Part 6
--No, no era viejo--replicó el joven--. Lo que sí era que estaba muy gordo. El pobre hombre tenía mucha conformidad. Aquí vivíamos antes de la guerra mi padre y dos hermanas. Lo pasábamos bien; pero vino la guerra y nos fastidió.
--Pues ¿qué les ocurrió a ustedes?--le preguntamos.
--Nada; a una de mis hermanas se la llevaron los austriacos, y a la otra la violaron los franceses y la dejaron embarazada y sifilítica. Mi padre, al saberlo, dijo que así estaría escrito. Cuando le dió este mal y se tendió en ese banco, lo único que le molestaba era una gotera que le caía en el cuello. Estuvo unos días delirando, hasta que murió.
--¡Qué desdicha!
--Sí; entonces un pariente mío y yo le vestimos y le pusimos los pantalones, cosa difícil, porque estaba muy hinchado. A media noche el vientre le hizo plaf, y reventó. Fué su única protesta.
El joven posadero nos siguió contando otros horrores con la misma indiferencia; pero no nos quitó las ganas de comer. ¡Tanto se animaliza uno! Bebimos después, vaso tras vaso, de los licores del mayor Witkamp; fumamos luego, y nos tendimos en el suelo.
LIBRO TERCERO
DEL RHIN AL TÁMESIS
I
EL JUDÍO DE FRANCFORT
De Darmstadt, pueblo en donde paramos pocas horas, en un barrio antiguo, con calles angostas y muchos jardines con rejas a la calle, recuerdo solamente el hermoso parque del palacio ducal.
Entre Darmstadt y Francfort hay una llanura arenosa y monótona, pobre y sin vegetación.
Llegamos a Francfort por la mañana y nos alojamos en una posada llamada Cour de Paris. El mayor Witkamp, conocedor de la ciudad, nos mostró en el puente de piedra sobre el Main los agujeros de las balas y granadas, huellas de la lucha sostenida allí entre el ejército francés y el aliado después de la batalla de Leipzig.
Por las calles de Francfort se veían a cada paso oficiales rusos, austriacos y bávaros, y una nube de mujeres alegres alemanas, francesas, italianas y polacas.
Unos y otras, según el mayor Witkamp, llevaban la quintaesencia de la sífilis de Oriente y de Occidente.
Aviraneta, que tenía una gran inclinación por desacreditar todo lo que fuera autoridad, dijo que había oído que los generales del ejército aliado, que venían a imponer la Monarquía de Derecho Divino, eran más ladrones aún que los generales franceses; que se tragaban armamentos, uniformes, medicinas, como píldoras.
--Todos son iguales, sean franceses, alemanes o rusos--dijo el mayor Witkamp--. Militar y ladrón son sinónimos.
Después de comer fuimos a un café; y estábamos hablando castellano cuando se nos acercó un hombrecito, pequeño, moreno, con la nariz corva, la barba entrecana y los ojos brillantes.
--¿Son ustedes españoles?--nos preguntó.
Y al decirle que sí, se nos quedó mirando ensimismado y comenzó a hablar.
¡Pero qué manera de hablar! Era un chaparrón de palabras. Cuando concluía un período repetía afirmativamente: Sí... sí... sí..., como para no perder el derecho de seguir hablando.
Este hombre era judío, de origen español, y nos habló de España y de los judíos en un castellano arcaico. Decía agora por ahora, aínda por todavía, y empleaba giros muy extraños.
--Vosotros los cristianos de Castilla--exclamó gesticulando--creéis que nosotros os guardamos rencor porque quemasteis a nuestros _remotos_, y debíamos guardarlo; pero, no, no tenemos odio. No; nosotros amamos a España; ése ha sido el país donde hubo un florecimiento más bello del alma hebraica. Sí, sí, sí, amamos a España, Toledo, Sevilla, Granada, Córdoba... Allí vivió nuestra raza; allí fueron príncipes, poetas, banqueros... Sí, sí, sí...
Después se puso a comparar la religión judía con la cristiana, y decía:
--La religión hebraica es religión de vida; la cristiana es religión de muerte, y la católica es sólo paganismo, paganismo nada más. Sí, sí. Y nuestra religión es justicia... Nosotros no tenemos la palabra limosna; entre nosotros, dar al pobre es restituír, es hacer justicia, no es dar limosna. Entre nosotros no existe la limosna. Sí, sí, creedlo, creedlo. Sí... sí... sí...
