien conocía yo hacía tiempo, estaba quieto en su sillón con las manos cruzadas, sin hablar. Era muy viejo y, aunque afrancesado, en el fondo, reaccionario.

A don Juan Antonio Llorente, el autor de la _Historia de la Inquisición_, le vi entonces por primera vez. Era un hombre bajito, de aspecto simpático y bondadoso.

Tenía la frente ancha, espaciosa; llevaba melenas grises y un solideo negro. Su tipo era de un buen cura; su mirada, viva y brillante; los labios, gruesos.

En aquel rostro de cura bondadoso apuntaba la malicia y la socarronería frailuna. Había en él, aunque mitigada, la expresión satírica del Voltaire esculpido por Houdon.

Llorente acababa de venir de Londres, pues el gobierno de Luis XVIII no le permitía que se estableciera en París. Vestía de paisano, pero conservando el aspecto de un clérigo. Llorente, como muchos de estos hombres de la época, había vivido dos vidas completamente distintas. Después de haber sido vicario general del obispado de Calahorra, secretario de la Inquisición de Corte y canónigo maestrescuela de Toledo, tenía en esta época que andar en París y en Londres a salto de mata, ganándose la vida con folletos y traducciones.

Llorente habló poco en la reunión; no hizo mas que oponerse a las exageraciones de algunos y ofrecer un medio de comunicación con España. Tenía él una sobrina casada con un francés llamado Robillot, que vivía en la calle de la Coquillere. Esta sobrina enviaba a Madrid artículos de modas desde París, y en las cajas se podía meter la correspondencia.

El general Berton se limitó a escuchar lo que se decía y a permanecer de pie, apoyado sobre un armario.

Juan Bautista Berton era un tipo sombrío y trágico; entonces contaría unos cincuenta años. Tenía una estatura media y poco cuerpo; los ojos, azules; la boca, grande; la frente, despejada; la palidez del hombre que ha vivido encerrado: acababa entonces de salir de la cárcel.

Berton conocía bien España, donde había hecho la guerra con Bonaparte, y hablaba el castellano.

Estaba para casarse con una señorita española, la señorita Navarro, hermana de su ayudante, y pensaba retirarse a una propiedad suya del departamento de Oise, en Plessis-Cuvergnon.

El conde de Tilly explicó con qué elementos podía contar él en España. Primeramente, tenía el Oriente Montijano de Granada, que estaba dispuesto a trabajar por la Revolución. El conde del Montijo acababa de ser nombrado capitán general de Granada y se pronunciaría con sus fuerzas desde el momento que en otra parte se diera el grito. En Murcia se contaba con una logia de las más activas, en la que figuraban Torrijos, Van Halen, López Pinto y Romero Alpuente, que estaban deseando lanzarse a la calle. En Cádiz había el grupo de masones, dirigido por Istúriz, ya de acuerdo en la conspiración. En Barcelona, la logia de Cambaceres, en la fonda de Wellington, con Llinás y algunos otros. En Valencia, grandes núcleos de liberales, dirigidos por los Bertrán de Lis y por el conde de Almodóvar.

No se necesitaba mas que dinero para poner en comunicación los distintos puntos en donde la Revolución fermentaba.

Después de Tilly habló Aviraneta.

Aviraneta dijo que él, de antemano, no podía prometer nada; pero que intentaría mover a la gente del Norte; que hablaría, o iría si era necesario a la logia de Bilbao; que trataría de conquistar a Mina, el tío, y a Mina el mozo; que se pondría en comunicación con el Empecinado, con el general Renovales, con Sarasa, con Longa, que al parecer estaba vacilante; con el cabecilla Dos Pelos, con Iriarte, con el coronel Eguaguirre, con Gaspar de Jáuregui (el Pastor), con Fermín Leguía, con Noain, con Michelena, con Legarda, y con otros muchos constitucionales.

Después habló Cugnet de Montarlot, que al principio me pareció un tipo cómico.

Cugnet era un francés aparatoso que creía que todas las cosas se resuelven con frases oportunas y atrevidas.

Era valiente, declamador y entusiasta de la libertad y de la gloria. Le gustaba repetir en sus discursos esta frase: _Ubi Libertas ibi Patria_ (donde está la Libertad está la Patria).

Cugnet hablaba de una manera demasiado solemne. Nos dijo que su sociedad, _L'epingle noir_, iba a ser la espina que se iba a clavar en las viejas monarquías y a producir su gangrena.

