Los Caminos del Mundo

Part 10

Chapter 103,998 wordsPublic domain

Mi hermano visitaba una familia española con frecuencia, en compañía de Brambilla. Parece que esto era a la vuelta del rey de España desde Francia.

Atolondrado y exaltado como era mi hermano, en vez de moderarse, exageraba sus ideas. Una vez, en esta casa amiga, tuvo la imprudencia de discutir con un fraile, de contradecirle; de asegurar que había tomado parte en Roma en una conjuración contra el Papa, y de que era republicano.

Al día siguiente, el fraile, con dos esbirros de la Inquisición fueron a casa de mi hermano y lo prendieron. Brambilla quiso salvarlo, afirmando que lo dicho por mi hermano era una chiquillada. El fraile no sólo no cedió, sino que fué al Tribunal a declarar contra mi hermano y aumentar los cargos que había contra él.

Mi hermano fué atormentado en el calabozo, y a los seis meses de estar encerrado en él, murió.

Mi padre, al leer la carta, no derramó una lágrima.

--Escríbele a Brambilla--me dijo--y pregúntale el nombre, el nombre de ese fraile que ha denunciado a Emilio.

Le escribí y nos lo dijo. Desde entonces mi padre vivió únicamente soñando en la venganza. Quería marchar a España, pero no podía moverse. Estaba muy enfermo.

Entonces una pariente lejana nuestra murió, dejándonos una pequeña fortuna. Mi padre ha muerto hace un mes clamando venganza.

--A eso voy a España. A vengar la muerte de mi hermano--concluyó diciendo María Visconti--. Ustedes me pueden ayudar a mí con sus conocimientos; yo pondré a su servicio mi buena voluntad y mi dinero.

Aceptamos el trato y decidimos que desde entonces María Visconti fuera para nosotros un camarada.

VIII

EN BAYONA

Cobró Aviraneta treinta mil francos en casa de Foualdés y tomamos la diligencia de Bayona María Visconti, Conchita, Aviraneta y yo.

Nosotros dos establecimos como centro de operaciones la librería de Gosse, y desde allí fuimos citando a las personas con quienes teníamos precisión de hablar.

Cosa extraña. Aviraneta no servía para esto. Cuando trataba con una persona a quien tenía que considerar como superior a él por su categoría o su prestigio, tomaba una actitud encogida y poco desenvuelta. Parecía que los resortes de su voluntad perdían su fuerza cuando tenía que contar con otra voluntad. Le era indispensable estar solo, dirigir él, para que su energía tomara el máximo de tono.

En las conferencias que tuve comprendí que con mis antiguos correligionarios los afrancesados no se podía hacer nada; repugnaban las medidas violentas y eran ya partidarios del principio que en tiempo de Zea Bermúdez se llamó el despotismo ilustrado.

Los amigos de Renovales estaban dispuestos a todo; pero, en cambio, Mina se mostraba reacio.

Yo fuí a ver al general. Era hombre terco y suspicaz como pocos. En aquel momento estaba muy disgustado porque su sobrino se marchaba a Méjico a ayudar a los insurrectos contra España.

Me preguntó quiénes llevábamos el asunto. Le dije que la Junta de París había enviado a Andalucía al conde de Tilly, y a Aviraneta y a mí, al Norte.

--¿Tilly...? ¿El conde de Tilly...? Será hijo del otro... Esos aristócratas son poco de fiar. Perdone usted--añadió--. Usted también es aristócrata.

--No; yo, no.

--Y al Norte, ¿quién va?--preguntó él.

--Aviraneta y yo.

--¿Aviraneta? ¿Quién es Aviraneta?

Le di sus señas.

--Ah, sí... lo conozco... No me fío de él.

--¿Por qué?

--Un hombre que ha hecho la campaña con Merino no puede ser de los nuestros.

--Mi general, yo conozco la historia de Aviraneta. Fué la casualidad la que le llevó a pelear con el cura cabecilla.

--Sí, sí; pero toda esa gente de Merino no es de fiar; son salvajes, facciosos de corazón. ¡Aviraneta! ¡Tilly! ¡Qué se yo! ¡Y luego Renovales! No tengo confianza en Renovales. Es un loco; es un atolondrado, un farsante.

