Los Caminos del Mundo

Part 7

Chapter 74,116 wordsPublic domain

--¿De manera que usted creía que la generalidad de los españoles tendrían todavía peor aspecto del que tenemos nosotros? Es decir: que suponía usted que eran más flacos, más negros y más feos que nosotros. No, no, señorita; no todos son como nosotros. Hay alguno que otro presentable.

Riego, que sabía algo de inglés, dijo en serio:

--Mire usted, señorita. No tiene duda que los españoles hemos hecho, en todos los tiempos, muchas barbaridades; pero crea usted que no las han hecho menores los ingleses, los franceses, los alemanes o los holandeses. Si nosotros hemos sido crueles, tan crueles han sido ellos; si hemos sido ladrones y piratas, ladrones y piratas han sido ellos. Lo único que no hemos sabido hacer tan bien como ustedes ha sido vestir nuestros crímenes históricos con el manto de la hipocresía.

--Pero ustedes mandaron la Armada Invencible para destruír Inglaterra--dijo la muchacha.

--Y ustedes mandaron la escuadra de Nelson a Trafalgar. Sólo que la Armada Invencible tuvo la mala suerte de desaparecer en un temporal, y la de Nelson la buena suerte de echar abajo nuestros buques.

La señorita inglesa no quería reconocer esta identidad; suponía que Inglaterra había vencido siempre porque tenía la virtud y llevaba al lado a San Jorge, que la protegía.

El padre de la muchacha, más transigente, nos decía, llenando su vaso:

--Sí, sí; hacen ustedes bien en defender su bandera, jóvenes. Antes que nada, la bandera.

Y vaciaba el vaso de un trago.

VI

EL CHINO DE LA HAYA

El día siguiente nos presentamos en casa del embajador inglés lord Clancarty a que nos dieran los pasaportes para entrar en Inglaterra.

El embajador, que era un inglés de estos ridículos y soberbios, nos trató muy desdeñosamente, y después de hacernos esperar mucho tiempo, nos envió los documentos con un criado.

Hecha esta diligencia, volvimos al hotel.

Había por las calles de La Haya gran animación. El príncipe de Orange acababa de llegar procedente de Inglaterra, en cuyo país había permanecido el tiempo que Holanda estuvo ocupada por los franceses.

Con este motivo se celebraban fiestas y se organizaban cuerpos de voluntarios que iban a reunirse a los aliados.

Aviraneta decía que era cosa extraña que los pueblos que se habían prestado a morir por unos reyes que se escapaban de su país en el momento del peligro los recibieran a éstos, al volver, con entusiasmo.

Aviraneta no podía comprender que un rey no es un hombre. No estábamos en aquellos momentos para discutir, porque nos encontrábamos cansados de tanto ajetreo.

Creíamos que podríamos embarcarnos en el puerto de La Haya, llamado Scheveninguen, al día siguiente; pero allí no había ningún paquebote inglés y nos dijeron que teníamos que ir a las bocas del Mosa.

Nos resignamos a quedarnos en La Haya por aquella noche. En la fonda, en la mesa, encontramos un chino que iba a embarcarse para su tierra.

Sabía un poco de francés y de español y hablamos con él. Yo le dije que iría verdaderamente asombrado de la civilización de Europa, y me contestó que no; que Europa le parecía una cosa despreciable. Me quedé atónito. Riego y Aviraneta se reían.

Preguntándole por qué tenía una idea tan mala de nuestro continente, dijo que en su país no se mataban los hombres como en Europa, ni se quemaban las casas; que allí el matar no tenía valor, sino el saber y las virtudes.

Le quise convencer de que debía tener más respeto por nuestra civilización, primeramente por creer nosotros en la única religión verdadera, que es la Católica Apostólica Romana, establecida por Cristo y su Iglesia, y gozar nuestros países de los mayores adelantos, a lo que contestó el chinito que la única religión verdadera es la establecida por Buda, y que hay mayores adelantos en China que en Europa.

Si hubiéramos estado en España le hubiera dirigido a algún sabio padre inquisidor para que convirtiera a aquel bárbaro; pero en Holanda descuidan los asuntos de conciencia y no hay inquisidores.

El tal chino era malicioso en extremo y se burlaba de cuanto veía de una manera verdaderamente molesta.