Su sociedad había hecho un llamamiento a las generaciones presentes y futuras. Su fin era formar una liga de pueblos contra el despotismo, para asentar la República sobre las ruinas del Trono y del Altar. Para él todos los medios eran buenos: desde la barricada hasta la caricatura; desde el discurso elocuente hasta el pinchazo con el estoque.

Cugnet discurría como un verdadero revolucionario; comprendía que se necesitaba una asociación fuerte para luchar contra el Poder, que se iba robusteciendo.

No habían ni él ni los otros imaginado medios fáciles de comunicarse; no se había disciplinado el espíritu de protesta, y se ignoraban los procedimientos de preparar movimientos internacionales. Esto se aprendió en 1820, cuando triunfó la Revolución Española y comenzó a funcionar el carbonarismo.

Cugnet, después de sus generalidades, nos dijo que los quinientos hombres de _El alfiler negro_ se incorporarían a la legión extranjera que mandaría el general Berton y pasarían los Pirineos.

Como yo no tenía que decir nada no hablé.

Se decidió que al día siguiente tendríamos una reunión con los delegados de la masonería en casa del conde de Tilly, que vivía en la calle de Choiseul, en el número 6.

Al terminar la conferencia se presentaron en la librería los dos hermanos Caron, a quien los presentó Cugnet y a uno de los cuales yo conocía del baile de la Embajada.

Eran los dos, tipos de militares del Imperio y se distinguían por sus ideas republicanas, lo que había hecho que no ascendieran rápidamente.

Cugnet les explicó lo acordado y los dos se ofrecieron para cuando llegara el momento.

Salimos de la librería, y yo, volando, me marché a casa.

V

HOMBRES DE DESTINO TRÁGICO

De aquella gente con quien nos reunimos en la librería de Eymery, de la calle de Mazarino, no volví luego a ver a nadie. Es probable que de todos ellos no vivamos mas que Aviraneta y yo.

Azanza murió el año 26 en Burdeos, abandonado. Alguna que otra vez iba a visitarle el _Sordo_, como le llamaban sus amigos al viejo pintor Goya.

Llorente, obligado por el Gobierno francés, que no quería tener en su territorio al autor de la _Historia de la Inquisición_, fué a España a principios del año 23, y murió de una manera misteriosa, al decir de sus amigos.

Berton tomó parte en varios complots antiborbónicos, hasta que en 1822 avanzó a la cabeza de un puñado de sublevados sobre Saümur por el puente de Thouars, y, hecho prisionero, fué guillotinado en Poitiers en octubre, al año siguiente.

Tilly murió poco después.

Navarro y Bloumy desaparecieron.

Nantil estuvo en España y luego se perdió su pista.

Uno de los Caron, Agustín José, tomó parte en la conjuración de Belfort e intentó libertar a sus compañeros presos, en Colmar. Denunciado, fué fusilado en Estrasburgo.

El otro Caron fué jefe de carbonarios y dirigió el Batallón Sagrado, que salió de San Sebastián el año 23 y fué al Bidasoa con banderas tricolores, pensando detener así a los soldados de Angulema. Después este Caron creo que fué a América.

Respecto a Cugnet, unos días después de nuestra reunión fué preso. Pasó en la cárcel varios meses. Luego, al salir, fundó nuevas sociedades secretas con nombres fantásticos: _Los caballeros del León_, _Los Patriotas_, _Los buitres de Bonaparte_, _Los europeos reformados_, _La regeneración universal_, y, por último, entró en el carbonarismo.

Siempre pintoresco, firmó manifiestos titulándose Jefe del Gran Imperio francés y Principal Dignatario de la Orden del Sol.

Después de la Revolución del 20 pasó a España y se cambió de nombre, llamándose desde entonces Carlos de Malsot. Cugnet trabajó con Vaudoncourt, con Riego y Villamor, en Zaragoza, para proclamar la República en España y propagarla a Europa; peleó contra los franceses de Angulema en 1823, y se refugió en Almería.

El verano en 1824, mientras los dos Valdés, Pedro y Francisco, llevaban a cabo la hazaña heroica y absurda de apoderarse de Tarifa, Cugnet de Montarlot, con otros exaltados como él, se levantaba en San Bartolomé, en Almería, a proclamar la Constitución al grito de Libertad o Muerte. Esto fué al amanecer del 13 de agosto de 1824.