Y seguía así con aire de inspirado, los ojos brillantes y las manos temblorosas.
Aviraneta y Riego le escuchaban. No comprendo cómo podían oír con calma las blasfemias e impertinencias de aquel miserable enemigo de la religión.
Este judío, que se llamaba Salomón Blumenkhol, tenía grandes agravios que vengar de los alemanes. Estos bárbaros, en tiempo de Federico el Grande, habían obligado a los judíos a cambiarse de apellidos y abandonar sus Levy, sus Cohen, sus Israel, y para burlarse de ellos les habían dado apellidos ridículos; así él, un Levy descendiente del rey David, se llamaba Blumenkhol (coliflor), el rabino de Francfort se llamaba Zanahoria, y otros. Patata, Ratón, Zapatilla, etc.
Los alemanes, según el señor Coliflor, odiaban a los hebreos; llegaban a poner en las tiendas letreros como éste: «No se permite la entrada de judíos ni de perros».
El señor Coliflor preguntó a Aviraneta y a Riego si eran liberales, y al saber que eran masones quiso llevarlos a su casa.
Salimos del café, cruzamos calles estrechas tortuosas, negras, algunas con las fachadas pintadas y con torres en las esquinas, y llegamos a la calle de los judíos, Judengasse, calle más miserable y más estrecha que las demás, en cuyo extremo se encontraba la sinagoga.
Por lo que dijo el señor Coliflor, antiguamente la calle se cerraba con puertas y cerrojos. El judío nos llevó a su casa, nos obsequió con té y después nos condujo a una imprenta próxima, donde nos presentó a un hombre alto y joven que no hablaba francés y con el cual hubo que entenderse teniendo al judío por intérprete.
Este impresor era de una Sociedad secreta llamada _Tugendbund_ (asociación de la virtud), constituída con un objeto mixto, medio liberal, medio patriótico. Parece que los asociados trabajaban con un enorme entusiasmo por la unidad alemana formada alrededor de Prusia, y que las dos cabezas principales eran: el ministro prusiano, barón de Stein, y un poeta llamado Mauricio Ernesto Arndt, que había publicado canciones patrióticas, atacando a Napoleón y elogiando a los alemanes.
Aviraneta y Riego quisieron enterarse de lo que hacían las Sociedades secretas en Alemania, y el impresor habló de la masonería y de la Secta de los Iluminados, con su procedimiento del triángulo, formada por Adan Weishaupt y su compañero Filon Knigge. Las dos Sociedades habían ya casi desaparecido, y con sus restos se habían fundado la _Tugendbund_ y la _Burchenschaft_ (reunión de estudiantes). Estas, abandonando las cuestiones místicas y religiosas, se dedicaban a una obra liberal y patriótica más inmediata.
La _Tugendbund_ conservaba un aire misterioso y romántico, según nos dijo el impresor. Los individuos que pertenecían a ella iban a las sesiones vestidos a la antigua alemana, cordón blanco y negro al cuello, del que colgaba un puñal adornado con una calavera y la leyenda en latín _Ultima ratio populorum_.
El impresor nos dijo que a esta Sociedad había pertenecido Fichte, célebre profesor que había escrito un discurso a la nación alemana que, a la verdad, ni Riego, ni Aviraneta, ni yo conocíamos.
El impresor afirmaba, con entusiasmo, que Alemania era el primer país del mundo por su espíritu. La ciencia alemana, la filosofía alemana, la cultura alemana estaban por encima de todo.
Ya cansados de disertaciones, nos despedimos del patriota y volvimos a nuestra fonda acompañados del señor Coliflor, que no quería separarse de nosotros.
II
UN BURGOMAESTRE OSADO Y UNA VIEJA IRACUNDA
Por la mañana nos levantamos muy temprano, y en vista de que no había posibilidad de encontrar coche, tomamos un carro los cuatro españoles, el mayor Witkamp y un capitán italiano herido en una batalla cerca de Dresde. Braquemond, el inválido, sin duda se quedó en Francfort.