Ya no me faltaba más sino que, después de haber sido vejado durante todo el camino por alemanes, holandeses, italianos e ingleses, viniera un ridículo chino a reírse de uno.

Al día siguiente, en compañía del chino, salimos de La Haya por las calles, adornadas con arcos de triunfo y guirnaldas para el paso del príncipe de Orange.

Llegamos a Maassluis, e inmediatamente fuimos al embarcadero a pasar un brazo de mar que comunica con el río Mosa.

En la punta del muelle encontramos un correo de gabinete inglés que se llevó con su comitiva las barcas. Esperamos a ver si volvía; pero como tardaba mucho, después de calarnos hasta los huesos, tuvimos que retornar al pueblo.

Las posadas en Maassluis estaban ocupadas y nos repartieron en casas particulares. A mí me llevaron a la de un médico, donde no había nada que comer. Parece que el domingo hay por allá la costumbre de tener las tiendas cerradas. Comí unas patatas y un poco de queso y estuve en un cuarto calentado con una estufa de turba, que olía muy mal y que me dió dolor de cabeza. Mientrastanto, el médico, cirujano, o lo que fuese, me echó un discurso en mal francés, diciendo que explicara a los españoles lo que era la tolerancia, y cómo allí convivían los católicos, los presbiterianos, los luteranos y los judíos en paz. Le dije que esto sería cierto, pero que en España, en cambio, no se tenía la costumbre de molestar a los huéspedes.

Se calló el médico y no me habló más.

VII

EFECTO DE SOL EN EL TECHO DE UNA POSADA

Al día siguiente pasamos la desembocadura del Mosa y salimos a Brielle. De Brielle marchamos a Hellevoetsluis, que está en una gran ensenada. De aquí salían casi diariamente paquebotes para Inglaterra.

En Hellevoetsluis las posadas estaban llenas; no cabía en todo el pueblo una rata, y nos dijeron que fuéramos a alojarnos al cuartel. Fuimos a ver el cuartel, que era un lugar horrible y sucio.

En vista de esto, nos dedicamos, cada uno por su lado, a ver si encontrábamos posada.

Yo vi un cuarto como un camarote, que lo alquilaban por dos coronas inglesas; Riego, una alcoba en una casa; Aviraneta dijo que lo único con que se había topado era una sala de billar, y Ganisch, que tardó mucho, dijo que había encontrado un cuarto magnífico, cómodo y barato, en una posada de los alrededores.

Riego se quedó en el pueblo, y nosotros fuimos con Ganisch, y, efectivamente, nos hallamos con un cuarto muy hermoso, con dos camas.

La dueña de la casa era una vieja que tenía una criada rubicunda, gruesa, muy blanca, con la cara ancha, algo parecida a esas mujeres de los cuadros de Rubens. Ganisch comenzó a andar tras ella, mientras Aviraneta y yo charlábamos.

Cenamos muy bien, nos acostamos en el cuarto grande Eugenio y yo, y nos despertamos con un espectáculo verdaderamente grotesco.

Había concluído de rezar mis oraciones y estaba en el momento de conciliar el sueño, cuando oí un grito y un ruido de cascotes que caían sobre mi cama.

--¡Eugenio!--dije.

--¿Qué?

--¿Has oído?

--No; ¿qué pasa?

--Que cae algo de arriba.

--No he oído nada.

Encendí la luz, miré al techo, y ¡cuál no sería mi asombro al ver que éste cedía e iba apareciendo encima de mí, entre briznas de heno, como un sol de carne, la parte posterior de la criada rubicunda de la posada!

--¡Eh!, ¿qué es eso?--exclamó Aviraneta, como si la parte aquella al descubierto de la criada le fuera a contestar.

Aviraneta se levantó de la cama, se puso un abrigo, salió del cuarto y subió las escaleras al pajar. Por lo que me dijo, se encontró a Ganisch, que intentó esconderse, y ayudó a la criada rubicunda a salir del atranco en que estaba, pues por poco se cae desnuda encima de mí. Después de haber aconsejado a los dos que escogieran sitio más sólido para sus experiencias, se volvió a acostar, riendo a carcajadas.

Al día siguiente, salimos de la posada de la criada rubicunda y nos fuimos a ver a un comisario inglés, a pedirle plazas en un barco.

