Los Caminos del Mundo

Part 12

Chapter 124,116 wordsPublic domain

El coche, por la dirección que llevaba, debía ir hacia Palacio; dimos luego una serie de vueltas, que nos desorientaron, y debimos salir a alguna ronda. El coche iba dando tumbos; en uno de éstos me apoyé, sin querer, sobre el pecho de Aviraneta y noté la línea rígida de un puñal.

Pasada la ronda, cruzamos por una calle o plazoleta empedrada; entramos en un zaguán, y se abrió la portezuela.

--Síganme ustedes--dijo un señor con aspecto de criado o mayordomo.

Subimos una escalera de servicio y pasamos a un gran salón antiguo; el techo con artesones; magníficos cuadros y muebles.

--Aquí van ustedes a tener frío--nos dijo el mayordomo.

--Sí, es muy probable.

El mayordomo trajo un brasero repujado en una tarima pequeña, llena de adornos, de cobre; lo puso debajo de la mesa y colocó en una carpeta papel y recado de escribir.

Aviraneta y yo nos mirábamos de reojo.

El primero que llegó a la reunión de todos los invitados fué Corpas, con un señor que debía ser el amo de la casa. Corpas advirtió a Aviraneta que, después de que hablasen los demás, él hablaría con el único objeto de alargar la sesión, para dar tiempo a que nosotros redactáramos las actas.

Yo le miraba a Eugenio; y si no hubiera sido porque en todos aquellos preparativos se sentía algo siniestro, me hubiese dado ganas de reír. Eugenio talló las plumas con gran cuidado, probó la tinta, estuvo admirablemente en su papel.

En esto se presentó un fraile hético, de cara de estupor, los ojos apagados, la nariz roja, el labio superior un arco de círculo que mostraba con una mueca desdeñosa los dientes amarillos; la tez, de color verdinegro, y el tipo, de hombre peligroso y fanático. Era un producto de seminario o de convento digno de un museo de curiosidades monstruosas. Luego llegó un señor sonriente, y después, juntos, un hombre moreno, de aire avinagrado, y otro grueso, de patillas rojas y largas y cara rubicunda.

Fué llegando más gente, entre ellos un jesuíta joven, con acento italiano, de ojos azules, de tez sonrosada y sonrisa falsa. Por lo que me dijo Aviraneta en voz baja, era el hombre de confianza del padre Cirilo de la Alameda, de este intrigante ambicioso, cortesano y bajo, que va apoyándose tan pronto en María Cristina como en Don Carlos, que ha llegado a arzobispo de Cuba y que llegará a Papa si le dejan.

Estaban también en la sala, según me dijo Eugenio, el decano de la Inquisición, don Luis Cubero; el fiscal Zorrilla y el inquisidor general, don Pablo Mir.

Antes de que comenzara la sesión entraron un fraile dominico, navarro, grande, abultado, con aire de elefante, acompañado de un frailuco joven e inquieto, de ojos vivos. El frailuco se llamaba el padre Madruga.

Comenzó la reunión diciendo Corpas cuál era el objeto de la Santa Fe, y todos los reunidos dieron su parecer.

La idea general era que había que atacar con mano firme la masonería y la irreligión y poner espías en su campo; algunos indicaron vagamente la opinión de que Fernando estaba vendido a los masones.

--Sí, no ha habido severidad bastante--dijo el dominico navarro; no se ha castigado como se debía a ningún hereje.

--Y el restablecimiento de la Inquisición ha sido una farsa--repuso don Pablo Mir, el inquisidor general--. No se procesa a nadie.

--Hay una lenidad verdaderamente abominable--dijo el fiscal Zorrilla.

--En el Consejo de la Suprema estamos mano sobre mano--añadió el inquisidor general.

El Consejo de la Suprema, que era un centro de consulta de la Inquisición, por lo que me dijo Aviraneta, estaba instalado en la calle de Torija, en una casa de ladrillo, grande, próxima al que luego ha sido palacio de María Cristina.

--Lo mismo que traer a la Compañía de Jesús--saltó el jesuitilla joven--. ¿Para qué llamarla, si no se la dan atribuciones? ¿Para qué hacerla venir, si se la aparta sistemáticamente de la dirección de la juventud?

Por una hábil maniobra de Corpas, dejando las ideas generales, se comenzó a hablar del funcionamiento de la Sociedad la Santa Fe, del dinero que se podía reunir, de las obligaciones de los socios, etc.

