Los Caminos del Mundo

Part 15

Chapter 154,078 wordsPublic domain

--Usted sabe que yo he andado hecho un perdido en Veracruz. Tenía mi objeto. Quería orientarme, conocer la vida de aquí... Entre mis amigos estaba Ladislao Volkonsky, ese polaco que fué el primero que cogió la pista de estas minas próximas a Puebla. Nos hicimos amigos Volkonsky y yo, y decidimos encontrar un capital, ir a ese punto y ver las minas.

Formamos nuestra caravana y nos pusimos en camino. Hombres que llevan doce o catorce días de marcha juntos no tienen más remedio que hacerse amigos o enemigos. Nosotros nos hicimos amigos. Yo le hablé de mis correrías con el Cura Merino y de mis conspiraciones; él, de Waterloo, donde había estado, y de su campaña con Mina el mozo.

Yo le conté que tenía relaciones con Coral, la hija de Miranda, y él me escuchó sin decir nada.

De pronto, una vez en la conversación, me habla de don Luis Miranda, me dice que había vivido en su casa, que había sido profesor de francés de Coral y tenido relaciones con ella.

Entonces yo le pregunté de pronto:

--¿Y cómo me has ocultado eso sabiendo que Coral es novia mía?

Volkonsky se turbó y no supo qué contestarme.

El polaco, que es un hombre inteligente y efusivo, comprendió que yo no dejaría nunca de sospechar de Coral, y al día siguiente de esta conversación me preguntó:

--¿Qué vas a hacer con Coral?

--La voy a dejar.

--¿No estás enamorado de ella?

--No. Puedes decirme lo que sepas de su vida. ¿Tú has sido su amante?

--Sí.

--¿Y la sedujiste y la abandonaste luego?

--No, yo no la seduje ni la abandoné. Coral es una mujer lasciva. A los trece o catorce años había tenido amores con un viejo, amigo del padre, que le ayudó a pervertirla. Cuando la conocí yo tenía diez y seis o diez y siete años. Aunque yo en mi país sea de una familia más aristocrática que la de un simple hacendado rico mejicano, aquí, en Veracruz, era un pobre emigrado, obscuro y hambriento. Llegué a casa de los Mirandas recomendado y me puse a dar lecciones de francés a los dos hijos. Yo no soy muy decidido, y apenas me atrevía a hablar con Coral. Ella me provocó con sarcasmos por mi timidez; si había una barrera entre ella y yo, ella me convenció de que podía saltar esa barrera. Fuí el amante de Coral durante varios meses, y cuando ella me dijo que nuestros amores iban a tener fruto, yo me apresuré a decirle que debíamos casarnos, y que si no quería quedarse allí, nos iríamos a Europa. Ella no aceptó mi propuesta, y después supe que había llamado a una vieja india y que había abortado.

Esto fué lo que me contó Volkonsky--siguió diciendo Aviraneta--; y al llegar a Veracruz de vuelta de nuestra excursión por el Orizaba y los montes próximos, comencé a hacer indagaciones para averiguar la verdad, cosa no muy difícil en un pueblo pequeño como Veracruz y conociéndolo, como lo conozco yo, bien.

El capitán Gavilanes me llevó a casa de una india, celestina de gente rica, y ésta me contó los devaneos de Coral. Efectivamente, lo dicho por Volkonsky era verdad. La celestina me dijo el nombre del primer amante de la niña, un criollo que goza fama de hombre respetable en Veracruz. Después de sus amores con Volkonsky, la niña de Miranda se lanzó. Tuvo amores con un capataz mulato de su hacienda, y porque el mulato estaba en relaciones íntimas con una india, la mandó azotar a ella y luego a él lo tuvo cargado de cadenas. La celestina me ha asegurado que Coral, por intermedio suyo, ha tenido citas amorosas, aquí en Veracruz, con marinos extranjeros, a quienes no conocía de antemano.

--En fin--concluyó diciendo Aviraneta--; esta vieja me ha pintado a Coral, no como una mujer que puede haber marchado por el mal camino, sino como una hembra lasciva, mal intencionada y perversa. Tanto es así, que la india, al concluír de hablar conmigo, temblaba pensando en la venganza de Coral, y yo le tuve que dar algún dinero para que se marchara de Veracruz.

--¿Y ahora, qué vas a hacer?--le preguntamos mi tío y yo a Aviraneta.