El comisario era tipo quisquilloso y antipático, y nos dijo que debíamos pagar los billetes por anticipado, si queríamos que se nos reservaran los puestos. Lo hicimos así, y nos dijo que nos presentáramos al día siguiente, por la mañana, en el muelle.

VIII

EL «FÉNIX», LA «SOFÍA» Y EL «VULCANO»

A las ocho de la mañana estábamos en el puerto Riego, Aviraneta, el chino de La Haya, Ganisch y yo.

Nos dijeron que nos apresuráramos, porque el _Fénix_ iba a salir.

Los bateleros nos hicieron pagar la friolera de tres coronas inglesas por persona por llevarnos al buque, que estaba a un tiro de fusil.

Llegamos al _Fénix_, y el barco se quedó sin moverse. Intentó salir, y no salió. En vista de esto volvimos al muelle, hablamos al comisario inglés, y éste nos dijo que la que partía de veras era la corbeta _Sofía_, que iba directamente a España. Dijimos al comisario inglés que nos devolviera el dinero, que iríamos en la _Sofía_; pero el comisario contestó que no, que nada tenía que ver un barco con otro.

Nos metimos en una lancha, que no nos costó tanto como la primera, y fuimos a la _Sofía_. El buque era un brick holandés pequeño; llevaba treinta oficiales españoles, sesenta soldados, entre ellos algunos ingleses, y otros pasajeros.

No había sitio para tanta gente.

Llegó la hora de comer, y nos dieron como ración para seis un pedazo de carne salada de tres libras, un poco de harina, un puñado de pasas, un cuartillo de ron y galleta.

Algunos oficiales fueron a pedir más ración; pero el capitán les volvió la espalda. Aviraneta tenía dinero y compró suplementos al cocinero, y además contrató con él que nos hiciera la comida. Con la harina, metida en un saco de lienza, las pasas y un poco de sebo hacían un _pudding_ muy pesado; una pasta que parecía de engrudo.

A la mañana siguiente creímos que íbamos a salir, y nada; en cambio, el otro transporte, el _Fénix_, donde habíamos estado el día anterior, pasó por delante de nosotros con las velas desplegadas.

El chino nos saludó al pasar, y nos dijo en castellano, maliciosamente:

--Buda _puele_ más que _Clisto_.

No quise contestar nada a aquel pobre salvaje.

El capitán de la _Sofía_, al ver nuestra desesperación, dijo que a la mañana siguiente saldríamos.

Vino la mañana; los marineros empezaron sus preparativos; todos los soldados y oficiales ayudamos a la maniobra, tirando de los cables; pero el barco no se movió. El capitán, muy tranquilo, dijo que la _Sofía_ estaba encallada en arena y que había que esperar a que la marea subiera más.

Al día siguiente ocurrió lo mismo; la _Sofía_ no quiso salir. Tres días pasamos así, sometidos al capricho de la _Sofía_ y al _pudding_ con engrudo, hasta que el capitán confesó que el barco se iba poniendo muy pesado y que había que descargarlo para que pudiera moverse.

Bajamos a tierra y volvimos a ver al comisario inglés. El hombre, cínicamente, dijo que el haber pagado antes no valía, y solamente a Ganisch, al ver que no se separaba de él y se miraba los puños, le devolvió el dinero.

Por la tarde llegó un transporte inglés, el _Vulcano_.

Intentamos embarcar, pero nos dijeron que no podía ser. Acababa de venir un embajador austriaco que iba a Londres con su séquito y le habían reservado todos los puestos del transporte. Aviraneta se puso como un loco y dijo mil disparates y barbaridades, sin comprender que los diplomáticos tienen asuntos más importantes que las demás personas.

El comisario indicó que nos prepararían otro transporte, cuando llegó un aviso de que el embajador austriaco no podía salir aquel día. Por lo tanto embarcábamos para Londres.

--¡No se pueden ustedes quejar!--nos dijo el comisario inglés.

Nosotros torcimos el gesto. Era demasiada broma. Ganisch hizo una de las suyas: al subir al barco aparentó que tropezaba, se agarró al comisario inglés y cayó con él al agua.

El inglés salió sin sombrero y chorreando como un perro, y esta falta de respeto de Ganisch fué muy celebrada por Aviraneta y por todo el equipaje del barco.