No hubo manera de convencerle; por más esfuerzos que hice para vencer su terquedad no conseguí nada, ni aun que su nombre patrocinara la empresa. Lo único que dijo es que él no disuadiría a sus amigos de que tomaran parte en la expedición. Solamente si llegara el caso de que Renovales sublevara las Provincias Vascas, o si el general Berton se presentara con grandes fuerzas a pasar la frontera, él entraría en Navarra; pero en las negociaciones primeras en que tomara parte Renovales preferiría no intervenir.

Conté a Aviraneta lo ocurrido y decidimos prescindir de Mina por el momento.

Escribimos a Renovales por conducto de un amigo de Aviraneta, comerciante en Bilbao en esta época, don Juan Olavarría; y éste contestó en seguida de parte del general diciendo que aceptaba la dirección del movimiento y el ser el primero en lanzarse al campo.

Necesitábamos agentes para relacionarnos con los amigos y buscamos hombres de confianza.

La casa de Basterreche nos proporcionó varios.

Uno de los buenos agentes fué Pedro Beunza, joven nacido en Urdax y dedicado al comercio. A éste lo enviamos a Pamplona.

Otro fué Cadet, el de Ustaritz, amigo de los Garat, a quien se envió a Vitoria.

Al tercero, otro francés, Julián Francisco Cognard, un muchacho jorobado, republicano, se le mandó a San Sebastián.

Al cuarto, un milanés, Cayetano Illuminati, le enviamos a Barcelona con una carta para don Francisco Mancha, que estaba allí de guarnición.

El quinto, que nos dió mucho que hacer, fué Paulino Couzier, gascón a quien nos recomendaron los amigos de Renovales como hombre de gran energía y audacia. Couzier vivía en Bayona, cerca de la Puerta de España, y tenía fama de republicano.

Aviraneta se entendió con él. Le dió tres mil pesetas y le envió a Madrid con orden de hablar con Manuel Santurio y Justo Galarza y hacer propaganda entre los militares.

El mejor elemento que teníamos era el de los guerrilleros reservistas, que había muchos.

Verdaderamente era indigno lo que hacía el Gobierno con los guerrilleros. Después de haber conseguido ellos el triunfo de Fernando, los iban retirando y dejando de cuartel en los pueblos. No se les consideraba presentables. Los militares de carrera los trataban con desprecio; al coronel don Bartolomé Amor le habían puesto un capitán adjunto, suponiendo que él no sabría cumplir su cometido, y en documentos oficiales se leían frases como ésta: Sólo entre guerrilleros y gente de la misma calaña...

Es lo que sucede siempre en las guerras; los que más se baten son los que menos ascienden y están menos considerados.

Entre los guerrilleros descontentos era donde encontrábamos más gente dispuesta a luchar por la Constitución.

Concluído lo que teníamos que hacer en Bayona nos preparamos a entrar en España.

IX

LOS LIBERALES DE BILBAO

Fácilmente se podía comprender que nuestra misión, además de difícil, era muy expuesta. Como necesitábamos alguna justificación para entrar en España, a Aviraneta se le ocurrió que pasáramos como charlatanes vendedores de baratijas. Compró un coche en Bayona, con un toldo; dos caballos en Dax, y una partida de cortaplumas, sacacorchos, jabones, agua de colonia, aceite de Macassar, y otras cosas. Por la distribución de funciones que hizo Aviraneta para el viaje, María y yo seríamos los amos del coche; Conchita, una muchacha recogida, y él, el criado y el cochero.

Nos proveímos de pasaportes falsos y nos dirigimos hacia la frontera.

Al cruzar el puente de Behobia me vino a la imaginación la idea de que todavía estaba en vigor un decreto de la Junta Central de Cádiz en que se declaraba a los ministros, consejeros y empleados del rey José traidores a la patria, a la religión y al rey; se les confiscaba los bienes, y además, de propina, se les condenaba a muerte.

Tardé bastante tiempo en desechar este recuerdo, que se me venía a la imaginación automáticamente.

Al pasar por delante de San Sebastián se acercó a nosotros, de noche, nuestro agente el jorobado francés y republicano Julián Francisco Cognard, el cual nos dijo que suponía que Paulino Gouzier, el de Bayona, estaba en relaciones con la policía.

