Los Caminos del Mundo

Part 4

Chapter 44,096 wordsPublic domain

Aviraneta celebró la decisión de Corina, y quedamos de acuerdo en ponernos en camino los tres juntos al día siguiente.

Corina tenía un carricoche, pero no caballos, porque se los había decomisado un intendente austriaco.

Decidimos enganchar los nuestros y partir en el coche suyo.

IV

LONS-LE-SAUNIER

Al día siguiente nos pusimos en camino. Yo había sabido que el general en jefe de la columna austriaca, conde de Bubna, estaba en un pueblecito próximo llamado Poligny.

Prefería presentarme al conde que no al simple comandante que había en Lons-le-Saunier.

Aviraneta dijo que le parecía una tontería esta formalidad. A pesar de su opinión, Corina y yo convinimos en ello, y al salir del Chateau la Foret comenzamos a subir una cuesta muy empinada que va de Chateau-Chalon a Poligny.

De pronto vimos venir hacia nosotros una partida de caballería. Cuando estuvo cerca, el que iba a la cabeza de ella nos preguntó en francés, con una voz chillona, si aquél era el camino de Lons-le-Saunier.

Le contestamos que sí, y después le dije yo si sabía si el conde de Bubna estaba aún en Poligny.

--Ya no está--replicó él--. ¿Para qué lo necesita usted?

--Es que yo soy un oficial español fugado del depósito de Chalon.

--Pues yo soy el conde de Bubna--contestó él--. Voy a Lons. Esta noche preséntese usted en mi casa.

Saludé, y seguimos la comitiva del general hasta Lons-le-Saunier. Llegamos a esta ciudad. Dejamos al carricoche en un cobertizo y fuimos nosotros a una posada.

Por la noche me presenté al conde de Bubna, quien me recibió en un salón muy elegante, vestido de tal manera y con tantos bordados que parecía una odalisca.

Me hizo mil preguntas sobre mi fuga; el número de españoles que había en el depósito de Chalon; si quedaban tropas francesas, y si preparaban alguna defensa contra los aliados.

Contesté a sus preguntas diciendo lo que sabía.

Después ordenó tomasen nota de nuestros nombres y nos diesen los papeles necesarios para seguir nuestro camino a Suiza, donde encontraríamos el cuartel general de los Emperadores.

Los documentos no nos los dieron en seguida.

Volví a la posada. A Eugenio se le había desarrollado un odio furioso por los austriacos, y cuando oía hablar de Emperadores, Altezas y Excelencias fruncía el ceño.

Corina se reía de las ocurrencias de Aviraneta.

Lons-le-Saunier estaba en aquel momento ocupado por los austriacos.

Las tropas no habían cometido grandes excesos, porque los habitantes, intimidados, no se atrevían a oponerse a nada. Metida en los rincones, la gente estaba sin salir a la calle.

Los soldados se habían alojado en las posadas y casas particulares, donde comían y bebían a discreción, sin que nadie intentase cobrarles lo más mínimo. Si necesitaban algo abrían las tiendas y cogían lo que les parecía.

Por la noche volví a casa del general a buscar nuestros pasaportes, y hubo que esperar al día siguiente para que nos los dieran.

Aquella noche la pasamos sin acostarnos en la posada, llena de tropa. Como la mayor parte de los soldados estaban borrachos, hacían tal ruido que no nos dejaron dormir.

Madama de Hauterive se vió muchas veces asaltada por soldados que la estrujaron y manosearon violentamente. Yo quise poner coto a tales brutalidades; pero viendo que ella se reía de estos excesos, no quise ser más papista que el Papa.

Al día siguiente, por la mañana, recogí nuestros papeles en casa del conde de Bubna.

Más tarde, al ir al cobertizo donde habíamos dejado el carricoche y los caballos, supimos que estaban embargados por el ejército invasor y que no había comunicación alguna, ni correo, ni diligencia.

Después de muchas indagaciones fuimos a ver a un oficial de Administración militar, y por trescientos francos rescatamos el carricoche y los caballos. Dimos nuestras más expresivas gracias al honrado oficial, y montamos en seguida en el carricoche.

Era al anochecer. Al sentarnos en los asientos nos dimos cuenta de que nos habían robado los almohadones.