IX

JURA DE LA CONSTITUCION

Se puso el _Vulcano_ en franquía, enderezó el rumbo a Inglaterra, y a las diez o doce horas de navegación, después de marearnos todos, pasamos las corrientes del Canal de la Mancha y entramos en el Támesis.

Estuvimos en Londres sólo unas horas; Riego se quedó allí, donde formó un cuerpo militar con muchos refugiados españoles, y volvió a la península meses después.

Aviraneta, Ganisch y yo tomamos pasaje para España en un paquebote, en donde iban únicamente treinta y tantos pasajeros. La navegación fué feliz y el tiempo bueno.

Al acercarnos a La Coruña, al pasar por delante del castillo de San Antón, se levantó de improviso una racha de viento favorable, que aprovechamos para acercarnos a la ciudad; con el anteojo veíamos a la gente que se agolpaba en el paseo de la Alameda. Luego el viento se nos puso de proa y creíamos que no podríamos pasar. Así estuvimos un cuarto de hora, al cabo del cual cambió el viento, y entramos en el puerto a las tres y media.

El muelle y el paseo estaban ocupados por una multitud que nos recibió con aclamaciones y aplausos.

Bajamos y fuimos a una posada de la calle Real.

Por la tarde me llamó el general Lacy, que mandaba el ejército, y me dijo que se iban a formar dos batallones con los oficiales y clases que venían repatriados.

En dos días se organizaron los batallones y nos pasó revista Lacy. Una semana más tarde mandó formar el cuadro en el patio del cuartel y pronunció una corta arenga. Después se celebró la jura.

En el centro del patio se había levantado una pila con tambores, poniendo encima los Evangelios, un ejemplar de la Constitución y la bandera del regimiento.

Juraron el nuevo Código nacional: primero, el coronel y un oficial de cada grado; en seguida, un sargento, un soldado y un cabo de cada batallón.

El general Lacy recogía el juramento con el tricornio en la mano. El que iba a jurar se arrodillaba delante de los tambores, colocando la mano en el libro santo.

Preguntaba el general:

--¿Juráis a Dios y prometéis guardar y hacer guardar la Constitución y defender al rey?

--Sí, juro.

--Si así lo hacéis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande.

Después de esta ceremonia me reuní con Aviraneta, que me dió cuenta del dinero que le había entregado mi madre y de la forma en que lo gastó.

Yo no quise oírle; le abracé y le rogué que se quedara con lo que sobraba. El no aceptó, y entonces nos lo repartimos entre los dos.

Poco después hubo en La Coruña varios días de iluminación por la llegada de Fernando VII a Madrid. El general Lacy fué suspendido de su empleo y sustituído por Bassecourt, lo que a los constitucionales sentó muy mal.

Al despedirme de Aviraneta le pregunté:

--¿Y ahora, qué vas a hacer?

--Me voy a Soria o a Navarra a vegetar.

Yo marché a Madrid a abrazar a mi madre.

UNA INTRIGA TENEBROSA

LOS HOMBRES DE LA CONSPIRACIÓN DEL TRIÁNGULO

HABLA LEGUÍA

En el tiempo a que me refiero, el restaurante del Rocher de Cancale era muy célebre en París.

Ni los salones de Very o de Vefour, ni la celebrada fonda de los Hermanos Provenzales, podían competir en fama con el Rocher de Cancale entre los discípulos y practicadores de las suculentas teorías de Brillat-Savarin.

Una noche, de sobremesa, después de cenar con varias personas en el Rocher, oí la historia que voy a contar al barón de Oiquina.

Era a fines de 1840. Había ido yo a París desde Bayona con una comisión de Aviraneta para don Vicente González Arnao, personaje de larga historia que en las postrimerías de la primera guerra carlista fué el intermediario entre el Gobierno de María Cristina y el cabecilla Muñagorri. Este Muñagorri, escribano de Berástegui, hacía la guerra al carlismo con la bandera Paz y Fueros.

En el fondo, el cabecilla-escribano era una creación de Aviraneta, y su proyecto de escisión del carlismo estaba copiado de otro de don Juan Olavarría, el cual había presentado al Gobierno, hacía años, una Memoria considerando la bandera de Paz y Fueros como un buen medio de acabar la guerra.

