Los Caminos del Mundo

Part 5

Chapter 54,092 wordsPublic domain

--¿Y nos van a tener parados constantemente estos animales? ¡Qué brutos! ¿Por qué no habrá una peste que acabe con todos los reyes, emperadores, papas, mariscales, aristócratas, militares y demás canalla?

No quise replicar nada. Creer que se puede vivir sin reyes, sin nobles y sin militares me parece lo mismo que pensar que se puede suprimir el sol y las estrellas.

No comprendo cómo Eugenio, que es de una familia decente, defiende estas extravagancias, que no se explican mas que en los delirios monstruosos de hombres como los de la Revolución Francesa.

Fuimos a comer a la posada, y por la tarde me presenté yo a lord Aberdeen, que era un inglés guapo, todavía joven, de unos treinta años, muy estirado, quien me dirigió al enviado de España cerca del rey de Prusia, don José León García de Pizarro. Este caballero me recibió de una manera bastante incorrecta, diciéndome incontinenti que no me podía dar socorro alguno, a lo cual contesté yo con altivez que no le pedía socorro, sino que firmase mi pasaporte.

Al volver a la posada me encontré a Aviraneta hablando con un oficial español, don Rafael del Riego, que también se había escapado de Chalon-sur-Saone.

Riego y yo no comulgábamos en las mismas ideas y nos saludamos poco efusivamente. Era Riego entonces un joven moreno, bajito, de cara larga y chupada y cabeza grande para su estatura. Tenía ojos expresivos y lánguidos, la voz chillona, de un timbre muy agudo, y el pelo negro y abundante. Estaba en Francia desde que fué hecho prisionero en la batalla de Espinosa; había aprendido muy bien el francés, y era de los afiliados a lo masonería.

IX

LAS CORNETAS EN LA SELVA NEGRA

La hora señalada para la salida de la diligencia de Basilea, que debía ser las siete de la mañana, se retrasó con motivo de estar todos los caballos embargados para conducir el tren del ejército aliado hasta las seis de la tarde. Todo este tiempo estuvimos esperando a que llegaran algunos caballos a la posta.

Nos pusimos en camino ya obscuro, con un tiempo malísimo.

Afortunadamente, éramos los primeros, y Corina, Aviraneta, Riego y yo tomamos los mejores sitios.

Viajamos toda la noche, sin adelantar gran cosa.

En cada parte teníamos que detenernos cuatro o cinco horas para aguardar la llegada de caballos; luego era menester esperar a que comiesen y descansasen y a que los postillones, con su acostumbrada calma, acabasen de fumar la pipa y beber el aguardiente, que, eso sí, bebían con rapidez y como si fuera agua.

--¿Pero cuándo salimos?--les preguntaba yo, impaciente.

Ellos contestaban: _¡gleij!, ¡gleij!_, que parece que quiere decir: ahora, al momento; pero el momento no llegaba nunca. Lo mismo daba que fuera Fritz, Frantz o Peter. Todos eran igualmente pesados, calmosos, de una flema desesperante. Cuanta más prisa manifestaban los viajeros, menos prisa se daban ellos, y con este motivo conseguían quemarnos la sangre. A todo decían: Ya... ya...

Luego, como los caballos estaban aspeados y cansados y había nieve, barro y grandes charcos, marchábamos a paso de tortuga.

Los caminos se iban poniendo peor que los días anteriores; en vez de nevar, llovía, y la nieve se convertía en cieno.

Antes de llegar a Friburgo de Baden atravesamos un bosque muy extenso. Se llama este bosque la Selva Negra; en alemán: _Schwarz-Wald_.

Uno de los viajeros contó que, al principio de la Revolución, habían matado allá a unos enviados franceses encargados de una misión por el Gobierno jacobino.

Con este motivo se habló de los ejércitos improvisados por la Revolución Francesa, y volvimos al eterno tema de nuestras discusiones sobre si era mejor la tradición o el progreso. Corina y yo defendíamos la tradición: Corina, como una idea a la moda; yo, no, por convencimiento.

--Para mí, lo más simpático en la vida es la improvisación, maniobrando en lo imprevisto--decía Aviraneta--. Prefiero un general improvisado a un general viejo; prefiero un político nuevo a uno viejo.