Once días después, el 24 de agosto, el mismo día en que el Gobierno de Fernando VII fusilaba a treinta y seis constitucionales en Tarifa, fusilaba en Almería a treinta y uno. Entre ellos estaba Cugnet, que dejó su nombre adoptivo de Carlos de Malsot como un héroe obscuro de la Libertad a su patria también adoptiva.

VI

PREPARATIVOS

Jamás había sentido tal plenitud de vida como entonces. Estaba enamorado como un cadete, y mi entusiasmo me daba una confianza y una serenidad que no he tenido nunca.

Conchita y yo...; pero no tengo que contarles a ustedes una historia de amores, sino una historia de conspiración.

Al día siguiente de vernos en la librería de la calle Mazarino se celebró en casa del conde de Tilly la reunión nuestra con los delegados de la masonería.

Se expuso ante ellos los hombres y sociedades con que se contaba, y se dijo que el movimiento lo dirigían Renovales, Lacy, Freire, O'Donnell y otros jefes de prestigio.

Los delegados aceptaron la proposición y dijeron que debíamos hacer un presupuesto de gastos. Tilly arguyó que le parecía perder el tiempo, y que consideraba mejor y más práctico que nos dieran una cantidad para los primeros trabajos, y que luego se aumentara si el asunto marchaba bien. Los delegados discutieron un momento y aceptaron, al último, la propuesta. Nos abrirían un crédito de doscientos mil francos, de los cuales se tomaría la cantidad necesaria. Este crédito se cobraría en casa de un tal Foualdés, abogado, que vivía en el muelle Voltaire, número 2, duplicado. Foualdés, por lo que dijo uno de los masones, no era sospechoso al Gobierno; tenía negocios en Inglaterra y se podía entender con él sin riesgo. Los delegados de la masonería nos avisarían cuándo podíamos ir a cobrar a casa de Foualdés.

Decidida esta cuestión se discutió quiénes debían ir a España, y, tras largos debates, se dispuso que fuera el conde de Tilly a Cádiz y a Granada, y Aviraneta y yo, al Norte de España y a Madrid.

No hubo más remedio que aceptar. Terminada la reunión se dijo que al día siguiente nos reuniríamos en el café de la Rotonda del Palais Royal, después de comer.

Algunos españoles, militares emigrados, vinieron a ofrecerse, presentándonos planes absurdos para hacer el movimiento. Hubo gente que encontró que era poca cosa destronar a Fernando VII y traer a Carlos IV, y que pensaba en la República. Tres militares y un abogado que vivían con el señor Bloumy en un hotel infecto de la calle del Dragón, se reunieron para escribir un proyecto de Constitución republicana, con tres cónsules y una Cámara, y nos mandaron el proyecto como diciendo: Ya está todo arreglado.

Aviraneta, que tenía de las cosas que le preocupaban ideas singulares, decía:

--¿Sabe usted lo que nos va a faltar?

--¿Qué?

--Disciplina en el ejército.

--Pero, hombre, eso es absurdo. Vale más que no haya disciplina para nosotros--le decía yo.

--Al revés. Valdría más que la hubiese. Con hombres que obedecen ciegamente se puede hacer una conspiración. Con indisciplinados, imposible. Ahí tiene usted el caso de Malet en el cuartel de Popincourt, que estuvo a punto de triunfar gracias a la disciplina. He estudiado ese complot. Estuvo muy bien preparado. Si fracasó fué por tener demasiadas complicaciones. En política hay que acercarse a la naturaleza. Mire usted el caso del _Marquesito_. Fué la indisciplina lo que le impidió triunfar. Si el general no arrastra a los oficiales, y los oficiales a los sargentos, estamos perdidos.

Aviraneta me hacía gracia; hablaba de conspiraciones como de un instrumento o de un aparato de relojería.

Decidimos todos los días cambiar de punto de cita para reunirnos, y al día siguiente estuvimos en el café de Corazza, donde supimos que acababa de ser preso Cugnet de Montarlot.

A la salida íbamos Aviraneta y yo por la calle de Rívoli cuando se me acercó un joven, delgadito, esbelto, envuelto en una capa. Me quedé mirándole con sorpresa y sin reconocerle.

--¿No me conoce usted?--me dijo.

--Ahora, sí--le contesté.

En el acento la había conocido. Era la italiana del baile, María Visconti. Al ver a Aviraneta, que se había apartado un poco de nosotros, me preguntó:

--¿Es un conspirador español?

--Sí. ¿Quiere usted que le presente?

--Bueno; con mucho gusto.

Les presenté, y fuimos los tres juntos un momento. Al llegar a la esquina de la calle de Richelieu la italiana me dijo:

--Antes de que se vaya avíseme usted, barón.