Sin pensar en recobrarlos echamos a andar. Cruzamos las calles, ya a obscuras. Llovía. En todo el pueblo había una gran confusión por la continua entrada y salida de tropas. En las calles no se veían mas que soldados borrachos.

En un casa, dos muchachitas, medio desnudas, lloraban, mientras que una mujer desmelenada gritaba furiosa delante de un oficial austriaco.

Fácil era comprender lo ocurrido.

Nos alejamos rápidamente de Lons; cesó de llover y comenzó a nevar; después paró la nieve y salió la luna.

Su luz nos iluminaba perfectamente el camino en el campo nevado.

Al pasar por una pequeña alquería bajó Aviraneta y compró un montón de heno seco, que nos sirvió para sentarnos encima y al mismo tiempo para cubrirnos los pies.

Seguimos nuestra marcha de noche, despacio, pero sin parar.

Empezamos luego a subir cuestas y más cuestas y a ascender por caminos en espiral, y cuanto más subíamos parecía que los puntos adonde debíamos llegar se alejaban también cada vez más.

La nieve se iba espesando a medida que ascendíamos.

Esto, unido al mal camino, hacía que fuéramos muy despacio.

Aviraneta sacó del bolsillo del gabán una botella de _kirsch_; bebimos los tres, y al poco rato Corina comenzó a cantar alegremente.

Después de haber recorrido unas seis horas llegamos a Sanyot, pueblo muy pequeño y muy pobre, sobre el Jura, a cinco leguas de Lons. Aquí nos detuvimos para dejar descansar a los caballos y almorzar.

El frío nos había dado un gran apetito.

Comimos; Aviraneta renovó la botella de licor y nos pusimos de nuevo en marcha.

Había ya tanta nieve y las pendientes eran tan rápidas, que los caballos patinaban y no podían avanzar. Al anochecer llegamos a Saint-Laurent, y apareció Ganisch, el asistente Aviraneta, vestido con pantalón corto, chaleco de Bayona y sombrero de copa.

A Corina le hizo mucha gracia el tipo y nos preguntó varias veces:

--¿De dónde han sacado ustedes este hombre?

--Es un español amigo mío--contestó Aviraneta, riéndose también.

Ganisch nos llevó a su posada. Pregunté al patrón si los aliados, al cruzar por allí, habían hecho mucho daño.

--¿Daño?--contestó--. Nos han comido y bebido lo que había, y algunos soldados sueltos han detenido a los pasajeros que han encontrado en el camino cerca del pueblo y les han quitado el dinero y el reloj. A las mujeres las han violado.

El patrón añadió que debíamos avanzar con mucho cuidado y no ir por la carretera, aunque por otra parte tendríamos mucha dificultad para atravesar las montañas en coche, porque todos los caminos estaban cerrados con la nieve.

El hombre no era nada tranquilizador, y sus consejos no servían mas que para dejarle a uno inquieto.

V

EL TRINEO

Al día siguiente Ganisch, dando grandes voces, nos despertó bruscamente.

Era todavía de noche, pero se veía tanto como de día.

La luna brillaba hermosa en el cielo claro.

--Señal del frío que hace--dijo Aviraneta--y del que nos espera por esos montes.

A la puerta de la posada Ganisch tenía preparado el trineo.

Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros abrigos; salimos de Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha hasta que la mañana vino a mostrarnos un paisaje magnífico.

A pesar de los malos encuentros que nos pronosticaron no vimos a nuestro paso mas que unos cuantos soldados franceses alrededor de una hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas, excepto uno que llevaba un fusil.

Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con los bigotes largos y amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la compañía. Aviraneta le dió unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas galanterías para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien llamó generoso burgués. Nos alejamos de allí y seguimos adelante.

Desaparecieron las nieblas del amanecer, y el cielo quedó azul, sin una nube. El sol convertía la nieve en un conjunto de perlas resplandecientes.

Los grandes pinos, agobiados con su peso, dejaban ver por debajo sus ramas verdes de follaje.

En una extensión de blancura tan luminosa, con un cielo tan claro, todos los objetos parecían negros.

Apenas se podía percibir si hacía viento o no; pero el frío era tan sutil que se metía hasta los huesos.