Muñagorri no tuvo el éxito que se esperaba de él. Era hombre ligero, de pocos arrestos y, sobre todo, de poca sindéresis. A pesar de esto, algo contribuyó a descomponer el carlismo, y hubiera contribuído más si el cónsul de Bayona, Fernández de Gamboa, esparterista y enemigo de toda transacción, no hubiese opuesto una serie de obstáculos y dificultades a la empresa.

González Arnao, partidario como Aviraneta de acabar la guerra a todo trance, creyó que la campaña de Muñagorri podría ser útil y trabajó para ayudarla con lord John Hay y con el embajador de España en París, marqués de Miraflores.

Arnao, muy patriota, tenía gustos e inclinaciones de parisiense más que de español, a pesar de ser hijo de Madrid; cosa no muy rara, porque había vivido cerca de treinta años en la capital de Francia.

Cuando le conocí yo, Arnao era muy viejo, pero se conservaba derecho y fuerte.

Como la mayoría de los hombres de esta época, había tenido una vida doble. En tiempo de Carlos IV fué profesor de Física experimental en la Universidad de Alcalá, síndico del Ayuntamiento de Madrid y abogado.

Por esta época publicó, en colaboración, el _Diccionario histórico-geográfico de Navarra y de las Provincias Vascongadas_.

Formó parte, en 1808, de la Junta de Bayona, y al tomar posesión de la corona de España José Bonaparte le nombraron consejero de Estado.

En 1813 tuvo que huír a Francia con todos los que habían aceptado el Gobierno del intruso.

Don Vicente estuvo en París hasta 1820, y cuando el Gobierno anuló el decreto de la Junta Central de Cádiz, en que declaraba a los ministros y empleados del rey José traidores a la patria, a la religión y al rey, volvió a España con otros josefinos.

Era González Arnao hombre sinceramente liberal; amaba la libertad como algo necesario para la vida, y no le preocupaba gran cosa la cuestión de personas.

Al entrar en España vió que no se podía vivir en Madrid; que entre comuneros y masones estaban acabando con el régimen constitucional; quiso mediar entre unos y otros, y enemistado con los dos bandos, se volvió a París.

En el lapso de tiempo comprendido entre la segunda época constitucional y la primera amnistía otorgada por Fernando VII poco después de su matrimonio con María Cristina, don Vicente llegó a ser el abogado de los proscritos españoles, no sólo de Francia, sino de toda Europa.

Tenía Arnao por entonces su despacho en una de las calles más animadas de París, la del Faubourg Montmartre, y su casa era un constante subir y bajar de personas que iban a consultarle.

Entre los políticos y escritores franceses contaba Arnao con amigos ilustres, y en esta época sentaba con frecuencia a su mesa a Destutt Tracy, a Armando Carrel y al historiador Mignet.

González Arnao podía alternar con ellos; era un hombre muy culto; sabía el latín y el griego admirablemente y conocía a la perfección los idiomas modernos: el francés, el inglés y el alemán.

A fines de 1831, Arnao marchó a España y dejó su bufete a su secretario y socio, un catalán llamado Pagés.

En 1838, don Vicente volvió de nuevo a Francia y estuvo en Bayona y en París por asuntos relacionados con la guerra carlista. Mientras él acudía a la Embajada de España y celebraba consultas en la calle del Faubourg Montmartre, su antiguo secretario corría medio París en su cabriolé.

Arnao, a quien fuí a visitar por encargo de Aviraneta y a darle datos de las conjuras que se fraguaban en Bayona para reanudar la guerra después del Convenio de Vergara, me recibió muy afectuosamente.

Después de una larga conferencia me dijo:

--¿Quiere usted comer esta noche conmigo?

--Con mucho gusto.

--Comeremos en el Rocher de Cancale. ¿Sabe usted dónde está?

--No.

--Pues entonces mi amigo Pagés le irá a buscar a su casa. ¿Dónde vive usted?

--Vivo en el hotel de Embajadores, calle de Santa Ana, 75.

--¡Oh, lo conozco! Allí hemos conspirado los españoles durante mucho tiempo. Espere usted a Pagés; irá a buscarle al anochecer.

--Muy bien. Le esperaré.

Me fuí a la fonda, y, efectivamente, antes del anochecer se presentó el señor Pagés a buscarme. Subimos al coche, que esperaba a la puerta, y nos encaminamos al Rocher de Cancale.