Aviraneta y yo comenzamos a tomar notas y estuvimos escribiendo unos veinte minutos. Al cabo de éstos nos miró Corpas, como indicando: «Hemos acabado», y mientras él, como había dicho, comenzó a hablar, nosotros nos pusimos a redactar el acta.

Corpas habló con mucho fuego y se manifestó muy entristecido de la política del rey, entregado a gente incapaz, como el nuncio Gravina, terco, negado y cruel; al canónigo Ostolaza, al duque del Infantado, que era un imbécil; al arcediano Escoiquiz..., hombres que no tenían ni la inteligencia ni el entusiasmo necesario para defender el altar y el trono en peligro.

Luego se ocupó de la camarilla de Fernando, formada por mozos viciosos, como el duque de Alagón y Ramírez de Arellano; traidores advenedizos, como Lozano de Torres, y gente de tan baja extracción, como Chamorro, como Ugarte y como el clérigo Melo.

Cuando concluyó Corpas, Aviraneta y yo teníamos copiada el acta.

Después habló de nuevo el dominico navarro, y mientrastanto, Corpas se puso los quevedos, repasó las actas, borró dos o tres palabras y luego firmó por duplicado. Los demás leyeron y firmaron uno tras otro. La Santa Fe había nacido.

Comenzaron a marcharse todos. Corpas nos dictó una lista de personas que podían figurar en la Sociedad. Aviraneta y yo tuvimos que aparecer en la lista de aquellos primeros _feotas_: Aviraneta con el nombre de Alzate; yo, con el de Arizaga.

Al cabo de algún tiempo, Corpas nos dijo:

--Ahora iremos los tres hasta mi casa.

Entramos en el mismo coche cerrado en donde habíamos ido y paramos en la plaza de Afligidos.

Ni Aviraneta ni yo pudimos darnos cuenta exacta de dónde habíamos estado aquella noche.

V

LOS TRIÁNGULOS 12 Y 13

Sustituímos nuestro buzón de la calle de Capellanes por un despacho de memorialista de la Corredera Baja, y comenzamos de nuevo las comunicaciones.

Algunos de los afiliados se manifestaban impacientes, como si la cosa fuera sencilla y sin complicaciones.

En verdad, teníamos la gente preparada. Los generales Lacy, O'Donnell, O'Donojú y los oficiales Richart, Manzanares, Bazán y otros muchos estaban dispuestos a echarse al campo cuando llegara el momento oportuno. Necesitaban, naturalmente, hombres y medios económicos.

En esto los triángulos 12 y 13 nos mandaron una comunicación sospechosa. En ella decían que tres sargentos estaban dispuestos a entrar en Palacio y a matar al rey a sablazos en su trono. Añadían que tenían que vernos para comunicarnos detalles.

Discutimos la cuestión Aviraneta, María, Conchita, Arquez y yo, y quedamos de acuerdo en que se trataba de un lazo de algún traidor o traidores que esperaban denunciarnos.

Se dió aviso a todos los triángulos, menos al 12 y al 13, de que quemaran papeles, si los guardaban, y esperaran nueva plantilla.

Aviraneta, que estaba muy preocupado, nos dijo a Arquez y a mí que había pensando una combinación para descubrir a los triángulos 12 y 13 y ver si estaban en relación con la policía. Nos explicó el proyecto, que me pareció bastante complicado.

Había preparado la celada de este modo. Iba a citar a los triángulos 12 y 13, y al mismo tiempo a la policía, en un punto, de noche y a la misma hora, a ver si se entendían y hablaban los conspiradores y los de la Ronda.

Si no se conocían, y la gente de los triángulos iba, por tanto, de buena fe, no les podía pasar nada; si se entendían, era que estaban en relación con la Ronda.

¿Pero cómo íbamos a saber nosotros si hablaban y se entendían?

Esto era lo que había maquinado Aviraneta. La casa de su madre, de la calle del Estudio de la Villa, comunicaba con el convento de las monjas del Sacramento por un balcón corrido. El balcón corrido caía sobre el huerto monjil, y éste tenía una puertecilla con una reja que daba a la plaza de la Cruz Verde.

Aquí citaría Aviraneta a los conspiradores sospechosos de traición y a la policía, mientras nosotros les observábamos por la reja.

Aviraneta fué por la mañana a ver a su hermana a la iglesia del Sacramento y le pidió la llave de la casa. Le dijo que andaba perseguido, que quería buscar unos papeles y que necesitaba que no se enterase nadie. Su hermana le entregó la llave y Aviraneta se decidió a dar el aviso a los sargentos sospechosos.

