Part 6
Aquellos grandes sueños melancólicos, aquellos coloquios con el muerto querido, interrumpidos de continuo y vueltos á empezar, ocupaban los dias y los meses. La simpatía de Galilea hácia el Profeta, á quien los Jerosolimitas habian dado muerte, se despertaba con más fuerza que nunca: más de quinientas personas se habian agrupado ya alrededor del recuerdo de Jesús,[131] y á falta del maestro perdido, obedecian á sus discípulos más autorizados; sobre todo á Pedro. Cierto dia, que siguiendo á sus jefes espirituales, habian subido los fieles galileos á una de aquellas montañas donde Jesús acostumbraba á llevarlos creyeron volverle á ver. Á cierta altura, la luz tiene extraños reflejos, y la misma ilusion que se produjo entonces para los discípulos más íntimos,[132] volvió á repetirse de nuevo; la multitud reunida creyó ver dibujarse en el espacio etéreo el espectro divino, y entonces todos cayeron de rodillas, la faz contra tierra y le adoraron.[133] El despejado horizonte de aquellas montañas, inspira la idea de la inmensidad del mundo, con el deseo de conquistarle: sobre uno de aquellos picos, segun dicen, Satán mostrando con la mano á Jesús los reinos de la tierra y toda su gloria, se los ofreció con la condicion de que se inclinara ante él: pero esta vez fué Jesús quien desde lo más alto de las elevadas cimas, mostró á sus discípulos toda la tierra asegurándoles el porvenir. Todos bajaron de la montaña persuadidos de que el hijo de Dios les habia ordenado convirtiesen al género humano, prometiendo á la vez estar con ellos hasta la consumacion de los siglos. Desde entonces, sintiéronse poseidos los fieles, de un ardor extraño, de un fuego divino, y se consideraban como los misioneros del mundo, capaces de hacer toda clase de prodigios. Despues de haber transcurrido veinte y cinco años, San Pablo, vió á varios de los que habian asistido á tan extraña escena, y sus impresiones eran tan vivas y fuertes como el primer dia.[134]
Observando aquella vida en que todos parecian hallarse suspendidos entre el cielo y la tierra, pasó cerca de un año[135] y el encanto lejos de disminuir aumentaba, que es propiedad de las cosas santas, engrandecerse y purificarse siempre. El sentimiento que se tiene por la pérdida de una persona amada, es mucho más fecundo al cabo de cierto tiempo que al dia siguiente. Cuanto más tiempo pasa, más poderoso es dicho sentimiento, pues á la primera tristeza, que en cierto modo aminora el dolor, sucede una compasion tranquila; la imágen del difunto se transfigura, se idealiza, llega á ser el alma de la vida, el principio de toda accion, el orígen de toda alegría, el oráculo que se consulta, el consuelo, en fin, que se busca en las horas de abatimiento, en los dias de tribulacion. La muerte, es condicion principal de toda apoteosis; Jesús, tan amado durante su vida, lo fué así mucho más despues de exhalar el último aliento, ó más bien, este fué el principio de su verdadera vida en el seno de la Iglesia, pues llegó á ser el amigo íntimo, el confidente, el compañero de viaje, el huésped, en fin, que se sienta á la mesa y se da á conocer desapareciendo.[136] La falta absoluta de rigor científico en la imaginacion de los nuevos creyentes, era causa de que no se entablase discusion alguna sobre la naturaleza de su existencia: cada cual se le representaba como un ser imposible dotado de un cuerpo sutil, que atravesaba las paredes, tan pronto visible como invisible, pero siempre vivo, y algunas veces se pensaba que su cuerpo carecia de materia, que era una pura sombra en las apariencias.[137] Otras veces, suponíanle materialidad, y por un ingénuo escrúpulo, y como si la alucinacion hubiera querido tomar precauciones contra sí misma, se queria que bebiese y comiese y que se dejara tocar.[138] En este punto, flotaban las ideas en un completo vacío.
