Part 13
--¡Ah, claro!--dije yo.
--¿Y lo sabe Corpas?--preguntó Aviraneta.
--Sí. Yo no tengo desconfianza en ustedes--siguió diciendo el fraile--, porque no creo que ustedes sean masones, sino realistas y buenos cristianos.
--Eso por de contado--replicó Aviraneta, riendo--. Excelentes cristianos, aunque un poco borrachos; yo, al menos, por mi parte.
Hubo un largo momento de silencio.
--¿Qué hora es?--preguntó el fraile.
--Las once y cuarto--contesté yo.
--Este sueño... intempestivo... me choca... Si me dieran un poco de agua...
--Ahí está la botella--dijo Aviraneta, señalando una colocada sobre un vasar.
El fraile llenó un vaso de agua y comenzó a beberlo.
--¡Es extraño!--dijo--; le encuentro el mismo gusto que al vino.
--Estará vieja--saltó Aviraneta.
--Sí, esa agua está muy turbia--repuso Freire.
--Sí, está turbia--añadió Magaz--. No beba usted, padre; ¡quién sabe lo que puede haber ahí!
--Vámonos, vámonos; esto es lo mejor.
--Sí, vámonos--dijeron los tres, levantándose.
--Este velón parece que se nos apaga--murmuró Aviraneta, levantándolo en el aire.
--No, no alumbra bien--replicó Magaz.
--Usted cree...--y Aviraneta lo levantó hasta la altura de los ojos y lo dejó caer al suelo.
VII
LA VENGANZA
Quedó todo a obscuras; en aquel momento yo no supe lo que pasó; luego me dijo Aviraneta que él y el _Majo_ habían sujetado con dos cuerdas a Magaz y a Freire, atándolos en un momento, con la ayuda de María.
Después de un ruido ahogado de voces y patadas, en que se oyó cerrar una puerta, Aviraneta, con voz tranquila, dijo:
--A ver si pueden ustedes encender una vela.
--¿Pero qué ha pasado?--murmuró el fraile, temblando.
--Nada; no ha pasado nada. Que yo he bebido demasiado de este aguardiente y no me sostienen bien las piernas y he caído sobre la mesa.
--¿Y Magaz y Freire?
--Se han escapado, tropezando con todo el mundo. Yo no sé lo que han creído.
--Yo también me voy.
--Espere usted que encendamos una luz; no vamos a poder bajar las escalaras si no.
--No; me voy ahora mismo, sin luz.
--Usted quédese en el portal--me dijo Aviraneta.
Aviraneta trajo una linterna, y con una pajuela la encendimos. El _Majo_ el chispero fué acompañando al fraile por las escaleras. María llevaba la linterna. La soñolencia y la torpeza del padre iban en aumento; tropezaba en los escalones; se tenía que agarrar al barandado suspirando. Al llegar cerca del portal Aviraneta indicó al chispero que llevara al fraile hacia el patio. El _Majo_ y el fraile avanzaron, y acercándose a los dos, embozado, gritó Aviraneta:
--¡Alto! El santo y seña.
--Carlos, Adhesión y Fe--murmuró el fraile.
Al mismo tiempo, con el esfuerzo de recordar, el fraile se serenó un momento; oyó voces fuera hacia la calle, comprendió dónde estaba, y se abalanzó al portal.
Lo detuve yo y forcejeamos. Estábamos luchando, cuando a la luz de la linterna apareció Aviraneta, de pronto, con un antifaz negro en la cara y un puñal en la mano derecha.
--Si das un grito, eres muerto--dijo con voz sorda.
Detrás de él apareció el chispero, también enmascarado.
El fraile lanzó un chillido agudo, tropezó, y temblando, se apoyó en la pared.
--Quitadle él hábito--dijo Aviraneta.
Se lo quitamos.
--Ahora, atadlo.
Entre el _Majo_ y yo le atamos y lo dejamos tendido. Aviraneta tenía una mordaza en la mano y se la puso al fraile.
--Vámonos--dijo Aviraneta.
--Ahora, mi venganza--exclamó María; y arrodillándose junto al fraile exclamó varias veces:
--Soy Visconti. Me conoces, ¿verdad? Me conoces. Ahora vas a morir.
Nosotros, los tres hombres, contemplábamos espantados aquella escena. De pronto María sacó del pecho un estilete delgado, como una aguja de hacer media, que brilló a la luz del farol como un relámpago, y lo clavó en el pecho del fraile. Luego, con sus dos manos pequeñas, hundió el arma en el cuerpo hasta que no se vió mas que la empuñadura. Se oyó un estertor confuso, y luego, poco después, ruido en la calle.