El italiano no tenía más preocupación que su uniforme. Vivía pendiente de que no se le manchara, y constantemente se estaba mirando las mangas y los pantalones.
De día llegamos a Koenigstein. Era tal el saqueo que habían efectuado allí franceses y aliados, que no quedaba una migaja de pan en el pueblo.
El italiano comenzó a quejarse y a decir que con la debilidad que se encontraba y sin comida se iba a morir. El mayor Witkamp le alargó una botella de licor para que disimulara un poco el hambre, y seguimos adelante. El italiano, excitado, nos preguntó qué éramos; le dijimos que españoles, y nos habló mal de España. Decía que la decadencia de Italia se debía a los españoles. Si no hubiera sido porque estaba herido y enfermo, le hubiera enseñado a hablar de nosotros con más respeto.
Llegamos a media tarde a Limburgo y nos dijeron que allí se cebaba la epidemia de una manera inusitada y que se morían hasta los perros.
Ganisch, el criado o amigo de Eugenio, dijo que en su país, cuando había una epidemia semejante, se solía llevar el ángel San Miguel desde el monte Aralar, de Navarra, y se curaban en seguida los hombres y las bestias. El sentía que Aralar estuviese tan lejos, que si no...
Aviraneta, de pronto, dijo incomodado que no comprendía cómo un hombre que andaba con él podía ser tan burro para creer estas cosas. Ganisch dijo que era lo que decía todo el mundo. Riego se puso de parte de Aviraneta y yo defendí a Ganisch.
Cuando se explicó al mayor Witkamp de lo que se trataba, el mayor exclamó:
--¡Supersticiones! ¡Supersticiones!
Olvidamos pronto este punto y discutimos lo que había que hacer. El italiano dijo que él se quedaba allí porque no podía más; lo dejamos en una posada que se llamaba Preussiseher Hor, y nosotros seguimos adelante en el carro.
No sé si era antes o después de llegar a Altenkirchen, pueblo nombrado porque en él murió el general francés Marceau, cuando nos paramos de noche en una aldea casi hundida en la nieve.
Llamamos en la posada, y el posadero nos dijo que nos podía dar unas patatas pagándolas a doble precio, pero que no tenía sitio donde ponernos a dormir.
Asamos nosotros mismos las patatas al fuego, las comimos, bebimos un aguardiente muy malo y nos decidimos a tendernos en el suelo.
El posadero dijo que allí no podía ser, porque tenía que dormir él con su familia, y que nos fuéramos.
--Nada; vamos a ver al burgomaestre--dijo el mayor.
Salimos de la posada y, pasando por zanjas abiertas entre la nieve, llamamos en casa del alcalde; le hicimos bajar, y el mayor le explicó en alemán lo que deseábamos.
Era la primera autoridad del pueblo hombre grueso, fuerte, de pelo rojo y rapado, la cara redonda, las cejas salientes y el aire de demonio.
--Aquí no hay camas ni posada--gritó el burgomaestre furioso--; todas las casas están llenas. Además, este pueblo no es de tránsito de tropas.
--¿Pero no podríamos entrar bajo techado?--preguntó el mayor.
--Aquí, no; váyanse ustedes a otro pueblo.
En esto acertó a pasar una patrulla con un oficial. Al ver nuestro grupo se acercó. Precisamente el oficial había estado en España. Le expliqué yo lo que pasaba, creyendo que sabría reducir a la obediencia a aquel _bürgermeister_ bárbaro y selvático; pero, no.
El burgomaestre volvió a asegurar que no había camas en el pueblo, y añadió que estaba deseando que la epidemia reinante acabase con todos los militares de la tierra, alemanes, franceses, españoles o rusos, sanguijuelas del país, gorrones, canallas, bandidos, que no dejaban a nadie vivir en paz.
Se le dijo que el Ayuntamiento nos podría indicar un sitio donde dormir y que le pagaríamos lo que fuera. El contestó que el Ayuntamiento no quería dinero robado.
Como hablaba en alemán, yo no me enteré de las palabras de tan audaz enemigo del ejército. Si le hubiera entendido le hubiera castigado a aquel miserable que así insultaba a la institución más noble de la sociedad, defensora de la patria, espejo de la hidalguía y de los sentimientos caballerescos en todas las naciones.