Charlando alegremente, cantando a veces, siempre en acecho por si encontrábamos algunos _kaiserlicks_ o gendarmes que vinieran a registrar nuestros bolsillos, llegamos a Morez, pueblo que aparecía negruzco en una hondonada cubierta de nieve.

Ganisch dijo que sería útil tomar un caballo más para subir la cuesta de un monte que llaman Les Rousses, cuesta bastante empinada y de más de una legua de larga.

En una granja todavía lejana de Morez alquilamos el otro caballo y lo enganchamos.

Mientrastanto salté yo del trineo para calentarme los pies, que los tenía helados, y fuí andando, sin darme cuenta, unos doscientos pasos, hasta acercarme al pueblo.

Al llegar delante de una casa me detuvo un hombre, preguntándome quién era y adonde iba. Yo le respondí que iba a Ginebra; me dijo que estaba de guardia, y me pidió el pasaporte, añadiendo que tenía orden de detener a todo viajero hasta que el alcalde examinase sus documentos.

--Bueno, pues avisaré a mis amigos--dije, y me acerqué al trineo con el guardia.

--¿Qué hay?--preguntó Aviraneta al verme llegar acompañado.

Expliqué lo que pasaba. Aviraneta torció gesto y de pronto preguntó:

--¿Está lejos la casa del alcalde?

--No, aquí cerca--contestó el guardia.

--Podemos ir en el trineo--le dijo Aviraneta--. Le haremos a usted sitio.

Efectivamente, se le hizo sitio al guardia.

Aviraneta tomó las riendas; los caballos comenzaron a marchar; luego, a trotar sobre la nieve helada, y a galopar, por último.

--¡Pare usted! ¡Pare usted!--gritó el hombre--. Ya hemos llegado, ya hemos pasado.

Aviraneta siguió sin hacer caso, fustigando a los caballos durante un cuarto de hora.

El guardia estaba furioso. Corina reía a carcajadas. Al fin se detuvo el trineo.

--Mi querido amigo--dijo Aviraneta al amoscado guardia--: nosotros no teníamos ningún gran interés en presentarnos a las autoridades de su pueblo. No crea usted que es una prueba de desdén, no. Es sencillamente prudencia por nuestra parte. Para usted, claro es, este paseo es un poco desagradable, pero le daremos unas monedas para que a la vuelta se caliente el estómago.

El guardia no sabía qué hacer. Aviraneta metió mano al bolsillo y sacó una monedita de oro.

--Puede usted elegir--dijo Aviraneta--entre marcharse incomodado y sin nada, o marcharse con dinero y contento. Ahora, si intenta usted detenernos, le daremos un golpe y le tiraremos en la nieve.

El guardia, medio enfurruñado y medio risueño, tomó el dinero y se fué.

Seguimos el camino; el viento fuerte producía una ventisca que nos azotaba la cara como si fuera polvo.

En la parte alta de la cuesta los caballos, a veces, metían los brazos en la nieve hasta el pecho. El camino estaba señalado por unos palos muy altos, puestos a intento, de distancia en distancia, para que se pudiera conocer su dirección aun cubierto por una gran nevada.

A las once llegamos a las Rousses; dejamos descansar a los animales, comimos, seguimos adelante y pasamos el cuello de Saint-Cergues. Estábamos ya en Suiza.

Pronto comenzamos a bajar la otra vertiente alpina, hacia el lago Leman.

A las cinco llegábamos a Nyón e íbamos a la fonda de la Cruz Blanca. Encontramos una excelente posada, buena cena, buen cuarto y un magnífico fuego.

En la fonda nos encontramos Corina y yo a un francés realista de Chalon, con el cual nos sentamos a la mesa.

La noche transcurría amablemente, cuando el realista y Aviraneta se pusieron a discutir con acritud. El realista acusaba a Aviraneta de mal español, porque deseaba el triunfo de Napoleón contra los aliados; y Aviraneta acusaba al realista de mal francés, porque aspiraba a que los extranjeros venciesen en su patria y realizaran los planes ultraconservadores de Metternich.

A punto estuvieron de desafiarse; pero terció Corina y los tranquilizó.

Cuando se fué el francés tuvimos que oír una serie de absurdos y de barbaridades de Eugenio.