Aviraneta dijo que, afortunadamente, a Couzier no se le habían dado detalles de la conspiración y que, sabiendo que estaba vendido a la policía, se huiría de él.

Yo conocía los caminos de las Provincias Vascongadas, y Aviraneta, también; así que no teníamos que preguntar para ir de aquí a allá, y dábamos la impresión de gente habituada al país.

Seguimos nuestro camino, llegamos a Bilbao y nos hospedamos en una posada de las Siete Calles.

Aviraneta y María salieron con el coche al paseo del Arenal y se pusieron a vender con gran frescura, rodeados de público, las baratijas, el agua de colonia y el aceite de Macassar. Al volver a casa dijeron que habían vendido una porción de chucherías y de frascos. Resultaba que el aceite de Macassar y las baratijas eran un negocio.

Le envié yo a Conchita con una carta para don Juan Olavarría, amigo de Aviraneta, y este señor vino a buscarme. Después de hablar largo rato y de comunicarnos detalles de la conspiración, salimos de casa y nos encaminamos al Arenal, en donde vimos a Aviraneta subido en el coche, perorando con un gran entusiasmo, mientras María ofrecía, sonriente, frascos y baratijas a los curiosos.

--Este Eugenio es capaz de todo--murmuró Olavarría, y habló de él con entusiasmo.

Realmente, Aviraneta, entonces, era un tipo extraordinario. Flaco, menudo, con malicia de mono, atrevido y audaz con las mujeres, desenvuelto como un paje, irónico y burlón, un poco petulante, hablando tan pronto en madrileño de los barrios bajos como en vasco o francés, era un hombre muy gracioso.

Le escuchamos, y al anochecer, en el despacho de Olavarría, nos avistamos Aviraneta y yo con dos liberales bilbaínos, los dos masones, y éstos nos dijeron que nos mandarían aviso de dónde podíamos conferenciar con Renovales.

Por lo que nos dijo Olavarría, Renovales estaba viviendo en un pueblo de las Encartaciones llamado Gordejuela, en la casa de don Bernabé Mariaca. Se le avisaría dejando el recado en el comercio de la viuda de Osabal, y al día siguiente se nos diría el punto de reunión.

Cenamos, y después de cenar, dejando a María y a Conchita juntas, fuimos al comercio de Olavarría.

Olavarría nos llevó a un cuarto estrecho y sin ninguna ventana, y allí entramos. Era Olavarría muy alto, de unos cuarenta años, grueso, abultado de cara, de voz fuerte y poderosa; usaba patillas largas y pobladas y tupé sobre la frente. Hombre de gran espíritu, no le arredraba nada.

Todos teníamos la seguridad de que si nuestra tentativa fracasaba y éramos descubiertos, iríamos a la horca, pasando antes por la poco agradable perspectiva del potro.

Estábamos hablando cuando llamaron en la puerta suavemente; Olavarría abrió y entraron dos hombres, a quienes nos presentó el amo de la casa.

--¿Son _hermanos_?--preguntaron al vernos.

--Sí.

Uno de ellos era el teniente coronel don Francisco Colombo, que se hacía llamar en Bilbao don Fermín Urrutia.

Colombo era hombre alto, esbelto, de buen color; el pelo, con tupé a la inglesa; las patillas, cortas y rubias, con algunas canas, y la voz, clara y bien timbrada. Había servido a las órdenes de don Luis Lacy, en Galicia.

El otro caballero que iba con él confesó que era un oficial enviado por Mina para informarse de la situación. Se llamaba Téllez, y en Bilbao se había hecho pasar como comerciante americano.

Téllez no tenía el aspecto tranquilizador de Colombo, ni de Olavarría. Era alto, seco, pálido, bizco, con patillas muy negras y la boca desdeñosa y fruncida.

Discutimos lo que había que hacer. Téllez llevaba la pretensión de que se prescindiera de Renovales. Le dijimos que era imposible; la cosa estaba ya pactada entre él y nosotros; no se le podía descartar sin motivo.

Poco después se presentaron los dos masones bilbaínos Olalde y Rementería a decirnos que la viuda de Osabal había recibido un recado de Gordejuela, diciendo que Renovales nos esperaría por la noche en casa de un amigo en Portugalete.

