Los Caminos del Mundo

Part 2

Chapter 24,019 wordsPublic domain

Yo había sido muy partidario de _Pablo y Virginia_, y también de la _Nueva Eloísa_, de Juan Jacobo Rousseau, aunque el furor demagógico de este tristemente célebre escritor me repugnaba siempre. Cuando leí las obras del vizconde de Chateaubriand comprendí que un nuevo sol aparecía en el horizonte de la literatura.

¡Oh, René! ¡Yo he vivido tu vida, he sentido los mismos grandes deseos, el mismo desdén por los vulgares menesteres de la existencia cotidiana, la misma desgarradora pena, la misma niebla espesa de melancolía!

¡Oh! ¡Tú no morirás! ¡Como tu hermano Werther, seguirás siendo el búcaro donde se guarden las esencias poéticas del alma moderna!

¡Y _Átala_ y _Chactas_, _Corina_ y _Pablo y Virginia_, sombras amables, que convertís la vida vulgar en algo ligero, aéreo, lleno de poesía!...

Mi entusiasmo por la lectura era en aquella época grandísimo; no me ocupaba de mis fiebres para nada; cuando estaba con el espíritu sereno, leía, y cuando comenzaba la calentura, desvariaba.

Camila, la segunda hija de mi patrona, me cuidaba y estaba siempre en mi cuarto.

Solíamos tener largas conversaciones los dos, y yo le contaba mi vida y mis campañas. También le enseñé a tocar la guitarra y algunas canciones españolas, que las cantaba con mucha gracia.

Ella quiso convencerme de que debía llamar a un médico; pero yo le decía que cuando se es desgraciado, es mejor que se lo lleve a uno Dios.

Casi me sentía más feliz enfermo, con fiebre, que sano y andando por la calle.

Un día se presentó en mi casa un médico, el doctor Boussieres. Venía de parte de monsieur de Montrever. Me recetó un vino de quina y unas píldoras, y al cabo de poco tiempo me levanté de la cama.

Tenía el aire enfermizo, sombrío y lánguido, que entonces comenzaba a estar de moda.

Fuí a casa de los Montrever a darles las gracias por su atención; y como me recibieron con mucha amabilidad y me instaron repetidas veces a que volviera, adquirí la costumbre de pasar un rato de tertulia en su hotel.

También solía verlos el día de fiesta en la misa mayor de la Catedral, en San Vicente, adonde iban las personas más distinguidas de la ciudad, y yo solía estar arrobado oyendo las armonías del órgano.

V

LA REUNIÓN DE MADAMA DE MONTREVER

La reunión de madama de Montrever se celebraba casi todos los días en un saloncito del hotel, alhajado con el gusto fastuoso del tiempo de Luis XV.

En el salón se habían reunido los muebles antiguos de la casa; en el techo brillaban guirnaldas, medallones y adornos dorados; las paredes mostraban grandes espejos y candelabros de muchos brazos, y sobre la alfombra descansaban consolas y sillones de patas retorcidas. Los escudos de los muebles y paredes se notaba que habían sido raspados y luego vueltos a dorar.

Madama de Montrever gustaba mostrar a sus amigos sus tapices de Beauvais, algunas pinturas buenas y una Venus de Coysevox.

La reunión en el gabinete de madama de Montrever era casi únicamente de señoras y señoritas, y de alguno que otro muchacho joven que iba a galantear a las damas.

Los hombres graves, amigos de la casa, se dedicaban a hablar de política y a pensar en las probabilidades de una restauración de los Borbones.

Unicamente un señor, por cierto no muy simpático, alternaba con la gente joven: monsieur Boisjoli de Beauffremont.

Monsieur de Beauffremont era un hombre de unos cincuenta años, muy currutaco. Llevaba patillas cortas, pintadas de negro, lo que daba a su rostro un aspecto duro; vestía a la última moda: frac entallado, corbata muy apretada al cuello, y usaba un lente, con el cual miraba a derecha e izquierda con marcada impertinencia.

Monsieur de Beauffremont gozaba del privilegio de abandonar a las personas graves y reunirse con los jóvenes.

--Monsieur de Beauffremont ama la juventud--se decía; frase que le hacía torcer el gesto; porque daba a entender que, aunque le gustaba conversar con los jóvenes, no lo era.