Les escribimos, disimulando la letra y con la plantilla.

El aviso decía así:

«A los T ∴ 12 y 13.

Esta noche los T ∴ 1 y 3.º os esperan, a la una, en la plaza de la Cruz Verde.»--_Oteroba._

Después redactamos esta carta:

«Al superintendente de Policía.

Esta noche, a la una, se reúnen varios conspiradores en la plaza de la Cruz Verde. No hay que vigilar antes, pues se darán cuenta. Caed sobre ellos a la una en punto.--_Un amigo del orden._»

Aviraneta me invitó a mí, pero Arquez quiso también acompañarnos. Nos citamos a las seis en el Pretil de los Consejos. Estaba lloviendo. Bajamos la escalerilla del Pretil y entramos en el portal de casa de Aviraneta. Este nos llevó de puntillas a su cuarto y nos tuvo allí hasta la noche. Tenía preparado algo de comer, y para la excursión, una linterna sorda y una cuerda.

Dieron las doce en el reloj de Santa María de la Almudena y en San Justo, y los tres, Arquez, Aviraneta y yo cruzamos la casa, abrimos una puerta vidriera y aparecimos en el balcón corrido que daba al huerto de las monjas.

La noche estaba obscura. Seguía lloviendo. Aviraneta iba a atar la cuerda al barandado del balcón.

--Llueve mucho--dijo.

--Sí. ¿Eso qué importa?--preguntó Arquez.

--Importa. Si la tierra está húmeda y bajamos directamente vamos a dejar huellas. Las monjas se alarmarán y darán parte a la policía. Se comprenderá que si han pasado hombres por la huerta, esos hombres han venido de aquí; registrarán mi casa, encontrarán huellas y quedaremos descubiertos.

--¿Qué hacemos entonces?--pregunté yo.

--A ver qué se les ocurre a ustedes--dijo Aviraneta.

A mí no se me ocurrió nada.

Después de un rato Eugenio indicó:

--Se pueden hacer dos cosas: una, que vaya yo por el tejado y baje por la cañería al huerto y observe yo solo lo que pasa; otra, que vaya por el tejado y lleve esta cuerda. Se ata antes al balcón y luego yo veré de sujetarla a aquel árbol del huerto. Ustedes tendrán que bajar colgados de la cuerda.

--Esto es fácil--dije yo.

--La vuelta para ustedes será más difícil--repuso Aviraneta.

--No, tampoco. Lo difícil es lo de usted. Se puede usted matar bajando por la cañería.

--No; he bajado algunas veces de chico.

--¿Y subir, cómo va usted a subir después? ¿Otra vez por la cañería? No puede ser.

--No; verá usted, vamos a hacer otra cosa; esta soga es larga. Yo bajaré al ángulo del huerto, rodearé una rama fuerte de ese árbol con la cuerda y echaré el otro extremo al balcón. Si ponemos cuerda doble, yo vendré también por la soga y la retiraremos desde aquí. ¿No le parece a usted?

--Sí; eso, sí.

Atamos un extremo de la cuerda al balcón, que era fuerte, y Aviraneta desapareció. Al poco rato asomó la cabeza por encima del alero y dijo:

--¡Bueno, venga la cuerda!

Se la echamos, y notamos que se la llevaba. Como la noche estaba tan obscura no se le veía. Oímos un ruido de algo que se rompe.

--Ese hombre se va a matar--pensé yo.

No siguió el ruido, y a los pocos minutos un extremo de la soga dió un latigazo en el balcón.

--¿Está usted ya?--preguntamos Arquez y yo.

--Sí.

--Habernos avisado. ¿Se ha hecho usted daño?

--Nada. Allá va eso.

La cuerda pasó de nuevo por encima de nuestras cabezas y la cogimos al aire.

Atamos este otro extremo en el balcón y Arquez y yo saltamos fuera del barandado y pasamos. Yo llevaba colgada al cuello la linterna, encendida y herméticamente cerrada. Llegamos fácilmente al árbol, bajamos por el tronco y avanzamos por el claustro, alumbrados por un hilo de luz de la linterna, hasta la puerta que daba a la plaza de la Cruz Verde. Quedamos allí, mirando por las rendijas, esperando.

A la una menos minutos apareció la gente de los dos triángulos sospechosos. Venían embozados y no pudimos conocer quiénes eran. Poco después se presentaron los de la Ronda y se echaron sobre ellos.