--Pero si no hubiera tradición en la sociedad faltaría lo más hermoso de la vida--replicaba Corina.

--Para mí, la tradición es un principio sin valor.

Riego abundaba en las mismas ideas. Los dos eran por el estilo. Sobre todo a Aviraneta le comenzaba a conocer bien.

Sus planes no eran madurados. Entreveía algo y se lanzaba en su busca, y luego lo desarrollaba según las circunstancias.

Aunque se jactaba de tener proyectos estudiados, en el fondo no los tenía, y los iba modificando a medida que los realizaba. A Riego le pasaba lo mismo.

A mí me dijeron que no podría ser nunca mas que un oficial que cumpliese. Y yo repliqué:

--En cambio, vosotros podréis ser buenos coroneles, jefes de partida; pero vuestras condiciones no valen para ser generales.

Con esta discusión llegamos a Friburgo de Baden y comimos en el hotel de la Tête d'Or, hotel de estilo francés, con un hermoso jardín.

Partimos de Friburgo, y poco después subimos una cuesta muy alta, desde donde se descubría, entre la niebla, una extensión de país inmensa, y se dominaba toda la ciudad.

Al escalar la cuesta tuvimos una verdadera función musical. Nuestro postillón, como todos los de Alemania, llevaba una corneta de posta, que tocaba de tiempo en tiempo para avisar a los carros y caballos que interrumpían el paso. Estas cornetas de posta tienen las notas afinadas con la octava baja del clarín ordinario, y su sonido es muy agradable.

Ibamos envueltos en la niebla cuando se reunieron, una detrás de otra, cuatro diligencias en fila, y los cuatro postillones comenzaron a tocar sus cornetas de una manera tan armónica, que causaba asombro. La idea de atravesar un bosque, llamado la Selva Negra, entre la bruma, oyendo aquellos aires de trompa, me producía la impresión de que íbamos a una cacería fantástica en un mundo de sueño.

Sin duda, los alemanes tienen un gran instinto musical, porque si se hubiera tratado de franceses no hubieran podido hacer los acordes tan admirablemente.

Corina y yo únicamente podíamos comprender el sentido de armonía que se necesitaba para aquello. Riego y Aviraneta se manifestaban insensibles a la música. Eran hombres de acción, a quienes únicamente gustaba el movimiento, el peligro. Se veía que para ellos no había más vida que la vida exterior: vencer las dificultades del momento y cambiar por el esfuerzo las circunstancias adversas en favorables.

Ninguno de los dos podía recrearse en la contemplación del mundo interior: para ellos, la poesía, la música, la belleza del cielo y de la naturaleza no significaban nada.

Sobre todo para Aviraneta; la única vida estribaba en hallarse metido en un infierno de dificultades, en un torbellino ciego, al cual pretendía dominar.

Esta tensión de la voluntad era en él lo principal; las ideas, en el fondo, creo que le preocupaban menos de lo que él se figuraba. Tenía la furia de hacer por hacer, y, como consecuencia lógica, la música le decía poco.

X

LAS POSADAS DEL CAMINO

Seguimos viajando toda la tarde y toda la noche, haciendo en cada posta nuestros acostumbrados altos, amén de los que hacían por su gusto los conductores de la diligencia. Estos eran indispensables. En un pueblo, un encargo; en el otro, un trago; aquí, un momento de charla con los amigos; allí, un instante para encender la pipa. Los postillones y cocheros se divertían. Nosotros, en cambio, nos aburríamos. Lo peor era que de noche no podíamos dormir. En casi todas las postas donde se renovaban caballos teníamos que aguardar algunas veces tres y cuatro horas; pero como siempre creíamos que de un instante a otro nos iban a comunicar el momento de partir, estábamos inquietos. Si nos sentábamos en la estación de diligencias al lado de la estufa, con la idea de no perder el coche, no podíamos conciliar el sueño, y si daba uno unas cabezadas, más le servían para dejarle a uno lánguido que para alivio. Unicamente Corina dormía tranquilamente, apoyada sobre el hombro de cualquiera de nosotros.