--Muy bien.

Se despidió la italiana gallardamente.

--¿Quién es este muchacho tan raro?--me preguntó Aviraneta.

--Este muchacho es una mujer--le dije yo.

--¡Ah...!

--Sí, y quiere venir a España con nosotros.

--¿No será una espía?

--No, no. Pero, en fin, antes de aceptarla entre nosotros nos enteraremos de su vida.

Por Miniussir y por ella conocimos su historia.

VII

LA HISTORIA DE MARIA VISCONTI

Puesto que hemos de vivir y luchar juntos--dijo María Visconti--, les contaré mi vida y les diré el motivo que me arrastra a ir a España.

La familia de los Visconti, familia célebre en Milán, que durante mucho tiempo fué la cabeza del partido aristocrático de los gibelinos, es mi familia.

Mi abuelo, al parecer, no sentía los mismos sentimientos monárquicos de los suyos y, expulsado de casa por su padre, fué a vivir a Roma, donde se casó con una Malatesta.

Mi padre, desde niño, vivió en la pobreza, y para ganarse la vida se dedicó a la pintura y al grabado.

Tenía el pobre buen gusto, conocía muy bien el arte clásico, pero no podía producir; le faltaba confianza en sí mismo, le faltaba fuerza.

Entristecido por la miseria, vivíamos en la mayor estrechez en una casa del Transtevere. A veces nos mandaban algún dinero los parientes de mi madre y salíamos del apuro.

En esto, mi hermano Emilio, que era algo mayor que yo y que estaba en un taller, comenzó a distinguirse y a ganar algún dinero. Mi padre, entusiasmado, le hacía dibujar; quería que sus conocimientos sirviesen para Emilio. El padre se sentía renacer con la esperanza de tener un hijo ilustre.

Mi hermano era un muchacho a quien todo el mundo quería. Su padre le miraba conmovido y soñaba con que fuese un Rafael o un Leonardo.

El viejo padre nos acompañaba a Emilio y a mí a la Capilla Sixtina, al museo del Vaticano, a las iglesias, y nos mostraba las obras maestras de los antiguos y nos las explicaba detalladamente.

A los quince años mi hermano puso un taller de pintor y llegó a vender lienzos y a tener encargos.

Cuando empezábamos a vivir mejor, mi hermano nos trajo a casa algunos amigos suyos jóvenes y comenzó a andar constantemente con ellos. Estos jóvenes, sobre todo uno, apellidado Orsini, eran republicanos entusiastas, partidarios de la unidad italiana y enemigos del papado.

Mi hermano, a pesar de convivir con ellos, era más que nada pintor; les seguía, pero en su espíritu los sueños artísticos no dejaban lugar a las ideas políticas.

El atrevimiento y la audacia de los jóvenes republicanos aumentó; un amigo de mi padre nos avisó que a Emilio le iban a prender y a encerrar en las cárceles de la Inquisición. Mi padre y yo acompañamos a mi hermano a Civitta Vechia, y allí le dejamos en un barco.

Emilio desembarcó en Marsella; luego fué a Barcelona y, por último, se trasladó a Madrid, al final de la guerra de los españoles contra Napoleón.

Emilio, muy contento y satisfecho en España, nos escribía sus impresiones de la guerra y nos hablaba de que estaba sorprendido con la pintura española, tan distinta de la italiana.

Un dibujante italiano, Fernando Brambilla, que hizo un álbum de las Ruinas de Zaragoza, y en cuya casa vivía, le llevaba a mi hermano al Palacio Real a ver cuadros magníficos. Este mismo Brambilla le presentó a un pintor, Goya, de quien mi hermano, en sus cartas, hacía grandes elogios, afirmando que era el mejor que había en Europa.

En esto, hará dos años, comenzaron a faltar las cartas de mi hermano. Mi padre estaba desesperado. Escribimos a dos o tres personas de Madrid, que no nos contestaron; escribimos al dibujante Brambilla, que, sin duda, no recibió la carta; y entonces a mí se me ocurrió dirigirme a un maestro de música italiano, Pablo Brambilla, de Milán, pidiéndole que si sabía las señas del dibujante de su mismo apellido, Fernando Brambilla, que vivía en España, le enviara mi carta.

Al cabo de mucho tiempo recibimos una carta del dibujante Brambilla, desde Zaragoza.

Mi hermano había muerto en las cárceles de la Inquisición de Madrid.