Aguardamos un rato y, uno tras otro, se presentaron los tres comensales que iban a cenar con nosotros. En total éramos cinco: Arnao, Pagés, un cura vizcaíno, don Ignacio, que hacía mucho tiempo vivía en París, expulsado de España por afrancesado, y el barón de Oiquina.

El barón de Oiquina era un viejo que, a pesar de ser exageradamente atildado en el vestir, resultaba no sólo un hombre serio, sino una persona respetable.

Tendría el barón más de setenta años; era sonrosado, de ojos azules, de cabellos blancos, que parecían vellones de lana. Iba rasurado, vestía de claro y tenía el tipo y el porte de un lord inglés.

Su larga permanencia en Francia le hacía hablar con giros extraños y con muchos galicismos.

El barón de Oiquina vivía habitualmente en una propiedad de una hermana suya, próxima a Bayona, y había ido por entonces a París a pasar unos días.

Por lo que me dijo Arnao, el barón había sido subprefecto de Valladolid en tiempo de José Bonaparte, y en vez de evolucionar, como casi todos los afrancesados, en sentido reaccionario, se distinguía por sus ideas avanzadas.

Durante la comida, Arnao, el barón y el cura don Ignacio recordaron escenas, anécdotas y personas de España y Francia.

Salieron a relucir el general Mina, Galiano, Mendizábal, Istúriz, Lafayette, el general Berton, Caron, Vaudoncourt, Cugnet de Montarlot, y otros más.

--¿Y usted no le ha conocido a Aviraneta?--le preguntó González Arnao al barón, de pronto--. Este caballero, el señor Leguía--y me señaló--, es amigo suyo.

--¡A Eugenio de Aviraneta! ¡Sí, hombre! Le he conocido cuando era un muchacho joven como lo es ahora el señor Leguía.

--Entonces hará mucho tiempo.

--¡Figúrese usted! El año 12.

--¡Qué raro!

--Sí; yo era subprefecto de Valladolid por el Gobierno de José Bonaparte. Un día se me presentaron dos jóvenes, acompañados de un capitán francés, que les recomendaba para que les diera un pasaporte. Dijeron que eran comerciantes; pero yo sospeché que eran guerrilleros--. Y ¿hacen ustedes mucho comercio?--les pregunté--. Sí; no estamos descontentos--contestó uno de ellos, que era Aviraneta; y un relámpago de ironía brilló en sus ojos. Aquella mirada y aquel perfil de aguilucho no se me borró de la imaginación. Cuatro años después le volví a ver en París... ¡Aviraneta! ¡Qué tipo! Ha debido tener una vida curiosa ese hombre. ¿Estará ya viejo?--preguntó el barón.

--No mucho--dije yo.

Habíamos concluído de comer y de tomar café y, retirándonos de la mesa, nos preparábamos a encender unos habanos.

--Don Joaquín--dijo Arnao, dirigiéndose al barón.

--¿Qué quiere usted, querido?

--Creo que le conozco a usted bastante bien.

--Es posible; no digo que no.

--He notado que el nombre de Aviraneta le ha sugerido intensos recuerdos...

--Sí; es cierto.

--¿No querrá usted contarnos en qué circunstancias conoció usted a Aviraneta cuatro años después de verle en Valladolid?

--¿Qué supone usted?

--Supongo que Aviraneta y usted no estarían quietos cuando se encontraron por segunda vez en París y que tramarían alguna cosa.

--¿Y quiere usted que la cuente?

--Creo que nos haría usted pasar un buen rato contando lo que fué.

--Estos señores se van a aburrir... preferirán ir al teatro... a ver _Lázaro el pastor_, la última obra de Bouchardy, el éxito del día.

--Yo, por mi parte--dije--, prefiero oírle a usted que ir a cualquier teatro de París.

--Muchas gracias.

El socio de Arnao pretextó que tenía que verse con un agente, y se fué; el cura don Ignacio, González Arnao y yo acercamos nuestras butacas a la del barón. Este su puso a contemplar melancólicamente la ceniza de su cigarro hasta que levantó la cabeza y comenzó así su relato:

LIBRO PRIMERO

DE PARÍS A MADRID

I

ANTECEDENTES