Apenas nos hemos atrevido hasta aquí á plantear una cuestion espinosa y de difícil resolucion. En tanto que Jesús resucitaba verdaderamente, es decir, en el corazon de los que le amaban, mientras se robustecia la conviccion de los Apóstoles para consolidar la fé del mundo, ¿en qué punto consumian los gusanos el cuerpo inanimado que se depositó la noche del sábado en el sepulcro? Siempre se ignorará este detalle, porque naturalmente, nada pueden decirnos las tradiciones cristianas sobre este punto. Lo que vivifica es el espíritu; la materia no es nada[139]; la resurreccion fué el triunfo de la idea sobre la realidad; una vez fijada la idea sobre la inmortalidad, ¿qué importa el cuerpo?
Hácia el año 80 ú 85, al recibir el texto actual del primer Evangelio sus primeras adiciones, los judíos habian fijado ya su idea sobre este punto[140]. Á juzgar por lo que dijeron, los discípulos habian robado el cuerpo durante la noche; la conciencia cristiana se alarmó con tal rumor, y para rechazar semejante objecion, imaginóse la circunstancia de los guardas y del sello puesto en el sepulcro[141]; pero como este dato no se encuentra sino en el primer Evangelio mezclado con leyendas de muy poca autoridad[142] no es de ningun modo admisible[143]. La explicacion de los judíos sin embargo, aunque irrefutable, está muy lejos de satisfacer todas las dudas, pues no se puede admitir que aquellos que con tal conviccion creyeron en la resurreccion de Jesús, sean los mismos que sustrajeron el cuerpo. Por poco precisa que fuese la reflexion en semejantes hombres, apenas puede imaginarse esta ilusion, y conviene recordar que en aquel momento la pequeña iglesia se hallaba dispersada completamente. Las creencias nacian aisladamente para reunirse despues como les era posible, y las contradicciones que se encuentran en los relatos que conservamos acerca de los incidentes del Domingo por la mañana, prueban que los rumores se extendieron por conductos muy distintos, y que no hubo interés en ponerse de acuerdo. Es muy posible que el cuerpo fuese sustraido por algunos discípulos y trasladado á Galilea[144] en tanto que los otros permanecian en Jerusalem sin tener conocimiento del hecho; y por otra parte es de presumir que los discípulos que se llevaron el cuerpo, no sabiendo lo que se contaba en Jerusalem, quedaron sorprendidos al tener conocimiento de la creencia en la resurreccion. En este caso no era probable que protestaran, y aun cuando lo hubiesen hecho nada importaba, pues tratándose de milagros, toda rectificacion tardía es inútil[145]. Jamás una dificultad material impide á una idea desarrollarse y crear las ficciones que necesita[146]: en la reciente historia del milagro de la Salette se ha demostrado el error hasta la evidencia[147], lo cual no impide que se haya elevado la basílica y que la fé crea en aquel.