Madama de Montrever dirigía su reunión con un arte exquisito: sabía hacer resaltar los méritos de sus invitados y presentarlos ante los demás por el lado favorable.

A pesar de esto, a veces, como cansada de su benevolencia, se entregaba libremente a la sátira, y entonces era capaz de poner en ridículo a cualquiera.

No comprendía esta señora que ser ultrarrealista y burlarse de los reyes, de la aristocracia y hasta de las sagradas prácticas de la religión era un contrasentido. A mí me trataba con mucha amabilidad; bromeaba a mi costa y me llamaba el Caballero de la Triste Figura.

--Tengo un gran amor platónico por Arteaga--solía decir riendo.

Una amiga de madama de Montrever, que bullía mucho en la reunión y que gozaba de gran fama de belleza en el pueblo, era madama de Hauterive.

Madama de Hauterive, hija de un banquero alemán, se había casado con un militar francés y quedado viuda al poco tiempo.

Esta señora, joven aún, de veintisiete o veintiocho años, era muy decidida. Yo comprendía sus encantos; pero no me gustaba.

Tenía una frescura poco elegante, ojos grandes y azules, pelo rubio y una familiaridad excesiva. Se ocupaba ella misma de sus negocios, defendía con tenacidad sus ideas, era algo liberal e imbuída en ideas protestantes.

A mí me resultaba un poco pesada con sus disertaciones sabias acerca de Alemania.

Siempre me figuré que quería imitar a madama Stael.

La de Montrever la llamaba por su nombre, Corina, y ésta a su amiga, Gilberta.

Las dos damas eran las estrellas del salón.

En una corte, madama de Montrever hubiera brillado más que su amiga; pero en una ciudad pequeña la belleza exuberante de la alemana eclipsaba el tipo espiritual y satírico del ama de la casa.

Las otras señoras que acudían a la reunión eran ya damas respetables, y algunas muchachas solteras.

Entre las señoritas, Magdalena Angennes, la sobrina de Saint-Trivier, vivía en pleno romanticismo. Leía los versos de Ossian y tocaba el arpa.

A mí me decía que, a pesar de ser pequeño de estatura, debía llevar bien la espada. Me hubiera gustado presentarme ante ella a caballo y con uniforme.

Otras dos señoritas frecuentaban la casa: la señorita de O'Ryen y la de Harcourt.

La de O'Ryen era la nieta de un francés emigrado, en tiempo de la Revolución, a Irlanda.

La madre de esta muchacha se había casado con un irlandés.

Leopoldina O'Ryen parecía una mujercita muy seria y formal.

Su amiga Margarita Harcourt era muy viva e inteligente, pero coqueta como pocas. Vestía siempre trajes vaporosos y tenía dos o tres novios a la vez.

Madama de Montrever y todas las señoras, al saber que yo sabía música, me hicieron tocar muchas veces la clave, y cuando les indiqué que tenía una guitarra me obligaron a llevarla y a cantar.

Pocos días después, madama de Montrever me dijo que si entre los oficiales españoles de buenas ideas conocía alguno distinguido, podía llevarlo a su tertulia.

Como muchas veces con la desgracia pierde uno los sentimientos delicados y se convierte el más correcto en un hombre sin decoro, yo vacilé en hablar a los compañeros míos, y, por último, le invité a ir a casa de Montrever a un tal Fermín Ribero.

Ribero era un muchacho inteligente y digno, aunque muy poco religioso.

Le presenté en casa de los Montrever, y el primer día tuvo una acogida fría entre las damas.

Yo noté que lo trataban con cierto despego, y pensé sería costumbre en ellas recibir así a un desconocido; pero luego me confesó madama de Montrever, con su ironía burlona, que el poco éxito de mi amigo Ribero entre las damas dependía de que era rubio, con un tipo común de suizo o de francés, y las señoras y señoritas esperaban un español, moreno y lánguido, con aire de árabe.

A pesar de esta primera impresión, Ribero siguió visitando la casa y se hizo amigo de todos. Bromeaba con las muchachas y con las señoras; les contaba historias y murmuraciones del pueblo. Se le llegó a considerar hombre muy divertido.