En vista de la acogida que nos dispensaban, no tuvimos más remedio que volver al carro y seguir nuestro camino. La noche estaba clara y fría; en las afueras del pueblo había un montón de ataúdes que, sin duda, habían dejado allí por no poder llevarlos al camposanto. Despedía aquello una peste que echaba para atrás. Apresuramos la marcha, y a la hora u hora y media de salir pasamos por delante de una casa bastante grande que había a un lado de la carretera, y nos decidimos a pedir auxilio.
Llamamos repetidamente durante un cuarto de hora. La lluvia arreciaba cada vez más. La carretera estaba convertida en un pantano y nos hundíamos en el barro hasta las rodillas.
En vista del silencio nos decidimos a entrar en la casa, pasara lo que pasara.
Aviraneta y Riego, el uno por un lado, el otro por otro, escalaron unas ventanas y entraron en la casa. No había nadie. Abrieron la puerta, entramos todos, llevamos los caballos al pesebre, y yo, siguiendo el ejemplo del mayor Witkamp y de los demás, me metí a dormir en una cama.
A la mañana siguiente nos despertó la gritería de una vieja, guardiana de la casa, indignada de nuestra audacia y desfachatez.
El mayor Witkamp la quiso tranquilizar y pagarle algo del perjuicio causado; pero la vieja estaba fuera de sí; nos llamó cien veces ladrones, salteadores, y dijo que iba a ir al pueblo próximo a avisar a la justicia. Luego, sin duda, pensó que el pueblo estaba lejos y se quedó refunfuñando.
Nosotros preparamos el carro y continuamos nuestra marcha. La vieja nos siguió durante algún tiempo tirándonos piedras e insultándonos, hasta que Ganisch, cogiendo un palo como si fuera un fusil, le apuntó desde el fondo del carro. Entonces la vieja echó a correr chillando, volviéndose y amenazándonos con el puño desde lejos.
A media mañana el mayor sacó unos embutidos, un jamón y un par de quesos de un saco.
--¿De dónde ha salido esto?--pregunté yo.
--Lo he cogido de la despensa de la casa--contestó él con indiferencia--. También he arramblado con unas botellas.
--¡Cómo estará la vieja cuando lo sepa!--dijimos.
Comimos muy bien; llegamos a Siegburgo, cuyas posadas y fondas estaban todas ocupadas, y tuvimos que ir a dormir a un pueblo próximo.
III
EL PASO DEL RHIN Y LA «LANDSTURM» DE COLONIA
Camino adelante íbamos viendo la silueta de Colonia, con las torres de su catedral no concluídas y los baluartes de sus murallas.
El mayor holandés se marchó a Mulheim y nosotros fuimos a Deutz, pequeño pueblo frente por frente a Colonia, que casi se puede considerar como un barrio, donde se reúnen las barcas para pasar el Rhin, que en este punto tiene una anchura de un tiro de cañón.
Cuando el río está helado suelen cruzar muy bien por encima del hielo, de una orilla a otra, hombres y carros, y a veces ha cruzado hasta la artillería.
Había al llegar nosotros al embarcadero mucho barullo, porque pasaba un regimiento de coraceros alemanes y este paso del río era operación larga y difícil.
El Rhin estaba en parte helado y en parte no. Nosotros nos metimos, sin pedir permiso a nadie, en una de las barcas que aguardaban en la orilla, ya cargadas de tropa.
Costó mucho trabajo cruzar de una orilla a otra. El canal transversal se interceptaba con grandes bloques de hielo y había que ir apartándolos a fuerza de palancas.
Además, el centro del río, que estaba ya enteramente deshelado, tenía mucha corriente y era muy difícil llevar la barca en la dirección necesaria.
Algunos pasaron en balsas arrastradas por caballos que marchaban por encima del hielo.
Ya en la otra orilla estábamos en Colonia, y entramos en la ciudad.
Colonia había pertenecido a Francia hasta hacía unos días, y al llegar nosotros la ocupaban los rusos.