Es permitido suponer tambien que la desaparicion del cuerpo de Jesús fuese obra de los judíos, pues acaso creyeron que con esto evitarian las escenas tumultuosas que pudieran originarse sobre el cadáver de un hombre tan popular como Jesús. Acaso quisieron impedir que se le hicieran pomposos funerales ó que se elevara un monumento á su memoria; y últimamente, ¿quién sabe si la desaparicion del cadáver no fué obra del dueño del jardin ó del jardinero[148]? El propietario, á lo que parece,[149] era extraño á la secta; se escogió aquel sepulcro, por ser el que estaba más cerca del Gólgota y porque se tenia prisa[150]. Es probable que no agradándole á dicho propietario que se tomara posesion de su terreno, hiciese sustraer el cadáver, pero á decir verdad, los detalles que da el cuarto Evangelio al hablar de los lienzos que se encontraron en el sepulcro y del sudario doblado cuidadosamente en un rincon[151], no se convienen con semejante hipótesis. Esta última circunstancia haria suponer que habia intervenido en ella la mano de una mujer[152]. Los únicos relatos acerca de la visita de las mujeres al sepulcro son tan confusos y contradictorios, que nos autorizan á suponer que encierran una falsa interpretacion. La conciencia femenina, dominada por la pasion, puede experimentar las más extrañas alucinaciones, y á veces es cómplice de sus propios sueños[153]. María Magdalena se habia visto poseida, segun el lenguaje de la época, de «siete demonios»[154], y al decir esto se comprenderá cuán escasa era la inteligencia de las mujeres de Oriente, su falta absoluta de educacion y su ingénua sinceridad. La conviccion exaltada no permite mudar de parecer, ni admitir otras ideas que las que á uno le dominan. Corramos un velo sobre estos misterios: en los estados de crísis religiosa, en que todo se considera como divino, las causas más pequeñas pueden producir los más grandes efectos. Si fuéramos testigos de los extraños hechos de que tomaron su orígen todas las obras de la fé, veriamos circunstancias que no nos parecerian proporcionadas con la importancia de los resultados, en tanto que otros nos harian sonreir. Nuestras antiguas catedrales se cuentan entre las cosas más hermosas del mundo, y no se puede entrar en ellas sin sentirse dominado por la divinidad; pero esas espléndidas maravillas tienen con frecuencia un orígen profano. ¿Y qué importa esto en definitiva? Solo debe tenerse en cuenta el resultado, la fé lo purifica todo. El incidente material que ha hecho creer en la resurreccion, no ha sido la causa verdadera de aquella; lo que ha resucitado á Jesús es el amor, y este fué tan poderoso, que una pequeña casualidad bastó para levantar el edificio de la fé universal. Si Jesús no hubiera sido tan amado, si la fé en la resurreccion hubiese tenido menos motivos para fundarse, inútiles habrian sido esta especie de casualidades. Un grano de arena basta para que se derrumbe una montaña cuando ha llegado el momento de que esto suceda. Los más importantes acontecimientos provienen á veces de causas muy grandes ó muy pequeñas; las primeras son las únicas reales; las segundas no hacen más que determinar la produccion de un efecto que estaba preparado mucho tiempo antes.
CAPÍTULO III.
Vuelta de los apóstoles á Jerusalem. -- Fin del período de las apariciones.
[Marginal: Año 34]
Las apariciones, sin embargo, como hijas que eran de un exceso de entusiasta credulidad, comenzaron á disminuir; las imaginaciones populares se asemejan á las enfermedades contagiosas; fermentan pronto y cambian de forma; la actividad de las almas ardientes se inclinaba ya en otro sentido; lo que se creia oir de boca del divino Resucitado, era la órden de precederle, predicando su doctrina para convertir al mundo. Mas, ¿por dónde empezar? Naturalmente por Jerusalem[155]. En su consecuencia los jefes de la secta resolvieron la vuelta á dicha ciudad, y como estos viajes se hacian comunmente en caravana, en la época de las fiestas, es de suponer que la vuelta de que se trata tuvo lugar por la fiesta de los Tabernáculos, á fines del año 33, ó por la Pascua del 34.
De este modo quedó abandonada la Galilea por el cristianismo, y acaso para siempre, pues si bien es probable que la pequeña sociedad que quedó allí se conservara aún algun tiempo, no se vuelve á oir hablar de ella, y á no dudarlo, fué destruida, como todo lo demás, al ocurrir el espantoso desastre que sufrió el país cuando la guerra de Vespasiano. Los restos de la dispersa comunidad se refugiaron más allá del Jordan. Despues de la guerra, no dominó pues en Galilea el cristianismo, sino el judaismo; la Galilea era el centro judáico del país de Talmud[156]: la Galilea no figuró pues sino por espacio de una hora en la historia del cristianismo, pero fué la hora santa por excelencia, que dió á la nueva religion lo que necesitaba para ser duradera, es decir, su poesía, su encanto penetrante. «El Evangelio», así como los sinópticos, fué una obra galilea, y nosotros trataremos de demostrar luego, que «el Evangelio», así entendido, ha sido la causa principal del triunfo del cristianismo y es la más segura garantía de su porvenir.