Un día Ribero me dijo que madama de Montrever le había indicado que él y yo debíamos hacer la corte a la señorita d'Harcourt y a la de O'Ryen, que tenían un bonito dote: doscientos cincuenta mil francos una, y más la otra.

Ribero dijo que él no sentía vocación para casarse; prefería hacer el amor a madama Hauterive o a la de Montrever.

--¿A madama Montrever, estando casada?--le pregunté yo con asombro.

--¡Eso qué importa!--me replicó él, con una indiferencia que me dejó asustado--. Lo que debemos hacer nosotros es dedicarnos a ellas. Tú, escoge. Si tú te dedicas a Corina, yo me dedico a Gilberta, o al contrario. A mí me es igual.

--Amo con toda el alma a una mujer y no puedo hacerla traición ni aun con el pensamiento--le dije.

Ribero se echó a reír.

En Carnaval de 1812 representamos, en el hotel Montrever, _Le bourgeois gentilhomme_, de Molière. El principal papel de la comedia, monsieur Jourdain, lo hizo el cuñado de madama Montrever, el conde de Lannerac, y lo hizo muy bien.

La dama joven, la hija de monsieur Jourdain, fué la señorita de Harcourt, que estuvo admirablemente; Dorimena, madama Montrever, dió al tipo la elegancia suya y su gran distinción, y madama de Lateyzonniere, una señora joven y muy sonriente, tomó a su cargo el papel de la mujer de Jourdain.

Ribero hizo del maestro bailarín que dice que la ciencia del baile es la más importante de todas las ciencias, y yo, del profesor de esgrima; y luego salimos los dos de españoles, recitando:

Sé que me muero de amor y solicito el dolor.

Tanto Ribero como yo tuvimos un gran éxito en nuestros respectivos papeles.

Después de la función se organizó un baile, en el cual lucimos todos el traje que habíamos sacado en la comedia.

En el pueblo se habló mucho de esta fiesta, y los bonapartistas, dirigidos por el senador barón de Doneville, su jefe, y los republicanos, por un farmacéutico, monsieur Vertot, y por un almacenista de maderas, monsieur Meyer, se encargaron de propalar maliciosos rumores.

_El Independiente_ de Chalon, una hoja clandestina de los liberales, habló del baile del hotel Montrever como si hubiera sido una bacanal.

A renglón seguido, para realzar la odiosidad de los aristócratas y realistas, hizo un cuadro, ennegrecido a propósito, acerca de la miseria que reinaba en Chalon, y pintó dos o tres escenas lamentables de frío y de hambre.

«Mientrastanto--concluía diciendo _El Independiente_--, los realistas, los traidores de Coblenza, los amigos de Austria y de Metternich se entregan a la orgía en unión de oficiales extranjeros enemigos de Francia...»

Así se engaña al pueblo y se le dan instintos de odio y de venganza.

VI

EL CHATEAU DES AUBEPINES

Durante una larga temporada no se oyó hablar entre los españoles prisioneros del depósito de deserción alguna. Al mismo tiempo, los asuntos del Imperio iban bien, y el Gobierno francés ordenó se nos tratara con más dulzura que al principio.

Se nos dieron licencias para salir al campo. Al terminar la primavera de 1812 estuvimos Ribero y yo invitados a pasar unos días en una finca de los Montrever: el Chateau des Aubepines.

Ribero se las prometía felices; pensaba que íbamos a hacer _le diable a quatre_, como dicen los franceses: la de Montrever, la de Hauterive, él y yo.

Yo, algo contagiado con su plácido cinismo, le dije que no se hiciera ilusiones, y él contestó:

--Tú, déjalo a mi cuenta.

Hicimos el viaje, acompañando a monsieur de Montrever, a su mujer y a sus hijos y a madama de Hauterive.

Ribero y yo íbamos a caballo escoltando el coche.

El tiempo estaba espléndido.

Teníamos que cruzar la Bresse. La Bresse es una antigua región que formaba en otro tiempo parte de la Borgoña. Es tierra de llanuras calcáreas, que se interrumpe con los primeros macizos montañosos del Jura. Había llovido algo, y esto nos evitó en el viaje el polvo del camino.