--Vamos, vamos--dije yo--. Nos van a perseguir.
María no quería moverse. El chispero la cogió en brazos, la levantó en el aire y salió con ella detrás de nosotros.
Cruzamos un pasillo, atravesamos un patio y salimos a un portal frente a la plaza del Biombo.
Aviraneta se puso el hábito del fraile y dió a María su capa.
--Nos reuniremos en el portal de mi casa, en la Plaza Mayor--dijo Aviraneta a María y a mí. Ahora cada cual por su lado. Ya saben ustedes el santo y seña: Carlos, Adhesión y Fe.
VIII
LAS PERIPECIAS DE LA FUGA
Marché yo por la calle del Biombo, no muy de prisa, para no dar la impresión de que huía. Iba horrorizado. Al pasar por delante de San Nicolás un embozado me detuvo.
--Alto, ¿quién va?
--Carlos, Adhesión y Fe--contesté yo.
--Adelante. ¿Qué hay, amigo?
--Nada de particular.
--¿Mucha gente por allá?
--Sí, alguna.
--¿Tiene usted un cigarrillo?
--Tome usted.
--Muchas gracias.
Luego me quedé asombrado de poder haber seguido aquel diálogo vulgar en el estado en que yo me encontraba. Tal es la fuerza del instinto de conservación.
Por la calle de Santiago, y luego por la de Milaneses, entré en la Plaza Mayor hasta la escalera que baja a Cuchilleros. Al llegar allí, la puerta estaba entornada. Aviraneta esperaba en el portal vestido de fraile. Me dijo que el sereno le había acompañado, y que él, sintiéndose paternidad, le había contado una porción de mentiras.
Esperamos media hora; no apareció María.
--¿Qué habrá hecho esta mujer?--pensamos--. Sabe el camino. Tenía tiempo de sobra para venir; indudablemente, le habrá pasado algo.
--¿Qué hacemos ahora?--pregunté yo.
--Vamos a casa de usted por el tejado--dijo Eugenio.
Subimos de puntillas las escaleras hasta la casa de huéspedes de Aviraneta; abrió él la puerta, cruzamos un largo corredor y entramos en su cuarto. Abrimos el balcón que daba al tejado, saltamos por encima de la barandilla y comenzamos a marchar por encima de las tejas. Aviraneta, como había bebido mucho y no sentía la necesidad de estar sereno, comenzaba a hacer locuras, reía sin motivo y se le ocurrían una porción de simplezas.
--Verdaderamente--decía--, debe usted estar agradecido de mi invitación a ser conspirador hecha en París, en un baile... Esta es una vida de gato, señor barón...; y todo irá bien si no le dan a uno el golpe del conejo y lo meten en la cazuela.
El viaje fué penosísimo. Aviraneta con el hábito no podía andar. Tropezaba, se caía, se echaba a reír.
De pronto Aviraneta se detuvo, se remangó el hábito y se quedó inmóvil.
--¿Qué le pasa a usted?--le dije.
--No puedo más--contestó él.
--¿Es el alcohol que hace efecto diurético?
--Sí. Pero con este balandrán no me las puedo arreglar. ¡Aquí le quisiera yo tener a Fernando VII!
--¿Para qué?
--Para inundarlo. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?
--¿Qué?
--Proclamar la República desde este tejado.
--La cabeza de usted no funciona bien, Aviraneta. Vamos.
--Espere usted un instante. Voy a quitarme el hábito y a tirarlo a la Plaza Mayor. Que se lo ponga si quiere ese rey de bronce que está ahí a caballo... Yo no quiero hábitos viles.
--No tire usted el hábito--le dije yo--. No haga usted barbaridades. Algún sereno, el que ha hablado con usted, puede verlo.
--Es que con este hábito me parece que me voy sintiendo fraile. ¡Muera el obscurantismo! ¡Salud y República, señor barón! No, barón, no..., no hay barones. Ciudadano, nada más... Todos somos ciudadanos...
--Sí, hombre, sí. Tiene usted razón. Vamos adelante.
Avanzamos unos doscientos pasos más y vimos la ventana de una guardilla que resplandecía.
--¿Qué habrá ahí?--exclamó Aviraneta, interrumpiendo su monólogo.
--Deje usted. ¿Qué importa lo que haya?
Aviraneta se acercó a la guardilla y me llamó con la mano.