--Esta gente enamorada del pasado--decía a Corina--, es gente estólida y cobarde que cree imposible dominar el porvenir. Nosotros, no; nosotros tenemos confianza...

--Pero es que usted, mi querido amigo, no comprende la poesía de la tradición; no admite usted la abnegación, el desinterés de los realistas--replicaba Corina.

--No, señora, no--gritaba Aviraneta--; no hay desinterés en ellos.--Luego, más tranquilo, decía--: Yo veo que unos luchan por el rey y otros por el pueblo. Los que luchan por el rey buscan el ascenso, el dinero; los que luchan por el pueblo, ¿qué van a encontrar?: la horca, el fusilamiento. Sin embargo, toda la gente de buen tono ha decidido que los que pelean por su interés son los desinteresados, los idealistas, y que, en cambio, los que no podemos esperar nada somos egoístas y miserables.

No quise replicar por no enzarzar de nuevo la cuestión y me retiré a mi cuarto.

VI

UNA ANÉCDOTA IMPORTANTE ACERCA DE CALVINO

Nos levantamos al otro día temprano y salimos de Nyón en el mismo trineo en que habíamos llegado.

El camino hasta Ginebra pasa a orillas del lago Leman; pero había una niebla tan espesa que apenas se veía. Este camino debe ser muy hermoso, pues está rodeado de un sinnúmero de hoteles y jardines.

Hacía un frío inaguantable, que nos obligó a pararnos dos o tres veces y a entrar en las casas a calentarnos las manos y los pies.

Al llegar a Ginebra, un oficial austriaco nos pidió los pasaportes, y al leer el mío me abrazó y me dió dos besos en la mejilla y en la boca.

Yo, avergonzado, no sabía qué hacer, ni qué decir.

--Te ha tomado por alguna chica disfrazada--me dijo irónicamente Aviraneta.

--Si me besa a mí así..., lo mato--exclamó el bruto de Ganisch.

Fuimos a la posada del Escudo de Ginebra, y al ir a recoger nuestros pasaportes, el comandante de la plaza me dió boleta para ser alojado en una casa de la Treille, que tenía un mirador a este paseo.

La casa era de un señor Cordier. Fuí a saludarle, y me lo encontré rodeado de una familia muy simpática. A pesar de esto, tenían todos un aspecto algo extraño y sombrío; aspecto que yo me expliqué cuando supe, tras de una hora de charla, que todos ellos pertenecían a la secta calvinista.

Realmente, yo no recordaba qué eran los calvinistas, ni quién era Calvino. Sin embargo, tenía alguna idea, e insistiendo en ella vine a dar en la fuente de mis conocimientos acerca de Calvino.

Todos ellos databan de una tía mía muy vieja. Esta señora me contaba que Calvino era un hereje muy malo y muy soberbio; un día le invitaron a un banquete, y un vecino de la mesa le puso en el mantel un poco de sal, otro poco de cal y una copa de vino.

Al acercarse a la mesa el soberbio hereje vió sal, cal y vino: Sal Calvino; y, furioso, se marchó.

Como ni mi tía ni yo sabíamos de qué país era Calvino, ni qué lengua hablaba, dábamos como seguro que entendió la alusión de la mesa.

En tan importante anécdota estaban condensados todos mis conocimientos acerca de Calvino.

Al ir a despedirme de la familia de Cordier se presentó un señor suizo, casado con una inglesa. Este matrimonio, que vivía en una villa del lago Leman, conocía a madama Stael y a lord Byron.

Hablaron de ellos, y luego, del vizconde de Chateaubriand y de la literatura de la época.

Pasamos la velada agradablemente en casa de los calvinistas.

¡Qué sorpresa hubiera tenido mi tía, si viviera, al saber que yo había encontrado amables y buenas personas a los discípulos de aquel hereje, a quien habían tenido que poner en la mesa sal, cal y vino para que se marchara!

Al salir del hotel de monsieur Cordier y llegar a casa, me encontré con una escena desagradable.

Eugenio y Ganisch gritaban y se insultaban ferozmente. Por lo que dijeron, habían dado varias vueltas por el pueblo; luego se embarcaron en el lago, donde estuvieron a punto de zozobrar, y acabaron por reñir.