Varias veces me quejé a los conductores de las diligencias, diciéndoles que no nos indicaban el tiempo preciso que íbamos a esperar; pero me contestaban encogiéndose de hombros, dando a entender que ellos no tenían la culpa.

Yo, durante mucho tiempo, no pude descansar. La falta de sueño me tenía intranquilo y nervioso.

Las pequeñas posadas y casas de posta donde hacía alto las más veces la diligencia eran curiosas para el que no las hubiera visto, pero muy incómodas. En general, toda la gente de la casa, de miedo al frío, se reunía en la cocina o en el cuarto próximo a ella, en el cual había siempre una estufa grande encendida en medio.

El cuarto solía estar con las puertas y ventanas cerradas herméticamente.

Las estufas, por lo regular, eran de hierro y la mayor parte del tiempo estaban rojas.

Alrededor de la estufa se congregaban familia y huéspedes, y éstos, sentados o tendidos.

A la gente de la casa se la veía echada sobre un mal jergón o sobre un banco tan estrecho que no podían estar sino de lado.

Allí dormían y roncaban como si estuvieran en la mejor cama del mundo, todos revueltos, padres, hijos y yernos.

Las camas que se encontraban en algunas de estas posadas para los pasajeros eran unos cajones colocados el uno sobre el otro, a estilo de cómoda; de manera que al que le tocaba el último de arriba tenía que subir por una escalerilla para ir a buscar su cama, y los de abajo estaban con el recelo de que el cajón de encima se desfondara y viniera a caer sobre ellos en medio de la noche.

Cuando después de haber pasado algún tiempo al aire libre se entraba de pronto en estos cuartos, achicharrados por el calor de la estufa, parecía que se metía uno en un horno, pues además del terrible calor había una nube espesa del humo de las pipas de postillones y cocheros. Este calor y tufo que reinaba en habitaciones tan cerradas era muy desagradable e incómodo para el que no estaba acostumbrado.

A pesar del fuego de la estufa el suelo se veía siempre húmedo y era difícil tener los pies secos. Los que iban viniendo de fuera traían un poco de nieve pegada a los zapatos, que al derretirse iba produciendo la continua humedad del piso.

Como el cambio brusco del calor al frío se consideraba bastante peligroso, los cocheros y postillones llevaban siempre la pipa encendida y entraban y salían envueltos en nubes de humo.

Estas posadas pobres se encuentran únicamente en el camino, porque en las ciudades las hay muy buenas y muy aseadas, aunque me parecieron siempre mejores las de Francia.

Dejamos los alrededores de Friburgo; dejamos la Selva Negra; pasamos varias pequeñas aldeas, y llegamos a Offemburgo.

Tuvimos aquí el honor de que el gran duque de Wutzburg viniese a parar a la misma posada en que nosotros estábamos, que era la Casa de la Posta. El gran duque era hermano del emperador de Austria y se le parecía mucho.

No sé si Corina le conocía de antemano, pero ella fué la que nos presentó a su alteza.

El gran duque se quedó una noche y luego continuó camino para Basilea con su escolta y su acompañamiento. La llegada de este gran señor fué causa de que nosotros nos quedásemos más tiempo en Offemburgo que el que pensábamos, porque se llevó todos los caballos que había en la posta y fué preciso aguardar a que los que él había dejado descansasen.

Ganisch me contó que Eugenio y Riego eran rivales ante madama de Hauterive; que los dos se consideraban los preferidos; pero que el gran duque de Wutzburg les había ganado la partida llevándose la dama.

Advertí al criado que no me contara más torpezas, y él se encogió de hombros groseramente.

XI

CORINA DESCUBRE ESPAÑA Y ARTEAGA A BEETHOVEN

Al llegar a Radstadt madama de Hauterive, nuestra Corina, nos invitó a comer en casa de su madre con otras varias personas.

Fuimos todos, incluso el criado o familiar de Aviraneta, llamado Ganisch, a quien Eugenio aleccionó para que no hablara.

Comimos espléndidamente y recordamos las peripecias del camino.

Corina dijo a su madre, riendo, que nunca se había divertido tanto como en aquel viaje.

Después quiso descubrirnos España y decirnos cómo éramos los españoles.