--¿Ahora? Nada. Coral me escribió preguntándome por qué no iba a verla. Le contesté que tenía razones para no ir. Volvió a escribirme y a preguntarme qué razones tenía, y le contesté que lo sabía todo. Que no me obligue a dar explicaciones a su padre o a su hermano, porque sería para mí muy desagradable; pero si cree ella que debe vengarse de mí y me envía al hermano, al amigo o al amante, aceptaré el desafío en las condiciones que quieran.

Mi tío estaba espantado oyendo a Aviraneta.

Pasaron días y no ocurrió nada. En casa no volvió a aparecer don Luis Miranda.

Por lo que contó Aviraneta, Coral había ido con gran sigilo a ver a la celestina india; y al saber que había escapado comprendió de dónde venían las noticias de su novio.

Un día le dieron a Aviraneta una cita de noche. Eugenio, que era desconfiado, se presentó con cinco amigos suyos, entre ellos Gavilanes y Volkonsky.

Aviraneta iba algo separado de los otros, que marchaban a pocos pasos tras él.

Al llegar al punto de la cita, siete u ocho enmantados, dirigidos por Fernando Miranda, se echaron sobre Eugenio. Mientras éste se defendía, Gavilanes, Volkonsky y los demás corrieron al lugar de la pelea y se enzarzaron a puñaladas y a tiros, dejando descalabrados a unos cuantos y haciendo huír a los otros, entre ellos a Miranda.

IV

VOLKONSKY

Aviraneta y Volkonsky, trabajando mucho, consolidaron su sociedad minera, que fundaron con muy buen capital, e hicieron que nuestra casa se encargase de los giros.

Entonces conocí yo a Ladislao Volkonsky. Volkonsky era un muchacho muy simpático. Su historia era curiosa.

Poco más o menos, al mismo tiempo que llegaba en el barco a Méjico el general don Juan Ruiz de Apodaca, venía Mina el mozo al mando de una expedición que organizó la masonería para favorecer la independencia de Nueva España.

Nunca pudo encontrar Mina el mozo peor ocasión. Apodaca fué un hombre que entró en la capital de Méjico mientras por las calles andaban a tiros, y al cabo de algunos meses imponía la paz y el orden en todo el vasto imperio mejicano.

Mina el joven, que era un aturdido, aceptó el mando de esta expedición sin pensar que no se debe pelear contra la patria. Su tío, el general don Francisco Espoz, nunca sancionó tal correría.

Javier Mina, a quien se llamaba _Mina el mozo_ y _Mina el Estudiante_, salió de Liverpool y desembarcó en Norfolk, en Virginia.

Le acompañaba un cuerpo expedicionario de oficiales franceses republicanos, italianos y polacos. Entre ellos iba Volkonsky, muchacho joven que se había alistado en el ejército de Napoleón meses antes de Waterloo.

Volkonsky, a pesar de ser de familia aristocrática y católica, había sido muy republicano y muy patriota. Cuando nosotros le conocimos nos enseñó en la muñeca derecha un tatuaje, hecho por un compañero suyo al salir de Varsovia, con estas palabras: _Libertas Poloniæ_.

Después, algo avergonzado de aquella marca, se había quemado la muñeca para borrarse el tatuaje.

Volkonsky era un tipo muy fino, rubio, delgado, distinguido.

Después de Waterloo el regimiento de Volkonsky fué disuelto, y el polaco entró en la partida de aventureros capitaneada por Javier Mina.

Mina el mozo quería considerar su expedición no como antiespañola, sino como antimonárquica. Esperaba que al proclamarse la República en Méjico corriera por España y luego por Europa. Había dicho, con la petulancia de un mozo, que iba a encender en Méjico las fraguas de Vulcano y a lanzar desde allí sus rayos para abrasar los tronos de Europa.

Mina se entendió desde Virginia con los oficiales del general Lallemant, establecido en Tejas, y con varios que procedían de los cuerpos reformados de Napoleón que estaban en Nueva Orleáns, y, reunidos unos y otros, desembarcaron en Soto la Marina. Allí les esperaban algunos españoles, algunos indios y no muchos mejicanos para unirse con ellos.

El general Apodaca se dispuso a batirlos y comenzó a preparar sus fuerzas con calma.

Mandó vigilar la costa a la fragata _Sabina_ y a las goletas _Proserpina_ y _Belona_, que estaban en Veracruz al mando del general don Francisco Berenguer, y envió a luchar con Mina y los suyos a los regimientos de Navarra y Zaragoza y a los dragones de San Luis, San Carlos y Realistas, a las órdenes del mariscal de campo don Pascual Sebastián de Liñán.

Si Liñán era un hombre de talento, Mina no le era menos; y si los soldados de Liñán se batían admirablemente, los aventureros de Mina, franceses, ingleses, polacos y españoles, luchaban como fieras. Eran los extranjeros los que en medio de la indolencia y la estolidez americana sostenían la insurrección. Así, cuando Liñán tomó el fuerte de Comanja, dijo que garantía la vida de todos menos de los extranjeros, considerando extranjeros igualmente a los españoles recién venidos.

Mina el mozo, que era un caudillo de verdadero genio, había hecho destrozos en las tropas del rey, derrotando a las fuerzas del coronel Armiñán y a las del oficial Ordóñez, que murió en la acción.

Cuando Liñán apareció como jefe de todas las tropas que habían de luchar contra los insurrectos, los mejicanos se rieron de él; decían que un hombre tan pulido y tan afeminado no podía servir para la guerra.

Sin embargo, Liñán puso la campaña en buena marcha. Al poco tiempo derrotó a los insurrectos y los desalojó del fuerte de Comanja. Después comenzó a sitiar el fuerte de Remedios, ocupado por las tropas mejicanas insurrectas.

Mina, nada aficionado a encerrarse dentro de murallas, hacía correrías que desconcertaban a las tropas del Gobierno.

Liñán encargó primero al coronel Andrade, y luego al coronel Orrantia, para que persiguieran a Mina.

Orrantia marchó con sus dragones en busca del caudillo navarro y lo encontró. Las tropas del Gobierno lo hubieran pasado mal y hubieran sido copadas a no venir en su auxilio la columna del teniente coronel Bustamante.

Entre los dos jefes lograron sostener la acción y consiguieron que se fraccionase la partida insurrecta. Terminado el combate, Orrantia perdió la pista de Mina y dejó sus tropas entregadas al descanso.

Dos o tres días después de la acción estaba la columna de Orrantia en la cañada de Marfil, cerca de Guanajuato, cuando vieron una gran llamarada que supusieron procedía de la ciudad.

Se acercó Orrantia a Guanajuato y supo que habían incendiado una mina que se llamaba la _Valenciana_. Estando aquí dispuesto a ayudar a extinguir el incendio, se le presentó un confidente diciéndole que aquella misma noche Mina estaba en la hacienda del Venadito, que hacía parte de una aldea o rancho llamado Tlachiquera.

Orrantia, abandonando el incendio, avanzó con su gente hasta aquel rancho, rodeó el cortijo del Venadito y prendió a Mina el mozo con veinticinco hombres. Entre éstos se hallaba Volkonsky.

Fueron llevados todos al campamento de Remedios. Liñán era amigo de Mina, a quien había conocido en la guerra de la Independencia, y quiso salvarle. Propuso a los sitiados en el fuerte de Remedios que si entregaban el fuerte perdonaría la vida a Mina; ellos no aceptaron, y ahí, en un altozano, a la vista de los insurrectos, fué fusilado Javier Mina, por la espalda, como traidor a la patria.

Volkonsky estuvo también expuesto a ser pasado por las armas; pero como era desconocido, muy religioso y parecía que no había roto un plato, obtuvo la protección de un fraile y consiguió el indulto, y después la libertad.

Volkonsky fué a Veracruz, y alguien, sabiendo las ideas antiespañolas de los Mirandas, le indicó esta casa como refugio.

Después de la expedición de Mina todavía hubo otro plan, organizado por los ingleses, para preparar la independencia de Méjico, dirigido por un español. Esta colaboración de los españoles en empresas filibusteras era una vergüenza.

Se anunció que el nuevo movimiento iba a ser patrocinado por el general Renovales. Mandaron agentes por toda América. Un aventurero escocés, MacGregor, marcharía a Méjico con mil hombres. La expedición se uniría a las fuerzas de Bolívar y mientrastanto los marinos Brion y Hore atacarían a Veracruz.

Renovales, que era el jefe de esta expedición filibustera, la denunció en Londres al embajador de España, duque de San Carlos, y, cobrando todo el dinero que pudo y abandonando a la gente comprometida, se fué a Nueva Orleáns.

Volkonsky no se mezcló en esta tentativa. No era hombre de mucha firmeza de carácter, sino más bien mudable y antojadizo. Durante los primeros meses de estancia en Veracruz había sido muy partidario de los filibusteros; luego, desde que se juntó con Aviraneta, se hizo amigo de los españoles.

Afirmó más en él esta tendencia el ponerse en relaciones con una jovencita, huérfana de un militar vizcaíno, llamada Luisa Olaechea. Luisa vivía en Puebla y llevaba una vida muy recogida, siempre en casa y en la iglesia.

Volkonsky, que era hombre fogoso, se enamoró de la muchacha locamente y no pensaba mas que en casarse con ella y en vivir en paz.

V

LA DESAPARICIÓN DE VOLKONSKY

Enamorado como estaba el polaco y lleno de ardor por sus negocios mineros, todas las ocasiones le parecían buenas para ir a Puebla a ver a su novia y a sus minas.

En una de estas excursiones Volkonsky fué y no volvió. Pasaron días y días y no se supo nada de él. Aviraneta escribió a Luisa Olaechea, y ésta contestó que llevaba más de una semana sin tener noticias de su novio.

Volkonsky había desaparecido, se había extraviado, lo habían hecho prisionero los indios, había caído en alguno de los abismos del Orizaba...

La cosa para Aviraneta y para la Sociedad nuestra era grave. Se perdían planos, expedientes, obra de mucho tiempo y mucho dinero.

Aviraneta no tenía seguridad ninguna de encontrar el sitio de los yacimientos del mineral; pero inmediatamente se dispuso a volver a la zona minera y a explorar. Formó una caravana, mandada por el capitán Gavilanes. Yo me uní a ella. Tenía interesado algún capital en el negocio y quería saber pronto si era dinero perdido o no.

Unos días antes de salir nuestra caravana, un oficial español, Arteaga, que estaba de guarnición en el castillo de Ulúa, fué a ver a Aviraneta y le contó que a Luisa Olaechea, la novia de Volkonsky, le habían enviado una mano cortada en una cajita de laca. La muchacha afirmaba que era la mano de su novio, porque tenía unas letras que ella creía haberle visto anteriormente en la muñeca. Estas letras decían: i er as ol n e.

--Es la mano de Volkonsky--dijo Aviraneta al oír a Arteaga.

--¿Por qué tienes esa seguridad?

--Por las letras.

--¿Sabías tú que las tenía?

--Sí.

--¿Qué quieren decir?

--Es lo que le quedaba de un tatuaje, ya medio borrado, con estas dos palabras: _Libertas Poloniæ_.

A la pregunta de Arteaga de quién podía ser el que había matado al polaco, Aviraneta no contestó.

Dos días después de esta conversión, Eugenio dió la orden de partida, y salimos de Veracruz.

En vez de marchar por el camino conocido, Aviraneta dijo que había que seguir otro itinerario.

Durante la marcha, los capataces afirmaron que Aviraneta no sabía lo que se traía entre manos; que aquel no era el camino para ir hacia el Orizaba; que nos estábamos alejando cada vez más.

Al quinto o sexto día, al anochecer, nos acercamos a un gran bosque de cedros americanos. En el lindero del bosque Aviraneta mandó hacer alto, cenamos y, después de ordenar a unos cuantos indios dirigidos por un capataz que guardasen nuestros caballos y nuestros equipajes, nombró una pequeña tropa de ocho hombres, entre los que estaba yo, y mandó que cada uno llevara fusil, pistola, machete y municiones en abundancia, y así, armados hasta los dientes, nos internamos en aquella selva. Había una calzada grande en medio que cortaba este bosque; pero Aviraneta no quiso seguirla, y marchamos paralelamente a ella por entre los árboles.

La luna, muy redonda y rojiza, aparecía en el cielo con una aureola amarillenta.

A las dos horas o dos horas y media de marcha entramos en una vega feraz cruzada por un río, con grandes extensiones de tierras de labor. En medio había una casa amplia con ventanas y galerías que brillaban a la luz de la luna. El humo salía blanquecino en aquel momento de una chimenea. Cerca de la granja se distinguía una capilla con su cruz, y alrededor, chozas pequeñas desparramadas por el campo.

Al ponernos a la vista de la casa, por orden de Aviraneta dimos un rodeo, metiéndonos por un barranco, que él, sin duda, calculó bastaba para ocultarnos. Estos detalles de estrategia denunciaban en Eugenio al guerrillero.

Salimos cerca de la alquería, y Aviraneta destacó cuatro hombres para que espiaran y nos anunciaran con una seña a los cuatro que esperábamos si salía alguno de la granja.

No tardó media hora en aparecer una mujer. Los cuatro marchamos en la dirección que nos indicó el espía, y sin que diera un grito la cogimos, la atamos y la llevamos dentro del bosque.

Yo hasta entonces no sabía que aquella casa que estábamos sitiando era la de don Luis Miranda y que en aquel momento se encontraban allí sus hijos, don Fernando y Coral.

A la india, a quien habíamos prendido, le hizo Aviraneta algunas preguntas que me sorprendieron, entre ellas si sabía de un _gringo_ a quien habían matado allá. Ella dijo que no sabía nada.

Se le amenazó con darle tormento, se le dijo que se le colgaría y se le pondría fuego a los pies. Ella permaneció tranquila sin contestar.

En vista del mal resultado de las preguntas y de las amenazas quedó la vieja india a mi cargo para que no se escapara y fuese a dar parte a sus amos de lo que ocurría, y Aviraneta y los otros dos volvieron hacia la granja.

Pasé unos momentos malos dentro del bosque; la vieja, atada, me lanzaba unas miradas que me llenaban de espanto. Yo no sé qué maldiciones debía estar echándome en su lengua. A la hora próximamente vino uno de los nuestros corriendo a decirme que me reuniera con ellos.

Habían prendido a un viejo capataz, y éste, asustado por las amenazas de atormentarle, cantó de plano.

Dijo que Coral había mandado al _gringo_ rubio, a Volkonsky, una carta diciéndole que fuera a su casa a despedirse de ella.

El _gringo_ fué a la granja; estuvo hablando con la señorita, y en el patio, al ir a marcharse, dos indios apostados allí le mataron.

Al verlo tendido en el suelo, ella preguntó:

--¿Está muerto?

--Sí, mi ama--contestaron los indios.

--Cortadle la mano derecha y enterradle.

El viejo capataz dijo que el _gringo_ rubio había sido enterrado en el corral de la casa, en un ángulo, cerca de un banco con una cruz. Por lo que dijo, era fácil saltar la tapia y entrar en el corral.

Se llevó a la india y al capataz viejo a una choza, se les encerró allí, se sujetó la puerta por fuera, y nosotros, los ocho, cogimos azadas, palas y picos, y uno tras otro saltamos la tapia de la casa de Miranda.

Encontramos el sitio indicado por el capataz, que se señalaba por estar la tierra removida, y nos pusimos a cavar.

Realmente la escena era fantástica: dos de los nuestros trabajaban con el azadón y la pala, mientras los otros, en acecho, estaban con las armas dispuestas para disparar.

Al cabo de unos minutos se dió con el cuerpo del polaco y se dejó a la superficie su cadáver, ensangrentado y lleno de tierra.

Aviraneta, con una serenidad tremenda, le registró los bolsillos y sacó una cartera abultada. Luego fué viendo uno a uno los papeles. Allá estaban los planos y los documentos de las minas. Ibamos a volver a enterrar al polaco cuando se oyeron voces en el patio. Alguien se acercaba.

--Cuidado--dijo Aviraneta--; si alguien viene, prendedlo sin ruido.

El que se acercaba era Fernando. Cuando estuvo a pocos pasos de nosotros quedó preso y con la boca tapada.

El espanto y la sorpresa lo dejaron amilanado.

De pronto se oyó la voz de Coral, que decía:

--Pero, Fernando, ¿dónde estás? ¿Qué pasa?

--No le hagáis nada--nos dijo Aviraneta, y avanzando exclamó:--Fernando está aquí, señorita. Mira en este momento con nosotros el cadáver de Volkonsky.

Un grito ahogado fué la respuesta de Coral; pronto logró calmarse y quedar tranquila. Coral contempló el cadáver del polaco a la luz de la luna.