La sorpresa de unos y otros fué grande. Vimos claramente que se entendían y estaban de acuerdo.

No había que saber más y nos preparamos a volver al balcón. Los tres, uno tras otro, haciendo ejercicios gimnásticos, subimos al árbol y, avanzando por la cuerda, llegamos a la galería; retiramos la cuerda, cerramos el balcón y nos encerramos en el cuarto de Aviraneta. Tenía éste las manos llenas de sangre. Hice yo que se las lavara y le puse un poco de tafetán en las desolladuras. A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, salimos Arquez, Aviraneta y yo de la casa. En seguida se mandó este aviso a los conocidos y a los no desconocidos:

«Los triángulos 12 y 13 son traidores.»

VI

LA COARTADA DEL FRAILE

Corpas seguía dando avisos constantemente a Aviraneta, llamándole a su casa para hablarle. Le había hecho entenderse para las intrigas políticas con Freire y con el fraile que había acompañado en la reunión al dominico navarro, fraile a quien llamaban el padre Madruga.

Aviraneta me dijo que había cedido su guardilla de la calle del Viento a la Sociedad de la Santa Fe. Así como ésta tenía su reunión aristocrática en el palacio donde habíamos estado una noche, y que no sabíamos cuál era, tendría su reunión plebeya en la guardilla de la calle del Viento, capitaneada por el padre Madruga.

--Usted tiene el amor del peligro--le dije a Aviraneta.

--¿Por qué?

--¿A qué llevar a esos hombres a un sitio donde hemos estado nosotros? Ha podido quedar algún rastro, un papel...

--No, no hay nada. Les he llevado allí porque conozco las salidas y entradas de la casa, y en una pared falsa tengo un armario con un arsenal, armas, cuerdas, etcétera... Además, en esta Sociedad naciente he metido dos o tres amigos de confianza, gente del pueblo.

--¿Quiénes son?

--No los conoce usted. Son compañeros de la infancia; a uno le dicen el _Majo de Maravillas_, y es de estos trabajadores en hierro que en Madrid llaman chisperos; al otro, Sabino el _Gordo_, y al otro, el _Garroso_. La que está dentro de la Sociedad y entusiasmada, al parecer, es María.

--¿Pero qué podemos sacar de esa Sociedad? ¿Para qué mezclarnos con ellos?

--¿Y si ellos se encargaran de despachar a Fernando para traer a Carlos?

--¡Oh! Es imposible.

--Todo es posible. Ahora, barón--añadió Aviraneta--, convendría que desapareciera usted una semana. Múdese usted de casa y llévese usted a Conchita y a María, si ella quiere, y por unos días no salga usted.

--¿Y cómo nos vamos a entender?

--Yo le avisaré a usted todos los días lo que hago. Si pudiera usted encontrar una casa de huéspedes hacia la Plaza Mayor sería conveniente.

--Bueno.

María y Conchita, por indicación mía, encontraron una casa de huéspedes, bastante regular, en la Plaza Mayor, cerca del arco que sale por una callejuela que creo que se llama de Gerona y comunica con la plazuela de Santa Cruz. Estaba la casa alquilada frente por frente de la de Aviraneta.

Yo fuí a la casa en un coche y fingí que estaba malo de unos dolores que no me permitían andar.

La patrona, que se interesó mucho por mi salud, me indicó una porción de emplastos que debía ponerme, y no tuve más remedio que hacerlo.

A pesar de que Arquez tenía la consigna de Aviraneta de estar oculto, se presentó en casa, llevado por su gran entusiasmo por María, y me hizo salir dos o tres veces con él a tomar café en la Fontana de Oro.

Una noche, al volver del café, un hombre del pueblo me dió un papel. Lo guardé en el bolsillo, esperé a que no me siguiera nadie y lo leí. Decía lo siguiente:

«Vaya usted a la calle del Viento esta noche, de nueve a doce. Lo necesito a usted. La contraseña es: Marzo, Fernando y Religión.--_X._»

Me chocó aquella carta y consulté a María y a Conchita qué debíamos hacer. La letra no era de Eugenio, no tenía duda; pero tampoco tenía duda de que Aviraneta no había dado señales de vida aquella tarde. ¿Nos prepararían una encerrona?

Aunque así fuera, yo no podía dejar solo a Aviraneta, y me dispuse a marchar.

--Tomé mi capa e iba a salir cuando María me dijo que tenía que acompañarme.

--¿Para qué?--le pregunté yo.

--Estará el padre Madruga--dijo--. Tengo que ir.