--Ustedes, en el fondo, son gentes que tienen poca vida interior--nos dijo--, con cualidades, con virtudes, sobre todo con mucha fuerza orgánica, con mucha elasticidad, pero con muy poca conciencia. Se ve que a ustedes les entusiasma lo difícil. Un pueblo compuesto por tipos así no puede ser un pueblo; será, más que nada, una agrupación de individuos, de individuos grandes, duros, de hombres a lo Hernán Cortés o Pizarro; pero no un pueblo. Yo prefiero con mucho mi país, Alemania, en donde la clase pobre es sensual, obediente y humilde. Claro que un alemán no sabrá desenvolverse a solas tan bien como ustedes, pero sabrá obedecer. En toda nación es necesaria una aristocracia inteligente que dirija y una masa que siga, y por lo que ustedes dicen, en España no tienen ni pueblo, ni aristocracia.

Aviraneta y Riego se pusieron a rebatir los conceptos de esta señora; yo no quise decir nada; en el fondo, me parecía ridículo el que una mujer pretendiese conocer un país por cuatro o cinco personas naturales de ese país que había tratado.

Después Corina comenzó a atacarnos en nuestra religión. Según ella, los católicos, sobre todo los católicos españoles, no éramos cristianos mas que de nombre; no teníamos conciencia.

Yo le advertí que no debía juzgarnos tan a la ligera; pero ella aseguró que ya nos conocía hasta lo hondo, y concluyó diciendo que nosotros, los españoles, éramos hijos de Roma, y que ellos, los alemanes, pretendían y deseaban ser hijos de Atenas.

Yo, por mi parte, no tenía para qué oponerme a esta filiación.

Después de comer llegaron otras personas y estuvimos charlando.

La madre de Corina, al oír que yo hablaba de literatura, me preguntó si conocía las obras de Goethe; le dije que no, porque no sabía el alemán, pero que había tenido el gusto de leer Werther, traducido al francés. A pesar de encontrar su obra soberbia, yo consideraba tan grande y tan hermosa el _René_, del vizconde de Chateaubriand, y casi también la _Nueva Eloísa_. La mayoría de los presentes protestaron, asegurando que la obra de Goethe era superior a la de Chateaubriand, y un señor inglés dió la nota cómica. Para este señor, Werther era un ente tan ridículo y tan fatuo como _René_; respecto a la _Nueva Eloísa_, le parecía el libro más declamador y más necio que se había escrito.

Después de hablar de literatura, este inglés se puso a comentar la política del tiempo, y dijo que era una prueba de bestialidad la guerra y el matarse así.

La mayoría de los presentes asintió a las afirmaciones del inglés; pero un joven profesor repuso que era indispensable para el desarrollo de la gran nación alemana, victoriosa en Leipzig, la primera en las ciencias y en las artes, expulsar de su territorio a conquistadores tan bárbaros y tan superficiales como los franceses.

La Alemania del sueño, de la poesía, de la metafísica, no podía estar bajo las botas de los soldados de Napoleón, meridionales advenedizos, mozos de posada y de cuadra, groseros sorbedores de aceite, llenos de galones y de plumas.

Me pareció absurdo que los alemanes se consideraran más civilizados que los franceses, y como si el joven profesor notara en mi aspecto la duda, citó a Lessing, a Kant, a Herder, a Schelling, a Fichte, a Hegel y a una porción de nombres más que, ciertamente, yo no conocía.

Un estudiante dijo que se estaba desarrollando entre los alemanes un entusiasmo patriótico extraño por lo inesperado. Todo el mundo hablaba de que era preciso renunciar a lo extranjero, y principalmente a lo francés, cambiando de ideas, de costumbres, de política y hasta de trajes.

Había patriotas que recomendaban una indumentaria gótica para andar por las calles, cosa que a él le parecía completamente grotesca.

El joven profesor replicó que el punto de vista del estudiante era mezquino y francés; que Alemania necesitaba aislarse, reconcentrarse, para ser la directora del mundo científico, y que aquella tendencia patriótica era admirable.

Riego preguntó al profesor qué idea tenía de los españoles, y el profesor dijo:

--Yo tengo la costumbre de no tener ideas de las cosas que no conozco.