Nos detuvimos en un pueblo llamado San Marcelo, donde hay una antigua abadía en la cual se encuentra depositado el cuerpo del famoso Abelardo, el amante de Eloísa.

Almorzamos en el campo cerca de Sermesse; cenamos en Bellevue, y para la noche estábamos en el Chateau des Aubepines.

Todo el mundo sabe que el _chateau_ francés no corresponde exactamente al castillo español.

El castillo español, en general, es guerrero, procede del feudalismo y de las luchas con los moros; existen también en España castillos del Renacimiento con planta de palacios o casas fortificadas, como los de Segovia, Avila y Salamanca; pero hay pocos de éstos en el campo. En cambio, en Francia, además del castillo guerrero y del de lujo de las ciudades, hay mucho _chateau_ en la campiña que no conserva ningún aspecto militar ni estratégico.

El Chateau des Aubepines era una hermosura por lo grande y lo maravillosamente situado. Tenía varios pabellones con sus monteras de pizarra, cuatro torres redondas acabadas en tejados cónicos, y grandes ventanas en los muros, cubiertos de hiedra.

Los antiguos fosos del castillo habían sido rellenados de tierra y convertidos en un gran jardín, limitado por una verja.

Por dentro, la casa era espaciosa, cómoda, de inmensas habitaciones; los suelos, de madera brillante; las chimeneas, de piedra, y los muebles, pesados. Rodeando la casa se extendía en una gran distancia un parque magnífico con árboles centenarios y macizos de hierba a estilo inglés.

Cerca, en una colina, se veían las torres derruídas de un antiguo castillo, y en el fondo se destacaban montes de la cordillera del Jura.

Al llegar al Chateau des Aubepines íbamos todos bastante cansados del viaje y nos retiramos a las habitaciones que nos destinaron.

En aquella posesión pasamos una temporada magnífica. Yo, a los ocho días, me encontraba fuerte, como no me había sentido desde mi salida de Zaragoza.

Ribero y yo acompañábamos a madama de Montrever y a la de Hauterive.

Teníamos bastante confianza con ellas para llamarlas por su _petit nom_: a la una, Gilberta, y Corina, a la otra. Ibamos con frecuencia de excursión a los pueblos próximos y a una posesión que tenía madama de Hauterive en el mismo país, aunque ya dentro de la zona montañesa, que se llamaba el Chateau la Foret, porque estaba en medio de un gran bosque.

El Chateau la Foret no era tan hermoso como el de la familia Montrever; pero el sitio donde se encontraba era más agreste y salvaje y traía a la imaginación ideas de luchas trágicas de los tiempos feudales.

Varias veces en estos paseos tuvimos que entrar en ventas y alquerías a almorzar, por encontrarnos lejos de casa. A veces también, como nuestra bolsa de oficiales proscritos era tan mezquina, teníamos que dejar, con gran rubor por mi parte, que pagaran las señoras.

Yo solía discutir con las dos damas, a pesar de que Ribero me hacía callar.

Siempre me han desagradado estas personas sarcásticas que nada respetan, que atacan con sus ironías lo más sagrado de la vida, sin pensar que, aunque el bufón arrastre por el lodo la piel del armiño, será ésta el símbolo de la pureza y de la blancura.

Madama de Montrever, al oírme, se reía a carcajadas y me abrumaba con sus burlas.

--Mi querido Arteaga, siempre tan caballeresco--exclamaba.

Un día que la encontré sola, Gilberta me contó su vida, me habló con tristeza de su infancia, de sus amores con un joven, amores que había contrariado la familia, y de su matrimonio de conveniencia con Montrever. Nunca la había visto tan triste, tan melancólica. Entonces comprendí que su ironía era en el fondo amargura que le brotaba del alma, amargura que no había podido borrar el tener dos niños tan hermosos y el llevar una existencia fácil y rica.

Una semana después, una tarde de junio, de calor, en que monsieur de Montrever y sus hijos habían ido a una finca próxima, después de un largo paseo a caballo, tuvimos una cena íntima en un pequeño gabinete Gilberta, Corina, Ribero y yo. Las dos damas estuvieron muy serias al principio.

Nuestra madama Stael defendió que una mujer puede tener la honorabilidad en los mismos asuntos que el hombre, y que si la Naturaleza le hace obedecer a sus deseos de amor, no por eso deja de ser una persona honrada.