Es probable que permaneciera en Jerusalem una fraccion de la pequeña escuela que rodeaba á Jesús en sus últimos dias, y como en el momento de la separacion se creia ya en la resurreccion de Jesús, no es extraño que esta creencia se desarrollase por ambas partes bajo un aspecto muy distinto, lo cual á no dudarlo dió lugar á las diferencias que se notaban en el relato de las apariciones. Habíanse formado dos tradiciones, una Galilea y otra Jerosolimita; segun la primera, todas las apariciones, excepto las del primer momento, habian tenido lugar en Galilea, y con arreglo á la segunda, todas se presentaron en Jerusalem[157]; el acuerdo de las dos fracciones de la pequeña secta sobre el dogma fundamental, confirmó naturalmente la creencia humana; todos abrazaron la misma fé; todos repitieron con efusion «¡ha resucitado!», y quizás la alegría y el entusiasmo produjeron otras visiones. Puede suponerse que hácia esta época tuvo lugar la vision de Jacobo, de que habla San Pablo[158]: Jacobo, era hermano, ó al menos pariente de Jesús, y como no aparece que le haya acompañado durante su última permanencia en Jerusalem, es probable que se fuera con los apóstoles cuando estos marcharon de Galilea. Como todos los grandes apóstoles tuvieron su vision, es difícil que á éste «hermano del Señor» no se le presentase la suya, que debió ser una de las llamadas eucarísticas, es decir, aquellas en que se aparecia Jesús cortando y ofreciendo el pan[159]. Más tarde los grupos de la familia cristiana que se unieron á Jacobo, y se llamaban los hebreos, supusieron que esta vision tuvo lugar el dia mismo de la resurreccion, y quisieron que fuese la primera de todas[160].
Es muy notable, en efecto, que la familia de Jesús, algunos de cuyos miembros fueron durante su vida incrédulos y hostiles á la mision de aquel[161], forme ahora parte de la iglesia, figurando en el puesto más elevado. Debe suponerse que la reconciliacion se hizo durante la permanencia de los apóstoles en Galilea; la celebridad que adquirió bien pronto el nombre de su pariente, aquellas quinientas personas que creian en él y aseguraban haberle visto resucitado, son circunstancias que pudieron causar cierta impresion en el ánimo de los miembros de la familia del divino Maestro[162]. Desde el establecimiento definitivo de los apóstoles en Jerusalem, se vé con ellos á María, madre de Jesús y á los hermanos de éste[163], y por lo que respecta á María, parece ser que Juan, creyendo obedecer con esto á una recomendacion de su Maestro, la habia adoptado y llevado consigo[164], siendo probable que la condujera á Jerusalem.
Esta mujer, de cuyo carácter y circunstancias no se sabia nada, desempeña desde entonces un papel importante, y empezaban á ser conocidas las palabras que el Evangelista pone en boca de una desconocida: «¡Bendito sea el vientre que te ha llevado y los pechos que te han alimentado!» Es probable que María sobreviviese pocos años á su hijo[165].