Dentro de un cuartucho se veía un cadáver en una caja de madera, en el suelo, rodeado de cuatro velas.
--Voy a entrar a ponerle el hábito del padre Madruga...; ¡ja... ja!..., ¡qué idea!
--No sea usted bárbaro.
--¿Por qué no? Creerán que es un milagro.
--No fastidie usted, Aviraneta. Está usted borracho. Obedézcame usted. Nos va la vida.
Aviraneta se ofendió de que le llamara borracho, y dijo que aunque él era un ciudadano y no un aristócrata, no se emborrachaba.
Seguimos avanzando y llegamos a la guardilla de la casa donde yo vivía. Entramos en ella de cabeza, bajamos las escaleras, abrimos la puerta y pasamos al cuarto. Conchita me esperaba impaciente. Conté yo lo ocurrido y hablamos.
Era indudable que íbamos a ser perseguidos.
Freire y Magaz, en seguida que se viesen libres, darían nuestras señas a la policía y se nos buscaría con ahinco.
Como Aviraneta no se enteraba de lo que se hablaba, le preparé una cama en el suelo, y no hizo mas que tenderse y quedar dormido.
IX
LA OBSCURIDAD ALREDEDOR
La noche para mí fué horrible; no pude dormir un instante; aquella escena final en el portal de la calle del Viento la tenía constantemente ante los ojos. A veces dudaba de que fuese una realidad.
Por la mañana iba a conciliar el sueño cuando me despertó un campanillazo.
--¡Ya está aquí la Justicia!--pensé.
Era María Visconti, que había pasado la noche en el taller de el _Majo de Maravillas_, atendida por la mujer y por una hermana del chispero.
Aviraneta se despertó y discutimos lo que había que hacer.
Eugenio no recordaba detalles de lo ocurrido la noche anterior.
No hicimos la menor alusión a la muerte del fraile.
Nos parecía que bastaba que reconociéramos nosotros el hecho para que lo conociera todo el mundo.
Por lo que dijo María, a ella no la había seguido nadie. Al entrar en casa no se encontró tampoco persona alguna.
--En cambio, yo parece que hablé con el sereno ayer noche--dijo Aviraneta.
--Eso me contó usted--repuse yo.
--¿Dije, no que le vi, sino que le hablé?
--Sí, que le habló usted.
--Entonces pueden encontrar nuestra pista.
--No me parece tan fácil.
--Sí, no es difícil; cuando vean al _otro_ sin el hábito de fraile comprenderán que nosotros se lo llevamos e interrogarán a los serenos del barrio.
--¿Y qué hacemos?--dije yo.
--Si no fuera por Arquez, que va a venir y nos va a fastidiar, porque ya le han visto varias veces con nosotros, lo más prudente sería quedarnos aquí ocho o diez días. Pero viniendo el _Perrete_, como vendrá, lo mejor es marcharnos.
--¿Adónde?
--Eso es lo que estoy pensando. Porque la cuestión es que desaparezcamos los cuatro.
Eugenio comenzó a pasearse arriba y abajo por el cuarto; luego se puso a escribir con mucho trabajo, simulando la letra.
--¿Qué hace usted?--le dije.
--Voy a ver si les estorbo un tanto a Corpas y a Freire. Les voy a denunciar a la policía.
--Se va usted a comprometer.
--No; si me comprometiera no lo haría. Esto, por el contrario, nos puede servir.
--Pero, ¿qué crédito cree usted que van a dar a una denuncia anónima?
--Pueden darle alguno. Porque yo, que he tenido siempre el temor de que Corpas nos denunciara, he dejado disimuladamente en su casa, metido entre las hojas de un libro de su biblioteca, los estatutos de la Santa Fe y una lista de conspiradores amigos de Don Carlos. Una maniobra parecida he hecho en casa de Freire, dejando debajo de la estera una serie de facturas de compra de armas. Ahora le digo a la policía que busquen en la biblioteca del uno y debajo de la estera del cuarto del otro. Antes de que Corpas y Freire vayan a denunciarnos se encontrarán ellos denunciados.
--Está bien--dije a Aviraneta.
--Hay que ennegrecer el agua de alrededor--repuso él--. Empezamos a jugarnos la cabeza seriamente.
--¡Y tan seriamente!
--Pero no hay que desesperar.
--Claro que no.
De cuando en cuando íbamos a mirar al balcón de la casa de Aviraneta, que estaba frente por frente de la mía, para ver si abrían las persianas. Esto indicaría que entraban en el cuarto, y de entrar, siempre era posible que fuese la policía.