VII

LA DILIGENCIA

A las siete de la mañana nos metimos en el coche; pasamos de nuevo por Nyón, cruzamos por Rolle, y a las cuatro de la tarde estábamos en Lausana, en la posada del León de Oro.

Lausana es una ciudad pequeña, bonita, muy bien colocada sobre un cerro que domina el lago Leman.

Subimos a la catedral para contemplar el pueblo y el lago, y después fuí a presentarme a un coronel inglés, quien debía firmar nuestros pasaportes.

En casa del coronel había, cuando yo me presenté, varias señoras de visita, entre ellas una italiana joven, preciosa, cuyo marido acababa de morir días antes de un balazo en el vientre.

Con este motivo, las mujeres abominaban de la guerra y, sobre todo, de Napoleón, que les parecía un monstruo vomitado por el infierno.

Volví a la posada, cenamos los cuatro y, concluída la cena, fuimos a la posta, donde salían las diligencias. No quedaba mas que un lugar dentro y dos fuera, en la imperial. Aviraneta y Corina decidieron ir en la imperial; Ganisch, sobre la capota, y yo, dentro.

Salimos de Lausana de noche; la diligencia llevaba cuatro caballos que corrían muy bien. Como hacía frío, se cerraron las ventanillas del coche, y todos los viajeros se acomodaron para dormir.

Por mi desgracia, yo iba colocado entre dos alemanes grandes, gruesos y muy cargados de paño, de modo que no me podía mover; al poco tiempo de estar cerradas las ventanillas hacía un calor dentro del coche tan inaguantable, que empecé a sudar como si estuviera en el mes de julio. Además, como me hallaba sujeto, emparedado entre los dos hombretones, me entraron unas ansias y vahidos que creí morirme. En este estado me resolví a suplicar a uno de aquellos colosos germánicos, que no hacía mas que roncar, me cediese su puesto, pues me encontraba muy mal. El alemán, refunfuñando, se levantó y me dejó el sitio; yo abrí la última ventanilla del coche y saqué la cabeza fuera. El aire fresco me vivificó y me volvió un poco en mí.

Uno de los viajeros dijo que valía más se dejara una ventanilla abierta, pues si no, nos íbamos a asfixiar todos.

Continuamos nuestro camino haciendo zigzags por montes y barrancos y atravesando aldeas.

A media noche, pasamos por Friburgo de Suiza, donde se baja una cuesta sumamente rápida, a cuyo fin está la ciudad.

En un pueblo, poco después de llegar a Friburgo, dejamos el coche y entramos en un trineo.

Se hizo de día, y comenzó a verse el país, cubierto de nieve, entre la bruma blanquecina de la mañana.

Ganisch se había hecho amigo del cochero, y gritaba: _¡Coronela!, ¡Generala!_, produciendo el escándalo de los alemanes. Corina se reía a carcajadas. Después se le ocurrió al vasco poner un palo sujeto entre los equipajes y una bandera blanca en la punta.

A medida que la claridad se desparramaba por la tierra, se iba viendo el campo nevado; por todas partes se advertía el paso de los soldados: casas saqueadas, incendiadas, árboles rotos, caminos desfondados por los cañones.

A las doce del día llegamos a Berna. Antes de comer fuí a presentarme al embajador austriaco Prylixnin y a entregarle una carta que llevaba del coronel inglés de Lausana. El embajador me recibió muy bien, firmó nuestros pasaportes y me enseñó sus habitaciones.

Tenía una casa admirablemente cómoda, llena de estufas, y en el piso alto, un invernadero y una enorme pajarera.

El embajador me dijo que la vida de sus pajaritos era lo que más le interesaba en el mundo. Confesaba que la muerte de uno de ellos le hacía más efecto que el que muriesen veinte o treinta mil soldados en un campo de batalla.

Yo le repliqué que esto no podía ser mas que una broma, y él contestó:

--¿Es que usted cree, mi querido señor, que se pierde algo con que mueran cuarenta o cincuenta mil individuos de canalla humana?

No le contesté nada, y me despedí de él.

Dejamos Berna, pueblo muy curioso, y avanzamos en nuestro camino. Aviraneta y Ganisch siguieron escandalizando, echando besos a las aldeanas, que se reían. De noche llegamos a un pueblo, donde nos detuvimos solamente un momento y en el que dijeron había una gran cascada sobre el Rhin. Yo me hubiera quedado a verla; pero como Aviraneta no manifestó la menor curiosidad por ello, seguimos adelante.