La gran preocupación de los comerciantes de Colonia en aquel momento era borrar todos los nombres de las muestras y anuncios que recordaban la dominación francesa. El café de París se llamaba desde entonces de Viena o de San Petersburgo; la fonda de Francia, fonda de Alemania, y allí donde estaba escrito en francés _coiffeur_, _cordonnier_, se ponía _perru ckenmacher_, _schuhmacher_, peluquero y zapatero en alemán.
Fuimos a ver al gobernador, un coronel ruso que nos firmó los pasaportes y nos dijo que podíamos seguir el camino por donde se nos antojase.
Hubiéramos querido ir por la orilla izquierda del Rhin, por ser el camino más corto; pero nos dijeron que no había aún diligencias ni postas y que los parajes por donde debíamos pasar eran inseguros, porque estaban llenos de partidas francesas.
En Colonia nos acomodamos en una posada llamada Neuhaus (casa nueva), y después fuimos a visitar el pueblo, que nos pareció un poco irregular, pero muy grande, lleno de vida y de comercio y con muy hermosos jardines.
Por la tarde, acabábamos de volver de nuestro paseo cuando oímos un redoble de tambores. Nos asomamos a la ventana. Había un gran tropel de gente en la calle. Bajamos a la puerta de la fonda para informarnos del motivo de tanto alboroto, y vimos que todo el mundo salía de sus casas, los unos con picas, otros con pistolas, otros con sables y escopetas, y echaban a correr. Algunos estudiantes cantaban, con un aire parecido al _God save the King_ de los ingleses, un himno cuya letra comenzaba así:
Heil dir im Siegerkranz Herrscher des Vaterlands Heil, Kaiser, dir!,
palabras que parece quieren decir: ¡Salve, coronado de victoria! Soberano de la patria. ¡Salve, César!
Estos preparativos y estos cantos nos hicieron pensar si los franceses habrían pasado el Rhin de nuevo y si vendrían a atacar las pocas tropas que estaban allí acantonadas. Como no entendíamos nada de cuanto entre sí decían aquellas gentes y las veíamos armarse con tal precipitación, nos encontrábamos inquietos.
Nos reunimos en la calle con el dueño de la posada, y éste nos dijo que tales preparativos eran para recibir al gobernador o comandante del reino de Westfalia, príncipe alemán que iba a entrar momentos después en Colonia.
Ya más tranquilos, fuimos de nuevo a pasear. En las casas encendían hogueras y luminarias; la música del pueblo salía a una de las entradas de la ciudad para tocar a la llegada del príncipe. Toda esta gente armada formó en las calles próximas al Palacio del Gobierno y de Justicia, por donde había de pasar el gobernador, dejando en medio sitio suficiente para la comitiva.
A esta milicia, rápidamente organizada, parece que llaman en alemán _landsturm_, o leva en masa. La _landsturm_ de Colonia se acababa de crear cuando salieron los franceses, y tenía por objeto defender el país en ausencia de las tropas, que en su totalidad habían pasado a Francia.
Aviraneta no quiso presenciar la ceremonia de recibir al gobernador y nos volvimos hacia casa. Antes de llegar a la posada, Eugenio nos propuso meternos en un café a tomar un ponche, y así lo hicimos. El café estaba vacío; como era natural, todo el mundo había salido con la _landsturm_ a presenciar la entrada del príncipe.
Unicamente en una mesa vimos a un hombre alto con una porción de papeles delante. Nos sentamos a su lado y observamos que en los papeles tenía muchos cálculos complicados. Aquel hombre debía de ser algún profesor o inventor. De cuando en cuando hacía números y ecuaciones; luego se quedaba mirando al techo como esperando algo.
Daba la impresión de que para él no existían los demás.
Aviraneta, que era hombre que siempre le gustaba llevarme la contraria, señalando al desconocido dijo:
--Es muy posible que dentro de cien años se hable de este hombre como de un personaje eminente, y, en cambio, no se sepa quién era el fantasmón que entra ahora en Colonia en medio de aclamaciones y músicas.
Como yo creo que hay que dejar a cada loco con su tema, no contesté.
Tomamos nuestro ponche y poco después se presentó en el café un grupo de estudiantes; comenzaron a beber cerveza, y uno de ellos se subió a una mesa y entonó canciones patrióticas con un gran fuego, coreadas por tempestades de aplausos.
Nosotros nos levantamos y nos fuimos a acostar.