En cuanto á los hermanos de Jesús, la cuestion es aún más oscura: Jesús tuvo hermanos y hermanas[166], mas parece, no obstante, que en la clase á que se daba el nombre de «hermanos del Señor» hubo parientes en segundo grado, si bien esto no es de importancia por lo que respecta á Jacobo. Este que se titula hermano del Señor, y á quien vamos á ver figurar en primer término en los treinta primeros años del cristianismo, ¿era Jacobo hijo de Alfeo, que parece haber sido primo hermano de Jesús, ó un verdadero hermano de éste? Los datos que tenemos para aclarar este punto, son tan inciertos como contradictorios, pues lo que sabemos de Jacobo nos ofrece una imágen tan distinta de la de Jesús, que se le resiste á uno creer sean tan distintos dos hombres nacidos de la misma madre. Si Jesús es el verdadero fundador del cristianismo, Jacobo fué un peligroso enemigo que estuvo á punto de perderlo todo por su mezquino espíritu; más tarde se creyó ciertamente que Jacobo el Justo, segun le llamaban, era un verdadero hermano de Jesús[167], pero es probable que hubiese alguna confusion en este punto.
Como quiera que sea, los apóstoles no se separaron en lo sucesivo sino para emprender sus viajes; Jerusalem era su centro[168]; parecian temer dispersarse, y ciertos hechos revelaban que era su deseo no volver á Galilea, lo cual acaso hubiera ocasionado la disolucion de la pequeña sociedad. Se supuso que una órden particular de Jesús les prohibia abandonar á Jerusalem, al menos hasta que se hiciesen las grandes manifestaciones que esperaban[169]; las apariciones iban siendo cada vez más raras; se hablaba mucho menos de ellas, y empezábase á creer que no se veria ya al Maestro hasta que apareciese solemnemente en las nubes. El pensamiento de todos se preocupaba con una promesa que se suponia hecha por Jesús: decíase que durante su vida, el divino Maestro habia hablado con frecuencia del Espíritu Santo, concebido como una personificacion de la sabiduría divina[170]; habia prometido á sus discípulos que este espíritu seria su fuerza en la lucha que iban á emprender, su inspiracion en las dificultades y su abogado, en fin, si tuvieran que hablar ante el público. Cuando comenzaron á disminuir las visiones, fijáronse todos en aquel espíritu considerándole como un consuelo, como otro Jesús que el maestro enviaria á sus amigos; algunas veces figurábanse los fieles que apareciendo Jesús repentinamente en medio de sus discípulos, habia circulado entre ellos una corriente de aire vivificador[171] salida de su propia boca, y otras se consideraba la desaparicion del Maestro como precursora de la venida del espíritu[172] prometida en sus apariciones[173]. Muchos establecian una union íntima entre esta venida y la redencion de Israel[174]; toda la actividad mental que la secta desplegara para crear la leyenda de Jesús resucitado, iba ahora á consagrarse á la formacion de un conjunto de creencias piadosas sobre la venida del espíritu y sus maravillosos dones.
Parece, no obstante, que aún tuvo lugar una gran aparicion de Jesús en Betania ó en el monte de los Olivos[175], y ciertas tradiciones aseguran que en aquella dió el Maestro á sus discípulos las últimas instrucciones y reiteró la promesa de enviar al Espíritu Santo, revistiéndoles al propio tiempo del poder de redimir los pecados[176]. Los rasgos característicos de estas apariciones iban siendo cada vez más vagos; confundíanse los unos con los otros; se acabó por no pensar mucho en aquellas; y quedó sentado que Jesús estaba vivo[177], que se habia aparecido suficiente número de veces para probar su existencia, y que podia aparecerse aún en visiones parciales hasta la gran revelacion final en que todo quedaria concluido[178]. La vision que tuvo San Pablo en el camino de Damasco es del mismo género de las que ya hemos hablado[179]. De todos modos admitíase en un sentido idealista que el Maestro estaba con sus discípulos y estaria hasta el fin[180]. En los primeros dias, cuando las apariciones eran muy frecuentes, considerábase á Jesús como un habitante de la tierra que estaba en ella continuamente, llenando más ó menos las funciones de la vida terrestre; pero cuando aquellas disminuyeron, pensóse que Jesús habia entrado en la gloria para sentarse á la diestra de su Padre, y todos decian: «Ha subido al cielo.»