VIII

EL PLACER DE VER A UN REY GUAPO

Llegamos a Basilea a las siete de la mañana y no pudimos encontrar sitio donde meternos por estar las posadas llenas de gente.

Corina tenía amigos allí y fué a dormir a casa de uno de ellos.

Nosotros, después de haber corrido fondas y posadas, paramos en una, llamada La Cabeza de Oro, donde nos dieron un cuarto para nosotros tres y un alemán.

No había mas que dos camas en el cuarto, y éstas muy estrechas y pegadas una a la otra; así que tuvimos que dormir como si estuviéramos en formación.

El motivo de haber tanta gente en Basilea era el encontrarse allí el cuartel general de los emperadores de Rusia y Alemania y el del rey de Prusia, y un sinnúmero de tropas que se preparaban a entrar en Francia. Todas tenían que pasar por el puente que hay en esta ciudad sobre el Rhin.

Es imposible explicar la confusión y laberinto de Basilea en aquel momento; no se podía andar por las calles.

Se hallaba uno expuesto a ser atropellado continuamente por los innumerables coches de generales y de príncipes, que no cesaban de pasar de una parte a otra, y por los caballos de cosacos y edecanes, que iban al galope.

Al mismo tiempo se cruzaban los carros de municiones, de heridos y pertrechos de guerra, que seguían al ejército. Añadido a esto la poca anchura de las calles y que comenzaba a deshelar, se puede comprender lo molesto y peligroso que era el tránsito por el pueblo.

Nos acercamos a la catedral, que es de piedra roja, y desde una plazoleta próxima estuvimos viendo el Rhin, de aguas turbias y verdosas, que pasaba a medias helado con un estrépito de torrente.

Yo me aproximé también a la fortaleza de Auninguen, que se hallaba en este momento sitiada por los bávaros y defendida por los franceses.

Como teníamos que esperar y la fortaleza estaba cerca, fuí paseando hasta el mismo campamento de los bávaros; pero aquel día no se hacían fuego con los franceses.

Al volver a Basilea tuve el gusto de ver al emperador de Rusia, Alejandro I, que salía de una capilla ortodoxa, donde había ido a oír misa. Iba a pie, con algunos grandes de su Imperio y dos generales. Llevaba uniforme azul con muchas condecoraciones y bordados, sombrero con galón de oro y botas de montar. Era un hombre de cerca de seis pies, bien proporcionado y de hermosa presencia; tenía el semblante muy risueño, que inspiraba confianza a primera vista. A todo el mundo saludaba con el mayor agrado y afabilidad.

Confieso que sentí un gran entusiasmo por aquel soberano que venía a restaurar las venerandas tradiciones de la Monarquía. Realmente, es un espectáculo conmovedor contemplar a un rey de cerca.

También vi en su coche al emperador Francisco I de Austria, el _kaiser Franz_. No tenía el aspecto de Alejandro I de Rusia; a pesar de no contar mas que cuarenta y tres años, representaba lo menos cincuenta, y se le veía flaco y avejentado. Los austriacos no pueden estar muy orgullosos de tener un emperador de buena figura.

Al rey de Prusia no tuve el gusto de verle.

El emperador de Austria se paró a contemplar el desfile de tropas por el puente. Yo hice lo mismo; pasaron algunos cuerpos de la guardia imperial rusa, que es magnífica. Es una satisfacción para un militar ver tropas tan bien vestidas y gente tan igual de estatura y de tan buena presencia. Realmente, no se pueden comparar las tropas austriacas con las rusas y alemanas. Cierto que los bávaros tienen regimientos lúcidos; pero no los austriacos, cuya única fuerza bien presentada es la caballería.

Estaba presenciando el desfile cuando se acercaron Aviraneta y Ganisch. Cruzaron entre dos compañías, y un viejo aldeano que quiso también pasar fué empujado por un sargento y cayó al suelo.

--¡Lo han reventado a ese pobre hombre!--exclamó Aviraneta.

--¿Para qué habéis pasado?--pregunté yo--. ¿No veíais que venía la tropa?