--¿Usted sabe si cerramos ayer las persianas bien?--me preguntó Aviraneta.
--No; no lo sé.
Otro problema lo tuvimos con el hábito. ¿Qué íbamos a hacer con el balandrán del padre Madruga? Tirarlo era peligroso. Quemarlo, no teníamos dónde.
Por indicación de Conchita decidimos que se hiciera con él un refajo, uno de esos refajos de aldeana pesados que hacen abultar el cuerpo.
María y Conchita se pusieron a coserlo a grandes puntadas, mientras Aviraneta y yo seguíamos discutiendo.
Por la tarde llegó Arquez y le contamos lo ocurrido. El hombre se quedó pasmado con los sucesos que le contamos; le dijimos que teníamos necesidad de encontrar otro rincón donde meternos.
--Mandadme--dijo él--. ¿Qué tenéis pensado?
Nosotros no teníamos nada pensado; no habíamos encontrado aún una solución aceptable. En esto Aviraneta vino con el anteojo en la mano.
--¡Diablo!--exclamó.
--¿Qué pasa?
--Que han abierto las ventanas de mi cuarto.
Cierto que podía ser el viento, o la patrona, que entrara a cualquier menester; pero temíamos que fuera la policía.
--Decidan ustedes algo--dijo Arquez.
--Aviraneta comenzó a pasear por la habitación con la cabeza baja.
--¿Tú conoces los alrededores de Madrid?--preguntó de pronto a Arquez.
--No. Pero puedo preguntar...
--No... no... no. Eso no nos conviene. Yo quisiera que fueras a buscar a un conocido mío, a Santiaguito el _Chaval_, que vive en la calle del Tribulete, número once, y lo traigas aquí. No preguntes a nadie por la calle: compra un planito de Madrid, que se vende en la librería de la calle de Carretas; mira dónde está la del Tribulete, busca a Santiaguito el _Chaval_, que es zapatero, ven con él, y de paso echa esta carta al Correo.
Se marchó Arquez, y nosotros dos seguimos en observación de la casa de Aviraneta y de la Plaza Mayor.
La ausencia de Arquez nos pareció larguísima.
X
EL ASILO DE MAESE JUAN «EL FILÓSOFO»
Al anochecer aparecieron Arquez y Santiaguito, el _Chaval_. Santiaguito, que era un hombrecillo bajito, rubio, algo cojo y jorobado, y que hablaba de tú a Aviraneta, dijo a éste que en su casa no podía esconder a nadie. A los requerimientos de Eugenio concluyó diciendo que, si no teníamos escrúpulos en meternos en cualquier rincón, nos llevaría a todos a un sitio donde estaríamos seguros.
--Nada; ahora mismo.
Decidimos dejar la casa de dos en dos y reunimos en la Puerta de Atocha. Marcharon primero María y Conchita. A Conchita se le puso el refajo hecho con el hábito del fraile y un mantón; parecía una criada alcarreña. Luego salieron Santiaguito y Aviraneta, y, por último, Arquez y yo, embozados en nuestras capas.
Al pasar por la plaza de Santa Cruz nos encontramos con una patrulla de gente armada, a las órdenes del corregidor, que iba, sin duda, a recorrer los barrios bajos.
Pasamos el susto correspondiente y seguimos nuestro camino por la calle de Atocha. Ya estaba completamente obscuro. Hacía una noche fría, venteaba con furia y los farolillos de aceite de las calles oscilaban con las ráfagas del aire. Salía a ratos la luna entre nubarrones negros.
Al llegar a la plaza de Antón Martín tuvimos otro susto; nos encontramos con un grupo de sayones que se nos acercaron cantando canciones tristísimas. No podía yo comprender qué era aquéllo, y luego Santiaguito me explicó que era la Ronda de los Hermanos del Pecado Mortal, que iba entonando saetas.
Al llegar a la Puerta de Atocha salimos todos, menos Arquez, y comenzamos a marchar a campo traviesa. Llegamos a las orillas de un arroyo que se llama el Arroyo Abroñigal; allí Santiaguito se paró delante de una casa solitaria, en cuya pared se leía este letrero a la luz de la luna:
_Orno de hasados._
--Esperen un momento--nos advirtió.
Esperamos media hora. Al cabo de este tiempo Santiaguito volvió y dijo:
--Entren ustedes. Ahí no les buscará nadie.