--Su hermano, que la tiene a usted por un ángel--siguió diciendo Aviraneta--y a mí por un demonio, comenzará a comprender la clase de mujer que es usted. Verá que no sólo tiene usted amantes, sino que los manda matar cuando le estorban.

--Cuando me estorban, no: cuando me engañan--replicó ella.

Fernando lanzó un quejido lastimero. Aviraneta mandó que lo soltáramos.

--¡Pobre hermano! ¡Lo siento por él!--exclamó Coral--. ¿Van ustedes a dejar el muerto así?--preguntó luego.

Dos de los nuestros cogieron el cadáver, y después todos, con las palas, comenzamos a echar tierra encima.

--Y ustedes, ¿qué son?--me preguntó de pronto Coral--. ¿De la Justicia?

--No--contesté yo, secándome el sudor que corría por mi frente.

--¿Pues qué interés han tenido ustedes para venir aquí?

--Es que Volkonsky guardaba los planos de nuestras minas.

--¡Ah!--exclamó ella con desprecio--. Son ustedes comerciantes.

Realmente, lo lógico hubiera sido prender a aquella mujer y entregarla a los tribunales de Justicia; pero a ninguno se le ocurrió esto. Cuando concluímos de enterrar de nuevo el cadáver miramos a Aviraneta esperando sus órdenes, y por su indicación cruzamos el patio tras él y salimos al vestíbulo de la granja.

--Y con esta real moza, ¿qué hacemos?--preguntó de pronto Gavilanes.

--Amigo, allá usted--replicó Aviraneta--; esta real moza un día le dirá a usted que le quiere y al otro le cortará la mano... o la cabeza.

Ella nos miraba indiferente, con frialdad y con desprecio. Salimos de la granja, nos formamos y echamos a andar por el camino. Aviraneta temía que nos fueran a atacar; pero no nos atacaron.

A la mitad del camino Gavilanes se retrasó; le esperamos, y no vino.

--¡A ti también te cortarán la mano, Gavilanes!--gritó Aviraneta en burla.

Nadie contestó.

Avanzamos hasta salir del bosque y reunirnos con nuestra caravana. Al día siguiente volvimos de nuevo camino de Veracruz; se copiaron los planos de las minas, y la Sociedad siguió adelante.

VI

AVIRANETA SE VA

Un mes más tarde Aviraneta iba en una expedición, con varios capitalistas e ingenieros, al coto minero de la Sociedad. Se comenzó en Veracruz a hablar con gran entusiasmo de estas minas. El país, gracias a las disposiciones del general don Juan Ruiz de Apodaca, comenzaba a disfrutar de la paz. Las acciones de las minas subían...

En este momento, cuando se empezaba a pensar en la explotación, Aviraneta realizaba sus acciones de la Sociedad y se marchaba a España, acompañando a su amigo Arteaga, a quien habían dado licencia como enfermo y que salía para la Península con su mujer.

Aviraneta tuvo gran acierto en liquidar todo--concluyó diciendo el viejo Alzate--, porque luego las minas aquellas no dieron resultado alguno, por más de que se gastó en la explotación mucho dinero.

--Y en la muerte del polaco, ¿no intervino la policía? ¿No se indagó quién era el autor?--pregunté yo.

--No; el muerto era un desconocido, y a nadie le interesaba averiguar lo que había pasado.

--¿Y Coral, la hija de Miranda?

--No se supo su paradero--contestó Alzate--. No volvió a Veracruz. Unos dijeron que estaba en Nueva Orleán; otros, que en la Habana...

--¡Qué barbaridad!--exclamé yo--. ¡Qué Justicia!

--¡Cosas de la vida!--dijo don Rafael Baroja frotándose las manos.

Alzate se levantó, sacó del bolsillo del chaleco un reloj de plata, grande y pesado, y, acercándose al yerno, que le miraba en silencio, le dijo:

--¡Vamos, tú, que ya es tarde!

Y el viejo Alzate y su yerno salieron de la botica, montaron en el carricoche y marcharon rápidamente a tomar el camino de Irún.

Madrid, marzo, 1914.

FIN DE LOS CAMINOS DEL MUNDO

ÍNDICE

Páginas.

Al lector. 7

La culta Europa.--Amores, hambre, peste y filosofía.--Los papeles de Arteaga. 9

LIBRO PRIMERO

EN LA EMIGRACIÓN

I.--Prisionero. 11

II.--El depósito. 15