IV
UN PAÍS TRANQUILO
Desde Colonia hasta la entrada de Holanda pasamos Dusseldorf, Arnhem y Múnster, y de este pueblo, notable por sus anabaptistas, tomamos el camino de Zwolle, que nos dijeron era el mejor.
Ibamos en una silla de posta abierta. Hacía un frío terrible; el camino estaba cubierto de nieve y tenía no solamente agujeros y baches, sino verdaderas lagunas de más de una vara de profundidad, en parte heladas y en parte, no.
En los sitios donde el hielo se hallaba compacto, los caballos corrían por encima fácilmente; pero donde se encontraba roto y a medias fundido, se hundían las ruedas y era muy difícil salir del atranco.
Afortunadamente, los caballos eran buenos y el cochero muy hábil. Gracias a esto pudimos salir con fortuna de aquellos malos pasos.
Después de la silla de posta tomamos un carro y, molidos por el traqueteo de cincuenta horas de camino, llegamos a Zwolle, pueblo de Holanda, a no mucha distancia del golfo de Zuidersee.
Zwolle es un pueblo muy limpio, de calles rectas. Preguntamos si podríamos encontrar barco para Inglaterra en el Zuidersee, y nos dijeron que probablemente no lo encontraríamos. En vista de esto tomamos asiento en la posta para Utrecht, con la idea de ir a La Haya, en donde nos dijeron hallaríamos con seguridad transportes.
En Nijkerk nos encontramos sin tiros al llegar a la posta. Había pasado unas horas antes el hermano del príncipe de Orange con mucha comitiva, llevándose todos los caballos. Tuvimos que aguardar a que trajesen otros, sentados al lado de la estufa, dando cabezadas, hasta la noche, en que volvimos a ponernos en camino.
Llegamos a Utrecht, ciudad hermosa, con calles magníficas, de mucho comercio y hermosos canales. El cochero nos dijo con sorna que en Utrecht se recordaba mucho a Carlos V y a los españoles; pero parece que se les recordaba como a una enfermedad mortal.
Paramos poco en Utrecht; tomamos una diligencia con cuatro caballos y salimos en dirección a Leyden, con tiempo claro y muy frío.
Los caminos en Holanda están muy bien cuidados; pero son estrechos hasta tal punto, que en algunos parajes, si se encuentran dos coches, el uno o el otro tiene que pararse.
Los árboles de la carretera, muy bien cuidados, forman alamedas, y por entre su ramaje se ven canales de agua inmóvil.
Cuando pasamos nosotros, los canales estaban helados, y en la proximidad de los pueblos los chicos patinaban y se deslizaban en trineos.
Continuamente, a un lado y a otro de la carretera, aparecían granjas, huertas, jardines, bosques, casas de madera, todo limpio y arreglado.
Los holandeses son gentes que lavan con frecuencia las fachadas de sus casas y se cuidan de los más pequeños detalles; así que su país da una impresión de orden y de limpieza muy agradable.
Llegamos a Leyden, ciudad rodeada de agua por todas partes, con el río, un canal alrededor como el foso de una ciudad amurallada, y otros varios canales por las calles.
El pueblo estaba amotinado contra los franceses, que ya se habían marchado de allí; manera de amotinarse muy cómoda. Al parecer, los soldados de Napoleón, mientras ocuparon Leyden, no habían dejado hueso sano a los hombres, ni doncella íntegra en unas leguas a la redonda.
Los habitantes de Leyden se habían vengado de los invasores, cogiendo a los dependientes encargados del cobro de derechos que percibía el Gobierno francés, metiéndolos en toneles y echándolos al agua.
V
UNA INGLESA ANTIESPAÑOLA
Llegamos a La Haya y fuimos a la posada del Aguila de Oro. En la mesa se sentó junto a nosotros un comerciante inglés con su hija, muchacha muy bonita.
La inglesa, al saber que éramos españoles, expresó cándidamente su sorpresa.
--¿Por qué le choca a usted?--le preguntamos nosotros.
--Porque yo he oído decir que los españoles son tan crueles y tan feroces, que no creía tuvieran el aspecto de las demás personas.
Aquello me indignó.
Aviraneta, tomándolo a broma, dijo a la inglesa: