Los Caminos del Mundo

Part 14

Chapter 144,111 wordsPublic domain

Se formó causa a muchas personas por cómplices en la conspiración de Bilbao, y en pueblos como en Pamplona y en Tolosa hubo gente atrevida que entró en el Juzgado, robó los procesos y les prendió fuego.

Aviraneta, María, Conchita y yo estuvimos quince días ocultos en casa de maese Juan, el verdugo. Aviraneta se dejó las patillas y yo la barba.

Pasadas dos semanas pensamos que la vigilancia de la policía habría aminorado. Con esta idea hicimos que María y Conchita tomaran la diligencia y se encaminaran hacia Portugal y nos esperaran en Lisboa.

Una semana después Aviraneta se entendió con una partida de contrabandistas, y en unión de ellos entramos en Portugal.

Al llegar a Lisboa, un agente realista debió sospechar de nosotros y nos denunció y nos persiguió, y nos vimos tan en peligro, que tuvimos que tomar un barco inglés que iba a Gibraltar. De aquí fuimos a Marsella y de Marsella a París.

Dimos cuenta de nuestra gestión a la Junta y del dinero gastado, y yo me casé con Conchita. No tenía ganas de más conspiraciones ni de más enredos.

--Y ahora, ¿qué proyecta usted, Aviraneta?--le dije.

--Me voy a Méjico, a ver si hago un poco de dinero.

--¿Y después?

--Después a España. Yo no cedo. Hasta que no le vea ahorcado a Fernando VII o, por lo menos muerto por cualquier otro procedimiento, no estaré tranquilo...

--Y María Visconti, ¿qué fué de ella?--preguntamos Arnao y yo a un mismo tiempo.

--María entró en un convento de Austria. Antes tuvo memoria y envió una miniatura con un retrato suyo y una cantidad de dinero bastante grande al _Majo de Maravillas_, el chispero.

De todos nosotros no hubo mas que uno que siguió en la brecha: Aviraneta.

Hace dos años me decían que había tramado un proyecto para ir a Azcoitia y quemar la casa de Don Carlos estando el Pretendiente dentro.

No me choca. Aviraneta es un liberal y un patriota monomaníaco. Ha presenciado tantos horrores, tantas brutalidades, que su alma está enconada y siempre intranquila...

* * * * *

--¡Pero qué energía indica eso!--dije yo.

--¡Ah! ¡Ya lo creo!--exclamó el barón--. El liberalismo en España ha tenido y tiene figuras admirables; pero nuestra historia de hoy es la historia de un país pobre, exhausto, aniquilado por tres siglos de aventuras en América... A nuestros hombres les ha faltado el pedestal... la masa, el pueblo... y también la cultura.

* * * * *

Estuvimos todos un momento sin hablar, embebidos en nuestras reflexiones.

--Bueno, caballeros, vámonos--dijo González Arnao.

Salimos los cuatro del Rocher de Cancale y fuimos a dar una vuelta por los bulevares. Al día siguiente volvía yo a Bayona.

LA MANO CORTADA

(HISTORIA DE TIERRA CALIENTE)

PRÓLOGO

Hace ya muchos años estuve con mi mujer pasando el verano en Irún.

Escogí este pueblo porque podía ir rápidamente a Vera, donde vivía mi madre, y también porque me gustaba enseñar a mi mujer los sitios y lugares de las correrías hechas por Aviraneta y por mí.

Visitaba con frecuencia el valle de Oyarzun, donde tengo parientes, y charlaba con algunos amigos del pueblo en la tertulia de la botica.

--El boticario, don Rafael Baroja, era un señor que de joven fué a Oyarzun desde un pueblo de Alava y se estableció allí, casándose con la hermana de otro farmacéutico, apellidado Arrieta.

Don Rafael Baroja, o de Baroja, como se llamaba él, el buen viejo, como hombre del siglo XVIII, tenía la chifladura de la hidalguía, y a poco que se insistiese sobre este punto sacaba sus ejecutorias; sentía, al mismo tiempo que la efusión por el pasado y por la casta, gran entusiasmo por el progreso.

Una de las manifestaciones de su entusiasmo había sido instalar, a poco de llegar a Oyarzun, una pequeña imprenta y ponerse a componer en el rincón de la rebotica, contento como un chico con un juguete nuevo.

Baroja imprimió en su farmacia proclamas de los franceses, desde 1808 a 1813; manifiestos de los patriotas, de los realistas, de los constitucionales de Riego y Quiroga, de los _feotas_ de Quesada y Juanito, de los personajes de la Junta de Oyarzun, de los generales de Angulema, de los cristinos y de los carlistas.

Mientrastanto iba dando a la estampa catecismos en vascuence, almanaques y alguno que otro libro más voluminoso.

Baroja recordaba muchas cosas. Como impresor, se había tenido que avistar con generales de Napoleón, con guerrilleros, con liberales acérrimos y con reaccionarios furibundos, y contaba sus recuerdos de una manera amena y graciosa.

Baroja había tenido su corta vida política. Se había afiliado a una Sociedad, constituída en San Sebastián de 1820 a 1823, llamada La Balandra, Sociedad dirigida por su secretario, un tal Legarda. Entonces San Sebastián era pequeño, pero tenía espíritu y algún carácter vasco; no se parecía a la ciudad de hoy, híbrida como un pueblo americano, petulante, sin tipo, dominada por los jesuítas y por una burguesía ramplona y vulgar.

Baroja en aquella época se sintió atrevido, y en unión de su cuñado y de su hijo comenzó a publicar en San Sebastián _El Liberal Guipuzcoano_, periódico radicalísimo, muy bien informado de los asuntos del extranjero, y que fué como un vigía de los liberales españoles en la frontera.

Miñano, Llorente, González Arnao, y otros, mandaban artículos y sueltos al periódico.

El ex fraile Arrambide daba en _El Liberal Guipuzcoano_ la nota irónica y furiosamente anticlerical.

_El Espectador_ y los periódicos liberales de Madrid copiaban las noticias de _El Liberal Guipuzcoano_. Al acercarse la invasión de los franceses con Angulema, el periódico, editado por don Rafael, tuvo un momento de importancia.

Don Rafael, al entrar el duque de Angulema, dejó San Sebastián, que estaba sitiado, y se volvió a Oyarzun. Nadie le molestó. Aquella fué toda su vida política.

Baroja conocía a Aviraneta, y celebraba mucho las ocurrencias de Eugenio, como le llamaba él.

Algunos días iba a la botica un señor de Irún que había estado en América, pariente mío, don José Antonio de Alzate.

Alzate era todo un tipo: muy alto, muy viejo, muy encorvado, siempre vestido de negro, con traje de riguroso invierno, y siempre con un paraguas.

Tenía la cara larga y roja, la nariz grande, los ojos grises, patillas blancas y el sombrero negro, de ala ancha.

Algunos detalles de su indumentaria denunciaban al indiano.

Alzate tenía una hija casada con un labrador rico vascofrancés, de Urruña, y se entendía muy bien con su yerno. Constantemente andaban los dos en un carricoche; el joven con las manos en las riendas, y el viejo con las manos en el paraguas.

De hacer la vida igual suegro y yerno, y de su identificación de ideas, habían llegado a parecerse, al menos, en la expresión, en los gestos y en la manera de vestir. Los dos decían las mismas cosas, con el mismo acento, el mismo accionado y la misma sonrisa.

Alzate era hombre rico; había traído de Méjico gran caudal, y además, joyas, cadenas de oro y otra porción de cosas.

Después de estar cerca de medio siglo en América, a José Antonio de Alzate le había entrado la avaricia por la tierra vasca; su afán, que había comunicado a su yerno, era acaparar todo lo que podía, intrigando, prestando.

Al mismo tiempo que esta furia de posesión, se le metió en la cabeza la idea de que no debía emplear el castellano, y hablaba vascuence hasta en los sitios donde no le entendían.

Alzate tenía varios caseríos en Oyarzun y por las mañanas iba a visitarlos; luego, por la tarde, se establecía en la Botica Vieja--así se llamaba a la de don Rafael--y, sentado cerca del mostrador, con las correas del bastón vasco alrededor de la muñeca, charlaba.

Al principio yo pensé que su cabeza andaba mal; pero después fuí comprendiendo que no oía y no quería parecer sordo.

Luego vi que tenía una memoria muy grande para las cosas antiguas.

Don Rafael me indicó que Alzate le había hablado, hacía ya mucho tiempo, de una historia ocurrida en Méjico, donde intervenía Aviraneta, y yo le rogué que le instara para que la contase de nuevo.

Don Rafael se prestó a ello y un día le dijo:

--Oye, José Antonio, ¿tú eres primo de Aviraneta?

--¿De quién?

--Digo que eres primo de Eugenio de Aviraneta,

--Sí, primo segundo o tercero.

--¿No le has conocido?

--Es más joven que yo.

--Pero ¿no le has conocido?

--¿A Eugenio? Sí.

--¿En Méjico?

--En Méjico y en España.

--No quiere contar nada--me dijo don Rafael--; otro día que le cojamos de buen humor contará lo ocurrido.

I

LA CASA DE ALZATE

--¿Lo que hizo Aviraneta en Méjico la primera vez que estuvo allá?--dijo Alzate mirando a Baroja--. Creo que lo he contado ya muchas veces aquí.

--No recuerdo--dijo don Rafael.

--Sí, lo he contado; pero, en fin, lo volveré a contar, Aviraneta fué a Méjico en tiempo del virrey Apodaca, por el año de 1816 al 17.

Yo llevaba ya cerca de veinte años viviendo en la ciudad de Veracruz como socio de mi tío Ramón. Teníamos entre los dos un gran almacén, que había comenzado por ser una tienda de comestibles, que por allá llaman pulpería, y que llegó a convertirse en casa de banca.

Aviraneta se presentó en nuestro almacén y habló con mi tío y conmigo.

Le preguntamos si contaba con algún empleo y dijo que no. Entonces le ofrecimos que se quedara en la casa. Mi tío y yo teníamos demasiado trabajo.

--Muchas gracias--contestó él--. Si vengo aquí he de estar poco tiempo en el almacén, porque tengo otros proyectos.

--Pero mientrastanto...

--Bueno; mientrastanto os acompañaré. ¿Tenéis muchas horas de trabajo?

--No. El almacén se abre a las nueve y media hasta la una y media, en que se cierra; luego, a la tarde, se vuelve a abrir a las tres y media y se vuelve a cerrar a las seis.

--Es muy poco. Y desde las seis en adelante, ¿se está libre?

--Completamente.

--Muy bien.

Al otro día vino Aviraneta con su equipaje, que en junto era un par de maletas. Se instaló en nuestra casa y empezó a trabajar.

Allá en Veracruz, en mi tiempo, los dependientes de las tiendas llevaban una vida muy regalada. Amos y criados hacíamos siete comidas al día: en la cama, la jícara de chocolate; a media mañana, las once, que consistía en un bizcocho con una copa de vino; a las dos, la comida; a las cinco, nueva jícara de chocolate; a las ocho, otro bizcochito, y a las diez, la cena.

Aviraneta no hizo caso de estas costumbres; comía una o dos veces al día, a lo más, y trabajaba él solo como tres o cuatro personas juntas.

Los otros dependientes, acostumbrados a la pereza de un país tropical, le tenían como a un hombre extraordinario.

Como allí se ganaba el dinero fácilmente y Aviraneta nos hacía tan buen servicio, le quisimos aumentar el sueldo e interesarle en nuestros negocios; pero él no se entusiasmó; seguía pensando en otra cosa.

Hacia mediados de verano, seis meses después de llegar, me dijo a mí que se marchaba.

Mi tío y yo, suponiendo, por los antecedentes que nos había contado, que pensaría intervenir en la política mejicana, le convencimos de que no lo hiciera.

--España va a perder el imperio mejicano--le dijo mi tío--. Si tú eres un patriota español no te mezcles en esto; será una vergüenza para ti y para nosotros.

Mi tío tenía razón; la correría de Mina el mozo y después la intervención de los masones españoles durante el mando de O'Donojú, acabaron de precipitar la independencia de Méjico.

Más tarde o más temprano, América se tenía que perder. Bien perdida está. ¡Ojalá se hubiera perdido antes!

Aviraneta, al oír lo que le decíamos, replicó que no pensaba ocuparse de política en Méjico; que su idea era explorar las zonas próximas a Veracruz y dedicarse a negocios de minas.

--¿En el verano? ¿En la estación de las lluvias?--le pregunté yo.

--Sí.

--¡Creo que no sabes lo que te haces!

--¿Por qué no?

--Porque aquí no se puede hacer nada durante el verano.

--Ya veremos.

La estación de las lluvias es allí la época del vómito negro y de los mosquitos.

La gente de Veracruz, en estos meses de calor sofocante, se encerraba en sus casas como para un sitio; muchos iban a sus haciendas, otros a Jalapa, villa colocada a bastante altura sobre el nivel del mar y de clima sano.

En nuestras casas nos encerrábamos dentro amos y dependientes, y mi tío Ramón se dedicaba a hacer de médico: al uno le daba un purgante; al otro, un emético. Tenía el negociado de sanidad.

Yo no sé cómo será hoy Veracruz; entonces era uno de los pueblos más malsanos, más inclementes del mundo. La poca gente que transitaba por la calle tenía aire febril; al que no, se le veía pasar irritado, desafiador por el calor y el alcohol.

La ciudad, muy blanca, llena de cúpulas y terrazas de conventos, ardía, calcinada por el sol; las calles, anchas y tiradas a cordel, estaban desiertas; las casas, blancas, se veían herméticamente cerradas, y los miradores y los balcones, vacíos.

Los únicos pobladores del pueblo eran unos pajarracos negros, como cuervos, que allí llaman zopilotes, y que se lanzan desde los tejados a la calle a llevarse en el pico las basuras que echan de las casas.

Alrededor de la ciudad, sobre la muralla de piedra con sus garitas y fortines, se veían dunas de arena rojiza, arenales blancos salpicados por pantanos negruzcos, y muy cerca del mar, arrecifes cubiertos de algas.

No había por allí rastro de vegetación; ni un árbol ni una mata en muchas leguas a la redonda. Era una calma de desierto, un cielo implacable, sin una nube, en el cual únicamente se veían bandadas de cuervos del país, que se detenían a mondar los esqueletos de los caballos enterrados en medio de los arenales. En estos meses de verano la poca gente que quedaba en Veracruz no salía de casa ni aun de noche. Toda la vida comercial estaba paralizada.

Los domingos, en el paseo que había fuera de la puerta del Sur, no se veía en este tiempo a nadie, y solamente algunos vagabundos y ladrones, que allí llaman léperos, dormían tendidos en los bancos.

II

LOS CALAVERAS

Pasamos algún tiempo, casi un año, sin saber lo que hacía Aviraneta, y las primeras noticias que tuvimos de él fueron que estaba hecho un calavera y que se reunía con lo más perdido de Veracruz, con un grupo de unos cuantos españoles y extranjeros en bandada, que se dedicaban a escandalizar el pueblo.

Algunos de los españoles eran militares que habían tomado parte en la guerra de la Independencia y en las conspiraciones liberales; los extranjeros, los _gringos_, que decían allí, eran restos del ejército de Napoleón, italianos, griegos, polacos, gente de todas castas y condiciones.

Entre los españoles se distinguían el capitán Gavilanes, Arquez, Aviraneta y un bribón llamado Paulo Mancha, que llevaba el monte en una chirlata y que jugaba muchas veces con cartas marcadas.

Estos aventureros españoles alarmaban al pueblo con sus juegos, sus riñas y sus amores y, sobre todo, por el alarde que hacían de irreligión y de impiedad.

El gobernador los toleraba porque no tomaban carácter político. Allí lo que se temía era la política. Así se oía decir a algún lépero cuando le llevaban preso, dirigiéndose al público: «Me toman por político, y yo no soy mas que ladrón».

Aviraneta se distinguió pronto entre la cuadrilla de calaveras por su valor y su audacia. Una noche ataron a un policía a una reja; otra vez, varios amigos que habían ido a cazar patos silvestres a la luz de la luna, dieron una paliza terrible a unos cuantos ladrones que salieron a atacarles.

Contra esta partida de calaveras españoles y extranjeros se había formado otra de criollos, casi todos afiliados a la masonería.

Los criollos tenían más arraigo en el país, más partidarios entre la gente pobre, y también más prudencia. No iban ellos a atacar a los que consideraban intrusos, sino que enviaban a sus criados y deudos contra los españoles al grito de: «¡Dios y libertad! ¡Mueran los gachupines!»

Los aventureros españoles y extranjeros se defendían a fuerza de audacia. Los criollos contaban con la protección del ejército y del Gobierno. Aviraneta y sus amigos tenían relación con los bandidos que pululaban por el estado de Veracruz, a los que se llamaba salteadores del camino grande.

El capitán Gavilanes, íntimo de Aviraneta, había sido jefe de una partida de bandidos, y estaba dispuesto a volver de nuevo a serlo cuando se cansara de la vida tranquila de la ciudad. Gavilanes tenía amistades con lo peor del país: con los léperos, con los bandidos y con los indios totonacas.

Aviraneta, rodeado de tan excelentes camaradas, se distinguió pronto entre ellos y fué considerado como su jefe. Su tipo extraño, su mirada atravesada, el gusto de vestir de negro, le daban un aire verdaderamente siniestro.

Se comenzó a acumular sobre él aventuras e historias.

Muchos robos y asesinatos que se cometían en el camino de Veracruz a Méjico se atribuyeron a él y a sus camaradas.

Eugenio era un personaje casi popular.

Los hombres le miraban de reojo, y las mujeres le sonreían.

Estos países americanos, que han heredado todo lo malo de los españoles, adoran al bravucón y al Tenorio.

Cuando Aviraneta paseaba a caballo fuera de la puerta del Sur, en compañía del capitán Gavilanes, el antiguo jefe de bandidos, y con un polaco amigo suyo llamado Volkonsky, podía tener la seguridad de que la mayoría de las damas habían hablado de él.

Mi tío y yo preguntábamos a los conocidos qué se sabía de Eugenio, y uno de ellos nos contó que tenía una novia riquísima, hija de una familia criolla, muy entonada y orgullosa, los Miranda, y que iba por la noche a hablar con la muchacha.

¿Serían éstos los planes de Aviraneta?, nos preguntamos mi tío y yo. ¿Querría llegar a la fortuna, haciendo una buena boda?

No lo creíamos.

De pronto se comenzó a hablar de una expedición misteriosa, para buscar minas, que iban a hacer Volkonsky el polaco y Aviraneta.

Efectivamente: partieron para su expedición, y al cabo de tres o cuatro meses, cuando ya creíamos que se habían perdido o que estarían prisioneros de los indios, volvieron a Veracruz diciendo que habían encontrado riquísimas minas de plata.

Se habló de que el filón descubierto por ellos era abundantísimo; de que iban a formar una Sociedad por acciones; de que habían encontrado dinero. De lo que no se hablaba ya era de los amores de Aviraneta.

--¿Y la novia?--preguntaba mi tío, que era muy curioso--. ¿Qué ha hecho Eugenio de la novia?

--Ahora parece que la novia es la mina de plata--le contestaba yo.

Desde aquella expedición minera, las calaveradas de Aviraneta concluyeron; ya no se le veía en ninguna parte. Por lo que decían, se pasaba la vida en casa trabajando, escribiendo cartas, y de quince en quince días marchaba a Puebla, pues era la ciudad más próxima a la zona minera encontrada por el polaco y por Aviraneta.

Un día que estábamos en el almacén se nos presentó don Luis Miranda, el padre de la que había sido novia de Aviraneta.

Bajó de su coche y entró en casa.

Venía a vernos a mi tío o a mí. Le hice pasar a mi despacho, llamé a mi tío y hablamos.

Don Luis nos dijo que nuestro pariente, Eugenio de Aviraneta, después de estar en relaciones con su hija, a pesar de ser un hombre de fortuna y de calidad inferior a la suya, había dejado de aparecer por su casa, a la vuelta de una excursión al Orizaba en busca de minas. Esto creía él que era una informalidad o una tontería; pero, fuese lo que fuese, no se hallaba dispuesto a tolerarla.

--Yo necesito una explicación--terminó diciendo don Luis--. El buen nombre de mi hija no puede estar en manos de un aventurero o de un calavera. Ustedes, que son parientes de Aviraneta, hagan ustedes el favor de hablarle.

Yo le hubiera contestado a aquel señor del mismo modo que nos había hablado él; pero mi tío veía en todo el negocio, y contestó amablemente diciendo que don Luis tenía razón, que hablaría a Eugenio y que le convencería de lo incorrecto de su conducta.

El señor Miranda se fué arrogantemente, como si él fuera un príncipe y nosotros unos pobres tenderos.

Era don Luis Miranda un criollo, hijo de un español y de una mestiza.

En estos países americanos, que se las echan de demócratas, la cuestión de sangre tiene una importancia capital; un lejano ascendiente de color entre cierta clase de personas es una deshonra. Sentirse mestizo allí es una inferioridad; de esto proviene el fondo de odio inextinguible del americano contra el español.

El americano, hijo de España y nacido en América, odia al país de donde procede y desdeña interiormente aquel donde ha nacido. Le pasa como al mulato hijo de blanco y de esclava, que odia al padre y desprecia a la madre.

Don Luis Miranda odiaba a los españoles de una manera furiosa. Se atribuía a él la frase de que si se hubiera podido sacar la sangre española de sus venas a puñaladas, lo hubiera hecho con gusto.

En casi todos los criollos, más en los ricos que en los pobres, existía, y existirá seguramente, el espíritu filibustero, que no cesó con la independencia, ni cesará nunca, hasta que las Américas españolas sean conquistadas por los yanquis.

Los criollos fingían burlarse de nosotros, y nos llamaban gachupines, chapetones, patones, porque decían que teníamos los pies grandes, como es natural en gente acostumbrada a andar y a trabajar; pero debajo de estas burlas aparecía la verdad, y ésta era que nos odiaban y nos envidiaban.

Don Luis Miranda era el jefe del partido antiespañol de Veracruz. Tenía casa de banca importante, mucho dinero y una enorme hacienda a diez o doce leguas de la ciudad.

Don Luis estaba casado con una cubana muy guapa, de la que decían también que tenía algo de sangre negra.

Los dos hijos de don Luis, don Fernando y Coral, eran tipos del criollo puro. Don Fernando, el hermano mayor, era alto, delgado, de tez mate, el pelo muy negro y muy lacio, las manos y los pies muy pequeños.

Don Fernando se parecía a su padre en la figura y en las inclinaciones. Era orgulloso, altivo, con gustos de aristócrata, y sentía el mismo odio frenético por los españoles.

Eso de que allí lejos, en España, hubiera condes y marqueses de verdad, sin mezcla de indios y de negros en su ascendencia, le producía una gran desesperación.

Coral, la hija menor, era una mujer soberbia. Tenía la piel blanca y muy mate, el pelo rizado, los ojos azules, claros, ardientes; la boca, muy roja, y las manos y los pies, pequeñísimos. Vestía casi siempre de negro, trajes de seda, e iba llena de joyas.

Algunas veces, muy pocas, se la veía en coche. A pie no andaba nunca.

III

LAS RAZONES DE AVIRANETA

Llamamos a Eugenio a casa, y mi tío comenzó a sermonearle. Le dijo que le parecía muy mal su conducta con la señorita de Miranda, una muchacha de familia tan distinguida. No tenía más remedio que volver de su acuerdo. Iba a creer todo el mundo que había pretendido a aquella señorita cuando estaba sin un cuarto y que desde el momento que había encontrado algún dinero no quería nada con ella.

Aviraneta escuchó las reflexiones nuestras y contestó que había reñido con la chica y que le molestaba la familia, que constantemente y con cualquier motivo estaba hablando mal de los españoles.

Este odio le irritaba.

--Sí; pero tú debes dar una satisfacción a los padres.

--¿Por qué?

--Porque has comprometido a esa muchacha de una familia tan respetable.

Para mi tío, toda familia rica era necesariamente respetable.

--Yo no veo que la haya comprometido--replicó Eugenio--. La he galanteado, he ido a hablar algunas noches con ella, y nada más.

--Pero tú la has dejado..., y no tienes motivos para dejarla.

--Sí tengo motivos. ¡Ya lo creo!

--¿Pues?

--Nada, que la niña ha tenido ya unos cuantos amantes antes de hablar conmigo.

--¿Amantes?... Quieres decir novios.

--No, no, amantes--replicó con indiferencia Aviraneta.

--¿De manera que la hija de don Luis Miranda?...

--La hija de don Luis Miranda es una Mesalina criolla.

Mi tío no sabía quién era Mesalina; pero por el tono comprendió que la acusación de Eugenio se agravaba.

--¿Y tú cómo has averiguado eso?