Esta frase se redujo para la mayor parte á una imágen vaga ó de induccion[181], pero para otros indicaba una escena material. Suponíase que despues de la última vision, comun á todos los apóstoles, en la cual les dió sus instrucciones supremas, Jesús habia subido al cielo[182]; y más tarde se desarrolló la escena, transformándose en una leyenda completa. Refirióse que ángeles celestiales, rodeados del aparato de manifestaciones divinas, muy brillantes[183], aparecieron entre una nube para consolar á los discípulos, asegurándoles que volverian á verlos; la imaginacion popular, atribuia á la muerte de Moisés las mismas circunstancias[184], y acaso se recordaba con este motivo la ascension de Elías[185].--Una tradicion[186] supone que esta escena tuvo lugar cerca de Betania en la cima del Monte de los Olivos, sitio que era muy querido de los discípulos sin duda porque Jesús habitó allí.
La leyenda asegura que despues de aquella escena maravillosa entraron los discípulos en Jerusalem «con alegría[187];» pero nosotros daremos á Jesús el último adios poseidos de tristeza, y á fé que volver á encontrarle vivo, aunque vagando como una sombra, nos sirve de gran consuelo. ¡Esa segunda vida de Jesús, imágen pálida de la primera, está aún llena de encanto, por más que se haya perdido su perfume en el espacio y que al elevarse en la nube para sentarse á la diestra de su Padre, nos haya dejado aquí entre los hombres! ¡El reinado de la poesía ha concluido; María Magdalena vive retirada con sus recuerdos, y por esa eterna injusticia por la que el hombre se apropia él solo la obra en que la mujer tuvo tanta parte como él, Céfas la eclipsa y es causa de que la olviden! No más sermones en la montaña, no más poseidas curadas, no más cortesanas arrepentidas, no más mujeres extrañas á la obra de redencion, pero que Jesús no rechazó. El Dios ha desaparecido verdaderamente; la historia de la Iglesia será con frecuencia en lo sucesivo la historia de las traiciones de que fué víctima Jesús; pero tal como es, esta historia puede considerarse como un himno á su gloria; las palabras y la imágen del ilustre Nazareno, vivirán en medio de las miserias infinitas como un ideal sublime, y se comprenderá mejor cuán grande fué; cuando se haya visto cuán pequeños eran sus discípulos.
CAPÍTULO IV.
Bajada del Espíritu Santo. -- Fenómenos extáticos y proféticos.
[Marginal: Año 34]
Los discípulos de Jesús eran en efecto pequeños, mezquinos, ignorantes é inespertos en alto grado; su sencillez de espíritu era extremada; su credulidad no reconocia límites, pero tenian una cualidad buena: amaban con delirio á su Maestro. El recuerdo de Jesús habia pasado á ser el único móvil de su vida, una preocupacion perpétua, y era indudable que solo pensaban en el que tanto habian querido y que de tal modo les habia cautivado durante dos ó tres años. Para las almas vulgares que no pueden amar á Dios directamente, esto es, hallar lo verdadero, crear lo bello y hacer el bien por sí mismas, su salvacion consiste en amar á alguien en quien se refleje lo verdadero, lo bello y el bien. La mayoría de los hombres necesita dos cultos distintos. La multitud de adoradores busca siempre un intermediario entre ellos y Dios.
Cuando muere una persona que ha logrado reunir á su alrededor á varias otras por un lazo moral elevado, sucede, casi generalmente, que los que la sobreviven aunque hayan estado divididos por rivalidades y resentimientos, se profesan más amistad que antes. Mil queridas imágenes del pasado que echan de menos, forman entre ellos una especie de tesoro comun. Es una manera de manifestar su cariño al muerto, el querer á los que se han conocido por él, y procurar encontrarse juntos para recordar los tiempos dichosos que ya no existen. En este caso se confirma la verdad de las profundas palabras de Jesús[188] cuando dijo que el muerto está presente entre los que se han reunido en memoria suya.