--¿Tanto entusiasmo tiene usted por él?--le pregunté riendo, aunque no sentía ninguna gana de reír.

--Mucho.

--Bueno, vamos.

Ella se vistió de hombre, yo me embocé en la capa y fuimos juntos.

Hacía una noche de marzo fría y negra. El aire silbaba en las encrucijadas y hacía oscilar los faroles en sus cuerdas. Atravesamos la Plaza Mayor; luego, la calle de este nombre, y entramos en la del Viento.

Empujamos la puerta, entramos en el zaguán, subimos los noventa y tantos escalones que había hasta la guardilla. María miró por el ojo de la cerradura y no entró. Se quedó en la escalera. Yo llamé con los nudillos.

--¿Quién es?--dijeron de adentro.

--Yo.

--¿Qué santo y seña?

--Marzo, Fernando y Religión.

--Pase usted.

--Entré, y al ver a Aviraneta noté que estaba alarmado.

--Siéntese usted, amigo--me dijo el padre Madruga.

Me senté. Había catorce o quince personas en el cuartucho, alumbrado por un velón. Al lado del padre Madruga estaban Freire, un tal Magaz, hombre pequeñito y rubio, y un gigantón apodado _Juan y Medio_.

El padre Madruga estaba contento y se sentía hablador y dicharachero.

El padre Madruga era de lo más antipático y repulsivo que puede haber en la clase de frailes.

Era pequeño, negro, de movimientos rápidos y violentos. Tenía los ojos brillantes de un animal selvático, el afeitado de la barba muy azul, la boca saliente, con morro, y los dientes amarillos.

Hablaba con acento aragonés o riojano; salpicaba de latinajos la conversación y era amigo de emplear palabras soeces. Tenía una risa de fraile grosera, plebeya y cínica.

Por dentro era bajo, adulador, cobarde, enemigo furioso de toda novedad y de todo lo extranjero.

Aviraneta oía lo que decía el fraile con aparente tranquilidad. Yo comprendía que estaba alarmado y que su alarma había aumentado al verme a mí.

--¿No me habrá citado él?--pensé.

Aquella gente tramaba algo contra nosotros; ¿pero qué podía ser?

No debían querer impedirnos la salida, porque Aviraneta dijo: «Yo me voy»; y el padre Madruga y los demás se quedaron tranquilos.

--Antes voy a beber un poco de agua--repuso luego Eugenio.

Por lo que supe después, Aviraneta habló en este momento con uno de sus amigos, el _Majo de Maravillas_, y éste le explicó lo que ocurría.

--El padre Madruga--parece que le dijo--nos ha indicado que hay dos masones peligrosos en la Sociedad. Un francés de Bayona se lo ha contado. Este francés le conoce a uno; al otro, no.

--¿Cómo se llama el francés?--le preguntó Aviraneta.

--Paulino.

Aviraneta comprendió que era Paulino Couzier.

--Este francés--siguió diciendo el _Majo_, el chispero--va a venir aquí con la policía a las doce, y la Ronda estará hasta esa hora en la calle y registrará a todos los que salgan de aquí, menos a los que sepan el santo y seña.

--Pero el santo y seña lo sabemos todos: «Marzo, Fernando y Religión».

--No, no; lo han cambiado. Desde las diez de la noche es distinto.

--¿Y no lo sabes tú?

--No; por ahora, no.

--No querrán decírtelo. Sospecharán.

--Es posible.

--Espérame un momento--le dijo Aviraneta.

Y, acercándose a su armario secreto, sacó varias botellas y las puso sobre el fogón de la cocina.

--¿Qué es esto?--preguntó el _Majo_.

--Dentro de un cuarto de hora lleva estas botellas al cuarto donde estamos; di que las has encontrado, y tú no bebas el vino, y ponte cerca de mi amigo, y que no beba tampoco él.

Efectivamente, así se hizo. Minutos después, el _Majo_ salió, y entró de pronto con las botellas en la mano.

--¿Quién ha traído esas botellas?--dijo.

Nadie sabía quién las había traído. Muchos pensaron que era un regalo del padre Madruga; quizá éste y Freire creyeron que las había enviado Corpas.

Aviraneta seguía haciéndose el indiferente. Se abrieron las botellas; dos eran de vino obscuro, y dos, de aguardiente. Se trajeron unos vasos.

--¿Es vino de Málaga? ¡Venga!--dije yo, pensando cobrar ánimos.