--Está muy bien esa probidad--replicó Corina--; pero si no se tuviera opinión mas que de las cosas que se conocen muy bien, no se podrían tener mas que un número muy corto de opiniones.

--No se perdería con esto gran cosa--replicó él.

Luego dijo que en un libro de un célebre filósofo--creo que se refirió a Kant--se asegura que los turcos son gentes que lo ven todo por su lado negativo. Así, un turco que quisiera definir los países europeos, llamaría a Francia el país de la moda; a Inglaterra, el país del _spleen_; a España, la tierra de los antepasados...

Esta era la única opinión del joven profesor; suponía que España era país de recuerdos, de ideas antepasadas y de hombres antepasados; país que había quedado separado de la cultura general de Europa, como las aguas de una marisma quedan separadas de las aguas del mar.

Riego y Aviraneta afirmaron que no había tal; que existía el contacto entre España y el resto de Europa; que así se había podido dar en España, antes que en otra nación europea, unas Cortes como las de Cádiz, que continuaban las tradiciones de la Revolución Francesa.

A esto contestó el alemán diciendo que la Revolución Francesa no era mas que un conjunto de ideas inglesas y alemanas, vestidas a la moda clásica y desarrolladas en un ambiente de locura sanguinaria.

Aviraneta hubiera replicado con violencia, de no salir Corina al paso, invitándonos a ir al salón.

Allí, una señorita cantó un trozo del _Don Juan_, de Mozart. Me pareció una cosa maravillosa. Tanto me gustó, que a un joven que iba a sentarse a una clave moderna hecha en Alemania, que llaman piano forte, le dije que casi le agradecería no tocara nada, porque con el recuerdo de la canción de Mozart era feliz.

--No, no; oiga usted--dijeron todos--: va a tocar a Beethoven. Es el genio musical más grande de Europa.

Efectivamente; tocó dos sinfonías: una, llamada _Pastoral_, y la otra, _Heroica_.

El joven profesor, al ver que yo estaba entusiasmado con estas sinfonías, me dió una serie de explicaciones estéticas y filosóficas acerca del arte de Beethoven, tan claras, que yo no comprendí palabra; me habló de la cosa en sí, de lo nouménico, de lo fenomenal.

Yo le di las gracias por sus comentarios.

No tengo palabras para expresar mis impresiones. Sólo sé que aquella noche fué para mí inolvidable y que me sentí feliz y desgraciado al mismo tiempo.

Antes de cenar, nos despedimos del ama de la casa. Aviraneta y Riego discutieron en la calle acerca de la superioridad de Alemania, que afirmaban como artículo de fe los amigos de Corina. Yo iba preocupado con aquellas frases musicales extraordinarias que acababa de oír.

--¿Os habéis fijado en las sinfonías que ha tocado ese joven?--le pregunté a Eugenio.

--¡Sí, hombre, si!--contestó él--. ¡Qué cosa más pesada! Nunca me he aburrido tanto.

XII

INTENTO DE DUELO

Al día siguiente llegamos a Carlsruhe, ciudad muy amplia, hermosa, que forma un semicírculo, con calles que irradian del centro como las varillas de un abanico. Parece que la construcción de esta ciudad se debe al capricho de un margrave.

Vimos la magnífica plaza central que hay delante del palacio del gran duque de Baden, donde dicen que pueden evolucionar con facilidad hasta ochenta mil soldados.

El interior del palacio se asegura que es admirable; pero nosotros no tuvimos el gusto de ver mas que los jardines.

Después del paseo matinal fuimos a comer a una posada llamada Rothes Haus, la Casa Roja.

El amo y el ama se sentaron a la mesa con los huéspedes y nos trajeron una comida bastante mala, en la que figuró la _choucroute_, cosa que me pareció horrible.

Aviraneta y Riego trabaron conversación con un mayor holandés, el mayor Witkamp, y éste se puso a decir pestes de los católicos, y sobre todo de los españoles. Eramos el país de Felipe II y del duque de Alba, de los inquisidores y de los matadores de judíos.