Salimos del despacho de Olavarría y echamos a andar, en dos grupos, camino de las Arenas.

La noche estaba templada, húmeda, amenazando lluvia.

Antes de llegar a las primeras casas del pueblo, Olalde se detuvo y bajó las escaleras de un muelle. Nosotros hicimos lo mismo. Olalde saltó de barca en barca, hasta que al llegar a una dijo:

--En ésta vamos.

Desenrolló la vela, que hinchó el viento, y fuimos marchando en medio de la más completa obscuridad hasta la otra orilla.

Desembarcamos y, conducidos por Rementería, entramos en la casa en donde se encontraba Renovales. Subimos una escalera estrecha y pasamos a un cuarto iluminado con una lamparilla. Renovales se paseaba de un lado a otro, envuelto en un mantón de mujer.

Era don Mariano Renovales de pequeña estatura, color moreno, ojos obscuros, de mirada viva y penetrante, sombreados por cejas muy negras, muy pobladas y cerdosas. Tenía una gran cicatriz en el cuello y dos o tres señales de cuchilladas en la cara.

Al vernos a nosotros tiró el mantón encima de una silla. Estaba vestido como un aldeano: calzón de paño, chaleco y chaqueta rayada, con botones amarillos, y sombrero redondo de hule.

Saludamos a Renovales y él contestó a nuestro saludo de una manera un tanto fría y ceremoniosa.

Aviraneta expuso el plan trazado en París. Se organizarían, sobre todo en Madrid, las huestes constitucionales por el procedimiento del triángulo, formando una cadena de modo que cada uno conociera a sus dos eslabones, pero nada más. Cuando en Madrid se contara con gente se daría el grito de «¡Viva la Constitución!» y se proclamaría a Carlos IV, que estaba ya avisado.

El plan estratégico sería el siguiente: Renovales daría el primer grito y se lanzaría a ocupar Vizcaya y Gupúzcoa; Mina bajaría a Navarra, entrando por Valcarlos o por Vera; ocuparía Pamplona, se reuniría con el regimiento de San Marcial y llegaría a Zaragoza. Al mismo tiempo, Miláns, Lacy y Copóns, después de haber sublevado Cataluña, bajarían hacia el Ebro y, unidos con las fuerzas del Norte, se acercarían a Madrid, que se sublevaría con O'Donnell, Eroles y Sarsfield.

La cosa, presentada así, parecía factible; pero había muchos puntos obscuros que aclarar.

Renovales aceptó lo que se le dijo, mirándonos a todos nosotros con expresión fiera y bravía. Se le pidió que citara nombres de amigos de Madrid con los cuales se pudiera contar, y, paseando por el cuarto como un lobo en la jaula, dijo cincuenta o sesenta nombres.

Ya íbamos a despedirnos del general, cuando una observación de Téllez, el amigo de Mina, le enfureció de tal manera que se encaró con él y comenzó a interpelarle con su voz bronca y dura.

Era un espectáculo como presenciar una tormenta oír a aquel hombre tan violento, tan brutal. Sus amenazas se convertían en su boca en algo espantoso. Tenía una muletilla constante, y era ésta: «¡Cristo! ¡Ya se acabó la Humanidad!» Otras veces, en vez de ¡Cristo!, decía ¡hostias!

Renovales estaba descontento de todo: del Gobierno, de España, del rey, que era un canalla; de sus compañeros, que eran unos egoístas.

--¡Maldita sea mi alma!--exclamó--. Pensar que hemos peleado como perros para defender a ese bribón de Fernando VII; pensar que nos hemos llenado de heridas, y que ahora nos dice: «Ustedes son una morralla». ¡Maldita sea la...!

Después, en una brusca transición, exclamó:

--¡Cristo! No me importa... Yo soy capaz de comerme los hígados del mundo... ¡Hostias!... Ya se acabó la Humanidad... Y a Fernando VII, yo... yo solo he de ir a su palacio, y lo tengo que ahorcar de una puerta...

Se tranquilizó el general, y, despidiéndonos de él, volvimos a la otra orilla de la ría, y de aquí, a Bilbao.

X

DON MARIANO RENOVALES

Como supongo que no recordarán ustedes quién era el general Renovales, que iba a iniciar el movimiento, porque en España las cosas y los hombres se olvidan como en ninguna parte, les diré lo que sé de él.