Yo me permití llevarle la contraria y decirle que no, que el honor de una mujer está únicamente en su honestidad, en su virtud, en obedecer a sus padres, y si está casada, a su esposo...

Madama de Montrever me miraba con tan marcada ironía que me desconcertó.

--¿Por qué me mira usted así, Gilberta?--le dije--. ¿No cree usted lo que digo?

--Gilberta, como yo--replicó Corina--, cree que eso que dice usted es un poco _vieux jeu_. Estaría bien en un libro de Fenelón.

--No; en este momento no quiero pensar en nada--contestó madama Montrever.

Corina, aficionada como era a las disertaciones, se puso a filosofar acerca del amor, sentimiento del cual tenía una idea muy materialista y muy sensual, que a mí, a pesar de ser hombre, me disgustaba.

Al levantarse de la mesa Corina, madama de Montrever la cogió por la cintura y la sentó en sus rodillas.

--A mí me gusta ver así cerca a una mujer hermosa--dijo madama de Montrever--, y acariciarla y mirarla.

--Pues a mí me gustaría más estar en las rodillas de un muchacho--dijo Corina tranquilamente.

--¡Ah, pícara! ¡Ingrata!

--¡Qué quieres, mi querida Gilberta!--replicó la alemana--. Soy más natural que tú, más primitiva.

A los postres las dos damas, después de haber bebido una copa de _champagne_, nos pidieron un cigarrillo y se pusieron a fumarlo.

Madama de Montrever lo tiró pronto, con disgusto; abrió la ventana y se puso a respirar el aire frío de la noche. Corina hizo lo mismo, y vi que el brazo de mi amigo Ribero pasaba alrededor del talle de la alemana.

--¡Cuánta vida! ¡Cuánto esfuerzo misterioso de todos los seres hay en una noche como ésta!--exclamó madama de Montrever--. Las plantas, los gusanos, las hormigas... Me da como el vértigo pensarlo.

--Es la Naturaleza--dijo Corina.

--Es la obra de Dios--repuse yo.

--En el fondo es lo mismo--replicó la alemana.

--¡Cómo lo mismo!--pregunté yo.

--Sí; Dios es para los niños y para los pobres de espíritu lo que es la Naturaleza para los filósofos.

--¿Y es Dios o es la Naturaleza el que ha dicho: amaos los unos a los otros?--preguntó Ribero--. Yo creo que, sea uno u otra, el precepto es digno de ser seguido.

Yo iba a protestar de su irreverencia, cuando madama de Montrever me dijo:

--Calle usted.

--¿Qué hay?

--Esa estrella que ha pasado. Dicen que si uno pide algo en ese momento se le concede.

--¿Y usted lo ha pedido?--dijo Ribero.

--La verdad, no he sabido qué--contestó ella.

Madama de Montrever me miró con sus ojos claros y brillantes. Yo estaba turbado. Luego comenzó a recitar una poesía de Parny: «La primavera de las flores»:

Printemps chéri, doux matin de l'année console-nous de l'ennui des hivers; reviens, enfin, et Flore emprisonnée va de nouveau s'élever dans les airs.

Como yo conocía estos versos por habérselos oído a ella, seguí recitando:

Qu'avec plaisir je compte tes richesses! Que ta présence a de charmes pour moi! Puissent mes vers, aimables comme toi, en les chantant, te payer tes larguesses!

Corina, acercándose a nosotros, añadió:

Déja Zéphire annonce ton retour.

Y después, olvidándose de la poesía, llamó a mi amigo en voz alta.

--¿Ribero?

--¿Qué quiere usted?

--Vayan ustedes, su amigo y usted, a su cuarto. Van a tener una sorpresa.

Ribero me agarró del brazo y salimos del gabinete. Entramos en el pasillo y me dejó en mi cuarto. Al cerrar la puerta murmuró:

--Ellas decidirán.

Luego se marchó. Estuve unos minutos anhelante, lleno de turbación. De pronto se abrió la puerta y apareció madama de Montrever en mi cuarto...

¿Para qué insistir en este momento poco honorable de mi vida? No lo he querido callar, para que el descendiente mío que lea mi historia sepa que yo tampoco fuí virtuoso.