Además de lo irritantes que eran para mí sus afirmaciones, concluyó de molestarme el vecino de la mesa, un alemán grueso y rojo, que al oír lo que decía el mayor holandés de los católicos se reía, se sonaba y estornudaba encima del plato.

Ya asqueado y molesto, y viendo que el alemán sabía francés, le dije:

--_Monsieur, vous etes un degoutant personnage._

El alemán se me quedó mirando asombrado, y yo repetí la frase, recalcándola:

--_Je dis que vous etes un degoutant personnage._

El alemán, al oírme, se levantó, cogió un plato y me dió con él en la cabeza; yo le tiré una botella; me agarró él del brazo; yo, de la solapa; tiramos la vajilla y los cubiertos al suelo y armamos el gran estrépito.

Se mezclaron los de la mesa; el alemán se explicó en su lengua y yo conté lo ocurrido en francés. El alemán, al parecer, dijo que él no se reía de mí, y que si se sonaba con frecuencia era porque estaba acatarrado.

Había entre los comensales un francés tuerto, con un agujero de una bala en la mejilla, que parecía llegarle al cogote, y un brazo de menos.

Este francés, sin que se le encomendara misión alguna, afirmó que el alemán y yo habíamos concertado un duelo y que estaban nombrados los padrinos. El duelo se verificaría en el jardín del hotel.

Salimos al jardín el alemán y yo; Riego y Aviraneta me siguieron. El francés no se sabe de dónde sacó dos sables, y me entregó uno a mí y otro al alemán. Luego intentó ponernos frente a frente.

El alemán, que no se había enterado hasta entonces de qué se trataba, y que creía quizá que íbamos a darnos de puñetazos en el jardín, al ver lo que le proponían cogió el sable, lo tiró al suelo, lo pisoteó con furia, nos insultó a todos en su lengua y se marchó.

XIII

ALEGRÍA Y HAMBRE

Después de aquella ridícula escena se hicieron bastante amigos nuestros el francés tuerto del agujero en la mejilla, llamado Braquemond, y el mayor Witkamp.

Los dos iban, como nosotros, hacia Holanda, y como llevaban el mismo camino, decidimos seguirlo juntos.

El mayor Witkamp tenía la costumbre de viajar provisto de botellas de licor del más fuerte que encontraba, y lo prodigaba sin tasa.

Bajo la influencia de los licores del mayor pasamos Heidelberg, cuyo castillo vimos cubierto de nieve; comimos abundantemente, nos metimos en la diligencia, y seguimos adelante cantando, vociferando y riendo, dentro de aquel estrecho espacio, hasta que nos quedamos todos dormidos.

No sé el tiempo que pasamos así; supongo que fué un día entero; lo que recuerdo es que desperté por la noche bostezando de hambre.

La excitación de los licores del mayor Witkamp había pasado, y todo el mundo se sentía hambriento.

Por la noche hicimos alto para comer un bocado en un pueblo muy miserable.

Llegamos a una posada, llamamos, y tardaron mucho en abrirnos la puerta.

Eran las doce de la noche. Al pasar adentro encontramos dos cosacos que estaban acostados en el suelo al lado de la estufa, durmiendo tan profundamente, que ni nuestras voces ni el ruido que hicimos pudo despertarlos; parecían capuchinos por sus barbas, que les caían hasta la cintura, y tenían una cara espantosa.

Lo único que encontramos de comer en aquella posada fué un poco de cecina muy dura, que aderezamos con aceite y vinagre, y pan de centeno sumamente negro.

Mientras tomábamos esta cena, con un apetito desordenado, nos contaba el tabernero, que era un joven de unos veinte años, con una cara triste e indiferente, que en aquel pueblo había pocos vecinos, porque la mayor parte habían muerto de una epidemia reinante.

--¿Hay epidemia aquí?--le preguntamos.

--Sí, desde que pasó el ejército francés en retirada--contestó él--. Como dejó muchos enfermos en todos los pueblos de su tránsito se ha corrido el mal.

--¿Y en esta casa ha muerto alguno?--le dijo Aviraneta.

--Nada más que mi padre--contestó él--. Ahí, en ese banco donde ustedes están, murió--dijo, señalando al nuestro.

--¿Sería ya viejo?