Renovales era un navarro nacido en un pueblo del valle del Roncal, creo que en Isaba. De joven había emigrado a la América, y estaba en Buenos Aires cuando supo la entrada de los franceses en Madrid. Decidido, tomó un barco y se fué a España.

Renovales era de esos hombres audaces y temerarios que se distinguen por su ardor en el combate. Estuvo en los dos sitios de Zaragoza; hizo en uno de ellos una defensa heroica del fuerte de San José, y quedó prisionero de los franceses al concluír el último sitio. Era entonces coronel. En unos meses, de soldado había pasado a jefe; se puede suponer las cosas que tendría que hacer.

Renovales, prisionero, fué conducido con otros camino de Francia; pero al llegar cerca de los Pirineos, en esa zona intermedia entre Aragón y Navarra, que él conocía muy bien, se escapó, a riesgo de que le pegaran un tiro, y fué a esconderse a una choza de pastores.

Cuando pudo salir de su escondrijo, de noche, por entre las matas, fué recorriendo pueblos de Navarra y de Huesca, y reuniendo y armando soldados y paisanos. Llamó a uno de sus amigos de la infancia, Miguel de Sarasa, que era de Embun, hombre muy alto, corpulento, de grandes bríos, gran jugador de barra y de pelota, y le nombró su segundo.

A este Sarasa parece que le llamaban en broma _Mal Alma_, porque era de una bondad extremada.

Entre Renovales y _Mal Alma_ hicieron las cosas extraordinarias y prodigiosas que solían hacer los guerrilleros. Los franceses mandaron grandes columnas en su persecución. Renovales llegó a destrozar batallones enteros, como en la batalla que tuvo en la Peña de Undari.

Renovales fué, de todos los guerrilleros, el que hizo una campaña más rápida y eficaz.

Si a su valor y a su instinto militar hubiese añadido conocimientos técnicos, hubiese sido uno de los primeros generales de la época, probablemente el primero de España.

Tal desasosiego y zozobra produjeron en el Gobierno las correrías de Renovales, que desde Zaragoza y Pamplona mandaron tropas para obrar en combinación contra él. Una de las columnas francesas que se dirigió al Monasterio de San Juan de la Peña fué deshecha por _Mal Alma_.

Renovales llegó a organizar una brigada de cuatro mil soldados.

Era un hombre extremado en todo; en sus pasiones, en sus juicios, en la suerte y en la desgracia.

A Alcalá Galiano le he oído muchas veces hablar con desprecio de Renovales, porque en una proclama que dió en Cádiz, cuando estuvo allá, dijo estos o los otros absurdos, hizo un dibujo de José Bonaparte, borracho y cayéndose, y se expresó con la rudeza de un hombre del campo.

Juzgar a guerrilleros como Mina, El Empecinado o Renovales como se puede juzgar a un catedrático, no se le ocurre mas que a un dómine de Ateneo tan pedante y tan vanidoso como Galiano.

Renovales llegó a mandar la cuarta división del séptimo ejército e intervino en hechos de armas importantes.

Este hombre, que con nosotros iba a trabajar para destronar a Fernando VII, había tomado parte años antes en una tentativa del marqués de Ayerbe, hecha con el objeto de libertar al mismo Fernando de su destierro de Valencey.

Habían conducido los franceses al marqués de Ayerbe a Pamplona, a fines del año 9, y pensaban llevarle a los pueblos del Alto Aragón, de donde, al parecer, era natural el marqués, para que contribuyese a pacificarlos.

Ayerbe se escapó de Pamplona vestido de calesero, y fué a reunirse con Renovales, que estaba en el Roncal. Le expuso el plan que tenía para sacar al rey de su cautiverio, y Renovales le dijo debía presentarse a la Junta Central de Sevilla a que autorizase el proyecto y diera medios para realizarlo.

Renovales facilitó al marqués el viaje, y Ayerbe se presentó en la capital andaluza. La Junta parece que aceptó el plan, y estando Renovales en Cataluña volvió a reunírsele el marqués, ya con amplios poderes.