VII

PROYECTOS DE FUGA

La vida muelle del Chateau des Aubepines se terminó con una orden del comandante del depósito para que volviéramos en seguida a Chalon.

Como he dicho, el final del año 1811 y la primera mitad del 12 se pasaron sin oír hablar de deserción alguna; en cambio, durante el principio del 13, las fugas se hicieron tan frecuentes, que el Gobierno francés tuvo que tomar medidas severas para impedirlo.

El empleo de esta medida fué contraproducente, pues muchos que hasta entonces no habían tenido nunca el proyecto de escaparse, viendo el rigor con que nos trataban, prefirieron exponerse a ser cogidos y encerrados en un fuerte, a quedar sujetos a tan bárbaro despotismo.

Había entonces que acudir a tres listas diarias; no se podía salir de la ciudad con ningún pretexto, y era indispensable estar encerrado en el cuarto desde el anochecer.

El comandante del depósito nos trataba más como a presidiarios que como a oficiales y a hombres de honor.

Sobre todo, a Ribero y a mí nos distinguía con su odio, y cuando estábamos delante de él, hablaba, como si no se refiriese a nosotros, de las damas de la aristocracia, que eran unas tales; de sus maridos, adornados de cuernos, y de los amantes sinvergüenzas que iban a explotar su físico.

Varias veces estuve a punto de provocar una explicación; pero Ribero me contuvo.

Exacerbados por el mal trato, Ribero y yo intentamos fugarnos. Tratamos de informarnos del medio de que los otros se valían para evadirse; pero esto no era fácil ni para Ribero ni para mí; primeramente, porque estábamos un tanto aislados de los compañeros y, después, porque todos los que se escapaban ponían gran cuidado en ocultar los procedimientos utilizados por ellos para no ser descubiertos, y al mismo tiempo para que sus íntimos amigos pudiesen aprovechar idénticas circunstancias.

Tras de algunas indagaciones, supimos que el camino por donde varios se habían ido últimamente era el que sigue el río Saona; también nos enteramos del nombre de algunos guías.

Era indispensable obrar con cautela; pues si el comandante sospechaba algo, por primera providencia lo zampaba a uno en la cárcel pública, y después, conducido por gendarmes, lo enviaba, de pueblo en pueblo, hasta un recinto fortificado.

Estos casos se repetían muchas veces con oficiales que no pensaban escaparse, pero a quienes denunciaban como si tuvieran tales intenciones.

Era necesario desconfiar de los guías, porque dos o tres de ellos, comprometidos con los españoles, los delataron después a la policía.

Entretanto avanzaba el invierno, época en la cual es imposible emprender un viaje largo y atravesar los Altos Pirineos por en medio de la nieve.

Ribero encontró una proporción, que durante algún tiempo nos llenó de esperanza. Un amigo de su padre, un tal Jordá, comerciante de Barcelona, poseía una hacienda en las inmediaciones de Perpiñán, confiada a un administrador.

Se escribió al señor Jordá, diciéndole que preguntara a su administrador si nos podría tener en su casa, y se le dijo que nos contestara de una manera especial y con frases convenidas, pues todos los papeles y cartas que recibíamos eran examinados por el comandante del depósito, y si éste encontraba algo sospechoso, le podía costar a uno ir a la cárcel.

El administrador de la finca de Perpiñán contestó al señor Jordá diciendo que estaba conforme en darnos albergue en su casa.

Comenzamos a hacer nuestros preparativos, cuando mi amigo Ribero recibió la orden inmediata de partir para el depósito de Besanzon.

Sin duda, la correspondencia suya con Barcelona produjo alguna sospecha en el comandante.

Como Ribero había llevado el negocio, y yo ni sabía el nombre ni las señas del administrador de Perpiñán, tuve que dar el proyecto por fracasado.

VIII

AVIRANETA EN CHALON

En el transcurso de la primavera y del verano de 1813 se escaparon muchos oficiales del depósito; pero casi todos fueron cogidos y encerrados.

Los castillos estaban llenos de militares españoles. Yo no sabía qué determinación tomar; de mi familia no tenía noticias; ni del paradero de mi novia.