Pasamos a un local grande y destartalado. Era la cocina de un horno derruído, donde había un viejo calentándose delante de una hoguera. Saludamos al viejo y nos sentamos. Aviraneta se entendió con él para que nos pusiera de cenar.
Era el viejo un aldeano de ojos azules y pequeños, cara de zorro, mal afeitada, el aire de malicia y socarronería. Se llamaba el señor Juan. Nos dijo que estaba allá al fuego porque tenía gran resfrío.
Hablaba un castellano tan claro y tan sonoro, que a mí me maravillaba; me parecía estar oyendo a un español del siglo XVII.
Después de cenar nos preparó unas camas de paja, y allí nos acomodamos. El viejo se tendió sobre un saco, se echó dos capas encima y se quedó dormido. Yo no pude conciliar el sueño en toda la noche. El recuerdo de los acontecimientos me tenía nervioso, excitado; sólo al amanecer pude descansar un poco.
Al día siguiente, al despertarme, entraba un hermoso sol por la ventana. El cuarto donde estábamos era grande, encalado, con unas cuantas sillas de paja, una mesa de aspas, un arcón y una imagen de la Virgen en la pared.
El señor Juan salió a la puerta con su hacha y rajó unas cuantas maderas viejas; luego hizo fuego y puso dos pucheros a la lumbre.
Comimos muy bien. Me chocó que no apareciese nadie por los alrededores de aquella casa, realmente desolados y tristes.
El señor Juan nos contó historias de su vida de cazador, con su lenguaje castizo y puro.
Se le podía oír como a un libro. Era tal la fuerza de su egoísmo, que, al escucharle, daba la impresión de que habitaba un mundo sin gente. Le gustaba explicarlo todo con una gran profusión de detalles. Nos habló de la vida que hacía en el campo, de lo que comía por la mañana; después, cómo guardaba el tocino en la _cuerna_ (como la llamaba él) y la tapaba con la _corcha_. Luego contó lo que le habían costado las dos capas que tenía, de las que estaba muy orgulloso.
Por la noche, el señor Juan rezó el rosario con un gran fervor, y los demás le acompañamos.
Realmente, como la preocupación de no ser presos era en todos nosotros tan grande, no se me ocurrió pensar qué oficio tendría aquel hombre.
Un día que el señor Juan abrió su arca, vi dentro una porción de cuerdas muy nuevas, garfios y otros aparatos.
--¿Para qué tiene usted tantas cuerdas?--le pregunté.
--Son para mi oficio--contestó él sonriendo.
No quise ser indiscreto. A Aviraneta, que supuse lo sabría, le dije:
--¿Pero quién es este hombre en cuya casa vivimos? ¿Qué es?
--¿Este? Es nada menos que maese Juan, el verdugo de Madrid--me contestó Aviraneta.
--¡El verdugo!
--Sí.
La noticia me hizo impresión.
--No se lo diga usted a ellas--advirtió Eugenio.
--No, no.
--¿Y se le puede hablar de su oficio?
--Sí; le contará a usted sus ejecuciones como cuenta sus batidas de caza. Igual.
Efectivamente: maese Juan, al preguntarle si era verdugo, me contestó, sonriendo, que sí, y me habló de los hombres que había echado al otro mundo como un médico de sus enfermos o un párroco de sus feligreses. La cosa, sin duda, le parecía natural y sin gran importancia.
Me contó también que había sido pastor en el pueblo y que había venido a Madrid de guarda. Al quedar vacante la plaza de verdugo, él la había solicitado, porque se ganaba más; pero a su mujer y a su hijo les había parecido tan horrible su decisión, que no querían vivir con él.
Maese Juan no comprendía esto, y se encogió de hombros, como quien no se explica una preocupación absurda.
--¿Usía no estaba enterado de que yo era el verdugo?--me preguntó luego sonriendo.
--No.
--Don Eugenio sí lo sabía.
--Sí; don Eugenio, sí.
--Cuando se tiene el oficio de usía, hay que estar bien con el verdugo--dijo filosóficamente maese Juan.
Yo me estremecí.
--Es verdad--dije--, porque el mejor día se está expuesto a entregar a uno de ustedes el cuello.
--Por fortuna--dijo él--, no todos los verdugos son iguales; hay verdugos y verdugos, caballero.
--Cierto. En esa profesión, como en todas, habrá sus más y sus menos.
--Y que lo puede usía decir muy alto, señor, porque parte del oficio depende del material. Y buenas cuerdas, como yo, no hay verdugo que las tenga; pero parte, y perdone que se lo diga a usía, depende de la mano.
--¿Y usted la tiene buena, maese Juan?
--No es por alabarme, caballero; pero creo que para enviar con limpieza a un cristiano al otro mundo no hay muchos que se me puedan poner delante.
--Y, sin embargo, ¿usted no habrá matado a nadie antes de ser verdugo?
--A nadie, señor. Es más: la idea sola de matar me desazonaba; pero cuando entré en las funciones del cargo, cambié y me dije: «Juan, tú no eres un hombre; tú eres la misma Justicia bajada del cielo, que se sirve de tus manos para castigar».
--¿Así que no tiene usted remordimientos?
--¿Remordimientos? ¿Por qué, señor? Cumplo mi oficio lo mejor que puedo.
--¿Y cree usted que con esta profesión ganará usted el cielo?
--Así lo espero, señor; habré de pasar por el purgatorio; pero supongo no será por mucho tiempo.
--Lo malo de los verdugos es que no tendrán un santo patrono que interceda por ustedes.
--No; eso, no. Es verdad, eso nos falta; pero yo tengo a la Virgen de la Fuencisla, que intercederá por mí.
Con estas charlas, maese Juan, el verdugo y yo, nos entreteníamos.
XI
LOS SACRIFICADOS
No supimos hasta mucho tiempo después lo que había ocurrido en Madrid. A la casa del verdugo no llegaba noticia alguna.
El padre Madruga había muerto; pero, sin duda, era personaje de vida misteriosa y no se quiso hacer luz sobre su pasado.
Respecto a nuestra conspiración, quedó en la obscuridad. Solamente los triángulos 12 y 13, al ver que no podían denunciar el complot entero porque nos habíamos dado cuenta de su traición, delataron al comisario don Vicente Ramón Richart.
Richart, al saber que iban a prenderle por sospechoso, quemó todos los papeles comprometedores que guardaba y fué a casa de dos sargentos de Infantería de Marina, que formaban el triángulo con él.
Les dijo que estaban descubiertos, que se salvaran, que hicieran desaparecer todo papel comprometedor, y aquellos miserables, que eran precisamente los traidores, le pusieron una pistola al pecho y lo prendieron.
El Gobierno recompensó a los sargentos y pagó las delaciones a buen precio. Se encarceló al cirujano don Baltasar Gutiérrez, al empleado don Juan Antonio Yandiola y al general O'Donojú.
Richart, Gutiérrez y Yandiola sufrieron el tormento en el potro; pero, como hombres de alma fuerte, no confesaron nada.
Pocos días después la policía prendió al sargento de Húsares Vicente Plaza, a un ex fraile, guerrillero de la Independencia, llamado fray José, conocido por sus ideas liberales y amigo de Richart, pero que no había entrado en la conspiración; a don Francisco Esbriz y a algunas otras personas.
El Gobierno no pudo averiguar de dónde había partido el complot ni quiénes lo dirigieron.
El 6 de mayo de 1816 don Vicente Ramón Richart y don Baltasar Gutiérrez, después de sufrir el martirio, fueron ahorcados y luego descuartizados por maese Juan, el verdugo de Madrid. Las cabezas de los dos conspiradores, separadas del tronco, quedaron expuestas al público en la Puerta de Alcalá, punto que se suponía había de ser teatro de la conspiración abortada.
Meses después, el 4 de julio del mismo año, fueron ahorcados en la plaza de la Cebada el sargento de Húsares Vicente Plaza, el guerrillero fray José y don Francisco Esbriz. Yandiola y O'Donojú fueron absueltos.
Después del fracaso de esta conspiración, y poco tiempo más tarde, se descubrió que Renovales estaba en Bilbao y que intentaba un movimiento. Aquello debió obedecer a una maniobra de agentes provocadores por el estilo de Couzier; luego se supo que Regato y su mujer habían estado en Bilbao y dado un banquete el día de San Joaquín a los amigos de Renovales; banquete en el cual se brindó por la Constitución, por la muerte de Fernando y por Carlos IV.
Para denunciar estos hechos fué a Madrid un tal Juan Antonio Carrera, probablemente enviado por Regato.
Los conspiradores de Bilbao, Renovales, Olavarría, Colombo, Olalde, Acevedo, tuvieron que andar huyendo a salto de mata, escondiéndose por el campo en las chozas y en las cuevas, hasta que se refugiaron en Francia; Arquez se marchó a Gibraltar; Istúriz tuvo que escapar de Cádiz.
Paulino Couzier y Regato habían vendido a todos.