El general eligió gente de confianza, y se embarcó con ella y con Ayerbe en un bergantín de guerra español llamado el _Palomo_. El gobernador francés de Tarragona sospechó algo, mandó dar caza al bergantín, y éste, perseguido por navíos franceses, tuvo que bajar por el Mediterráneo, atravesar el estrecho de Gibraltar y entrar en Cádiz.

Allí Renovales tuvo grandes trifulcas con los marinos de guerra; luego, meses después, en junio de 1810, salió, mandando un cuerpo expedicionario que debía trasladarse al Norte. Ayerbe y el general desembarcaron en La Coruña, y aquí riñeron y se separaron. Ayerbe, siempre preocupado por libertar a Fernando, se encaminó hacia la frontera francesa, y fué asesinado en Lerín, de Navarra; Renovales quedó al frente de sus tropas en la costa cantábrica, y fué avanzando y batiéndose con los franceses, en combinación con Salcedo, Longa y Mina.

Concluída la guerra de la Independencia, Renovales, de mariscal de campo, estuvo en Madrid.

Renovales, como la mayoría de los guerrilleros de la época, fué entusiasta de la Constitución. Al restablecerse el régimen absoluto manifestó en público la indignación que le producía tal medida; el Gobierno, al saber su actitud, se dispuso a prenderlo; Renovales huyó a Francia y, como era todo violencia y pasión, quiso vengarse y se dedicó a conspirar. Fué el alma de nuestra conspiración, que en aquel tiempo se llamó de Bilbao y que estaba relacionada, aunque esto no se supo, con la del Triángulo, y una carta suya, dirigida a Lacy, contribuyó a que este general fuera condenado a muerte por un Consejo de Guerra.

Renovales era de una acometividad y de un valor frenéticos; pero le faltaba reposo; le faltaba también cultura y moral; no sabía poner freno a sus odios y a sus pasiones. En su fondo había el hombre primitivo, tipo de _condottiere_ del Renacimiento.

Los juicios suyos eran de intuición y se aferraba a ellos, considerando que no podía volver sobre su acuerdo. Mina adolecía también de la misma falta de principios; pero en Mina no había sólo el león o el tigre, sino también el zorro.

Mina, por lucidez natural, llegó a comprender su papel en España y, a pesar de algunas brutalidades que empañaron su vida, dejó a la historia de nuestro país una gran figura.

Renovales, no; después de una serie de aventuras extraordinarias, llevadas a cabo con un valor y una suerte admirables, echó a perder todo su brillante pasado con una traición a su patria, que luego quiso arreglar con otra traición.

Un agente de los insurrectos americanos ofreció a Renovales el mando de una expedición que había de ir a defender la independencia de Méjico. Renovales aceptó; luego, arrepentido, fué a ver al embajador de España en Londres y denunció lo que ocurría.

Después publicó un manifiesto desde Nueva Orleáns; pero estaba desprestigiado y nadie le hizo caso.

XI

CAMINO DE CASTILLA

Al día siguiente de ver a Renovales nos reunimos en el despacho de Olavarría para ultimar detalles.

Se decidió enviar a Téllez a que se viese con don Gaspar de Jáuregui, coronel retirado en clase de dispersos; así se le llamaba. Uno de nuestros amigos, don Anselmo Acebedo, encargó a Téllez dijera a Jáuregui iba de su parte. Téllez fué a ver al ex guerrillero vasco en Villarreal de Zumárraga; pero Jáuregui se mostró reacio, y no sólo reacio, sino que, poco después, declaró todo cuanto había pasado en su conversación con Téllez.

Como teníamos que comunicarnos con varias ciudades se pensó en un medio de hacerlo tan secreto que fuera casi imposible averiguarlo.

Aviraneta mandó comprar dos tableros de ajedrez, y en los dos marcamos unos cuadros sí y otros no. Cada uno de los tableros nos serviría de modelo para hacer una plantilla que tendría unos cuantos cuadros cortados. Escribiríamos con tinta simpática, y nuestro sello sería dos triángulos cruzados, lo que se llama el signo de Salomón.

Quedamos de acuerdo en que Olavarría serviría de unión entre nosotros cuando estuviéramos en Madrid y la gente de Bayona y París. Aviraneta recomendó a Olavarría que no empleara la misma plantilla para comunicarse con ellos. Si podía mandarles emisarios en vez de escribirles, sería mejor.