Iba a beber, cuando sentí que el _Majo_ me pisaba el pie. Volví a levantar el vaso, y volvió la presión del pie. Entonces, disimuladamente, vertí el vino en el suelo.

Aviraneta y el _Majo_ enjuagaron sus copas y bebieron aguardiente.

El fraile bebió un vaso de vino y luego murmuró:

--Está bueno, pero tiene un gusto raro. Parece vino de botica.

--¡Pues el aguardiente está bueno!--exclamó el _Majo_.

--¡Ya lo creo!--dijo _Juan y Medio_, el gigantón--, y el vino, también.

Yo no sabía qué pasaba. Tan pronto me parecía que estaba presenciando algo horrible; que Aviraneta envenenaba a todos los comensales, como que no ocurría nada.

La influencia del vino y el aguardiente hizo la conversación más animada.

A eso de las once, la mayoría de los reunidos acordaron marcharse.

--¡Bueno, vámonos!--me dijo Aviraneta.

Pensé en si Eugenio no se habría dado cuenta del peligro de la calle e intenté hablarle. No pude allí dentro. Salimos un grupo bastante grande del cuartucho y comenzamos a bajar la escalera.

Al llegar al portal, Aviraneta dijo:

--¡Caramba! Se me ha olvidado una cosa. Voy a hablarle al padre Madruga.

El grupo entero que había bajado con nosotros salió a la calle. Aviraneta cerró la puerta.

--Volvamos arriba--me dijo--. Si nos preguntan por qué volvemos, decimos claramente que hay policía en la calle. Ahora ellos son cuatro; nosotros, tres.

--Ustedes serán también cuatro--dijo de pronto la voz de María Visconti.

--¿Está aquí María?--exclamó Aviraneta.

--Sí--dijo ella.

--¡Yo pensé que se había usted marchado!--exclamé.

--No; ahí arriba hay un hombre cuya vida me pertenece.

--¿Quién es?--dijimos Aviraneta y yo.

--El padre Madruga.

--¿Qué le ha hecho a usted?

--Que él fué el que denunció a mi hermano, el que le llevó al calabozo y declaró contra él. La muerte de mi hermano pide venganza.

--Calle usted--dijo Aviraneta--. ¿Quiere usted entrar con nosotros?

--Sí.

Efectivamente, entramos los tres en la guardilla.

Estaban Freire, Magaz, el padre Madruga y _Juan y Medio_, en la ventana; el _Majo_ el chispero seguía sentado a la mesa y bebiendo a sorbos aguardiente.

--¿Qué, vuelven ustedes?--preguntó el fraile.

--Sí, hay gente sospechosa en la calle--contestó Aviraneta, riendo.

El fraile se mordió los labios.

--Sí, allí se les ve--añadí yo, asomándome a la ventana.

--Pero ustedes saben el santo y seña; no les pasará nada--dijo el fraile.

--Sí, pero no me fío.

--No nos fiamos.

Aviraneta, rápidamente, cerró la ventana y las maderas.

--¿Para qué cierra usted?--dijo el fraile.

--Para que no vean la luz.

Aviraneta se sentó a la mesa e invitó a _Juan y Medio_ a beber una copa de aguardiente.

--No, no; yo prefiero el vino.

Aviraneta bebió la copa de aguardiente y _Juan y Medio_ un vaso de vino. De pronto, el hombre alto dijo que no estaba acostumbrado a trasnochar y que tenía sueño, se levantó y se marchó.

Quedamos siete en el cuarto: Freire, Magaz, el padre Madruga, María, el _Majo_, Aviraneta y yo.

Freire se iba poniendo pálido de miedo; Magaz estaba intranquilo, nervioso, pronto a saltar; el fraile, con las mejillas rojas, comenzaba a desvariar.

Miraba a María con asombro. La italiana tenía las pupilas dilatadas por la emoción, y en sus ojos había una inquietud y una negrura brillante que daba miedo.

Aviraneta bebía y se turbaba. Me chocó esto; Aviraneta tenía bastante prudencia y la cabeza bastante fuerte para no emborracharse, y, sin embargo, se dejaba ir, considerando quizá que un estado de semiembriaguez le serviría para fingir indiferencia y tranquilidad y no le estorbaría para obrar.

--Ustedes han comprendido lo que pasa--dijo el padre Madruga, creyendo que ya no podía disimular nada--. En esta Sociedad comenzaba a haber gente sospechosa, y nos hemos entendido con la policía para que vaya identificando a las personas que salgan de aquí. Esto a ustedes no les perjudica.